viernes, mayo 07, 2010

Hablar de mí, VV.AA.

Ed. y prol. Juan Terranova. Lengua de Trapo, Madrid, 2009. 252 pp. 18,60 €

José Gutiérrez Román

He aquí una antología de escritores argentinos nacidos entre 1970 y 1980, y he aquí también una antología cuyo nexo de unión es el relato autobiográfico. Afirma Juan Terranova en su prólogo que «se podrían hacer tres libros más como este con jóvenes narradores de Argentina». Y entonces surge la pregunta: ¿Se refiere a la siempre prolífica cantera de cuentistas hispanoamericanos o a la actual tendencia literaria hacia lo autobiográfico? Uno sospecha que ambos argumentos podrían avalar su afirmación. Por otro lado, la lectura de este libro no deja lugar a dudas: los autores de allá siguen tocados por la varita mágica de la literatura, y la autoficción (o como queramos llamarla) continúa en boga. Así, al menos, lo demuestran los diecisiete relatos que componen este libro. En esta colección podemos disfrutar de ese atractivo que conlleva el género de la confesión: el pudor, el enmascaramiento, la vulnerabilidad que genera exponerse, el reírse de uno mismo, la mitificación y desmitificación de lo trivial o la asunción de las propias miserias. Todo ello puesto al servicio de la literatura (¿no es acaso la autobiografía un género de ficción?) y todo ello trazado con una frescura narrativa envidiable. Ese buen hacer literario deja entrever la herencia de maestros como Roberto Bolaño, cuya influencia aparece de una manera más o menos explícita en varios textos.
Una de las señas de identidad de este grupo generacional es la inclusión de las nuevas tecnologías en su vida y en la creación; así queda reflejado en algunos cuentos («Me encuentro en el chat con una ex compañera de mi primer curso de teatro», escribe Joaquín Linne) y en el hecho de que siete de ellos, por ejemplo, firmen un blog en Internet.
Pero hablemos de los valores que hacen de la lectura de esta recopilación un placer: una de las constantes en el relato autobiográfico, paradójicamente, es que casi siempre se habla más de los otros que de uno mismo (o quizá se hable de uno mismo a través otros), y en este caso la familia (y en especial la figura paterna) toma el papel protagonista, a saber: «Mi papá, desde que murió, vive junto a una mujer veinte años menor que él», Pablo Ali; «Entonces llegaba la nona Margarita y preguntaba por José. ¿José está acá?, preguntaba. Entonces le decíamos que se había muerto, que estaba en el cementerio, que se dejara de joder. (…) Entonces ella nos confundía y nos llamaba por el nombre que habían tenido sus primos, o sus hermanos», Federico Falco; «Hasta esto –y remarca el esto- te dejó el hijo de puta. La frase que acaba de decir mamá tiene dos componentes: (…) el hijo de puta se refiere a mi padre», Diego Grillo Trubba. Y así podríamos citar otros tantos, como el cuento de Pablo Natale, donde el secreto inconfensable de la familia se va haciendo evidente; o Un pasado propio, de Maximiliano Tomás, en el que el hijo decide «perdonar a su padre», aunque este «piense que ni siquiera ha hecho algo por lo que su hijo deba perdonarlo». Sería interesante realizar un análisis psicológico y sociológico sobre por qué salen tan mal parados los papás… Pero también están los textos que analizan los vaivenes vitales a través de una retrospectiva general, como la de Ignacio Molina (concentrando en un acontecimiento cada año de su existencia), o bien en la versión simbólica de Hernán Vanoli, que muestra bajo tres marcas de cerveza tres episodios relevantes de su vida. Mariana Enriquez, sin embargo, pone el acento sobre las drogas en un divertido relato, y Sebastián Martínez Daniell firma posiblemente el más experimental de todo el conjunto. Pero si continuamos la inmersión en la memoria llegamos a las narraciones abisales que desvelan los recuerdos de la niñez y sus ecos, como Curiosidad por Gómez de Celia Dosio, o los excelentes cuentos de Luciano Lamberti y Alejandra Zina.
El otro pilar temático de esta compilación es el de las relaciones personales: el amor y el sexo desde sus ramificaciones más platónicas e inocentes hasta la recreación de experiencias sexuales perturbadoras. Buena muestra de esto son el relato de Félix Bruzzone (Chica oxidada), o los de Sonia Budassi, Aquiles Cristiani y Patricio Pron (uno de los más sobresalientes).
Por uno u otro motivo, cada una de estas narraciones goza de su particular e inevitable poder de atracción. Al fin y al cabo el principal mérito de la buena literatura de autoficción no deja de ser el mismo que el de la buena literatura: nos permite a través de los reflejos de las palabras vivir otras vidas mientras creemos descubrir la nuestra propia. Y este acertado libro, amigo lector, sin duda “habla de ti”.

