viernes, febrero 06, 2009

21 relatos contra el acoso escolar, edición de Fernando Marías y Silvia Pérez

SM, Madrid, 2008. 262 pp. 7,80 €.

Juan Pablo Heras

Ya sabemos que la violencia en la escuela no es un accidente de nuestro tiempo. Nos lo recuerda, por ejemplo, el dibujo que aporta Carlos Giménez a esta antología, y que replica los ya sobradamente conocidos de sus álbumes de Paracuellos, recordándonos que el acoso escolar no siempre fue «entre iguales». Como tema, tampoco ha escapado a la atención de la literatura, quizá porque en las situaciones de acoso se revelan a la vez la crueldad primaria del hombre y las perversiones implacables de la civilización: recordemos, por ejemplo, el terrible relato de Roald Dahl Galloping Foxley. Pero la razón por la que Fernando Marías y Silvia Peláez han convocado a 21 autores para escribir estos relatos es la misma que, entiendo, justifica la subvención con la que el Ministerio de Cultura ha apoyado su edición: que la sociedad se ha puesto en guardia, y que ha llegado la hora de no mirar hacia otro lado cuando observemos a niños haciendo sufrir a otros niños. Por eso estos 21 relatos se presentan contra —y no sobre— el acoso escolar.
Antes de abrir el libro, a mí me sedujo la idea de ponerme en el lugar de los autores que habían recibido el encargo, de imaginarles ante una página en blanco que de pronto se hace encrucijada: ¿dónde focalizar el relato? ¿En el maltratado? ¿En el maltratador? ¿En los testigos? Por suerte, la compilación aporta todo tipo de puntos de vista, como prueba de la vocación exploradora con la que muchos de estos autores han enfocado la cuestión palpitante.
La colocación del primer y último relato está sabiamente estudiada. Comienza el libro con Chico omega, de César Mallorquí, un relato básico y fundamental, una suerte de grado cero del acoso, una instantánea desoladora y certera del corazón encogido de un niño que se despierta todas las mañanas para encaminarse al infierno en el que se ha convertido su colegio. Se cierra con Marcar un gol, de Care Santos, una tranquila mirada al pasado de una mujer adulta que ha dejado atrás el sufrimiento, que ha sido capaz de aprovechar su talento para salir adelante, pero que ni olvida ni perdona.
Entre los demás relatos merecen ser destacados aquellos que se atreven a penetrar en la mente oscura del maltratador. Aprende, de Espido Freire, para mi gusto el mejor del libro, consigue alumbrar, con una admirable economía expresiva, el trasfondo de maltrato que se esconde tras cada maltratador, la espiral maldita que se enrosca entre generaciones sucesivas y que lacera todo lo que toca. Entre los otros relatos que se colocan en esta perspectiva, merecen especial mención los de Ricardo Gómez —quizá el más adecuado, por ritmo y lenguaje, para el lector joven— y Gonzalo Moure, que opta por una mirada lírica. Lola Beccaria, por su parte, consigue reunir el doble punto de vista de acosador y acosado en un solo relato.
Otros autores han optado por incluir como personajes a los padres y sus dificultades para detectar lo que sus hijos callan. Ana Alcolea y Elena O’Callaghan i Duch coinciden en contraponer los puntos de vista de madre e hija ante una situación que, con demasiada frecuencia, cae en el olvido de los secretos inconfesables. Las dos caras de la misma moneda, de O’Callaghan, se fundamenta en un hecho real y suma a su valor literario el de testimonio ejemplar.
Al margen de otros tres relatos —los de Lorenzo Silva, Montserrat del Amo y Alfredo Gómez Cerdá—, que divergen de la temática predominante y cuyo contenido no puedo desvelar sin chafar su lectura, también merece la pena destacar la presencia de varios testimonios autobiográficos (o al menos así lo parecen) que nos retrotraen a épocas pasadas, a situaciones que resultarían exóticas a los lectores jóvenes si no fuera porque el acoso es una misma forma de miedo con distintas máscaras. Es el caso de los relatos de Jordi Sierra i Fabra, Carlo Frabetti y Gustavo Martín Garzo. El de Frabetti, Fidel Castro y el general Moscardó, aporta una refrescante nota de sentido del humor; Memoria, de Jordi Sierra i Fabra, resume en pocas páginas la experiencia que ya recreó en su novela Sin vuelta atrás, la misma, por otro lado, que le convirtió en escritor. Quizá en todo escritor se esconde un niño inadaptado, un espíritu incómodo que se refugia en otros mundos —los libros— para escapar de los lobos. Y es por eso que el acoso escolar no es, simplemente, un tema de moda, ni este libro un título oportunista, sino, en cambio, una muestra más del valor social de la literatura.

