viernes, febrero 13, 2009

Solo con Invitación: España, Manuel Vilas

DVD Ediciones, Barcelona, 2008, 240 pp. 14 €

Eduardo Fariña Poveda

Una novelista que escribe libros de relatos. Un poeta muy narrativo. Un cuentista demasiado poético. Un aragonés de ficción latinoamericana. Un español de ficción norteamericana. Un ciudadano del futuro nostálgicamente hispano. ¿Cuántos Manuel Vilas son posibles?. Esa es, al menos, la pregunta que uno podría formularse al leer España, novela que reflexiona y (des)confecciona su status fragmentario, proponiendo una pluralidad de dudas e incertidumbres deliciosas, salvajes, conmovedoras, necesarias. A través del recorrido conceptual e imaginario que este hacedor de narradores tiene y reconoce la posibilidad de España como nación y su flujo cultural visible; va añadiendo dichos y detalles fundamentales en el imaginario occidental. Política, terrorismo, ciencia, tecnología y la situación de la novela actual son algunos de los ejes que obsesionan a los protagonistas de estas historias. Con audacia y astuta megalomanía estos personajes se irán (des)presentando frente a los lectores, signados como propuestas tecnológicas de identidad.
España parecería ser la historia de un país en la medida que los lectores asumimos la necesaria ficción jurídica que puede ser cualquier nación dentro del contexto actual para poder pasear por las ruinas teóricas y los telúricos recuerdos que nos exaltan la vida y donde las perspectivas de quien observa se hacen irreconocibles. Edmundo Paz Soldán en una reseña señalaba: «es un enorme cuentista, sus juegos con la perspectiva del narrador y con personajes llamados Manuel Vilas logran insuflar vida nueva a estrategias posmo que ya se habían gastado por culpa del repetitivo Paul Auster». Vilas ya venía trabajando en una narrativa que privilegiaba ante todo la transformación de los sujetos y la disolución de estos en un escenario que de algún modo nos dirigía a Zaragoza, a una Zaragoza tan mágica y camaleónica como los mismos sujetos, concursantes desaforados y movedizos que recortan lo real de un modo considerable. En Zeta (DVD, 2002) ya nos encontramos con mezclas hibridas y con acusado movimiento transgresor, relatos que recuerdan a los capítulos-relatos de España, donde personajes extravagantes e historias curiosas pueblan el imaginario de una capital aragonesa festiva. Y en Magia (DVD, 2004) las cuotas de nihilismo y pasión logran una arquitectura más cercana a lo que podría ser novela en términos convencionales, pero saneada por el sueño de lo inclasificable que de tanto mezclarse y anunciarse, deviene misteriosa y adopta un contexto contundente, exigiendo al lector atento la capacidad para releer muchas estrofas que gustarían saberse de memoria. José María Pérez Álvarez decía sobre las reacciones frente a la novela: «Y yo, que no soy crítico, acudo a una librería y compro el libro (los libros) de Manuel Vilas y me sumerjo en ellos (…) a esa violenta poesía, a esa forma extraña y singular de enfrentarse a un texto narrativo que viola todas las fronteras. Pasen adelante y juéguense la vida». Han pasado 4 años desde Magia y España y las palabras de Pérez Álvarez se ganan el mérito de ser de las primeras en vaticinar lo que desarrollaría Vilas más adelante, ahora que sus libros han ganado más lectores capaces de jugarse esa vida que él señala y se sitúan en lo más interesante de la narrativa escrita: España.
