viernes, febrero 04, 2011

Solo con invitación: ¿Dónde está güelita Queta?, Nahir Gutiérrez y Álex Omist

Destino, Barcelona, 2011. 36 pp. 12,95 €

Care Santos

A menudo, el primer contacto de los niños con el terrible concepto de la pérdida y la muerte de los seres queridos llega cuando faltan los abuelos. Hay una numerosa bibliografía, dirigida a primeros lectores, que se ocupa de ello, y también de pérdidas más duras aún, como la de la madre —en Julia tiene una estrella, de Eduard José y Noemí Villamuza (La Galera)—, el hermano —El niño de las estrellas, de Patrik Somers y Katrien van der Grient (ING Editores)—, junto a títulos que abordan la muerte desde un planteamiento más abstracto, al modo del clásico Como todo lo que nace, de Elisabeth Brami (Kókinos) o el muy poético, además de precioso, El hilo de la vida, de Serge Bloch y Davide Cali (Ediciones B). Pues bien, el álbum que resultó ganador en la última edición del prestigioso Premi Apel·les Mestres lleva camino de convertirse, por su sutileza y su ternura, en un título de referencia en este difícil asunto de hablar de la muerte a los más pequeños, un imprescindible en la lista que acabamos de referir por el modo en que consigue aunar en una misma historia la idea abstracta de la pérdida y la falta concreta de un ser humano muy particular: la güela Queta del título.
La autora de este libro es una veterana del mundo literario. Su larga trayectoria profesional ha discurrido entre Tusquets y Seix Barral, editoriales en las que ha sido directora de comunicación. El año pasado sorprendió con un primer álbum para niños, Hipólito y Serafín (Pirueta), en colaboración con el dibujante Álex Omist. El tándem ha dado ahora nuevos y mejores frutos en esta segunda ocasión, en que Omist ha jugado con una combinación binaria de colores para poner imágenes a la nostalgia y a la tristeza de la voz narrativa. El resultado son unas ilustraciones simples pero cargadas de expresividad, tan próximas al diseño más rabiosamente contemporáneo como al texto al que pretenden subrayar, y que rehuyen en todo momento lo obvio. No hay símbolos mortuorios, ni imágenes idílicas. No hay tristeza ni dramatismo. La mirada es esquiva, como si el dibujante mirara a otra parte para buscar detalles neutros o simpáticos. Pero al mismo tiempo, es cercana a lo narrado.
La pérdida se nos cuenta desde la asunción del vacío. Hay miles de pequeñas cosas que nos llevamos con nosotros, cuando morimos. Pequeños gestos, pequeñas costumbres, mínimas historias que formaban parte de nuestra memoria y que las siguientes generaciones pueden recordar. Lo que queda de nosotros es intangible y vive en los demás, en aquellos que nos han amado. En palabras de la propia autora: "Incluso a mí me ha costado aprender que no es ausencia lo que nos ha dejado, sino la herencia infinita de una sabiduría y una determinación que fueron tan inmensas que su huella es indeleble y palpable en cada recodo de nuestras vidas". Ese es el hermoso mensaje de estas páginas, que rezuman delicadeza y amor. Dos buenas razones para tenerlo siempre a mano.


Nahir Gutiérrez: "No se me ocurre nada para lo que no sirva la literatura"

Entrevista: Care Santos
Fotografía: Miguel González de la Fuente

Debutó con la historia de una hermosa amistad interracial rodeada de moscas. Su segunda historia aborda un asunto tan necesario como delicado, pero lo hace con lo que ya podríamos considerar marcas de la casa: ternura y buen humor. Aunque cueste creerlo. Nahir Gutiérrez conoce todos los secretos del mundo editorial: pisa sobre seguro. En esta entrevista exclusiva para La Tormenta en un Vaso nos cuenta qué ha significado para ella el premio Apel·les Mestres y qué será lo siguiente.

