viernes, enero 15, 2010

Fin, David Monteagudo

Acantilado, Barcelona, 2009. 350 pp. 19 €

Francesc Miralles

Es refrescante que el actual autor revelación de las letras españolas tenga una biografía tan modesta. Leemos en la solapa: «David Monteagudo, gallego afincado en Cataluña, descubrió su vocación literaria a los cuarenta años. Fin es su primera novela».
Intrigado porque un debut tan sonado no procediera del mundo del periodismo, de la edición o de la farándula, pregunté por él a quien fue su descubridor, el escritor y amigo Jordi Llavina. Al parecer, Monteagudo le había abordado en Villafranca del Penedès, donde ambos residen, para pedirle que leyera el manuscrito. Tal vez porque el espontáneo trabajaba (y trabaja) en una humilde fábrica de cartón, el autor de Nitrato de Chile aceptó el incómodo tocho en DINA4 para hacer la típica lectura en diagonal tras la cual se contesta a los llamados «escritores de domingo». Su sorpresa fue encontrarse ante una novela que no sólo estaba muy bien escrita, sino que por su originalidad suponía una bocanada de aire fresco para las letras de este país, demasiado empantanadas en lo literario con sucedáneos del Nocilla dream. Tras completar la lectura, recomendó la novela vivamente al editor de Acantilado, que publica casi exclusivamente traducciones. Jaume Vallcorba se entusiasmó con la propuesta, que una vez publicada contó con el apoyo en la prensa del propio Llavina, además de la de otros popes de la cultura escrita como Ricard Ruiz o Care Santos. La novela pronto se encaramó a las listas para ser la sensación de la temporada.
¿Qué tiene Fin para cosechar tantas adhesiones? Para empezar, el lector siente desde el principio que se halla ante una narración absolutamente fresca, con una inusual mezcla de ingredientes para lo que se publica por estos lares. Lo que al principio parece una novela social en la línea de El Jarama muta rápidamente hacia el terror psicológico, para posteriormente acercarse a la narración apocalíptica, lo que le ha valido también comparaciones con La carretera.
El argumento no puede ser más inquietante: nueve antiguos amigos que en su juventud frecuentaban un refugio de montaña deciden cumplir la promesa de regresar allí 25 años después. El lugar les trae recuerdos agridulces porque, antes de la disolución del grupo, gastaron una broma salvaje al santurrón de la banda, apodado como «el Profeta». Qué sucedió es uno de los misterios que mantienen al lector en vilo, más aún cuando, una vez reunidos en el lugar del crimen, se dan cuenta en plena noche de que sólo falta uno: justamente el Profeta. ¿Dónde está? A partir de aquí empieza la novela de terror, que no tiene nada que ver con una venganza a la manera de Stephen King con Carrie. El desarrollo de los acontecimientos es mucho más sutil, extraño e inesperado. Y hasta aquí puedo contar.
Como toda opera prima —de hecho, como toda novela—, Fin no está exenta de defectos y hay momentos en los cuales la tensión decae, para volver a remontar decenas de páginas después. A muchos lectores no les gusta justamente el fin, mientras que casi todos coinciden en que el arranque es espléndido. Algunos de los protagonistas resultan tan cargantes que deseamos que caiga sobre ellos la furia del invisible Profeta, pero eso es una virtud de la narración. Monteagudo traza una galería de personajes muy potentes y representativos de la generación que hoy ha entrado en la cuarentena. El retrato psicológico a través de los diálogos es profundo y mordaz, lo cual se combina con unas descripciones paisajísticas de gran poder evocador.
En conjunto, es una novela que atrapa, asombra —hay más de un golpe de efecto— y deja al lector con el deseo de que Fin sea sólo el principio.
Afortunadamente el autor tiene otros nueve manuscritos en el cajón y, según me han chivado, al menos dos verán la luz en breve plazo: nos espera una novela de mayor calado literario que ésta, también con un componente de terror, y un libro de cuentos que —me aseguran— es aún mejor que ambas obras.
Por lo tanto, buenas perspectivas para nuestras letras de la mano de un discreto autor que no hace presentaciones y raramente concede entrevistas —¿se identificará tal vez con el Profeta?—, pero que promete desbancar a los falsos modernos con historias sorprendentes y una mirada sobre el mundo totalmente personal.