jueves, mayo 06, 2010

La hija de Robert Poste, Stella Gibbons

Impedimenta, Madrid, 2010. 368 pp.22,75 €

Recaredo Veredas

La intención que motivó la escritura de La Hija de Robert Poste no fue otra que ironizar, burlarse con ligereza de los melodramas rurales de la época (los primeros años del pasado siglo). Es decir, es una obra dependiente de otras. Sin embargo, como ocurre tantas veces —solo tenemos que mirar hacia la más insigne de nuestra novelas— los libros ridiculizados han pasado al olvido mientras la caricatura permanece. Ocurre así porque La hija de Robert Poste mantiene, casi 80 años después de su escritura, su capacidad para divertir con inteligencia a casi cualquier lector.
El conflicto que abre esta novela y provoca su crecimiento es bien simple: una mujer —la hija de Robert Poste— rechaza rotundamente la posibilidad de trabajar y quiere vivir de las rentas de su familia. Para conseguirlo no duda en escribir a todos sus parientes, incluso a los más lejanos. Lógicamente, ya que se trata de una comedia, recibe respuestas inesperadas e inesperada también es su decisión. El planteamiento no es delirante en absoluto: más bien podría considerarse una práctica común incluso en nuestros tiempos. Lo que sí resulta peculiar es el desparpajo de la protagonista, la soltura con que asume una situación en principio vergonzante.
La hija de Robert Poste es una buena comedia por el maravilloso uso del azar que realiza Stella Gibbons y, sobre todo, por la seriedad de su prosa, que en ningún momento remarca o subraya las peripecias de su personaje (no le hace falta) ni fuerza nuestra carcajada. Simplemente acompaña sus hazañas y combina, con esa ligereza que suele acompañar a lo más difícil, lo informativo y lo expresivo. Además utiliza un lenguaje refinado y fácil a un tiempo, que contiene notables aciertos poéticos: «El amanecer se extendía sobre la región de los Downs como un animal blanco y siniestro…».
Stella Gibbons consigue que Flora —la hija de Robert Poste— sea una excelente protagonista: posee una pintoresca mezcla de buena intención y caradura. Uno de sus grandes aciertos es su brillante y colorida gama de secundarios que, si bien no poseen una profundidad abisal, sí resultan adecuados y sumamente amenos.

