viernes, enero 16, 2009

Todos los cuentos, el cuento, Pepa Merlo

Diputación de Cádiz, Cádiz, 2008. 151 pp. 5 €

Andrés Neuman

Resulta estimulante comprobar que (pese a los agoreros vocacionales) en el panorama editorial español vienen dándose, en los últimos años, varios fenómenos que confluyen en el mismo punto: el ensanchamiento de los territorios periféricos. O, si se prefiere, más desatendidos. Algunos de esos fenómenos esperanzadores son: la creciente influencia de las editoriales independientes, pequeñas o ambas cosas; la mayor atención pública y académica que se le concede al cuento, así como a la micronarrativa; o el imparable, necesario incremento de autoras mujeres en los catálogos de las nuevas generaciones. En ese sentido, el reciente comentario en este mismo blog del bello libro de cuentos de Lara Moreno, Cuatro veces fuego, parece más que una simple coincidencia. Cuando Páginas de Espuma me encomendó antologar, en el primer volumen de Pequeñas resistencias, a jóvenes cuentistas españoles que hubieran debutado en los años 90, la lista de narradoras breves a la que tuve acceso era relativamente exigua. Casi una década después, la situación ha mejorado a todas luces, tanto en nuevos nombres como en espacios editoriales: hoy tenemos el placer de saludar a autoras brillantes como Berta Marsé, Cristina Grande, Mercedes Cebrián, Pilar Adón, Cristina Cerrada, Carola Aikin, Txani Rodríguez, Cristina García Morales o Lara Moreno, entre otras muchas. Por supuesto, y por suerte, han surgido también excelentes cuentistas hombres cuyos libros he leído con admiración. Pero el déficit concreto que he señalado antes (la falta de narradoras breves en nuestras librerías) era tan escandaloso, que vale la pena celebrar su progresiva corrección.
Viene esta reflexión a propósito del primer libro de Pepa Merlo (Granada, 1969), el volumen de relatos Todos los cuentos el cuento. Un primer libro bien construido, bien narrado, que tiene la sabiduría de ir sugiriéndole al lector las claves para recorrerlo, como esas casas en cuya entrada, debajo del tapete, encontramos la fortuna de una llave. Las preguntas centrales del libro se adivinan ya en el primer párrafo: «Y entonces, ¿qué? Una inmensa llanura árida se abriría ante sus pies. Un lugar desde el que era imposible partir de nuevo. Todo debía acabar, menos la vida, y nadie en su entorno era consciente de lo que estaba sucediendo». Eso es exactamente lo que ocurre en las historias que leemos a continuación. Los personajes están perplejos, viven al filo de la incertidumbre. No saben muy bien qué hacer con sus vidas ni qué será de ellos. El vértigo, el vacío los acechan. Su destino corre peligro. Los demás no ven lo que ellos ven, algo extraño está pasando pero el único testigo es nuestro personaje. Y el final de la historia lo modificará para siempre, llevándolo a un punto sin retorno.
Uno de los encantos de estas piezas es que sus argumentos suelen ser son dobles: por un lado cuentan una historia y por el otro anuncian una metáfora, construyen situaciones concretas a la vez que deslizan sutilmente un símbolo vital. Es en ese sentido que los textos resultan poéticos, no tanto por el estilo (sobrio, natural y exacto) sino por su capacidad de sugerencia más allá de su pequeño espacio y su literalidad. Metafóricamente leídas, la mayoría de las piezas proponen reflexiones líricas sobre la pérdida, el deseo, el vacío, la derrota. Pero no lo hacen con grandilocuencia sino a través de pequeños ejemplos, detalles domésticos que cobran un sentido casi mágico: ventanas abiertas, cajas vacías, bolsas con huesos, paquetes con regalos desconocidos.
