viernes, enero 23, 2009

Lo infraordinario. Georges Perec

Trad. Mercedes Cebrián. Impedimenta, Madrid, 2008. 128 pp. 15,50 €

José Morella

Perec: con pocos escritores como con él tengo una tan aguzada consciencia de que yo debo gobernar la nave de la lectura. No me llevan de la mano. Perec jamás dirige a quien lo lee. Repudia sin piedad a los lectores pasivos. Ni siquiera camufla ideas por debajo de su objetividad. Sólo te da el artefacto y se aleja -no te abandona, pero se aleja-, y tú te quedas con el texto en el regazo como si fuera el primer bebé que tienes en los brazos en toda tu vida. Torpe e inseguro. A mí solo me sale hablar de Perec si hablo sin tapujos del camino que he tenido que hacer para arreglármelas con sus textos. Cómo he hecho para tener el bebé en los brazos, cómo he aprendido a sostenerlo. Y lo fabuloso que ha sido, finalmente, conseguirlo: estar con él un tiempo, sonreír con él. Eso lo único que puedo decir de Perec, aparte de lo que se ha repetido cientos de veces sobre él: los catálogos, las listas, Borges, el Oulipo, los experimentos formales, etc.
Pero que nadie entienda aquí que Perec es un autor difícil. En absoluto. Leerlo es de una ligereza insospechada. Es asombrosamente divertido. Tan solo hay que estar presente y alerta, aceptar el trato que nos ofrece. Es un trato muy simple: Perec te pide presencia de lector. Nada más. Si lo aceptas, todo saldrá bien. Te gratifica como pocos autores hacen. Es como escuchar a Bach: si lo escuchas despierto y alerta, no podrás dejar de escucharlo nunca. Te devolverá mil veces el esfuerzo que has invertido.
No es posible leer Lo infraordinario como algo separado del resto de la obra de Perec. De hecho, “Acercamientos a qué”, el texto donde se explica qué es lo infraordinario, podría ser entendido como un epígrafe a otros libros suyos, acaso a su obra completa. Lo que le interesa no es lo llamativo, no es lo que nos cuentan los diarios, los casos de política o sociedad, los problemas del mundo o las crisis económicas. Hay algo esencial, mucho más importante y sencillo, que ya no sabemos mirar. Es millones de cosas, de historias, de lugares. Es lo habitual no mirado. Eso es lo infraordinario. En lugar de lo exótico, lo endótico. Perec da testimonio -sin darlo explícitamente- de la desaparición más exasperante y verdadera, análoga a la de su infancia. Si tú sabes que algo ha desaparecido, es que no ha desaparecido todavía. Queda un vestigio en ti. Existe aún su hueco, el espacio que ocupaba, su no estar ya. Pero lo que sí ha desaparecido de veras es lo que nadie sabe que lo ha hecho. De algún modo, solo desaparece radicalmente aquello que, existiendo, nunca apareció. La vida instrucciones de uso está llena de ejemplos de esto: el proyecto vital de Bartlebooth, que consiste en pintar 500 paisajes de los que luego manda hacer puzzles para, cuando los haya completado, destruirlos. O el de Beaumont, que busca la capital perdida de Al-Andalus sin encontrarla. O el de Dinteville, que escribe una tesis sobre historia de la medicina que alguien le roba sin que pueda evitarlo. Nada de lo que hacen consigue ser visto ni llamar la atención. Nada es extraordinario. Todo queda infra. Está más abajo, está borrado. Si no te fijas, no se ve. Si no lo hubiera escrito Perec, no estaría.
La desaparición acuciante, en definitiva, no es la de Anna Frank, sino la del cualquier víctima anónima del Holocausto. La de uno o una que, habiendo existido y sufrido tanto como cualquier otro preso de los campos, sea imposible de identificar. Nadie lo recordará jamás. Perec se toma el humilde trabajo de decir lo que no aparece, lo perdido para la mirada. Y de paso nos cuenta, a base de no contarla, su vida en cada línea.
