viernes, mayo 01, 2009

Gran Historia. Del big bang a nuestros días. Cynthia Stokes Brown

Trad. Pedro Tena. Alba, Barcelona, 2009. 475 pp. 28 €

Julián Díez

Por alguna conversación con amigos y conocidos, parece que no soy la única persona que se siente interesada por la historia y que tiene la sensación de estar quedándose obsoleto por momentos. La mayor parte de las revistas del sector parecen bien demasiado superficiales, bien excesivamente especializadas; no hay un reflejo apenas en los medios de comunicación generales. Y cuando aparece un tema en televisión, generalmente resulta difícil discernir si la última novedad se trata de una macgufada, o de un descubrimiento de auténtico relieve.
El concepto de Gran Historia sirve para encajar bastantes de las novedades que pueden habernos pasado inadvertidas. La idea, lanzada por David Christian y que la profesora Stokes Brown convierte aquí en un libro divulgativo pero de aspiraciones totalizadoras, es la de reflejar en escala todo lo ocurrido desde el arranque del universo hasta hoy, con una perspectiva global, y utilizando avances en disciplinas como la geología, la ecología o la biología evolutiva para la interpretación de la historia humana.
El empeño no acaba de reflejarse por completo en el volumen, que dedica la mitad de sus páginas a la Era Cristiana, pero sí abre el apetito por buscar más información sobre el tema, y aporta datos de interés en diferentes campos. Así, mientras la información sobre Europa Occidental parecerá a muchos lectores superficial y acelerada, se dedican muchas páginas a las culturas orientales, africanas y americanas, con aspectos innovadores y que realmente contextualizan nuestro conocimiento estándar europeo de la historia.
En el debe del volumen, precisamente, están los excesos en la apreciación de cuestiones que parecen menores en el contexto de ese gran propósito; que la especulación sobre las posibles vías de expansión del boniato por Micronesia ocupen –literalmente- el doble de líneas que la I Guerra Mundial resulta una decisión un tanto excéntrica, y refuerza la sensación de que la autora se ha dejado llevar en bastantes momentos por sus entusiasmos, que obviamente están del lado de un sector de la historiografía que considera la era de los cazadores-recolectores como una cierta Arcadia feliz, y la civilización –concepto que incluso cuestiona- como una evolución sin demasiado rumbo.
Sin embargo, precisamente esa heterodoxia es la que trufa de datos novedosos –al menos para un lego como yo- el libro, que por lo demás se lee con agrado por el buen pulso de su autora y su capacidad para contagiar la fascinación que obviamente siente por ciertos hechos y periodos.