La actitud narrativa de Pepa Merlo es la del protagonista de esa pieza irresistible que es Petrushka, seguramente la mejor del volumen: prismáticos en mano, el personaje observa la trayectoria de una vida desconocida, vigila su destino a lo largo de una carretera, se pregunta por su suerte. La moral de estos relatos es la curiosidad, la espera ritual de un acontecimiento, de alguna certeza. Algo desconocido se insinúa y la lectura funciona como instrumento de interrogación. Precisamente en Petrushka se condensan las virtudes del libro. La espera de ese hombre es a la vez una reflexión sobre la espera, sobre las expectativas de la mirada. ¿Vemos lo que vemos o lo que quisiéramos ver? La relación entre el interior y el exterior de la casa resulta inquietante, como dos puntos que pese a rozarse están regidos por tiempos, ritmos y reglas distintas. Por eso no es extraño que en esa casa haya más de un calendario. Y que esos calendarios no coincidan. El único punto de contacto entre ambos mundos, entre el afuera y el adentro, es un enigmático Volkswagen rojo. Todo funciona como un logrado juego de espejos y miradas. Un hombre vigila un coche con sus prismáticos, o mira a otros dos hombres mirándose mutuamente en la fotografía de un calendario. Pero dentro del coche hay alguien que mira la carretera, así como la imagen del calendario fue tomada por un fotógrafo que también estaba mirando, cuya mirada es ahora observada por el personaje, quien a su vez es visto por nosotros, voyeurs de tercer o cuarto grado. Eso somos los lectores a fin de cuentas: todos los que miran, el que mira. Ojos dentro de ojos dentro de ojos.
Además de escritora, Pepa Merlo es aficionada a la fotografía. Esta afición se advierte en la minuciosidad de los escenarios, en la precisión con que objetos, muebles y luces quedan dispuestos. Los ambientes del libro tienen una importancia extraordinaria. De hecho suelen ser los objetos, más que las acciones, los que marcan el misterio de los argumentos. Un magnífico ejemplo lo encontramos en el arranque de Una historia de amor. Otro detalle significativo es que casi todos los personajes se acuestan o se levantan de la cama durante el cuento. Se duermen o se despiertan con la vida cambiada. En el tránsito entre ambos momentos, en la frontera escurridiza entre vigilia y sueño, realidad y deseo, actúan las ambigüedades de las historias. En este sentido, y recurriendo a uno de los objetos fantásticos del libro, estos cuentos pueden entenderse como breves cazasueños que pescan las pesadillas de sus personajes.
Llama la atención la absoluta falta de exhibición de un libro que, aunque no lo parezca, es un primer libro. Su oficio narrativo camufla su complejidad, que incluye sigilosos homenajes culturales (recreaciones de cuadros de Magritte o Vettriano) y suaves ironías. Con estos cuentos sucede al contrario que con el Café Pamplona, el espacio donde sucede “Una historia de amor”: su ambiente cargado los hace parecer mucho más espaciosos, porque consiguen transmitirnos la sensación de un mundo detrás, un pasado, unas costumbres previas. Esa es otra de las hábiles maniobras de la autora: muchos de los personajes son sorprendidos por el lector en plena repetición de su rutina (o en plena ruptura de la misma), de modo que su memoria es el punto de partida de la historia, que empieza in media res y termina sin red.
Una última singularidad, que puede pasar desapercibida y que eleva el misterio de estos cuentos, es que casi todos son, en mayor o menor medida, historias de fantasmas. Fantasmas que se recuerdan. Que aparecen por la ventana. Que nos mecen por las noches. Olvidadas estrellas de cine que nadie reconoce. Un cartel que se mueve solo. Partituras que echan a volar de golpe. Paquetes remitidos no se sabe por quién. Huesos que nos vigilan. Portafolios que se esfuman. Una anciana invisible en un autobús repleto. Cabezas caídas del cielo. Los espectros del libro se relevan unos a otros, prestándose las sombras: un portafolios perdido se convierte en un bolso gris hallado, una ventana muestra un coche o un bombín, Québec aparece en un mapa y reaparece en un paquete secreto. ¿Qué había en el portafolios extraviado de La Veneziana, magnífico relato emparentado con Los girasoles ciegos? Esa duda también es un fantasma. Su autora promete, en cambio, convertirse en lo contrario: en una firme certeza. Esperamos su siguiente aparición.

