viernes, julio 16, 2010

En Nadar-dos-pájaros, Flann O'Brien

Trad. José Manuel Álvarez Flórez. Nórdica, Madrid, 2010. 320 pp. 19,50 €

Martí Sales

Un pre-Italo Calvino. Un post-Tristram Shandy. Un no sé qué de una audacia literaria tremenda: En nadar-dos-pájaros, la obra maestra –dicen– de este escritorazo de varios nombres, que nació Brian O’Nolan, escribió novelas bajo el pseudónimo de Flann O’Brien, firmó artículos en los periódicos con el nombre de Myles na gCopaleen y bebió siempre con la misma sedienta e indistinta boca, situada apenas medio palmo por debajo de un cerebro maravillosamente desajustado para la literatura.
O’Brien, el tercero en el trio de mejores escritores irlandeses de todos los tiempos (los otros dos, James Joyce y Samuel Beckett –claro– eran, además, fervientes admiradores suyos), hizo esta novela extrañísima, laberíntica e hilarante a partes iguales, donde los personajes escriben sobre otros personajes que escriben sobre otros personajes y se conocen los unos con los otros, llegando incluso a tramar un motín para adormecer al autor y aprovecharse de su ausencia. Largas conversaciones de beodos intelectuales en tabernas, referencias a la literatura medieval irlandesa, demonios de tercera clase, duendes camorristas, situaciones estrambóticas e increíbles: una sacudida. Una sacudida electrizante para el lector desprevenido, un néctar de adicción incomparable para el seguidor de O’Brien (por estos lares antes no existían seguidores del escritor porque apenas se había publicado, pero un buen día, los locos de Nórdica Libros decidieron publicar, no una, sino –hurra!– todas, sus cinco novelas, una detrás de otra –ésta es la última). Yo me enganché con la primera que vio la luz en castellano, El Tercer Policía, una maravilla absoluta que se instaló para siempre en mi Top Ten. Y como suele pasar, el primer sorbo es el que se mantiene como impoluto en la memoria y marca las jerarquías: para mi, El Tercer Policía es su mejor libro (y el mejor para empezar a leerle), sin desmerecer su, digamos, libre continuación, el fantástico Crónicas de Dalkey, o la obra maestra del humor que es La boca pobre. Pero En nadar-dos-pájaros, por arrebatada y primeriza (fue su primera novela, ahí es nada), es quizás la más alta muestra de su talento y arrojo, de su visión inédita de las posibilidades que nos da la literatura. Una novela con tres comienzos. Sin ataduras, sin anclas, sin estructuras heredadas ni cuentas pendientes. Humor a perdigonadas. Libertad a bofetones. Una novela con un final memorable y cuerpo resbaladizo y multicolor de rana venenosa y alucinógena. Un libro de Flann O’Brien. Id a por él.