miércoles, mayo 05, 2010

Mansos, Roberto Enríquez

Caballo de Troya, Madrid, 2010. 117 pp. 12,90 €

Marta Sanz

Abro el libro de Roberto Enríquez que es el bolso que a Mateo le roban en la sauna una noche en la que no encuentra un taxi para volver a casa y dormir la mona. Abro el libro-bolso naranja de Hermés y, como en el interior fondo cuarto oscuro de un local o de un bolso femenino, preveo frivolidad y encuentro miseria. El deleite de una mano aceitada en el rincón del cuarto oscuro se transforma en uña con tira de luto y piel que huele a genitales. La intimidad, el glamuroso secreto escondido de un bolso de mujer —un pintalabios y un espejito en cuyo reflejo la cara más linda o la mejor reconstruida se retoca el maquillaje— deviene pomada hemorroidal, húmedo kleenex, mala letra en un papelajo, un móvil que no suena nunca, la lista de la compra reducida a una extensa relación de yogures laxantes y placebos contra la osteoporosis, una bolsa de plástico para taparse el pelo por si lloviera, peine con pelos... Al abrir la primera página de esta novela de Roberto Enríquez, se aplican prejuicios que inducen a creer que lo que se leerá a continuación será divertido. La periferia del texto, el contexto, opera sobre lo textual y una homofobia-ambiente, encubierta de tolerancia o de condescendencia mediática, invita al lector a esperar páginas y capítulos empapados de sense of humor viperino, eau de cologne en vaporizador con pompón de tela o, si acaso, cierta promiscua y abandonada sordidez sexual. El lector, en Mansos, se ve obligado a reformular sus expectativas sobre el texto e incluso a corregir sus propios prejuicios, porque éste, entre otras cosas, es un libro triste sobre el apocamiento del exhibicionista, sobre la búsqueda de amor del epatante, sobre la frágil delgadez —enclenque— oculta bajo la grasa de un hombre gordo, sobre la vulnerabilidad ética del que ejerce una forma de violencia estética, sobre la obligada timidez del subversivo: No es mío, es de mi novia..., le explica Mateo al chapero con el que acaba de follar cuando éste le pregunta si de verdad traía un bolso.
Mateo pierde un bolso —no, no pierde, se lo roban— en una sauna. La sauna es como una absurda ventanilla burocrática donde la ley impone que no se puede abrir la taquilla de un vestuario. La sauna es también un infierno, húmedo y claustrofóbico —un espacio literariamente muy bien construido en el que se tiene la impresión de que los personajes se quedan encajados en un espacio menguante—; un infierno a través del que Mateo transita y repasa una vida de humillaciones: la del propio cuerpo; la del follar pagando; la de la mansedumbre del sexo; la de mezclar el dinero con la penetración; la de darse cuenta de que quizá esas mezclas son inevitables: la penetración, el trabajo, la mansedumbre, la humillación, la insatisfacción, la morbilidad, la hinchazón, las monedas, los lubricantes, la caca, la marca de un bolso que encubre la inseguridad con la ostentación, con lo estridente, con lo inapropiado... Alguien que no se quiere, porque no le dejan quererse, toma la palabra y escribe sobre cómo uno se hace manso y sobre cómo la humillación y la cobardía son conceptos que expresan una cualidad, pero también una cantidad: cuánto podemos llegar a digerir, a tolerar, a cargar sobre la espalda. La mansedumbre forma parte de una metáfora sexual (“¡Qué mansos os volvéis cuando os follamos!” me susurra al oído con su lengua áspera rozándome la oreja...) que se vuelve sobre otros aspectos de la existencia y nos obliga a subvertir los tópicos, a mirar desde otro sitio, porque los mansos no son sólo los que reciben billetes azules por follar o por trabajar, no son sólo los que asumen que alguien manda; sino que mansos son también los que creen que no tienen más remedio que pagar por todo y encierran la necesidad de cariño en el cubículo de la mercancía y pagan, compran, subrayando al mismo tiempo la sed y la diferencia de clase. La conciencia de Mateo habla: No es lo que soy, no es lo que no tengo. Es lo que tengo. Tengo sueño. Y miedo. Y frío. Soy lo que tengo: mis objetos, mi bolso —el que me han robado—, mis insatisfechas necesidades. Más allá del esencialismo de un sistema que publicita eslóganes mentirosos para vender relojes (“No es lo que tengo es lo que soy”, te lo dicen Shakira y Antonio Banderas...), Roberto Enríquez sabe que sí es lo que tiene: tengo sexo que, como un cronómetro, una alfombra o un taco de mantequilla, tienen un precio; sin embargo, lo que tengo no me hace exactamente libre (¿Cuándo empecé a ser un cliente de la mentira?) porque el que paga, el que quizá podría esgrimir su derecho a encabritarse y ensoberbecerse, toma la medida de su pequeñez y de su soledad en las transacciones. Aquí el que paga no da un puñetazo encima de la mesa —es un borracho, una víctima y un muerto—, todos los mercados son tristes y el amor es una cuestión de oferta y demanda: estamos condenados a la insatisfacción. Estamos condenados a la deficiencia. Todos ahí, pero unos más que otros. Roberto Enríquez escribe, sin recriminaciones moralistas, a través de las cifras y de la constancia del precio de las cosas (40 euros, 150 euros, lo que cuesta un café...), una novela que interesará mucho a todos aquellos lectores que, como el propio autor, se han cansado de ser clientes.

