viernes, noviembre 20, 2009

Picados suaves sobre el agua, Antonio Luis Ginés

Bartleby, Madrid, 2009. 60 pp. 9 €

Eduardo García
Firma invitada

La paulatina maduración de una voz poética es un misterio. Nadie sabe a qué territorios puede llevarle la escritura al cabo de los años, qué tortuosas trayectorias puedan finalmente conducir al adensamiento de una voz, su óptima afinación en uno u otro tono. Tampoco cabe seguridad alguna sobre el éxito de tal evolución; ni una edad donde quepa esperar ese salto cualitativo. Y sin embargo, a veces sucede: a fuerza de honestidad y entrega un poeta logra encontrarse a sí mismo. Al leer Picados suaves sobre el agua tuve esa indefinible sensación, la certeza de que el poeta Antonio Luis Ginés encontraba al fin su voz. Tres libros y cerca de 15 años de escritura tuvo que recorrer hasta llegar aquí. En este nuevo poemario todo lo que ya venía apuntándose en los anteriores parece haber encontrado su cauce, el registro más apropiado para desarrollar en plenitud su singularidad.
Crónica de la desolación del sujeto contemporáneo, estos poemas en prosa expresan de manera más descarnada que lo haría el verso tradicional la experiencia vital del individuo perdido en la multitud. Se alcanza así un reduplicado distanciamiento. Se sitúa la voz en las antípodas de la tradición elegíaca y su estetización de la pérdida. Por el contrario, el lector se siente conmovido por el sistemático despojamiento de lirismo en el poema. Todo aquello que no se dice, lo que queda entre líneas, adquiere la máxima relevancia. La angustia se aloja en esa mirada implacable, cámara fija que enuncia el poema sin aspavientos emocionales. El desgarro es omnipresente, telón de fondo que apenas se sugiere en claroscuro, pero se sortea el patetismo del yo. La clave se halla en la singular disposición de la voz: un narrador que acostumbra situarse fuera de escena, registrándolo todo con aparente objetividad. El poema es aquí la huella de una mirada, a trechos cinematográfica, en donde el sujeto entra y sale subrepticiamente del poema. Si nos emociona es precisamente por esa actitud “despoetizada”, de donde toda belleza convencional, todo lirismo, han sido cuidadosamente desterrados.
Poesía tras la muerte de la lírica: en prosa, desde un sujeto tachado, sin concesiones esteticistas de ninguna clase. Un yo que apenas se manifiesta en cuanto desilusionado espectador de sí mismo. La sequedad de la expresión aporta tensión al discurso; la cámara objetivista alimenta nuestra inquietud. La ausencia del lamento, la desaparición de un sujeto explícito y su desplazamiento por una voz en off, traza un hueco en el discurso que el lector percibe como un latigazo de desasosiego. Tan sólo de través alcanza a manifestarse la subjetividad, mediante vacilantes apreciaciones (quizás…, parece…, podría…), basculando siempre en la duda de un siempre precario equilibrismo de las emociones. El sujeto tachado habita la incertidumbre, navega a duras penas en el océano de la confusión, intentando inútilmente reunir sus fragmentos.
Se desarrolla así toda una poética de la inquietud. Sobrevuela el libro el tema obsesivo de la precariedad de las ilusiones humanas, devastadas por la prosaica realidad. Poema a poema queda siempre latente el deseo insatisfecho, los afanes condenados al fracaso de antemano. De ahí que la prosa, despojada de adornos estilísticos, se revele el mejor vehículo para transmitir tan minuciosa como impenetrable desolación. Semejante adecuación de fondo y forma, lo manifiesto y lo latente, encontramos en el sistemático cultivo de la fragmentación. Una percepción existencial de tan contenido desgarramiento encuentra su despliegue natural en la sucesión de escenas fragmentarias. A menudo el poema se cierra sin concluir, la situación queda interrumpida, en suspenso, dejándonos al borde de una resolución que nunca llega. Es más, antes de devolvernos al blanco de la página los poemas en prosa suelen desembocar en unos pocos versos vacilantes en los que -lejos de trazarse una síntesis final- se va diluyendo la voz, como si de una señal de