El arranque viene con el sugestivo El Noevi o tecnología de la repetición, un cuento en donde un grupo de investigadores diseñan el Noevi, que se trata de un proceso de “Resurrección” de la verdad a partir de lo que pensaron los otros. Pareciera ser que toda la Novela es un Noeví, cuidadosamente elaborado para que nuestro imaginario hispánico, cuya forma se examina aquí una y otra vez, pueda expandirse. En el Cadáver encendido, observamos el transcurrir de una vida mediante episodios dignos de una Madame Bovary o María Font de Los Detectives Salvajes. La mayoría de las narraciones de España son relatos que van en búsqueda de algún tiempo tecnológico perdido, para deshacer lo leído o buscar en las ruinas de alguna moral algún fragmento, alguna invitación a lo omnipresente, a recostarnos en el esplendor de la hierba. En Vacaciones se va por el rastro de Lezama Lima. Aquí Vilas desarrolla más extensamente sus propios métodos poéticos, que muchas veces se han vinculado apresuradamente en corrientes asociadas al realismo sucio. El cuento recuerda bastante al poema de Resurrección (Visor, 2005). El Inmaduro, en cuanto a encorsetar el deseo de cambio en alguna circunstancia, para que el mismo final del relato pareciera ser un microrrelato. Tanto en este poema como en este relato vemos los muchos que en potencia somos.
Lo que de alguna forma compone el eje gravitacional de la novela es la idea de que las cosas y personas no están constituidas por elementos permanentes e invariables. Probablemente, la esencia de éstas no sea más que una humorística expedición hacia su propia intención de definición. Así, lo característico del ser humano es sólo un reflejo del instante que está viviendo. La tiranía de lo vivido o por vivir se teje en la moral. Nietzsche afirmaba en Más allá del bien y del mal que toda moral es una tiranía contra la naturaleza y contra la razón, cuya estructura no era más que una semiótica de los afectos. Es una afirmación semejante la que nos conduce al instante en donde Max Brod decide finalmente inventar a Kafka. En El último Motorista (como tantos fragmentos del libro, había sido colgado por Vilas anteriormente en su blog) nos encontramos con una celebración del editor (también hay que estar atentos a la aparición del editor de este libro, Sergio Gaspar), y sobre todo, la invención misma del escritor. Negándose a cumplir su promesa de privarnos de esos manuscritos, Brod emerge como un mártir muchas veces vilipendiado y en España asume el rol de un verdadero arquitecto de afectos posteriores. En Misión Imposible, que cierra el libro, nos enfrentamos al riesgo de que la zonificación de nuestras actividades pueda ser absolutamente inútil en resultados pero estéticamente estremecedora. Al verse casi vacío de sangre pero aún con vida suficiente, el personaje reflexiona y se las ingenia para sostener un espectáculo y no aburrir a una audiencia. El humor, el aburrimiento, el nihilismo y la celebración de la vida son temas muy presentes en la obra de Vilas, unidos a la política, las mutaciones del tipo mejillón cebra y las nuevas tecnologías hacen de este y de sus otros libros, una inteligente literatura que ya no podrá pasar desapercibida.
En el poema Resurrección, del mismo poemario que le da título, afirmaba el hablante que en el universo la vida era la vanguardia frente a tanta roca helada o caliente. Con ese mismo principio, el libro es una invitación a encabezar la vanguardia y a fragmentar el fragmento. Muchas lecturas son posibles y la invitación ya esta hecha. La novela como análisis de la identidad nacional española de los últimos 30 años y como compleja revisión de lo hispánico en diálogo con lo posmoderno. España alberga escrituras íntimas que cargadas de humor, hacen posible la mutación en las relaciones humanas.


