jueves, abril 07, 2011

Purga, Sofi Oksanen

Trad. Tuula Marjatta, Ahola Rissanen y Tomás Gónzalez Ahola. Salamandra, Madrid, 2011. 384 pp. 19 €

Cristina Consuegra

En la tercera novela de la autora finlandesa de origen estonio, Sofi Oksanen, Purga, realidad histórica y ficción se confunden para situar al lector ante una serie de acontecimientos cuya acción viene motivada por la crudeza de la condición humana, cuando ésta es oprimida y reducida a la mínima expresión posible; acontecimientos que sacudirán al lector, física y emocionalmente, con descripciones y un uso del lenguaje —siempre puesto al servicio de la ficción— que permiten a su autora estar a la altura del eco de las grandes tragedias literarias. Oksanen concibió originalmente esta historia como obra de teatro, pero el posterior desarrollo de sus personajes la llevó a edificar la obra que Salamandra, con gran acierto, publica en nuestro país.
Purga narra la historia, propia e impuesta, de Estonia, desde antes de la invasión soviética hasta la década de los noventa, ya convertida en república báltica; un recorrido de casi sesenta años que Oksanen transita con sumo cuidado gracias al diálogo inteligente que traza entre contexto histórico y narración; un recorrido ambicioso que habla sobre el poder devastador del miedo, sobre el peso de la mentira en los seres humanos, sobre la barbarie de la traición y la sinrazón del amor.
Estructurado en cuatro partes, cada una presentada a través de los versos del poeta estonio Paul-Eerik Rummo, símbolo de la resistencia en su país, Purga sitúa al lector ante una primera carta fechada en 1949, escrita por Hans Pekk —cartas que aparecen en otros instantes de la narración— para dar un primer salto en el tiempo, hasta el año 1992, donde espera una de sus protagonistas, Aliide Truu, viuda de edad avanzada que reside y resiste en la tierra que la vio nacer, la misma con la que mantiene una relación ancestral que la lleva a desempeñar tareas que se antojan eternas como el sentir pétreo y putrefacto de los secretos que inundan su persona. Esta espera minuciosa y rutinaria —sólo interrumpida por los actos vandálicos de un grupo de jóvenes que acosan a Aliide por su pasado comunista— se ve alterada cuando en su jardín aparece un bulto, Zara, una joven rusa en busca de la mentira más verdadera, la palabra capaz de atravesar a aquella anciana cuyo pasado es lo único que las puede salvar.
Desde este primer encuentro, la narración se sucede a través de un vaivén temporal que alterna pasado y presente, lo que permite a su autora manejar con maestría el ritmo de lo contado en función de quién sea la protagonista de los hechos. Estas variaciones, del tiempo interno, vienen acompañadas por cambios de lugar, así la narración nos lleva a Vladivostok, ciudad en la que Zara solía vivir con su madre y abuela estonia, quien, desde la cálida penumbra del tiempo dejado atrás, enseña palabras prohibidas a su nieta; al Berlín de los años noventa y la realidad vergonzosa de la trata de mujeres; a la Estonia libre, donde Aliide y su hermana Ingel trazan, sin pretenderlo, la estrategia que años después será la responsable de sus destinos; y a la República Socialista Soviética de Estonia, donde la dignidad se pierde en el sótano del Ayuntamiento y en las casas comunitarias.
Y es que éste es el gran logro de Purga, reflejar un país a través de la mirada de sus personajes, mostrar el conflicto identitario a través de la particularidad de sus protagonistas femeninas para llegar a la generalidad de un pueblo cuya existencia se vio invadida por los soviéticos. Sobre este escenario, Oksanen despliega historias crudas que paralizan el aliento y dejan la garganta intoxicada por un mar de humo tierra; historias o personas que se debaten entre la mentira, la traición y el miedo; entre el amor como refugio último… o su olvido.

