viernes, febrero 18, 2011

Robin Hood, el proscrito, Angus Donald

Trad. Francisco Rodríguez de Lecea. Edhasa, 2010. 446 pp. 24 €

Cesar Mallorquí

Probablemente, el más popular escritor británico (en activo) de novela histórica sea Bernard Cornwell. Sus obras más conocidas, las que le lanzaron a la fama, son las pertenecientes a la saga de Sharpe (un fusilero en las guerras napoleónicas), pero ha escrito varias series más, como la saga de los Arqueros del Rey, la saga de la Guerra de Secesión Americana y la saga Sajones, Vikingos y Normandos. Aparte de esto, cuenta con varias novelas independientes y con lo que quizá sea su obra maestra, las Crónicas del Señor de la Guerra (El rey de invierno, El enemigo de Dios y Excalibur), una revisión del mito artúrico en clave de realismo histórico.
Cornwell posee varias características que lo singularizan frente al resto de sus colegas. En primer lugar, siempre contempla los grandes hechos históricos a través de la óptica de un personaje secundario. En segundo lugar, suele emplear un tratamiento naturalista. Una de las peculiaridades (y defectos) de la novela histórica es que sus personajes parecen hablar con mayúsculas, como si fueran conscientes de que están haciendo HISTORÍA. Por el contrario, los personajes de Cornwell, sean reyes o plebeyos, perjuran y maldicen como carreteros; sólo son seres humanos en circunstancias extraordinarias. Además de esto, Cornwell es un maestro en la descripción de acciones bélicas. Por último, pese a que el autor fue educado en el seno de una comunidad protestante sumamente estricta (o precisamente por ello), en su obra –sobre todo en la ambientada en la Edad Media- hay un fuerte componente anticristiano, situándose siempre el narrador del lado pagano.
Supongo que el lector de esta crítica se preguntará por qué hablo tanto de un autor y unas obras que no se corresponden con el autor y la obra que debo criticar. La respuesta es sencilla: jamás me he encontrado con un caso de mimetismo literario como el que nos ocupa. Angus Donald escribe –o intenta escribir- exactamente igual que Cornwell. Tanto es así que durante un tiempo corrió el rumor de que se trataba de Cornwell escribiendo bajo seudónimo.
Veamos. La Edad Media británica nos ha brindado dos mitos universales: el rey Arturo y Robin Hood. El primero, de origen celta, fue adoptado por las monarquías normandas que reinaron en Inglaterra a partir de 1066 y es una exaltación del feudalismo, mientras que el segundo es un personaje sajón que representa la resistencia frente a los normandos. De hecho, existen muchos paralelismo entre ambas leyendas. Por ejemplo, el arma de Arturo es el arma de los nobles, la espada, mientras que la de Robin es el arco, el arma de los plebeyos. Arturo conoce a su mano derecha, Lanzarote, cuando éste le impide cruzar un vado sin luchar con él antes, y lo mismo ocurre con Robín y Pequeño Juan. Antes de morir, Arturo arroja su espada a un lago y es enterrado en una isla allí situada; Robin, por su parte, lanza una flecha y pide que le entierren donde ésta caiga.
No obstante, hay dos diferencias sustanciales: la leyenda de Arturo, de origen oral, fue finalmente compuesta por algunos de los mejores escritores de la época, mientras que la de Robin Hood proviene de baladas populares. En segundo lugar, es muy posible que Arturo existiera realmente, mientras que no hay el menor rastro histórico de ningún Robert de Huntington, apodado Robyn Hode. Probablemente, las baladas de Robin Hood se basan en diversos personajes; incluso es posible que “robin” fuera un sinónimo de “ladrón”.
Volviendo a Robin Hood, el proscrito, Angus Donald debió de pensar que, si su maestro Cornwell había versionado la leyenda de Arturo, ¿por qué no hacer lo mismo con la de Robin Hood? Dado que Cornwell despojó al mito de Arturo de todo rastro de “sociedad cortés” y le añadió la violencia propia de la época, Donald ha hecho lo mismo convirtiendo a Robin y los alegres compañeros del bosque en una especie de sombríos mafiosos medievales. Puesto que Cornwell narró la historia de Arturo desde el punto de vista, en primera persona, de uno de sus capitanes menos conocidos, Donald le imita eligiendo como narrador a un muchacho, el último en incorporarse a la banda de Robin. Así como Cornwell presenta un Arturo pagano, Donald hace que Robin participe en una sangrienta ceremonia dedicada a Cernunos. ¿Un sajón implicado en ritos celtas? Curioso.
En fin, como decía antes, un caso extremo de camaleonismo literario. ¿Y qué podemos decir del resultado? Pues que se trata de una novela entretenida, con excelente ambientación histórica, personajes correctamente trazados, un buen sentido de la narración... pero sin alma, sin poesía, sin auténtica emoción.
Arturo no sólo es una exaltación del feudalismo, sino también el símbolo de la civilización y la justicia frente al caos y el salvajismo. Cornwell humanizó el arquetipo manteniendo su esencia, pero Donald no ha sabido hacerlo. Porque Robin Hood no es únicamente el paradigma del “ladrón generoso”, sino también una representación de las fuerzas de la naturaleza, la personificación de lo salvaje, de la alegría de vivir. En el fondo, Robin es un avatar del dios Pan. Y nada de eso aparece en la novela de Donald; el Robin Hood que nos presenta, oscuro y un tanto siniestro, nada tiene que ver con el arquetipo. Es otra cosa, otro personaje. Algo lícito, literariamente hablando; pero decepcionante desde el punto de vista mitológico.
En resumen, podríamos decir que lo mejor de Robin Hood, el proscrito, se lo debemos a Bernard Cornwell; el resto, lo menos interesante, pertenece exclusivamente a su autor. Aunque, dado que se trata del inicio de una serie, seamos condescendientes y esperemos a ver adónde conducen las siguientes entregas.

