viernes, noviembre 14, 2008

Las Noches del Cangrejo. Antología de Poetas en Platea, Nuria Mezquita y Antonio García Villarán (edición y prólogo)

Cangrejo Pistolero Ediciones, Sevilla, 2008. 266 pp. 20 €

Elena Medel

«Acostumbrados a que los poetas de la edad de, por ejemplo, Gil de Biedma, se sentaran tras una mesa y un vaso de agua y nos regalaran con sus versos, cuando Ginsberg llegó al escenario vacío con un armonio y unos palitos el público rugió de desconcierto. Pero era de prever. Porque precisamente su poética concedía a la música y al ritmo, a la oralidad en suma, un papel predominante. Sus maestros, desde ese Aullido germinal que leyó por vez primera en la Galería Six de San Francisco en 1955, habían sido en ese aspecto Walt Whitman y William Carlos Williams. Del primero adoptó el verso amplio como un salmo, pero modelado conforme a su propio aliento. El segundo le animó a atreverse a utilizar un lenguaje poético coloquial, vivo y espontáneo. El otro ingrediente de sus versos fue el éxtasis y el arrebato visionario, que asimiló de William Blake. El mismo término beat alude al ritmo entrecortado del jazz, un fenómeno que los poetas de aquellos años apreciaban sobremanera. En el San Francisco de mediados de los años cincuenta, ciudad a la que llegó Ginsberg en busca de un ambiente propicio para albergar su heterodoxa personalidad, poetas como Ferlinghetti o Patchen leían sus poemas en público acompañados por músicos de jazz. Y el primero de ellos componía lo que denominaba “Mensajes Orales Espontáneos”, registros de la dicción del habla coloquial concebidos para ser escuchados. Todos ellos trataban, en definitiva, de arrancar al poema del reducto convencional de lo “literario” y del anquilosamiento de la palabra escrita. Se trataba de insuflar más vida al poema, de abrirlo al lenguaje común y de convertir cada una de sus emisiones en una experiencia». Lo escribía José María Parreño —armónico entre la historiografía y la pasión— en el prólogo al delicioso Madrid 1993, un libro-cd que recoge el primer y único recital de Allen Ginsberg en la capital de España. El volumen, un gusto para los amantes de la buena literatura y los libros hermosos, de mimada edición, supone una bofetada a los prejuicios: Ginsberg es un poeta espectacular, sí, y alcanza el calificativo de sobrenatural cuando abre la boca y sube a un escenario. Para quienes consideran el mundo del verso un coto vetado a aquellos que lo acercan al público en lugar de elevarlo a los altares, para quienes ponen sus ojos en blanco antes que abrir los del lector u oyente, proyectos ambiciosos y de éxito como los de Cangrejo Pistolero Ediciones no deben sentar nada bien.
La poesía es un género minoritario. Un recital con diez asistentes equivale a un éxito; aún más si dos o tres sillas las ocupan desconocidos del poeta. Una editorial que se centre en la poesía es deficitaria; seguro que la mantiene la colección de narrativa, o un empresario que blanquee dinero, o una inteligente estrategia en la petición de subvenciones. Un catálogo de tópicos, lugares comunes e imágenes repetidas pero falsas que desmontan, como digo, iniciativas como las del Cangrejo Pistolero y sus secuaces. Para muestra, un botón: el Festival de Perfopoesía “La Revuelta Sureña”, que el próximo mes de febrero celebrará su segunda edición, dedicada a La India y cada vez más atenta a los sellos independientes. Su labor editorial, que incluye propuestas como las tres ediciones —coleccionista, de arte y convencional— de Arrojada, de Carmen Camacho, o el divertidérrimo Tengo un amigo que no tiene amigos, de Pepe Quero. La tienda on line Comadreja Libros, para facilitar el rastreo y saciar la curiosidad de los lectores más exquisitos. O el ciclo poético “Las Noches del Cangrejo”, que desde el 23 de noviembre de 2006 —casi dos años— zarandea Sevilla y reúne cada noche del jueves a un público encendido, devoto al nivel de un capillita que desgrana vivas y guapas a la virgen de sus entretelas.
