viernes, julio 30, 2010

De mecánica y alquimia, Juan Jacinto Muñoz Rengel

Salto de Página, Madrid, 2010. 154 pp. 15,95 €

Ignacio Sanz

Juan Jacinto Muñoz Rengel
es uno de los cuentistas más acreditados del panorama. Sus cuentos son piezas de una relojería que tiende a la perfección. Domina las atmósferas en la misma medida que nos sorprende con finales inesperados y desconcertantes. Pero uno colige también que no será un autor que despierta el interés de las masas. Esos ambientes cerrados, asfixiantes, a ratos repulsivos no son un plato apetitoso para los devoradores de chocolatina.
A Muñoz Rengel le atrae el siglo XIX, ese siglo de los inventos inquietantes y los afanes que desembocarían en tantas invenciones novedosas. Pero me temo que también le atrae el XVIII con la misma pasión por su componente ilustrado. Y los ambientes medievales. Me temo que su mundo no es de este mundo rabiosamente ultramoderno de los internetes, sino que está varado en el universo de los mecanismos, las poleas, los engranajes, las alquimias, los autómatas, los golems. Como si fuera el maestro mayor de una logia masónica empeñado en descubrir la piedra filosofal. Hay una persistencia en Muñoz Rengel casi patológica en ese mundo que recuerda, al menos a mí me ha recordado, al Borges más ilustrado y complejo. Pero no solo por la temática, también por la factura formal de sus cuentos. Sí, a Borges, por un lado, pero también a Irene Gracias y a Pablo de Santis, autores de novelas misteriosas de personajes atormentados que viven ajenos a las pasiones comunes en las que se engolfa la masa.
Ese aprecio por lo exótico ya se aprecia en los títulos de algunos de sus cuentos: “El libro e los instrumentos incendiarios”, “El relojero de Praga”, “Lapis fhilosoforum”, “El sueño del monstruo”. Tiene, además, un regusto por lo metaliterio, de hecho en alguno de los cuentos aparecen referencias explícitas a autores a los que posiblemente admira, como Calvino.
A veces incurre en anacronías manifiestas posiblemente como una manera de establecer pequeños guiños con el lector de nuestros días y para sofocar, de paso, el peso de su erudición.
Los once cuentos del libro van rematados con un escolio final que no deja de ser otra vuelta de tuerca en la que pone e manifiesto su interés por la vanguardia. No se trata de una joven promesa sino de un autor fértil y consolidado que seguro que lleva mucho meditando sobre el cuento. Solo así se pueden dar unos frutos tan decantados.

jueves, julio 29, 2010

Hojas de Madrid con La galerna (1968-1977), Blas de Otero

Ed. Sabina de la Cruz / Prol. Mario Hernández. Galaxia Gutenberg-Círculo de Lectores, Barcelona, 2010. 400 pp. 22 €