miércoles, abril 06, 2011

Intervenciones, Michel Houllebecq

Trad. Encarna Gómez Castejón. Anagrama, Barcelona, 2011. 264 pp. 17,50 €

Amadeo Cobas

He de confesar que jamás había leído un artículo periodístico firmado por o una entrevista realizada a Michel Houllebecq. Eso sí, me he leído parte de su obra narrativa (Plataforma, Las partículas elementales, Lanzarote y La posibilidad de una isla), por lo que me imaginaba lo que me podría encontrar en esta compilación de opiniones suyas, vertidas a pluma suelta. ¿Y qué me he encontrado? Al Houllebecq provocador, cínico, delirante, agresivo, radical, ácido, ofensivo, burlón, ingenioso, políticamente incorrecto, maleducado, grosero, antiislamista (¿o no?), perspicaz, sexual (¿pornográfico?), hedonista (¿nihilista?), corrosivo…
Ya empieza el libro «haciendo amigos»: al poeta Jacques Prévert, cuya obra es estudiada en los colegios de Francia, le dedica epítetos clarificadores: «mediocre… mal poeta… imbécil». Otro artículo suyo principia con esta frase palmaria: «La literatura no sirve para nada». ¿Por qué? Porque su propósito es chinchar… Y a fe que lo consigue.
Aunque he de reconocer que sentencia máximas que llevan a reflexionar: «uno debería poder abrir una novela en cualquier página, y leerla con independencia del contexto. El contexto no existe. Es bueno desconfiar de la novela; no hay que dejarse atrapar por el argumento; ni por el tono, ni por el estilo»; casi nada lo que afirma… Y no cabe duda que estos alegatos tan suyos forman parte de su psique más profunda —no sé si atreverme a decir que disfruta erizando el vello a los lectores más susceptibles, o que le importa un bledo tener pleitos en su contra a raíz de la publicación de cada una de sus obras—, de sus ganas de provocar. ¿No se lo creen?: «…algunos seres con valores desviados siguen asociando la sexualidad y el amor»…
Este antisistema que profiere: «…lo único que realmente se puede hacer en Occidente es ganar dinero», desarrolla en esta compilación su faceta de crítico literario, de cine, arquitectónico, filosófico, musical…; ninguna modalidad artística, modo de vida, ningún tema es lo suficientemente espinoso como para no poder ser abordado por el intelecto de Houllebecq. Es impepinable que no hay temas tabú en sus opiniones, ni opiniones que pongan en riesgo su libre juicio: «el pedófilo me parece el chivo expiatorio ideal de una sociedad que organiza la exacerbación del deseo sin procurar los medios para satisfacerlo […] el hombre maduro quiere follar, pero ya no tiene posibilidad de hacerlo […] Así que no es tan sorprendente que la emprenda contra el único ser incapaz de ofrecer resistencia: el niño». De este modo comenzaba un artículo sobre la pedofilia publicado en 1997. Nadie se rasgue las vestiduras todavía, no olvidemos que estamos ante un provocador. ¿Otro ejemplo? «Personalmente, siempre he considerado a las feministas unas amables gilipollas, en principio inofensivas, pero a quienes, por desgracia, su desarmante falta de lucidez vuelve peligrosas», opinión suya plasmada en una obra que epilogó en 1998. Epílogo que no sé si haría mucha gracia a Valérie Solanas, la escritora, cuando gratifica dicha obra, ¡ejem!, con calificativos de este jaez: «Aunque las primeras páginas del SCUM Manifesto son deslumbrantes, hay que reconocer que por desgracia cae después en gilipolleces a la manera de Stirner, si no peores».
Es peligroso abrir un micrófono delante de una lengua voraz como la de Houllebecq
Este autor plantea cuestiones que a la fuerza dolerán a los afectados. Verbigracia, los jubilados alemanes, dado que huyen en cuanto pueden a vivir al sur, España principalmente, por lo que se pregunta: ¿aman a su país? Más: propuso que se exterminase a la pareja de osos que fue introducida en los Pirineos. ¿Por qué? Vaya usted a saber, por ser él mismo. Acaso porque a Houllebecq le ocurre lo que al escorpión de aquella fábula atribuida a Esopo (recogida por Anthony de Mello). ¿La saben? Pido disculpas por la reiteración, si tal sucede: un escorpión le pide ayuda a una rana para atravesar un río. Ésta le replica que si lo hace, una vez esté sobre su lomo le clavará el aguijón y la matará. El escorpión matiza que sería una locura por su parte, porque entonces la rana moriría envenenada, pero él perecería ahogado. Tras cavilar unos instantes, accede la rana. En mitad del río el escorpión pica a la rana, y ella le pregunta: ¿por qué lo has hecho?, ahora vamos a morir los dos. Y el escorpión se justifica: no he podido evitarlo es mi naturaleza…
A quien le guste una forma de escribir libre, directa y sin tapujos, la literatura punzante, la que conmueve (para bien o para mal), la que excita el pensamiento hasta enfebrecerlo que no deje de leer a este escritor, porque le garantizo que no quedará indiferente. Le encandilará o le escandalizará. Casi diría que pasará por ambos estados.
Puede que a la vez…

