viernes, abril 02, 2010

Hainuwele y otros poemas, Chantal Maillard

Tusquets, Barcelona, 2009. 240 pp. 15.38 €

José Luis Gómez Toré

Chantal Maillard (Bruselas, 1951), Premio Nacional de Poesía 2004 por Matar a Platón, acaba de reeditar uno de sus libros más interesantes, Hainuwele, junto con una selección de textos pertenecientes a otros poemarios. En este libro (que ahora podemos escuchar también, en la voz de su autora, en el CD que acompaña al volumen), Maillard recrea un mito indonesio para aproximarse a lo que ha sido una obsesión constante en su obra, la muerte, convertida aquí en un acto de entrega amorosa. La joven Hainuwele, a quien la escritora presta su voz, comprende que su búsqueda amorosa tras el Señor del Bosque sólo puede culminar con su desaparición, lo cual supone una significativa inversión del mito inicial en el que el sacrificio no es decisión propia. Al igual que en otros de sus poemarios como el citado Matar a Platón, Maillard escribe no una suma de poemas, sino un libro unitario, sostenido por breves destellos narrativos, que nos invitan a recorrer un itinerario amoroso junto a la protagonista. La creación de un yo ficticio no supone en ningún momento una merma de la emoción; por el contrario, la renuncia a la confesión autobiográfica abre un espacio para la distancia, que es intelectual pero no emocional, que permite a la escritora y al lector explorar la peculiar experiencia amorosa, mezcla de Eros y Thanatos, que vive Hainuwele. Este distanciamiento relativo evita a Maillard la caída, que se da en ocasiones en otros tramos de su escritura, en cierta sequedad expresiva. Aquí, por el contrario, inteligencia y sentimiento, sensorialidad y simbolismo se dan de la mano para preguntarnos sobre nuestra relación con una naturaleza que nos desborda, que está a la vez fuera y dentro de nosotros.
Desde esta visión de la naturaleza, el intenso erotismo de muchos de los textos nos obliga a mirar el cuerpo como un enigma, atravesado por el deseo pero también por la conciencia de su destino mortal, destino que Hainuwele transfigura de condena en afirmación propia: «Tu nombre sabe a musgo y en mi boca/ se diluye/ como este ser de muerte que me habita/ y me crea, ve va creando/ en el grito, de un ave, el rastro de una hiena...». La sexualidad es en este libro un territorio que nos invita a explorar nuestra naturaleza animal. Sólo en ese reconocimiento de la animalidad parece posible una reconciliación con la muerte, con una vida que se crea y se destruye a cada instante, como en la danza de Siva a la que alude la autora en el interesante prólogo que precede a los poemas. La intensidad lírica que consigue en no pocos de los textos que conforman Hainuwele recuerda en ocasiones a la mística (un misticismo en el que se anudan las tradiciones occidentales y orientales), pero de una mística sin trascendencia, una mística de lo sagrado inmanente en la que la fusión con la totalidad no implica la supervivencia de un yo personal: «Existiré entonces en todo lo que veo,/ naceré del rocío,/ ciega, igual y distinta en cada aurora». La voz se debate entre su pertenencia a la constante metamorfosis de la corriente de la vida y su precaria individualidad: «Sólo aquello que tiene nombre muere». Y sin embargo, en su renuncia al propio nombre, ese nombre se salva como presencia, como memoria de una entrega.