jueves, enero 15, 2009

Rojo alma, negro sombra, Ismael Martínez Biurrun

451 Editores, Madrid, 2008. 326pp. 18.75 €

Elia Barceló

Los habituales de este blog sabrán que cuando me ha gustado particularmente una novela, lo digo en las primeras líneas para que quede claro y, si alguien confía en mi criterio, pueda salir enseguida a comprarla.
Esta es una estupenda novela, siempre que a uno le gusten las novelas inquietantes o de terror. Porque Rojo alma, negro sombra se mueve entre estos dos extremos y lo hace con tal naturalidad y tal seguridad de pulso que a veces uno ni siquiera se da cuenta de que está leyendo una “de miedo”, porque todo lo que sucede, incluso lo claramente sobrenatural, resulta comprensible, necesario y casi cotidiano.
La escena inicial es magnífica y, aunque en retrospectiva nos damos cuenta de que es totalmente realista, crea una sensación tan inquietante, tan fantasmagórica que nos estimula poderosamente a seguir leyendo. Luego, las siguientes escenas son realistas y, sin embargo, lo fantástico se va introduciendo suavemente hasta formar parte de lo narrado con pleno derecho y sin que parezca una cuña que ha sido introducida a la fuerza en el mundo de lo cotidiano.
No me gusta contar la peripecia de las novelas para no estropear sorpresas al lector y, en el presente caso, aconsejo vivamente no leer la contraportada porque desvela demasiadas cosas que es mejor ir descubriendo paso a paso (yo me apliqué mi propio consejo, no la leí –como hago casi siempre– y pude comprobar que había salido ganando cuando la leí después de haber cerrado el libro en la última página).
De todas formas, creo que no está mal saber que los personajes son perfectamente normales y creíbles y que la inquietud y el miedo con los que se enfrentan tienen los dos orígenes posibles: el natural –la violencia desatada por un ex-marido drogadicto–, y el sobrenatural –la presencia incomprensible de las sombras de una familia que parece perseguir al protagonista mientras suenan canciones de los Beatles.
El misterio está muy bien presentado y es resuelto de modo muy satisfactorio para el lector, quien acaba por comprender todos los secretos sin tener la sensación de que lo han estado engañando y le han estado ocultando información.
Toda la novela está narrada en “presente convivencial”, como si los sucesos se desarrollaran frente a nosotros, de un modo casi cinematográfico, y la lengua es ágil y elegante.
Me alegra particularmente que Ismael Martínez Biurrun haya elegido esta temática para su novela porque soy de la opinión de que necesitamos buenos narradores de lo fantástico y lo terrorífico. Somos ya unos cuantos los que nos dedicamos a este tipo de temas y a suscitar esta clase de emociones en el lector (aparte de los grandes nombres como Pilar Pedraza, José Carlos Somoza, Fernando Marías, habría que recordar también a Félix J. Palma, Marc R. Soto, David Jasso, Emilio Bueso, entre otros), pero es importante que vayamos creciendo en número y en calidad. No hablo de “género” a propósito porque no veo la necesidad de encasillar y etiquetar algo que está en la base de la literatura más antigua y que sólo empezó a perder prestigio hace menos de un siglo, cuando ciertos críticos “intelectuales” decidieron que lo fantástico era “escapista” y, por tanto, condenable.
Por eso me alegra mucho que esta novela haya sido publicada por una editorial generalista, simplemente como literatura, como la excelente obra que es. Y también por eso es importante dejar claro que es una novela perfectamente clasificable como “de terror” porque, si no se dice, muchos lectores aficionados que sólo compran lo que aparece en colecciones de género, se la perderían. Por el contrario, para los que no están habituados a leer novelas de esta clase habría que añadir que no encontrarán escenas repugnantes ni nada que pueda resultar desagradable.
Espero que Martínez Biurrun siga ofreciéndonos muchas novelas de esta altura, sea cual sea la temática que elija para las siguientes.

miércoles, enero 14, 2009

El niño perdido, Tássies

Premio Internacional de Ilustración de la Fundación SM. SM, Madrid, 2008. 32 pp. 13,55 €

