viernes, julio 24, 2009

Solo con invitación: Asuntos propios, José Morella

Anagrama, Barcelona, 2009. 168 pp. 15 €

Care Santos

Me gusta que las novelas me sorprendan con una primera frase rotunda, seductora, original, distinta. Tengo claro que una historia cuyo arranque me entusiasma difícilmente me defraudará después. Exactamente lo que me ocurrió con ésta del traductor y crítico José Morella (Ibiza, 1972) desde que abrí la primera página y leí: "Cuaquiera puede usar el siguiente método para entender a su propia familia: preguntarse qué cosas querría hacer pero se reprime y qué cosas no haría pero hace".
Morella cuenta la historia del encontronazo fatal entre una padre y una hija. Él, Roberto, sólo aspira a vivir en paz y disfrutar de la grandeza de las cosas simples de la vida, entre las que se cuenta su trabajo como traductor. Ella, Isabel, es -en palabras del autor- uno de esos "frutos extraños" de que está cargado nuestro árbol genealógico, alguien que a pesar de compartir genes y memoria con el protagonista, es en todo lo demás opuesta a él. Y la suya es una oposición inamovible, innegociable: la del que se cree poseído por la razón.
Pueden hacerse muchas lecturas, pienso, de esta dañina relación entre padre e hija. Desde luego, se enfrentan dos posturas ante la vida, dos maneras de vivirla, dos escalas de valores. No hay más que ver las noticias políticas nacionales para encontrarse con enfrentamientos similares (y perdóneme el autor si me excedo en estas apreciaciones). Los que estamos en una edad similar a la de Isabel, me temo, nos parecemos a ella incluso a nuestro pesar, por lo menos en las prisas, en el escaso tiempo que el ajetreado ritmo de vida nos deja para la reflexión, el análisis, el detalle y el pormenor que el amor requieren cuando es verdadero. Aunque por supuesto, anímicamente comprendamos bien a Roberto: su defensa de la libertad más obvia, su dolor al comprobar que su hija "es un desierto", su extrañeza ante el amor marchito, incluso le comprendemos cuando su enfado roza la hipérbole.
La chispa que hace saltar este polvorín sentimental es una hermosa historia de amor: la que vive Roberto con Jacinta, su asistenta, una mujer que desde que en el primer capítulo entra en su casa le proporciona un sinfín de alegrías y otro tanto de razones para vivir. Isabel, en cambio, no está de acuerdo con este romance otoñal a través del cual sólo ve su herencia en peligro, y se atreve a secuestrar a su propio padre con tal de evitarlo. La historia es simple y eficaz, y todo el peso argumental descasa sobre el detalle con que Morella traza a los dos personajes principales. La resignación del padre al comer los congelados fritos que le sirve su hija bien puede resumir la buena mano con el que autor los ha descrito. Es como si pudiéramos imaginar a Roberto recitando aquellos hermosos versos de José Hierro de un poema titulado Mis hijos me traen flores de plástico: Os enseñé muy pocas cosas (...) Os enseñé también a odiar a la crueldad, a la avaricia, a lo que es falso y feo a las flores de plástico.
Admiro las historias falsamente simples, que saben resumir universos en unas pocas páginas. Así lo hace esta novela de José Morella. Nos habla de cuestiones candentes en la sociedad en la que vivimos: la llegada de inmigrantes, la dura vida profesional del que está lejos de su hogar, el modo -siempre deformado- como les vemos; nos habla del espejo en que esos inmigrantes se ven al llegar: una sociedad en la que la familia se desintegra y los valores tienen a relegarse, donde la prisa y la falta de tiempo es un mal endémico. Pero también trata asuntos universales: la dificultad en las relaciones, el desconocimiento que precede al error, al desamor, a la hipocresía, al egoismo.
Debo reconocer que en algunos momentos de la lectura odiaba a Isabel con todas mis fuerzas (preguntándome sin cesar si el mío sería un odio hacia lo que se nos parece demasiado) y me puse, emocionalmente, completamente del bando de Roberto y Jacinta. Es difícil no dejarse llevar hacia uno u otro lado, no tomar partido. Tal es la capacidad de seducción de la prosa de Morella y de su historia falsamente simple, una de las mejores novelas que he leído últimamente.



