viernes, abril 30, 2010

Poemas a la muerte, Emily Dickinson

Sel. y trad. Rubén Martín. Bartleby, Madrid, 2010. 207 pp. 17 €

José Luis Gómez Toré

Claudio Rodríguez ya advirtió en su día sobre los peligros de la poesía temática y recientemente Carlos Jiménez Arribas ha señalado con oportuna ironía que los temas son para las redacciones de colegio, no para los poemas. En efecto, el tema en un poema es, como mucho, un punto de partida, una dirección que quizá sólo cobra sentido en su propia disolución. De ahí el riesgo de toda antología temática: resulta difícil evitar el capricho en la selección de los poemas, que a menudo sólo tocan el supuesto tema del texto de manera tangencial, y es más difícil aún no caer en la superficialidad de la propuesta, como si la poesía se justificara por los temas que toca y no por la tonalidad de una voz irreductible a toda clasificación temática. La antología de Rubén Martín, sin embargo, constituye un acierto y ello probablemente por dos razones. La primera es que, en modo alguno, la elección de la muerte como núcleo irradiador de la obra de Emily Dickinson (Amherst, Massachusetts, EEUU, 1830-1886) resulta arbitraria: pocas veces he tenido la impresión de que una antología tan focalizada en determinados motivos amplia, en lugar de reducir, el horizonte de lectura de la obra. La segunda razón, dependiente de la anterior, es que el antólogo ha sabido ver que la muerte no es en la gran poeta norteamericana tanto un tema como un interlocutor privilegiado, y aún más un ámbito: ese espacio vacío sin el cual la palabra poética no puede desenvolverse. En estos magistrales poemas comparecen prácticamente todas las actitudes frente a la muerte: la muerte como llegada a la casa natal del Padre y la muerte como nada, la muerte como enemigo hostil y como vieja compañera, cuando no inconfesado e inconfesable amante... Los poemas de Dickinson, pionera en este sentido de buena parte de la poesía del siglo XX, parecen caminar de un silencio a otro silencio, una precariedad esencial que aparece bajo una nueva luz desde la mirada enigmática de la muerte.
Si la selección de los poemas convierte esta antología en una excelente introducción a la lectura de una de las voces fundamentales de la poesía de los últimos siglos, lo mismo puede decirse de la labor de traducción que lleva a cabo Rubén Martín: la escritura de Emily Dickinson resulta tan desestabilizadora para los usos cotidianos del lenguaje que el traductor se ve abocado con facilidad o bien a renunciar a toda labor interpretativa, o bien a domesticar una voz que, pese a su aparente discreción, es siempre audaz. En cambio, las traducciones que recoge este libro se inscriben en ese difícil equilibrio entre el esfuerzo de comprensión y el respeto a la extrañeza de una escritura que sigue siendo radicalmente contemporánea. «No es el Apocalipsis –lo que- espera,/ sino nuestros deshabitados ojos».

