viernes, enero 09, 2009

Obra Selecta, Edmund Wilson

Edición y Prólogo de Aurelio Major. Varios traductores. Lumen, Barcelona, 2008. 937 pp. 48 €

Eduardo Fariña Poveda

El acto de ejercer la crítica era para Edmund Wilson (1895- 1972) era inversamente proporcional a la eficacia por intervenir en la vida intelectual de Estados Unidos. Esta obra selecta reunida en casi mil páginas se convierte así en un testimonio historiográfico clave para entender la evolución de la literatura norteamericana y europea de la primera mitad del siglo XX. Obra selecta reúne una variada muestra de artículos, ensayos, reseñas y cartas del gran crítico norteamericano, comparado reiteradamente con Cyril Connolly. En toda obra de crítica literaria los personajes son los escritores. En estas páginas podemos encontrarnos con un grupo distinguido de éstos: Gustave Flaubert, Charles Dickens, Lewis Carroll, Anton Chejov, Oscar Wilde, T.S Eliot, John Dos Passos, Marcel Proust, James Joyce, Vladimir Nabokov, William Faulkner, Ernest Hemingway, Francis Scott Fitzgerald.
Nacido en Red Bank, Nueva Jersey, tuvo una infancia acomodada y solitaria, en donde pudo leer a los clásicos en la biblioteca de su padre, con quien tuvo una turbulenta relación. Estudió en The Hill School y la Universidad de Princeton, en donde conoció a Fitzgerald. Empezó la carrera de escritor como reportero en el New York Sun, y se alistó en el ejército durante la Primera Guerra Mundial, nunca estuvo en el frente de batalla y fue destinado a cuarteles generales de Alemania en donde ejerció de traductor. Fue director de Vanity Fair en 1920 y 1921, y luegó trabajó en The New Republic y The New Yorker, donde intentó emular a críticos como Shaw y Poe. Pidió colaboraciones a amigos como Cummings y Hemingway, exigiéndoles cierta concisión en sus trabajos teóricos y que evitaran toda imprecisión impresionista. Wilson detestaba la academia y siempre estuvo orientado a poner la crítica en diálogo con el lector de clase media y que buscara nutrir un proyecto histórico extenso. La seriedad del estudio literario no manifiesta en el crítico una posición neutral, pero se identifica con rigor en desentrañar los mecanismos de una obra para luego alejarse y ver en relieve objetivo el contexto de la inferencia histórica. Durante los años posteriores a la depresión de 1929, incluso para sus detractores, Wilson era quien inspiraba en Estados Unidos el movimiento literario de Izquierdas. En 1935 con ayuda de Dos Passos, viaja a la Unión Soviética, donde llega a Cartearse con Gorki pero desconoce las desapariciones en el Gulag y el destino de Mandelstam o Ajmátova. Decepcionado y entendiendo lo devastador de la experiencia totalitaria de Stalin, siguió siendo admirador de la literatura Rusa. Tuvo un tumultuoso matrimonio con Mary McCarthy, la que fue su tercera mujer y de la que se divorció en 1946. A partir de los 40 y hasta mediado de los 60, Wilson se interesa por religiones no cristianas y culturas minoritarias, viaja a Israel en 1954 enviado por el The New Yorker. Su fascinación por culturas diversas lo llevo en sucesivos viajes a explorar sociedades como la Haitiana, La Húngara y la Francocanadiense. En su último decenio, propuso a Jason Epstein, uno de los fundadores de The New York review of Books, la creación de una biblioteca de autores estadounidenses semejante a La Pléiade francesa. Será en 1982, diez años después de su muerte en donde su propuesta verá en parte la luz pero bajo el nombre de la Library of America y 25 años después los dos tomos de sus obras completas serán editadas por la misma. Dentro de su amplísima obra destacan: El castillo de Axel, The Shores of Light, The Triple Thinkers, Letters on Literature and Politics.