José Morella: "Europa es el lugar donde menos cosas importantes van a ocurrir en el futuro"

-Tu novela comienza con una suerte de declaración de intenciones en la que afirmas cosas como "Nuestro árbol genealógico está cargado de frutos extraños" o adviertes que todos hacemos cosas por nuestra familia que detestamos. "Dicho esto podemos, tú y yo, lector, empezar a inventar", añades. ¿Homenaje a los libros testimoniales, a las fábulas con moraleja o simple jugueteo literario?


-En la primera página de la novela se alude al lector porque yo creo que la magia de lo literario está más en la lectura que en la escritura. El escritor es un enlace, o un intercesor, como lo llamaría Cortázar. Leyendo he tenido experiencias más reveladoras y profundas que escribiendo. Es el lector el que posa sobre un texto su experiencia de vida y, de ese modo, arma un sentido. El sentido nunca acaba de cerrarse, es como un bicho que no sabe estarse quieto. En realidad, lo que uno hace cuando lee es retocarse a sí mismo.

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jueves, julio 23, 2009

Papeles dispersos, Carlos Castán

Tropo, Zaragoza, 2009. 162 pp. 10 €

Ignacio Sanz

Delicioso libro, uno de esos libros misceláneos cuya lectura nos hace sospechar que la cultura es un don que puede mostrarse con levedad, sin recurrir a grandes teorías ni a una caterva de datos agobiantes. El autor se vale de una mirada aguda e introspectiva a través de artículos, conferencias y notas en las que se reflexiona sobre el oficio de escribir, también sobre vivencias, recuerdos, en definitiva de colaboraciones dispersas de un escritor conocido por sus libros de cuentos que, en esta ocasión, ensancha la mirada crítica hacia asuntos próximos a él, a su paisaje, su paisanaje, es decir, hacia Huesca en primer término, donde ejerce la docencia de Filosofía en un instituto y a cuya ciudad el lector sospecha que Castán se encuentra unido por lazos afectivos familiares, pese a que nació en Barcelona e hizo sus estudios universitarios en Madrid. Pero no faltan tampoco reflexiones sobre Aragón, sobre España y sobre Europa. En definitiva, como el propio autor nos confiesa en la introducción: «Es mi vida la protagonista de estas páginas». Y, en efecto, es su vida, pero una vida traída al sesgo, en oblicuo. De hecho son muy escasas la referencias familiares; apenas nombra dos o tres veces a su madre y siempre de pasada, es decir, no es un libro introspectivo ni de memorias fragmentadas. Aunque hace alguna que otra declaración pasional. Por ejemplo, hacia Leonard Cohen al que dedica un capítulo. O trata de rastrear los vestigios, misión imposible, de la presencia de Gabriel Ferrater en Huesca, donde el poeta catalán hizo el servicio militar. Y al hilo de ésa búsqueda hace confidencias interesantísimas. O nos habla de una canción encandilante de Ángel Petisme. Y, claro, inevitablemente, en cada uno de estos artículos nos descubre una parte del autor.
En Beberse la noche a morro, el lector descubre a un escritor cautivado por los excesos adolescentes, un escritor que añora las noches de farra juveniles al hilo de la fiesta de San Lorenzo. En los jóvenes de ahora se recuerda a sí mismo libérrimo y feliz. Pero al hilo de estas reflexiones sobre la fiesta y sus atributos, hace un homenaje a las mujeres que, en medio de las juergas callejeras, sudan en silencio la gota gorda en las cocinas para que, a la hora de la comida familiar, los alimentos estén sobre la mesa.
Cuaderno de Taurnefenille es una especie de diario en el que recoge las impresiones de su estancia en esta pequeña ciudad francesa, con reflexiones curiosas sobre la extrañeza, los hábitos de vida y los pequeños acontecimientos que le dan pie a pensamientos de largo alcance.
No faltan tampoco apuntes geográficos en torno al río Gállego, a la sierra de Laorre o una profunda reflexión sobre la libertad, concepto escurridizo, en el que evoca frases y gestos de sus profesores Javier Sádaba y Carlos París.
La plácida mañana de domingo en que leí, a la sombra de una higuera, estos Papeles dispersos, pensé que el mundo era un poco más habitable y que no somos, como decía Gil de Biedma, aquel “intratable pueblo de cabreros”. Ojalá. Mientras haya escritores como Castán que nos lleven de la mano con una prosa oxigenada y eficiente por territorios en los que se mezcla el afán de búsqueda, de indagación y de belleza creo que nos alejamos de aquel triste dictamen.
Este libro muestra también el compromiso de un escritor con la sociedad de su tiempo y nos recuerda a Baroja, a Unamuno o a Ortega. No posiblemente en sus obras más excelsas, sino aquellas en las que aflora su condición de ciudadanos con una mirada analítica sobre los aconteceres menudos que salpican la vida. Y recuerda a esos escritores porque en este libro se mezclan las precisas descripciones del paisaje, las inquietudes, la melancolía o las reflexiones sobre la pérdida o aquello que se intuye próximo a desaparecer.