radioaficionado que se extinguiera en la noche se tratase. Se nos ofrece una información parcial, tan sólo retazos de una sórdida realidad, dispersas pinceladas que no alcanzan a conformar un sentido. Se nos hurta cuanto sucede fuera de cámara, adonde el lector no es invitado. Frente a la tradición del poema perfecto, cerrado sobre sí mismo, que se propone generar un simulacro de orden, una ficción de un yo integrado y sin fisuras, la fragmentación del discurso apunta aquí a un sujeto estallado en mil pedazos, incapaz de reconstruir su imagen en el espejo, condenado a la disgregación, al desarraigo. Queda apenas una estela de datos dispersos, fugaces impresiones que señalan el hueco de una fractura vital, por donde se precipita el sinsentido.
Los lacónicos títulos —a menudo una sola palabra—, que apenas se abren a la velada sugerencia, abundan en ese radical distanciamiento que constituye la apuesta medular del libro. Una poesía nacida de un yo abocado a una existencia sin fundamento, que acaba hundiendo su bisturí introspectivo en la herida existencial de la incomunicación. Con frecuencia observamos desde fuera a sujetos atrapados en sí mismos, sometidos a un implacable cerco del que quisieran salir hacia el otro. Cada cual atrapado en su celdilla, deseoso de alguien a quien amar, con quien compartir… Pero el lenguaje se revela insuficiente; las emociones se resisten a manifestarse en plenitud a través de las palabras. Una inefabilidad de la emoción despojada del resplandor de lo sublime, hundida en una seca cotidianeidad sin concesión alguna al lirismo tradicional.
Y sin embargo reaparece una y otra vez la nostalgia de lo que pudo ser y no fue, el eco de un deseo que no acaba de resignarse a la extenuación. Proliferan los fragmentos en los que el afán de transformación se abre paso… para derrumbarse una y otra vez. Así pues el deseo destinado a la nada, la búsqueda de lo que jamás será, acaban por encarnarse en un destino trágico: un fatum sin sombra ya de mito, más terrible si cabe por su prosaica cercanía, desnudo ahora de toda romántica grandeza y toda solemnidad. Como nos revelara Sartre, “el hombre es una pasión inútil”. Antonio Luis Ginés parece saberlo bien, o mejor, ha sabido sentirlo hasta las últimas consecuencias, dándole una vuelta de tuerca más, a la luz de nuestro tiempo. El poeta se hace eco aquí de la angustia existencial, pero actualizándola desde un radical nihilismo posmoderno: un fingido objetivismo, una radical fragmentación, sin el consuelo del heroísmo trágico de los existencialistas ni su esperanza de un futuro mejor por construir. Poesía, como decía, tras la muerte de la lírica.
Asistimos al debatirse interior de seres rotos, abocados a una pseudovida, una existencia inauténtica, que sin embargo aspiran a recuperar siquiera un simulacro de la vida verdadera que parecían augurar los sueños de la adolescencia. De ahí la continua movilidad, el incesante trayecto, omnipresente en estos poemas en donde el viaje sin meta es un recurrente leit-motiv. Inagotable vuelo en círculos: “ese continuo desplazarse sin rumbo fijo”. La voz poética encarna así a un Sísifo de nuestros días, entregado a una febril movilidad que tan sólo conduce una y otra vez al mismo punto de partida, al mismo desaliento. Encontramos en ello uno de los más notables aciertos de este libro, pues es aquí donde el poeta da con la acertada expresión de una de las claves de la sentimentalidad de nuestro tiempo. Al fin y al cabo, así vivimos en la era de la ausencia del sentido: en una fugacidad continua sin porqué, un incesante viaje… hacia ninguna parte.
Integrado en esa familia de jóvenes poetas que desde hace más de una década encuentran en la minimalista tradición norteamericana de un Raymond Carver o una Anne Sexton su punto de partida, Antonio Luis Ginés parece haber encontrado con Picados suaves sobre el agua el tono y la modulación de una enérgica voz, ya madura, a tener muy en cuenta en los próximos años. Un lector dispuesto a mirar cara a cara el espejo roto de la inquietud contemporánea encontrará en él un libro imprescindible.