Al revisar los textos incluidos en Obras Selectas, notamos de inmediato el voraz apetito erudito de Wilson, capaz de vislumbrar en el texto el paisaje en cuyo interior se va poblando las circunstancias del escritor. La enérgica denuncia a la carencia de crítica a la literatura norteamericana y la poca profesionalización de los reseñistas de comienzos de siglo en El crítico que no existe es notable, donde pareciera darse cuenta al final de sus reflexiones que esa carencia, de alguna forma, podría estar esperando ser reemplazada por él. En Marcel Proust, Wilson sobrevuela suspicazmente por las cornisas Proustianas. Respecto a la construcción de En Busca del tiempo perdido encontramos: La estructura de la novela es más visible. Proust ha hecho de estos episodios sociales (a menudo varios centenares de páginas) enormes bloques sólidos (…) Un medio denso de ensoñación y comentarios introspectivos , mezclados con incidentes tratados dramáticamente y a escala más reducida (p. 51) . Con Ulises de James Joyce atisba, al igual que en la Obra de Proust un complejo sistema mucho más sinfónico que narrativo, en donde hay mayor vitalidad pero mayor lentitud en la gestación de la trama. Así respecto a los primeros críticos de Ulises les reprocha: El manejo Joyceano de este inmenso material, su método de dar forma al libro no tiene paralelo alguno en la narrativa moderna. Los primeros críticos de Ulises tomaron erróneamente la novela por un “trozo de vida” le objetaron que era demasiado fluida o caótica. No reconocieron un argumento porque no reconocían una progresión (p. 510). Es destacable además que subraye en las dos novelas la aplicación de los métodos poéticos del simbolismo, aunque en Joyce recalque que da mayor cabida a una visión más objetiva del mundo, mientras que con Proust corremos el riesgo de adquirir contagio del punto de vista del que nos cuenta la historia.
Como todo gran crítico, Wilson también fue implacable y duro con autores que hoy en día les tenemos de cabecera. Ya con el título Los remiendos de Ezra Pound sabremos que a Wilson no le llamará positivamente la atención el manejo de influencias del poeta de Los Cantos. De él señala cosas como: El fracaso de Ezra Pound como poeta es un curioso fenómeno literario. El ideal estético de Ezra Pound es tal vez uno de los más elevados de la poesía contemporánea de habla inglesa. Indiferente a la aprobación pública, ha trabajado fiera y concienzudamente para reducir la vaga sustancia de las palabras a un agudo y duro residuo de belleza (p. 143). Fue algo más pausado al abordar Trópico de Cáncer. Con algo de ironía e indiferencia, destaca de la Novela de Henry Miller que: es una de las mejores dentro del grupo de novelas de norteamericanos expatriados en Europa. Luego declara: El tono del libro es indiscutiblemente malo; de hecho El trópico de Cáncer resulta desde el punto de vista de sus acontecimientos y del lenguaje que nos presenta, el libro más malo que conozco entre de los de verdadero mérito literario (…) Pero si se logra soportar, en ocasiones resulta muy divertido, ya que el señor Miller ha descubierto y explotado un nuevo campo de la picaresca (p. 717). La respuesta de Miller a la crítica es también una rotunda pieza literaria. Acusando a Wilson de inexactitudes, y no sin algo de fina ironía, finalmente sentencia: La mejor publicidad para un hombre que tenga algo que decir es el silencio.
Obras Selectas de Edmund Wilson es verdaderamente una antología de lujo. El itinerario que ofrece por sus páginas es el resultado de toda una vida entregada a un criterio crítico independiente. Rechazando cátedras universitarias y viviendo una vida bastante privada de exquisiteces, Wilson logra inagurar un estilo en la forma de hacer crítica en Estados Unidos, como lo fuera Saint-Beuve en Francia un siglo antes. Apunta Major al final del prólogo que Wilson fue un crítico a la antigua que cuando quería escribir sobre alguien le dedicaba 2 meses y se leía todo sobre el autor. Ejemplo a seguir para un crítico actual y estupenda disciplina de lectura. Es de esperar que esta Obra Selecta sea un impulso para ver traducidos más libros de Wilson, ya que gran parte de éstos no los tenemos vertidos al español.

