viernes, mayo 06, 2011

La flor roja, Vsevolod Garshin

Trad. Patricia Gonzalo de Jesús. Nevsky Prospects. Madrid, 2011. 72 pp. 13 €

Recaredo Veredas

Pese a su aparente sencillez y su obvia brevedad, la flor roja simboliza, con el mismo derecho que las grandes diligencias decimonónicas, la tristeza infinita de Rusia. Una mezcla de resignación y de esperanza, alejada del nihilismo, que inunda lo más clásico de su literatura, desde Chéjov a Dostoievski. Una tristeza que, por su inmarcesibilidad y su devoción por los espacios eternos, ha influido de manera decisiva en la narrativa de nuestros tiempos.
Vsévolod Garshin conoce cuál es el medio más adecuado para levantar y moldear su pequeña joya. Para conseguir que su idea previa se corresponda con lo realidad. Es decir, es un auténtico narrador que, como tal, no precisa introducciones ni estruendos, y omite lo que ya conocen los lectores por su propia experiencia vital. Una experiencia al mismo tiempo única y colectiva. Esa es la causa, tal vez inconsciente, de que inicie la narración con una escena y durante el resto de las páginas simplemente exponga los movimientos del protagonista y sus aciagas reflexiones.
Garshin posee un profundo conocimiento de lo que está escribiendo y es capaz de mostrar emociones complejas con una elegancia —matemática— pasmosa. No en vano conoció de primera mano la locura y el internamiento. Por supuesto, no siempre es necesario que el escritor haya vivido, en este caso sufrido, las circunstancias sobre las que escribe. De hecho, en demasiadas ocasiones no sirve de nada. Sin embargo, existen casos excepcionales, como este, en los que, gracias a la coincidencia de sabiduría narrativa y distancia sobre sí mismo, la experiencia resulta enriquecedora. Se percibe, por ejemplo, en breves instantes de total lucidez, que muestran cómo el protagonista es consciente de su demencia.
Además de la narración de una bella historia, la flor roja supone una reflexión sobre las causas y consecuencias de la locura. También sobre su propia existencia. Expone las eternas preguntas: qué es un loco y qué es un cuerdo, de dónde proviene la lucidez de los psicóticos. De hecho los párrafos más lacerantes muestran la contraposición entre la mirada desquiciada –y lírica y brillante- del loco: “la ventana estaba abierta, las estrellas fulguraban en el firmamento azabache” y la realidad —o, mejor dicho, y lo que entendemos por realidad—. La flor roja, presente aunque no omnipresente, aparece como símbolo, como metáfora, del vínculo que existe, siempre existe, entre los dos mundos.
Este libro, además, demuestra la importancia de un buen trabajo editorial, que no solo consiste en la creación de un catálogo, sino en la elección de los mejores profesionales: las ilustraciones de Sara Morante, el diseño de Zuri Negrín y la traducción de Patricia Gonzalo de Jesús son espléndidos.

