lunes, marzo 07, 2011

Jaque a la reina muerta, Carmen Güell

La Esfera de los Libros, Madrid, 2010, 264 pp. 22,90 €

Amadeo Cobas

Es sencillo devolver a la vida personajes históricos –sobre todo si son secundarios en la Historia– para cubrirlos de una pátina de idealismo que los convierta en casi irrepetibles, que los revierta en un ejemplo de modernidad, unos adelantados a su tiempo. Es sencillo, sí. Intentarlo, claro. Porque lograrlo ya es otro cantar. Lograr que Germana de Foix, reina consorte de Aragón, virreina de Valencia, marquesa de Brandemburgo y duquesa de Calabria cobre vida, y verosimilitud lo que de ella se relata, es el propósito de Carmen Güell.
Y lo logra con solvencia.
Nos muestra la escritora a una reina que aunque se conforma –porque no le queda más remedio– con el rol que le toca desempeñar como mujer de su época (siglo XVI), siempre en segundo plano con respecto al hombre, se rebela al menos opinando en contra de las imposiciones masculinas que le toca sufrir; máxime en su caso, que como esposa del rey ya sabe lo que le toca: darle a Fernando el Católico un heredero. A ver si así consigue la estirpe Trastámara perpetuarse en el trono de Aragón y ¿quién sabe si algo más?... ¿Acaso no evidencia signos de locura Juana, la hija de su marido? A ver si no cómo se entiende que traslade los fétidos despojos de su fallecido esposo, Felipe el Hermoso, desde Burgos a Granada, en procesión nocturna que duró… ¡ocho meses! No, quizá sea excesivo considerar que Germana ansiaba darle a Fernando un vástago –varón, majestad, si a vos no os molesta, es de suponer que propondría algún consejero…– para la sucesión al frente de la corona de Aragón. No, estos intereses están alejados de la mente de la reina. La prueba es que ella misma confiesa que anhelaba tener un hijo, pero con una intención más loable: para mimarlo, malcriarlo y que él le dijera: te quiero, mamá.
Dentro del acierto general del tratamiento dado a la novela, destaca el uso de la narración en primera persona, acercando los pensamientos íntimos, las inquietudes de Germana de Foix ante el reto que se le presentaba: suceder a Isabel la Católica casándose con su viudo. Y su zozobra: «No podría evitar que me compararan con ella a cada momento»; y su deseo: «Ya me hubiera gustado poseer su misma energía y feminidad».
Porque no tuvo una papeleta fácil ni agradable. Ella, con sus puros 18 años, casada con Fernando el Católico, de 53 batallados años. Un viejo, perdido ya parte de su empuje físico a causa de los estragos de tanta guerra y tanta intriga, «calvo, de feo semblante y espalda encorvada», así lo describe la protagonista tras su primer encuentro. Eso sí, el rey aragonés no ha perdido ni un ápice de su artera sabiduría en materia diplomática y política: «La política, y sólo eso, era su vida, lo primero y lo único que le importaba de verdad». Estas conclusiones sacó Germana de sus primeros días de matrimonio…
Porque como mujer de su tiempo hubo de claudicar a las imposiciones reales en forma de boda de conveniencia. La primera impuesta por el rey de Francia para sellar una alianza con el rey de Aragón; la segunda y tercera por mandato del rey de las reunificadas Castilla y Aragón: Carlos I de España y V de Alemania.
Pero era sabia. Dando cabo a su vida, la protagonista de esta novela reflexiona y aplica esa innata sabiduría, aliada con su experiencia, para afirmar con rotundidad: «la felicidad no es vivir una pequeña vida sin embrollos, sin cometer fallos ni moverse. La felicidad consiste en aceptar la lucha, el esfuerzo, la duda y avanzar sorteando los escollos». Perspicaz máxima, a mi entender, aunque peligrosísima también para emitirla una fémina en esa Edad Moderna que le tocó vivir, por mucho que el Renacimiento porfiase por abrir ventanas en las obtusas mentalidades masculinas. No olvidemos que la Inquisición merodeaba para velar porque nadie desviase ideas heréticas –qué fácil debía de ser convertirse en reo de una conducta punible para el Santo Oficio–, so pena de aplicar un devenir cruento: humillación pública, potro de tortura, auto de fe…
Nos ofrece el primer plano de esta novela a una maravillosa actriz. Supo desempeñar su papel aunque la Historia la ocultó tras demasiados personajes principales. De ahí la libertad que disfruta Carmen Güell para apartar de arquetipos a Germana y darle visos de modernidad aunque, como la propia autora matiza en el epílogo, está «lejos de ser una heroína». Es verdad, quizá no lo fue en su época, pero lo es desde el momento en que resucita para cualquier lector que se adentre en esta amena forma de narrar, sucinta en floreos y nula en relleno vano, con la cadencia adecuada para paladear estos golosos manjares ofrecidos, a imagen de la reina –placer sublime para Germana de Foix era la comida: su perdición fue, encadenándola a la obesidad–, un relajo su vida de un matrimonio de conveniencia a otro, plegada a los deseos reales, permítaseme esta frivolidad, seguro que pocos aceptarían hoy en día estas obligaciones para sus vidas.
No deberá pasar esta revisión histórica al olvido. No lo merece su autora ni lo merece su alteza la protagonista. Por inteligente, por pensar por sí misma y por valiente.
Quede subyacente ese enigma que se bosqueja en las postrimerías de la obra, referente al resultado de los encuentros íntimos entre Germana y su majestad imperial Carlos V.
¿Será verdad lo que insinúa?...