jueves, febrero 05, 2009

Cuentos Completos IV / V, Philip K. Dick

Trad. Carlos Gardini y Manuel Mata. Minotauro, Barcelona, 2008. 471 pp/446 pp. 22 €/24 €

Alberto Luque Cortina

Para quienes no conozcan a Philip K. Dick (1928-1982), la inevitable referencia a películas como Blade Runner (Ridley Scott, 1982), Minority Report (Steven Spielberg, 2002), o Scanner Darkly (Richard Linklater, 2006), inspiradas en algunas de sus obras, puede servir de estímulo suficiente para adentrarse en la narrativa de uno de los grandes escritores de ciencia ficción del siglo XX. Dick, más conocido por su obra novelística, desarrolló, al igual que muchos de sus colegas de generación, una importante labor cuentística: más de un centenar de relatos recogidos en cinco volúmenes que Minotauro viene publicando desde 2005. Los dos últimos, editados en 2008, incluyen cuarenta y dos relatos escritos entre 1954 y 1981, un vasto periodo en el que se advierten diferentes etapas creativas dentro del universo literario y personal del autor, ambos íntimamente imbricados.
La evolución temática de su obra, fascinante y diversa, corre paralela a su trayectoria vital. Así, una parte considerable de los cuentos escritos en los años 50, los tiempos de la guerra fría, describen futuros apocalípticos en los que la Tierra ha sido arrasada tras una nueva y devastadora conflagración mundial. Encuentro en estas epopeyas pulp algunos de sus mayores logros, debido en buena medida a su habilidad para crear, con gran escasez de medios, ambientes inquietantes, capaces de provocar en el lector una desazón parecida a la producida por algunos pasajes musicales de los cuartetos de Shostakovich, las obras de Varese o de Elliot Carter. Dentro de esta temática se halla uno de los mejores y más desasosegantes relatos del autor, Los días de Perky Pat (IV), una joya de la ciencia ficción y una reflexión sobre el consumismo y la manipulación de las masas.
Precisamente el control de la sociedad a través de realidades artificiales o virtuales es uno de los temas recurrentes en la obra de Dick, pionero, entre otras corrientes, del ciberpunk. Esta ficción es en ocasiones creada por el mismo hombre -El patrón de Yancy (IV)- o bien por seres alienígenas -Artefacto precioso (V)-. La manipulación conduce a veces a la alienación del individuo, al desdoblamiento de la personalidad o directamente a la paranoia: el protagonista no sabe realmente qué ha hecho -Síndrome de alejamiento (V)-, quién es -Nosotros, los exploradores (V)- o qué es -La hormiga eléctrica (V)-, por citar algunos ejemplos.
De este modo, el mundo se desenvuelve con la apariencia compleja de algunos dibujos de Escher. Esta superposición de realidades engañosas es especialmente significativa en el último periplo creativo del autor, muy influido por sus experiencias personales –psicotrópicas, paranoicas y místicas-, y tienen su máximo exponente narrativo en La fe de nuestros padres (V), otro de los grandes relatos de Dick y uno de los cuentos de ciencia ficción más perturbadores que se hallan escrito.
Por lo demás, la temática del autor es muy variada: el misticismo y la religiosidad -La cajita negra (V)-, la precognición o visión del futuro –El informe de la minoría (IV) o Un juego sin azar (V)-, los viajes en el tiempo -Mercado cautivo (IV)- las invasiones alienígenas -Juego de Guerra (IV) o La guerra de los Fnuls (V)-, o el futuro controlado por las máquinas –Servicio técnico (IV)-, argumentos recurrentes del género que en las manos de Dick adquieren un tono mayor del acostumbrado por la originalidad de los planteamientos y el desenvolvimiento de la trama.
Como sucede en este tipo de compilaciones, el resultado es desigual: algunos cuentos son obras maestras de la ciencia ficción, mientras que otros no pasan de ser meros divertimentos de serie B a veces insatisfactoriamente concluidos, en los que puede intuirse una apresurada resolución fruto quizá de compromisos editoriales o simple dejación. Esta irregularidad es especialmente evidente en el quinto y último volumen, el más complejo y oscuro de esta colección, si bien cuenta con algunos relatos excepcionales. Este hecho no obsta para disfrutar del complejo y creativo universo dickiano, cómico, desolador, o aterrador por momentos, casi siempre emplazado en un futuro inmediato, inquietantemente familiar para el lector contemporáneo, en el que el individuo es el único eje alrededor del cual gravita una realidad siempre compleja y con frecuencia tenebrosa.