Ignacio Sanz

En algunos álbumes infantiles el texto desaparece y es entonces el lector el que ha de fabricar un discurso que de contenido lógico a las ilustraciones. Son por ello álbumes que invitan a una participación activa; en otros, el texto se adelgaza hasta quedarse en un leve soplo, en un minúsculo río de letras que exige una atención pormenorizada a las ilustraciones cargadas de intenciones múltiples; en cualquiera de los dos casos el dibujo se alza como protagonista indiscutido.
Y aquí comienza el camino de la sugestión. Cada ilustrador nos abre las puertas a su mundo, un mundo cada vez más personal, sin concesiones al convencionalismo, un mundo, es decir, un estilo que discurre por vericuetos alejados del amaneramiento ternurista que hasta hace unos años invadía el mercado bajo la influencia del algún santón norteamericano. Felizmente los artistas no sólo no renuncian a búsquedas muy personales, sino que las acentúan y se vuelven, como decía Picasso, pintores con alma de niños.
El niño perdido, es un álbum típicamente navideño. El niño al que alude el título es el niño Jesús. La primera ilustración nos presenta un niño colocando las piezas del belén; pero, entre las piezas, falta precisamente el Niño.
Entonces el niño que colocaba el belén sale a buscar al Niño Jesús ausente; lo busca en un lago sin agua, entre las casas en ruinas, entre los muros que cierran las puertas al campo, en definitiva entre la vida de tanta gente que sufre adversidades. El lector adulto sospecha que el Niño Jesús está siendo buscado en Palestina.
Los dibujos, casi todos a doble página, en tonos oscuros y presentando la realidad a vista de pájaros, son de una expresividad conmovedora y no dejarán indiferente a ningún tipo de lector por más que el recorrido termine pronto. Claro que los álbumes resultan en general inagotables y a una primera lectura puede seguir una segunda y una tercera, en la confianza de que siempre encontraremos un ángulo sorprendente que antes había pasado desapercibido.
Tássies ha conseguido con este Álbum el Premio Internacional de Ilustración de la Fundación SM, 2008. Con tal refrendo, a uno que es de por sí refranero, sólo le cabe sentenciar que algo tendrá el agua cuando la bendicen.

martes, enero 13, 2009

El libro de los seres alados, Daniel Samoilovich

451 Editores, Madrid, 2008. 367 pp. 28 €.


Mercedes Cebrián

Un libro tan cuidadosamente ilustrado y editado como éste muy bien podría encontrarse en la sala de espera de la consulta de un odontólogo de alto copete. Allí, entre catálogos de exposiciones de Brancusi y libros tamaño DIN-A3 sobre cultura y gastronomía japonesas, o alguno ineludible con enormes y cuidadas imágenes de lofts californianos, estaría, tumbado junto a ellos pero como disimulando su presencia, El libro de los seres alados.
Los pacientes que, esperando su turno, abrieran alguno de estos libros en busca de imágenes, de santos que no les obligasen a hacer el esfuerzo de leer frases más largas que las de un pie de foto, comenzarían sin duda por el de interiorismo. Se sentirían mejor, más relajados, viendo los baños de estilo rústico y azulejos color barro cocido, las cocinas de aspecto semiindustrial en acero mate o los dormitorios, comunicados directamente con el jardín mediante amplísimas puertas correderas que dejan pasar la luz de la Costa Oeste norteamericana.
Pero no le reprochemos su actitud poco erudita a los pacientes; de algún modo es lógica: están nerviosos ante la inminente visita a su dentista, que con total seguridad les va a causar algún pequeño episodio de dolor, de ahí que alguno de ellos ya experimente en la sala un anticipo imaginario de ese dolor real que sufrirán poco después. Hay cola esa tarde en la consulta del doctor Garralda: el tiempo de espera, habitualmente de un máximo de quince minutos, está llegando a ser de media hora. Los libros sobre lofts y cuencos japoneses de laca ya no dan para más. Hasta las esculturas de Brancusi aburren a los seis congregados en la sala. Pero atención, uno de ellos, Manuel Paredes en este caso, se dispone a hojear El libro de los seres alados. Ha decidido darle una oportunidad: por supuesto, comienza pasando las páginas a velocidad maratoniana en busca de las imágenes de mayor tamaño. Llaman su atención particularmente un dibujo a página completa de un mosquito del siglo XVIII (el dibujo y el mosquito); una ilustración que muestra al poeta Eugenio Montale y a una abubilla mirándose fijamente, y otra de una bicicleta volante construida por Vladimir Tatlin en 1931. También le sorprende lo diverso de las entradas: ¿estará la lechuza? ¿y la polilla? ¡ah, pero si también están Cupido y el basilisco!
Abre el libro por la letra G y lee, en palabras de Borges, que el Gillygaloo ponía huevos cuadrados para que no rodaran ni se perdieran. Abre por la P y aprende que al pingüino también se le llama pájaro burro por los cuasi rebuznos que profiere cuando está a la orilla del mar, según cuenta Charles Darwin. Y de no ser por la enfermera, que le saca de ese mundo alado y le devuelve a una realidad inminentemente gingival, seguiría leyendo textos, contemplando dibujos y buscando entradas que le llamasen la atención dentro del libro. Desde hace unos minutos, Manuel Paredes integra el colectivo de los que sienten curiosidad hacia aquellos seres que poseen una capacidad que él, en tanto que humano, nunca podrá ni tan siquiera emular: la de ahorrarse semáforos y atascos sin recurrir a helicópteros, la de observar el mundo como lo hace el equipo de Google Earth y la de no necesitar posar los pies con urgencia sobre una superficie cualquiera.
Este libro homenajea a estos seres estrambóticos y recorre su existencia, real o imaginaria, a través de textos de narradores, poetas y filósofos. Sólo nos surge una pregunta al respecto: ¿Necesitaban los seres alados un libro homenaje? ¿Les urgía ser catalogados y archivados en un nomenclátor? Si ellos no se quejan y siguen ahí dentro, si no presentan signos de inquietud y por tanto no baten simultáneamente todas sus alas juntas para alejarse de las librerías o de la consulta del Dr. Garralda, será porque están de acuerdo y satisfechos con la ocurrencia. Pero quien verdaderamente se está inquietando es Manuel Paredes, cuyo nombre acaba de pronunciar la enfermera. Pocos humanos desearon alguna vez con más fuerza que él salir volando de algún lugar.

