viernes, enero 22, 2010

El caballo amarillo, Boris Savinkov

Trad. e introd. James y Marian Womack. Impedimenta, Madrid, 2009. 192 pp. 18,20 €

Fernando Sánchez Calvo

Boris Savinkov fue un gran aristócrata, un gran escéptico, un gran revolucionario y un gran terrorista. Por lo tanto, El caballo amarillo (Impedimenta, traducción y prólogo de James y Marian Womack) es el diario y testamento de un gran aristócrata, un gran escéptico, un gran revolucionario y un gran terrorista. Grande, sin exclusión, en todas las facetas, pues todo lo hizo bien (hasta el mal). El punto de partida: un comando de insurrectos prepara un atentado contra el gobernador general de Moscú. El objetivo: el zar y toda su corte deben caer para que el pueblo suba. El protagonista: George O’Brien, fiel trasunto de Savinkov, nihilista y revolucionario convencido para quien (en sus propias palabras) «la sangre es como el agua». El antagonista: la policía secreta del Zar y, por qué no, el mismo George O’Brien, el hombre idóneo para salvar a todo el pueblo ruso de la tiranía pero no para vivir en paz consigo mismo; es el sino del revolucionario, que sirve para luchar, cambiar una situación; no desde luego para disfrutar de dicho cambio. De todo ello (y a base de breves apuntes o notas) Boris Savinkov teje un ejercicio místico donde matar es más un acto de fe que un medio, más un estilo de vida que un oficio. Por otra parte resulta obvia la tradición de El caballo amarillo: Dovstoevsky y todos los realistas rusos que luego resultaron no ser tan realistas; sin embargo, Savinkov no hace de su novela un diario de acontecimientos tal y como sería esperable, sino un diario de sensaciones, de vueltas a lo ya dicho, de cansancios y dudas; «¿cuál es el sentido de todo esto?», se pregunta varias veces y de varias formas el protagonista; nunca se responde, pues no hay ninguna solución para quien no conoce sus objetivos. Quizás la única salida sea el amor que, con devoción, siente por Yelena, compañera casada a quien O’Brien es incapaz de conquistar espiritualmente hablando. Nos situamos por lo tanto ante una novela de aventuras ya conocidas, de intrigas casi resueltas, donde lo más insondable e imprevisible es el ser humano y sus relaciones con los demás. «Estoy cansado de la gente y sus vidas», reconoce en un momento crítico nuestro hombre, seguramente más escéptico y menos vital que su trasunto en la realidad, Boris Savinkov, quien siempre vivió a caballo entre varios países, entre dos mundos políticos, sobre la frontera, y nunca se quedó en ningún sitio, ni siquiera en la prisión en la que sus propios compañeros bolcheviques le reservaban una plaza.