jueves, julio 15, 2010

Carnaval y otros cuentos, Isak Dinesen

Trad. Jaime Silva. Nórdica, Madrid, 2010. 333 pp. 20,95 €

José Manuel de la Huerga

Quienes hayan leído y releído El festín de Babette (también en una preciosa edición de Nórdica con ilustraciones de Noemí Villamuza), como le ha ocurrido al que escribe estas líneas, tendrán alimento para unos pocos días con esta nueva entrega. Si leen a la velocidad crucero de relato por día, tendrán para once.
Con El festín de Babette me ocurre una cosa curiosa, apasionante. Vuelvo a él como el aprendiz de mago que observa en primer plano los trucos de manos del maestro. Quiero sorprender las costuras, los saltos de un relato a todas luces disparatado en sus ideas, pero magistralmente tejido en la justificación de unos personajes extraordinarios. Mientras lo leo, creo tenerlo dominado, entendido, asumido. Pero cuando cierro la última página y en el paladar me queda ese sabor extraño e intenso de los vinos dormidos en barrica de roble, pero no terminados, abiertos, vuelvo a la zozobra del novato. Algo se me escapa. La fórmula magistral es marca de la casa y aunque la mismísima Isak Dinesen en persona se me pareciera y me dictara ese modo suyo irrepetible de unir lo dispar, lo estrafalario, lo imposible en una misma página y darle cuerpo y categoría de nobleza natural, estaría una vez más ronroneando mis desdichas de exiliado del secreto mejor guardado.
Carnaval y otros cuentos reúne once relatos estupendos, geniales, vibrantes, locos. Esta vez he intentado disfrutarlos, más adelante vendrá en segundas lecturas el análisis del pardillo que sigo siendo. Sólo esa elegante dama del frío escandinavo que sentó sus reales al pie de las colinas de Gnong es capaz de plantearnos historias tan disparatadas como La familia Cats. En ella, para que la desgracia y la inmoralidad no se ceben con una familia de probada reputación, un consejo familiar decide proponer a uno de sus miembros cargar, como chivo expiatorio, con los pecados de toda la saga. El miembro, como no puede ser de otra manera, exige una paga. O el Tío Theodore, cuento entre la falsedad y la verdad, territorio de burla donde la Dinesen se mueve como la verdadera trucha literaria que es. El tío de América al final existe, viene cargado de riquezas. La vieja hermana reaparece para que su primogénito no caiga en desgracia y sea juzgado como falsario: yo tengo un tío en América… O Carnaval, más que cuento novela corta. En ella todo se trasvierte. Hombres se visten de mujeres, mujeres de varones. Los empleados matan a sus señores y son acogidos por los ricos, para convertirse en su humilde sombra por un año. Por si las normas travestidas no fueran bastante, se somete la vida de los ocho participantes al puro azar: el que saque el papelito con la equis dispondrá de la fortuna y la vida de los otros siete jugadores. ¿No es maravilloso? La novelita tiene un aire de comedia intelectual, con brillantes diálogos y un control de la maquinaria de precisión que al lector le dejará sin aliento, siempre esperando una vuelta de tuerca más.
En El último día la autora nos vuelve a sorprender con preguntas delicadas. Su respuesta es un cuento trunco, roto voluntariamente. El seminarista que lleva el día de Pentecostés un perrito herido a la prostituta que le ha hecho hombre, a su regreso se encuentra con un amigo de la infancia que se lo lleva a su barco para contarle una rara historia, parte que nos quedaremos sin saber, parte la de un viejo rijoso que está al borde de la sabiduría. Sí, si, sorpréndase el lector con este carnaval de los humanos y de las moralidades de los humanos. En este relato encontré unas de esas líneas que marco con lapicero y luego pincho en mi corchera una temporada, para saborear antes y después de abrir y cerrar el ordenador. No me resisto a dedicársela. Tomen nota: «Morir no es difícil, es extrañamente esclarecedor, es como subirse al mástil de la existencia. Sobreviene la sabiduría y cuando uno no es un sabio, ni nunca antes lo ha sido, esto resulta muy sorprendente. Creo que la gente lo llama experiencia.»
No seguiré cuento por cuento, no por ganas, sino por decoro crítico. Pero el que quiera encontrarse con una nueva versión de un desamparado Jack el destripador, un Lord Byron a quien le vienen a pedir cuentas tras una segunda oportunidad en su vida, un delicioso cuento como El oso y el beso donde brujas y gigantes parecen salidos de Las mil y una noches, no debe dejar de recorrer estos territorios de la pura fábula y el puro azar. Dejo un cuento como una verdadera joyita para el final. Se titula Caballos fantasmas. Su personaje protagonista es una niña cansada de vivir, su tío el pintor se propone sacarla del trance de dejarse ir a buscar a su mejor amigo muerto. Y el lector estará con ellos, para descubrir el tesoro de las historias, de los cuentos que sirven para sanar y de los cuentos que nos meten de cabeza en el corazón de la oscuridad.