jueves, abril 30, 2009

Ayer, Agota Kristof

Trad. Ana Herrera Ferrer. El Aleph, Barcelona, 2009. 112 pp. 14,95 €

Miguel Baquero

He leído Ayer, la última novela de la escritora húngara Agota Kristof publicada en España, durante estas pequeñas vacaciones de Semana Santa en un hotel rural, uno de esos pequeños lujos que aún nos puede regalar esta agónica Sociedad del Bienestar. La novela de Kristof narra (o mejor, describe, porque en un principio apenas sucede nada en ella) la vida de Sandor Lester, un emigrante empleado en una cadena de montaje y que día a día se ve obligado a levantarse a la misma hora, tomar el mismo desayuno, subir al mismo autobús y perforar, con el mismo movimiento, la pieza de un engranaje. Asimismo, todos los fines de semana recurre al mismo ocio, a iguales desahogos. Esta situación monótona, eterna, esta condena de Sísifo ha situado a Sandor al borde de la locura…
El planteamiento, sentado en la terraza, leyendo al cálido sol de primavera, me parece un tanto excesivo. El personaje de Sandor no tiene cargas familiares, nada le obliga a seguir esclavizado a esa rutina, no hay nada que le impida romper con la eterna cadena. Y, sin embargo, no hace nada por escapar. La cosa, en un primer momento, me resulta ilógica, pero luego caigo en la cuenta de que allí a dos días yo mismo tenía que coger el coche e integrarme en la caravana, en el lento desfile para volver a la ciudad y, como todos, reincorporarnos a la oficina, a la barra, al volante, a la cadena. Y que no falte, rezamos, cuando quizás –nunca nos hemos parado a pensarlo- no hubo en su día razón alguna de peso para que ingresáramos en esa dinámica. O, mejor dicho, en esa falta de dinámica.
«En la tierra no hay más que la cosecha, la espera insoportable, el silencio indecible». Pese a todo, Sandor (como todos, imagino) soporta esa grisura en la confianza de que algún día sucederá algo que la haga cambiar. En la esperanza de que un día aparecerá Line, la mujer con la que sueña, la oportunidad que hará que todo se revolucione. Y un día, en efecto, aparece Line y trastorna su vida. Pero no en el sentido que él esperaba, no es aquélla irrupción clásica de la literatura gracias a la cual el protagonista encuentra un sentido a su existencia y se salva. La llegada de Line remueve el pasado del protagonista, desata los fantasmas que ocultaba, le pone frente a su verdad y desencadena el cambio.
En términos literarios, la llegada de Line da comienzo a la acción y esta toma muy pronto visos de melodrama (amores turbios, asesinatos, secretos del pasado, incluso relaciones incestuosas) pero no es uno de esos viejos melodramas en los que, si no se ve al fondo una luz, al menor la truculencia de los hechos sirve de entretenimiento y de consuelo. Muy al contrario, el melodrama que se desata en Ayer pronto se advierte que no tiene solución, ni sentido, y que condena aún más al protagonista al desastre. Los hechos no avanzan hacia una conclusión: se precipitan hacia la cotidianidad.
Mucho se ha escrito del estilo de Agota Kristof desde que surgió su primera novela, El gran cuaderno, en 1987, cuando la autora, refugiada en Suiza, contaba con más de cincuenta años. Es un estilo seco, sin concesiones, sin adjetivos; diálogos tajantes, reacciones directas y sin enmascarar. Una «prosa descarnada», dicen algunos críticos, «No hay sentimientos, no hay opiniones. Hay hechos. Narrativa objetual: no sé si la mejor, pero desde luego una de las cimas de esa cordillera inacabable que es el estilo», dice en su blog el Lector mal-herido (he aquí una referencia para quien guste así mismo de la crítica acerada y concreta). Kristof me recuerda en muchos aspectos a ese otro gran escritor que es John Berger y sus historias crudas y desnudas sobre ese mundo campesino que ha perdido su sentido ante el ruido atronador de la máquina. Los últimos restos del campo, o, en el caso de Kristof, la gente de Europa del Este que se encuentra de pronto con la esencia desnaturalizada de Occidente y la febril producción industrial en que se sustenta todo.
Una autora, en fin, recomendable y un libro inquietante, y por eso mismo literatura de gran nivel. Acabo de leer Ayer y dejo la novela entre las que el hotel rural tiene en sus estanterías para los clientes. Quizás un día un huésped desprevenido dé con ella y le sacuda de igual manera este extraño sentimiento de indefensión.

miércoles, abril 29, 2009

El secreto del oso hormiguero, Beatriz Osés

Ilustraciones de Miguel Ángel Díez. Factoria K de Libros, Vigo, 2009. 64 pp. 12 €

