viernes, mayo 29, 2009

El curioso caso de Benjamín Button / El diamante tan grande como el Ritz, F. Scott Fitzgerald

Trad. Carlos Milla Soler. Punto de Lectura, Madrid, 2009. 160 pp. 7,30 €

Miguel Baquero

“Todos venimos de El capote, de Gogol”, es fama que dijo Dostoievski, en referencia al celebre cuento del autor ruso donde, desde una raíz costumbrista y un punto folletinesca de contar una historia con los pies anclados en la realidad, de pronto, en un momento indeterminado, el escritor da un salto en el vacío, deja que se expansione su imaginación y prácticamente cambia por completo la manera de hacer y concebir los cuentos. El capote de Gogol podría marcar, seguramente, el punto de inflexión en que la fantasía deja de estar constreñida por su intento de reflejar la realidad social, suelta el lastre y toma carta de naturaleza propia. Como si dijéramos, se independiza.
El curioso caso de Benjamín Button, y el cuento que completa este volumen: El diamante tan grande como el Ritz, son una excelente muestra de imaginación desbordante, de un relato que no busca su valor en el reflejo de lo cotidiano, sino que pretende tener entidad por sí mismo. Sobre el primero se ha rodado recientemente una película y creo que todos los lectores estarán al tanto, o tendrán una idea al menos, de su argumento: El curioso caso… cuenta la historia de un hombre que al nacer es un anciano y, a partir de ese momento, su vida marcha en sentido contrario al de los demás. Ello da pie a numerosos equívocos y golpes humorísticos, que Scott Fitzgerald resuelve con una maestría y una frescura envidiables.
Una auténtica exhibición de gracejo y desenfado que no desentona, sin embargo, ni por supuesto desmerece, a ese Fitzgerald analista y crítico de la sociedad de El gran Gatsby, o de Hermosos y malditos, ni siquiera al visitante de los abismos humanos en Suave es la noche. Antes por el contrario, El curioso caso…, una novela breve o cuento largo de poco más de cincuenta páginas, pese a su concisión y a su raíz anecdótica, guarda en sus recovecos esa mirada ácida de Fitzgerald sobre la vida social, sobre el triunfo y la derrota, sobre el brillo de las luces tras el que se esconde la noche más oscura. Y al fondo de todo, al final del cuento, la inmensa ternura de Fitzgerald hacia sus personajes caídos que en este caso da lugar a uno de los más bellos finales que haya nunca leído; un final donde la confusión y los chistes de hace apenas un momento se difuminan y pierden su sentido ante la irrupción de lo verdaderamente importante, de ese absoluto que acecha continuamente al lector detrás de cada página de Fitzgerald.
El diamante tan grande como el Ritz, cuento que completa este volumen, me ha recordado en muchos sentidos a las novelas de Julio Verne; en especial, a su novela póstuma y en mi opinión mejor, como es La impresionante aventura de la misión Barsac. Así, una ciudad maravillosa con sus propias leyes y una fabulosa riqueza de repente en medio del desierto, en este caso en medio de Montana, oculta por fantásticos medios a la vista de quienes viven a apenas unos kilómetros. Una oportunidad, de nuevo, para la imaginación sin ataduras.
El curioso caso de Benjamín Button, junto con El diamante tan grande como el Ritz, ambos cuentos apropiadamente unidos en este volumen, suponen una excelente ocasión para acercarse a ese otro lado de Scott Fitzgerald, a la fantasía libérrima y al juego que también desarrollo este genial narrador norteamericano.

jueves, mayo 28, 2009

El rival de Prometeo. Vidas de autómatas ilustres, VV.AA.

Ed. Sonia Gómez-Tejedor y Marta Peirano. Impedimenta, Madrid, 2009. 400 pp. 22,95 €