jueves, mayo 05, 2011

El tigre de Tracy, William Saroyan

Trad. David Horacio Colmenares. Acantilado, Barcelona, 2011. 128 pp. 11 €

José Morella

Thomas Tracy es un joven que trabaja cargando sacos de café en Nueva York. Aspira a ascender en la empresa y hacerse degustador de café. Un día se enamora de Laura, pero su torpeza o un desacertado impulso de su tigre echan al traste la relación. Sí, sí, Tracy tiene un tigre. Está con él siempre, acompañándole a todas partes. Varios años más tarde, Thomas volverá a Nueva York. Al entrar en la catedral de San Patricio, la muchedumbre entra en pánico al ver a su tigre. Tiene que intervenir la policía. Hay que llamar a un psiquiatra para ver si Thomas Tracy es un hombre cuerdo o un loco.
En esta novela las cosas son sencillísimas. Si te haces demasiadas preguntas (¿Cómo es posible que nadie hubiera visto antes al tigre? ¿Existe, el tigre? ¿Es una ilusión? Si lo es, ¿de quién? ¿De Thomas, de los otros, o de todos?) la novela, de un modo ni enrevesado ni intrusivo, te pide que dejes de hacer tanto ruido, que no te resistas. Que calles y estés a la escucha.
El psiquiatra al que llaman para averiguar qué le pasa, o si le pasa algo, a Thomas Tracy es el doctor Pingitzer.
Pingitzer me parece todo un descubrimiento. Me he reído a carcajadas, he releído por puro placer una y otra vez muchas líneas, he disfrutado muchísimo de él. Vaya, eso que llaman saborear una lectura. Saroyan: qué manera fácil de decir lo complicado, con qué pocos trazos, qué humor limpio y sin sarcasmo. ¿Cómo se puede hacer algo tan abierto y rompedor, tan subversivo, de esa manera tan sencilla? Hay textos, como ven, que me ponen de buen humor. El pesimismo, por más que alguien se empeñe en lo contrario, es sólo una especie de raro gas en el cerebro.
Pingitzer le hace a Tracy algunas preguntas muy directas, y enseguida Tracy también está haciéndole preguntas a Pingitzer. La barrera entre psiquiatra y paciente se diluye. Hablan relajadamente del dinero, del trabajo, de la locura. Hablan con sinceridad y desenvoltura, sin doblez. De golpe se diluyen las etiquetas. No se están viendo como médico y paciente, sino como lo que queda cuando las etiquetas caen: dos personas. La forma en que Pingitzer consigue ver en el corazón de Thomas es, parece decir Saroyan, la única posible, la más fácil y la más difícil a la vez, y la única humana: abrir su corazón primero. Ir con el corazón abierto. Colocarse como un igual. Aquí reside, en mi opinión, la belleza de la novela, que tiene ver con cómo juzgamos la realidad y a las personas -casi sin darnos cuenta y compulsivamente- y la cantidad de espejismos que vamos creándonos a nosotros mismos. Pingitzer ha de ser leído como un maestro, como cuando se lee a Lao Tse. Para mí es uno de esos regalos que se esconden en los libros y que no se olvidan nunca.
El policía Huzinga es un personaje que apoya el papel de Pingitzer: sin saber ni él mismo cómo, ve la inocencia de Tracy. No tiene ninguna prueba, y se juega su trabajo, su prestigio y su futuro. Es un policía no policía, un policía loco, víctima de cierto carácter poético que lo deja al borde de la total inverosimilitud narrativa. Da igual. Pingitzer y Huzinga son la respuesta novelística a la incapacidad de la psiquiatría y de la ley de encontrar respuestas en su discurso hiperracionalista. Un discurso extraviado a base de obstinarse en encontrar soluciones. El extravío de la psiquiatría resulta obvio hoy, cuando es tan difícil distinguir si los psiquiatras buscan soluciones o problemas. Si hay pastillas para síndromes o síndromes para pastillas.
Alguien podría ver la novela como surrealista, pero no lo es. Lo que dice Saroyan es que la racionalidad llevada al extremo, y usada como único baremo para vivir y ver la vida, no puede sino llevarnos a la construccion de un mundo que parezca surreal. Vivimos como anómala la parte de nuestras vidas que no puede ser explicada. Alguien debería decirnos que se vale no explicarlo todo. Eso sería un alivio.
Cuando el doctor Scatter, el psiquiatra "normal", le pide a Pingitzer que le explique cómo ha llegado a sus conclusiones sobre la salud mental de Tracy, la respuesta es clara: "no". No le explica eso, ni le explica por qué no se lo explica. Ese "no" encierra muchas cosas. Encierra la convicción plena de que la psiquiatría convencional y la ciencia tal y como la entendemos en occidente (cartesiana, finalista, dependiente de las grandes corporaciones empresariales e inconsciente de su propio condicionamiento) es incapaz de ver la cordura. Siempre hacia adelante, hacia el "progreso" como burro tras zanahoria. Buscando ver en vez de viendo. Todo lo anterior, nos dice la ciencia, está superado. Si tiene usted ansiedad, señora, tómese esta pastillita. Es agresivamente adictiva, pero eso mejor no se lo cuento. Y ahora discúlpeme que tengo mucha cola.
Pingitzer se abstiene de todo esto. Toma su propio atajo. Es un loco médico o un médico loco. No parece una mala solución. Al fin y al cabo, el tigre de Tracy es el amor.