Con motivo de su segundo aniversario, “Las Noches del Cangrejo” cambia de escenario —la cita es ahora en El Perro Andaluz (c/Bustos Tavera, 11)—, abandona las comillas inglesas y se vuelve libro y cursiva. El volumen se titula Las Noches del Cangrejo. Antología de Poetas en Platea, y recoge textos de todos los participantes en estos dos años del poesía. El criterio es generoso; el resultado, apabullante y editado con el mimo al que acostumbran Antonio García Villarán, Nuria Mezquita y Jesús Vega: una combinación de tintas negra y dorada, fondos ahora blancos y ahora luto, igual que telones para poetas que toman el escenario como estrellas del rock.
«Han pasado por Platea todo tipo de poetas, la mayoría noveles, los cuales han mostrado su manera de entender la poesía sobre el escenario», explican en el prólogo Antonio García Villarán (Cangrejo Pistolero) y Nuria Mezquita (Dalton Trompet). Precisamente, de la antología —y, por tanto, de la selección de participantes en “Las Noches del Cangrejo”— me llama la atención la amplitud de miras de sus coordinadores, capaces de incluir en la misma programación a veteranos francotiradores como Rodolfo Franco, David González o Uberto Stabile, autores jóvenes pero con trayectoria y publicaciones relevantes —fueron Poetas en Platea María Eloy-García, José Daniel García o Alejandra Vanessa—, y poetas recién llegados. Estos autores son —justo por desconocidos— los más interesantes, las presencias que como lectora más agradezco: versos como los de Borja de Diego, con sus poemas breves, certeros, dardos de intimidad desde la conciencia; Javier Gato, entre la mística y la carne, que apunta maneras de Pablo García Baena tras un fin de semana de rave; Siracusa Indigesta, unas veces ingenua y otras heterónima, siempre madura; Elisa Llorca, empeñada en descifrar los secretos del cuerpo; Lluís Pons Mora, realista unas veces hímnico, latinoamericano las más; o Laura Rosal, aún en crecimiento, pero con un potencial sorprendente para fotografiar con palabras su interior. Y diversidad no sólo en la amplitud de la nota biobibliográfica, sino también en lo estilístico: Las Noches del Cangrejo abarcan desde el clasicismo en poetas como Antonio Barquero, Eduardo Chivite Tortosa o Diego Vaya —colaborador de La tormenta en un vaso—, a la experimentación de Gonzalo Escarpa, David Moreno y Peru Saizprez, entre otros. Más botones: la inclusión de Poliposeídas, que acaban de ganar el Premio Simulacro 2008, un concurso de nuevas tendencias… Teatrales.
Por otra parte, también es de resaltar que, en un mundo de egos como el de la poesía, muchos de los participantes se despojen de su identidad y escojan un sobrenombre más cercano al espectáculo que a los clásicos seudónimos literarios. A ejemplos como los del propio Cangrejo Pistolero y su Carolain Band (los poetas Dalton Trompet y Yellow Ping, y los músicos Fernando Bazán “Vicio”, Rafa Maíz “Charco” y Manuel Relinque “Niño Atún”), o los ya citados Javier Gato y Siracusa Indigesta, se unen los de otros Poetas en Platea que renuncian a su carnet de identidad: Juan Arcas firma como Giovanicabra, Gabriel Delgado es El Hombre Adiabático, Guillermo Megías firma como Inestable, y el nombre de Pablo Bouzada quizá nos resulta desconocido, pero los amantes de la poesía más experimental, esa que se escucha y no se lee, conocerán de sobra a MC El Niño Carajaula. Rizan el rizo los Poetas Pluscuamperfectos, que se clasifican por número —Poeta Pluscuamperfecto Nº 5, X, Nº 32, Nº 4— y esconden sus rostros tras máscaras de lucha libre mexicana.
Porque en “Las Noches del Cangrejo” importan los poemas, no los poetas. Y porque importa la literatura, buscan y saben cómo aproximarla a quienes quizá no lean, pero sí coincidan en el bar tomando una copa, disfruten con lo que ven, regresen a la semana siguiente, en un mes se conviertan en otro lector más que nivele las estadísticas. Recuerdo: «se trataba de insuflar más vida al poema, de abrirlo al lenguaje común y de convertir cada una de sus emisiones en una experiencia». Larga vida a todas —la Antología de Poetas en Platea incluye, ojo, a muchos más— estas vidas: que no cese el espectáculo.