viernes, marzo 04, 2011

Valor de ley (True Grit), Charles Portis

Trad. Eduardo Mallorquí. Debolsillo, Barcelona, 2011. 202 pp. 7,95 €

César Mallorquí

Por lo usual, se espera del crítico literario que ceda el protagonismo al texto sobre el que va a hablar y se mantenga fríamente aparte, escudándose en una apariencia de objetividad que, de ese modo, convierta su dictamen en una especie de juicio divino. No va a ser éste el caso; de entrada porque en realidad soy un falsario, un escritor disfrazado de crítico, pero sobre todo porque existe una intensa vinculación sentimental entre Valor de ley y yo.
Le ruego al lector que eche un vistazo al nombre del traductor de la novela y luego el del perpetrador de esta crítica. “Mallorquí” no es un apellido frecuente; Eduardo era (murió hace 10 años) mi hermano. Tradujo Valor de ley, de Charles Portis, a finales del 69 y Bruguera la publicó al año siguiente con el subtítulo de Mattie. Nada más editarse, mi hermano me prestó un ejemplar y me recomendó que la leyese. Lo hice y me gustó. Yo tenía 17 años. Poco después, Henry Hathaway estrenó una película basada en el texto de Portis que le consiguió a su protagonista, John Wayne, el único Oscar de su dilatada carrera. Vi la película con mi padre, José Mallorquí; a ambos nos gustó.
Mucho después, a lo largo de los años, volví a ver (en TV) el film de Hathaway dos o tres veces, y ocurrió algo curioso: cuanto más lo veía, más me gustaba, hasta que acabó convirtiéndose en uno de mis westerns favoritos. Y, al mismo tiempo, más se diluía en mi memoria la novela. Recientemente, los hermanos Coen han vuelto a versionar Valor de ley y, aprovechando la ocasión, Random House ha reeditado la novela, y la traducción de Eduardo, bajo el sello Debolsillo. La compré nada más verla e, impulsado por la nostalgia, la leí en un par de días; aunque tenía miedo, lo reconozco, porque con frecuencia novelas que me entusiasmaron en mi juventud acabaron defraudándome en una posterior relectura.
Y así ha sido, en cierto modo. Valor de ley, de Charles Portis, no es una novela tan buena como yo recordaba. Es infinitamente mejor.
Valor de ley es un western de planteamiento clásico, pero también muchas otras cosas. Su argumento no puede ser más sencillo. Estamos en Arkansas, en 1870; el ranchero Frank Ross viaja a Fort Smith para comprar una partida de caballos y allí es asesinado por Tom Chaney, uno de sus empleados. Chaney huye a territorio indio y se une a una banda de forajidos. Días después, Mattie, la hija de Ross, una muchacha de catorce años, llega al pueblo para hacerse cargo del cadáver de su padre. Pero Mattie no es una adolescente cualquiera, sino la chica más testaruda, resuelta y autosuficiente del mundo. Así que Mattie, decidida a vengar a su padre, contrata a Rooster Cogburn, un viejo comisario, tuerto, tosco, borracho e implacable, para perseguir a Chaney y capturarlo. A ellos se les une La Boeuf, un Ranger de Texas que persigue a Chaney por el asesinato de un senador. Juntos se internan en territorio salvaje e inician un periplo jalonado de violencia y muerte.
¿La tópica historia de persecución y venganza? Puede ser, pero ahí acaban los tópicos. La novela está narrada en primera persona por Mattie muchos años después de los acontecimientos que relata. Es decir, el universo tradicionalmente atiborrado de testosterona del western está contemplado desde un punto de vista femenino, lo cual hace que las constantes del género nos parezcan sutilmente distintas. Podría objetarse que Mattie no es una chica normal, incluso que resulta un poco masculina, pero no es así. Mattie es una mujer, pero también una pionera, y las pioneras, más allá del, en el fondo machista, estereotipo femenino, eran mujeres fuertes como rocas que se jugaban la vida para conseguir un mundo más civilizado. Eso es Mattie: una roca.