jueves, enero 08, 2009

Un gran chico, Nick Hornby

Trad. Miguel Martínez-Lage. Anagrama, Barcelona, 2008. 353 pp. 19,50 €

Salvador Gutiérrez Solís

¿Es posible combinar sentido del humor, actualidad, reflexión, ironía, literatura —incluso— en una misma novela? Es posible. Los ejemplos, lamentablemente, no abundan, pero nos encontramos ante un autor que lo demuestra, obra tras obra. Que suenen los tambores y las trompetas, que el pirotécnico se queme los dedos. Nick Hornby irrumpió en el permanentemente alicaído panorama literario europeo hace ahora diecisiete años, en 1992, con la delirante y deslumbrante Fiebre en las gradas, alucinógena y ensayística recreación del mundo de los hooligans –aparentemente-. Prosiguió Hornby su andadura con la musicoemocional Alta fidelidad y la sugerente Érase una vez un hombre, posteriormente. En Cómo ser bueno, Hornby se vuelve adulto, demasiado serio a ratos y 31 canciones cabe entenderse como un íntimo catálogo de su banda sonora más personal. En picado, lejos de como su propio título indica, supone el regreso de Hornby a las alturas, que ya transitó en sus dos primeras obras. Suicidios y delirios, para volvernos a hablar de este mundo extraño y veloz que nos ha tocado vivir.
Si la adaptación cinematográfica de Alta Fidelidad te empujaba a la novela, no se puede decir lo mismo de Un niño grande (la tragedia comenzó con el título), una comedieta edulcorada y previsible que para nada hace justicia al texto de Hornby. En Un gran chico podemos encontrar, de nuevo, tres de los grandes temas que con frecuencia y maestría recorre el escritor británico: la figura del padre, el ocaso de la juventud y las relaciones de pareja. Will, el protagonista de Un gran chico, es como el propio Nick Hornby, el hijo de un hombre que ha alcanzado una buena situación económica gracias a un golpe de fortuna. El padre de Will compuso una ridícula canción de Navidad, que le permite al hijo vivir de forma desahogada gracias a los derechos de autor. Pero, sobre todo, Will es un enorme y evidente peterpan, una figura que Hornby sabe manejar, explotar, ilustrar y definir como nadie. Consumado especialista en la materia, Will lo intenta todo por ser siempre, y sobre todo parecerlo, un chico joven, aun a costa de ofrecer una imagen entre esperpéntica y peripatética de él mismo. Qué más da. Y, por supuesto, una de las grandes asignaturas pendientes de cualquier peterpan que se precie son las relaciones de pareja, escapar del compromiso a toda costa, huir, aunque el abismo o la soledad se perciba a menos de un palmo.
Nick Hornby, desde el humor, desde una ironía con tintes melosos, pero no por eso menos incisiva, nos habla de los temores que a muchos nos afectan. Su literatura, envolvente, deliciosamente divertida, sólo es el jocoso disfraz con el que nos invita a su particular fiesta. Una fiesta plagada con los grandes iconos que a todos —los menores de cincuenta años— nos siguen influyendo y atrayendo. Una novela saludable, a ratos delirante, siempre atractiva, de una de las voces más inquietas de la narrativa europea.