martes, abril 05, 2011

Knockemstiff, Donald Ray Pollock

Trad. Javier Calvo. Libros del Silencio, Barcelona, 2011. 304 pp. 20 €

Martí Sales

Se ve que el señor que escribió este libro brutal –su primer libro– lo hizo después de pasarse treinta y dos años trabajando como un desgraciado en una fábrica de papel perdida en el estado de Ohio. Un lugar, a todas luces, más próximo al infierno de lo que podría parecer a primera vista –al fin y al cabo, podrían pensar ustedes, Norteamérica es un país desarrollado, sin guerra ni epidemias descontroladas ni gran mortandad infantil, ¿no? Pues no. Nanay de la China. Knockemstiff lo demuestra. Más que cualquier estudio antropológico-estadístico de cualquier universidad del mundo, este libro demuestra que, en el corazón de una de las grandes superpotencias mundiales, en el meollo de uno de los países más prósperos del mundo hay gente que vive como si hubiera sido condenada de antemano. Adolescentes hinchados de anfetasansiosos por huir ya la vez, atascados para siempre en la telaraña pegajosa del pueblucho de mierda; padres que solo saben beber y pegar; parejas que viven en permanente horror sentimental; hombres que, obsesionados por el culturismo, alcanzan la más absurda de las muertes… Knockemstiff es un callejón sin salida, una fábrica de desgraciados whitetrash –porque eso sí, no hay ninguna otra etnia, nadie diferente, todos son igual de pobres y paliduchos y comparten la misma alimentación desestructurada, los mismos problemas mentales, dentales y genéticos que causa el cretinismo. Hay un par de películas que también retratan este desamparo del que no se habla –ese gran tabú que es la pobreza blanca en Norteamérica–, a saber: Frozen River y Winter’s Bone. Buenas películas, pero que no le llegan a la suela del zapato a esta espeluznante colección de relatos: Donald Ray Pollock (el de la fábrica, ¿recuerdan?) demuestra un extraordinario dominio de la narración, te agarra por los cojones en la primera frase y te los va estrujando cada vez más fuertepero en vez de aullar de dolor y pedir clemenciapides más, porque Knockemstiff engancha como el agujero negro que es. Donald Ray es nuestro particular Virgilio en esta Tragedia Sin Fe –nada de Cielo ni Purgatorio, únicamente Infierno 100% garantizado– y con él recorremos todos los meandros de este pueblo deprimente y sus gentes desesperanzadas. El gran mérito del autor es conseguir que el tour sea hilarante e intenso, incluso bestial; Donald Ray consigue que nos quedemos boquiabiertos y adictos a este tremendo Circo de los Horrores –y eso, créanme, no es nada fácil. Déjense llevar alegremente –es un decir– por esta desolación de tres sílabas, sumérjanse en sus pútridas aguas como si fueran a ser antibendecidos: ¡cómo amarán sus propias vidas cuando lo acaben!