Manuel Vilas: «El humor es la sangre de la inteligencia»

Si bien es cierto que Manuel Vilas había despertado con su narrativa muchísimo interés por parte de la crítica más arriesgada, es con España donde ya entendemos que hay un salto significativo. La mirada atenta de críticos como Vicente Luis Mora, la inclusión en antologías como Golpes, ficciones de la crueldad social (DVD, 2005) coordinada por Vicente Muñoz Álvarez y Eloy Fernández Porta y Mutantes: Narrativa española de última generación (Berenice, 2007) de Juan Francisco Ferré fueron pasos importantísimos para el conocimiento de muchos de lo que proponía Vilas y muchos otros autores, acerca de una narrativa que escapaba de las etiquetas más comerciales. Sobre esto, España y otras cosas, Manuel Vilas nos comenta.

Cuéntanos cómo te preparas para escribir un poema, relato o novela. Cómo te inspiras previamente.
No soy un profesional. No escribo durante mucho rato seguido. Necesito música para escribir. Y no cualquier música. Más o menos esta música: The Velvet Underground, Johnny Cash, The Who, Patti Smith, Lou Reed, Simon y Garfunkel, John Cale, Elvis Presley y Joy Division. A veces incluso Dylan.


Lee la entrevista completa aquí

jueves, febrero 12, 2009

Ni de Eva ni de Adán, Ámélie Nothomb

Trad. Sergi Pàmies. Anagrama, Barcelona, 2009. 173 pp. 15 €

Care Santos

Puedo imaginar al editor de Amélie Nothomb frotándose las manos al saber que su última novela, la que iba a publicar en el 2008, y que ahora aparece en España, regresaba argumentalmente al Japón que tan buenos dividendos —literarios y económicos— arrojó en aquel libro que para muchos representó el descubrimiento de la autora belga, Estupor y temblores. Pues sí, en esta novela, Nothomb regresa al Japón en el que nació y vivió hasta los cinco años y que añoró durante los quince siguientes, para luego recuperarlo ya veinteañera y dispuesta a fundirse con el país a la manera japonesa. Es decir, trabajando en una gran compañía y sufriendo todas las vejaciones que el rígido sistema laboral nipón es capaz de infligir a un empleado (que son muchas, como sabemos todos los lectores de aquella novela). El encanto del Japón que nos explica Nothomb en sus novelas radica en el amor y la perplejidad a partes iguales con que ella lo observa. La suya es la mirada de una occidental, y por tanto realza aspectos que a nosotros nos pueden resultar chocantes o divertidos, con absoluto conocimiento. Pero, a la vez, es también la mirada de alguien profundamente enamorado de la cultura nipona, de su gente, de sus costumbres, y por tanto amable con ella. Hay extrañeza, pero jamás desprecio. La perplejidad está moderada por la admiración. Eso es lo que convierte su mirada en única y en irresistible.
También en lo referente a su temática es particular esta novela. Según ha dicho la propia autora «es el único de mis libros en el que ningún ser intenta destruir a otro». Suponiendo que no entendamos el amor como la más sublime maniobra de destrucción inventada por el ser humano, claro, porque esto es lo que cuenta esta historia: una historia de amor. Y como siempre ocurre en estos casos, uno destruye y el otro resulta destruido. También regresa la autora a sus novelas autoficcionales, como Estupor y temblores —cuya trama es simultánea en el tiempo a la de ésta—, Metafísica de los tubos o Biografía del hambre. Y eso después de sus dos últimas entregas, bastante más flojas: Acido sulfúrico y Diario de golondrina. El de la autoficción es un registro en el que se maneja bien, en parte por la ironía con que ha sido capaz de construir su propio personaje, y en el que es divertido advertir hasta qué extremo escribe para sus seguidores, intercalando referencias a otras novelas de las que no cuenta nada y que supone en conocimiento de todos. Sin duda, puede permitírselo.
La historia de amor de Ni de Eva ni de Adán confronta a una veintañera Amélie que regresa a Japón con la intención de estudiar el idioma y buscar trabajo, y que para sufragarse los estudios da clases de francés a japoneses. Así conoce a Rinri, un joven de su misma edad, multimillonario y exquisito, prendado de la lengua de Voltaire —y de todo lo francés, por extensión—, de quien se enamorará a las pocas lecciones. Con él conocerá algo mejor el país que tanto admira, y eso incluye episodios turísticos como una visita a Hiroshima o una ascensión al monte Fuji y otros más auténticos, como las veladas familiares en casa de su novio, en las que nunca consigue vencer la animadversión que despierta en los padres y los abuelos de él sólo por ser «una occidental demasiado expresiva».
Como siempre en Nothomb, hay minimalismo narrativo, multitud de anécdotas hilarantes, autoparodia, metáforas que sustituyen escenas completas —la más astuta y a la vez la más delicada es la descripción del ciclón que sirve para explicar un fin de semana de sexo entre los dos protagonistas— y reflexiones lúcidas, pequeñas perlas que por sí mismas justifican una lectura. En este caso, son especialmente emocionantes las que llegan al final, otra marca de la casa —los finales de Nothomb merecen la pena incluso en sus novelas más flojas, lo cual no es mérito pequeño—, al hilo de la huida que emprende la protagonista, contra todo pronóstico: «Uno debería tener siempre algo de lo que huir, para cultivar esa maravillosa posibilidad. De hecho, siempre hay algo de lo que huir. Aunque sólo sea de uno mismo.»
La escena final de la historia sirve también de justificación de la novela misma: «Decirle a alguien que se ha terminado es feo y falso. Nunca se termina. Incluso cuando ya no piensas en alguien, ¿cómo dudar de su presencia dentro de ti? Un ser que ha contado para ti siempre cuenta». Es un buen colofón, que además deja claro a aquellos que no lo supieran que Nothomb es una de esas escritoras capaz de escribir una novela para narrar el vuelo de una mosca que le sedujo en una tarde cualquiera. No importa lo que cuente, importa la originalidad de su voz, su particular manera de ver el mundo y de reírse de él sin dejar de analizarlo. Por eso la literatura de Amélie Nothom es una droga. Legal, por fortuna.