Con su segundo álbum para niños se ha alzado con el Apel·les Mestres de libro infantil. ¿Qué se siente al ver su nombre en la lista de uno de los premios más prestigiosos de su género?
Digamos que lo primero….una incredulidad muy grande pero una emoción muy fuerte, la boca seca, los ojos llenos de lágrimas, el corazón a 190 y las manos frías…

Para leer la entrevista completa, AQUÍ.





jueves, febrero 03, 2011

El gran diseño, Stephen Hawking y Alexander Mlodinow

Trad. David Jou i Mirabent. Crítica, Barcelona, 2010. 228 pp. 21,90 €

Deni Olmedo

Como licenciado en ciencias que soy, además de voraz seguidor de las últimas novedades científicas, el nombre de Stephen William Hawking ha sido un constante compañero de viaje. Si el concepto de agujero negro les es conocido, es porque este científico de ánimo incombustible (hace más de cuarenta años que, según los médicos que le diagnosticaron esclerosis lateral amiotrófica, debería estar muerto) se ha encargado de hacer de él algo cotidiano. Y conseguir esto de algo que nadie ha visto (aunque científicamente existen pruebas indirectas de su existencia) habla muy bien no ya de su indudable genialidad (y es que estamos ante uno de los grandes pensadores del último cuarto del siglo XX, junto con Richard Feynman o Roger Penrose —este último compañero de andanzas matemáticas durante unos cuantos años—), complementado por una más que notable capacidad como divulgador científico. Títulos como Breve historia del tiempo (Grijalbo, 1988) que consiguió acercar a un tema tan (en apariencia) arduo como es la astrofísica al gran público, y que incluso inspiró Chronologie, uno de los últimos grandes trabajos de Jean Michel Jarre; El universo en una cáscara de nuez (Crítica, 2002) o Brevísima historia del tiempo (Crítica, 2005) en el que ya colaboró con el físico, divulgador científico y guionista de Hollywood Leonard Mlodinow (responsable de la serie Star Trek: The Next Generation).
Ya en Brevísima historia del tiempo, Hawking y Mlodinow retomaban el anterior Breve historia del tiempo, con la intención de condensarla y, a la vez, actualizar el texto con los últimos descubrimientos en el campo de la astrofísica. En El gran diseño han pretendido seguir esta línea marcada en su primera colaboración, e invitarnos a un recorrido por la física y las matemáticas desde los albores de la civilización hasta la teoría de los multi-universos, de una manera más que asequible, sin utilizar ni una sola fórmula matemática (un estilo que contrasta con otro de los grandes divulgadores de la física más actual, su colega Roger Penrose, y su Ciclos del tiempo, en el que apuesta por un estilo más arduo, más matemático y más profundo).
En el primer capítulo intentan retener al lector —¿o quizá provocarlo?— afirmando que «la filosofía ha muerto. La filosofía no se ha mantenido al corriente de los desarrollos modernos de la ciencia, en particular de la física. Los científicos se han convertido en los portadores de la antorcha del descubrimiento en nuestra búsqueda del conocimiento». Fuegos artificiales para enganchar al receptor. ¿O quizá pretenden abrir un debate sobre el papel de la filosofía en la era del conocimiento científico? En cualquier caso, poco prolongan esta reflexión —un primer capítulo— para centrarse enseguida en lo que esperamos de un libro de Hawking: física. Así, el autor nos deleita con su particular punto de vista sobre las reglas que rigen el universo: nos pesenta la teoría del big-bang no ya como punto de partida de nuestro universo, sino como precursor de lo que se ha dado en llamar "Teoría de universos alternativos"; o la tan buscada (y aún no encontrada) "Teoría del todo", de una manera amena y sencilla de entender incluso para los profanos en la materia que se acerquen a este libro llevados por simple curiosidad. Algo a lo que seguramente ha contribuido Alexander Mlodinow, que ha conseguido hacer realidad ese objetivo que persiguen (casi) todos los escritores divulgativos, que es que el libro se lea como una novela. Y en el caso que nos ocupa, una novela coral, con muchos protagonistas que reclaman el interés del lector y que, como un buen agujero negro, una vez que le han atrapado ya no tle dejan escapar.