jueves, enero 14, 2010

Cuentos completos, Vladimir Nabokov

Trad. María Lozano. Alfaguara, Madrid, 2009. 816 pp. 24 €

Recaredo Veredas

La obra de Vladimir Nabokov está marcada por la nostalgia, por la añoranza inagotable –e incurable- de la Rusia de su infancia. Un mundo injusto y tiránico –la familia del escritor formaba parte de la élite política zarista, aunque fuera en su vertiente pseudodemocrática- pero a nadie puede negarse la propiedad y la justicia de sus primeras memorias, y menos cuando son formuladas con tanta belleza. El ruso, tal y como afirma en Habla memoria, no recriminaba a los bolcheviques que despojaran a los suyos de su vasto patrimonio sino que le hurtaran sus recuerdos. Se percibe, aunque no siempre lo exprese de modo directo, en su melancolía, en su obsesión por la belleza del instante y su inmediata añoranza: «Me di cuenta de que el mundo no representa para nada una lucha, ni tampoco una secuencia de ávidos acontecimientos casuales, sino una dicha trémula, una inquietud turbada y benéfica, una dádiva que nos ha sido concedida e ignorada».
No es el de Nabokov un estilizamiento vacío: corresponde con su mirada sobre el mundo. Con una ética con la que se puede mantener un absoluto desacuerdo pero cuya plasmación es irrebatible. Su fijación por el lenguaje no impide que sea capaz de recrear sentimientos sumamente complejos en apenas una frase, logrando casi de inmediato la identificación del lector. La técnica no es para V.N. un simple medio de exhibición sino el camino que le permite transmitir con plena fidelidad sus pretensiones. Gracias a ese dominio puede deslizarse con extrema facilidad de la novela al relato y conseguir, a un tiempo, innovar y crear obras certeramente clásicas. Puede oscilar a su antojo desde un tono infantil hasta otro puramente realista.
En estos relatos no rigen las mismas medidas del tiempo y el espacio que en nuestro mundo. Su distorsión es próxima a la de otros eslavos oníricos, como Marc Chagall. Es la suya una perspectiva capaz de convertir un barrio de emigrantes de Berlín, donde su familia malvivía junto con miles de rusos blancos, en un espacio tan hipnótico como los parajes de Ada o el Ardor. Él mismo define, en estas páginas, la causa de su peculiar enfoque de la realidad: «De la misma manera nosotros, los escritores, alteramos los temas de la vida a nuestro antojo para que se acomoden al instinto que nos lleva a buscar una suerte de armonía convencional, una especie de concisión artística». Puede apreciarse la influencia de los movimientos que le circundaron, como el expresionismo berlinés (sus tranvías, sus perspectivas dislocadas, su caótico y bullicioso orden), que modificaron, aunque nunca sustancialmente, su perspectiva.
Son las suyas historias de amor extrañas, vividas y sufridas entre seres melancólicos. Nabokov se muestra como un amante de la inocencia de los monstruos, masacrada por la modernidad, como le ocurre a ese dragón, utilizado como soporte publicitario por una marca de tabacos, que prefiere morir antes de soportar la pérdida de valores de la sociedad contemporánea.