jueves, noviembre 19, 2009

El hombre inquieto, Henning Mankell

Trad. Carmen Montes. Tusquets, Barcelona, 2009. 464 pp. 20 €

Julián Díez

De repente caí en la cuenta: Kurt Wallander es una de las cuarenta o cincuenta persona que mejor conozco en el mundo. Tras once libros, conozco cada detalle del pensamiento de este entrañable, mediocre y tozudo sabueso sueco. Su razonamiento repetitivo y circular que termina por llevarle casi casualmente a la resolución del caso. Sus aprensiones, que jamás remedia cambiando de hábitos. Sus fracasos amorosos. Sus pequeños placeres musicales. Su amor profundo por su hija, su aprecio por algunos, pocos, amigos, que se han ido marchando.
Hacía diez años que no sabíamos de él. Wallander tiene ya 60 en El hombre inquieto. Es, como cualquier hombre que se ha avejentado, una versión acentuada de sí mismo. Más enfermo, más solitario, totalmente fracasado. En su camino se pondrá un nuevo caso de interés: sus nuevos suegros, un marino de la Armada retirado y su esposa, desaparecerán sin razón aparente. Él estaba obsesionado con la presencia de submarinos rusos en aguas suecas en los años ochenta, y poco más tenemos para que Wallander tire de la manta. Que lo hará, por supuesto. Porque jamás puede dejar un cabo suelto. Aunque se trate de una cuestión política y él, como nos reconoce una y otra vez, jamás se ha interesado por la política, y con su inacción, como la de otros muchos suecos, ha permitido la evolución del país hacia el punto en que se encuentra.
Por el camino de los descubrimientos habrá mucho más de lo mismo. Pequeños excesos para llenar una vida vacía. Instantes de intimidad atesorados. Cansancio, fatiga, malestar físico. Paisajes desolados del sur sueco, esa desconocida Escania que Wallander ha puesto en el mapa. Recuerdos, toneladas de recuerdos de lo ocurrido en los libros precedentes, que fue conformando la triste biografía del protagonista. Que ahora, por cierto, ya tiene un rostro definido, tan icónico como el de Basil Rathbone encarnando a Sherlock Holmes: el de Kenneth Brannagh, el veterano actor inglés que le interpretó el pasado año en una magistral miniserie para la BBC.
El demiurgo que guía los pasos de Wallander, mi viejo amigo Wallander, parece haberle tomado alguna clase de extraña ojeriza como la que sentía por Holmes su creador. Hay una extraña crueldad en la forma en que Mankell conduce esta novela, sin apenas satisfacciones para su personaje y sus lectores. No atino a descubrir si le motiva el odio, o si no se trata de una forma de identificarnos aún más con nuestro amigo. Además del tremendo cierre, el maltrato es continuo. La vida es así, nos dice Mankell, después de once libros, después de más de 5.000 páginas, sólo queda el vacío. Qué terrible. Qué perfecto, a su sórdida manera.