Luis Manuel Ruiz

Si alguno de vosotros visitara el coqueto museo de Neuchâtel, una ciudad suiza que posa para una postal y que mediado el siglo XVIII fue patria de la mayor generación de relojeros del mundo, se quedaría pasmado con sus tres más famosos inquilinos. El primero es un infante de unos seis o siete años, dotado de una espesa melena, que se inclina sobre un pupitre para empuñar una pluma de urogallo y cubrir un pliego de frases; el segundo, hermano gemelo del anterior salvo por el color del cabello (este es rubio), dibuja siluetas con un lapicero en una tarjeta; la tercera, una joven con ese aire lacio de las aristócratas de sangre, interpreta al órgano piezas de una gélida sonoridad. Los tres son hijos de Jaquet-Droz, senior y junior, y de J.-F. Leschot, en su día relojeros de reconocida habilidad a lo largo y ancho de Europa, y fueron protagonistas de un asombrado ensayito de Italo Calvino en su Colección de arena (“Las aventuras de tres relojeros y de tres autómatas”). Pulsando aquí, podréis presenciar las monerías de estos seres de metal y cerámica, e inquietaros con su similitud con criaturas de carne y hueso y con la desagradable caricatura en que convierten esos actos tan racionales y artísticos que son escribir, dibujar o interpretar una partitura. A ellos, y a la larga estirpe de la misma especie que los precedió, va dedicada esta antología de textos titulada El rival de Prometeo. Vidas de autómatas ilustres: en concreto a las máquinas travestidas de hombres más populares de la historia y la huella que dejaron en artistas, filósofos, psicólogos y visionarios. En la mayor parte de los casos esa huella consiste en inquietud, cuando no en rencor o en una obsesión disfrazada de interés científico: el hombre artificial repele al intelectual a la vez que lo atrae, que lo arrastra hacia un abismo incierto donde se desdibujan los secretos de nuestra identidad y la tenue línea que nos separa de las cosas inertes y desprovistas de conciencia.
La intención de las editoras, Sonia Bueno Gómez-Tejedor y Marta Peirano, al realizar una selección de textos que abarca desde los primeros filósofos racionalistas hasta los últimos teóricos de la computación, ha sido ofrecer una cartografía del recorrido que la imagen del autómata, u hombre mecánico, ha seguido desde sus albores en el siglo XVII hasta nuestros días, y de la influencia que dicho perfil ha ejercido en diversos aspectos de nuestra cultura, señaladamente en la literatura. Podría quizá reprochárseles algo de arbitrariedad a la hora de comenzar su sondeo en la era de Descartes, soslayando a los orfebres del Renacimiento (Salomón de Caus, Juanelo Turriano) o eludiendo directamente la mención de los autómatas antiguos de que se tiene noticia (como la famosa paloma voladora del griego Arquitas); a su favor hemos de alegar que la antología no se pretende exhaustiva y que sólo con Descartes el autómata pasa a consistir en algo más que una mera curiosidad lúdica, un pasatiempo de alta sociedad, para ocupar un puesto de relevancia en la ciencia del momento y en el concepto que el hombre se hace de sí mismo. Fue el autor del Discurso del método quien formuló que el individuo es un espíritu atrapado en una serie de engranajes (the ghost in the machine, en la expresión de Gilbert Ryle) y que las diferencias entre un perro de carne y hueso y otro fabricado en un taller están sólo relacionadas con la resistencia relativa de los materiales.
Siguiendo un escrupuloso programa didáctico, la antología se divide en cuatro partes. La primera de ellas, Las máquinas filosóficas, echa un vistazo a las primeras formulaciones del mecanicismo filosófico y ofrece voz a Descartes, La Mettrie, Diderot y Charles de Vaucanson (el fabricante de autómatas tal vez más afamado de todos los tiempos) para que comparen libremente al ser humano con los artefactos surgidos de las relojerías. En su tiempo, siglos del XVII al XVIII, dicho paralelismo resultaba obsceno, cuando no diabólico: el hombre, colocado por Dios en la cúspide de la creación y agasajado con un alma inmortal que lo equiparaba a los ángeles, no podía ponerse al ras de un burdo muñeco de metal, cuyos movimientos sólo servían para contentar a aristócratas consumidos por el tedio. Sin embargo, la noción de cuerpo como entidad puramente material y la reducción de los procesos orgánicos a sucintas operaciones químicas terminarían por calar en el orbe académico y por permitir las primeras autopsias y progresos en la cirugía traumatológica.