miércoles, julio 14, 2010

El otro fuego, Inés Mendoza

Páginas de espuma, Madrid, 2010. 103 pp 13 €

Matías Candeira

Encuentro este libro. Lo leo. Me emociono. Pienso en Pierre Reverdy y en su famoso verso: “Ya no se puede volver a dormir cuando se han abierto los ojos”.
Inés Mendoza (Caracas, 1970), es la apuesta novel de Páginas de Espuma para el ecuador de este año. Conviene añadir que este crítico no puede glosar o ampliar sin resultar torpe lo dicho por Eloy Tizón en el hermoso prólogo, primera invitación y acierto de estas páginas; y apéndice vivo que dialoga de forma inteligente con las propuestas incendiadas de El otro fuego a través de razones más que justas. Entiendo que un libro se la juega con su prólogo. Ha de estar a la altura para aumentar exponencialmente su potencia de significado, o bien ha de salvarlo y excusarlo. Se llama a la autora “la perseguidora”, con razón.
Mi baremo, prejuicioso quizás, es lo que disculpa esa rémora que los autores recién germinados cargan a la espalda: “Un debut más que…”. “Un primer libro que anuncia…”. Lejos de maximalismos, este libro de Inés Mendoza no anuncia nada más que un fuego socavador del deseo en la mayoría de las doce historias del conjunto, en un libro pleno de razones extraliterarias (una extensión breve, a modo de triple destilación; además de un prólogo espectacular) y un contenido justamente salpimentado con densidad y trascendencia. Prefiero no entrar en las más que conocidas y estúpidas reservas de suplemento cultural (“un conjunto de cuentos desigual que…”); y sí hacerlo con los ejes del sentido.
El otro fuego es un debut que, en su conjunto, nos invita a despertar, a no reproducir mecánicamente los sonidos de la naturaleza como en aquella película de Fellini y sus reflexiones sobre los burgueses –una vez más, Tizón se me adelanta en el prólogo- y sí a abrir la puerta y emerger a una vida verdadera, eso que preconizaban los surrealistas, o que tan bien escribió Machen en Un fragmento de vida, uno de sus mejores y más desconocidos libros. He aquí el eje, la programática de los cuentos más importantes del conjunto: elevar una protesta, dibujar rebeldías.
En cuanto a su topografía referencial, y puestos a ubicarnos, las fuentes tienden a separarse en dos territorios combinados con equilibrio, desde una tradición seminalmente latinoamericana (ambos Fernández: Macedonio y Felisberto; a quienes podría sumarse Cortázar) y el angst elevado, a medio camino entre lo siniestro, lo surreal y lo romántico, de autoras más que notables como Ana Blandiana (Recuerdos del pasado fue uno de los bombazos más interesantes lanzados por Periférica el pasado año), May Sinclair y su fabulosa Vida y muerte de Harriet Frean, Leonora Carrington o el siempre interesante Villiers de L'isle Adam. Sin desmerecer la raigambre mal llamada realistamágica, este segundo territorio de exploración es el más interesante del libro, pues da medida de un difícil equilibrio entre la belleza formal, hechuras poéticas y trepidaciones de lo siniestro o lo extraño. No dejen de echar un vistazo a Rosas amarillas, La estrella nocturna (deliciosa serie B, que arrincona el mecanismo del género postnuclear para extraer poesía de la historia de un perro que ha sufrido radiación atómica); o Mutaciones, el que es el cuento más espectacular del conjunto y se entronca con artefactos mainstream como El sexto sentido, esto es: un infierno helado en la propia tierra, una miseria hecha vida de la que no nos apercibimos hasta que es demasiado tarde.
Cabe reprocharle a Mendoza el que, en ocasiones, algunos relatos gocen de cierta vena demasiado convencional –Motivos del sábado, otro cuento sobre parejas-, o, más especialmente, que algunos cierres puedan tender a un parecido excesivo. Esquema, repetido hasta en tres ocasiones, en el que se ha forjado una orfandad completamente nueva para los protagonistas, pero más importante aún, una búsqueda que arrastra consigo desarraigo, alegría festiva, temblor, miedo y movimiento hacia un estado de conciencia que repudie la doxa, lo dado o la narcosis de una vida acomodada. Se avanza, por ejemplo, en Origami, con un hombre que ha sido infectado por la capacidad de retar y desconcertar a los transeúntes, sospechar que ha tenido otra vida y que, en esa estela de iluminación, ha de echar de menos ese lado que no conoce de su existencia. Lectura bellísima, por cierto.
Si entendemos que la literatura es discurso, es el verbo interno de estos relatos otro de sus méritos más interesantes; pues antes que historias (sin embargo, el estilismo sombrío y exhuberante no se descuida en ningún momento) pueden entenderse también como catalizadores. Confieso que me ha gustado leerlos así, articulaciones de una protesta o el mecanismo perfectamente narrado de una rebeldía que impele a no volver la vista atrás. Pienso en Estación del destierro, un texto que no ha dejado de antojárseme como una versión alternativa de Casa tomada, pero, en este caso, con una invasión de doble dirección, ya que el cambio no se produce en los invadidos sino en uno de los invasores.
No sé si queda mucho más por decir. Me gusta esta literatura de Mendoza, que me arenga con elegancia, que puedo leer como si atravesara los diferentes cortinajes de una habitación desconocida, que me proporciona un fuego del que aprendo algo: siendo importante que queme, lo es más que no pueda ser apagado.
Felicidades a la autora y a la editorial.

