viernes, octubre 29, 2010

Mi amor desgraciado, Lola López Mondéjar

Siruela, Madrid, 2010. 260 pp. 17,95 €

Ruben Castillo Gallego

Hay historias que nos esperan, con sus tinieblas o su luz, con su esplendor o su mezquindad, en los lugares más insospechados. Imaginemos, por ejemplo, a una mujer española, madura pero atractiva. Su piel roza apenas los cincuenta años. Estudió durante su juventud Historia del Arte, pero el matrimonio la redujo muy pronto a las dimensiones tristes del hogar, que no le depararon más satisfacciones que una cómoda posición mediana en la sociedad y una hija llamada Lucrecia. Ahora que su hija cumple 19 años, que la relación con sus mejores amigas (Queta y Marta) comienza a verse salpicada por el tedio y que su marido ya no representa mucho más que una figura erosionada por la rutina, la mujer reflexiona y decide dar un vuelco a su vivir. Necesita respirar, ensancharse, encontrarse. No le basta con ese ejercicio de simple supervivencia al que llamamos “día a día”. El oxígeno de su hogar se le ha hecho pobre. La luz de su barrio se ha llenado poco a poco de ceniza. Y elige un destino en el que considera que podrá reinventarse con unas ciertas garantías de éxito: París. Quiere irse sola, desnuda, nueva. Quiere fabricarse un destino partiendo de cero y encontrar senderos por los que avanzar sin la ayuda de nadie. Su esposo acepta esa decisión y le facilita el camino; pero Lucrecia, atenazada por un egoísmo bastante comprensible aunque algo cicatero, se niega a admitir el derecho de su madre a tener su propia vida, al margen de su prole y sus ataduras convencionales. Una vez instalada en la ciudad donde nacieron Voltaire, Zola, Gauguin y el amor (según Mervyn LeRoy), la mujer comienza a asistir a clases de francés, conoce a gentes interesantes y va adaptándose con lentitud y delicia a los colores, aromas y paisajes de su nuevo mundo. Actuemos ahora como Azorín y limpiemos la lente de nuestro catalejo, para observar mejor. ¿Qué podemos ver? La mujer que se ve tras la ventana es otra. Se llama Hélène Darriescu (el apellido no es suyo, sino de su esposo). Tiene dos hijos pequeños llamados Michel y Nathael, que en teoría tendrían que representar lo más hermoso de su vida. Pero hay un grave problema que la tiene perturbada: su marido viaja constantemente y, desde que los niños han aparecido en sus vidas, su relación erótica ha cambiado. Ella percibe que ya no es deseada de la misma forma: ya no hay juegos sexuales, ya no hay pasión, ya no hay aventura. Todo se ha solidificado en un hielo tristísimo. E inicia una andadura que la llevará por lugares donde los demás advertirán su deriva: tragos de alcohol en lugares públicos; gestos desdeñosos hacia sus hijos; sensación de estar muriéndose gota a gota; etc. La novelista Lola López Mondéjar nos coloca frente a estas dos realidades femeninas y, con un manejo muy habilidoso de los recursos novelísticos, hace que ambas confluyan y se relacionen de un modo angustioso, desasosegante. El resultado es un intenso relato donde nos paseamos por dos almas torturadas y advertimos sus mil pliegues, sus mil pozos negros, sus mil lágrimas. No es extraño que esta novela de gran belleza estilística y de gran poderío psicológico rozara en noviembre de 2009 el premio Torrente Ballester; y no es extraño tampoco que un sello de la calidad e inteligencia de Siruela apueste por darla a conocer. Es una obra que, sin duda, maravillará a cuantos la frecuenten.