miércoles, julio 22, 2009

El dramaturgo, Ken Bruen

Trad. Daniel Meléndez Delgado. Vía Magna, Barcelona, 2009. 248 pp. 14,95 €

Julián Díez

Jack Taylor ni siquiera es un detective. Más que investigar casos, le persiguen. Pero siempre, siempre, para conseguir llevarle algo más al fondo del pozo en el que su vida se sumergió mucho antes de que comenzara su historia novelada en Maderos, proseguida en La matanza de los gitanos y que ahora cambia de editorial en España con este El dramaturgo.
Taylor tiene algo más de 50 años, fue policía y, como dicen en Alcohólicos Anónimos, será por siempre adicto a casi todo. Vive en Galway, en una Irlanda que cambia ante sus ojos para peor rumbo a convertirse en un parque temático del progreso sin sentido. Y es duro, pero duro de verdad, aunque no haya nada en su cuerpo ni en su vida capaz de sostener su bravuconería.
No creo que nadie pueda resistirse al encanto de esta serie de novelas del irlandés Bruen. Su estilo es realmente cortante, brusco, directo. En su verbo rápido, en los diálogos contundentes, se percibe la misma autenticidad desencantada y cruda de las mejores canciones de Tom Waits. Aunque por debajo haya una trama criminal, lo importante es asistir al relato en primera persona de la supervivencia de Taylor a su desastre cotidiano. Ver cómo afronta nuevas batallas, cosecha una derrota tras otra, y consigue pese a todo seguir adelante. Nunca, eso jamás, con la cabeza alta: aquí hay no existe épica del perdedor, sólo descripción de cada revés y del esfuerzo resignado por sobrellevarlo.
En medio, la exhibición de cultura de Bruen; porque Taylor es un lector ávido, tanto como conocedor de cada bebida alcohólica destilada por el hombre. Y, como buen irlandés, amante de la música, del deporte, o del cine. Todo ello con el panorama de fondo de una isla ya echada a perder, sombra turística del perdido lugar en el que las costumbres tenían un sentido más profundo que el de resultar pintorescas para observadores ignorantes.
En esta ocasión, Jack Taylor debe investigar un par de asesinatos de jóvenes por encargo de su antiguo camello encarcelado. También un amigo le pide que proteja a un conocido que finalmente es salvajemente agredido por unos vigilantes ciudadanos. Y hay un par de romances muy, muy tristes, en los que ni siquiera es capaz de dar una buena medida como amante.
En la trayectoria del libro, conciso y exacto, Taylor se resiste a sus adicciones agarrándose a sucesivas tablas de salvamento, todas fallidas. Encuentra pálidos consuelos en amistades desgastadas, y en algunas nuevas pero amenazadoras. Nunca se nos oculta que aguarda al final un nuevo desastre, un mazazo seco y tal vez excesivo en el afán de Bruen de no dejarnos respiro.
En la senda de un Horace McCoy, un James M. Cain o un Jim Thompson moderno y aún con menos escrúpulos, la obra de Bruen lleva sendero de clásico maldito. Imprescindible para los amantes del género negro, aunque sea aconsejable buscar los dos títulos previos a esta tercera novela —editados por la salmantina Tropismos— a causa de la continuidad existente en la trama del protagonista.