Dado que el argumento de Valor de ley es muy leve, Portis dedica gran parte del texto a retratar a los personajes. Y no sólo a Mattie y Cogburn, los protagonistas, sino también a los secundarios, desde el presuntuoso, pero en el fondo entrañable, La Boeuf, hasta el Coronel Stonehill, un deliciosamente pesimista tratante de caballos. Cabe resaltar el modo en que crece la figura de Cogburn, que de entrada parece un personaje de una pieza, pero acaba convirtiéndose en un fascinante ser humano lleno de matices y contradicciones.
La novela está narrada con un soterrado sentido del humor que recuerda al mejor Mark Twain. De hecho, más de una vez se ha comparado a Mattie con Huckleberry Finn, aunque en realidad se trata de personajes opuestos. No obstante, al igual que ocurre en la obra de Twain, Valor de ley relata un viaje iniciático que se adentra en las raíces primarias de la historia y la cultura norteamericanas. Y también habla del final de la inocencia, del bien y del mal, y del demoledor paso del tiempo.
Los géneros literarios se centran en las diferentes facetas de lo humano. El mejor thriller se adentra en los rincones sórdidos de la sociedad; la mejor ciencia ficción especula sobre el cambio y sus consecuencias; y el mejor western explora la frontera entre la vida civilizada y la vida natural. En Valor de ley, Mattie representa el orden y la civilización, y Cogburn la existencia libre y salvaje. Al final, ambos se necesitan; Mattie precisa a hombres como Cogburn para cimentar el orden que tanto anhela, y Cogburn necesita a Mattie para descansar en la vejez o, al menos, para contar con una tumba donde pasar la eternidad.
Escribo esta crítica al día siguiente de la entrega de los Oscar. Pese a sus diez candidaturas, Valor de ley, la película de los Coen, no ha obtenido ninguna estatuilla. Es injusto; se trata de una gran película, muy superior a El discurso del rey. Y hay algo que quizá el lector desconozca: todo lo que aparece en el film, argumento, situaciones, personajes, diálogos, hasta el más pequeño de los detalles, todo sin excepción está en la novela. En cualquier caso, supongo que los académicos habrán pensado que Valor de ley “sólo” es un western y por eso han decidido premiar a un film aparentemente más serio y trascendente, aunque en realidad se trata de un producto mucho más liviano, un mero artefacto fílmico diseñado para acaparar premios.
Y me temo que algo parecido suceda con quienes lean esta crítica. A fin de cuentas, Valor de ley es un western, ¿no? Una novela de género y, además, de un género que ya todo el mundo da por muerto y enterrado. ¿Para qué perder el tiempo con algo así cuando se pueden leer obras realmente enriquecedoras? Estoy seguro de que Valor de ley pasará inadvertida, que ni siquiera aquellos que tilden la película de los Coen de obra maestra se molestarán en visitar el magistral texto en que se basa. Estoy seguro de que Valor de ley no será candidata a los Premios Tormenta, porque casi ninguno de los colaboradores de este blog la leerá. Pero también estoy seguro de otra cosa: dentro de cien años, cuando la mayor parte de los libros que aquí se ensalzan no sean más que polvo acumulado, Valor de ley, de Charles Portis, seguirá siendo un clásico de la literatura norteamericana del siglo XX.
Ah, en cuanto a la traducción de mi hermano: impecable.