jueves, octubre 28, 2010

Anatomía de un instante, Javier Cercas

Mondadori, Barcelona, 2010. 480 pp. 16,90 €

Luis García

Recuerdo haber leído, como Javier Cercas, la encuesta a la que se refiere en el prólogo/epílogo de su última novela Anatomía de un instante (Mondadori): «Marzo 2008. La cuarta parte de los ingleses pensaban que Winston Churchill era un personaje de ficción». Recuerdo perfectamente haberme sorprendido, escandalizado, por ello. Y recuerdo después haber reflexionado. ¿Qué saben nuestros hijos de Francisco Franco, por ejemplo? Nada, salvo que fue un dictador. Punto final. Javier Cercas en Anatomía de un instante no se ha ido tan lejos en el tiempo. Lo ha hecho a un momento aislado pero imprescindible para conocer nuestra reciente historia: el 23 de febrero de 1981. El Golpe de Estado de Tejero. El Tejerazo. Y ha escrito una novela/ensayo con tintes periodísticos en la que desgrana en 437 páginas lo que fue: la Anatomía de un instante. Suárez (Adolfo) en su tribuna ausente ante los disparos golpistas, Gutiérrez Mellado y Santiago Carrillo, sentados sin moverse, impertérritos ante las balas, quizás porque no era la primera vez, ni la segunda que las oían silbar, y el resto de diputados, como el resto del país, agachados, escondidos bajo la mesa de la cocina. Esperando. El libro tiene el valor documental de recordarnos un tiempo pasado demasiado reciente. No en vano, ¿recuerdan ustedes que estaban haciendo el 23 de febrero de 1981? Yo sí, como el 11 de septiembre del 2001. Son fechas para la historia, para recordar, para no caer en la trampa, como los ingleses, de que los protagonistas eran personajes de ficción. Por eso le han dado el Premio Nacional de Literatura de Javier Cercas y su Anatomía de un instante. Por eso y por muchas otras cosas. Y puestos a hablar de premios y premiados, justo es mencionar a quien llevaba camino de arrebatarle el cetro a Jorge Luis Borges, muy a su pesar: Mario Vargas Llosa, Don Mario. Pero no, duerma usted tranquilo por fin, usted, Gabo, Carlos Fuentes y cuantos aún queden y permanezcan vivos de aquella “generación irrepetible” que fue el boom latinoamericano. Duerma usted tranquilo con sus visitadoras, sus cachorros, con los cuadernos de Don Rigoberto, con las travesuras de la niña mala, con Palomino Molero, con la tía Julia, conversando en la Catedral… Duerma usted tranquilo por fin, porque se ha hecho justicia y le han dado el Premio Nóbel de Literatura con todo merecimiento. El Olimpo de los dioses literarios tiene un nuevo inquilino. Pero si como narrador, nadie lo pone en duda, como periodista, sus artículos sobre política, con ser discutibles resultan igual de interesantes, ya que en ellos despliega su agudo sentido crítico literario a la par que su talento como escritor. Por su pluma se pasean desde Lezama Lima, hasta Corín Tellado, desde Paul Valery hasta César Vallejo. Y en todos los escritos deja su impronta personal. La de quien se siente heredero de una estirpe que guste o no, está cercana a la desaparición.

miércoles, octubre 27, 2010

Asesinato en el Savoy, Maj Sjöwall y Per Wahlöö

Trad. Martin Lexell y Manuel Abella. RBA, Barcelona, 2010. 267 pp. 17,95 €

Julián Díez

Mientras imitadores, secundarios e impostores pueblan las librerías con misterios suecos de tercera fila —dicho esto con todo el respeto por autores de calidad como Henning Mankell—, la reedición de las magistrales obras de los padres de este peculiar subgénero está pasando relativamente inadvertida. Tal vez porque son obras bastante fuera de modas, pese a estar en el remoto origen de una de ellas. Son novelas relativamente breves para lo que se lleva hoy, sus personajes son tan reales en defectos y virtudes que no generan demasiada simpatía, y su ideología nada encubierta es de un decidido izquierdismo que en estos tiempos de corrección política meliflua y reaccionarismo campante como única respuesta no se lleva nada, pero que nada.
Asesinato en el Savoy es la sexta de esta serie de diez joyas publicadas por la pareja entre 1965 y 1975, con el declarado propósito de recrear, de manera subyacente a las tramas particulares de cada novela, el crimen perpetrado por la socialdemocracia sueca contra su pueblo, dándole la espalda para actuar en realidad en beneficio de los intereses de la aristocracia tradicional y la emergente alta burguesía capitalista.
Un tanto familiar, ¿no? Y hay quien dice que estas novelas están algo obsoletas.
En el caso concreto de Asesinato en el Savoy, la intencionalidad política también es bastante clara en su argumento propio. Viktor Palmgren, un hombre de negocios de Malmö, es asesinado en su hotel mientras pronuncia un discurso por un hombre que simplemente se acerca a él y le pega un tiro. En su investigación, el equipo dirigido como es habitual por el taciturno Martin Beck se encargará de desentrañar quién de los innumerables sospechosos perjudicados por Palmgren ha decidido tomarse la justicia por su cuenta. En vista de que, como bien sabemos, hay ciertas agresiones contra los demás que resultan socialmente disculpables y generadoras de riqueza, y consiguen eludir el convertirse en delitos.
Aunque generalmente se identifica a Beck como el denominador común de esta serie, uno de sus puntos fuertes es precisamente la galería de personajes que construyeron Sjöwall y Wahlöö, dando una fiel imagen del trabajo policial como una tarea colectiva, metódica y casi siempre anodina, lejos de los rasgos de genialidad habituales en los protagonistas del género. El brutal pero eficaz y humano Larsson, el bon vivant frustrado Kollberg y el pasado de rosca Mansson son quienes acompañan esta vez a Beck en su investigación, en la que una vez más florecen las carencias de una sociedad que paulatinamente envilecida, aunque sus defectos parezcan ínfimos al lado de lo que vivimos hoy.
Quienes hayan eludido la moda nórdica, perdiéndose a buenos autores como Mankell o Arnaldur Indridasson, y quienes hayan sufrido la decepción que les hayan producido algunos otros cacareados superventas, deben darle una oportunidad a estos padres del cotarro. Concisos, contundentes, auténticos, comprensiblemente inspiradores.