jueves, febrero 17, 2011

Cosas que ya no existen, Cristina Fernández Cubas

Tusquets, Barcelona, 2011. 288 pp. 21,56 €

Luis García

Mientras de otros autores estaríamos hablando de libro de memorias, en el caso de Cristina Fernández Cubas hay que hablar, como su propio título indica, de aquellas Cosas que ya no existen. Porque de eso se trata. Más que de sus memorias y recuerdos, algo que como ella misma explica lo deja para otro momento, Cosas que ya no existen es un libro miscelánea en el que es fácil reconocer la impronta de una autora que pasa por ser la que mejor ha sabido conjugar el relato corto fantástico en los años ochenta y noventa con la fidelidad a una concepción de la literatura que siempre la mantuvo alejada de mediáticos círculos literarios. Así, va desnudándose, y es de agradecer por ello, y nos va mostrando a aquellos sus lectores las pistas de su mundo. Es muy difícil leer y entender Cosas que ya no existen por todos aquellos que previamente no hayan leído El Columpio, Mi hermana Elba o Hermanas de sangre. Y esto es porque Cristina aquí nos muestra las claves de sus obras, algunas de ellas nacidas de la capacidad oral de su tata, otras de la tragedia que supuso la pérdida de su hermana, y las más de su tremendo aforo de autoafirmación ante el futuro. Por eso Cosas que ya existen es un libro fundamental en la poética de Cristina, pero por esa misma razón sería un libro desaconsejable para todos aquellos que quisieran acercarse a dicha autora por primera vez. Arrastra Cristina tras de sí la estela de haber creado una obra distinta, una novela de novelas chocante incluso para aquellos que la seguimos desde sus comienzos. Pero si bien en una primera lectura esta dicotomía parece excesivamente rebuscada, a poco que nos paremos en los "capítulos" del libro en una segunda lectura, comprobaremos que la Cristina que nos hizo llorar y disfrutar con sus relatos y novelas se encuentra plena de fuerza y vigor en Cosas que ya no existen. Porque de esas pequeñas cosas, de la guerra civil española revivida en un viejo barco que recorre el Amazonas, de los horrores de la Dictadura Argentina en su etapa en Buenos Aires, de la Tata, la entrañable Tata, de la muerte de su hermana que tantas cosas nos explica a nosotros sus lectores, y en definitiva de las contradicciones propias y ajenas trata uno de los libros más personales que haya podido escribir la que pasa por ser una de las renovadoras del relato corto en los años noventa. Por todo ello hay que celebrar la edición de Cosas que ya no existen como si de una novedad se tratara, porque en definitiva así es lo que a la autora le gustaría que fuera tratada.