Lo infraordinario está, sin excepciones, inscrito a nuestro alrededor en el mundo. No hay que crear nada nuevo. Simplemente hay que estar atento, mirarlo y listarlo. Yuxtaposiciones de rótulos, etiquetas, lápidas, inscripciones, nombres de calles, de negocios... Nuestras ciudades son palimpsestos atiborrados de inscripciones que nadie toma ya en consideración. Hablar de cualquier cosa que haya en ese palimpsesto es, por definición, hablar sobre el tiempo. Todo fue ya, a todo le ocurrió o le está ocurriendo algo, se agrietó, se le tapió una puerta, se inundó. Construcciones, destrucciones, remodelaciones, excavaciones, roturas, grietas, reconstrucciones, reformas, derribos, expropiaciones, traspasos, arrendamientos, ventas, compras, desalojos, abandonos, ruinas... En el letrero de la carnicería se ven las marcas de las letras de lo que fue antes, tal vez un estanco o una oficina de notario... Los materiales han cambiado, los colores han cambiado, el color de la piel de la gente que anda por la calle ha cambiado. Perec me recuerda a Walter Benjamin en muchas cosas, pero la que más me llama la atención es el placer y el alivio que ambos parecían sentir por la existencia y la visión morosa de todos los elementos que conforman un grupo dado. En los inicios de la radio, Benjamin conducía un programa para niños, en el que dijo esto: “Cuanto más entienda alguien de una cosa, cuanto más al corriente esté de la cantidad de cosas hermosas que hay en una determinada categoría –sean flores, libros, prendas de vestir o juguetes-, tanto más podrá complacerse en el conocimiento y observación de esas cosas, y tanto menos se empeñará en poseerlas”. Me da la sensación de que, para ambos autores, lo único verdaderamente importante que hay que aprender -y aceptar- es el cambio. Perec deja constancia escrita de lo que cambia. Poseer algo es una ilusión infantil, ya que nos estamos yendo todo el tiempo. El materialismo de Perec es tan radical que, por su extremo, se vuelve espiritual. Se comporta, escribiendo, como un niño de dos años que descubre poco a poco los colores y las formas. No se las apropia. Solo las recorre y las dice en voz alta sin cansarse jamás.
Sorprende que unos textos que se limitan a enumerar cosas puedan ser tan entretenidos, tan dulces. Parece que con la simple enumeración uno pudiera entrar en una dimensión nueva de calma y placer, como si te tomaras un sedante o una droga, o como el sabio en su meditación matinal. Después de leer a Perec, o mejor dicho mientras se le lee, uno está reconfortado. La vida es difícil y a veces nos parece un sinsentido, pero no hay que asustarse: está Perec. Recuerdo perfectamente el estado en que quedé cuando terminé La vida instrucciones de uso. Fantaseaba con el deseo de que existiera una segunda parte, algo así como la segunda parte del Quijote. Necesitaba, de algún modo, seguir leyendo esa misma novela. No me refiero a releerla, sino a que el gran índice de la vida que nos propone no se acabara todavía. Que la yuxtaposición de historias apretadas, antigüedades, nombres, lugares, elementos de mobiliario y tantas otras cosas continuara. Me sentía huérfano. Durante dos o tres días seguí manoseando el ejemplar, sopesándolo, abriéndolo al azar, buscando en su índice de historias para releer alguna. No me sentía capaz de desprenderme de él. Con Lo infraordinario me ha pasado lo mismo. Lo he leído muy despacio para degustarlo, para disfrutar de lo normal y descansar de lo sensacional el máximo tiempo posible. 243 postales de vacaciones son porfiadamente infraordinarias, mientras que una sola, cuando la recibes, pretende no serlo y, por un momento, solo por un momento, lo consigue. Luego cambia.