martes, octubre 26, 2010

Dog Soldiers, Robert Stone

Prol. Rodrigo Fresán. Trad. Mariano Antolín e Inga Pellisa. Libros del Silencio, Barcelona, 2010. 432 pp. 22 €

Sergi Bellver

El omnipresente (y de vez en cuando omnisciente) Rodrigo Fresán abre fuego en su prólogo a Dog Soldiers (1974) con una referencia tan previsible como acertada a la película Apocalypse Now (1979) de Francis Ford Coppola. No es casual ni sorprende, pero no podría ser de otro modo. Tampoco es la guerra de Vietnam el único nexo entre el libro y la película, ya que la obra de Coppola reinterpreta El corazón de las tinieblas de Joseph Conrad y el libro de Robert Stone (quien, por si fuera poco, también estuvo en la marina) arranca con una cita del propio Conrad para dar paso a ese viaje al infierno que la novela traza para su personaje principal, John Converse, cuya odisea en sentido inverso (a su regreso de Saigón, la jeringa de la heroína inocula el virus de la decadencia en California) tiene puntos en común con la de Marlow-Willard.
Sin embargo, mientras leía el libro de Stone e intentaba separarme de cualquier poso conradiano (uno intenta distanciarse de los libros que ama, porque pesan demasiado), no pude evitar pensar en algún momento en otra película, The Deer Hunter (1978) de Michael Cimino. Quizá porque la escritura de Robert Stone es deliberadamente sobria en el cómo y maravillosamente ebria en el qué de las cosas. Tal vez porque la banda sonora de Stanley Myers pegaría más con el lento naufragio moral de los personajes de Dog Soldiers que no la desmesura de Wagner o The Doors. A lo mejor porque Robert Stone, como el personaje de su tocayo De Niro en El cazador, juega a la ruleta rusa en el texto (es decir, con el latido acelerado) pero a la vez confía (en cierto modo, sabe) que la bala no será para él. Seguramente porque hay en este mapa del descenso del sueño americano a la dureza del asfalto y a la sordidez de la resaca una mirada ajustada (la de Stone lo es, siempre con la puntería necesaria en cada párrafo y cada escena: algunas de ellas memorables, como la matanza de elefantes o el sexo entre los traidores) que no se conforma con la crónica realista ni con el extravío onírico. Stone no escribe para gustarse ni para epatar, sino para decir. A la hora de mostrar la falla posterior a aquella efervescencia fugaz de los años sesenta y setenta en la sociedad norteamericana, Dog Soldiers no contiene, aún bebiendo del mismo cauce en ruta, ni el exceso de sombra (una estratagema estética como cualquier otra) de La carretera de Cormac McCarthy ni se deleita en la deriva cool a la manera de En el camino de Jack Kerouac, porque su itinerario va más pegado a lo que de humano hay en cada abismo personal y colectivo: la codicia, la traición, el absurdo, la locura, la guerra, el crimen y la corrupción no son más que marcadores de nuestro perfil común. La fauna de California que desfila bajo la piel de cada uno de los personajes del libro (Hitch, Marge y un hatillo de crápulas y granujas en una suerte de Otelo alucinógeno) certifica que, más allá de la guerra como oscura matriz lírica y de la droga como metáfora del ocaso de una sociedad, Dog Soldiers muestra, sobre todo, la liquidación de una utopía.