miércoles, febrero 02, 2011

Las fronteras de la ciencia. Entre la ortodoxia y la herejía, Michael Shermer

Trad. Amado Diéguez. Alba, Barcelona, 2010. 440 pp. 25 €

Luis Manuel Ruiz

Pese a lo que pueda parecer a primera vista, definir ciencia no es tarea fácil; igual de escurridizo resulta demarcar del todo qué pertenece al ámbito de la certeza científica y qué barruntos simplemente la simulan o la rondan. Cosas que en el pasado se tenían por verdades académicas, de las que merecían el pedestal y la orla, ahora son meras majaderías: la frenología, aquel intento insensato de inferir la personalidad de los individuos a partir de la estructura del cráneo; el espiritismo, o la posibilidad, comúnmente aceptada durante medio siglo, de conversar con las almas de hombres muertos; el mesmerismo, o la capacidad de actuar sobre la voluntad ajena a través del fluido magnético que envuelve a todos los seres, y tanto más cuanto más sensibles se muestran. Inversamente, atrocidades del pasado se han convertido en moneda cotidiana y canon del sentido común: el evolucionismo, la idea de que el universo nació de una esfera del tamaño de una liendre, la idea de que una partícula del mismo tamaño puede ocupar dos espacios alternativos a un mismo tiempo, la idea de que el gato prisionero en una caja puede estar muerto y vivo y las dos cosas, como quería la parábola de Schrödinger.
Dirigido a un público no especializado y eminentemente televisivo (el autor es director y productor de un programa de divulgación en el Fox Family Channel), Las fronteras de la ciencia trata de estudiar, según su propio título indica, los complicados contornos de esa disciplina teórica y de qué modo lo que queda a un lado o a otro de ellos ha ido variando a lo largo de su historia dependiendo de factores tan impredecibles como la política, la economía o las propias convicciones raciales o religiosas de cada investigador. La obra se divide en varios capítulos acumulativos, cuyo fin es desembarazar al lector de esa vieja superstición según la cual el científico es un hombre transparente y neutro entregado a la tarea de buscar la verdad: porque, a menudo, la verdad no consiste más que en un prejuicio puesto en limpio. Así Shermer pasa revista, en este orden, a la supuesta creencia de que la manipulación genética puede provocar desmanes irreversibles en el orden natural de las cosas, que nadie sabe qué es; a los diversos disparates que intentan explicar todas las cuitas y perplejidades de la vida humana recurriendo a visitas extraterrestres, fórmulas nunca vistas o cuadraturas del círculo en las que hasta la fecha nadie había reparado; a la opinión alegremente mantenida en las barras de los bares de que los negros son más veloces que los blancos y de que, por extensión, hay razas que nacen para correr y otras para perseguir; a la sandez de color verde de que el hombre salvaje vive en armonía con la naturaleza y de que la selva es preferible al jardín público; a la miopía según la que el genio es una criatura cualitativamente distinta de sus congéneres y de que no existe escala que pueda conducir, peldaño a peldaño, de Mozart a una banda de pueblo. Otras diatribas igual de incisivas y de oportunas amenizan el resto de páginas del libro.
La conclusión que parece poder extraerse del recorrido turístico que Shermer propone por los litorales de nuestro conocimiento del universo es que lo mejor es reservarse la opinión propia. Escéptico declarado, el autor no se casa con una ni otra tendencia y en cuestiones más espinosas de la cuenta (por ejemplo, la de los negros y la velocidad citada más arriba, que aún excita ciertas pasiones en círculos yanquis) reconoce de modo expreso que no existen puertas cerradas y que prefiere acogerse al beneficio de la duda. La ideología central de la obra consistiría, pues, en la vieja declaración de que en cuestiones de verdad y mentira todo es cosa de cristales, y de que tan aventurado resulta arrojarse a afirmar una verdad absoluta como ningunear las verdades parciales de los otros. Por norma, Shermer no se fía mucho de esa criatura inconsistente y vana que llamamos ser humano: las fronteras de la ciencia delimitan una pequeñísima provincia en medio del país inmenso de nuestra estupidez.