miércoles, febrero 16, 2011

El poder superior de Lucky, Susan Patron

Care Santos

Lo confieso: llegué a este título después de saber que en Estados Unidos había desatado una encendida polémica entre bibliotecarios y profesores por la utilización, en la primera página, la palabra "escroto" ("scrotum", en inglés). Busqué alguna entrevista con Susan Patron y tropecé con esta perla:, extraída de su interesante página web: "Si tu trabajo es honesto, íntegro y respetuoso con el lector, nunca debes dejar que el miedo o la censura forme parte de tu proceso creativo".
Lucky, la protagonista de esta historia, es una niña de diez años que vive en mitad de un desierto, en Hard Pan. Es inquieta y siente curiosidad por muchas cosas, pero también está en horas bajas: su padre se encuentra lejos y su madre ha muerto. Para cuidarla ha aparecido Brigitte, la primera esposa de su padre, glamurosa y francesa, a quien ella imagina con deseos de marcharse desde la primera página. Lucky tiene amigos -Miles y Lincoln- y un perro. Los tres se convertirán, voluntaria o involuntariamente, en compañeros de una huida tan breve como redentora. Al fin, el mensaje es hermoso: la amistad salva. Creer en uno mismo, también.
Hay muchas cosas que me gustan de Lucky. Lo primero, el personaje. Esta niña valiente, pizpireta, un poco impertinente, que se divierte fisgando en los secretos de los mayores, no siempre hace lo que debe y no le teme a nada ni a nadie. En Estados Unidos, por cierto, se han publicado ya dos volúmenes más protagonizados por ella. Me gustan sus amigos, que regalan al lector algunos pasajes memorables, como esta descripción de Lincoln Clinton Carter Kennedy, el chaval a quien su madre puso todos esos nombres porque desea que llegue a presidente del país: "(...) tenía mejor aspecto de lejos: podías imaginarte cómo sería cuando le quedaran bien las orejas". Lincoln, por cierto, es un maniático del lenguaje que se dedica a añadir signos de puntuación a las señales de tráfico, que cree incomprensibles. Por cierto, una preocupación parecida alentó a escribir a la Susan Patron niña, atendiendo a sus palabras: "De pequeña, era muy tímida. A menudo me costaba hablar porque no podía encontrar las palabras exactas para expresar lo que estaba pensando o sintiendo. Descubrí que cuando escribes puedes tomarte todo el tiempo necesario para conseguir las palabras exactas y ponerlas en el orden preciso de modo que signifiquen exactamente lo que tú quieres que signifiquen".
Resulta en el libro entrañable -y a ratos, desternillante- la explicación del pasado familiar de la protagonista, el retrato de las madres -"la diferencia entre una tutora y una mamá es que una mamá no puede renunciar. Una mamá se compromete a trabajar de por vida"-, las reflexiones sobre la suerte que tienen los humanos por tener la Luna cerca o, por fin, la aclaración de la duda que surge a Lucky en la primera página, la de la palabra polémica Los pasos intermedios no tienen desperdicio, por cierto, cuando la niña piensa que un escroto es "algo que te sale cuando tienes gripe y toses mucho".
Aunque, con todo, lo mejor de este libro es su ausencia total de demagogia y su gran valentía. Los padres de los protagonistas forman parte de un mundo real que pocas veces aflora en los libros para niños, donde esa censura que rechaza Patron -y su forma más terrible: la autocensura- no es extraña en absoluto. Aquí, hay padres que huyeron cuya relación con sus vástagos se limita a un cheque mensual que no siempre llega; hay padres que están en la cárcel por camellos y hay madrastras tan bienintencionadas como enfrentadas a los interminables trámites del papeleo de inmigración. Por supuesto, todo esto espantará a quienes creen que los libros para niños deben ser una especie de gran eufemismo, pero quienes creen que la literatura es un buen lugar donde enfrentarse por primera vez a algunas cosas y hacerlo con decisión y buen humor, será un motivo de alegría saber que existen autores como Susan Patron, capaces de aunar en una sola historia ternura, carcajadas, una buena dosis de vida real -en la que no faltan las zonas de luz, además de las de sombra-, personajes originales, un desenlace hermoso pero nada almibarado y un mensaje que vale la pena legar.
No me extraña que esta novela consiguiera la prestigiosa Nwebery Medal, un galardón otorgado por los bibliotecarios estadounidenses al mejor libro para niños del año, y tampoco que ejércitos de puritanos que no entienden lo que quieren leer los más jóvenes se hayan puesto muy nerviosos. Ambas cosas hablan del libro en positivo.
Ojalá Noguer, que atesora uno de los mejores fondos de literatura infantil de nuestro país, siga rescatando joyas y dando a conocer autoras como ésta. Y ojalá el resto de la obra de esta bibliotecaria de Los Ángeles que llegue a los lectores en castellano.