miércoles, febrero 04, 2009

El Informe de Brodeck, Philippe Claudel

Trad. José Antonio Soriano Marco. Salamandra, Barcelona, 2008. 288 pp. 16 €

Carmen Fernández Etreros

El Informe Brodeck no es una novela más sobre las consecuencias terribles de la Segunda Guerra Mundial. No, quizás la guerra sea el pretexto que utiliza el escritor francés para intentar explicar o contestarse a sí mismo sobre cuáles son esos extraños mecanismos de la naturaleza humana que logran que los hombres podamos tener ante situaciones limite actitudes impensables, crueles, vergonzosas o cobardes.
Para ello el escritor francés Phillippe Claudel (Nancy, 1962) sitúa el argumento de El Informe Brodeck en un pequeño pueblo perdido en las montañas, en el que un año después del final de la guerra sucede un acontecimiento inesperado: el único extranjero del lugar, a quien llaman Der Anderer, —el Otro, en alemán—, ha sido asesinado en la fonda del pueblo y todos los hombres de la localidad callan sobre el crimen.
El protagonista de la novela es Brodeck, un joven que llegó al pueblo de niño montado en una carreta protegido por una viejecita, Fédorine, y que una noche por casualidad acude a la fonda Schloss por un poco de mantequilla para su hija Poupchette. Brodeck se encuentra con un panorama inesperado al abrir la puerta: El Anderer ha sido asesinado y han quemado todo lo que le pertenecía. Todos los hombres del pueblo están allí, todos menos Brodeck. El sorprendido joven recibe el encargo del alcalde de redactar un informe sobre lo sucedido «para que quienes lo lean puedan comprender y perdonar». Brodeck es el único habitante del pueblo que en ese momento tiene estudios y puede redactar el informe.
Brodeck desde ese día se encerrará todas las noches en el cobertizo a escribir su informe pero al intentarlo se encontrara escribiendo su propia historia, su desconocida infancia, sus recuerdos de esa lengua que nadie conoce, su llegada al pueblo con Fédorine, su breve paso por la Universidad, su encuentro con su bella mujer Emélia, los extraños acontecimientos que le llevaron a un campo de concentración y cómo logró escapar. «Mi nombre estaba en el monumento a los caídos, pero como volví, Baerensbourg, el marmolista, lo borró. Le costó lo suyo. Eliminar lo grabado en piedra es peliagudo. Así que todavía logro leer mi nombre de pila en el monumento. A mí me hace sonreír pero a Emélia le produce escalofríos,...», (pág. 30).
Los lectores nos vamos dando cuenta por las pausadas palabras de Brodeck de que nos encontramos ante un superviviente, un extranjero en el propio pueblo que le acogió en su infancia sin reparo alguno, que le educó y le ayudó a salir adelante. Su lenguaje aséptico, y en ocasiones ingenuo, nos sitúa ante un hombre que ha llegado al límite. Nos damos cuenta de los silencios de Brodeck, lo que quiere callar, pero también de los silencios de los habitantes del pueblo ante esa muerte anunciada.
«Habría ocurrido de otra manera pero habría ocurrido algo. Se teme a quien calla, a quien no dice nada. A quien mira y no habla. ¿Cómo saber qué piensa quien permanece mudo?». (pág.226)
Se podría decir que es una novela construida sobre el engranaje de una palabra: el silencio. El informe Brodeck se enfrenta a esos momentos en que los hombres callamos y preferimos dar la vuelta a reaccionar. A esos momentos en los que el miedo en vez de conducir al heroísmo, nos lleva a no ayudar al vecino o al que sufre injustamente. Y Brodeck también cuenta en su relato esos momentos en los que él se ha comportado también como un hombre gris que calla y vuelve la cabeza y sólo intenta sobrevivir: «El campo me había enseñado esta paradoja: por muy grande que sea un hombre, nunca está a la altura de si mismo. Es una imposibilidad inherente a su naturaleza», (pág. 202).
En El Informe Brodeck, galardonada con el Premio Goncourt des Lycéens 2007, como ya hiciese Claudel en Las almas grises (Salamandra, 2005) Claudel construye gracias una poderosa voz narrativa una fábula sobre el alma humana, sobre lo que somos capaces de callar ante el miedo y la soledad. Pese a ello El Informe Brodeck no es una novela pesimista sino que deja la puerta abierta gracias al relato de su protagonista a la esperanza, a la vida y al amor.