jueves, abril 29, 2010

Retrato de un hombre inmaduro, Luis Landero

Tusquets, Barcelona, 2009. 234 pp. 17,00 €

Rubén Castillo Gallego

«Mi vida es el cuento de los que nada tienen que contar. Y es que a mí me han ocurrido muchas cosas, sí, pero ninguna de importancia, y por eso sólo puedo contar episodios nimios y dispersos. ¿Le he dicho ya que mi vida, como tantas otras, carece de argumento?». Quien así habla entre las páginas 182 y 183 del libro, desde la cama de un hospital, es un hombre que realiza el balance de su existencia ante una mujer innominada, a la que se dirige con voluntad de narrador irónico, humilde y desconcertado. Sabe que no hay un solo episodio trascendente en su haber, que no ha merecido ingresar en los libros de Historia, que apenas quedará constancia de su nombre cuando abandone el mundo; pero, al mismo tiempo, intuye que sus años son irrepetibles, y que son irrepetibles también las personas a las que conoció, las frases que le fue dado escuchar, los episodios infinitesimales en los que se vio embarcado. Durante toda la noche (el amanecer comienza a llegar en la página 175), nos hablará de un grupo de personajes curiosos con los que terminó manteniendo algún tipo de relación personal o profesional: Micaela (la vecina más bien pelandusca, a la que prestaba dinero y de la que obtenía favores sexuales), Óskar (un paralítico en silla de ruedas al que auxilió durante una manifestación relacionada con la guerra de Irak), el señor Tur (un sedentario obligado a la trashumancia), don Máximo Pérez (campanudo catedrático de la banalidad), el estricto y humilde Gisbert (escritor que vende su obra por encargo o firmándola con el seudónimo de ‘Doctor Linch’), el desconcertante Sampedro (un compañero de trabajo que lo sometió a una persecución tan estúpida como desasosegante), el inefable Aquilino Lobo (peluquero, taxidermista, decorador, conferenciante y callista, que está convencido de que Su Majestad lo apoya en su intento de poner ascensor en el edificio donde vive)... El elenco de personajes es tan disparatado y tan surrealista como la vida misma. Pero es que quizá ahí resida una de las posibles lecturas de esta obra. Anotemos aquí una cita que Luis Landero redacta entre las páginas 105 y 106 («No entiendo ese afán de conocerse uno a sí mismo y andar hurgando y como hozando en las entrañas inmundas de la identidad, a veces incluso con ayuda de profesionales. ¿Qué espera uno encontrar en ese estercolero? ¿Se imagina un epitafio que diga “Aquí yace uno que logró conocerse a sí mismo”? No, a mí lo que me parece interesante es el mundo, el asistir gratis al espectáculo de los demás»)... Pero, durante las 234 páginas de la obra, el narrador se dedica a contarnos quiénes son los que lo rodearon durante su vida, los episodios que vivió, las frases que le impactaron. Es decir, corrobora que somos seres de circunstancias, de lateralidades, de expansiones e influjos magnéticos. Y por eso en sus líneas presta especial atención a los extrarradios del yo. Apenas puede saberse nada de alguien si no es en función (orteguiana) de sus circunstancias, de la gente que lo rodea: de ahí que Retrato de un hombre inmaduro sea una historia cuántica y radial. Conocerse es conocer lo que nos rodea (circum stantia) y por tanto nos modula. La vida no es una novela, sino un puzle; y lo que hace nuestro anónimo narrador es poner todas las teselas en el oído de su interlocutora, para intentar que sea ella quien arme el mosaico. Y para que el lector de la obra haga lo mismo. Luis Landero, novelista de valor incontestable, nos regala en este volumen una historia seductora, donde el humor y la sencillez se dan la mano para construir un edificio meritorio. Recomendaría a los lectores que le prestaran especial atención a la pesadez gelatinosa de don Aquilino Lobo (que urde una tela de araña en torno al pobre protagonista, con una finalidad que sólo más tarde llegará a descubrir), a la disparatada escena en la que el narrador finge conocer a un obrero que ha muerto tras caerse de un andamio (tan surrealista como coherente) y a la bellísima, dulce, emotiva descripción de la muerte de don Obvio. El gran Luis Landero, admirable por tantos motivos, vuelve a convencernos con sus páginas.