martes, febrero 15, 2011

Carretera blanca, Antonio Mochón

Pre-Textos, Valencia, 2010. 68 pp. 10 €

Fernando Sánchez Calvo

En un poema cuyo título es Mundo chico una voz se pregunta: «¿Pero cómo puede ser compatible / esta pena de vivir con este miedo a morir?». En el mismo poema la misma voz se contesta: «El día entero dibujábamos / las pequeñas historias / sin metafísica, con vida propia; / ignorábamos esa / filosofía a escala reducida».
El Premio de Poesía Javier Egea 2010, Antonio Mochón, sabe que ambos miedos o penas son compatibles si no piensas demasiado en ello y si uno no se empeña en dar explicaciones difíciles a las cosas que son muy fáciles o que simplemente son porque tienen que ser.
En un poema cuyo título es Over the town, un amante lamenta delante de su cuerpo o alma gemela que «las sábanas, a medio destaparnos, / nos transparentan al anochecer». Más adelante, otro par de versos rondan la misma idea: «Nadie confirma que la historia / aún tenga cosas que contarte». Y más adelante otro par de versos se empeñan en desvelar, una vez más, la cara más previsible del mundo: «Pienso en que hemos dejado de querernos. / Pero la forma de esta mañana / sigue siendo la misma».
El Premio de Poesía Javier Egea 2010, Antonio Mochón, sabe que detrás del miedo, de la inquietud, de los amores gastados y, en definitiva, detrás de cualquier trascendencia, siempre tendremos un triste seguro de vida: el mundo seguirá igual, espeluznantemente neutro, ni bueno-ni malo-sino todo lo contrario, si no hay unos ojos obcecados en posar su visión personal sobre él.
De vez en cuando y sin embargo, podemos leer cosas como ésta: «Si alguien quisiera compartir / su vida con la mía, /…Tendría que aceptar algunas cosas».
El Premio de Poesía Javier Egea 2010, Antonio Mochón, sabe que a pesar de los pesares, uno debe tener su orgullo y rebelarse, autoafirmarse, contra alguien concreto (posiblemente aquél, aquélla o aquello a quien quieras) que ha de venir justo a enseñarte, por fin, que de poco vale enfrentarse a, indignarse contra, más que nada porque la indignación de cada uno también es su propia derrota.
En un poema donde se rinde tributo al paisajista Hiroshige el verso inicial reza: «Un cielo del color de la tierra / es todo lo que pido».
El Premio de Poesía Javier Egea 2010, Antonio Mochón, sabe también, sin embargo, que una vez aceptado que el mundo y la vida son irremediablemente concretos y que son éstos que vemos, no merecerá la pena buscar algo muy distinto cuando muramos o nos vayamos pues, al fin y al cabo, los sueños que no se cumplirán allí los hemos fabricado aquí.
Por ello, y a modo de aviso, también podemos leer esto: «No dejéis que los discursos sobre vuestras catástrofes / os acaben destruyendo».
Antonio Mochón sabe que no hay nada peor que la autocomplacencia, el victimismo, la gratuita misericordia con la que destruimos nuestro propio camino y evolución. Nuestra vida es una catástrofe que al llorarla a voz en grito se convierte en ruina. Pregonando nuestra mediocridad nos haremos más mediocres si cabe. Querer ser conscientes de que estamos de paso, de que nada vale para nada, es siempre un error que puede acercarnos a la figura de un Pájaro deforme (otro poema), donde el poeta lo único que quiere y pide es que los demás «asistan sin más al espectáculo de un corazón abierto»: su corazón abierto. ¿Para qué pensar trascendencias y banalidades que otros ya pensaron sin éxito cuando todos podemos contemplar, sin más, con benévola indeferencia, el triste pero concreto devenir del otro, la carretera blanca que sin ganas pero sin pausa habremos de colorear?