La segunda parte se centra en el que seguramente es el más popular (y falso) autómata de la Historia. El turco rastrea los avatares del legendario jugador de ajedrez ideado por Wolfgang von Kempelen en 1769 para la emperatriz María Teresa de Austria y luego heredado por Johann Nepomuk Maelzel, quien lo convertiría en vedette y lo llevaría a recorrer las principales cortes y teatros del hemisferio norte. Se trataba de una figura que causaba impresión, dotado de una barba sarracena y un turbante, y que se presentaba al público con la promesa de derrotar a los escaques a todo aquel que se le opusiera. Casi un siglo tardaron las eminencias grises de la época en advertir que se trataba de un mero montaje y que un hombre (varios hombres, en realidad, entre los que se contaban muchos de los mayores ajedrecistas de la Europa de entonces) se ocultaba bajo el aparato y accionaba los resortes que le permitían jugar. El turco dejó una impronta profunda en el imaginario del siglo XIX, como atestiguan los ejemplos recogidos en la selección: el imprescindible ensayito sobre El jugador de ajedrez de Maelzel, de Edgar Allan Poe, o el relato de Ambrose Bierce El maestro de ajedrez de Moxon.
Las máquinas fatales es el título de la tercera parte, seguramente el clímax de la antología y la que contiene sus piezas más reveladoras. Se documenta en ella el giro de la figura del autómata de lo exótico a lo siniestro y su ingreso en el profuso panteón romántico. Es la era del decadentismo, de la femme fatale, de Salomé, la Esfinge, Baudelaire y la belleza depravada, donde todo lo hermoso lo es doblemente si se halla vacío por dentro y construido con cartón y en que Rimbaud confesaba a su amada Ah! Je ne veux pas ton cerveau torpide! La misoginia y el amor por las apariencias debían desembocar, inevitablemente, en la exaltación de la mujer objeto, de la muñeca hinchable, el maniquí, la robot. El pico de esta tendencia lo constituye la inevitable Eva futura de Villiers de l’Isle-Adam, construida por un Edison monomaníaco con la exclusiva función de satisfacer al amante, pero tiene un precedente en la que quizá es la narración más perfecta y terrible sobre autómatas que jamás se ha escrito, El hombre de arena, de E. T. A. Hoffmann. La selección presenta una impecable versión (por parte de José C. Vales) de este clásico tan maltratado por los traductores y cuya potencia para inquietar y provocar escalofríos no ha cedido un ápice hasta el día de hoy. Esta tercera parte añade extractos de obras de Freud (su famosa monografía sobre Das Heimlich en que analizaba el cuento de Hoffmann) y de Thea von Harbou, esposa de Fritz Lang y autora de una novela, Metrópolis, sobre la que se edificaría una de los primeros hitos del cine de ciencia-ficción.
La conclusión la aporta la cuarta parte, A mí me hizo J. F. Sebastian. Bajo un título prestado de otro imprescindible del cine del mismo género, Blade runner, se ilustra aquí la conversión del autómata en amenaza una vez que comienza su fabricación en serie y se acrecienta su poder tanto física como intelectualmente: es posible que, en un porvenir no demasiado lejano, los hombres artificiales, mecánicos o no (los de Blade runner eran réplicas genéticas) discutan el dominio del universo a su creador. Nos encontramos en la era del robot, no tan servicial ni decorativo como su antepasado dieciochesco, y notablemente más poderoso; esta sección última cuenta con textos de Isaac Asimov (sus repetidas Tres Leyes de la Robótica), A. M. Turing (con pros y contras sobre la posibilidad de conciencia en una máquina) y Karel Capek, inventor, en su obra R.U.R., de uno de los términos más empleados por los autores de fanzines y los amantes insatisfechos, el de robot.
El autómata, el hombre artificial, el gólem no están solos dentro de la prolífica camada de rarezas de la literatura fantástica: les hacen compañía seres no menos turbadores como el doble y el alienígena. Todos ellos, criaturas fronterizas, nos mueven al estupor, a la duda: nos enfrentan a nuestros propios límites como seres humanos y nos hacen cuestionarnos en qué consiste exactamente esa esencia escurridiza que nos define como especie frente a las bestias y los ángeles. El autómata o el robot repelen al observador por una razón esencial: porque si son muy perfectos, si imitan con el debido escrúpulo a las criaturas que los han producido, acaban por resultar indistintos de ellas. Los autómatas nos sumen en perplejidad y desasosiego y nos hacen preguntarnos qué nos separa realmente a nosotros, supuestos modelos, seres dotados de moral e inteligencia, de los juguetes generados a nuestra imagen y semejanza; así como cuestionarnos, como ya hacía Descartes en un párrafo revelador de sus Meditaciones, si al fin y al cabo cuantos nos rodean no serán maniquíes disfrazados bajo los que se ocultan tuercas, pistones y engranajes. Mirad bien debajo de las faldas de vuestras novias y la pechera del camarero: quizá os sorprenda el tictac de un reloj escondido.

