viernes, marzo 06, 2009

Modelos de mujer, Almudena Grandes

Tusquets, Barcelona, 2009. 256 pp. 13,50 €

Inés Matute

No diré que el prólogo con el que Almudena Grandes nos presenta la obra es lo mejor de ella, pero sí diré que ayuda enormemente a comprender por qué la autora, siendo una de las más sólidas narradoras del panorama actual y una de las de mayor proyección internacional, no cultiva el cuento de modo habitual: se le queda corto. Se le queda corto dado que, cuando la Grandes empieza a tirar del hilo de la historia, percibe que el trabajo se está excediendo de sus límites, y es embargada por una inconcreta nostalgia fruto de los días en que ya no podrá seguir viviendo en compañía de los personajes, dejándose llevar por sus peripecias. En otras palabras: se frustra por no poder seguir dándoles cuerda. También nos explica que los relatos que conforman este libro no fueron escritos con la expresa voluntad de ser integrados en un volumen, pero que todos ellos están, de una u otra manera, vinculados a los conflictos que han inspirado sus obras anteriores, una condición que les presta una unidad inevitable. A la autora de Las edades de Lulú, Malena es un nombre de tango, Atlas de la geografía humana, Los aires difíciles o El corazón helado, su novela más reciente, le gusta deambular por un mundo sencillo y muy personal, cuyas fronteras coinciden con los límites de su memoria.
El libro que hoy comento se compone de siete cuentos, cuyos títulos nos ofrecen una pista más que fiable acerca de su contenido. “Los ojos rotos” trata sobre los amores de una cuarentona mongólica con una fantasma, desventuras que la llevarán a rasgarse los ojos para así recuperar los rasgos de un rostro que sólo es percibido por su espectral amado.
"Malena, una vida hervida”, recoge la increíble historia de una mujer atada de por vida a un régimen, una dieta que presumiblemente la hará más deseable a ojos de su amor, un perfecto imbécil cuya imagen ha sido idealizada a través de los años. La peculiar relación sensorial que la protagonista establece con la comida —fascinación, embrutecimiento, lujuria— me ha llevado a releer la historia varias veces, disfrutándola cada vez más, encontrando los hilos que, inevitablemente, nos remiten a Las edades de Lulú, donde la mirada del amante modifica y determina la imagen que el amado tiene de sí mismo. A mi juicio, se trata de un relato sobresaliente. “Bárbara contra la muerte”, trata sobre la lucha de una adolescente contra un horrible anuncio o premonición que sale de la boca de una monja de clausura. La arrolladora juventud y las ganas de vivir de la protagonista conseguirán, a modo de moraleja, que la vida se imponga a la muerte. (Sonreirán todas las lectoras que, como yo, hayan estudiado en un colegio de monjas). “Amor de madre” es la loca historia de una madre alcohólica que retiene a su hija a su lado utilizando las drogas, y también a su yerno a punta de pistola, inmerso todo ello en el discurso desquiciante de una mujer que desconoce los conceptos de libertad y escrúpulo. Una madre que sólo “sabe” ser madre, aún a costa de aniquilar a su única hija. “El vocabulario de los balcones” es la minuciosa descripción de un amor que ha crecido en la distancia, en el cruce de miradas, donde la lejanía y los deseos ocultos moldean la historia. ”Modelos de mujer” profundiza en el viaje profesional de dos mujeres, una espectacular e incompetente actriz y una traductora inteligente y divertida, pero también gorda. ¿Adivináis cuál de ellas se convertirá en objeto de deseo del hombre más interesante que aparece en todo el libro?. Por último, “La buena hija” trata sobre el drama de una mujer que ha sido criada por una chica de pueblo, la chacha de la casa, a la que adora. Años más tarde, la infeliz se verá obligada a cuidar de su madre cuando ésta enferma y se convierte en una perfecta tirana. No desvelaré el final de la historia por no cerrar la puerta a la sorpresa, pero sí diré que todos estos cuentos son un canto a la vida y al esfuerzo.
Modelos de mujer es un libro adictivo, que se lee muy rápido, que nos deja con ganas de más, más modelos y más mujeres, más de una Almudena Grandes que hace honor a su apellido y que, con un lenguaje fresco, coloquial sin ser vulgar, nos envuelve en un torbellino de sensaciones. No, no es un libro de mujeres escrito para mujeres, pues ni los argumentos son menores ni los personajes son de rango menor ni es menor la ambición de la autora al escribirlos. Tonto sería pensar, además, que Almudena Grandes sólo ha pretendido ofrecer una visión caleidoscópica de una vida estrecha que va del fogón al pasillo. Leedlo y descubrid que lo atípico cabe dentro de lo cotidiano, y que las cosas no siempre son lo que parecen. El deseo es el motor de la voluntad; es él quien nos ayuda a torcer el destino. Y ese es, precisamente, el hilo conductor de este magnífico libro.

jueves, marzo 05, 2009

Submáquina, Esther García Llovet

Salto de Página, Madrid, 2009. 152 pp. 15,95 €.