miércoles, mayo 04, 2011

Memorias de un arqueólogo, Walter Andrae

Trad: Julia García Lenberg. Ediciones del Viento, A Coruña, 2010. 376 pp. 22 €

Ángeles Prieto

Quizá una de las consecuencias más dolorosas que el convulso y decadente siglo XIX produjo fue el atraso intelectual, constatable frente al resto de Europa, en el que incurrió la universidad española de entonces. Ni siquiera a inicios del siglo XX pudimos, por tanto, lanzar suficientes investigadores formados a la exploración y conocimiento científico del resto del mundo, como así hicieron británicos, franceses y alemanes, ayudados qué duda cabe, desde sus gobiernos por los mismos intereses coloniales e imperialistas que aquí también existieron, pero muy mal canalizados.
Sin embargo, en esta época actual que vivimos de globalización y actualización de conocimientos, ahora que podemos ponernos al día en disciplinas tradicionalmente relegadas en nuestras Facultades que, como la Arqueología Oriental, tanto apasiona a los alumnos, se hace notar mucho que las fuentes utilizadas para la formación de nuestros universitarios son mayoritariamente anglosajonas.
Sin ir más lejos un libro de cabecera para los estudiantes españoles de la disciplina arqueológica es el manual Arqueología: teorías, métodos y prácticas de Colin Renfrew y Paul Bahn, una visión interesante pero muy sesgada, porque si el estudiante español acude a buscar en él quiénes son los nombres fundamentales de la historia de la Arqueología Oriental, descubrirá que para el Próximo Oriente aparecen sólo Botta, Layard y Rawlinson. Ni un solo párrafo de reconocimiento para los arqueólogos alemanes, ni palabra sobre este Walter Andrae a quien debemos, ¡nada menos!, que el redescubrimiento de la importantísima Assur, la antigua capital de Asiria, además de la reconstitución de la famosa Puerta de Ishtar y la Vía de las Procesiones en Babilonia.
Un arqueólogo de primera línea que a la vez fue prolijo dibujante y anotador de sus andanzas y por ello, actual fuente de conocimiento insoslayable de la arqueología de su época, de la que sabiamente sus contemporáneos eran muy conscientes –al contrario que nosotros- que además de estar llevando a cabo el ejercicio de una simple actividad científica, estaban realizando una importante labor de difusión humanística de primer orden. Porque la Arqueología, quiéranlo o no en nuestras facultades, además de ciencia también es pensamiento y cultura, (y cultura europea, no sólo anglosajona) hacia la que debemos adquirir una cierta comprensión, afín y cercana para su mejor desempeño.
Es por ello que no podemos menos que aplaudir la exquisita publicación de estas cuidadas Memorias, mediante una traducción minuciosa y a conciencia, a la vez que ágil, en la reproducción de las apasionantes pequeñas historias culturales que, respecto a Asiria y Babilonia, Andrae nos transmitiera con sincero entusiasmo. Pues por estas páginas preciosas que nos legara no sólo desfilan los importantes hallazgos que le otorgaron un sitio de gloria en la posteridad, sino su vida ante todo: el paisaje beduino que tanto amó, sus increíbles animales y las relaciones amistosas, de respeto y cariño, con la sencilla población rural árabe. Mientras, y de fondo, escuchamos asimismo sus sentimientos de horror y perplejidad ante una Europa en llamas por las dos Guerras Mundiales que le tocó sufrir y sus gritos indignados contra el nazismo, altar idólatra de Hitler, que convirtió a sus compatriotas en “material humano”, destrozó sus queridos museos, en buena parte el trabajo de su vida y hasta le hizo perder a un hijo.
Por ello, podemos afirmar que no estamos ante un libro científico, necesario (y ya era hora) en nuestros campus universitarios, sino también ante un precioso y único ejemplar, precursor de esa gran literatura de viajes que Ediciones del Viento se esfuerza cada día en proporcionarnos. A ellos, y a Joaquín María Córdoba, responsable de la edición, muchísimas gracias.