lunes, abril 04, 2011

La edad de la ira, Fernando J. López

Espasa, Madrid, 2011. 317 pp. 19,90 €

Juan Pablo Heras

Poco a poco, un rumor al principio apenas perceptible crece sin pausa hasta hacernos volver la mirada. Y de repente una novela que carece de firma –es decir, de marca– lo suficientemente popular y asentada como para generar ese alboroto empieza a estar en boca de todos y en las manos de muchos. Y enseguida aparece la segunda edición. ¿Todavía no han oído hablar de La edad de la ira? Si es así, es posible que lo primero que les llegue es la sospecha de que sus méritos son “extra-literarios”. Que si es una valiente e implacable denuncia de las mil grietas que amenazan nuestro maltrecho sistema educativo; que si es un reflejo fidelísimo de los efectos de la ultimísima revolución tecnológica en los más jóvenes; que si se atreve como pocos han hecho antes a hablar sin miedo pero sin morbo de lo que nadie dice acerca de la homosexualidad adolescente… Muy bien, muy bien, un libro necesario, oportuno, reflejo exacto de la realidad de las aulas, etc., pero, ¿dónde está la literatura? Pues ahí mismo, en su impagable valor como vehículo de denuncia y de llamada a la reflexión. Los medios de comunicación están saturados de proclamas por causas justas que se disuelven en el aire por su pobreza de panfleto. Lo que dice La edad de la ira no es, por lo tanto, nuevo, pero está escrito con tal desparpajo, brillantez y eficacia narrativa que uno tiene la sensación de haber encontrado al fin, puesto en negro sobre blanco, lo que tantas veces había rumiado acerca de la educación sin atreverse a pronunciarlo. Y ahora dicho en voz alta, clara y con voluntad de permanecer, y por eso, de generar debates, respuestas y propuestas con efecto a largo plazo.
Fernando J. López se vale de un esqueleto de novela policíaca sin policías, motor de una intriga magnética que mantiene al lector atrapado en un secuestro feliz del que no desea liberarse. Marcos, un adolescente aparentemente pacífico, es detenido por haber asesinado a su padre y a su hermano, lo que mueve a un inquieto periodista a investigar en su instituto para tratar de descubrir los motivos de lo inexplicable. Se trata de una trama no especialmente sofisticada que evita giros abracadabrantes al uso, y que quizá decepcionará a los que busquen la última pirueta narrativa o ese curioso placer de que te tomen el pelo. Más bien, la investigación que el protagonista plantea es una excusa para desplegar una cuidada polifonía que nos recuerda a la estupenda In(h)armónicos, la novela con la que Fernando J. López inauguró su carrera hace por lo menos diez años. López crea una serie de voces perfectamente individualizadas —se percibe su oficio de dramaturgo—, las de varios profesores, trabajadores y alumnos del instituto que giran alrededor de la oscuridad que rodea a Marcos. Son personajes vivos, reconocibles, ejemplares genuinos de la era de las redes sociales, tan impúdicos y exhibicionistas respecto a sus emociones como reacios a contar lo que de verdad pueda comprometerles. Y poco a poco los adultos dejan entrever el adolescente que han ido escondiendo en su interior —no es otra cosa madurar que abrigarse un poco— y los jóvenes muestran la sensatez y la coherencia que con tanta frivolidad se les niega. Con los retales de sus testimonios, López teje un vibrante patchwork en el que nada sobra y en el que la información se dosifica cuidadosamente para evitar que nos atiborremos y se nos pase la sed de seguir leyendo.
La edad de la ira es apasionante y dará que hablar más allá del pequeño círculo de los expertos en literatura. Precisamente porque es pura literatura.

viernes, abril 01, 2011

Norte, Edmundo Paz Soldán

Mondadori, Barcelona, 2011. 282 pp. 21,90 €

Salvador Gutiérrez Solís

He pasado buena parte de la noche leyendo Norte, hacía mucho tiempo que no me sucedía. Y ahora, frente a la pantalla del ordenador, el teclado en mis dedos, tendría que comenzar a escribir una reseña/crítica de esta novela. En esta ocasión, no tiene sentido. ¿Por qué? Con frecuencia, las críticas/reseñas literarias, aunque se camuflen en el interior de una balada elogiosa, dulce, tienen algo de preventivas. Es una contradicción reiterada que no consigo comprender, que incluso me suele enojar. Es como si nos encontráramos, en una guía del gourmet, ante la reseña/crítica de un restaurante que califican como excelente al mismo tiempo que nos previenen del exceso de pimienta, del precio, del vino de la casa o de los manteles, a pesar de que nos recuerden incesantemente que se trata de un restaurante excelente. O algo parecido.
Norte ha despachado mi sueño –y sus horas- porque es una novela maravillosa, excepcional, bellísima, más que excelente. Pero excelente, excelente: manteles limpios, buen vino y la pimienta en su justo punto. No debería argumentar más, tan sólo recomendarle muy encarecidamente que se dirija a la librería más cercana –o habitual- y adquiera un ejemplar. Nada más, debería bastar. Qué más le podría decir. Que Edmundo Paz Soldán ha logrado una perfecta arquitectura narrativa en la que encajan todas las piezas, que Norte es una exhibición de Literatura del más alto nivel, que esta novela traza con minuciosidad las coordenadas sobre las que se expande el Castellano, no sé, que las historias te hipnotizan y secuestran desde el primer instante, sí, todo cierto. Insisto: vaya a la librería y compre Norte.
Empiezo a pensar que es mucho más fácil escribir una reseña/crítica preventiva. Qué más le puedo decir. No sé, que si a usted le gusta la buena literatura, las grandes novelas, lea Norte. Que si a usted le gusta la buena música, de ahora y siempre, de Elvis a Calamaro, lea Norte porque le gustará, mucho. Que si usted es aficionado al mejor cine, de Ford a los hermanos Coen, seguro que Norte le fascinará. En fin, siento la parquedad, pero es que cuando se tiene la fortuna de escribir/recomendar sobre una novela tan absolutamente sensacional, entiendo que lo más honesto y generoso —con otros lectores— es pretender que sean muchos más los que disfruten lo que yo ya he disfrutado. Por tanto, nada más que decir: vaya a la librería y compre Norte, la nueva novela de Edmundo Paz Soldán.