jueves, enero 21, 2010

Musicofilia, Oliver Sacks

Trad. Damián Alou. Anagrama, Barcelona, 2009, 464 pp. 21 €

Sofía Rhei

Quizá haya alguien que aún no conozca la obra del neurólogo norteamericano más famoso del mundo. Si así fuera, esa persona tiene la suerte de poder descubrir al hombre que confundió a su mujer con un sombrero, al tío Tungsteno, un antropólogo en Marte o una isla entera de ciegos al color.
¿Por qué nos resulta tan endemoniadamente fascinante cualquier cosa que salga del procesador de textos de Oliver Sacks? Pues porque nos habla de nosotros mismos. Hace una especie de realismo mágico de la pura realidad. Nos habla de los trastornos mentales desde una serie de puntos de vista que nos hacen cambiar nuestras concepciones acerca de numerosos aspectos de la mente, y por tanto, de la percepción, y por tanto, de la realidad.
«En los primeros días que pasé en casa hubo algo que me incomodó enormemente. Ya no me interesaba escuchar música. Oía la música. Sabía que era música, y también sabía lo mucho que me gustaba escuchar música. […] Sólo que ahora no significaba nada. Me resultaba indiferente. Algo malo me ocurría.»
A menudo reconocemos experiencias personales, o ecos de ellas, en los casos clínicos descritos por el doctor Sacks. Por una parte, existe una sensación de fragilidad al darse cuenta de lo sencillo, gratuito o inesperado que puede ser adquirir un grave trastorno mental, pero, como contraposición, también nos quedamos con la certeza de que hay muy pocas cosas que no tengan algún tipo de solución.
«Toda la gente que padece el síndrome de Williams adora la música.»
El autor menciona diversos casos relacionadas con la música que ya aparecieron en libros anteriores, especialmente los primeros. Menciona la percepción musical de los sordos como ya hiciera en Veo una voz. Habla, como siempre, de sinestesia. Y sin embargo, no importa en absoluto que se repitan los datos cuando lo que importa es el discurso, un arrojar luz sobre lo impensable del pensamiento. Aunque presta atención a todas las fronteras de la mente humana, a Sacks le interesan las mentes brillantes, las peculiaridades meritorias, las excepciones por arriba. Buscando las causas del genio o del talento encuentra que a veces la enfermedad está en el origen de estos, o viceversa.
Puede que este sea el menos lírico y esperanzador de sus libros, y a cambio, uno de los más científicos. Profundiza más que divulgar. Sin embargo, no deja de contener una serie maravillosa de ideas y descubrimientos, como esta fascinante canción sobre la tabla periódica de cuyo autor, Tom Lehrer, me he hecho automáticamente fan:






miércoles, enero 20, 2010

Mutatis Mutandis, Javier García Rodríguez

Eclipsados, Zaragoza, 2009. 76 pp. 13,52 €

Sofía Castañón

Que esto de la literatura no se toma muy en serio puede comprobarse en las mesas de novedades de las grandes librerías. Sólo hay que mirar el tanto y el qué que se publica. Y si aún no se ve claro, echarle un ojo a los popes mediáticos de la cosa literaria, revistas que parecen la Cuore pero con la pretensión de desnudar las mentes (y ya quisieran esas mentes en porretas ser la mitad de interesantes que los cuerpos de las revistas para post-adolescentes). Que la cosa no es seria, sí. Y que para mayor despropósito se intenta compensar poniéndose —autores, editores y mundillo— aún más serios. Javier García Rodríguez lo hace a la inversa: de manera gozosamente poco seria habla de cosas serias. En su prosa irreverente encontramos más enjundia y verdades que en los tonos afectados que se utilizan para hablar finalmente sobre el botox o el telefonillo de la ducha. Más claro queda con el propio bajotítulo: Hacia una hermenéutica transficcional de las narrativas mutantes: de Propp al afterpop (o “nocilla, qué merendilla”).
Mutatis Mutandis es un libro híbrido como un monstruo cultivado, la excusa hipertexturizada —pero con hilvanes finos, no se piensen— para retratar desde algo como post-cubismo (porque en estos tiempos todo es post) a la denominada “generación mutante” de escritores. El protagonista, al que con tanta palmadita en la espalda de la voz del autor no se puede ver como su alter ego –más bien hijo ingenuo-, es un profesor de Historia de la Literatura con todas las mayúsculas precisas para que aquello suene a libros llenos de poso con letras llenas de polvo. Las moderneces (post-moderneces, me perdonen) no le interesan lo más mínimo hasta que por honor, dinero y amor —del propio— se ve sumergido en la epopéyica empresa de entender y así explicar qué se traen entre manos los mutantes. Conspiración judeomasónica, un pacto desde el principio de los versos, intrigas palaciegas o de pasillos de facultad, gigantismo o niños gigantes que escriben novelas plagadas de su imaginería infantil.
En esta novela, que no se reconoce como novela, hay una novela dentro. Y hay crítica literaria, que se reconoce como cítrica literal. Y pasajes introspectivos como pasadizos que dejan al lector expectante. García Rodríguez nos hace reír para que entendamos que la literatura quizás sí que se la toma un poco en serio. Sólo alguien al que le importe la difusa, imprecisa y secuestradora cosa literaria se molesta en escribir un libro (editado con gusto, como lo están siempre los libros de la editorial Eclipsados) que atrape al lector, que lo estimule y hasta lo respete. Se queda adherido a las manos desde el primer momento y hasta acabarlo, con una suerte de emulsión indeleble en las paredes de estas cabezas nuestras que a base de tanto bluff como se publica andaban revestidas con el papel pintado de la abuela o los pósters del grupo indie de moda. Mutatis Mutandis, menos mal.