Para más información (además de todos los enlaces incluidos en el texto):
- web de Cangrejo Pistolero Ediciones;
- blog de Cangrejo Pistolero Ediciones;
- blog de “Las Noches del Cangrejo”;
- blog del Festival de Perfopoesía de Sevilla “La Revuelta Sureña”;
- blog del Cangrejo Pistolero;
- blog de Dalton Trompet;
- blog de Yellow Ping;
- canal en YouTube de Dalton Trompet;
- canal en YouTube de Yellow Ping.

jueves, noviembre 13, 2008

Soy una caja, Natalia Carrero

Caballo de Troya, Barcelona, 2008. 174 pp. 12.50 €.

Mercedes Cebrián

Me gustan los libros a los que se les ven las costuras, es decir, me gusta la metaficción, los textos que hablan del proceso de producción de sí mismos, de las vicisitudes de la escritura y la lectura y los que reflexionan sobre el lenguaje, su versatilidad y sus limitaciones. Soy una caja, además de ser una novela de aprendizaje en toda regla, contiene todo esto que señalo más arriba y posee también mucho de work in progress, de mirilla por la que el lector puede escudriñar el proceso de formación de una escritora.
Nadila, la narradora de Soy una caja es una letraherida: idealiza la creación literaria y a sus artífices, los encumbradísimos escritores, y sueña con ser uno de ellos. Esto muy bien podría quitarnos las ganas de leer esta Bildungsroman ambientada en una Barcelona nada Vicky-Cristina sino más bien anodina y rancia (y eso, en los tiempos megacool que corren, hasta se agradece), pero el tono y buen hacer de Nadila nos impiden cerrar el libro. Ella misma no teme ser cursi, y cuando lo es, incluso lo reconoce (“yo también era llorona, lo que en catalán se dice una bleda.”), y cuando parece que se le ha ido la mano con algún exceso de introspección y solemnidad, enseguida nos viene a salvar con algún comentario de tono irónico.
Ya estoy tardando en introducir en esta reseña un elemento esencial, que es el verdadero eje de la novela: la presencia, a lo largo de todas sus páginas, de Clarice Lispector, de su literatura y de su biografía. Nadila es una verdadera groupie de Lispector: la toma como maestra, la lee hasta la extenuación e idealiza tanto su vida como su obra, pero en un cierto momento de Soy una caja nos damos cuenta de que Nadila nos está engañando con mucha inteligencia: si bien a lo largo de todo el texto nos quiere hacer creer que ella sólo es capaz de emitir meros balbuceos literarios y que nunca alcanzará el dominio de la “gran literatura” que su maestra practicó, nos iremos dando cuenta de que su manera de relacionarse con Lispector es la misma que la de un ventrílocuo con su muñeco: las charlas ficticias que mantiene con ella, en las que Nadila pone voz a la escritora brasileña, son buena (e hilarante) prueba de ello.
En definitiva, Soy una caja es un libro especialmente ad hoc para aquellos que se vean con frecuencia pensando sobre los avatares de la creación, del cacareado “talento” y de la aparente necesidad contemporánea de convertirse en artista a toda costa. Y además, genera muchas ganas de leer a Clarice Lispector.

miércoles, noviembre 12, 2008

Al–Rihla, Luis Luna

Amargord, Madrid, 2008, 108 pp. 9 €.