Marta Sanz

Cuando Esther García Llovet leyó La lección de anatomía, mi última novela, me dijo que su personaje favorito era mi tía Marisol. Pensé en mi tía Marisol, una excéntrica mujer de cabellera roja y costuras detrás de las orejas, que hacía burla a su marido, de cuerpo presente, tras uno de esos obscenos escaparates del tanatorio, y me preocupé por Esther. Ahora doy cuenta de que mi tía Marisol habría podido ser perfectamente uno de los personajes de Submáquina, un libro armado como una pistola y dispuesto a disparar.
Esther García Llovet, quizá como mi tía Marisol, es una perra verde. Un bicho raro en el contexto actual de la literatura española: el mundo de sus escritos es también el de una perra verde. El de una exquisita rara avis. Con los mimbres de la literatura de género, García Llovet escribe algo que no es literatura de género; adelgaza el “negro” dejándolo en la musculatura de sus tipos y de sus ambientes; de la trama quedan los fogonazos, las casualidades, la vulgaridad de los secretos, la convicción de casi todo está roto en el lenguaje, en las artes, en la realidad, en los géneros que elegimos para representar la una a través de las otras.
En Submáquina se presenta un lugar cosmopolita, mestizo, peligroso, mutante, que, pese a su condición simbiótica, está marcado por las contradicciones no resueltas; un lugar donde se escucha algo así como a “Ray Charles cantando en tailandés”, las mujeres se llaman Tiffany Figueroa y se ve a gente vestida con “un plumífero plateado con las costuras saltadas y quemaduras de cigarrillos y olía a Chanel”; la imagen de esa prenda resume el universo de Submáquina y posiblemente el de su autora, esta perra verde: un universo donde aparentemente se concilia el glamour y lo cutre, pero sólo aparentemente; una olla a presión a punto de estallar quizá cerca de Tijuana o de Miami o en el imposible solapamiento de los dos territorios que, gracias a las ficciones, han terminado convirtiéndose en espacios míticos...
El desconcierto, la extrañeza, definen la atmósfera de esta construcción literaria con cierto aire a lo David Lynch que reconozco a menudo en los textos de su autora: niños que se comportan como personas adultas, ancianos aniñados, actitudes, gestos enanoides, una parada de los monstruos de la que todos formamos parte: no hay más que escarbar un poco dentro del corazón o del intestino grueso, por debajo de las cicatrices de cirugía que nos surcan la conciencia más que la piel. Los rostros de estos seres de ficción son como las máscaras de ciertos actores que a veces repelen y a veces nos imantan a sus gestos por sus fisonomías alienígenas: Willem Dafoe, Christopher Walken y su cutis plastificado. Dafoe, Walken, Lynch, David Cronenberg, el Win Wenders de Paris Texas que deja su impronta en el atrezzo de estos fragmentos encadenados, pistas que la autora desparrama como miguitas de pan: cabezas de Barbies, parejas de novios sobre la tarta nupcial, fetiches feos, tacones raspados, minifaldas que pueden llegar a marcar tendencia. El lector superpone los rastros para sumergirse en una sucesión de imágenes de cine que, sin embargo, no son cine, sino literatura pura y dura: las comparaciones chandlerianas, las visualidad y sensorialidad del texto -que a ratos tiene incluso banda sonora: siempre hay alguna música o algún ruido de fondo, distorsionante, distractor, como esas polillas que suenan contra los neones- se consiguen con una prosa exactísima, como el güisqui decantado, quintaesenciado en el alambique, una prosa tan depurada y eficaz como los resortes en los que se incardinan los seis fragmentos que componen Submáquina.
Al final, la excentricidad como actitud es una manera de expresar el límite: una forma de mirar a la realidad por debajo de la falda para que salga a la luz el desarraigo, la hipocresía, el sentimiento elegíaco. Puede parecer que la autora de Submáquina sobrevuela lo real y se escabulle con lenguajes aprendidos: como si le pusiera a la vida o la cámara con la que se retrata la vida una media por encima de la cabeza, un difumino espurio, un filtro. Pero es mentira porque esta autora cuestiona cada código, cada imagen, cada palabra y, con su literatura, se rebela como la Repa, Sabina Vargas, que, a lo Mae West, sentencia: “Lo que hago está mal. Pero lo que no hago es aún peor.” A lo mejor ella no lo sabe, pero Esther García Llovet es como el hombre enmascarado, como su Tiffany, como Errol Flynn haciendo de héroe... Esther, por su rareza, por su espíritu de subversión, por su lateralidad en el campo de la literatura actual, es básicamente una romántica: una estupenda y maldita escritora romántica que, con la mala acción de su escritura, funda, refleja, distorsiona, mezcla mundos que están en éste porque sabe que es de cobardes pretender escapar de él.