miércoles, febrero 11, 2009

Cuadernos de la guerra y otros textos, Marguerite Duras

Ed. Sophie Bogaert y Olivier Corpet. Trad. María Condor. Siruela, Madrid, 2008. 364 pp. 25 €

Elvira Navarro

«¿Que la vida es triste? Bueno, pero quiero averiguarlo yo, ¿comprende?, yo solita y hasta el fin, y tanto como pueda», le dice una sirvienta a un viajante de comercio en El square. Se trata de una declaración de principios: «yo solita y hasta el fin, y tanto como pueda», aunque lo único que haya que ver sea la tristeza, pues el verdadero mal no es que la vida sea penosa, sino la indiferencia.
¿A qué llamamos “vida”? Quiero tener esta pregunta delante para escribir sobre los Cuadernos de la guerra, escritos entre 1943 y 1949, y que no tratan sólo ni fundamentalmente de la ocupación alemana de Francia, aunque también. Los acompañan otros textos: La infancia ilimitada y seis relatos, y lo interesante de ellos, al igual que de la obra entera de esta venerada y repudiada autora francesa, es la celebración casi suicida de cualquier estado que quiebre la normalidad, es decir, la convención. El porqué de la pulsión durasiana en contra de cualquier establishment de la realidad queda bien claro en estos Cuadernos, que son, en su mayor parte, autobiográficos: la convención quiere la muerte de los que no se atienen a ella. Y la convención es, en primer lugar, dinero.
La tragedia de no tener dinero es lo que se cuenta en el Cuaderno rosa marmolado, el primero del volumen y el más importante, pues en él está el origen de la escritura de Duras. Hija de maestros que emigraron a Indochina, el cuaderno cuenta cómo la madre de MD trató de hacer fortuna gastándose los ahorros de veinticuatro años de funcionariado e hipotecando parte de su sueldo en unas tierras que resultaron ser aluviales (esta narración es el origen de Un dique contra el Pacífico). El resultado: una madre enloquecida y arruinada, un hermano que les robaba y les pegaba para fumar opio, otro hermano que vivía aterrorizado y Marguerite, que soportaba palizas y humillación, y que no obstante estaba llamada a redimir al clan familiar, pues así lo decidió su madre al obligarla a estudiar. Cualquier escritor blando habría sacado de aquí traumas y nihilismo a manta, y sin embargo, y esto es lo importante, Duras hace de la tragedia una escuela de afirmación vital, recogiendo el testigo de su madre, la cual «soñaba como no he visto nunca soñar a nadie. Soñaba su desgracia misma, hablaba de ella con orgullo, no conocía la verdadera tristeza sino solamente el dolor, porque tenía un alma de una violencia regia que no se hubiera complacido en la aceptación que toda tristeza comporta». Y es que entregarse a la tristeza es resignarse, claudicar, morir. ¿A qué llamamos “vida”? A la actitud de vivir, de afirmarse y aprender contra viento y marea, de no dejarse matar.
De esta actitud salen afirmaciones tan sorprendentes como: «En toda mi existencia he experimentado revelaciones tan poderosas, tan poderosas y tan soberanamente convincentes como algunos insultos de mi hermano mayor, si no es leyendo a Rimbaud, a Dostoievski. Fue quizás el primero que me inculcó esta tendencia, que todavía tengo, a preferir la obra de inspiración a cualquier otra», o esta otra, máxima de su literatura: «Me abstengo de juzgar, como lo hacía entonces. Me gustaría conservar intacto el brillo del Acontecimiento que para mí era mi hermano mayor. Era injusto y ruin como lo es la suerte y como lo es todo destino. Su ferocidad para conmigo tenía algo de cabal y en el fondo algo de puro. Su vida se desarrollaba tan implacable como una fatalidad, y nos infundía respeto. El tejido de golpes e insultos que me infería era el tejido mismo del que estaba hecha su alma, no había margen».
No me extiendo más, pues el quid de estos cuadernos ya está dicho. Añadiré que al relato de infancia se suman esbozos de El dolor, Albert de Les Capitales, Ter el miliciano, Madame Dodin (estos títulos son parte de la obra primeriza de MD), y textos autobiográficos. Para los amantes de Duras, entre los que me cuento, son todo un festín.