José Luis Gómez Toré

Aunque no pocos de los poemas de este libro póstumo de Blas de Otero (Bilbao, 1919 -Madrid, 1979) habían visto la luz en antologías, lo cierto es que Hojas de Madrid como poemario había permanecido hasta ahora inédito. Gracias a la labor de la que fuera su última compañera, Sabina de la Cruz, podemos ahora leer en su totalidad el libro en que trabajaba el poeta vasco cuando le llegó la muerte que él había exorcizado tantas veces en sus versos.
Hojas de Madrid es, en buena medida, un diario poético (de hecho, esta edición nos ofrece un índice final con la fecha de composición de cada poema). En la elección de este subgénero, poco cultivado entre nosotros, radica gran parte del interés de la propuesta así como sus riesgos. Poco tienen que ver estas Hojas con el Diario juanramoniano, ya que mientras que el yo poético de este último tiende a esencializarse, a desdibujar las huellas del sujeto empírico, el de estos poemas juega a romper las barreras entre el yo poético y el yo biográfico. Por otra parte, si el mundo de Juan Ramón Jiménez es un mundo ensimismado, purificado de todo lo que pueda parecer accesorio, estas Hojas son una apuesta por una poesía decididamente impura. Todo cabe en el poema: las metáforas audaces y el coloquialismo que se nutre de lo cotidiano, el erotismo y la política, las preguntas existenciales y los episodios domésticos más nimios… Todo ello con el telón de fondo de ciudades como Bilbao, La Habana y, sobre todo, Madrid, «inefable Madrid infestado por el gasoil, los yanquis y la sociedad de consumo,/ ciudad donde Jorge Manrique acabaría por jodernos a todos».
Una escritura tan apegada al correr de los días, que quiere ser demorada conversación con uno mismo y con los otros, no persigue tanto la perfección del poema como la constitución de un espacio abierto, que hace del acto de escribir una constante afirmación de la vida frente a la muerte y de la palabra frente al silencio (sobre todo, frente al silencio nada metafísico de la censura franquista). De ahí que no todos los poemas están a la misma altura, al menos si buscamos en ellos la labor de orfebre que el excelente sonetista que fue Blas de Otero (y no faltan sonetos tampoco en este libro) supo cultivar con maestría. Hay que tener en cuenta que el autor de Ancia, que tanto revisaba sus versos, no pudo ver impreso este poemario, que tal vez, de haberse publicado en vida del poeta, hubiese modificado (y quizá incluso eliminado) más de un poema de los que aparecen aquí recogidos. No obstante, conviene juzgar el libro, aun en su forma inconclusa, como lo que Blas de Otero quiso que fuera, una suerte de diario en el que la factura impecable de cada poema importa menos que la impresión de espontaneidad del conjunto, un conjunto en el que afloran no pocos poemas memorables y en el que las casi inevitables caídas se compensan con la frescura de una auténtica opera aperta (una frescura que me recuerda en ocasiones al Goethe más jovial y espontáneo del Diván de Oriente y Occidente). La voz de Blas de Otero es aquí más que nunca una voz plural, que sabe contaminarse tanto de la tradición culta (Machado, fray Luis, Quevedo, Rosalía…) como del habla de la calle, y cuya apuesta por la libertad formal y compositiva se resuelve a menudo en un fascinante flujo de conciencia, donde aflora un yo radicalmente moderno (un yo más contradictorio, y por ello más complejo, que el que preside tanto su primera poesía existencial como su decisiva contribución a la poesía social de la posguerra).
Una estructura más cerrada como conjunto, pero no en el desarrollo de cada poema individual, nos la ofrece La galerna, nombre con el que el poeta conjura simbólicamente sus estados depresivos. Esa galerna que visita al escritor cuando menos lo espera es el reverso su vitalismo y, sin embargo, es también la ocasión para afrontar las sombras que le acechan: «pero hoy es domingo y por eso/ a lo lejos ya vuelve la galerna/ la espero a pecho descubierto». Ante la claustrofobia de la depresión, el poema se empeña en abrir horizontes porque «el mar se tiende de lado a lado de la costa/ con sus secuelas de espuma/ pero falta/ espacio». Espacio que quieren abrir, que crean en su libre despliegue estos poemas.