miércoles, noviembre 18, 2009

Las bibliotecas de Dédalo, Enis Batur

Trad. Rafael Carpintero. Errata Naturae, Madrid, 2009. 96 pp. 9.90 €

Luis Manuel Ruiz

El libro, cualquier libro, es una máquina sorprendente. Estira la memoria de un individuo hasta hacerla coincidir con la de la gran masa de los congéneres que le rodean, guarda detalles de personas, objetos, ciudades y bosques que desaparecieron sin dejar traza en el aire, interroga a quien se le aproxima haciéndole reparar en esos rincones de sombra que rodean toda vida y que hasta el momento sólo había observado de soslayo. Si la muleta es la extensión de nuestro muslo y el telescopio un ojo elevado al cuadrado, el libro significa el aumento artificial de la imaginación y de la memoria humanas: un miembro ortopédico que nos ayuda a desenvolvernos en el mundo impidiéndonos tropezar. Por eso la biblioteca (o la Biblioteca, tal y como la mayúscula Enis Batur, para distinguir el modelo impresionante y platónico de las colecciones domésticas de los aficionados a los libros) es una imagen, o un símbolo, que no deja de excitar continuamente la fantasía de artistas e intelectuales. La Biblioteca, donde cabe todo el saber, todas las mentiras, y los sueños, y las sospechas, y los desmentidos, es un trasunto del propio universo. Y, como el universo, caudalosa e indescifrable: nadie sabe cuántos volúmenes contiene, qué orden respetan dichos volúmenes, quién los colocó ahí, dónde comienzan o terminan, para qué.
A lo largo de su existencia, todo bibliófilo intenta, con mejor o peor fortuna, alcanzar un atisbo de esa Biblioteca monstruosa montando una pequeña maqueta en casa. Es lo que también hizo Enis Batur, escritor turco, autor de Las bibliotecas de Dédalo, una obra laberíntica y obsesiva, igual que el tema que trata de abordar: por qué hay ciertas personas que dedican su vida a coleccionar o perseguir libros, por qué hay libros que salvan la vida de ciertas personas. El bibliófilo (o bibliópata) busca compulsivamente el olor a papel viejo de las librerías de lance y se demora recogiendo el polvo de las estanterías con las yemas de los dedos. Visita con ojos aturdidos las grandes colecciones donde los lomos se aúpan unos sobre otros como los bloques de un zigurat, la British Library, la Nationale, la Marziana, la del Congreso, y registra sin miramientos ni educación los estantes del salón en cuanto entra en casa de un desconocido que, por azares del trabajo o la vecindad, le ha invitado a cenar. La bibliofilia, la bibliotecofilia, son afecciones extrañas que Enis Batur comparte con otros muchos extraviados (Alberto Manguel, Luis Alberto de Cuenca, Borges, Robert Burton, Montaigne, Aby Warburg, Mario Praz, yo mismo) pero en la que sólo él se detuvo a pensar cuando un suceso aciago le dejó la vida a oscuras de repente: su biblioteca personal se incendió, como la del protagonista de Canetti, una tarde de verano.
En capítulos breves que asemejan entradas de un diario o conversaciones entrecortadas con la posteridad o con el olvido (que son lo mismo), Batur indaga en los principales síntomas de esta enfermedad de papel y cuero. La Biblioteca que le obsesiona, el prototipo en el que las menores y cotidianas se reflejan indirectamente como rostros en gotas de agua, es un edificio inacabable, diseñado por Étienne-Louis Boullée, con pasillos como los de las fábulas de Kafka y las escaleras entrecruzadas que ilustran los delirios de Piranesi. Todo lo que se ha escrito está en esa Biblioteca, que le amenaza noche tras noche con el peso de lo que está a punto de olvidar, o peor, de lo que no leerá jamás, porque es imposible leerlo todo: «Soy lector —admite en el capítulo 12—, por lo tanto soy mortal». La Biblioteca es un símbolo que nos inquieta con la misma fuerza que el del laberinto, o el del universo que comienza al otro lado de nuestra córnea y nuestros dedos. Biblioteca, laberinto, universo constituyen tres facetas de lo mismo: un lugar extraño que aparentemente guarda una estructura o un sentido, pero por el que no cesamos de vagar en busca de un centro. Por eso aprovisionarse de libros y colocarlos en el mueble de casa siguiendo una pauta cierta tiene algo de hilo de Ariadna que nos consuela y nos redime; la vida puede habernos traicionado y haberse burlado de nosotros en las bifurcaciones, pero tenemos los libros: ahí hay un orden. Ernst Cassirer definió la biblioteca de Aby Warburg, que no estaba organizada sobre ningún esquema aparente, no como una colección de libros, sino como una colección de problemas. «Cassirer comprendió que la biblioteca Warburg era ‘un laberinto’ —anota Enis Batur en el capítulo 19—. O huyen de él, o serán sus prisioneros durante años. Nunca se me había ocurrido pensar seriamente que una buena biblioteca pudiera ser cualquier otra cosa».