martes, febrero 10, 2009

Flores para un cyborg, Diego Muñoz Valenzuela

EDA, Madrid, 2008. 196 pp. 14.25 €

Pepe Cervera

En Flores para un cyborg, uno de los seis libros que hasta la fecha ha publicado su autor, Diego Muñoz Valenzuela, (Chile, 1956), se cuenta la historia de un científico experto en robótica, Rubén Arancibia, que después de pasar varios años exiliado regresa a su país, Chile, acompañado de Tom, cyborg que ha construido a su imagen y semejanza. A tal extremo llega el parecido de la máquina con el aspecto de su creador, que es capaz de pasar por éste en «reuniones sociales, cócteles, conferencias, almuerzos, partidos de béisbol y a más de un seminario inútil», incluso llega a superarlo en cuanto a relaciones sociales, ya que el androide aprende rápido a lucir un encanto del que Arancibia carece.
Pese a haberse convertido en un país democrático, en el Chile que el protagonista se encuentra permanecen latentes los vicios de la anterior dictadura. Los antiguos torturadores están ahora al mando de negocios excesivamente conectados con el actual gobierno; aquellos que administraban el país continúan manejando ahora excesiva información que les permite mantener un estatus privilegiado con la connivencia de jueces y políticos. La corrupción está en el orden del día. Rubén Arancibia y un viejo amigo, activista opositor al régimen, Ricardo Bell, se plantean darle al Perro Torres, torturador y asesino, una píldora idéntica a las que él administraba.

«— ¿Dárselas a ese hijo de puta? ¡Claro! Pero es muy difícil. Ningún tribunal lo condenaría. No conseguiríamos nada con esos magistrados corruptos o, en el mejor de los casos, inertes.
—No hablo de tribunales, hablo de justicia. Dejar seca a esa alimaña.»
Lo que a priori parece una empresa etérea y descabellada toma cuerpo rápidamente y se transforma en una idea palpable gracias a la implicación del hombre de acero, cuyos principios y reglas morales coinciden con los que rigen el comportamiento de su creador. El cyborg se convierte en el instrumento con que su hacedor llevará a cabo la revancha. Se desata una oleada de violencia para resarcir el daño que les fue causado. El argumento que trabaja el autor posee por sí mismo una importante carga de tragedia, sin embargo Diego Muñoz Valenzuela va salpicando su prosa con las dosis justas de humor para desdramatizar el punto de vista del lector, quien no puede evitar la reflexión pero tampoco dejar escapar una sonrisa —como la que provoca la obsesión del cyborg por conseguir un apéndice viril que le permita mantener relaciones sexuales con mujeres de carne y hueso. Tom adquiere sensibilidad y capacidades humanas; sorprendentemente la máquina desarrolla cierta facultad de sentir, es capaz de querer y conseguir que le quieran. Ruben Arancibia lo considera un amigo, un hermano, un hijo, y a lo largo de la narración se percibe la reciprocidad de esos sentimientos. Para la lectura del libro de Muñoz Valenzuela, además del ya mencionado sentido del humor que lo recorre, adquiere importancia la soltura de la prosa, la facilidad con que se avanza: no es difícil liquidar las más de 260 páginas de tirón. Los objetivos que el protagonista y sus cómplices se asignan van cayendo y lo que se planteó en un primer momento como una reparación puntual e irreprochable empieza a perder freno tomando visos de venganza. El protagonista lo advierte casi al mismo tiempo que el lector: «—Haces justicia por tu mano y te conviertes en uno más de ellos, un vampiro que jamás se cansará de succionar la sangre de sus víctimas…», le dice al cyborg después de su último trabajo. A un pelo estamos de cuestionar la rectitud de sus hazañas cuando una veta de esperanza viene a apaciguar las malas conciencias.
A Diego Muñoz Valenzuela se le conocía en España por haber sido incluido en la Antología de cuentos chilenos que en 2006 preparó el italiano y especialista en literatura hispanoamericana Danilo Manera para la editorial Siruela; en Chile ha publicado otra novela y cuatro colecciones de relatos. Ahora se le puede encontrar en las librerías españolas gracias a la labor de E.D.A. libros (http://www.edalibros.com/), que poco a poco, de manera injustamente callada y con unos libros de muy buen tacto, está elaborando un catálogo nada despreciable —en su colección “Los días terrestres” ya ha publicado a autores como Guillermo Busutil, José Eduardo Tornay, David Roas, Federico Fuertes Guzmán—: Flores para un cyborg es una prueba más de ello.