jueves, enero 22, 2009

La historia no ha terminado. Ética, política, laicidad, Claudio Magris

Trad. José Ángel González Sainz. Anagrama, Barcelona, 2008. 295 pp. 19,50 €.

José Luis Gómez Toré

Intelectuales como Claudio Magris (Trieste, 1939), autor de un libro imprescindible como El Danubio, nos salva de caer en la tentación de identificar la compleja realidad de Italia con la grotesca caricatura representada por la Italia de Berlusconi. Magris es (permitáseme la simplificación) el anti-Berlusconi: si el actual primer ministro de la república italiana representa el lado más obtuso y soez de la política del presente, Magris es una referencia intelectual, no sólo para Italia, sino para sus numerosos lectores en todo el mundo.
La historia no ha terminado (es obvia la alusión en el título a la apresurada y simplista afirmación de Fukuyama) recoge cincuenta artículos del escritor, en su mayoría publicados previamente en el Corriere della Sera. Como sucede en libros de este tipo, conformados por textos previos (Anagrama ya había publicado una recopilación de breves ensayos del mismo autor en el interesantísimo Utopía y desencanto), es difícil evitar las reiteraciones. Por otra parte, al tratarse de textos concebidos originariamente para publicarse en un periódico, la dependencia respecto a la actualidad hace que algunos pasajes puedan resultar prescindibles para un lector que no sea un apasionado seguidor de Claudio Magris. Quizá hubiese sido deseable una mayor selección de los artículos para evitar las reiteraciones innecesarias (que, no obstante, no dejan de ser interesantes porque revelan las obsesiones del escritor así como la terquedad de lo real, que vuelve a traer a la actualidad una y otra vez los mismos temas). No obstante, en general la selección consigue mantener el interés y es de agradecer que, pese a todo, el lector acabe teniendo la impresión de estar ante un libro unitario y no sólo frente a un volumen recopilatorio, ya sea porque la propia mirada de Magris dota de unidad a un material heterogéneo, ya sea porque ha habido una voluntad expresa de recoger las reflexiones en torno a unos temas comunes (la laicidad, el espacio de lo político, lo público...). Aunque algunas referencias pueden resultar oscuras para el lector que no conozca la actualidad italiana, lo cierto es que la mayor parte de los problemas que afronta Magris, casi siempre con serena lucidez, trascienden el ámbito de su país y, desde luego, resultan familiares para el lector español.
Los dos artículos iniciales ("Las fronteras del diálogo", uno de los pocos no publicados en el Corriere de la Sera, y "Laicidad, la gran incomprendida"), y en especial el primero, sirven de excelente introducción al libro. En "Las fronteras del diálogo", Magris se pregunta por las claves dialógicas de la política democrática. Magris, que se presenta como un decidido defensor de la democracia, no obstante sabe ver que el diálogo democrático no puede exorcisar una dimensión trágica, que le es inherente. Dicha dimensión tiene que ver, por un lado, con los límites éticos del juego de mayorías y minorías y, por otro, con el hecho de que la democracia no puede evitar, en ocasiones, ser excluyente (si no quiere negar su propio espacio) con aquellas posiciones que niegan el derecho del otro a dialogar en libertad. El conflicto, que en ocasiones parece irresoluble, entre ética y política, se encarna en una figura fundacional como Antígona (de la que ya se había ocupado en Utopía y desencanto), que representa frente a la legalidad de Creonte, las "leyes no escritas de los dioses".
El segundo ensayo (cuyo tema se continua en otros textos que abordan la cuestión religiosa) es una defensa decidida de la laicidad, entendida como "la capacidad de distinguir lo que es demostrable racionalmente de lo que en cambio es ámbito de fe- sin tener en cuenta la adhesión o falta de adhesión a tal fe- y de distinguir las esferas y los ámbitos de las distintas competencias, por ejemplo las de la Iglesia y las del Estado". Magris intenta buscar el equilibrio entre el respeto que le merece el hecho religioso y la necesidad de separar ámbitos, actitud que garantiza el pluralismo imprescindible en una sociedad democrática.
Podrá no estarse de acuerdo con muchas o algunas de las ideas defendidas por Magris. Particularmente, me parece que, en ocasiones, su apuesta por una ética de la responsabilidad (en el sentido que Weber da a esta expresión) así como su realismo político le llevan a una visión de lo real que apenas cuestiona el statu quo. Un autor que, con tanta brillantez, ha reflexionado sobre el diálogo parece olvidar lo que sí ha señalado Habermas, el hecho de que el diálogo no se da al margen del poder, por lo que las condiciones materiales y sociales de los interlocutores, cuando están basadas en la desigualdad, desfiguran la apuesta dialógica desde el principio. A pesar de su admiración por Antígona, Magris siente a menudo demasiado cercanas las razones de los actuales Creontes, lo que no deja de ser comprensible, porque el ámbito de la legalidad y el derecho, que el autor defiende con buenos argumentos, es un contrapunto necesario frente a la subjetividad que a menudo encierra nuestra idea de justicia. Sin embargo, la muy loable preocupación de Magris por lograr un equilibrio entre las convicciones y el pragmatismo llevan con frecuencia, en el terreno de los hechos, a evitar el enfrentamiento cara a cara entre la ética y los presupuestos sobre los que se asienta el orden establecido. Magris, partidario del libre mercado, se muestra decididamente en contra de los ultraliberales, pero las prácticas de esto se consideran únicamente como excesos o desajustes en el sistema sin que quepa plantear siquiera las convicciones sobre las que se asienta el capitalismo. Asimismo, en lo tocante a cuestiones como la fe y la laicidad (en lo que sin duda influye el ambiente italiano, tan parecido en esto al español), escapan al escrutinio crítico las pretensiones de las distintas ortodoxias religiosas de no reconocer como formas legítimas de creencia aquellas convicciones que no se someten a la vigilancia de sus autoridades eclesiásticas.
No obstante, quien esto firma intenta no ser uno de esos lectores que sólo se interesan por libros que reafirman sus propias convicciones. Ciertamente, es un placer dialogar y, por qué no, dejarse convencer o discrepar con un interlocutor tan civilizado, tan culto y tan lúcido como Magris. El autor italiano, por su sensibilidad humanista y por su atenta mirada hacia lo real, nos hace redescubrir que la escritura tiene su lugar en la intimidad pero también en el ágora y que política es una palabra más hermosa de lo que nos hemos acostumbrado a sentir y pensar.