lunes, febrero 14, 2011

La señora Rojo, Antonio Ortuño

Páginas de Espuma, Madrid, 2010. 112 pp. 14 €

Recaredo Veredas

«Es absurdo recurrir a la mentira cuando uno ha decidido no presumir de bondad alguna», afirma el primer narrador de La Señora Rojo, un hombre que recuerda su estrambótica niñez, marcada por la miseria y el descubrimiento de la verdadera naturaleza de su padre. Esta frase, casi un aforismo, define con precisión a los personajes de Antonio Ortuño: hombres y mujeres que optan por la verdad e ignoran la apología de la bondad. No toman tan atrevida decisión por su perversidad o por una profunda convicción filosófica sino por una causa más trascendente: no pueden permitirse tales concesiones. Habitan un mundo demasiado cruel, demasiado real, alejado de cualquier épica y frecuentado por un caos que resulta tan irremediable como el paso de los días. Ellos no buscan el desastre, simplemente les cae encima, como una tormenta de verano, e intentan atajarlo de la mejor manera posible. Mediante soluciones que, a veces, rozan el delirio. La cercanía de la locura no es, por lo tanto, un camino para alcanzar la originalidad sino la única respuesta plausible a los conflictos de los protagonistas. Tan coherentes planteamientos también se reflejan en las palabras escogidas, que ni caen en preciosismos que resalten la calidad de su prosa, ni se relamen en la descripción del dolor.
Ortuño, el único mejicano seleccionado por Granta en su famosa antología, pertenece a una nueva estirpe de narradores mejicanos, que en cada página evidencia su oposición a las respuestas fáciles y a la crítica mil veces mascada. No parece, sin embargo, cínico, sino más bien cansado de tanta palabrería sobre la pobreza y sus causas. En La Señora Rojo se muestra como un autor cercano al realismo pero no costumbrista, próximo a la crudeza pero ajeno a esa delectación en la que caerían tantos europeos frente a similares peripecias.
La Señora Rojo está dividido en dos partes, de telúricos títulos: la carne y el mundo. Una atiende más a lo privado, otra a lo público, pero ambas abordan temas esenciales: la muerte, la familia, la trascendencia de las decisiones más triviales y cómo la locura puede convertirse en cotidiana. Sin embargo, pese a tan universales contenidos, Ortuño no nos abruma con descripciones más o menos elocuentes u originales de lo mil veces contado. Sabe que no basta con narrar otra vez lo mismo e inflarlo con trascendencia, que la narrativa moderna requiere historias sólidas, elaboradas con giros sorprendentes, y variedad en recursos y puntos de vista. Un ejemplo nítido es el relato que da nombre al libro. La Señora Rojo no es sino una tortuga enferma que, como en los más clásicos relatos del realismo sucio, o incluso en la obra de jóvenes cuentistas como Jon Bilbao, evidencia las zozobras éticas de los protagonistas.