martes, julio 13, 2010

Salvajes y sentimentales. Letras de fútbol, Javier Marías

Alfaguara, Madrid, 2010. 320 pp. 17,50 €

Luís García

Que el fútbol mueve pasiones, lo saben muy bien los jugadores y aficionados, dirigentes y todos aquellos que aún no mostrando especial interés por el deporte, deben sufrirlo semana tras semana tanto en la programación televisiva como en sus respectivos trabajos. (Baste recordar que un Club como el Real Madrid mueve tanto presupuesto como una ciudad de doscientos mil habitantes). Pero también lo saben los periodistas, deportivos o no, como es el caso de Enric González, autor en su día de Historias del calcio. Ahora, cuatro años después del último fracaso mundialista y dos de la última gran alegría europeísta, termina el Mundial de Futbol 2010 de Sudáfrica, y podemos decir que termina el que sin duda ha sido el mes por excelencia para olvidar la crisis económica (si es que podemos. Sic). El país se encuentra adormecido, aletargado, no en vano las encuestas aseguraban que los ciudadanos estarían dispuestos (sic) a desembolsar cien euros cada uno con tal de que su selección resultase campeona del mundo (sic). Y con el Mundial han aflorado los libros con el fútbol como excusa literaria. Uno de los mejores, sin duda, es Salvajes y sentimentales, de Javier Marías, reeditado y ampliado para la ocasión. Conocidos son, al menos por algunos, sus artículos “futboleros” (y su devoción por el Real Madrid. ¡Qué tiempos aquellos en que cruzaba sus crónicas con las del “culé” Montalbán!). Por eso no me he podido resistir a adquirir esta nueva edición a pesar de tener la original, por eso y porque siempre es de agradecer que alguien se tome en serio un espectáculo excesivamente vilipendiado y en el que los periodistas deportivos acostumbran a abusar del sofisma. Bienvenidos sean, pues, estas crónicas de cabecera de Javier Marías. Cuenta Marías que para él el futbol es ante todo "la recuperación semanal de la infancia"; y también es temor y temblor, dramaticidad y zozobra, una mezcla de sentimentalidad y salvajismo, una escuela de comportamiento y nostalgia, y la escenificación de la épica al alcance de todo el mundo. ¿Es posible que haya llegado la hora de separar el viejo mito que relacionaba el deporte rey con el opio del pueblo? No en vano lo practicó Camus en su juventud, y Nabokov, y el propio Javier Marías convertido en extremo izquierda en su infancia. (Izquierda tenia que ser). Por eso sus crónicas de Salvajes y sentimentales no desmerecen para nada las que pueda escribir sobre política. Por eso Javier Marías escriba sobre lo que escriba siempre lo es en estado puro. Por eso.

lunes, julio 12, 2010

Mi gran novela sobre La Vaguada, Fernando San Basilio

Caballo de Troya, Madrid, 2010. 134 pp. 12,90 €

Coradino Vega

Está la cosa de escribir la gran novela del presente, esa novela que refleje el espíritu del tiempo que nos ha tocado vivir, con la carga de vanidad que tal empeño supone. Fernando San Basilio se burla de ese propósito mientras, de camino, se burla de todo lo que nos pilla a mano. Pero no lo hace de la forma cínica y despreciativa de quien cree que posee una verdad, sino de la mucho más difícil de observar el mundo con humor empezando por uno mismo. El objetivo del narrador de este libro es escribir una novela cosmos sobre La Vaguada, ese templo del consumo madrileño, o lo que es igual, del modo de vida contemporáneo. Y mientras persiste vagamente en su borrador, nos cuenta sus desventuras de trabajo en trabajo, de amor en amor, de amigo en amigo, con una ciudad de fondo que queda retratada con una precisión de Google Map.
Mi gran novela sobre la Vaguada trata de muchas cosas. Es una novela del Madrid actual, una novela sobre la precariedad laboral, una novela existencial que se mofa del existencialismo, un correctivo a la vacuidad de cierto mundillo artístico o literario, una crítica social, y una minuciosa observación del yo y de la ilusión de su libre albedrío. Pero, sobre todo, Mi gran novela sobre la Vaguada es una divertidísima obra humorística. De la difícil tarea de escribir con humor, Fernando San Basilio se ha convertido en un maestro. Hacía tiempo que no me reía tanto con un libro. La sonrisa comienza desde la primera página pero, cada dos por tres, desemboca en la carcajada. El secreto está en lo que el narrador de la novela llamaría «cosmovisión» y en el lenguaje que utiliza. A medio camino entre Gila y Mark Twain, las pinceladas líricas y melancólicas recuerdan también a Bryce Echenique. Es un estilo sin ostentosa pretensión, una escritura natural, y sin embargo su elaboración es notoria, singular: de una concisión poética administrada con ironía e inteligencia. Porque detrás de este despliegue de humor, y lección de vida y de literatura, late una enorme inteligencia. No una inteligencia de esas que, confundidas con supuesta audacia, son tan a menudo invocadas como exigencia de artisticidad o validación intelectual. No. La inteligencia de Fernando San Basilio es la que subyace a todo gran sentido del humor, aquella que ha descubierto que el mejor método contra la infelicidad es algo tan accesible como la risoterapia. No se la pierdan.