miércoles, enero 21, 2009

Ágape se paga, William Gaddis

Trad. Miguel Martínez-Lage. Sexto Piso, Madrid, 2008. 116 pp. 17 €

Martí Sales

1— Enhorabuena por la empresa que acaba de empezar la editorial Sexto Piso: la publicación de toda la obra de William Gaddis (1922-1998), autor norteamericano de cuatro libros en cuarenta años y cuya obra ha desatado ríos de tinta de estudiosos y críticos, porque da que hablar. Proyectos de esta envergadura amplían y profundizan la base de la literatura contemporánea traducida al castellano y dan la oportunidad al lector curioso de introducirse en mundos tan complejos y particulares como el que nos ocupa. Si a esta valiente decisión le añadimos la cuidada edición –prólogo del omnipresente Fresán, interesante postfacio de Joseph Tabbi y fotografía de la portada de Alberto García-Alix sólo podemos aplaudir y esperar con alegría e impaciencia los siguientes volúmenes de Gaddis vía Sexto Piso.

2— Éste es el último libro que escribió Gaddis, y el más corto. Al final de su vida, el autor se propone escribir un tratado sobre la historia de la pianola y empieza a recopilar información. Sobrepasado por la enfermedad y la vejez e influenciado por la tardía descubierta de la literatura de Thomas Bernhard, reconduce la investigación exhaustiva que había emprendido en un denso monólogo a bocajarro —¿o no sería mejor decir a cerebrojarro?— en el que, a modo de collage —y no es una metáfora: trabajaba con tijeras y pegamento, todo lo cazaba y le servía— discurre sobre la segunda ley de la termodinámica, la que dice que la entropía tiende a aumentar, es decir que el caos, el desorden, inevitablemente, imperarán. A su vez, Ágape se paga es una crítica a la mecanización de las artes —que ataca desde el estudio de la historia de la pianola— y a la multiplicación de los artistas, que se confunden con una masa sedienta de entretenimiento y tecnología que se vanta de su propia ignorancia. No obstante es inútil tratar de condensar, resumir o intentar localizar los focos temáticos de esta obra porque es escurridiza y rezuma líquidos anti-aproximación: o me tomas o me dejas, parece decir –y en el fondo pide a gritos que la tomes, que te dejes tomar, que te subyugues a su propuesta