Ignacio Sanz

Si existe una hora mágica para el niño, ésa hora es la de meterse en la cama y esperar que el sueño le venza, mientras navega por regiones misteriosas. Para facilitar las cosas en ese tránsito, los adultos buscan auxilio en los cuentos. De este modo entran en un estado de ensoñación que les endulza la despedida del día. Pues bien, El secreto del oso hormiguero, libro de poesía infantil compuesto por 31 poemas, todos relacionados con animales, a veces reales y en ocasiones imaginarios como las azofaifas o los gamusinos, trata de ese momento mágico en el que los niños se despiden del día.
Este es uno de los aciertos innegables del libro, la elección de ese momento que da a cada poema un mismo punto de partida, además de adentrarse en lo que podríamos llamar la “sicología” de cada animal, sus anhelos y sus sueños.
Beatriz Osés maneja con soltura la poesía, una poesía de apariencia sencilla, pegadiza, de rimas asonantes y ritmo de canción de comba. A veces, en breves poemas, apenas un escorzo, nos cuenta una historia que remarca las características conocidas del animal en cuestión:
Para muestra, un botón:

El problema de los caracoles

Mientras se lavan los cuernos
y se ponen el pijama,
se les hace ya de día
y no han llegado a la cama.

Abunda el humor y la ternura, así como cierta imaginación disparatada. No faltan tampoco los juegos de palabras que tratan de romper con la lógica del lenguaje y remarcan la condición de estos poemas-juguetes que nos propone la autora.
Con estos méritos Beatriz Osés se hizo acreedora del primer premio de poesía para niños y niñas Ciudad de Orihuela, el mejor dotado de cuantos se convocan en España en este género.
Las magníficas ilustraciones de Miguel Ángel Díez vienen a reforzar la fuerza expresiva de los poemas con su colorismo tenue y su fantasía controlada.
En definitiva, estamos ante un libro que viene a cumplir a la perfección la tarea de endulzar los sueños y a reforzar esa relación cargada de simbolismo que el propio niño establece con los animales

martes, abril 28, 2009

Un tiempo libre, Juan Marqués

Comares, Granada, 2009. 64 pp. 9 €.

Sofía Castañón

Usted espera que le recomendemos un libro aunque yo más bien le aconsejaría buscar un buen quitamanchas. Porque igual que está claro que el libro caerá en sus manos, tenga también presente que el mero hecho de pasar por sus hojas le dejará restos en el cuerpo, en la ropa, quizás por entre el pelo. Eso sí, no se equivoque, este es un libro limpio, aunque manche.
Si está intrigado (y no tanto por la poesía —que ya sabemos que no mueve masas, una pena— como por la atracción hacia hechos irresolubles) debe saber que en Un tiempo libre la luz lo inunda todo. Al abrir las páginas, entre tímidas canciones o coplas, entre dosis de verdades esenciales y honestas o escenas sencillas y eternas, se siente ese abrazo reconfortante que nos dan los días de sol, que mientras paseamos o dejamos que la vida se mueva desde un banco o la antojana de casa nos hace sentir queridos, con el mismo rubor en las mejillas que queda cuando alguien nos sonríe. Podría decirles que no hay más que eso, y no despeinarme.
Pero este es el trabajo de un poeta joven, y los jóvenes lo son, en gran medida, porque viven, buscan y entienden que es necesario el exceso. Que para paliar la gripe de la juventud hay que decir que se ha vivido, que se ha estado en el mundo y en los bares más que nadie. Que se ha llorado mucho, bebido mucho, odiado mucho, amado muchísimo. Puede decirse que es energía, pero acaba por mutar en una potencia que «sin control no sirve de nada». Este no es el anuncio para el poemario de Juan Marqués. Como apunta el también escritor zaragozano Julio José Ordovás, no se trara de un libro sucio: no hay vómitos, no hay ceniza ni restos desprovistos de cualquier belleza. Eso no quita para que Marqués se emborrache. Lo que ocurre es que su borrachera es de luz, de vida. Y no piensen que esta es más aséptica. Al contrario, la resaca que deja es mucho más duradera y difícil de llevar.
Así que no se sorprenda si al leer estos poemas les quedan las huellas de «los perros del jardín atravesando/ los dientes de la luz», el olor del laurel en septiembre, los raíles de los trenes o la mina de los lápices. No se sorprenda al encontrar que un libro tan limpio, tan provisto de pureza, le deja un borrón o una mancha. Hay cosas que, de tan buenas, también se quedan sobre la piel o la ropa.
Como solución, y sin tener este quitamanchas aún patentado, uno puede salir a la calle y pasar esta resaca, la que deja Un tiempo libre, a pelo: sin el combinado de neobrufén y zumos, sin gafas de sol. Dicen que es bueno beber al día siguiente lo que provocó la borrachera. Es probable que con la luz, las manchas se vayan quedando en nosotros. Eso que al final acaba por hacer la buena poesía.