jueves, marzo 03, 2011

Después del Reich, Giles MacDonogh

Trad. José Luis Gil Aristu. Galaxia-Gutenberg. Barcelona, 2010. 975 pp. 30 €

Julián Díez

2.250.000 muertos, 16 millones de desplazados y 200.000 niños nacidos como fruto de violaciones es el balance de la posguerra alemana que muestra Después del Reich. El británico Giles MacDonogh, especialista en historia alemana, lleva a cabo un balance exhaustivo, creo que no realizado hasta la fecha por su amplitud y objetividad, sobre los acontecimientos que se produjeron en Europa Central después de la caída del régimen nazi, y que no creo muy conocidos para el lector medio con curiosidad por la divulgación histórica.
Sería fácil dar de lado el trabajo de MacDonogh buscándole intencionalidades ocultas; en una época en que vemos que la sensibilidad sobre el tema sigue a flor de piel, como muestran recientes batallas twitteras, presentar a los alemanes de posguerra en víctimas puede ser interpretado como un intento de ocultar o relativizar las atrocidades que cometieron previamente. Sin embargo, el autor es claro desde el principio al respecto: «Este libro no pretende excusar a los alemanes, pero no duda en poner en evidencia a los Aliados victoriosos por el modo en que trataron a los enemigos en tiempos de paz, pues en la mayoría de los casos no se violó, mató de hambre, torturó o apaleó hasta la muerte a los culpables sino a inocentes. Los verdaderos asesinos murieron con demasiada frecuencia en la cama».
MacDonogh cuenta con una documentación abundante y es capaz de presentarla de manera organizada y fácil de consultar, lo que resulta todo un logro hoy en día cuando abundan textos de este tipo que se deslizan hacia el descontrol narrativo. Su prosa es clara y directa, de obvia inspiración periodística -para bien, de cuando este calificativo significaba precisión y sobriedad-. Los relatos de hechos interesantes y apenas conocidos se suceden: la ocupación de campos de concentración para ser empleados como nuevos campos de prisioneros, los desplazamientos masivos de una escala incomprensible para los parámetros actuales, en particular en Europa; la corrupción, la pobreza y la violencia generalizadas en ambos bandos.
Que Alemania fuera capaz de sobreponerse a situaciones tan extremas como la atroz miseria moral del nazismo y la posterior represalia de sus vencedores supone una reflexión final tras la lectura del libro que ofrece, una vez más, un triste contraste con la realidad que nos rodea.