3— Me muero por leer J R, su —según dicen— novela magna de setecientas y pico de páginas —casi todas de diálogo. Me atrae su mito, la cantidad de interés que se ha creado a su alrededor, las alabanzas de mucha gente inteligente que ha merecido su obra. Y, pese a todo esto, y sólo habiendo leído Ágape se paga, se me antoja un libro que quizás sería mejor leer cuando ya has leído otras cosas de Gaddis, porque, aunque sea corto, es endiabladamente enretortijado y deslavazado y, al fin, poco placentero –ni para un intelecto ávido de drogas duras, para alguien a quien, por ejemplo, le pirre la Saga/Fuga de J.B. de Gonzalo Torrente Ballester o Paradiso, de Lezama Lima—. Me da la sensación que no consiguió lograr la forma que perseguía —al ya mencionado Bernhard esta zambullida en el stream of consciousness le sale mucho más, digamos, “enguantada”— y lo digo casi como un comentario estrictamente de química, de piel, sin quitarle ápice de un mérito que no tendría porqué tener que corroborar nadie —está lleno de momentos memorables— ya que no hay duda que estamos delante de un gran autor y una gran obra. Ágape se paga es indigesto y abre el apetito: ¿una paradoja? ¿Una invitación a un banquete mortal? En cualquier caso, something else.

martes, enero 20, 2009

El biógrafo amanuense, Jerónimo López Mozo

Prol. Laura López Sánchez. Asociación de Autores de Teatro, Madrid, 2008. 86 pp. 6 €

Juan Pablo Heras

Todo lo importante ya ha sucedido. Y por un tiempo, quizá por demasiado tiempo, se ha impuesto la paz. Es decir, el silencio. Y un día, llega un ciego que, como tal, es inmune a los engaños de la vista. Y entonces se desata el drama; el combate para desenmascarar el falso orden establecido, la paz sujeta en culpas tan oscuras que sólo están al alcance de los que no pueden ver. Hablo del “drama analógico”, esto es, de Edipo Rey y de un buen porcentaje de la literatura dramática occidental (y hasta de la novela policíaca). Una estructura clásica, un universal literario que ha prendido de nuevo con fuerza en los dramaturgos de nuestro tiempo. Como Edipo, los personajes del drama contemporáneo se configuran como sucesiones de máscaras superpuestas. Pero, a diferencia del rey de Tebas, para ellos la ocultación del pecado es tan consciente y deliberada como la creación obsesiva de un relato de sí mismos. Con El biógrafo amanuense, Jerónimo López Mozo recobra el cañamazo clásico con la sabiduría suficiente como para distanciarse de los destellos efímeros del moderno teatro de la memoria. Hemos dejado atrás un siglo herido por el descubrimiento de la culpa colectiva, por la ascensión silenciosa de una fauna de cómplices que medraron a toda costa declarándose adictos a regímenes de los que renegaron de inmediato en cuanto soplaron otros vientos. Por ejemplo, en la estremecedora Sigue la tormenta, de Enzo Cormann, o en la más reciente Todos los que quedan de Raúl Hernández Garrido, la marca del pecado nazi en los personajes se oculta bajo vidrios tan brillantes como opacos, que se descubren trágica y lentamente durante el drama, como las capas de la cebolla de Günter Grass. En El biógrafo amanuense, un escritor de sobrado reconocimiento recibe la visita de un joven biógrafo, amante de la verdad y decidido a poner en cuestión el personaje que el escritor ha construido alrededor de sí mismo, siempre bien parado en todas las vicisitudes y vaivenes de la posguerra y la transición españolas. El lector avisado adivina pronto por dónde van a ir los tiros. Pero López Mozo no cae en la trampa: el drama no se limita al descubrimiento gradual de una verdad escandalosa oculta por el fariseísmo de los camaleones. No es ese el magro objeto de El biógrafo amanuense. En el duelo entre el escritor y el biógrafo lo que se pone en juego es la existencia misma de la verdad y la esencia proteica e inasible de la identidad (como hizo, desde la comedia, Alfredo Sanzol con la estupenda Sí, pero no lo soy). Veamos un fragmento significativo:

ESCRITOR: (…) Entérese de una vez por todas que yo no cuento lo que hago, sino lo que soy. Ésa es la clave. En mis obras aludo a algunos episodios de mi vida, pero sobre todo vierto mis fantasías, mis sueños, mis medias verdades, mis miedos… ¡Mis miedos, sí! Los tengo, como usted, como todos. De ahí surge un retrato más auténtico que el que usted se empeña en hacer.