miércoles, julio 28, 2010

Lamentaciones de un prepucio, Shalom Auslander

Trad. Damià Alou. Blakie Books, Barcelona, 2010. 298 pp. 21 €

Ignacio Sanz

El prepucio es una marca identitaria para los judíos. Este libro trata de indagar en ciertos absurdos religiosos, especialmente judíos. Inevitablemente toma La Biblia como uno de los puntos de apoyo. El autor, que ha sido educado en el seno e una familia ortodoxa de Nueva York, trata de superar los traumas que le ha dejado la religión. Y lo hace con un tono desenfadado, a veces corrosivo. En ese sentido sería interesante que pusieran el libro como lectura obligatoria en la madrazas donde se educan los niños judíos.
Cada paja adolescente, recuerda Shalom apesadumbrado, suponía un asesinato en masa de tantos millones de espermatozoides como tres holocaustos.
Tampoco vendría mal que lo leyeran los musulmanes o los cristianos más integristas, aunque los cristianos llevemos algunos siglos practicando cierta disolvencia que relativiza la presiones más recalcitrantes de la alta jerarquía.
Y, sin embargo, pese a los absurdos religiosos y a las supersticiones que salpican cualquier creencia, ahí siguen Roma, Jerusalem o la Meca, atrayendo a riadas ingentes de devotos poseídos por esa verdad que par ellos emana de las religiones.
La lectura de estas lamentaciones me ha hecho recordar a José Saramago, un ateo obsesionado con la idea de Dios, pero al mismo tiempo empeñado de desmentirle. Está visto que a Dios no se le derriba fácilmente. Por algo es quién es, aunque a veces sus seguidores incurran en contradicciones chocarreras. Y en absurdos morrocotudos. La comida, por ejemplo, es una fuente infinita de normas disparatadas y contradictorias que Auslander pone en evidencia. Y lo hace a través del recuerdo de aquel niño que se saltaba las normas de espaldas a la familia. Aquellas trasgresiones le hacían vivir aterrorizado.
«No guardo el Sabbath ni rezo tres veces al día, ni espero seis horas para comer carne si he tomado leche. La gente que me crió dirá que no soy religioso. Se equivocan. Lo que no soy es practicante. Pero soy religioso de una manera dolorosa, agobiante, incurable, miserable, y últimamente he observado, perplejo y consternado, que por todo el mundo hay cada vez más gente que parece estar encontrando Dioses, cada uno de ellos con más odio y más sediento de sangre que el siguiente, mientras yo hago todo lo que puedo para perder el mío. Y fracaso miserablemente.»
«Creo en Dios.» (pag 68).
Esta confesión resulta desconcertante para el lector y es que, como decíamos, no debe ser tarea fácil vivir sin Dios. Por eso sigue ahí, pese a los absurdos que chocan contra la racionalidad, imantando la vida de millones de personas, algunas sólidamente formadas, determinando sus costumbres, es decir condicionando su manera de ser y de estar, aunque, como en el caso del autor del libro que nos ocupa, se muestre irreverente y trate de acentuar las contradicciones que pesan sobre aquel niño atribulado por el sentimiento de culpa.
El libro ha sido escrito a los 35 años, y además de los recuerdos de la niñez, marcados a fuego, el autor va salpicando las páginas con escenas cotidianas del presente familiar y laboral. Todo, eso sí, con la inteligencia de la que sólo son capaces de desplegar aquellos que están dispuestos a reírse de sí mismos.
Ahora bien, teniendo en cuenta que las religiones arrastran más normas e imposiciones que un código civil, algunas absolutamente disparatadas, no deja de ser un recurso fácil echar mano de esas contradicciones para hacer de ellas piedra de escándalo.
No sé si en una sociedad que soporta el azote de las religiones, tiene sentido traducir obras que ofrecen una visión superficial de los terrores que infunden las religiones en la cabeza de un niño, por más que éstos alcancen categoría de esperpento. Este lector echa menos reflexiones más profundas sobre el dolor, el odio, las guerras, el fanatismo y la alineación a la que nos arrastran las religiones. El prepucio es tan solo la parte anecdótica.

martes, julio 27, 2010

La noche sucks, Blanca Riestra

Alianza Editorial, Madrid, 2010. 256 pp. 16 €

Recaredo Veredas

El paisaje desolado de Nueva Mexico —y su noche, que parece más oscura que cualquier otra— son el muro de carga de La noche sucks. Tan sólido apoyo sirve a Riestra para ofrecer, gracias al continuo trasiego de sus personajes sobre ese espacio, una mirada lúcida, con frecuencia desesperanzada pero nunca cruel, sobre el extraño orden del mundo. Contempla lo cotidiano con el debido estupor —sabe que una de las obligaciones de un escritor es descifrar la extrañeza de lo cotidiano— y lo explica sin asegurar certezas pero con la necesaria valentía, empleando la imprescindible palabra justa: «El cáncer es así, el aprendizaje de algo oscuro. Como si tuviéramos dentro una carcasa negra y esa carcasa fuese, poco a poco, revelándose». Escoge a un narrador extraño, una voz que lentamente se configura como personaje. Parece empeñado en un propósito destinado al fracaso en el que, como todo buen poeta, no tiene otra opción que perseverar: «algunos muchachos se pierden en el mero desierto, caminando, buscan la respuesta cuando la verdadera respuesta es que no hay respuesta». La mezcla de desesperanza y comprensión ayuda a que el lector conozca que alguien, en un lugar muy lejano, alguien en apariencia muy distinto, posee las mismas debilidades y fortalezas que él mismo.
El paralelismo, reconocido, con 2666, se encuentra en la firmeza con que reconoce el espíritu fatídico, cabalístico, casi satánico del desierto, reflejo de un mundo regido por normas incomprensibles e inasequibles, que se nos escapan y se nos escaparán siempre. Un mundo cuya oscuridad cada día resulta más obvia y visible, incluso por quienes se empeñan en seguir creyendo en las viejas convenciones: «el mundo es así, un entramado de mensajes incomprensibles, y todo lo que uno expulsa acaba por volver y todo lo que uno rechaza lo acaba llevando dentro para siempre». Además del referido Bolaño, el estilizado modernismo de Djuna Barnes, el permanente calor de Lispector o la precisión implacable de Carson McCullers (por la persistencia de la mirada, aunque lo observado resulte casi inasumible), aparecen con más o menos obviedad influencias cinematográficas, desde Short Cuts (La noche Sucks es más Altman que Carver) a Fat City.
La noche que arrastra a los personajes («—¿Has pensado alguna vez en la noche?— Sí, pero pensar en algo que no conoces en absoluto no sirve para nada») persiste lejos de Alburquerque y crea un manto que crece con constancia y lentamente encadena a los personajes: «Una novela como un bosque donde las historias dibujen figuras solo perceptibles desde arriba. La estructura es figuración, la estructura traza círculos concéntricos que cercan poco a poco el sentido». Sin embargo Riestra no se desentiende de sus criaturas: aunque no dude en entrar sin falsa compasión en sus entrañas les llena de sentimientos complejos y comprensibles. Además consigue evitar la dispersión, mantener la verticalidad y la orientación de una obra que desafía con coraje a los límites.