lunes, abril 27, 2009

Eres bella y brutal, Rebeca Tabales

XIII Premio Ateneo Joven de Sevilla. Algaida, Sevilla, 2008. 480 pp. 22 €

Inés Matute

No podría yo estar más de acuerdo con el escritor David Torres, quien, en la presentación madrileña de Eres bella y brutal, dijo que se trata de «la novela más impolíticamente correcta del año», ya que, entre otras cosas, penetra en el tortuoso y oscuro mundo de dos hermanos, una monja y un fraile, que a su manera se creen capaces de cambiar el estado de las cosas; una desde el interior de la Iglesia, y el otro metido de lleno en la guerra de Ruanda. En la charla de presentación se emparentó esta primera novela de Rebeca Tabales, una joven psicológa especializada en neurolingüística, con El Corazón de las Tinieblas, de Conrad, no ya sólo por los escenarios africanos, magníficamente descritos y documentados, sino por tratarse de una incursión en el horror del alma humana. Emparentada o no, considero que la verdadera protagonista de esta historia, galardonada con el premio Ateneo Joven 2008, es una niña de trece años que asiste a un colegio de monjas y que sufre la violencia de las compañeras simplemente por ser fea. Aquí podría yo decir «poco agraciada físicamente», pero no me gustan los eufemismos. Crecí en un colegio de monjas, como nuestra pequeña protagonista, y sé que en ese mundo hermético, católico y por lo tanto regido por sus propias normas, absolutamente polarizado, donde las cosas son blancas o son negras, hay alumnas guapas y alumnas feas, listas y tontas, hábiles y torpes, concentrándose toda la “Gracia” en la figura de María, cuyo “mes” por excelencia, trufado de celebraciones y patosas coreografías en el patio, era mayo. Esa niña fea considera que el mundo es el enemigo a batir y, a pesar de su enorme inteligencia sufre por su aspecto, convirtiéndose de un día para otro en torturadora de la beldad oficial del curso, a la que no dudará en secuestrar y esconder en el cuarto de calderas. Hasta aquí, podríamos pensar que nos encontramos ante una novela de rabietas infantiles e inquinas previsibles, cosa que no ocurre por diversos motivos, siendo el más importante la originalidad y la extraordinaria madurez narrativa de la que la autora hace gala. Pero, ¿qué relación guarda esta niña con la monja y el sacerdote que está en Ruanda? ¿Cómo consigue Rebeca Tabales convertir esta historia en apariencia simple en un sugerente argumento triangular? La sinopsis que nos ofrece Algaida no deja lugar a dudas:
«Una estudiante de trece años que se considera a sí misma genial y maltratada por el azar, envía a su profesora de literatura, única a quien considera digna de leerlo, el esbozo de su gran proyecto: una enciclopedia en primera persona. Así, la hermana Teo, monja estricta, sufrida, demonofóbica y con reprimidas inclinaciones detectivescas, será testigo de la particular experiencia que su alumna anónima tiene de las palabras: agua, belleza, caballo, padre, revelación… y de la confesión de un falso crimen que oculta otro verdadero. Al mismo tiempo, en Ruanda, la próspera y pequeña misión de unos frailes en Kigali es sorprendida por la guerra. Para Mateo, el lugar que ama y el proyecto al que ha dedicado su vida dejan de ser un sueño donde refugiarse del pasado. Ahora debe escoger entre poner en riesgo su vida o regresar a España, donde le esperan su hermana Teo y el fantasma de su infancia, más aterrador que la propia muerte. Eres bella y brutal cuenta la historia de tres personajes grises y heridos, que no se pierden en un descenso a los infiernos, sino en el empeño de escalar hacia a luz».