miércoles, enero 13, 2010

La isla de los perros, Daniel Davies

Trad. Federico Corriente. Anagrama, Barcelona, 2009. 236 pp. 17 €

Jorge Díaz

La foto de una mujer rubia que se desabrocha el sujetador de espaldas dentro de un coche azul que parece clásico ilustra una portada demasiado atractiva como para no fijarse en la novela. Se llama La isla de los perros y en la contraportada se compara al autor con Easton Ellis y con Houellebecq, me gustan los dos, me apetecía leerla.
Jeremy Shepherd, Shep en su ambiente nocturno, era un joven ejecutivo, director de una revista para hombres, bien pagado, con un BMW, un apartamento de lujo en uno de los mejores barrios de Londres y amante de bellas modelos, un triunfador en toda regla. Pero un día entra en crisis —dice Daniel Davies en la novela que crisis es cuando en lugar de preguntarte dónde cenas, te preguntas qué estás haciendo con tu vida— y decide dejarlo todo, contarles a sus amigos que se marcha a ayudar a los nativos en una aldea africana y trasladarse, en realidad, a la pequeña ciudad industrial del interior de Inglaterra en que nació —tan fea que la Luftwaffe no la bombardeó durante la Segunda Guerra Mundial, bah, para qué, pensaron y siguieron de largo— conseguir un empleo de funcionario en una oscura e inútil oficina gubernamental y vivir, otra vez, en casa de sus padres.
Abandona todo menos lo que realmente le importa, el sexo. A Jeremy Shepherd lo que más le gusta en el mundo es follar. Pero no con una amante en la cama después de una cena romántica con velas. A Shep le gusta follar al aire libre, en reuniones multitudinarias donde unos se exhiben y otros miran, donde algunos hombres comparten a sus mujeres con otros hombres y viceversa, donde a algunos les gusta follar mientras les miran y a otros mirar mientras aquellos follan…
En el mundo gay siempre se conoció el cancaneo, para los heterosexuales, aunque no sea algo nuevo —Catherine Millet en La vida sexual de Catherine M. sitúa su versión francesa clásica en el parisino Bois de Boulogne— tiene más que ver con Internet y se usa preferentemente su nombre inglés, dogging: quedadas multitudinarias convocadas en la red para sesiones de sexo con desconocidos en lugares públicos. En España aún se dan poco, pero en Gran Bretaña son una institución: aparcamientos, áreas de descanso de carreteras, polígonos abandonados, parques… Un lugar, una fecha y una hora lanzada al ciberespacio en una de las páginas en las que todos coinciden y los habituales del circuito, la comunidad que le llama Shep, se presentan para cumplir con una ceremonia que tiene todas sus pautas marcadas.
La duda de con quién se encontrará, qué tal se dará —aquella noche conseguí más de lo que esperaba: un polvo, dos pajas y una mamada en el espacio de tres o cuatro horas, dice de una de las citas— la posibilidad de que aparezca la policía y detenga a los participantes acusándoles de ultraje contra la moral pública, la proliferación de cámaras de vigilancia, la existencia de grupos de skins que ocasionalmente aparecen para dar una paliza a los degenerados que se reúnen allí, los intentos de chantaje y los polvos memorables… En todo eso encuentra Shep su placer. Tiene hasta tarjetas de contacto que reparte entre las parejas para ser avisado en futuras quedadas, en ellas está su lema: Seguridad, placer, distinción…
La isla de los perros está estructurada en un prólogo, un epílogo y cinco partes. En el prólogo, el autor, Daniel Davies, narra su encuentro con Jeremy Shepherd, convaleciente en un hospital; Shepherd le cuenta su estilo de vida alternativo y los dos acuerdan que le enviará material para escribir un libro. El material le llega a Davies, que se limita a ordenarlo en lo que constituyen los cinco capítulos de la novela. En el epílogo, Davies vuelve a ser el narrador para contarnos su contacto con Shep tras la publicación. Parece que el autor tiene el empeño de remarcar que no es una novela autobiográfica aunque esté escrita en primera persona.
Los cinco capítulos son episodios sueltos que forman una historia central, aunque la trama no es muy elaborada y no aparece narrada en progresión, da la impresión de ser sólo una excusa para indagar en las costumbres sexuales de la sociedad rural inglesa. En el epílogo, una sorpresa, lo menos afortunado de la novela: no la cuento para no fastidiarle la lectura a nadie, pero de tan anunciada, yo la había descartado.
La isla de los perros es una novela de sexo, pornográfica en algunos fragmentos, pero también es un análisis de la ambición, de las vías de escape de una sociedad y de la vuelta a la vida sencilla. Divertida y fácil de leer. Me alegro de que su portada fuera tan atractiva…