Hay que agradecerle a Libros del Silencio que, a través de su cuidada edición, traiga al lector español una obra sin la que no podrá comprenderse como hasta ahora el hilo de la narrativa norteamericana del último cuarto del siglo XX, no porque lo digan Don DeLillo, Tobias Wolff o la revista Time, sino porque no resulta difícil anotar los trazos que la escritura de Robert Stone ha ido dejando en sus contemporáneos o compartiendo con ellos en los años posteriores a la guerra de Vietnam (como proceso de trauma individual que precede al duelo colectivo). Puede suceder que la novela de Stone le recuerde al lector a muchos otros títulos de ese territorio fronterizo y crepuscular (a nuestro lado de la alambrada idiomática se encontraría su también tocayo Roberto Bolaño, si la escritura del chileno fuese aún más pulcra, detallista, sensorial y atenta a la frase), pero en este caso es Dog Soldiers modelo y no réplica, pionera y no perseguidora de otras más conocidas por el público español. Esto, claro, ya lo sabían en Estados Unidos, donde sus escritores han leído mucho y bien a Stone, pero seguiría siendo una laguna en el imaginario del lector hispano si Libros del Silencio no se hubiera puesto manos a la obra.
A Stone se le compara con Hemingway y está bien traído, aunque yo no sería tan osado como Fresán a la hora de decir que el discípulo supera al maestro: son sólo miradas que se bifurcan en un momento dado, sin competencia. Aunque fue el ufano Scott Fitzgerald quien le sentó a escribir con El Gran Gatsby, en la obra de Robert Stone hay, como en la de Steinbeck (o la de Gogol, si viajáramos a Rusia) una preocupación humilde pero firme por los Estados Unidos como espacio mítico pero por debajo y siempre por debajo de las personas: americanos frustrados ante la continua imposibilidad de cumplir el gran sueño prometido. Es este un tema recurrente y reconocido como central en su narrativa por el propio Stone, y por eso, como en Las uvas de la ira, aunque con otros modos (la contracultura beat y la irrupción de la droga a gran escala tenían que dejar alguna huella), aparecen en el texto la denuncia, la rebeldía y la incorrección política (casi anatema en los Estados Unidos) de airear los trapos sucios del país, sin otra intención, eso sí, que la de limpiar la casa.
Stone se nutre de vivencias en la penumbra, sin blancos ni negros, hablando con verdad pero descreído de cualquier certeza. Es un escritor escéptico, amigo y hermano de la ironía, pero no tanto del cinismo: junto a las miserias de cada personaje (y Converse sí es un cínico), la noción de nobleza todavía se cuela por algún resquicio de sus tipos humanos. Un escritor lento y eficaz que se toma años para cada texto pero que los vive todos con intensidad y para los que deja siempre un final sin moralina sólo puede ser un escritor que trabaja duro y se toma más en serio al lector que a sí mismo (en Dog Soldiers nunca se aburre el invitado). Ken Kesey dijo de Stone: «Es un guerrero, no sólo un escritor». Un escritor salvado por la escritura. Un escritor que cumple como un soldado y sin demasiado afecto por la teoría, si antes hay alguna guerra que ganar, a cara de perro, para la gente y la literatura.