miércoles, marzo 04, 2009

La familia Wagner, Brigitte Hamann

Prefacio, traducción y notas Roberto Mansberger Amorós. Juventud, Barcelona, 2008. 286 pp. 19 €

Juan Gómez Espinosa

Aquel que quiera comenzar a transitar, suavemente, por los caminos del “wagnerianismo” encontrará en este libro una introducción ágil y agradable sobre los vericuetos de tan polémico universo. Evidentemente, su autora, Brigitte Hamann, no se ha propuesto elaborar una summa enciclopédica sobre el gran Richard, sus obras y sus sucesores; esto sólo habría sido posible redactando tomos y tomos que abarcaran cuestiones tan diversas como elementos de composición musical, historia germánica, sociología, dramaturgia y praxis teatral... incluso de economía (por no contar los cientos de anécdotas, públicas y privadas, que se podrían llegar a recoger). Para todos estos ámbitos ya existen ejércitos de monografías, más o menos apasionadas. La obra de Hamann, por tanto, es un repaso a casi dos siglos de vida de una saga, la de los Wagner, absolutamente condicionada por la sombra de su miembro más famoso. Hamann, y éste es su máximo logro, expone la ¿evolución? de la familia con una objetividad absoluta , deja que los datos y los hechos (y a veces los propios protagonistas) hablen por si mismos. Realmente, el asunto no necesita ninguna ayuda externa. Todo observador puede constatar, desde su atalaya, los esfuerzos de este linaje por mantener una aristocracia artificial, un orgullo casi mesiánico y que, desde un principio, consigue mantener muy alto el listón de ridiculez. Es lo que pasa cuando uno se desvive por aquilatar su burbuja. Posiblemente, la prueba material más clara de esta estulticia sea la perpetuación del Festival de Bayreuth; casi, casi tan decadente como el pardo concierto de Año Nuevo de la Filarmónica de Viena. Tal vez el gran problema de los Wagner no sea otro que el de alienarse por la memoria del único genio que se crió entre ellos. Ya es hiriente ver cómo los acólitos del compositor (su esposa Cósima a la cabeza) no sólo alimentaron su egolatría en vida sino, sobre todo, cómo a su muerte erigieron un túmulo sectario y enfermizo con el cual canalizar una serie de corrientes políticas y filosóficas bastantes discutibles. Para la génesis de éstas se parapetaron en actitudes más o menos circunstanciales, más o menos sinceras, de un creador que, unas veces pegado suciamente al mundo y otras elevado por encima de tanto lodo, siempre se condujo por un individualismo narcisista. Hamann se sitúa, muy sagazmente, lejos de la enumeración de los logros artísticos del genio (ya han hablado de ellos unos cuantos musicólogos) y lejos de los juicios de valor sobre sus herederos: sabe perfectamente que no hay más que verlos para que queden en evidencia sus taras emocionales y su ambición sin escrúpulos. Sería deseable, cuando no obligatorio, haber escuchado algo de música de Richard Wagner antes de leer este libro ya que, como he apuntado al comienzo, no es un estudio para partir “de cero”. De hecho, sería obligatorio haber escuchado algo del genio (algo más que la Cabalgada de las Valkirias) antes de hablar de tal coloso y de su camada. Parece obvio, pero uno no deja de escuchar bocas y bocas llenas de estulticia mezclando las churras con las merinas, Lohengrin con Hitler, Brunilda con los empresarios. No estaría de más recordar, como le decía el maestro Cristóbal Halffter a un intelectualucho que abominaba de Richard enlazándolo a la Gestapo, que, gracias a las vías musicales abiertas por Tristán, otro genio llamado Arnold Schoenberg –judío, calvo y apátrida- consiguió componer uno de los mayores alegatos en contra del Holocausto: Un superviviente de Varsovia. Tal vez no sea un tópico eso de que el arte prevalece sobre todo lo demás. Justicia poética, en definitiva.

martes, marzo 03, 2009

Érase que se era. Cuentos tradicionales de Castilla y León, Edición de Joaquín Díaz