lunes, febrero 09, 2009

Guinea, Fernando Gamboa

El Andén, Barcelona, 2008. 384 pp. 18,50 €

Carmen Fernández Etreros

Desde las primeras páginas de esta novela de Fernando Gamboa, el lector de Guinea se siente espectador de una aventura, de un viaje. Guinea tiene todos los ingredientes de la novela de aventuras: Un país desconocido, una voluntaria española indefensa que se debate entre la soledad y la duda, una violencia inesperada, una naturaleza difícil de controlar,... Una ficción documentada que como señala el autor Fernando Gamboa en una nota «ha creído necesaria para describir la escalofriante realidad».
En aras a esa realidad vivida y transmitida por la protagonista en la barra del bar de un desvencijado hotel, el narrador nos lleva de la mano por un pequeño país africano, Guinea Ecuatorial que fue una desconocida provincia española hasta hace cuarenta años. Pero en la actualidad, a pesar de poseer una de las mayores reservas petrolíferas del continente africano y una gran riqueza natural que sorprende con sus desconocidas selvas vírgenes, sus escondidas tribus como los ‘akas’ y sus animales salvajes como los buscados gorilas, este país sufre una cruda etapa de represión por parte de sus dirigentes.
La novela de Gamboa, viajero incansable y autor de La última cripta, nos recuerda a obras de Vázquez Figueroa como África llora, y ese género de novela de aventuras en la acción marca el argumento y el ritmo de la novela. La protagonista de esta novela Guinea es Blanca Idoia, una joven antropóloga que llega llena de ilusiones al país gracias a una ONG, y tras una corta estancia es detenida arbitrariamente en un control de carreteras por no llevar documentación. Blanca Idoia, ante su sorpresa, será conducida a una oscura celda, torturada brutalmente, y finalmente condenada a muerte en una parodia de juicio por militares guineanos. La protagonista se verá obligada a huir sin remedio para sobrevivir en una desesperada carrera a través de la selva ayudada por los nativos y, sobre todo, por Gabriel Biné, un guineano que huye como ella y que se convertirá en su guía y su ayuda. Blanca Idoia conocerá la pobreza extrema, el hambre, la injusticia, así como las enfermedades que azotan África como la malaria o el sida. Pero también conocerá la belleza salvaje de la selva, la ayuda generosa de los habitantes de Guinea, la vida diaria de los pigmeos o el comportamiento de los gorilas.
Destaca como el narrador logra conectar esa experiencia con el cambio profundo en el carácter y el destino de la protagonista Blanca. Del viaje físico de la protagonista nos traslada al viaje interior del personaje de Blanca Idioa con estas palabras:
«Me enjaboné y me pasé la esponja por fuerza, casi con saña. Sentía que África se había filtrado por los poros de mi piel, y que no sólo me había traído conmigo el parásito de la malaria, sino también algo más indefinible, más oscuro. Un tipo de tristeza desesperanzada que no había sentido antes. Sentía rabia. Miedo. Odio. Amor» (página 284).
En la novela se mantiene una hábil tensión basada en un ritmo cercano a lo cinematográfico, basado en la imagen y en la acción, y un diálogo entre los personajes fluido y dinámico. Un libro duro sin duda, en el que no faltan las escenas cruentas, que cuenta una «experiencia real inventada» que nos acerca a los acontecimientos que viven muchos seres humanos indefensos que viven en Guinea, ese país desconocido.