martes, febrero 01, 2011

Los ojos de los peces, Rubén Abella

Menoscuarto, Palencia, 2010. 162 pp. 14,50 €

José Manuel de la Huerga

El ojo del pez nos mira de par en par. Entre el hielo que defiende su apariencia más fría los pescados reposan expectantes, no pierden ojo de nuestros movimientos. Nos siguen a todas partes, registran en su memoria congelada nuestros anhelos, nuestros deseos inconfesables, nuestras pequeñas tragedias. Son cámaras indiscretas que producen desasosiego. ¿Son peces escritores muertos? ¿Son espías que surgieron del frío? El lector tendrá su aliento de los mares del Norte durante la lectura de estos pequeños relatos. No los olvidará.
El ojo, ¿no es ojo porque te vea?, ¿es ojo porque tú lo ves? Parafraseo muy libremente el proverbio de Antonio Machado. Lo que está afuera, en el mundo exterior, comunica vida, pero eso que nos comunica, ¿cuánto tiene de verdad, cuánto de impostura?
Rubén Abella ha acertado en el tono decididamente ambiguo de esta colección de ficciones minúsculas. Son ciento veinte ojos de peces desplegados en el expositor del pescado, son ventanas mil del edificio de enfrente de nuestra comunidad de vecinos. Lo que vemos no tiene que coincidir con lo que verdaderamente ocurre. Y es ahí en ese punto de fricción donde se desencadena o la sorpresa o el fracaso o abiertamente la tragedia. La alegría de los fuegos artificiales de año nuevo esconde una desgracia en el mundo privado de una de las celdillas de la colmena, en la ciudad que nos anula.
La cámara del fotógrafo que también es Abella registra el detalle. Estas historias breves funcionan como la doble articulación del lenguaje del filólogo Martinet, por si mismas y por yuxtaposición, por acumulación. Incluso una misma historia puede tener la virtud de ser contada de cinco maneras diferentes. Me refiero a la del suicidio en el Viaducto. Cinco finales diferentes como cinco acuarelas o vuelaplumas. Como cinco instantáneas verdaderas de una sola falsedad que es vivir.
Rubén Abella nos regala casi ciento veinte microrrelatos que tienen el nexo de unión del tiempo que nos ha tocado, mestizo de una luz de flash que ilumina al mismo tiempo que deslumbra. Nunca hemos estado tan comunicados y tan solos. Nunca hemos tenido tanta información y conocimiento a nuestro servicio y hemos sido tan ignorantes de la vida de nuestro vecino de escalera. Nunca hemos sido tan cotillas de lo superficial y hemos dejado pasar la desgracia delante de nuestras narices.
No me resisto a contarles una de estas joyas que refulgen con luz propia entre la arena de playa de este territorio que llamaremos ficción minúscula. Pido permiso al autor para, digamos, despanzurrar uno de sus varios hallazgos en la colección. Una mujer se pone lo más guapa que puede para seducir al hombre que la tiene loca desde hace tiempo. No se había atrevido a decirle nada, pero hoy se ha armado de valor, es el día. Espera el autobús donde lo ha conocido, sabe que vendrá como cada día. La mujer se impacienta un poco, pero al final llega. El hombre está sentado al fondo, en su lugar habitual, con la mirada perdida fuera de la ventanilla. Ella se le acerca y se sienta justo detrás de él. Le dice, no hace falta que me mires, pero te amo locamente desde que te conocí, eres mi razón de ser, mi obsesión. No hace falta que te des la vuelta. El hombre le hace caso. Cuando llega su parada el tipo se baja sin un gesto. La mujer se da cuenta del cable negro de los auriculares que le baja de los oídos.
Terrible. Esto somos. Nunca habíamos sido más libres para decir que amábamos lo que amábamos, pero nunca habíamos estado más solos para compartir ese amor. ¿Hay alguien ahí? Por favor, que haya alguien.
La suerte de esta colección de relatos estriba en que hay aún alguien con la suficiente sensibilidad, dominio de recursos e inteligencia para ponerlo por escrito. El ojo muerto del pez no está tan muerto como aparentemente parecía en un principio. Por suerte también, quedan lectores que se retiran los auriculares para escuchar el cuento