martes, febrero 03, 2009

Cosas, Edgardo Dobry

Lumen, Barcelona, 2008. 95 pp. 14,90 €

Eduardo Fariña Poveda

Labrar lo íntimo como si fuera parte de un final para un acontecimiento fragmentario. Las búsquedas y exploraciones que el sujeto realiza hacen cada vez más cercano al poema y proponen un acercamiento a su superficie. Éstas, al ser reflejadas por las aguas estancadas de la memoria, deciden de una vez sumergirse y refrescar las cosas. Esa parecería ser en principio una de las direcciones que brinda Edgardo Dobry (Argentina, 1962) en Cosas. El poemario que da un giro notorio a su anterior obra El Lago de los Botes (Lumen, 2005), en el que Dobry trabajaba con formas más narrativas y cuya escritura no daba lugar a coloquialismos acérrimos, posibilita que interior y exterior dialoguen acerca de sus tensiones con bastante frecuencia. Sin embargo, el encaramiento textual se da en los lugares internos. La memoria ya no es una instalación para que los recuerdos, como cualquier artefacto artístico, puedan ser observados o interrogados por su insistencia en permanecer o en resucitar sustancias. Los 87 poemas parecen ser transformaciones de elementos opuestos, mudanzas urgentes y a menudo metamorfosis de objetos en conmemoraciones y viceversa.
Por ejemplo, en el poema 3 atisbamos una invitación a residir en un momento de un proyecto de lectura: «El poema y la casa del molusco/ son de quien los habita ahora/ no de quien los fabricó». (p.11)
Propone la concentración a semejanza del viaje, cuyo propósito es materializar e inmaterializar la esencia. El entorno que mediante el zig-zag del movimiento permite ver u ocultar el desarrollo de ésta es otra dirección con la que trabaja Dobry en estos textos. El viaje o la cadena de sucesos se van turnando para lograr una unidad que puede escenificar la necesaria presencia del sujeto. Así, observamos en el poema 23: «La uña de mi dedo/ El dedo de mi mano/ La mano de mi cuerpo/ El cuerpo de mi yo/ Mi yo de mi yo de mi yo». (p. 31).
El suceso cotidiano también es cómplice de este intercambio de estados. El hecho crítico tensa el arco de la realidad con la audacia de hacerle dudar del presente que la escenifica. Teatro o guiñol, según intuyamos, lo que está detrás es siempre la duda por la representación y los retazos que constituyen la cosa o sistematizan al individuo. De esta manera encontramos en el poema 51: «Si quiera alguna vez representarlo/ debiera pensar en cuatro manos que aparecen/ y se mueven como guiñoles blancos/ porque este poema sucede bajo el agua/ la tensión superficial es grande/ y opaca la visión: ¿abajo hay liquen, larva, plástico, agua quieta?». (p.59)
En el prólogo de la antología de poesía latinoamericana Pulir Huesos (Galaxia Gutenberg, Círculo de lectores, 2007), Eduardo Milán destacaba de la escritura de Dobry que portaba en su lenguaje una riqueza que ya no residía —dudaba además si alguna vez estuvo ahí tal poder— en el poder del artificio juguetón sino en la mirada, en lo práctico de una mirada que no puede diferenciar una cosa de otra si lo que busca es devolver (como acepción de otorgar) un nuevo sentido a lo que fue puesto en duda.
Ya que los objetos cargan con un peso casi de origen —y esto es muchas veces discutible— los hechos que protagonizan estos objetos tienden gradualmente a convertirse en opiniones que muchas veces poseen un blindaje que la mirada no puede atravesar ni verse reflejada; remover la sedimentación con una nueva mirada poética, o al menos, una mirada que se desee nueva, que no abunde en perezas sentimentales. Lavar los ojos en un río para atreverse a mirar y encontrar lo no pensado; como se expresa en el poema 82: «Hay que mojar la vista en ese río/ dejarla secar en la memoria/ que el limo sedimente el verso / —entre los versos—/ no pensado.»
Cosas es un poemario que intenta profundizar en la esencia de los elementos y reflexionar sobre la representación de la idea que podemos tener de ellos en contextos diversos. Boris Groys, en su último libro Bajo Sospecha (Pre-Textos, 2008), con respecto a la cita de Sartre «Ser subjetivo significa tener futuro», confirma que aparece la figura del lector como único sujeto posible de portar la subjetivización, y no el escritor, quien al terminar un texto está acabado y muerto, incluso si sigue vivo como hombre. El autor de un texto terminado no tiene futuro si no existe un lector que le devuelva la vida mediante la lectura. Desde un primer momento, el lector se sitúa como un juez para poder interpretar los signos y códigos extraídos del maná de lo mediático por el escritor. Siguiendo de cerca esta apreciación, el lector es quien está obligado a dar al objeto (ya sea desde el arte o desde la cultura mediática) el rol de objeto. Es por ello que todo esfuerzo de concebir la poesía a imagen de la esencia deseada es necesario y merece ser seguido con especial atención. Frente a tantos estímulos, el lector deberá buscar y reflexionar sobre su cosa en la cosa, y con ello su propio futuro alrededor de los significados.