martes, mayo 04, 2010

Mi hermano el genio, Rodrigo Muñoz Avia

XVIII Premio Edebé de Literatura Infantil y Juvenil. Edebé, Barcelona, 2010. 182 pp. 7,95 €

Ignacio Sanz

Lola, la narradora de esta novela infantil, es una chica con gran desparpajo que juega como defensa en un equipo de fútbol masculino. La única chica de entre todos los equipos de forman la liga. Naturalmente ha llegado ahí porque la apasiona el fútbol y pone todo su empeño por ser cada día mejor. Sus padres son profesionales de la música. Ambos. Y su hermano Gracián es un verdadero fenómeno cuando se sienta frente al piano. De hecho ya ha salido en un telediario. Lola, más por imposición del entorno que por verdadera voluntad, acude a clase de violín sin gran aprovechamiento. Porque su auténtica pasión es el fútbol. Su ídolo se llama Messi.
Con estos ingredientes, Rodrigo Muñoz Avia ha escrito una novela a ratos divertida, a ratos dramática, con cierta inclinación verborraica, pero no exenta de momentos emocionantes y que se lee como si nos estuviéramos deslizando por un tobogán.
La pasión por el fútbol que domina la vida de Lola se ve neutralizada por el ambiente musical que reina en la casa, un ambiente que resulta casi excluyente. Ahí comienza el conflicto, un conflicto que se va a revelar al final muy esclarecedor.
El autor, de manera oblicua va salpicando el relato con historias de algunos de los grandes genios musicales, historias que resultan sorprendentes. Así nos enteramos de ciertas excentricidades de Mozart o de John Cage, el autor de 4,33 una melodía originalísima cuyo título alude a la duración de la misma y cuya característica más notable consiste en la incorporación del silencio. No es que la melodía esté salpicada de silencios, sino que toda ella es un prolongado silencio que dura exactamente eso, cuatro minutos y treinta y tres segundos. De modo que el publico incorpora ese silencio a su experiencia musical. Pero ese silencio es distinto cada vez que la orquesta interpreta la melodía porque las circunstancias ambientales alteran su contenido. Una verdadera pirueta propia del arte conceptual.
Más allá de las peripecias y excentricidades de los personajes, la novela retrata esos ambiente obsesivos y cerrados que pueden llegar a ser opresivos en los que viven algunos niños a los que sus padres limitan las posibilidades de desarrollo y de relación social porque desde que les salen los dientes ya les marcan un destino artístico o deportivo que les encapsula de espaldas a la sociedad en la que crecen.
Salpicada de humor, la novela se alzó con el último premio Edebé de literatura infantil lo que representa un aval a su calidad.