miércoles, mayo 27, 2009

Guerra en la familia, Liz Jensen

Trad. Íñigo García Ureta. Tusquets, Barcelona, 2008. 241 pp. 17 €

Inés Matute

A veces ocurre. Llegas a la última página de un libro y te duele despedirte de un personaje, no saber más de él. Y aún duele más si el libro termina con su apacible muerte frente a un lago, en compañía de su recién descubierta familia. Entonces sí que nada tiene remedio: no volverás a saber de sus andanzas, de sus amores, de su pasado narrado y adulterado en primera persona. Porque no hay segunda parte posible a no ser que el autor se invente una voz alternativa que le desdiga y le ilumine desde otra perspectiva. El pasado de Gloria, una octogenaria deslenguada y vital, ingresada en una residencia de ancianos y cuya memoria flaquea, no es un pasado precisamente amable, aunque sí tremendamente enriquecedor. Víctima de la desmemoria –o de un galopante Alzheimer-, un humor feroz y una peculiar afición al sexo, nadie diría que nuestra Gloria es el personaje ideal para recrear un período y espacio –la segunda guerra mundial en Gran Bretaña- archiconocidos de tan visitados por el cine y la literatura. Pero lo es. Porque lo que ella nos cuenta no nos lo habían contado antes, y también porque su forma de hablarnos del miedo, de los bombardeos, del racionamiento, de los apagones, de las penurias y del sexo fugaz e intenso con los soldados estadounidenses, nos atrapa desde la primera línea. Es más: Me atrevería a decir que Guerra en la familia no es una novela, sino una auténtica sacudida a la conciencia del lector.
Entre chiste y chiste –sobre todo si son verdes, sobre todo si son negros- Gloria nos hace partícipes del carpe diem desquiciado que fue la guerra, de una cotidianidad con olor a ausencia y a carne en descomposición. Al leer sobre las guerras, por otro lado, tendemos a olvidar que para la gente que las vive y las sufre la vida sigue, y que deben trabajar, enamorarse y reproducirse al margen de las acciones bélicas. Soportándolas, sobreviviendo a ellas. Desde los jóvenes que aspiran al heroísmo en la narrativa de Scott Fitzgerald, el drama familiar en Steinbeck o la marginación en Marsé. Y eso, sin hablar de cine, pues la lista de autores y tratamientos distintos sería demasiado extensa. En cuanto al título, ¿Qué puede haber peor que dos hermanas enamoradas del mismo hombre, dos mujeres que luchan en una cama por conseguir un amor, que, en este contexto, no es otra cosa que una manera de huir? . Personalmente, siempre agradezco que un escritor me “eduque” sin que yo me de cuenta. Agradezco que a través de una historia casi corriente me introduzca en La Historia. Que me divierta y me emocione. Que me haga más sensible a ciertas realidades que no me ha tocado vivir. Y Liz Jensen, una escritora a la que conviene seguir de cerca, lo consigue con este título y esa voz sarcástica y amarga, también interesada, que oculta un terrible secreto.
Presionada por su hijo, Gloria descubrirá que todo el desenfreno vivido en aquellos días tuvo consecuencias atroces, no sólo para ella, sino para una hija de la que nada sabe. La posterior prostitución en que cayeron ella y muchas de sus compatriotas se nos pinta como algo inevitable. Los cuadros de muchachas inglesas paseando a recién nacidos negros en un cochecito -algo sorprendente en aquellos días-, hijos de una noche de tómbola y cerveza, sólo son una pincelada más de un cuadro del que poco o nada sabíamos. Porque aquí esas cosas forman parte tanto del contexto sociológico como del particular. Agradecemos a Liz Jensen su visión de la sexualidad femenina en tiempos de crisis, una visión que nada tiene que ver con las habituales confesiones edulcoradas ni con lacrimógenas crónicas de la frigidez. La sexualidad de Gloria, incluso a los ochenta años, es impetuosa, alegre, voraz, pero nunca obscena. Es una sexualidad sana y vivida como la viven los animales: sin cortapisas, sin vergüenza y sin remordimientos. En definitiva: Guerra en la familia es un magnífico libro, una novela vitalista que guarda entre sus páginas innumerables vidas cruzadas, muchos secretos y una gran verdad.