miércoles, marzo 02, 2011

Mani. Viajes por el sur del Peloponeso, Patrick Leigh Fermor

Trad. Agustina Luengo. Acantilado, Barceona, 2010. 416 pp. 24 €

Luis Manuel Ruiz

Existen tantas modalidades de libros de viaje como viajes en sí, pero pienso fundamentalmente en dos. En una, extrovertida, el autor, que es también el peregrino, registra todo cuanto le ha acontecido durante su periplo, sin dejar de consignar, casi notarialmente, el sabor de las comidas, el número de chinches de cada colchón y las conversaciones con las gentes que ha ido encontrando en cada paso; en el otro, más concentrado, el viaje en realidad es sólo un pretexto para una ensalada de recuerdos personales, lecturas, conjeturas peregrinas o no, que se van sumando a la descripción del recorrido y le prestan sostén y variedad. Autor del primer tipo sería, por ejemplo, Paul Theroux; del segundo tenemos muestras excelentes en las monografías sobre ciudades de Paul Morand y, sobre todo, en Patrick Leigh Fermor. No hace tanto que se reeditó su excursión épica, a pie, de Londres a Constantinopla, con los títulos sucesivos de El tiempo de los regalos y Entre los bosques y el agua (Península, 2001 y 2004, respectivamente), y que se nos ofreció la oportunidad de comprobar qué personalísima alquimia de elementos integran para él la crónica de viajes. Dichos ingredientes incluyen la investigación antropológica, el retrato de personajes, el paisajismo, la digresión en todo lo más variado, sabroso y profundo que dicho término pueda significar, el brillo de la prosa, la filología, los estudios estéticos, el humor, la gratitud de estar en el mundo, de que haya un mundo y uno lo pueda recorrer para escribir libros. Leyendo los acendrados y casi perfectos relatos de Leigh Fermor, uno tiene la sospecha de que el viaje no constituye más que una coartada: el fin verdadero no es conocer otras latitudes, sino servirse de ellas para la literatura.
En esta ocasión, el autor nos conduce a un rincón poco transitado por las guías turísticas del que, según es común en su vena, él es capaz de entresacar paletadas y más paletadas de anécdotas, referencias eruditas y postales de relumbrón. Para el lego, Grecia es islas, yogures, casitas pintadas del color de los pitufos, bailes en círculo y un par de equipos de fútbol y baloncesto; para la persona leída, la sombra apabullante de los grandes filósofos, los estadistas y los trágicos del mármol, amén de una raza de bigotes que ha dado poetas y cineastas de cierto prestigio. Pero hay más: oculto en una de la penínsulas del sur del Peloponeso que la civilización apenas ha rozado, existe un exótico universo en miniatura de pasión, violencia y atavismo. Mani (tal es su nombre, derivado quizá del título de cierto castillo fundado durante el reino franco llamado Magne) ocupa imprecisamente las tres o cuatro puntas de tierra más meridionales de la Grecia continental, y es patria de hombres rudos y hermosos, jamás romanizados, opositores de un imperio turco que tampoco logró asimilarlos y no convertidos al cristianismo hasta la fecha sorprendente del siglo VI o VII después de Cristo. El territorio que Leigh Fermor recorre en este libro no abarca más de unos pocos centímetros sobre el mapa; ello contrasta con la inmensidad de la información que aporta y la amplitud de su visión: casi con un vértigo, el lector es arrastrado del último Bizancio de los Paleólogos a las formas más populares del canto fúnebre, puramente orales, de las luchas intestinas entre clanes mediterráneos a la diáspora griega por Córcega y las Baleares, de la entrada al infierno antiguo a través de cuevas y recovecos minerales a la participación de poetas del norte en la Guerra de la Independencia helénica. Y sobre todo ello gravita, envasado en el pulcro estilo del autor, el paisaje crudo del último Peloponeso, una desnudez casi abstracta que se compone exclusivamente de costas a pico, llanuras de sal y rocas peladas. Y de las que un excelente escritor de viajes sabe hacer fluir, como la piedra de Moisés, todo un manantial de aguas felices, que aquí son felices horas de lectura.