jueves, abril 01, 2010

Burlando a la Parca, Josh Bazell

Trad. Benito Gómez Ibáñez. Anagrama, Barcelona, 2009. 320 pp. 18 €

Julián Díez

La influencia de las series de televisión —en ocasiones, incluso para bien— en la literatura es un tema que comienza a ser más que digno de estudio. En todas sus vertientes: como fenómeno de consumo, como productor de la imaginería contemporánea... y ahora, también, como influencia narrativa.
Burlando a la Parca es, según se admite en uno de los blurbs incluidos en su contraportada, una obra directamente heredera de House y de Los Soprano. En tiempos, decir algo así de una obra literaria —que tiene como modelos evidentes dos series de televisión— hubiera sido una forma de descalificación sutil pero contundente. Hoy es en cambio un atractivo para público sofisticado, no menos que lo sería citar influencias literarias que pueden detectarse sobre este libro como las de Roald Dahl o Donald Westlake.
La narración en primera persona corre a cargo de Peter Brown, antes Pietro Brnwa, y sigue dos acciones simultáneas, como cada una de esas personalidades sucesivas. La primera es médico residente en un hospital público de Nueva York; la segunda es la del asesino de la Mafia que tendrá que acogerse al programa de protección de testigos y optará por convertirse en médico, demostrando el mismo entusiasmo perfeccionista en sanar del que tuvo previamente en matar. Y quizá el poso más brillante del libro es que Brown vive en un entorno más aterrador en su condición de matasanos que en la de matapersonas.
El autor, que debuta con esta novela, de hecho trabaja en un hospital, lo que hace inevitablemente preguntarse por cuántos de los espantos que nos relata con un fustigante humor negro —en particular, a través de notas al pie de página empleadas como martillazos— son reales.
La acción comienza cuando un paciente mafioso del hospital reconoce en el médico al antiguo asesino, y le amenaza con revelarlo a sus jefes si fallece en una más que arriesgada operación quirúrgica. Peter rememora sus andanzas como criminal, como máquina de matar insuperable; de hecho, el final de la novela cae un poco en el territorio de lo que podríamos denominar “novela de fantasmas”, y no me refiero a la protagonizada por muertos que se aparecen sino a la de héroes a machotes a lo Ian Fleming o Tom Clancy. Sin embargo, su voz narrativa en primera persona es fresca y original, y resulta comprensible que Bazell proyecte utilizar al personaje en sucesivas novelas.
Entre algunos sucedidos relatados un poco con trazo grueso y varios personajes tópicos, también hay algún secundario memorable como el inútil aprendiz de mafioso Skinflick, el misterioso profesor Marmoset o el tronado doctor Friendly. Todos contribuyen a un relato que se devora ávidamente, con una sonrisa algo nerviosa en los labios.

miércoles, marzo 31, 2010

A tiro limpio, Boris Vian

Trad. Juan Manuel Salmerón. Tusquets, Barcelona, 2009. 120 pp. 11,54 €

Miguel Baquero

Trouble dans les andainsTemblor en los Andes— fue la primera novela editada por el escritor francés Boris Vian. Traducida al español como A tiro limpio, la novela estaba prácticamente desaparecida del mercado de nuestro país, hasta que, recientemente, y con motivo del cincuenta aniversario de la muerte, en plena juventud, de su autor, la novela ha sido reeditada por Editorial Tusquets, dentro de su colección “Andanzas”.
Es fama que Boris Vian, uno de los mejores exponentes de la bohemia parisina de los años 50, toda una institución en las caves de jazz, que comenzó a frecuentar con menos de veinte años, pese a que —o precisamente por que— la música negra estaba prohibida por el régimen de Vichy, músico él mismo, además de inventor, locutor y escenógrafo, decidió lanzarse a la escritura porque no encontraba, en el panorama literario, aquellas novelas que a él le gustaría leer. ¿Y cómo eran esas novelas? En A tiro limpio, su primera obra, y quizás su grito de libertad más pletórico, puede hallarse la respuesta.
A tiro limpio es, a falta de mejor expresión una completa locura. Para quien ya conozca u haya leído algo del autor, le sorprenderá en que en su primera obra ya se mostrara tan desinhibido, tan demencial, tan ajeno a cualquier regla, que ya desde la primera hora dejase la marca de su estilo. Para quien no haya topado nunca con Vian, le aguarda una aventura disparatada, sin lógica alguna, sin concesión a las reglas, y con un humorismo radiante. Una completa aventura.
Escrita en 1943, en plena Guerra Mundial, la novela, pese a su vitalismo —o precisamente por eso— no tuvo recorrido, así como tampoco las que vinieron posteriormente Habría que esperar hasta 1946 para que una novela de Vian tuviera éxito. Ocurrió con Escupiré sobre vuestra tumba, que escribió en apenas quince días para un amigo editor que pasaba por apuros, y curiosamente no la firmó con su propio nombre, sino como Vernon Sullivan, para darle cierta pátina “estadounidense” y creíble a su obra. Con igual seudónimo escribió otras novelas posteriores de creciente éxito, hasta que, acusadas las novelas de pornógrafas, se siguió un juicio durante el cual salió a relucir la verdad: que Sullivan no existía, y que el verdadero autor se llamaba Boris Vian.
A partir de ese momento, sobre Vian se cernieron las críticas y el desprecio del mundo editorial, que le hizo el vacío. Fue precisamente en la proyección de la película inspirada en Escupiré sobre vuestras tumbas (de cuyo proyecto fue apartado) cuando, de incógnito entre los espectadores, falleció de un ataque cardiaco.
La recuperación para el lector en castellano de A tiro limpio, supone un verdadero acontecimiento con motivo del cincuentenario de la muerte del autor. Para quien no conozca lo vertiginoso y excéntrico de su estilo, es una magnífica oportunidad para acercarse a él; para los admiradores del escritor, supone salvar un importante hueco en el conocimiento de su obra.