miércoles, abril 28, 2010

Las Teorías Salvajes, Pola Oloixarac

Alpha Decay, Barcelona, 2010. 275 pp. 19 €

Nere Basabe

La “teoría salvaje” lo es todo en este libro: es el objeto y es el sujeto de la novela, su hipótesis metodológica tanto como la cuestión a analizar, en una apuesta que no es confusión epistemológica sino coherencia, porque la teoría salvaje (que, por lo demás, no se nombra en la novela) se pretende holista y omnicomprensiva. Estilo, argumento y perspectiva narrativa constituyen así los vectores (“vectores” en sentido biológico, como “portador o huésped intermedio de un parásito o virus que transmite el germen de una enfermedad a otro huésped”, tanto como en su sentido filosófico de “acción proyectiva de intensidad variable”) de esta propuesta radical.
En mi opinión, no se trata tanto de una novela como tal (entendida según postulados que venimos arrastrando pese a las más o menos protestas que cada tanto la cercan), coloreada de extensas divagaciones reflexivas, sino de un verdadero tratado de filosofía que asimila la forma narrativa para sí: Oloixarac lleva, con este experimento, ese retorno de la narratividad que aspira a conquistar algunas ramas de nuestras ciencias sociales contemporáneas (en busca de la comprensión más allá de la explicación), a sus últimas consecuencias y posibilidades. La “teoría salvaje” se nos presenta como una ficción, y ésa no es su máscara, sino su mayor acierto. Así ocurre por ejemplo en el magnífico diálogo entre los dos discípulos del profesor Johan van Vliet, que discuten (y se distancian) acerca de la vía a seguir por esos Escritos sin luna de su maestro, mientras el pavo se asa en el horno. El bíos de la propia teoría es inseparable de su doctrina, y la experiencia de ésta hace de sus agentes (seguidores, detractores) meros instrumentos de la teoría –un libro inteligente y un sistema filosófico coherente, cabal y estimulante como esta lectora no se había cruzado en mucho tiempo.
Nada parece haber de casual o no-premeditado en esta novela, pese a los múltiples puntos de fuga: todos los recursos de la escritura posmoderna concurren en sus páginas sin excepción, desde luego (aviso para navegantes poco inclinados a las aventuras técnicas). Pero esos elementos (fragmentariedad y no-linealidad, poliperspectivismo, intertextualidad o recurrencia a iconos de la cultura pop, de la televisión a los videojuegos, de las marcas comerciales a las estrofas de canciones en inglés), convertidos ya en la tradición -más que la novedad- de una receta manida, se justifican aquí rigurosamente como plasmaciones discursivas de una teoría socio-antropológica que está buscando encarnarse. Lo mismo podría decirse si pretendemos achacarle algunas debilidades: lo deslavazado del personaje principal en primera persona frente a otros personajes secundarios, su empeño en explicar, juzgar, más allá del simple “mostrar” velado, el exceso de carne cruda, de drogas psicodélicas, de lo aberrante y la agresividad. Y es que la teoría salvaje, mediante su mecanismo de las transmisiones yoicas en las que se disuelve la subjetividad del individuo, nos propone una realidad formada por infinitos puntos de vista simultáneos del pasado, presente y futuro, marcados todos ellos por la experiencia original de la violencia hobbesiana y la identificación ancestral entre la presa y el cazador (y para lo que sirven de muestra tanto las relaciones sexuales como las etimologías del lenguaje que nos envuelve). Síntoma de la barbarie colectiva, este libro también es su diagnóstico, y su explicación arqueológica-genealógica, hasta disolver el mismo estatuto de historicidad, pues comienza equiparando ritos de tribus primitivas a usos sociales contemporáneos, para acabar sustituyendo las coordenadas temporales por una superposición espacial manipulada. Por último, la teoría salvaje (las “teorías salvajes”, por esa pluralidad fragmentada ineludible) no se limita a su carácter de episteme, sino que se erige sobre todo (como no podía ser de otra manera) como una praxis, una guía para la acción: la intervención cibernética, la contaminación viral y el sabotaje serán sus maneras de obrar en el mundo, entre la ironía y la crueldad; y esta escritura, su testigo y su mayor prueba empírica.
El conflicto no se resuelve en la trama, porque es inherente a su premisa ontológica. La expectativa de la debacle nos acompañará siempre, más intensamente aún después de leer este libro (no sólo recomendable, sino imprescindible). Tal y como indica su solapa, Las teorías salvajes es la primera novela de Pola Oloixarac, y una se pregunta si acaso no será la última, porque poco más puede quedar por añadir. Esperemos que no sea así.