martes, mayo 03, 2011

El último día antes de mañana, Eduard Márquez

Alianza Editorial, Madrid, 2011. 261 páginas. 16 €

Care Santos

Sigo a Eduard Márquez desde que publicó, hace ya algunos años, El silencio de los árboles. Escritor polifacético, que tanto cultiva el cuento como se atreve con la literatura infantil de calidad, amanuense del lenguaje, narrador sin prisas ni pausas... de todas sus cualidades hay una que me sobrecoge cada vez que le leo: acaso, del actual panorama literario en catalán -su lengua principal, a pesar de que se haya preocupado de traducirse a sí mismo-, Márquez sea el autor que menos palabras utiliza en proporción a las emociones que provoca. Ya ocurría en sus anteriores entregas, pero en esta última el minimalismo retórico brilla en todo su esplendor. Al cerrar el libro, el lector se pregunta cómo diablos ha hecho el autor para contarnos tantas cosas y de tanto calado, en apenas 160 páginas. El lector habitual de Márquez, sin embargo, ya conoce su querencia por las distancias cortas, ya le ha escuchado o leído en más de una ocasión su personal elogio de la brevedad, un gusto que le lleva una y otra vez a perfeccionar el género, tan agradecido como ajustado a nuestros tiempos, de la novela breve. No cabe ninguna duda de que Márquez es un maestro en esa distancia media a la que, coherente, regresa una y otra vez.
El último día antes de mañana parte de un encuentro terrible y fortuito: el narrador, un hombre de mediana edad, que acaba de perder una hija, tropieza con un viejo amigo de la infancia convertido en mendigo callejero. Llevado por la memoria de otros tiempos, decide acogerlo en su propia casa y proporcionarle la oportunidad de ser testigo privilegiado del desmoronamiento de su existencia, del que el amigo reencontrado actuará como una especie de detonante, una causa fatal de diversas catástrofes, de modo que sobre él acabará concentrando todo el dramatismo de la acción.
Se trata de una novela triste. Muy triste. Dura. En sus páginas se suceden las separaciones y las pérdidas. Todo ocurre guiado por el signo de lo inevitable. Todo avanza hacia el precipicio. Sin embargo, Márquez logra entretejer la pesadumbre con otras cosas: los mimbres autobiográficos de la historia escolar, amenizada por un cura pederasta y otro que reparte pastillas Juanola como quien reparte hostias; la reflexión sobre las perdurabilidad de las relaciones humanas; sobre el sentido de la existencia; sobre la necesidad que tenemos, cada uno de nosotros, de hallar nuestro propio rincón frente al mar, nuestro propio descanso del guerrero. Y todo ello con un lenguaje mimado, una economía de recursos que no deja de sorprender a pesar de que estemos acostumbrados a ella y un talento innegable para la elección de lo que es realmente importante en una historia o lo que no interesa en absoluto. En esta novela se cuenta un mundo en ciento sesenta páginas. Un mundo donde los silencios pesan tanto como las palabras, donde las elipsis son un recurso narrativo. Un mundo que se parece mucho al nuestro, aunque es mucho mejor desde el punto de vista estético. Sólo por eso, merece la pena leerla.