lunes, febrero 02, 2009

Música blanca, Cristina Cerezales Laforet

Destino, Barcelona, 2009. 250 pp. 19€

Ignacio Sanz

Cuando yo estudiaba en la universidad de Madrid, allá por los años setenta, escuché en una de esas asambleas multitudinarias, creo que en la Facultad de Periodismo, que había tres obras que retrataban cabalmente la larga posguerra española, es decir la miseria moral de la época: Nada, La colmena y Tiempo de silencio.
El caso de Nada conmocionó el mundillo de las letras porque su autora, Carmen Laforet, era una muchacha desconocida de 23 años que se alzó con esta primera novela con el primer Premio Nadal. Aquella era una manera de prestigiar los premios. Ignoramos cómo se puede haber degradado tanto un premio que comenzó premiando a una desconocida. Pero esa es otra.
Laforet hizo correr ríos de tinta a su alrededor porque aunque siguió publicando sin apremios novelas y libros de relatos, su vida estuvo llena de inseguridades y contratiempos que, poco a poco, la fueron empujando hacia un aislamiento del mundo literario. Este aislamiento se acentúa a partir de los años setenta cuando empieza a tener problemas serios de comunicación que se convierten en una patología.
En este proceso patológico especialmente centra ahora su hija, la novelista Cristina Cerezales, este libro-testimonio que es Música blanca, una música silenciosa, como la propia Laforet, según descubrimos en una cita inicial de Baricco.
Uno descubre en estas páginas la vida torturada de una artista, sus problemas e inseguridades, sus miedos, también el cariño y la compresión de sus hijos que pronto se hacen cargo de la situación que atormenta a la madre. Para ello Cristina Cerezales se vale de cartas, fragmentos de novelas y, sobre todo, de los recuerdos.
El lector de este libro imagina lo difícil que tuvo que ser la vida para la artista que ha triunfado, una artista casada con Manuel Cerezales, periodista y crítico, con el que tuvo cinco hijos a los que, por encima de todo, trata de que su infancia sea un tesoro con larguísimas vacaciones en Arenas de San Pedro o a la orilla del mar. El lector descubre también los golpes terribles, las horas de soledad, alejamiento e incomprensión, la ruptura matrimonial, la presencia de una madrastra en la infancia de la autora que la empuja a salir de Canarias; y también el cariño de los cinco hijos hacia unos padres atormentados que sobrevuelan por encima de las miserias humanas. El escritor Ramón J. Sender, la celebrada autora de libros infantiles Elena Fortún o la profesora Consuelo Burell son algunos de los personajes célebres que salpican estas páginas. Pero la obra está escrita como una confesión íntima, como un dialogo sin estridencias entre una madre y una hija. De hecho, de entre todos los personajes que aparecen en estas páginas destaca Marta Orcajo, la cuidadora de la residencia en la que Carmen Laforet pasa los últimos años, que se ocupa de hacerle la vida más agradable; qué mujer, cómo se entiende con ella a la perfección y cómo es capaz de descubrir a través de una simple mirada qué es lo que la preocupa en cada momento.
Estamos ante un libro precioso, sencillo y conmovedor. Cristina Cerezales se asoma al abismo en el que naufraga su madre. Y lo hace sin dramatismo, desvelando el día a día de una existencia que, pese al brillo del éxito y del reconocimiento social, nos descubre sobre todo las carencias que nublan la vida, al tiempo que hace un retrato de una sociedad en la que no faltan tensiones.