miércoles, enero 07, 2009

La cena de los notables, Constantino Bértolo

Periférica, Madrid, 2008. 249 pp. 16 €

Care Santos

Si los editores fueran vaqueros de uno de aquellos westerns de las sobremesas de nuestra infancia, y a cada escritor que descubrieran se apuntaran una muesca en la culata de su Colt 45, la culata de Constantino Bértolo estaría hecha unos zorros.
Editor-oteador, siempre atento —y sensible— a lo que escriben los más jóvenes, por sus cajones han pasado los primeros originales de muchos de los nombres que componen las últimas hornadas de autores en nuestro idioma. La suya ha sido y es una labor tan necesaria como ingrata, que no puede hacerse más que con entusiasmo y fe. Entusiasmo para llamar la atención sobre nombres desconocidos y darles su primera oportunidad en la selva del mundo editorial (la misma, por dierto, que les engullirá, de un modo u otro, para alejarles de su lado). Y fe no sólo en sus autores, también en la Literatura misma, para seguir creyendo que hay algo por lo que merece la pena apostar y arriesgarse. Algo que, por supuesto, nada tiene que ver con los títulos que encabezan las listas de más vendidos ni con los gustos mayoritarios de los compradores compulsivos de libros (también llamados, aunque creo yo que sin mucha razón, «lectores»). En fin. Bértolo persevera en su entusiasmo y su fe desde hace lustros, para suerte de todos nosotros. Lo hizo primero desde editorial Debate y, desde hace unos pocos años, en el sello Caballo de Troya, del cual es fundador y director literario. Y si su carrera como editor es dilatada y meritoria, no lo es menos la que ha desarrollado como crítico.
Por todo lo anterior, un libro que promete reflexiones sobre la lectura y la escritura de puño y letra de este halcón peregrino de nuestras letras es, de entrada, prometedor, como lo sería de cualquiera de quien sospechemos que sabe mucho más de lo que jamás ha contado. Llámenme fisgona, pero debo confesar que los libros escritos por editores me resultan irresistibles. Me relamí con las Opiniones mohicanas de Herralde, disfruté con los caprichos de Einaudi y aplaudí entusiasmada con las malas pulgas de Mario Muchnik. Aunque, debo decir, éste es un libro muy distinto a los tres anteriores. De entrada, no es un libro para cotillas ni adictos al amarillismo editorial, que tan buenos frutos ha dado en los últimos años. Estas páginas van más allá de esas mundanas cuestiones íntimas que los editores comparten con sus autores mientras dura su idilio. Este ensayo habla de Literatura. Deja a un lado a los artífices del asunto para centrarse en lo que importa: los libros.
Sorprende, acaso, tropezar al principio con un Bértolo personal e intimista, que desgrana emocionado algunas de las lecturas que le formaron como lector. Un ejercicio, por cierto, entrañable para todo aquel que ame la letra impresa, este de remontarse a los orígenes de todo, a los libros que nos han modelado y nos han hecho comprender por qué «la realidad se escribe con minúsculas». De esa experiencia personal se pasa a la exégesis de las razones mismas de la lectura. Las relaciones entre el lector oral, que hacía de la lectura un placer colectivo, y la aparición de lo que Bértolo llama «el lector silencioso», vinculada a la invención de la imprenta. La búsqueda de la identificación en el texto, la biografía puesta en relación con la semántica o la necesidad de ficción que compartimos los seres humanos —a pesar de que no todos la saciemos del mismo modo— son algunos de los altos en el camino de este viaje a las profundidades del sentido de todo esto: para qué leemos, cómo leemos, para qué escribimos. Y de qué modo escribimos cuando escribimos, cómo resulta condicionado nuestro discurso por la búsqueda del interlocutor, qué espera de nosotros ese interlocutor y de qué modo somos deshonestos (o no) al tratar de contentarle. Se habla, por supuesto, de cómo los libros nos educan enseñándonos a mirar el mundo. Y del sentido que tiene hablar de una literatura de calidad en ese sentido tan místicamente educativo.
Por último, era de esperar que la crítica tuviera un lugar destacado en este libro de reflexiones muy personales y muy vividas. De esta última parte, ilustrada con una escena de la novela El alcalde de Casterbridge de Thomas Hardy —en la que se narra la cena de ciertos prohombres de cierto pueblo, observada por la gente llana del mismo lugar— toma el libro su título. Eso es la crítica, según Bértolo: la plática de los notables, observada por el resto de la comunidad, que no descansa. El libro se remata con un brillante capítulo sobre el papel del crítico en nuestros días, condenado a ceñirse a los dictados y los corsés de los grupos mediáticos y, por tanto, «a realizar trabajos de publicidad más o menos encubierta bajo su "noble" apariencia de actividad "estética e independiente». Y para ilustrar la cuestión, analiza el caso tristemente famoso de Ignacio Echevarría en relación con el suplemento Babelia del diario El País. Sus reflexiones, al hilo de todo esto, tienen que ver —y mucho— con lo que el mismo Constantino Bértolo dice en otro capítulo de su ensayo: «Cada literatura educa y maleduca también a sus lectores». De lo cual tal vez podamos deducir que tal y como están ocurriendo las cosas, nuestro panorama literario está criando un sinfín de lectores maleducados.
En fin, que cada cual extraiga las conclusiones que quiera. A modo de apostilla, recordaba al terminar el libro algo que le oí una vez al propio Ignacio Echevarría en una mesa redonda en Valladolid: «Cada país tiene los novelistas que merece». Algo que, sospecho, suscribiría también Constantino Bértolo. Y con produndo conocimiento de causa.