* Existe versión en catalán: L'últim dia abans de demà, publicada por Empúries.

lunes, mayo 02, 2011

Beatitud (visiones de la beat generation), VV.AA. (edición de Vicente Muñoz Álvarez e Ignacio Escuín)

Ediciones Baladí, Alcalá de Henares,2011. 357 pp. 20 €

Miguel Baquero

Surgida hacia los años cincuenta en Estados Unidos, la beat generation supuso una auténtica ruptura con los modos de vida imperantes por entonces, con un país que empezaba a despegar apoyado en gran medida en la inconsciencia consumista y en la abdicación de responsabilidades a favor del bienestar. Sobre actitudes transgresoras, como el consumo de drogas, el sexo desinhibido y libertario, y en cuestiones estéticas la improvisación en el relato o en el poema (al modo de sus admirados héroes jazzísticos) los autores de la beat generation (Burroughs, Gingsberg, Cassady, Kerouac, Ferlinghetti, Corso y varios más) marcaron, para el presente y el futuro, todo un estilo literario y, lo que sólo los grandes consiguen, en solitario o en grupo, marcaron toda una mentalidad y una forma de vivir cuyos ecos persisten hoy en día.
De ello, de la influencia de aquellos alucinados escritores, quizás los últimos rebeldes y bohemios auténticos de la Literatura, quiere dar testimonio Beatitud (visiones de la beat generation), un libro donde 33 autores, de diferentes edades y nacionalidades, escriben sobre la manera en que poemas como Aullidos, o novelas como En el camino, Los vagabundos del Dharma o El almuerzo desnudo condicionaron su pensamiento y, en varios de los casos, su forma de vida, sobre la base del viaje, de la búsqueda continua de no se sabe muy bien qué, pero en todo caso al margen de lo fácil y de lo establecido, de la sensibilidad y las reglas comunes, tanto vitales como estéticas. Son, como se ha indicado, autores de diversas edades, desde algunos que perfectamente podían haber sido los hermanos pequeños de aquellos autostopistas con una novela en progresión en el macuto (una de las participantes, de hecho, nos narra cómo llegó a San Francisco en los últimos tiempos de aquella súbita fiebre vital), y otros que apenas si han llegado a conocer el eco de la leyenda de aquellos tipos, o a advertir en sus páginas la fuerza que desprendieron en su día. Compuesto de textos, pues, de diferentes estilos, de diversas orientaciones y de variados puntos de vista, el nivel general del volumen es excelente. Hay cuentos sencillamente geniales, deslumbrantes, enormes, como “On the soviet road”, de Miquel Silvestre, donde el autor nos cuenta un viaje en moto por la antigua Unión Soviética en un periplo que, aunque más breve, por supuesto, poco tiene que envidiar a la novela en que se basa. Otros asimismo excelentes, como “Al final de la carretera”, de José Ángel Barrueco, o “Eligiendo un camino”, de Pepe Pereza, donde con un marcado sentido del humor nos hablan de lo difícil que resulta seguir aquella senda abierta por los beatniks, y cómo tantas veces nuestros deseos se estrellan contra la realidad. “La India o el miedo”, de Ana Pérez Cañamares, crónica de un viaje accidentado, y no otra cosa, de una hippy fuera de su tiempo que nunca llegará a Katmandú. La visión bucólica de Patxi Irurzun en “Mi padre, los libros Reno, Ned Flanders y los beats, todo en la misma frase” (magnífico título, por cierto). El cuento brutal “Huellas en el polvo”, duro y contundente, de David González. La valentía de Mario Crespo en “Ruta 23”, al hablar sobre la tan denostada y ridiculizada “ruta del bakalao” con un eco de lírica beat…
Como en todo libro conjunto, por supuesto, existen los altos y los bajos, en este caso varios autores que aprovechan la estética beat como excusa para el desparrame en textos sin sentido, en ejercicios onanistas presuntamente líricos, o que malcubren el expediente con el recurso, cansino y aburrido, al “no se me ocurre nada y se agota el plazo”. Pero aparte de estos casos, pocos y seguramente inevitables en toda obra conjunta, el nivel general es excelente y en las páginas de Beatitud se siente a menudo, al doblar una página, el pulso vital de los homenajeados. El eco, en muchas ocasiones cercano, de aquellos viejos beatniks.