martes, mayo 26, 2009

Fragmentos de cal, Juan Manuel Barrado

Prol. Ricardo Senabre. El Gaviero, Almería, 2008. 80 pp. 20 €

Diego Vaya

A casi un Siglo de distancia de los movimientos de Vanguardia, ¿siguen estos teniendo sentido? Juan Manuel Barrado, en Fragmentos de cal, responde a esta pregunta, y demuestra que las Vanguardias continúan siendo una de las pocas vías de avance que le queda a la poesía. Este autor, nacido en Cáceres, además de tener una amplia trayectoria en la creación de poemas visuales y poemas objeto, ha publicado libros como Texto azul del Café Rocco y Suite Celan, todos ellos aparecidos en ediciones con poca visibilidad. Sin embargo, la labor editorial de Ana Santos Payán y Pedro J. Miguel no ha sido sólo la de “rescatar” a este poeta, sino también la de dar con el diseño adecuado, en la línea de algunos libros de autores vanguardistas y de la Generación del 27, un diseño sobrio, con un formato amplio, que ha sabido captar la postura estética de Barrado.
Pero ¿qué es Fragmentos de cal? No es un libro de poemas o un poemario. No. Es un libro de poesía, pero sin poemas. De ahí su insularidad en el panorama actual y su orfandad contemporánea. Porque la poesía no sólo consiste en escribir ristras de renglones cortados. Hay algo más. Jakobson dijo que cuando el verso es despojado de sus atributos más característicos (la rima y la regularidad silábica y acentual) acudía en socorro de este la función poética para que siguiese siendo poesía. Y ese precisamente es el terreno donde se mueven los versos de este libro. Ricardo Senabre, en el prólogo, nos habla de la relación entre el espacio y el silencio, dos ejes fundamentales en el discurso del autor. Abolido el concepto fosilizado de poema, Barrado ha borrado todos los moldes repetidos una y otra vez, y ha optado por darnos sus versos, como indica el título, de forma fragmentaria, tanto en el sentido como en la estructura. Fragmentos de cal es un libro que deja mucho espacio para que el lector pueda respirar, para que este reconstruya la poesía y su código cifrado. En estos versos se enciende un diálogo continuo con el yo y también con la realidad. Hay interrogaciones sobre la identidad y el origen, reflexiones sobre la injusticia, indagaciones sobre la maldad humana y sus consecuencias, y todo ello mediante versos que se lanzan como golpes fugaces pero contundentes en un discurso circular y hasta cierto punto reversible. El libro comienza con una referencia a la madre y se cierra con una al padre, y entre ambos, la guerra, Quevedo, trece, Eurídice, la lluvia, el Cid, el verano, Homero, el amor, sin olvidar a Paul Celan y a César Vallejo, cuyo eco está más presente en el aliento que enlaza las palabras que en citas o elementos concretos. Una radiografía de todos nosotros y de nuestro mundo, que aúna compromiso e inconformismo estético.