martes, marzo 30, 2010

La vida en un día, Javier Vázquez Losada

Asociación de escritores y artistas españoles, Madrid, 2010. 72 pp. 10 €

Recaredo Veredas

Escribir una poesía cotidiana que, sin embargo, no sea vulgar, y narrativa, sin ser prosaica, no resulta nada fácil. Javier Vázquez Losada lo consigue plenamente en su último poemario, premiado con el Blas de Otero de 2008. Algunos de sus poemas son casi aforismos, y conducen al lector, pese a su brevedad, a reflexiones poco frecuentes. Porque Javier conoce sobradamente el alma del hombre moderno, y sabe que nuestra soledad y nuestras neurosis son compartidas. Y, además, sabe que pocos se atreven a desvelar las zonas más oscuras, aquellas que llenan las consultas de los psicólogos y provocan noches de insomnio. Sin embargo, no es la suya una lírica desesperanzada, ni siquiera en los poemas más largos, próximos algunos al microrrelato aunque siempre líricos, siempre conscientes de la importancia de la palabra. Simplemente describe con precisión entomológica nuestras debilidades y fortalezas, asumiendo su carácter irresoluble e, incluso, su belleza.
Su demostración no solo gratifica al lector sino que ayuda a su espíritu, haciéndole ver la levedad y —lo que es casi más importante— la universalidad de sus preocupaciones y que tras cada fachada se esconde un poblado trastero, lleno de muebles oxidados, secretos inconfesables y cuentas sin saldar. La melancolía de Vázquez Losada no es destructiva —aunque la influencia del realismo sucio, de referentes anglosajones contemporáneos, exista y sea más que palpable— sino realista y ligeramente irónica. En esa mezcla de compasión, nunca explícita, y distancia radica probablemente el éxito de Vázquez Losada, lo que le diferencia de tantos y tantos adeptos a la descripción de la cotidianeidad y lo que hace que su mirada sea absolutamente personal.
Su utilización del verso libre no es obstáculo para la creación de un ritmo muy particular, cimentado en golpes secos, continuos, que no permiten que el lector despegue la mirada de las páginas. Un poemario escrito para el lector que, además, posee una considerable dignidad literaria. Una obra, en suma, muy recomendable.

lunes, marzo 29, 2010

El jardín de los suplicios, Octave Mirbeau

Trad. Lluís Mª Todó. Impedimenta, Madrid, 2010. 240 pp. 19 €
Trad. Carlos Cámara y Miguel Ángel Frontán. El Olivo Azul, Sevilla, 2010. 216 pp. 19 €.