martes, enero 06, 2009

El trabajo os hará libres, Espido Freire

Páginas de Espuma, Madrid, 2008. 128 pp. 14 €

Pedro A. Ramos García

Muchos no reconocerán el origen del título de este libro de cuentos. Al presidente de la provincia de Chieti (región de Abruzzo, centro de Italia) le sucedió lo mismo. Era agosto de 2006 y tenían que promocionar las oficinas de empleo. Imprimieron miles de folletos con el eslogan y compraron una página de publicidad en el periódico local. La página consistía en una carta donde Tommaso Coletti, presidente de la provincia, animaba a sus conciudadanos con esta frase que, según él mismo reconocía «No recuerdo donde leí esta frase, pero fue una de esas citas que te impactan al instante... desde siempre he colocado el trabajo en el centro de mis actividades». Supongo que nadie de su partido le dijo nada. A la oposición se le ocurrió buscar en Google (porque a ellos –imagino– también les sonaba aquella maldita frase, pero nadie sabía de qué). Arbeit macht frei. Uno hablaba alemán. Otro no podía creerle. Volvió a repetir: «Arbeit macht frei. “El trabajo os hará libres” era el lema que figuraba sobre la puerta de algunos campos de concentración nazis». Se armó un pequeño revuelo. Los periódicos estiraron la noticia todo lo que pudieron y no hubo ningún daño colateral.
Me temo que muchas de las personas que vean la portada de este libro (una portada sugerente) pensarán lo mismo: ¿de qué me suena a mí esta frase? No sé si Espido Freire lo ha hecho a propósito, pero a mí me ha dado por pensar. Sobre todo porque los catorce cuentos que componen el libro tratan sobre situaciones cotidianas donde el narrador disecciona a la perfección la psicología de cada uno de los personajes que en ellos aparecen, personajes que bien podrían ser las mutaciones de las personas que miran la portada del libro y se preguntan «¿De qué me suena a mí esta frase». Hay situaciones y personajes para todos los gustos.
Ceud mile Failte nos traslada a una isla donde se habla gaélico y se desarrolla una historia de amor de la que no desvelaré el desenlace, pero sí lo que pone en el felpudo de la casa donde vive la protagonista y narradora: «Ceud mile failte» que significa, sencillamente, «Bienvenidos», pero que cobra una gran importancia, primero, porque es el título del cuento; segundo, porque establece un paralelismo entre las personas que entraban en un campo de concentración y quien entra en la casa y, tercero, porque se convierte en una frase recurrente en el monólogo de la narradora.
Negocio, el segundo cuento, es una propuesta distinta. Venecia. «Venecia resplandecía cubierta de encajes de vidrio, de prismas y esferas de cristal que la convertían en un árbol de Navidad gigante, dorado y agua, ondas y lluvia.» (pág. 18) Un él enamorado tiene que realizar un trabajo y nos lo cuenta un narrador omnisciente a través de un juego de espejos que deja espacio para la sorpresa final. Lo que nunca será. También sobre historias de amor interruptus trata Diecisiete de agosto, pero esta vez es un amor adolescente el que nos recuerda la importancia de cada instante. El narrador se centra en los detalles, un cuento de descripciones minuciosas y acciones mínimas, pero llenas de significado como en La imitadora de voces, quizá el mejor del volumen para quien firma. Aquí Espido Freire vuelve a valerse del monólogo, pero esta vez para hacernos llegar los pensamientos de una publicista que reconoce el valor de obras como Don Quijote de La Mancha, La metamorfosis, Moby Dick y Orgullo y prejuicio mientras se lamenta de «los anuncios que he creado retomando frases muy antiguas, de los eslóganes copiados palabra por palabra de otras campañas extranjeras, de los anuncios en los que las promesas…» y recuerda la