lunes, octubre 25, 2010

Postal del olvido, Verónica Aranda

El Gaviero Ediciones, Almería, 2010. 46 pp. 16 €

Ignacio Sanz

Cada poema nos propone un viaje que participa de lo introspectivo y de lo físico. Verónica Aranda, es una consumada viajera; algunos de sus libros son un resumen sus experiencias vitales en países lejanos. Tal es el caso de Cortes de luz, que centra su mirada en India y por el que le dieron el año pasado un accésit al premio Adonáis. Este libro es el resumen de una larga estancia, donde asistimos a escenas cargadas de emoción con una mirada solidaria hacia un entorno lleno de contrastes y carencias que quedan magníficamente retratadas, sin dramatismos añadidos, con serenidad. De modo que finalmente quien se adentra por sus páginas tiene la certeza de haber viajado con ella por aquel vasto país cuyo latido nos acerca con una mirada cómplice, lejos, muy lejos de cualquier atisbo turístico. De la misma manera que cuando se lee Roma, peligro para caminantes, uno tiene la sensación de que en esos sonetos de Alberti se capta la quintaesencia de la Roma eterna.
Pues bien, en Postal de olvido, Verónica Aranda, siguiendo su vocación viajera nos hace un recorrido por alguna de esas ciudades, regiones o países que han dejado una huella especial en su ánimo. Oaxaca, Trinidad de Cuba, Pinar del Río, Castilla, Bagdad, Ammán, Teherán, Isfahan, Shiraz, Gaza, Kioto, Goa, Ceilán, Rawalpindi, Sudáfrica, Cape Cross, El Cairo, Bruselas, Lisboa, Óbidos, Oporto, Oslo, Tánger, Granada, Córdoba, Medina Azahara, Almería y Madrid. Este larguísimo viaje se abre con el poema “Embarque” que lleva una cita de “Itaca", el célebre poema de Kavafis.
Cada poema es una postal que Verónica nos envía, pero que también se envía a sí misma, una postal donde queda patente la sensación primordial que le produce la ciudad. Lo deja claro en el segundo poema del libro: “Te escribo esta postal del Oaxaca/ en una plaza donde hay flamboyanes/ naranjas y el olor que tiene la pobreza:/ mazorca de maíz/ tostada en carromatos.»
En algunas ciudades, como en Kioto, el homenaje es doble al utilizar el haiku, tan contenido, tan oriental, como forma de interpretación poética:
«Lluvias continuas./ Desaparece el monje/ tras los cerezos.»
La reflexión sobre su labor introspectiva vuelve de nuevo en el poema que dedica a Cape Cross (Namibia): «De repente sentimos/ un deseo imperante de escribir/ a los viejos amantes: la memoria,/ el desaliento de la lejanía,/ el olvido que encierra una postal/ desde una playa atlántica con niebla,/ chacales y preguntas silenciadas.» O en el poema que dedica a El Cairo que comienza de manera inequívoca: «Quise ser escritora en un hotel de El Cairo.» Y que concluye con un puñado de versos metaliterarios, como si la poeta viajara impelida también por el recuerdo de ciertas lecturas: «Y aplazar el momento de entrar en la ciudad/ cubierta de monóxido, entrevista/ desde las fortalezas./ Y en el Khan el Jalili/ sentarse en un café a matar la tarde,/ donde fuman narguile/ los personajes de Naguib Mahfuz.»
La sombra de los grandes autores también la acompaña en Tánger, de tal modo que, además del viaje, Verónica lleva en su memoria esas lecturas esenciales que la ayudan a calibrar con más hondura las escenas en las que fija su mirada: «Existen los navíos/ porque existe tu rostro, te diría/ con palabras de Andrade, en la baranda/ del ferry, en plena hora.»
Estas postales de ciudades vividas nos trasmiten escenas de la vida cotidiana, a veces con olor a miseria, pero tampoco se escapan de cierta nostalgia familiar que se centra sobre todo en Cuba, donde el bisabuelo castellano anduvo de soldado y la nieta lo recuerda a través de viejas fotografías que han dejado huella en su memoria.
En definitiva, estamos ante una jovencísima poeta, inquieta y cultivada, que se conmueve y nos conmueve al acercarnos las emociones que sus viajes por ciudades de medio mundo, una poeta cuya mirada profunda y solidaria se aleja por completo de las sensaciones felices que nos trasmiten las agencias de viajes.
El lector, encerrado con este libro, siente el vértigo del vacío cuando llega al final, al último poema, “Fragmento de postales” y lee, con nostalgia ya de la propia lectura que concluye y con los ecos de Cavafis que acude a cerrar el círculo: «Ciudades-languidez de hombres enjutos/ fumando pipas de ámbar o ciudades/ con heridos de bala/ y huelga general. Lechos de juncos/ donde yacen, exhaustos, los amantes./ Ésta es tu poética, viajero./ No dudes en los cruces de caminos./ Demora tu regreso varios años.»