Como hizo Harold Pinter en el memorable y explosivo discurso de aceptación del Nobel de 2005 (se lo recomiendo: está en Internet), López Mozo cuestiona los conceptos de lo verdadero y lo falso en literatura, y se asoma al componente inevitable de creación que hay en toda semblanza biográfica. Pero, sobre esta reflexión estética, López Mozo impone, como Pinter y como el biógrafo, una defensa apasionada de la verdad, quizá porque el cínico escritor que la cuestiona no puede negar que su éxito se ha fundado en la confianza de los otros, y que revelar la calidad ficticia de su imagen pública sólo puede entenderse como traición.
A Jerónimo López Mozo todavía lo sitúan muchos manuales como uno de los autores representativos del teatro experimental de los 70. Y la etiqueta se queda pequeña, porque ha tenido la insospechada terquedad de seguir escribiendo, de superar una y otra vez las esclavitudes de cada modelo dramatúrgico para hallar, en cambio, la forma exacta para cada contenido. Quizá esta actitud le haya apartado de formar un “estilo propio”, lo que sin duda le hubiera facilitado mucho el trabajo a la crítica, pero le ha encaminado hacia dos triunfos: salvarse del vicio de imitarse a sí mismo y, sobre todo, persistir en su inagotable empeño ético por dar la medida justa de los conflictos de nuestro tiempo.

lunes, enero 19, 2009

Absurdistán, Gary Shteyngart

Trad. Ramón de España. Alfaguara, Madrid, 2008. 415 pp. 22 €

Guillermo Ruiz Villagordo

Misha Vainberg, el obeso hijo de un nuevo magnate mafioso de la Rusia moderna, vuelve a su patria tras una estancia de diez años dedicados al estudio y vivir la vida a tope en la América del Bronx, donde conoció a su querida Rouenna, una bailarina negra de striptease que se convierte en su novia de forma bastante interesada. Pero he aquí que su padre asesina a un importante hombre de negocios de Oklahoma y como resultado ni éste ni su hijo pueden volver a pisar el “paraíso” americano por imperativo del servicio de inmigración estadounidense. Cuando su padre es a su vez asesinado, ya nada ata a Misha a su país de origen, por lo que emprende una loca aventura que le llevará a intentar conseguir un pasaporte belga en la cercana república de Absurdistán que le permita burlar a la seguridad americana. Enamorado de la cultura hip-hop, juerguista de marca mayor, enorme mole sin responsabilidades, asistimos a su peregrinaje por las calles de Absurdistán, durante el que traba contacto con múltiples personajes, va conociendo detalles y más detalles del pueblo absurdani y su proverbial enemistad con el pueblo sevo, todo desgranado por su vitriólica lengua, que desvela esa extraña mezcla de capitalismo en pañales y reminiscencias añorantes del comunismo tardío que se le muestra en cada esquina. Su actitud sarcástica, pseudoculta y displicente le convierte en hermano putativo del Ignatius Reilly de La conjura de los necios, con el que guarda numerosas semejanzas incluso en el físico.
Gary Shteyngart, el autor de esta novela desquiciada y desternillante, pertenece a una nueva generación de autores norteamericanos compuesta en buena parte por inmigrantes de segunda o tercera generación que incorpora la visión de aquel que viviendo en el interior del imperio se siente un visitante en su propio país, como se encargó de demostrar la última antología Granta de nuevos valores americanos, cuyo componente más conocido en España es Jonathan Safran Foer y su Todo está iluminado (de raíces también eslavas, resuelto de una manera completamente distinta aunque también con un importante componente cómico). Probablemente sea junto con el mencionado Safran Foer el de verbo más afilado, mente más ágil y observación más certera. Su lenguaje transita entre la ironía condescendiente, un sarcasmo desaforado e hiriente y una finísima atención tanto a los pequeños como a los grandes detalles. Al menos es lo que esta historia demuestra y permite esperar de sus futuras novelas. Siéntense y disfruten.