Editorial Castilla Tradicional, Urueña, 2008. 252 pp. 26.90 €

Ignacio Sanz

El cuento tradicional es el antecedente del cuento literario o de autor. La sociedades tradicionales, de la misma manera que acuñan refranes, jotas o romances, acuñan también cuentos, a veces con una estructura compleja. El Arcipreste de Hita o don Juan Manuel son dos clásicos de la lengua que sacaron mucho partido al cuento. El cuento tradicional está presente en El Quijote y en muchas de las obras del siglo de Oro. En nuestros días autores tan insignes como Guelbenzu, Rodríguez Almodóvar o José María Merino también se han ocupado del cuento tradicional.
De la estirpe refinada de Menéndez Pidal o de Julio Caro Baroja, el etnógrafo Joaquín Díaz, un clásico vivo como intérprete del romancero, con más de medio centenar de discos a sus espaldas y con otro medio centenar largo de libros sobre cancioneros, trabalenguas, refranes, romances y cuentos es una autoridad indiscutida de la cultura tradicional. Desde hace veinte años dirige el Centro Etnográfico de Urueña (Valladolid) que lleva su nombre así como la Revista de Folklore. Pero, además, es un dinamizador de la sociedad tradicional y un creador de museos e impulsor de iniciativas que tienden a realzar el valor de esta cultura, con frecuencia menospreciada desde los centros urbanos del poder. Como dijera Machado: “Lo que no es tradición es plagio”. Eso lo sabe bien Joaquín Díaz que no sólo bebe en las fuentes tradicionales sino que las recrea para trasladar al hombre de nuestro tiempo la emoción que potencialmente contienen.
En la introducción a este hermoso tomo de cuentos tradicionales, Joaquín Díaz reflexiona sobre la necesidad de mitos que tiene el hombre de cualquier época y de cómo el hombre se sirve de los relatos para la trasmisión de valores: “Quienes trabajamos en el terreno de los conocimientos legados por la tradición lo tenemos muy claro: nada en la vida de los individuos se produce aisladamente.”
Joaquín Díaz, arriesgando mucho, ha decidido dividir los cuentos de esta entrega en seis apartados que ha titulado: “astucia y necedad”, “valentía y cobardía”, bondad y maldad”, “riqueza y pobreza”, “prudencia e imprudencia”, “lo natural y lo sobrenatural”. Y digo que arriesga mucho porque los cuentos, como las personas, no son espíritus puros ni simples y participan al mismo tiempo de varias de estas características.
No hay más que catar alguno de estos 140 cuentos para percatarse de su ambigüedad o complejidad temática. También del estado de gracia que siguen teniendo, es decir de cómo nos siguen encandilando estas historias primigenias protagonizadas por frailes, curas y sacristanes, por molineros, zapateros, herreros o sastres, por zorras y lobos.
Y es que en estos cuentos se palpa el gozo primigenio de la narración eficaz sin aditamentos artificiosos, la gracia siempre viva de las historias que vienen rodando desde largos siglos, entreteniendo las veladas, las meriendas y los momentos gozosos de la vida del pueblo llano que las ha hecho suyas.
El mérito de Joaquín Díaz descansa en la traslación esencial de estos cuentos, eliminando no sólo los carraspeos de los contadores o informantes, sino el bálago reiterativo en el que con frecuencia caen otros colegas más puristas. De tal modo que al leerlos experimentamos una sensación de plenitud que recuerda al goce esencial que nos traslada cualquiera de sus discos.

lunes, marzo 02, 2009

Otra vida. Poemas en asturiano 1996-2004, Martín López-Vega

Trad. del autor. Prensas Universitarias, Zaragoza, 2008. 84 pp. 10 €

Sofía Castañón

Para leer este libro son necesarios otros pies. Unos más parecidos a los que deberían ser los nuestros: sin las marcas de un calzado incómodo, sin las atrofias de la falta de uso, sin el grabado de la cenefa de los calcetines en los tobillos. Hacen falta unos pies de verdad, porque a lo largo de los ocho años de poesía en asturiano que se recogen en este libro hay ciudades, hay paisajes, toda una geografía no siempre existente (“Les ciudades nun esisten/ non colos nomes colos que les conocemos”) que sólo se puede recorrer descalzo.
Esta es otra vida, igual que son estos otros poemas que los lectores no falantes no habían podido disfrutar. Y en esta vida, la de otro muy próximo, habita la espera, los días se parecen a esos previos al comienzo de un viaje o, las más, al día justo en que uno vuelve a casa y, colocada ya la ropa de nuevo en el armario, sólo se desea volver. López-Vega se debate entre la memoria y el olvido, y es que tiene presentes las palabras de Brodsky, y “para olvidar un vida un hombre necesita, al menos/ otra vida más.”
Si el autor entiende que la poesía es el manual de instrucciones para entender la vida que no nos dan cuando nacemos (y así lo expresa en “Si escribiera una poética diría más o menos algo así”, Clarín, número 71) en Otra vida uno encuentra el callejero para recorrer las calles que, de un modo muy platónico, nos olvidamos al nacer y con los años vamos redescubriendo.