martes, julio 21, 2009

La verdadera historia del motín de la Bounty, William Bligh

Trad. Miguel Ángel Coll. Ediciones del Viento, A Coruña, 2009. 288 pp. 20,50 €

Miguel Baquero

Es famosa la historia del motín de la Bounty. Sobre ella se han rodado varias películas —una de ellas memorable, protagonizada por Marlon Brando— y en los últimos meses se ha publicado una novela sobre el tema escrita por John Boyne, el célebre autor de El niño con el pijama de rayas. Para quienes no conozcan, o no les suene demasiado el episodio, uno de los más famosos de la historia naval de Inglaterra, aquí va un breve resumen:
En el año 1787, la fragata Bounty (“generosidad”), parte hacia Tahití con el objeto de cargar allí varios ejemplares de la planta conocida como “árbol del pan”, que crece en la isla con especial exuberancia, y transportarlos hasta Jamaica, para intentar allí su cultivo. El barco arriba sin mayor novedad a la isla de Tahití y pasa en ella cerca de seis meses, mientras se van disponiendo las plantas en la bodega y en lo que encuentran vientos favorables para zarpar; casi medio año durante el cual la tripulación confraterniza con los nativos del lugar. Al fin, en abril de 1789 el barco emprende viaje rumbo a Jamaica, pero apenas han transcurrido veinte días de travesía cuando algunos marineros se amotinan, se hacen con el control de la fragata y ponen de nuevo rumbo a Tahití dispuestos a desembarcar allí, quemar la nave e instalarse entre los naturales. Al capitán del barco, teniente de navío Bligh, y a otros dieciocho tripulantes que no secundan el motín, les hacen embarcarse en un pequeño bote y les abandonan en medio del océano Pacífico, en la convicción de que no lograrán sobrevivir. Sin embargo, y tras una dantesca travesía, estos diecinueve hombres, a bordo del pequeño bote, consiguen llegar hasta la isla de Timor, donde enseguida dan parte a las autoridades del incidente y pronto la Armada Británica se lanza a la captura de los amotinados.
Sobre el episodio de la Bounty se ha creado una leyenda, apoyada por el cine, según la cual los amotinados, al mando de Christian Fletcher, eran idealistas románticos en defensa de la libertad y en lucha contra la tiranía que, a bordo del barco, había impuesto el teniente Bligh. No parece, sin embargo, que esa fuera exactamente la verdad. Ediciones del Viento acaba de editar La verdadera historia del motín de la Bounty, el relato original que de los hechos hace el teniente Bligh. A un lado la justificación que de sí mismo pueda hacer el teniente en su relato, lo que parece cierto es que los hechos no sucedieron tal como cuenta la leyenda, al menos en lo que se refiere al carácter tiránico del capitán y al idealismo que impulsaba a Fletcher, quien es retratado aquí poco menos que como un hombre de fortuna, traicionero y sin escrúpulos. Pese a lo hermoso de la leyenda, parece avalar la visión del capitán el que tantos hombres, y precisamente los de mayor calidad del buque, decidieran acompañarle a bordo del pequeño bote, en su singladura supuestamente sin esperanzas por el océano Pacífico.
Esta última parte, sin duda, la de los dos terribles meses de travesía a bordo del bote, teniendo que racionar el pan y el agua hasta límites casi impensables, y sin posibilidad de desembarcar en ninguna isla por miedo a ser atacados por los nativos —como efectivamente ocurre en la primera en que recalan, donde los aborígenes asesinan a un tripulante— constituye un relato magnífico, abundante en escenas conmovedoras.
La verdadera historia del motin de la Bounty es, en resumen, un espléndido libro en el que, a través de la seca prosa de un cuaderno de bitácora, podemos pese a todo vibrar con el sabor de una aventura a la vieja usanza, verídica para mayor encanto.