martes, abril 27, 2010

La historia de mi mujer, Milán Füst

Trad. Teresa Ruiz Rosas. Barcelona, Galaxia Gutenberg, 2009. 460 pp. 22.90 €

Luis Manuel Ruiz

La gloria literaria, igual que el triunfo en los casinos, tiene menos que ver con el talento que con la conjunción de buena suerte y amistades adecuadas. Inquieta reparar, al echar un vistazo a cualquier listado de obras imprescindibles del siglo XX, que la gran mayoría de ellas se limitan al idioma inglés, al francés o al castellano, y que sin excepción sus autores habitaron en algún momento de sus biografías en París o Nueva York, esquivando por instinto rincones menos decorativos del mapa. La pregunta inevitable que surge es cuántas obras maestras permanecen secretas, escondidas, en el anaquel; a cuántas no tenemos acceso porque sus creadores no las acuñaron en las cuatro o cinco lenguas ecuménicas, cuántas han quedado en el anonimato porque la persona responsable no se paseó por la ribera del Sena sino por un río de aguas menos caudalosas. Este pensamiento se vuelve insistente y casi doloroso cuando uno tropieza con novelas como esta Historia de mi mujer, del húngaro Milán Füst, que sin duda, de haber sido redactada con ayuda de otro diccionario u otra página del atlas, habría sido reconocida desde el momento de su aparición como una indiscutible obra cumbre contemporánea. Pero que, igual que las Memorias de una enana de Walter de la Mare o De noche, bajo el puente de piedra, de Leo Perutz, ha de conformarse con el rango de curiosidad exótica.
Torrencial, excesiva, devastadora, estos adjetivos acuden con facilidad a las mientes a la hora de definir una obra tan difícil de atrapar. Publicada por vez primera en 1942 y dotada de un título envidiable, La historia de mi mujer podría ser definida, por exclusión, como un intento de estudio psicológico. Estudio, en primer lugar, del protagonista y narrador en primera persona, un lamentable capitán de barco llamado Jakab Störr agobiado por sus complejos y su incapacidad para relacionarse con las mujeres. Estudio, luego, del gran personaje de la trama, su esposa, la pizpireta, histérica y adorable (tal vez) Lizzy, llevada de acá para allá por caprichos sin cuento, que permanece junto a un hombre sin saber por qué mientras fuma un cigarrillo tras otro y le engaña con individuos salidos del arroyo. Y estudio, sobre todo, del gigantesco carnaval que rodea a la pareja y asiste a las vicisitudes de su vida matrimonial, jugando a veces en ella papeles poco honrosos: la galería incluye lo más granado del submundo de arribistas, exiliados y crápulas de la Europa de entreguerras, herederos despojados de su fortuna, candidatos a artistas que no mueven un pincel, jóvenes millonarias que aman entregarse a desconocidos en cuartos de pensión, vecinos rijosos, contrabandistas y prostitutas, el censo es largo. El conjunto transmite una inevitable familiaridad con otros productos mejor conocidos (por esos juegos de la ruleta de que hemos hablado más arriba), como Auto de fe, de Elías Canetti, o, sobre todo, el Viaje al fin de la noche de Louis-Férdinand Céline. La mordacidad, la frase rápida y la contundencia en la imagen la aproximan más que nada a este último ejemplo, aunque con las salvedades de un estilo más amable y una cierta compasión por el destino final de los individuos, que no tienen culpa de vivir en el gran albañal que les ha tocado en la tómbola.
Galaxia Gutenberg nos ofrece su cuidada presentación de costumbre, a la que añade en esta ocasión un mérito más. La traducción, debida a Teresa Ruiz Rosas, y subvencionada, según leo, por la Magyar Könyv Alapítvány, abunda en aciertos y frases brillantes; lo cual, en una novela cargada de tantos giros coloquiales y expresiones de doble sentido, no deja de ser una victoria sobre el descuido o la vulgaridad. Para ser buen traductor, a diferencia de lo que sucede con los buenos amantes, no siempre hay que sacrificar la exactitud.

lunes, abril 26, 2010

Mujeres, Lola Roig / Toni Martínez (ilustraciones).

Thule Ediciones, Madrid, 2010. 66 pp. 12 €

Ángeles Escudero

Es un prejuicio extendido que todo lo que suena a universo femenino creado por una mujer y dirigido a mujeres chirría a muchos (y a muchas), hace que piten los oídos de unos cuantos o, directamente, produce urticaria.
Desde el minuto cero se puede discutir este argumento con razones que, yo misma, me adelanto a exponer.
¿Por qué pensamos que es para mujeres? Una pista nos la ofrece la dedicatoria de la autora:

…a todas las mujeres…

Pero al final del libro nos encontramos con una segunda parte de la misma:

… y a algunos hombres.

Para responder a los cuales podríamos utilizar la fórmula del creativo y conocido comercial de Coca-Cola. Por ejemplo:

Para los que sienten,
Para los que lloran, para los que empatizan,
Para los atrevidos,
Para los que rompen moldes,
Para los que juegan,
Para los que inventan…