lunes, mayo 25, 2009

Todos crecen menos Peter, Silvia Herreros de Tejada

Lengua de Trapo, Madrid, 2009, 205 pp, 18,60 €

Recaredo Veredas

Podría parecer que Todos crecen menos Peter (galardonada con el premio de ensayo Caja Madrid) sólo posee interés para incondicionales de la vida y obra de James Mathew Barrie o para aquejados por el síndrome de Peter Pan, que buscan la causa de la denominación de su patología. Sin embargo, esta obra puede apasionar, incluso, a quien sólo conoce “Nunca Jamás” por la película de Disney. Porque, al margen de su valía literaria, Peter Pan es un mito que, como los grandes personajes shakespearianos, define y delimita sentimientos irremediables de la naturaleza humana. Un mito que, como tantos otros -como Drácula, por ejemplo-, ha superado a la obra que le concedió vida. El interés, ya puramente narrativo, de la obra de Silvia Herreros de Tejada parte desde la pregunta planteada en el título, que afirma la excepcionalidad del protagonista: un joven llamado Peter, por motivos desconocidos, no crece. Las siguientes 205 páginas se dedican a averiguar, con el rigor de la mejor investigación policiaca, las causas de tan extraño deseo, designio o patología.
Silvia Herreros de Tejada aborda una doble perspectiva: la del creador y la de su personaje, irremediablemente unidos en este caso, estableciendo un paralelismo que se apoya en interpretaciones psicológicas sumamente plausibles, que huyen de los delirios en los que, con frecuencia, cae la crítica literaria más psicoanalítica. No se desliza en enlaces forzados cuya indemostrabilidad, lógicamente, se ha incrementa aún más con el transcurso de las décadas. Además es un excelente estudio de la relación que mantiene la vida del autor con su obra, de los vínculos conscientes e inconscientes que siempre existen y han existido, lo pretenda o no el creador. El análisis técnico también resulta interesante, ya que muestra lo manipulables, lo moldeables que resultan los criterios y los cánones literarios.
Un hombre de cuarenta años que busca la amistad de unos inocentes niños es contemplado, irremediablemente, ahora y hace un siglo, como un pervertido. Y con frecuencia lo es. Sin embargo, Silvia Herreros de Tejada demuestra que Barrie constituía una excepción. Su búsqueda de amistad infantil, determinada por carencias físicas y psicológicas, era plenamente sincera, casi irremediable. Sin embargo, fue víctima de los prejuicios sociales, que consideran determinadas conductas intrínsecamente perversas, aplicando patrones inamovibles. El triste destino de los hermanos Llewelyn acentuó aún más la leyenda negra, dulcificada por la mirada de Hollywood. Barrie, al menos, construyó un mito con su desgracia. No consiguió la inmortalidad, la eterna juventud que tanto anhelaba, pero sí logró que su obra haya merecido un reconocimiento insólito: que sus derechos no caduquen –como ocurre con cualquier otro autor- setenta años después de su muerte, sino que permanezcan siempre vivos.
Todos crecen menos Peter también posee un fuerte componente narrativo. Contemplamos, por ejemplo, el tremendo riesgo asumido por Barrie en el estreno de la versión teatral de Peter Pan. Hace que nos impliquemos plenamente en el suspense, en la consecución de ese logro mágico materializado tras años de trabajo, de preparación previa que incluyó la creación de ese hermoso boceto es El pajarillo blanco. Lentamente, conforme transcurren las páginas, nos alejamos de Barrie y nos aproximamos hasta el personaje. Hacia el análisis de un mito que merece tantas interpretaciones como el mismísimo Hamlet. ¿Peter no puede crecer o no quiere hacerlo? Bajo la apariencia de una obra infantil nos hallamos frente a una terrible historia de amor y egoísmo que sustenta un conflicto irresoluble: su protagonista no es ni adulto ni joven, ni niño ni viejo. Es un ser que nunca morirá y cuyo grito de guerra es, sin embargo, “Morir será una aventura maravillosa”. Y no sería nada sin su antagonista, sin Garfio. Silvia Herreros de Tejada incluye un análisis exhaustivo de la temática del doble, de la complejidad del héroe y su irremediable complementariedad con un villano sin el que carecería de sentido: representa su sombra, ese lado siniestro que todos poseemos y del que Peter, por su obcecada negación al avance, se ha desprendido absolutamente.
Aparecen hipótesis sumamente oscuras, como la muerte de Peter Pan poco después de su nacimiento, que provoca su condición fantasmal. Lo que le convierte no en un frívolo, sino en un personaje plenamente trágico (“…ahora pienso que Peter es sólo un bebé muerto, el bebé de todos aquellos que nunca tuvieron uno”, afirma Barrie en sus propias notas). Su relación con Wendy también merece especial atención: aunque su inmadurez no le permita amar a Wendy como mujer, Peter la salva de la muerte al permitir que todos sus descendientes vayan al reino de Nunca Jamás.
Además Silvia Herreros de Tejada domina el lenguaje y convierte este ensayo en una obra llena de vigor, ritmo y, cuando es necesario, lirismo, en una indagación en las sombras que rodean a la creación de un mito o, lo que es lo mismo, en una indagación en las sombras que nos rodean a todos: “Es un náufrago, un preadolescente confuso que odia a las madres y a las niñas que le desean; un chico cruel y cobarde. Además, es héroe y villano; un chico eterno y un niño muerto; amo y creador a la vez que personaje en conflicto narrativo, debatiéndose entre ser el protagonista de un cuento de hadas y un mito.”