lunes, julio 26, 2010

La vida que nos vive, Miguel Sánchez Robles

IX Premio Dionisia García. Universidad de Murcia, Murcia, 2010. 91 pp. 10 €

Rubén Castillo Gallego

La poesía de Miguel Sánchez Robles (Caravaca de la Cruz, 1957) puede engañar a muchos lectores, porque les crea la sugestión de que está sustentada sobre la tristeza, el nihilismo o la amargura; y en realidad yo no creo que sea así. Ahora, con la publicación de su último volumen, La vida que nos vive, que obtuvo en 2009 el premio Dionisia García, convocado por la Universidad de Murcia, esta línea de investigación lírica que Miguel Sánchez lleva muchos años explorando se vuelve a poner de manifiesto en un texto de enorme altura literaria. Miguel escribe desde la melancolía y desde el fervor: la melancolía de contemplar lo que pudo haber sido y no fue; el fervor de gozar lo que sí ha sido, con plenitud extasiada. Y ambas vertientes (melancolía y fervor) son facetas, si lo pensamos bien, del gozo de vivir. El hombre que, en las tardes acechadas por la tristeza, conecta el ordenador y mira en Google fotografías de ciervos para detenerse en la dulzura de sus ojos (él mismo lo explica en uno de los poemas del libro) no es una persona desesperada o derrotista, sino alguien que cree. Lo que lo diferencia de los demás es que cree en cosas alternativas, profundas, otras. Sí que es verdad que, aparentemente, el nihilismo empapa sus líneas, pero ya digo que la impresión es engañosa: Miguel Sánchez Robles tiene una voracidad de vivir, un deseo de vivir con intensidad avariciosa, que empapa sus versos y contagia a los lectores más profundos. Le gustaría tener los mil ojos de Argos, para verlo todo; y los brazos de Shiva, para acariciarlo y tocarlo todo; y los 969 años de Matusalén, para que le diera tiempo de vivir con más plenitud, con más paisajes, con más nombres, con más martinis y con más muchachas. Entiendo que a Miguel Sánchez Robles le gustaría ser como lady Godiva, y salir a las calles desnudo de hipocresías y adherencias absurdas. Limpio en medio de la limpieza, poroso ante el viento y la luz del sol. Tiene una obsesión afirmativa de “vivir muchas veces mucho” (página 55). Y, obviamente, también está lo otro. La tristeza, que es omnipresente (su descripción se puede ver en las páginas 56 y 57) y que nos mancha con su vocación de negrura. Pero la energía del ser humano se mide precisamente por su resistencia ante esa tristeza, por el modo en que combate contra la extinción y contra la Nada.
Constructor de imágenes poderosas y de asociaciones líricas que dejan al lector asombrado (nos hablará de chicas que son “hermosas como el sueño de los pumas”, en la página 17; o de palabras que “tienen la rápida tristeza de un disparo en el agua”), Miguel es también un experimentador del idioma, de su sintaxis y de su lógica formal. Como el superhombre de Nietzsche, que era un bailarín y un niño (un bailarín porque hacía de cada pirueta un reto; un niño porque jugaba con la existencia de forma libre), Miguel Sánchez Robles coge el idioma y lo retuerce, lo lleva a sus límites, lo moltura, lo estira, le da la vuelta y, en muchas ocasiones, consigue unas imágenes que volverían locos a los apolíneos de la poesía (por poner un único ejemplo, cuando escribe que “cuervamente existiendo, nos sucumben las moscas”, en la página 21). Las páginas de La vida que nos vive servirán a muchos para continuar confiando en un poeta de altura indiscutible. Miguel Sánchez Robles se ha ganado ese respeto a pulso.