Por otra parte, es una obviedad que las mujeres somos, en general (bendita expresión de la lógica informal que nos permite proteger nuestro argumento de las excepciones), las que compramos este tipo de libros cuyo propósito, además del estético por sus cuidadas ilustraciones, es la reflexión sobre los sentimientos y emociones vitales. Realmente no sé si esto es poco, a mí no me lo parece. También podemos preguntarnos: ¿Es esto malo? Que cada cual responda en conciencia. Lo cierto es que a nosotras nos gusta verbalizar lo que sentimos (a veces hasta la extenuación, cierto es también). Nos gusta hacer una introspección interior en profundidad, y conocernos a nosotras mismas cada vez más. Además se nos da muy bien la empatía y, quizás es el momento de utilizar esa herramienta de la inteligencia emocional con nosotras mismas. Ellos siempre han sido fraternales (sentimiento de hermandad y camaradería entre hombres), y nosotras iniciamos el camino de la sororidad (término que según Marcela Lagarde expresa la ayuda y comprensión mutua entre mujeres). De esta forma a lo mejor daremos de lado al viejo tópico de que nosotras somos las críticas más feroces con otras mujeres.
Entendemos lo que siente otra mujer cuando habla (o cuando calla), cuando mira o cuando hace un gesto, y es una demanda perpetua (¿y utópica?) que siempre hemos pretendido que el hombre que tenemos cerca desarrollase esa habilidad. Nos resistimos a decirles las cosas, queremos que lo intuyan, que lo adivinen, que escruten ese maremagnun complejo que son los sentimientos de cada mujer (ni mejor ni peor que el de cualquier hombre, sólo diferente). ¡Con lo fácil que es pedir!
Bueno pues, a lo mejor, que nos conozcan un poco más es pretexto suficiente para que lo lean.
Pero ¿Qué es Mujeres? ¿De que trata este libro de Lola Roig? Reza en la sinopsis que «… es una visión intimista y personal de la mujer contemporánea».
A mi modo de ver las cosas es intimista porque se acerca a la reflexión, a través del pensamiento breve, pero intenso, fronterizo con el verso y el aforismo, aunque más cercano a la emoción que a la estricta y culta razón.
Personal, porque parte de una visión particular, la de Lola Roig, que expone con precisión y sinceridad su propia vivencia, entre la ficción y la realidad, que puede hacerse extensible a muchas de nosotras.
Pero he de decir que, pese a que efectivamente hay situaciones y vivencias contemporáneas en sentido estricto, hay también “universales” de carácter atemporal. Uno, quizás el que a mí más me perturba, es la culpa. En la literatura hay innumerables novelas que reflexionan sobre ella, al igual que en el cine. Sobrecogedora me pareció la visión sobre este sentimiento que nos muestra El orfanato de Juan Antonio Bayona que sabe dar al arrepentimiento, con maestría y una fuerza visual incuestionable, tintes dramáticos. En el libro que nos ocupa, Lola Roig, aborda este aspecto pero señalando su vertiente positiva, otra vez, desde la óptica de la inteligencia emocional. A las mujeres nos importa menos reconocer que nos hemos equivocado. El ser menos competitivas, no todas y no siempre, hace que no lo vivamos como pequeños fracasos. Aunque también hay un aspecto negativo, algo que hacemos muy mal porque nos produce un doble daño. En palabras de la autora:

A veces exploto y después pierdo demasiado tiempo
Buscando mis trocitos para recomponerme.

Estas palabras podrían servirnos para dar explicación a una acusación equívoca que se nos suele hacer. Se dice que tardamos en olvidar, que somos rencorosas. Yo no lo creo. Lo que ocurre es que a algunas de nosotras nos cuesta “sacudirnos” el dolor, la huella impresa que se nos queda de lo sucedido, y no tenemos la habilidad de pasar página tan pronto.
Otro universal que aparece en Mujeres es la perplejidad como aliciente. O sea, recuperar la ilusión, pasando por encima de la pereza que nos produce un mundo que no nos satisface y pasar a la acción, quitándonos de paso otro lastre en forma de tópico: el prejuicio ancestral de que somos pasivas por naturaleza.
Refleja también nuestra faceta de pensadoras infatigables ¿la diferencia con los hombres que comparten esta inquietud? Yo diría que damos también importancia a la reflexión sobre lo cotidiano, sobre lo pequeño, y esto sin renunciar a otras facetas sociales, políticas, científicas o de pura macroeconomía. Todo es importante.
En Mujeres, se hace un recorrido vital desde la infancia y el juego, hasta la vejez

Creo en los próximos cinco minutos
pasando por la juventud.
Un instante eterno de efímera juventud
y los pensamientos de madurez.

y esto, como se puede ver, a través de las palabras, prosa poética, y de las imágenes.
Lola Roig expone como, en algunas ocasiones es necesario deshacerse de lo viejo, reinventarse incluso, en un ejercicio creativo y vital. De esta forma alcanzaríamos la resilencia, podríamos aprender a vivir superando las adversidades y las frustraciones que ponen a prueba nuestro equilibrio físico y emocional, tal y como dice el eminente psiquiatra Luis Rojas Marcos. Podríamos, por ejemplo, quitarnos los complejos que nos agobian y nos quitan felicidad. Las mujeres hemos aprendido a gustarnos demasiado tarde y hemos perdido en el camino demasiados sueños e ilusiones.
Para el final he dejado lo que más me ha atraído del libro. Mujeres es un alegato a favor de la espontaneidad. Nos invita a vivir de arrebatos, como una forma de conocer el presente dándole bocados a la vida.