lunes, enero 12, 2009

La exactitud del instante, Alejandro Fernández-Osorio

Ediciones Vitruvio, Madrid, 2008. 57 pp. 9,95 €

María Ruisánchez

Este poemario podría estar contenido en un suspiro, millonésima fracción de la eternidad, o por el contrario, extenderse hasta el infinito por el latir de los siglos. Son poemas para el tiempo, contra el tiempo, por el tiempo. Unas manecillas que circulan por la esfera del reloj intentando atrapar el segundo siguiente, para cansadas ya de perseguirse, pararse de repente, como olvidadas por la cuerda o la pila… Quietas, el tiempo discurre igual, envejeciendo nuestras manos, y es inútil tratar de atraparlo. Alejandro Fernández-Osorio reflexiona sobre este devenir continuo que llamamos vida, con una poesía luminosa y certera, cargada de imágenes que han logrado, muy a pesar del tiempo, contenerlo.
Su libro se divide en tres partes. La primera, “Instantes”, es un maravilloso compendio de momentos, para siempre, grabados en la memoria. Pues vivir, va siendo eso, atesorar instantes. En todos y cada uno de ellos está presente ese esquivo tiempo, recordándonos que es implacable, como muestran estos versos: “del que brota, de cuando en cuando, otro latido directo a la muerte”. El poeta nos traslada a una naturaleza límpida, detenida en ese devenir o a unas ciudades deshumanizadas y rápidas en eterno contraste, por las que, sin embargo el tiempo corre al mismo ritmo. Pero sobre todo, se detiene en pequeños detalles que parecen concentrar la eternidad: una sonrisa, la huella de un hombre en la arena, las hojas del magnolio muertas sobre la acera. Un constante presente agustiniano, al que le basta un parpadeo para ser pasado: “el instante ya se desgaja del ahora uniéndose a la compacta bruma del antes, y fluye inconmovible”.
Sin embargo, en la segunda parte: “Con.secuencia”, el poeta ha dejado de ser observador del inexorable devenir, ha dejado de ser coleccionista de momentos y ha optado por fundirse con todo lo que le rodea, es decir, el tiempo. Le habla a ese rival huidizo, imposible de contener en la mano, ni en el verbo, y le dice: “Vivo en ti”. Esa entrega nos da unos poemas profundos, un cara a cara con el tiempo, una reflexión constante sobre la vida que se va apagando lentamente sin poder alcanzar la eternidad, dejándonos, en palabras de Alejandro: “con la ocasión en la boca y los labios heridos, como un pez que tiene por destino, ahogarse”.
Como no podía ser de otra manera, “Tempus fugit (en primera persona)” es la última parte de este libro, un único poema largo, en el que el autor ha querido reflejar su relación con el tiempo a lo largo de su vida. Una relación que pasa de la infancia inconsciente, a la frustración por querer atraparlo, destrozarlo, reventarlo y la consiguiente rendición a una lucha, ya perdida de antemano. Una resignada victoria que es saberse a la espera de que nos lleve el tiempo, mientras vamos atesorando el nuestro.