martes, noviembre 17, 2009

Tres vidas de santos, Eduardo Mendoza

Seix Barral, Barcelona, 2009. 192 pp. 16,50 

Care Santos

Últimamente me cuesta bastante trabajo querer a Eduardo Mendoza. Lo último de él que me llevó al arrebato amoroso fue La aventura del tocador de señoras. Después, me dejó tibia con Mauricio o las elecciones primarias y fría, helada, tiesa de rabia, El viaje de Pomponio Flato. De hecho, el amor que le profeso me impidió terminar este último. Pero, como el amor es como es, he regresado a Mendoza a pesar de que últimamente no me daba más que disgustos, y he obtenido la merecida recompensa a mi constancia. Con la sosegada estima de quien ya conoce algún que otro defectillo de su amado y a pesar de todo (o tal vez por eso mismo) le sigue queriendo, me dispongo a defender su última entrega.
Explica Mendoza en el prólogo -a mi juicio, prescindible- que abre este libro, que los tres relatos que lo componen están escritos en tres etapas muy diversas de su vida. "La ballena" surgió en una etapa primeriza, "El final de Bubslav" corresponde a una etapa intermedia -que yo podríamos imaginar contemporánea a su novela El año del diluvio- y el último "El malentendido", es también el más reciente (y el autor se refiere a la etapa "final" de su carrera literaria diciendo que elude referirse a ella). Tal vez sea como él dice. Tal vez estos cuentos dormían en algún cajón del autor de La ciudad de los prodigios y sólo ahora han requerido ver la luz. O tal vez Mendoza nos engaña -al fin y al cabo, es novelista- y la supuesta cronología no es tal, o es aquella que los lectores mendocianos disfrutamos imaginando. En mi opinión, hay una unidad estilística en los tres textos que no acaba de concordar con esa datación de su autor, pero en fin. El detalle no tiene tanta importancia.
En realidad, lo que sí tiene que ver con las diferentes etapas mendocianas son los temas de los tres relatos. Unificados, supuestamente, por las entregas a causas casi hagiográficas en que consumen sus vidas los tres protagonistas -un nexo traído por los pelos, por cierto, pese a lo afurtunado del título-, en estas tres historias se reconocen con facilidad los rasgos caracteríosticos de gran parte de la obra de su autor. El primero, que por su extensión debe ser considerada una novela breve, narra la peripecia de un obispo centroamericano que es acogido por una familia burguesa barcelonesa durante la celebración del Congreso Eucarístico de 1962. Terminado el gran acontecimiento, el obispo no puede regresar a su país y acaba convertido en una carga para la familia y en un parásito para la sociedad, hasta que de un modo nada caritativo se halla el modo de resolver el problema. Es un relato interesante, en que Mendoza regresa a las clases pudientes catalanas y las retrata con la mestría y la falta de piedad que en él son habituales. Su Barcelona, la que tanto han encumbrado sus novelas, reluce aquí tanto como las joyas de la señora protagonista, mientras que el personaje del obispo ofrece una metáfora de la denigración de un ser humano que actúa como contrapunto a la escenografía perfecta. Los personajes son estupendos, del primero al último, el caricaturesco obispo aguanta el embite de una cierta inverosimulitud gracias a su carácter esperpéntico y la microhistoria de la familia protagonista se relata de cabo