martes, enero 19, 2010

Celda 211, Francisco Pérez Gandul

Lengua de Trapo, Madrid, 2009. 224 pp. 16.60€

Miguel Baquero

Una de las características de las buenas novelas, o quizás la principal característica de las buenas novelas, es que, aun partiendo de un planteamiento inverosímil y rayano en lo absurdo, logran hacerlo creíble, consiguen darle cuerpo suficiente y acaban por construir un auténtico universo autónomo. Un mundo paralelo con su propia naturaleza, su particular lógica, su mecánica independiente.
Celda 211, la novela de Pérez Gandul editada por primera vez en el año 2004 y de la que ahora sale la segunda edición aprovechando el “tirón” de la película, arranca de una idea algo forzada y poco creíble. Un funcionario de prisiones recién llegado a una cárcel, y repentinamente atrapado en medio de un motín de los presos más peligrosos, logra no sólo ocultar su condición de carcelero, sino que hábilmente se convierte en la mano derecha del cabecilla. Es una idea muy poco sostenible e incluso un pelín ridícula; poco más que un juego de ingenio o el pasatiempo de una revista dominical. Pero a partir de esta base de arenas movedizas, comienza sorprendentemente a alzarse una novela…
Apoyada en un lenguaje agilísimo, traslación fidedigna de los registros más suburbiales, apoyada también en un uso dinámico y siempre significativo de los cambios de narrador, de los distintos puntos de vista, y sostenido en la creación de unos personajes tan auténticos como en todo momento (y pese a todo) entrañables, Celda 211 se lanza sin ningún complejo y con todas las armas de la mejor literatura a explorar en el trasfondo de las personas. La novela es un relato de lo que se oculta en el fondo de nosotros mismos y que no conocemos, ni conoceremos nunca hasta que las circunstancias nos obliguen a ello. Ese ser que late dentro de nosotros y de cuya maldad o de cuya bondad nunca habíamos tenido indicio.
La crítica cinematográfica ha sido unánime en alabar el personaje de Malamadre, el jefe de los reclusos amotinados, el tipo más chungo de la cárcel y del que hace una interpretación sublime Luis Tosar. Pero quizás más mérito literario que Malamadre tiene la otra figura capital de la novela, el funcionario que debe disimular su condición y que al fin se nos muestra como una patética (en el mejor de los sentidos) marioneta del destino, en la línea (y no creo estar exagerando) de una tragedia griega. A tal nivel se eleva, desde una anécdota casi peregrina, esta magnífica novela.