lunes, julio 20, 2009

Los demonios de Berlín, Ignacio del Valle

Alfaguara, Madrid, 2009. 432 pp. 20 €

Jorge Díaz

Si tuviera que titular esta reseña elegiría “La épica de la derrota” o “El arte de terminar novelas”, pronto diré por qué. Vayan por delante dos afirmaciones: Ignacio del Valle es uno de los novelistas españoles más sólidos y Los demonios de Berlín una de sus novelas más interesantes. Hecha esta declaración de principios, parece obvio que voy a hablar bien de esta obra.
Como todas las buenas novelas, ésta guarda muchas historias en su interior: las peripecias de un grupo de españoles en la guerra mundial o de un zoológico en medio de los bombardeos, la planificación de un robo a un banco o de una bomba atómica que no sabemos si existe o no, la investigación de un asesinato... Como todas las buenas novelas, está por encima de sus historias, va de mucho más, del amor, la ambición, la supervivencia, los sueños…
Del Valle trabaja bien y mucho las novelas. Afirma la promoción que Los demonios de Berlín es el resultado de tres años de trabajo y se nota. El autor está fascinado por la caída de Berlín, sabe más que nadie del tema y posee la virtud de contagiar su entusiasmo. Los quince últimos días de la ciudad, acosada por el ejército soviético, bombardeada día y noche sin descanso… Sabemos que lo mejor para la humanidad es lo que ocurrió: que los rusos entren de una vez y termine la pesadilla del nazismo, que Hitler se suicide y se liberen los campos de exterminio; sin embargo, Ignacio del Valle se introduce dentro de la guarida del lobo y nos muestra que allí también hay personas, fanatizadas y equivocadas pero personas, con miedo a lo que se acerca. Se acaba su mundo y saben que van a ser asesinados, que las mujeres serán previamente violadas; han fracasado, se enfrentan a la derrota de sus sueños y sus delirios.
Los demonios de Berlín es la tercera novela de una trilogía protagonizada por Arturo Andrade. Esto no debe asustar a ningún lector, son completamente independientes y no es necesario haber leído una para entender las otras. Hace poco más de un mes leí la primera, El arte de matar dragones, hasta ese momento no conocía la obra del autor. Me encontré con una magnífica novela, bien documentada, con ritmo, con un protagonista, Arturo Andrade, muy bien construido… Sin embargo, se me cayó en las últimas treinta o cuarenta páginas. No digo que fueran malas, sólo que en mi opinión no estaban a la altura de las expectativas que creaban las trescientas o cuatrocientas primeras. Cerraba con temas que, como lector, me daban igual.
Cuando empecé a leer Los demonios de Berlín, pensé en eso. La novela me gustaba, más incluso que El arte de matar dragones, la historia, pese a no sentir ningún interés por el nazismo, me iba atrapando, en Arturo Andrade veía las virtudes que ya había observado antes, el estilo me agradaba… Pero pensaba que cuando llegara al final todo se me volvería a caer.
Afortunadamente, a escribir se aprende escribiendo. Ignacio del Valle ha aprendido a terminar las novelas. En Los demonios de Berlín deja para el final lo más importante, la épica de la derrota. No crea un final espectacular pero falso, se ha dado cuenta de que lo importante es la verdad íntima de los personajes y no el fuego de artificio de la trama.
No sé si habrá más historias de Arturo Andrade, para ser honesto y no incurrir en lo que en el mundo audiovisual se llama spoiler, o sea, destripar la trama, ni siquiera puedo afirmar si al terminar esta historia continúa en condiciones de seguir. De lo que sí estoy seguro es de que habrá más novelas de su autor y que, de seguir su progresión, serán muy buenas.