a rabo con esa socarronería tan poco inocente que es marca de la casa. Le pondría reparos al final, pero no lo haré: cuando Mendoza deja abierto el enigma del último párrafo, yo hacía dos páginas que lo había cerrado. De modo que, de nuevo, miro a otro lado. Y qué duda cabe que ese desenlace hará las delicias de clubes de lectura y tertulias literarias, que se devanarán los sesos durante lustros pensando qué narices ha pasado. Con todo, los mendocianos de pro hemos hallado en este cuento motivos para revalidar nuestra fe en su autor. De modo que bendito sea.
El menos logrado es el segundo. Y ello a pesar de que la locura del personaje resulta creíble, el retrato de la aldea africana en la que recala, hilarante, y su discurso final, colofón de todo lo anterior, de admirada lectura. Será que el Mendoza que se escapa de sus coordenadas no me satisface tanto como el otro. A ver si será verdad que siempre hay algo que se espera de nosotros, como escritores, y el lector no perdona que incumplamos esas expectativas.
El tercero y último texto es, a mi modo de ver, el mejor. Cuenta la historia de Antolín Cabrales, un recluso condenado por atraco a mano armada, que gracias a un curso de literatura y a una profesora con iniciativa se hace un experto lector. Con el tiempo, deviene escritor de gran renombre, concede entrevistas y frecuenta los actos académicos centrados en su obra, que recrea los bajos fondos de los que procede. No sería destacable decir que en este relato aflora el Mendoza desencantado con el mundillo literario, el cansado de la misma vida que lleva su protagonista, de la que -es sabido- el autor intenta huir desde hace décadas. Lo inaudito es que el autor pone en boca de su protagonista amargas reflexiones sobre el propio hecho de escribir, de dedicarse a inventar historias -"vender baratijas", dice él-: "Entendí exactamente lo que era la literatura" -dice el escritor de ficción-: "no lo que usted decía, no un vehículo para contar historias, para expresar sentimientos o para transmitir emociones, sino una forma. Forma y nada más". Y concluye con un juicio descarnado: "Los lectores creen estar leyendo historias atormentadas, cargadas de significación, y sólo leen artimañas".
Cabe pensar, por supuesto, que tras todo esto se agazapa el Eduardo Mendoza provocador de los últimos años, aquel que de repente pronosticó la muerte de la novela o el que estos días anda diciendo que sus relatos ni empiezan ni terminan. No hay que tomar muy en serio al personaje, y sí muy en serio al escritor. Por eso mismo, me permito creer, sobre todo, al invento del escritor antes que a éste -"la verdad está en la ficción", Martin Amis dixit- y me entran ganas de discutirle algunas cosas a uno de mis novelistas favoritos. Decirle, por ejemplo, que su literatura sigue emocionando, y proporcionando momentos de enorme placer literario, así como de profunda reflexión sobre las cuestiones más importantes de la existencia: la soledad, el papel que jugamos en esta partida interminable, el papel salvador del arte, la verdad o la mentira de la creación o el poder innegable le del azar.
Que no pienso tenerle en cuenta esas otras novelas si me promete que seguirá fiel a sus temas y a sus modos, ni que sea de vez en cuando.
Y con respecto a lo demás, acaso tenga razón Antolín Cabrales, y puede que sólo sea forma.