martes, marzo 01, 2011

¿Qué estás pensando?, Care Santos

Ediciones Baladí, Alcalá de Henares, 2010. 148 pp. 14 €

Rubén Castillo Gallego

Cuando alguien se conecta a la red social Facebook lo primero que se encuentra en la parte superior de la pantalla es una pregunta de confesonario, diván freudiano o novia inquieta: «¿Qué estás pensando?». Y a continuación se invita a reflejar esos pensamientos en un recuadrito que, mediante la tecla Compartir, los hará universales. Care Santos (Mataró, 1970), la febril, moderna, juguetona, innovadora y curiosa Care Santos, eligió el 8 de abril de 2009 como fecha de inicio de un experimento: puesto que ese día festejaba su trigésimo noveno cumpleaños, ¿qué mejor celebración que inaugurar una secuencia de 365 entradas en Facebook, a ritmo de una por día?
Dicho y hecho, considerando irónicamente que «los 40 años son la edad a la que el escritor debe comenzar a tomarse en serio su carrera» y que, por eso mismo, «dispongo de 364 días que ocupar en idioteces» (página 7), la espléndida escritora catalana inicia una navegación de lo más singular: un diario en marcha internáutico que ahora recoge en formato de libro Ediciones Baladí, con simpática y colorista cubierta. ¿Y cuál es el contenido de la obra? Pues ni más ni menos que el contenido de la vida. Durante el año todos reflexionamos, leemos libros, escuchamos anécdotas, llevamos a los hijos al dentista, dejamos que la televisión nos inyecte películas, viajamos, reencontramos a gente que creíamos perdida, nos entristecemos, brindamos con los amigos, nos conectamos a Internet, frecuentamos periódicos y revistas... Care Santos, con la difícil prosa de la normalidad, nos va trasladando la misma secuencia de actividades, que se empapa así de cercanía. En las páginas amenísimas de este volumen conoceremos a su hija Elia, protagonista de anotaciones tan cortazarianas como la del 26 de abril, que no me resisto a dejar aquí: «Y entonces Elia, con el rostro desencajado por el espanto, salió de su habitación y asomándose a la escalera gritó, aterrada: ¡Se ha bombido la fundilla! Lo cual puede también significar que Laie, con el rostro desespantado por el encajo, habitó de su salión y escalándose a la asomada aterró, gritada: ¡Se ha fundido la bombilla!» (página 14); conoceremos también a su hijo Adrián, inventor de pocodrilos y propietario de una broma de borrar; o a su hijo Álex, fundador de tiempos alternativos («Son las dos menos punto») y aprendiz de Linneo («Mamá, ¿el marciano es un animal?»); sabremos de los amigos admirados de Care, como Montero Glez («Maldito genio», lo llama en la página 53), Óscar Esquivias, Andrés Neuman o Elena Medel; y seremos informados de anécdotas graciosas, chocantes o reveladoras. Entre estas últimas yo destacaría tres: la primera, aquella ocasión en que Care se vio urgida a comprar uno de sus libros y entabló un diálogo exasperante con el librero, tan desidioso como analfabeto; la segunda, el modo rocambolesco en que rescató una moleskine perdida en un avión; la tercera, el gesto fundacional de su madre, que despejó una estantería de su casa y colocó en ella el primer libro (delgadísimo) de su hija, sabiendo que publicaría los suficientes como para repletar la balda.
Escrita con agilidad, con humor, con seriedad y con desenfado, esta bitácora nos muestra el vivir cotidiano de una Care Santos que, aparte de documentarse para sus novelas y embarcarse en su escritura, se dedica también a otros menesteres no menos placenteros: cocinar para los suyos, dejarse invadir por programas de televisión, beber vodka con naranja, escuchar a Bach, abrir los paquetes de libros que le llegan a diario o robar tarritos de mermelada en los hoteles («Las escojo de sabores variados, siempre procurando no repetirme mucho. Las de fresa para Deni. Las de melocotón, para los niños. Yo no como mermelada. La detesto», página 71). Si a todo este conjunto de detalles le unimos algunas sentencias que juguetean con lo filosófico y con el juego de palabras («Un segundo antes de mi muerte me moriré de curiosidad», página 56) y otras donde anida una inteligente reflexión emocional («Mi memoria sumada a tu memoria no es igual a nuestro pasado», página 117), obtendremos una obra que se lee con enorme placer y que ustedes harían bien en procurarse para cobijarla en la biblioteca de casa. Care Santos siempre es una garantía.