lunes, enero 31, 2011

Elegía, Mary Jo Bang

Prol. y trad. Jaime Priede. Bartleby , Madrid, 2010. 132 pp. 13 €

Sofía Castañón

Si alguna vez se pensó en la escritura como terapia, llega Mary Jo Bang a extender el dolor. No hay cura. No hay plaquetas. Esta herida se derrama delicada y contundente (porque pueden convivir los dos estados) y nada la cierra. No el tiempo, un ciclo como un año que es muchos años. No la poesía. No el orden, que es orden a su manera. «Tuve una vida. Después un asesinato de ángeles cobardes/ que aparecieron vestidos de cuervos.» Drama sin catarsis. Explosión, pero no alivio. Como si algo pudiera doler, y doler, y no hacer otra cosa más que seguir doliendo. “Estos pájaros comen y comen. Todo se lo comen”.
La purga del psicoanálisis no existe. Algo se ha roto y está roto. Queda la culpa, el análisis pormenorizado de los roles. El hijo muerto por sobredosis —primer golpe de cada poema de este libro— convertido en actor de su propia tragedia. «NO hay nada peor/ que este último acto en el que desapareces/ tras la cortina de la catástrofe de tu adicción./ Mira qué acto/ más sencillo. Y ahora ya no hay más». En el espacio poético, ella y él, como geografías que padecen: «Distancia y todo/ eran simplemente ideas. Ambos una tierra/ prometida y hueca./ (Por favor, existe). Y una equivocación, aquí estamos,/ le dijo ella a la urna junto a su mesa,/ y aquí seguiremos, continuamente,/ viviendo en el reino de la simultaneidad.» Las voces se mezclan, los quiero y los hice y los fuimos de madre e hijo se contaminan, como hacen las cosas en la memoria cuando ésta tiende a ser en espiral. «Se acerca un niño de cuatro años como ejemplo/ de dónde se dejó abierta la puerta de la vida por un instante./ Cae el tiempo hora tras hora hasta que amanece de nuevo./ Hay cristales para mirar a través, otros para ver hacia dentro./ Cada silueta es una jaula de un modo u otro.» La autora se presenta a sí misma desde una tercera persona, alejada, a la que no se puede abrazar porque no busca compasión, sino que padezcamos un poco así, sin el daño pero con la piel, por un momento.
El escritor Jaime Priede, a quien se debe la cuidada traducción al castellano de esta edición bilingüe, resalta que cuando “un dolor como éste se cruza con un talento como el de Mary Jo Bang provoca la lucidez emocional de eso que identificamos como arte”. Y es cierto: en el modo en el que Bang plasma el dolor no hay exceso pero sí crudeza. No hay salpicaduras de nada, pero al leerla quedamos tintados por dentro. Las palabras no gotean, pero al abrirlas son cáscaras de un animal marino enfermo por haber tragado fuel. «Lo que ella había querido decir es que/ el cuerpo como ceniza es insuficiente.»
No es que en los poemas de Mary Jo Bang no haya aprendizaje. Es que la autora sabe que el dolor no cesa, que tan sólo se transforma. Que aprender de la pérdida no es perder menos.