mejor época de su vida para terminar con una confesión «yo lo único que he perseguido siempre es que la gente sea feliz». Una voz poderosa, que nos hace leer entre líneas antes de enfrentarnos a La venta de las novillas, el cuento más extenso, que nos traslada a una época en la que los niños son necesarios en los campos en verano, hay hambre y un buen matrimonio puede salvar de la miseria a una familia. La mujer como propiedad. La mujer como objeto. Pero de nuevo una historia de amor entre jóvenes, muy jóvenes, ¿un primer amor? Una casa de madera escondida, el dolor del amor no correspondido, familias divididas por la envidia, un secreto. Una novela agazapada que aquí se nos muestra con la intensidad que sólo puede tener un cuento.
Cogemos oxígeno con Sin hada y llegamos a la mitad de este libro con una nueva versión de la Bella Durmiente. Rápido, sencillo, certero, como el siguiente: La niña de todos, un cuento donde se intuye, narrado a saltos, con vehemencia, en primera persona y en presente, que no se nos quiere contar todo. «Y arrojo el vestido a la cesta de la ropa sucia» (pág. 68) También una mujer con carácter protagoniza el siguiente cuento, Mimo, pero no podría ser la misma: Gloria se siente culpable por tener una amante, lo deja y luego se lamenta, huye hacia un final abierto que no presagia nada bueno.
Viaje de regreso es el del fantasma. Así lo recordarán. Es el que huele a las historias que nos contaban nuestros abuelos. Dos hermanas enfrentadas, sin decirlo, por un amor. Dos hermanas que se odian, sin reconocerlo, porque aman al mismo hombre. Dos hermanas que viven en una época en la que son intercambiables por la estabilidad de una familia. Un muerto que vuelve para ajustar cuentas, pero ¿qué viene buscando en realidad el fantasma? ¿Venganza? Vengarse es lo que quiere el padre de la protagonista del siguiente cuento: Las nuevas normas. De nuevo, primera persona, intensa, descarnada narración de sucesos y pensamientos que nos arrastran lejos del día a día a través de lo cotidiano. «Y mientras trataba de aferrarme al momento que ocurría, a aquel segundo, daba vueltas sobre la cama en penumbra, y se me fundían los huesos como a una muñeca de trapo, sucia y rebelde; golpeaba el colchón y ahogaba alaridos mudos cada vez más intensos.» (pág. 97, la esquina superior derecha doblada para volver a ella rápidamente).
Herencia, un sueño o una radiografía de una mujer de «ochenta y seis años, y de su pasada grandeza» (pág. 101). Anillo con piedra azul, donde las madres son peores que las hijas. Italiana, el amor imposible, el amor en otro espacio, otro tiempo, la búsqueda de lo único e irrepetible, un camarero demasiado cobarde para ser feliz.
Y para terminar, cambiamos de ritmo, de localización y de época. Ventajas del cuento. La carta de Guilles nos traslada a un pueblo de leñadores, de mujeres abandonadas la mitad del año para que los hombres ganen un jornal. Mujeres que sienten, con resignación, que la única forma de tener a su hombre es en la cárcel. «Guilles era únicamente suyo. Y así, un día tras otro, mientras continuara en el penal, su marido le pertenecía por completo, en la distancia, en la oscuridad.» Tan cerca y tan lejos. Tan presente. El último, un hiperbreve titulado Adenda, es otra vuelta de tuerca de poco más de un renglón para subrayar una serie de momentos cotidianos en los que los personajes se ven arrastrados por la inercia de sus vidas, donde los personajes no tienen tiempo para pensar y actúan; como nos sucede en la realidad, pero que Espido Freire dota de una gran dosis de extrañamiento (ya sea por la época o por el lugar en el que se desarrolla la acción) gracias al pulso narrativo que posee esta joven autora que hace mucho tiempo dejó de ser una promesa.