lunes, enero 18, 2010

Como la flor del almendro o allende, Mahmud Darwix

Trad. Luz Gómez García. Pre-Textos, Valencia, 2009. 220 pp. 25 €

José Luis Gómez Toré

Como la flor del almendro o allende es el enigmático título del último libro que Mahmud Darwix (Birwa, Palestina, 1941-Houston, EEUU, 2008) publicó antes de su muerte (la traducción de este volumen corre a cargo de Luz Gómez García, que ya nos ofreció una nutrida selección de la obra de Darwix en la muy recomendable antología poética que preparó para esta misma editorial). Una vez más podemos comprobar cómo la fuerza expresiva de esta voz proviene paradójicamente de la conciencia de su precariedad, de la convicción de que siempre se habla, y sobre todo en el poema, al borde del balbuceo. Sin embargo, «¡No peligra la poesía/ si balbucea, o porque yerre/ magníficamente en los símiles!». O si peligra, se trata de un riesgo necesario, de ese salto mortal sin el que no puede tener lugar el milagro siempre escaso de la iluminación poética.
Los poemas de Darwix brotan de una experiencia del lenguaje siempre en peligro de callar antes de tiempo o de decir demasiado. Esta experiencia de la palabra no es probablemente ajena a la vivencia personal del exilio ni al hecho de pertenecer a una tradición como la árabe. La cuestión de la lengua no es aquí (en poesía, nunca lo es) un asunto secundario: estos versos se escriben en un idioma que no es sólo la lengua de esa Palestina a la que no se permite existir como país sino también la de una amplia comunidad lingüística y cultural, que para el poeta exiliado se constituye en una nueva pregunta sobre la compleja relación entre Oriente y Occidente. Significativamente, el poema que cierra el libro lo dedica a otro exiliado palestino, su amigo Edward Said, quien tanto reflexionó sobre los movimientos de atracción y repulsión entre el Occidente hegemónico y el mundo árabe. Con todo, conviene recordar al respecto lo que Darwix afirma en ese último poema: «Ningún Oriente es completamente Oriente,/ ningún Occidente es completamente Occidental». Toda identidad es plural y, aunque en todo el libro resuena una pregunta por la identidad propia y colectiva, dicha pregunta nunca puede contestarse definitivamente. Cuando la identidad deja de ser pregunta, corre el riesgo de convertirse en una máscara que sustituye el gesto vivo del rostro por una mueca petrificada.
Como el puente que simboliza el exilio en "Niebla densa en el puente", en la poesía de Darwix se establecen continuamente vasos comunicantes entre lo privado y lo público, entre el individuo y la colectividad, entre la alcoba íntima y la historia, entre las palabras y las cosas... pero al igual que en el símbolo del puente, esa unión es también el signo de una distancia, del peligro de permanecer en tierra de nadie o incluso de caer en la esquizofrenia de identidades irreconciliables. El escritor palestino no parece concebir otra identidad que la que se construye en el diálogo con el otro (el otro amigo, el otro que es la amada, el otro que es también el enemigo). Y a falta de un tú con el que conversar, el yo poético se ve impelido a hablar consigo mismo, con ese desconocido que forma parte del propio yo y al que tal vez sólo la poesía puede arrancar de su mutismo. Uno de los aspectos más interesantes de la obra del palestino es ese continuo oscilar entre el diálogo y el monólogo, el juego con los pronombres personales, la polifonía de voces que amenazan con disolver la precaria conquista de una identidad y que, sin embargo, son al mismo tiempo la unica posibilidad de mantener esa identidad abierta y por lo tanto viva.
Claudio Guillén, en el hermoso libro El sol de los desterrados, estudió los vínculos que se establecen en la literatura universal entre el exilio real del desterrado, con causas políticas muy concretas, y el exilio metafórico que remite a la experiencia de desarraigo que es quizá consustancial a nuestra condición humana. Darwix logra, y no es poco mérito, que el exilio real acabe simbolizando el exilio de todo ser humano que persigue un espacio propio, pero sin que esa metaforización borre el referente concreto de quien vive fuera de su Palestina natal por razones nada metafóricas.
Como la flor del almendro que da título al libro, la belleza de estos versos surge de la experiencia de la fragilidad. Precisamente por ello la voz de Darwix suena convincente tanto cuando refleja las perplejidades del yo como cuando se acerca a los conflictos de la historia (conflictos que por otra parte revelan la dificultad de separar lo público y lo privado, ya que la voz del exiliado sabe que su intimidad no es ajena a la historia de la colectividad a la que pertenece). La poesía de Darwix es a un tiempo exilio y morada, negación de toda patria y patria provisoria que nace tal vez de la posibilidad de un diálogo verdadero, no manchado por la mentira ni por las relaciones de poder. Por ello, las alusiones metapoéticas (y metalingüísticas), que encontramos aquí y allá, no nos hablan sólo del oficio del escritor, sino de la posibilidad, siempre frustrada y siempre renovada, de habitar en el mundo: «¿Y quien - si/ me expreso en lo que no es poesía- conocerá/ la tierra del forastero?».