lunes, mayo 03, 2010

Bibliotecas llenas de fantasmas, Jacques Bonnet

Trad. David Stacey. Anagrama, Barcelona, 2010. 135 pp. 14 €

Care Santos

Después del placer de poseer libros, poca cosa hay más dulce que hablar de ellos. Con esta ilustrativa cita de Charles Nodier comienza este largo monólogo sobre libros, que podría considerarse un ensayo si no estuviera demasiado lleno de pasión para ser sólo eso. El autor, por descontado, es bibliómano, porque sólo uno podría haber escrito este compendio de anécdotas sobre el curioso arte de acumular libros y encontrar la dicha en ello. Y también bibliómano debe ser el lector para encontrarle algún sentido, ya que una persona poco afecta a los libros, o afecta de otro modo -pienso en los nuevos lectores que genera la era digital, por ejemplo, a los que se alude en el último capítulo- no le encontrará ni pies ni cabeza a tanto esfuerzo. Yo -no podía ser de otro modo- me he visto reflejada en este retrato, a veces caricaturesco, de los acumuladores de libros: aquellos que encuentramos placer en su contemplación, su ordenación, su tenencia y, a veces, claro está, también en su lectura. Aquellos que no logramos desprendernos de un solo volumen si no es con extremo dolor, que atesoramos en nuestras biblioteca varios ejemplares de un mismo título, sólo porque son hermosos o sólo porque fueron adquiridos en momentos o lugares especiales. Los adictos a las librerías de lance, que disfrutamos encontrando libros cuyos anteriores propietarios iluminaron con notas o dibujos, o tal vez dejaron algo olvidado entre sus páginas, un billete de autobús o una entrada del teatro, lo que sea, que encontramos con júbilo.
Jacques Bonnet, del que por la nota biográfica sólo sabemos que es traductor y autor de un par de libros anteriores nunca traducidos al español, dice poseer una biblioteca de más de 20.000 volúmenes. Como cualquiera a quien le ocurra lo mismo, se ve obligado a la toma de ciertas decisiones: dónde ponerlos, cómo ordenarlos, cómo mantenerlos. Comprar una casa sólo para los libros o clasificarlos siguiendo criterios de todo tipo -desde la lengua en que fueron escritos hasta el nada convencional pero precioso del color del lomo- son algunas de las soluciones a estas cuitas, aunque nos propone muchas más, y al mismo tiempo nos presenta a una serie de personajes tocados por el mal de la bibliomanía o bibliófilos por accidente. Así, tenemos el caso del pianista y compositor Charles-Valentin Alkan (1813-1889), que feneció aplastado por su biblioteca o sabemos del tedio de Giacomo Casanova, convertido en bibliotecario a su pesar durante los últimos 13 años de su vida.
Luego están los excéntricos. De hecho, abundan en estas páginas. Los coleccionistas de libros según cualquier criterio (he aquí uno de los más pintorescos: libros cuyo autor se llame Jules, como su propietario); poseedores de miles de libros que jamás se desprenden de uno porque tienen el convencimiento de que en cuanto lo hagan necesitarán, precisamente, ése, el volumen descartado. Miembros de un curioso club que reúne a los propietarios de bibliotecas de más de 20.000 volúmenes. Herederos incómodos que no dudan en acabar con las bibliotecas de sus progenitores de los modos más crueles imaginables, desde saldarlas en la plaza del pueblo a arrojar los libros a un estanque. O bibliófagos que deciden de pronto vender sus libros y se pasan el resto de su vida intentando reunirlos de nuevo...
En fin. Merece la pena conocer a todos estos tocados por la locura de la letra impresa. Aunque sólo sea porque todos ellos pertenecen a una estirpe en extinción: los que jamás podrían amar un mundo que prescindiera de la letra impresa y la sustituyera por una pantalla. Y creo que sus -nuestras- bibliotecas atestadas de títulos pertenecen también a otro mundo, del que este deliciosa trabajo deja constancia.
Aunque si hubiera que elegir, podríamos quedarnos con la solución de Quevedo, que también extraigo de estas páginas:

Retirado en la paz destos desiertos
con pocos pero doctos libros juntos
vivo en conversación con los difuntos
y escucho con mis ojos a los muertos.