lunes, enero 05, 2009

666: El número sagrado de la Diosa, Juan Rosado

Editorial Sepha. 2008. 517 pp. 24 €

Miguel Baquero

666: El número sagrado de la Diosa es el primer libro del escritor Juan Rosado (Almendralejo, 1976) y está planteado, en gran medida, como un viaje a nuestras fuentes. Ya desde el inicio, Rosado advierte que no se busque entre sus páginas ninguna teoría peregrina, demoníaca y esotérica, tan abundantes a día de la fecha, sobre el significado del famoso número, aquello de que sumando Windows o MS DOS de determinada forma viene a surgir el famoso Número de la Bestia, anuncio del Apocalipsis, o que detrás de la World Wide Web también late la maléfica cifra. Antes por el contrario, en lugar de alimentar teorías descabelladas pero seguramente muy llamativas (y rentables), Rosado ha planteado su libro como un retroceso en la Historia de la Humanidad hasta descubrir la raíz última de donde arrancan los mitos, las figuras legendarias, e incluso los preceptos religiosos que utilizamos hoy como materia común, pero que tienen su inicio en la oscura noche de los tiempos.
Para sumergirse hasta el fondo de la Historia del Hombre y de sus Ideas, Rosado se plantea primero el reto de romper con lo más inmediato, con los mitos que construyen nuestra vivienda, con la rancia preceptiva en la que estamos confinados y que, queramos o no, proviene del catolicismo. La primera parte del libro de Rosado busca, y aporta sobradas razones para ello, desmontar el arquetipo indiscutible del Hombre en la Cruz, del Hijo de Dios y la moral surgida sobre esa base, una moral ligada a conceptos como el Pecado Original y que, insisto, impregna incluso a los contrarios a ella. Rosado viene a demostrar, de modo documentado y, en último caso, lógico, que el catolicismo tal y como ha llegado hasta nosotros y en torno al que se ha construido nuestro mundo no es sino una perversión de un mensaje inicial muy distinto, y aun radicalmente distinto, a lo que posteriormente los literalistas, los Padres de la Iglesia, dejaron establecido.
Junto con la forma en que dichos Padres de la Iglesia, de San Pablo acá, corrompieron un presunto mensaje inicial, Rosado pone en duda así mismo (y así mismo, en mi opinión, con pruebas fundadas) el hecho mismo de que existiese un Jesús histórico, un personaje real, un hombre aunque no fuese de estirpe divina. A la luz de las pruebas aportadas por Rosado, uno advierte que Jesucristo no es sino una especie de amalgama, un batiburrillo, un pouporri de diversas tradiciones tomadas de aquí y de allá, desde Egipto hasta la India, desde Grecia hasta Arabia. Y no de mucha más originalidad parece estar hecho todo el Antiguo Testamento. En realidad, y según podemos ver en este 666, todas las religiones, aun las mayas y las aztecas que durante siglos se desarrollaron de forma aislada, parecen derivaciones de un tronco inicial, de un pensamiento primigenio. O, por mejor decir, de una herejía primigenia.
Llegados, a fuerza de romper barreras y desmontar mitos, a esta pulpa ancestral, Rosado expone su teoría de que, en un principio, los seres humanos armaban sus rudimentarias religiones sobre la base de lo femenino, de la adoración no a un Dios sino a una Diosa. Sin embargo, el cambio en las formas de vida hizo que el varón fuese teniendo un papel predominante en la sociedad, que el matriarcado derivase hacia un predominio de lo masculino y sobre esta nueva concepción fueran armándose unas nuevas religiones con un factor común a todas ellas: el desprecio creciente hacia la figura de la mujer. De este modo se llegó a los tres grandes monoteísmos, donde dicho desprecio se convierte en máxima y la mujer es relegada a la última categoría: a Eva, la fuente del pecado, a la corruptora del varón, al demonio, a la Bestia, simbolizada en San Juan con el número 666. Pese a todo, la figura de la Diosa se resiste a morir y aun encuentra nuevas formas de expresión en el cada vez más poderoso culto mariano.
De todo ello nos habla Juan Rosado en su libro. Una lectura intensa y en muchas ocasiones reveladora de nuestra esencia. Porque al fin vivimos anclados a viejos prejuicios, fantasmas, arquetipos, mitos y fábulas que se remontan hasta un pasado remoto. Más remoto de lo que podemos imaginar.