«Un descenso a los infiernos» es una expresión que nos seduce, que aparece frecuentemente en las carátulas de los DVD y también en las contraportadas de los libros. Un descenso a los infiernos no es otra cosa que el encuentro con un personaje que es afortunado, feliz o simplemente “normal” y que, a poco que rasquemos, nos mostrará un alma envenenada, un abanico de miserias que van conquistando su voluntad y dominando sus actos. No nos engañemos: las historias con demonios privados suelen ser historias que, si se cuentan bien, nos entusiasman. En el caso de esta novela, el descenso a los infiernos se da a la inversa, pues tanto la monja como el cura o la niña, sienten la corrupción —lo brutal— tremendamente cerca, y quieren huir de ella buscando bien la redención, bien la belleza. Con todo, no es esta una novela moral, pues aunque los protagonistas se planteen cuestiones éticas, chocan contra un muro de debilidades y contradicciones. Eso sí: su vida espiritual les permite hacerse preguntas que la mayoría de nosotros evitamos.
Sin desvelar qué ocurre con la niña que es arrastrada al cuarto de las calderas, y sin explicar cómo cada uno de los personajes refleja y a la vez deforma a los otros, sí me gustaría destacar algunas definiciones del diccionario que la protagonista elabora a partir de sus propias vivencias. La palabra “belleza”, en su micromundo pedante y egocéntrico, da lugar a profundas reflexiones sobre todos los tipos de belleza posible, regalándonos imágenes tan sutiles como enigmáticas:
«La belleza A es una belleza limpia, rosa, decente. Su hora del día es la mañana, su sabor el dulce, que gusta a los recién nacidos. La primera belleza que se puede reconocer, apta para menores, franca. Puede empalagar, pero nunca miente; ya avisaba desde el principio de su dulzor aburrido. Es la belleza de los cachorros, las flores abiertas, los campos a la luz del mediodía, el olor de la colonia, la bailarina dando vueltas en su cajita de música» (...) «La belleza E es la belleza que sólo algunos ojos pueden detectar. Pasada de moda o futurista. Demasiado cotidiana o demasiado exótica para ser reconocida en un primer golpe de vista. Es una belleza que se infiltra en la voluntad secretamente» (...) «La belleza I es la belleza de lo llamativo. Pavos reales, monos albinos, tartas de boda y adornos tribales. Su sabor es el picante. Es una belleza difícil de ignorar por los sentidos, pero el corazón previene contra ella» (...) «La belleza O es la que guarda un misterio. Hay que mirarla con unos ojos que están en las tripas. Hay que hacer un pacto con los sentidos. Es la belleza de la contradicción. El murciélago, animal del aire y de lo subterráneo, ciego, como Plutón. La serpiente, unas veces el mal, otras, la sabiduría; símbolo de la medicina y la curación» (...) «La belleza U es la que por hábito o piedad se encuentra en lo mediocre o en lo sencillamente feo. Todo objeto compite por el amor de los ojos del mundo, y cada uno tiene su recurso. Los objetos con belleza A, su luz, los objetos con belleza E, su sombra. Los I, su estrépito. Los O, su resistencia. Hay otros objetos que no luchan, sino que piden auxilio. Los perros salchicha, con sus grandes ojos. Los niños pobres, con sus grandes ojos, el tío feo a quien no quiere nadie, con sus grandes ojos. Las causas perdidas».
Las causas perdidas. Demasiadas, sin discusión posible. Pero no por ello renunciamos a luchar, a reivindicar, a esperar un milagro. Eso, al menos, es que lo buscan los personajes de Rebeca Tabales, unos seres grises y heridos: que las cosas cambien, que no sean lo que parecen. Un lujo de novela a la que apetece volver una y otra vez.