Alba González

Que una misma obra se publique a la vez en dos editoriales cuyos fondos tienden a rescatar precisamente piezas olvidadas o jamás traducidas sólo puede indicarnos que ya era hora de contar con una edición moderna de El jardín de los suplicios. Hasta el momento, al lector interesado en esta novela de Octave Mirbeau (1848-1917) sólo le quedaba rastrear ediciones de dudoso gusto publicadas en los 80 en todo el ámbito hispano o recurrir a la lengua original.
Lo que se va a encontrar quien abra cualquiera de estas dos ediciones es una novela que resume su época y que tiene por mérito hacerlo a través de la mejor codificación de la mujer fatal en la literatura finisecular, a la vez que realizando una despiadada crítica al colonialismo y a la civilizada e ilustrada Europa. El lector puede quedarse con el erotismo o con la política y de hecho así se ha leído en esta centuria, saltando más a la vista el escándalo de lo primero. Hay que recordar sin embargo que este jardín es hijo de la Francia del affaire Dreyfus y sus consecuencias políticas; siendo en ella no menos importante la revolución ideológica y estética que desde À rebours de Huyssmans venía conformándose.
El jardín de los suplicios se compone de tres partes que como tales se crearon de forma autónoma pero se integran a la perfección. En la primera, “Frontispicio”, varios hombres de letras y de la política hablan sobre el mal en abstracto (concretando, leit motiv de época, en la mujer). Uno de ellos, radicalmente callado y sombrío, termina abriendo la boca para contar que precisamente mal y mujer se unen en la historia que es en sí tema de la novela. Durante la segunda parte, “En misión”, sabemos cómo ese hombre fue mandado de expedición científica para apartarlo de no pocos problemas políticos en París. En uno de los trayectos marítimos conoce a una mujer inglesa que viaja sola hacia China, Clara, y cae perdidamente enamorado de ella. Clara será la protagonista de la tercera parte, que da nombre al conjunto de la novela. Ese jardín es un hermoso lugar lleno de plantas y porcelanas de ensueño, que realmente sirve como espacio de torturas para la prisión local. Una vez a la semana, las puertas se abren para que los turistas (de nuevo mayoritariamente mujeres) puedan alimentar con carne putrefacta a los condenados mientras observan los tormentos. No hace falta decir que lo que Clara considera la más alta experiencia de placer y de belleza, deja no pocos escalofríos en el anónimo protagonista.
Tras el auge de Zola y su naturalismo, el mal y lo monstruoso pasan a interesar a los autores jóvenes de otra manera. No es tanto pintar al natural la realidad humana como descubrir el atractivo oscuro que ese otro lado del (supuesto) bien entraña. Los propios escritores del fin de siglo serán considerados degenerados y monstruos por una sociedad que no entiende cómo su juventud no resulta productiva y vigorosa, dinamitando las bases de la sociedad burguesa del momento. Pero El jardín de los suplicios nos enseña que esa sociedad de impecable doble moral sexual tiene no pocas taras filosóficas. Mirbeau nos ofrece dos mundos, la Francia ilustrada y civilizada (o el afán científico del Imperio Británico del que procede Clara) frente a una China salvaje y bárbara que no conoce los parabienes de la modernidad. No hace falta decir que con la agudeza que le es propia, el autor se encarga de contarnos que los adjetivos tal vez deban intercambiarse. Si una obra como El corazón de las tinieblas es elusiva en su planteamiento del colonialismo, encontraremos aquí una pieza que puede competir en calidad pero desde luego se muestra mucho más hiriente para con la civilización europea. Dice el anónimo protagonista tras la intensa sesión en el Jardín: «¡Y son los jueces, los soldados, los sacerdotes, los que, por todas partes, en las iglesias, los cuarteles, los templos de la justicia, se afanan en la obra de la muerte!» (pág. 211 en Impedimenta).
Pero lo que sin duda más llama la atención de esta novela es su protagonista. Clara, viajera inglesa que en sus rasgos muestra el canon de la femme fatale a la manera prerrafaelita y delicada; una mujer que cree más hermosa que la vida la muerte y desde luego la muerte y el dolor los entiende como formas sublimes del amor y de la belleza. Con estos mandamientos que están más allá de los que Dorian Gray profesó, el horror se despliega ante los ojos del narrador y de sus lectores; el hombre que en París creía haber descendido a los infiernos y haber caído en las mayores bajezas, se siente un niño ante ese monstruo que es Clara: «¡Los monstruos!..., ¡los monstruos!... En primer lugar, ¡no hay monstruos!... Lo que tú llamas monstruos son formas superiores o que escapan, simplemente, a tu concepción… ¿Acaso los dioses no son monstruos?... ¿Acaso el hombre de genio no es un monstruo, como el tigre, como la araña, como todos los individuos que viven por encima de las mentiras sociales, en la resplandeciente y divina inmoralidad de las cosas?... Pero entonces, ¡yo también soy un monstruo!»(pág. 174 en El olivo azul). Y desde luego Clara es ese monstruo que puebla poemas, novelas, alucinaciones y cuadros en todo el período del cambio de siglo, metonimia del peligro y la caída, pero sobre todo de la tentación.
Si una sociedad es represora en su moral bajo argumentos de decencia y progreso, podemos pensar que no se debe a un riesgo real de disolución de quién sabe qué costumbres. Prohibir es cerrar bajo siete llaves los propios demonios. Esos demonios de la Europa finisecular son los que desata Mirbeau en El jardín de los suplicios, demonios que en parte, aunque bajo otros nombres, siguen siendo radicalmente contemporáneos.