martes, enero 12, 2010

Libre para partir, Martín López-Vega

Trabe, Oviedo, 2008. 262 pp. 18 €

Sofía Castañón

Decimos turista incidental y que esto no engañe al lector: en este libro de viajes no hay turista. Hay una isla, de nombre Martín, que se mueve por las calles, las orillas, los cafés y los bosques. Y esa isla con un equipaje esencial, como el de un caracol, nos habla del mundo que va descubriendo. Y de cómo el mundo le va descubriendo por el camino.
Libre para partir es una recopilación de libretas y cuadernos, de anotaciones en trenes por el corazón de Europa, de servilletas frente a un café en el Trastevere. Tiene alguna postal de las que no llegan a enviarse, y varios relatos donde los amigos saben hacer la respiración asistida cuando parece que se ha esfumado cualquier esperanza. Lasciate ogne speranza, rezaba Dante en su travesía tricolor. Pero Martín López-Vega, que se mueve por estas páginas en trenes de coche cama o en vaporetto, encuentra nuevas ilusiones al entrar en cada ciudad. Aunque sea como el poeta que vive en esa isla y busca en ocasiones el momento de despedirse.
En la isla que viaja vive, como decía, un poeta, y en el Jardín Japonés de Buenos Aires escribe: «El pez dorado/ cruza el lago en zigzag/ -y no decide nada». Pero el poeta no vive solo, lo que es un alivio para la isla, que quizás no podría soportar esa preñez de saudade. Vive también un irónico traductor, que se deja llevar por la realidad que lo saluda, enérgica, cuando en Viena, «en la plaza de Karajan, un gallego grita: -¡Mira! ¡A praza do carallo!» o que en Berlín nos acerca un poema de Kurt Tucholsky sobre el cementerio judío. En alguna parte de la isla está un cronista ácido del tiempo, que puede ver extasiado un relámpago en París (“me he puesto a pensar en qué puede significar eso, como si todas las cosas significasen algo) hasta que se encuentra “al español que lleva dentro” y “se ha acabado la literatura. –Significa que hay tormenta, gilipollas”.
Como en toda isla, está también un naufrago, con barba de Ulises y con la brújula de Ítaca desmagnetizada. Y un crítico de calles, que sabe cuándo un lugar es de mentira, como si Santa Bárbara fuera un cruce entre los decorados del western y “una ciudad andaluza made in Walt Disney”.
Por el camino, muchos no verán una isla, si no un hombre con un gusto especial por los cafés, por los jardines, por recoger en pequeñas estampas caligráficas las ciudades que se va encontrando y que cambian como ríos. Un hombre que escribe en la puerta de unos baños públicos de Budapest, entre una madeja de inscripciones patrióticas, “Martín é nação” pues, como argumenta, “yo soy nación y declaro en mí oficial el portugués”.
Esta isla no es un turista porque incide sobre la tierra nueva que está pisando, y eso los turistas no saben –no sabemos, porque todos a veces turisteamos hasta en la casa que planeamos habitar- o no quieren hacerlo. Este turista incidental, que es como una expresión antagónica en sí misma, podría vivir en una hipotética película de Manoel de Oliveira, en la que dos personajes mantuvieran un diálogo con frases como “-En realidad, cada familia vive en una isla. Cada hombre vive en una isla”.
Una piensa que Libre para partir es un libro para regalar a muchos amigos que se quedaron prendados de Venecia, de Lisboa, de Berlín, de Oporto, de Helsinki… Y mientras piensa eso, el paisaje amarillento y castellano que corre por la ventanilla del tren se va volviendo cada vez más verde y en los asientos de al lado una niña, que se subió en Valladolid y va a Gijón, le pregunta a su madre si ya han llegado a España.

lunes, enero 11, 2010

El resplandor de la lágrima, Belén Núñez

Renacimiento, Sevilla, 2009. 48 pp. 8 €

Sofía Rhei

«Los curas van de negro porque son la sombra de Dios.»
Se trata de una poesía ligeramente surrealista, construida alrededor de imágenes a menudo poderosas y casi siempre inquietantes. La fusión de memoria y sensaciones tangibles o visuales da como resultado un deslizamiento de lo cotidiano hacia lo incómodo, cierta deconstrucción de la percepción.
Sin mucha justificación, a mí este libro me trae a la cabeza la imagen de las ruinas de un edificio urbano. El solar está vacío, pero en las paredes permanecen los papeles de las paredes, los azulejos, las pinturas, las huellas de los peldaños, algún cuadro aún colgado. No queda más remedio que imaginar cómo eran las personas que vivían allí, o como son los fantasmas sin peso capaces de seguir habitando esos pisos, de subir esas escaleras que ya no son nada mas que líneas, proyecciones.
De ese modo, con muy pocas palabras, la poeta nos habla de muchas cosas. La yuxtaposición poética funciona como multiplicación: las cosas no son sólo aquello a lo que se refieren las palabras por separado, sino una tercera cosa, nunca antes dicha, que brota de ese encuentro inesperado: "surcos de letras", "blancos átomos", "las llaves de la tierra".
Si la poesía es este solapamiento, este encontrar un sabor desconocido en las palabras de todos los días, entonces el libro de Belén Núñez es poesía.
Compren poesía, lectores.