lunes, noviembre 16, 2009

Yo, lo superfluo y el error. Historias de vida o muerte sobre ciencia y literatura. Jorge Wagensberg

Tusquets, Barcelona, 2009. 288 pp. 19 €

Ángeles Escudero

Qué relación tienen dos ámbitos, en principio tan alejados, como la ciencia y la literatura? La respuesta parece excesivamente obvia. Quizás por eso, Wagensberg se arriesga a plantear una hipótesis diferente. Y de su atrevimiento surgen interesantes cuestiones fruto de la fecundación recíproca entre la comprensión científica y la literaria. Por ejemplo: ¿Y si la ciencia recuperase el yo (ese del que pretende prescindir para concentrarse en lo esencial y evitar el error); ansiase lo superfluo (esa excusa de la literatura para recrearse en el matiz), e indultase el error? ¿Y si la literatura contemplase la naturaleza con la máxima objetividad? Esto supondría habitar en terrenos fronterizos, en esas líneas que parecen dividir y separar pero que, en realidad, ponen en contacto. El autor nos ofrece la vía del mestizaje como una visión enriquecida de la realidad. Que la ciencia quede contaminada por la literatura y viceversa nos ofrece un nuevo y amplio espectro de posibilidades.
El corazón helado de Almudena Grandes conecta estos dos mundos en un juego hábil que se centra en una frase: «El todo es igual a la suma de las partes sólo cando las pares se ignoran entre sí». Dentro del libro, esta afirmación, es un pequeño universo que cobra vida y nos ofrece un hilo conductor. Y no es casualidad su entusiasta agradecimiento a un científico amigo y, a la postre, autor de este libro. ¿Ambos se han contaminado? La escritora bucea por el subsuelo de la ciencia, y el científico hace lo propio por las orillas de la literatura.
Comienza Wagensberg describiendo el método científico, y lo hace en base a sus tres principios: objetivación (con la que gana universalidad), inteligibilidad (gana en capacidad de anticipación respecto a la incertidumbre) y el principio dialéctico (que buscando contradicciones gana en progreso). Como vemos alaba sus virtudes pero termina por señalar sus limitaciones. Además, como científico pretende alcanzar estos beneficios pero sin pulverizar su identidad, sin sacrificar la mente creadora. Lo difícil, pero extraordinario, será llegar a puntos de encuentro entre quien quiere evitar la incertidumbre —la ciencia— y quien se alimenta de posibilidades —la literatura—. “Más alta que la realidad está la posibilidad” . Por eso el objetivo será rescatar el yo y hacer un elogio de lo superfluo, y el autor afrontará este reto en la segunda parte del libro, en los relatos que forman parte de sus historias de vida o muerte sobre ciencia y literatura. En ellos buscará la conciliación entre lo esencial y lo superfluo. Y ya os adelanto que lo conseguirá, al igual que encuentra la manera de no excluir el error, de no disolverlo definitivamente, sino integrarlo, e incluso indultarlo como un mal necesario o inevitable.
Porque la realidad es inteligible y podemos comprenderla, Wagensberg utiliza un mecanismo diferente para comprender en literatura al que sigue la mente científica: el método del gozo intelectual. Y, plantea cómo no puede ser tan difícil conectar ambas realidades cuando la principal divergencia, o la única, radica en que la ciencia no conoce el valor cognitivo de la realidad simulada.
Las historias que nos cuenta, nos presentan una realidad de la que nada se excluye. Son relatos de ciencia porque intentan arrancar de una manera objetiva de observar el mundo, pero aspiran a ser relatos literarios (y lo son) porque persiguen devolver al narrador al interior mismo de la historia, volver al yo. En sus relatos Wagensberg hace que las palabras crucen la frontera y se conviertan en literatura, aunque lleven a sus espaldas una mochila, que no un lastre, cargada de ciencia. Esta forma de conocimiento se deja ver en los temas, en los términos, pero también se deja vislumbrar en esa lucidez y brillo especial en la mente de este hombre de ciencia.
Especialmente interesantes son los relatos más cortos con recursos expresivos y licencias poéticas que les dan intensidad, como el original uso del paréntesis en “La fiesta”, herencia de su condición de científico. Son relatos fulgurantes unos, intensos otros —los que más—, pero también muestran esa asombrosa facilidad para hacer creíbles situaciones diversas, como en “Las momias de San Severo”. En “La biblioteca de la casa junto al lago” pone el punto y final con una sutileza trabajada que es muy difícil conseguir. Y lo mismo ocurre con la última frase de “La conjura” o el microrrelato “La muerte” que yo firmaría sin reservas pese al tema. De los mejores “Romeo y Julieta” que, en cuatro líneas, nos cuenta desde otro ángulo una historia manoseada pero vigente. Y, especial mención merece “Un día es un día” por su brillantez y genialidad que no están reñidas con su sencillez.
Y dos cosas más. Hacer alusión a la fotografías, en blanco y negro, que ilustran el libro, entre las que destacaría “Garra para nubes”. Y una recomendación: no dejéis de consultar la extensa y particular bibliografía que ha utilizado el autor, posiblemente despierte nuevas inquietudes.