Eduardo Fariña Poveda

Al–Rihla (El viaje), es el primer poemario íntegro en castellano de Luis Luna (Madrid, 1975). Su trayectoria se ha desarrollado tanto en castellano como en gallego, publicó una plaqueta Cuaderno del guardabosque (Amargord, 2007) y junto a Óscar Curieses los poemarios Hidroemas e Ignicións, ambos por la editorial Acef. Ha figurado en diversas antologías, entre las que destacan Lévedos. Antoloxia de poesía galega en Madrid y Todo es poesía menos la poesía, 22 poetas desde Madrid. Además ha incursionado en las más diversas instalaciones artísticas y proyectos interdisciplinares, junto a otros creadores como Aleksandra Mir y Carlos de Gredos, espectáculos escénicos junto a diversos colectivos como máquina de Coser y nosomoscomodos producciones. Ha sido invitado a la I bienal de arte contemporáneo Cabo de Gata-níjar (Almería).
Al–Rihla es una propuesta, un proyecto que asume el viaje como una manifestación total del espíritu, capaz de alcanzar un lugar esencial para que todos los conceptos filosóficos, religiosos o políticos se puedan tomar a examen y trazar las claves de la observación, toda comunicación auténtica resiste al tiempo si se indaga la estructura espiritual inmanente que posee cualquier credo religioso. El libro está dividido en 3 partes ( Extramuros, Mensajes en el muro e Intramuros). Con citas de Avempace e Ibn Harabi, Luna nos invita a la mística, al reino de los Sufíes. Este viaje comienza en Siria, y la cita de Avempace nos recuerda que los sufíes designan a los solitarios como extranjeros, aunque residan en sus países, son y serán extranjeros en sus ideas. En todos los textos del libro (70) podemos hacernos eco de este pensamiento. Pensar es viajar y en los encuentros posibles que tengamos en ese trayecto lo importante residirá en la contemplación, como se nos revela en el poema 5: “Me encuentras/ como una piedra/ en tu camino/ No te inquieta mi calma/ te contempla”.
Extramuros
es la parte más grande del libro. En la subsección Zoco toman protagonismo los elementos como el agua y la arena, así la palabra se enfrenta a uno de los retos más cruciales, leemos en el poema 7: “ La palabra esperada/ derrota/ la experiencia/ perfila los matices/ delimita sus sombras". En Mensajes en el muro se centra el dilema existencial mayor, el que se vincula a tener un estado donde la experiencia del viaje quede de alguna forma materializada y pueda abrir un dialogo posterior. El poeta árabe Adonis en su célebre poema El tiempo nos hablaba de un camino que huye por todos los caminos y en donde se pudiera abrazar a la espiga del tiempo. Luna realiza una operación similar, cuando en los muros quien viaja observa su propio comienzo, un muro interior donde será posible el rezo necesario para la trascendencia de un lenguaje poético capaz de abrir camino en todos los caminos, sin necesidad de abrir los ojos. Leemos en el poema 50: “Desde esta perspectiva/ el muro/ no es el lugar/ sino un estado/ nacido en la ceguera". Finalmente en Intramuros, el poeta se reconoce en la memoria, la animalidad posible y necesaria que lo habita y la candidatura que su propio secreto busca. En su propio interior la búsqueda empieza y termina porque es el círculo lo que signa la plenitud de toda la experiencia humana. Y para eso requerimos por antonomasia al lenguaje, lo que el texto 69 nos dice: “Entonces el lenguaje/ las sílabas de la calcinación".
Economizando elementos descriptivos, Al—Rihla de Luis Luna aparece como un poemario interesantísimo dentro del panorama de la poesía joven española. En sus poemas hay posibilidad de narración, pero es la que tiene que ver con los fragmentos, con la posibilidad armónica de construir un discurso, una historia que nos habla de fusionar lo trascendental con la infinita posibilidad del lenguaje y la gramática. Podemos leerlo también como relatos breves en donde se nos cuenta la posible unión de dos eternidades (espíritu y lenguaje) a través de un viaje. Con un estilo depurado, conciso, de enorme competencia reflexiva, Luna no sólo da factura de un trabajo de ser observado con atención. Es probablemente uno de los pocos autores jóvenes en lengua española que asimila con gran destreza y preocupación la poesía en lengua árabe (varios de sus poemas han sido traducidos a esta lengua) sino que además ofrece poemas que son voces posibles en la inmensidad del desierto, voces que no temen a lo que cambia todo para siempre. En una cita de Hofmannstal que viene en el libro, se nos revela muy bien lo anterior: “Quien conoce la fuerza del círculo, ya no teme a la muerte”.

martes, noviembre 11, 2008

Después de Praga nada fue igual, Pedro M. Domene

Algaida, Sevilla, 2008. 176 pp. 9 €.

Carmen Fernández Etreros

La novela de Pedro M. Domene es un canto a la amistad juvenil, al amor incondicional a los más cercanos, los padres y los hermanos, y a la vida en general. Después de Praga nada fue igual se inscribe en esa novela juvenil realista y de denuncia cuya acción y espacio se mueven en el entorno más cercano de los jóvenes, su familia, sus amigos o sus compañeros del colegio, y en la que han destacado autores como Jordi Sierra i Fabra o Alfredo Gómez Cerdá. En este caso la protagonista de la novela Marta, una adolescente, sale con sus padres de su ambiente habitual y se marcha con ellos a Praga, una ciudad que cambiará su actitud de eterna adolescente en lucha con los demás, y en la que descubrirá valores como la amistad, la lealtad y el sacrificio.
En Después de Praga nada fue igual de Pedro M. Domene su protagonista Marta, es obligada por sus padres a realizar en principio un “aburrido” viaje familiar a Praga. La joven no tiene ganas de pasar esos días cargando con su pesada hermana pequeña, durmiendo con ella en la misma habitación del hotel y pateando las calles de la ciudad europea siguiendo las indicaciones de su “repetitivo” padre. Sin embargo Marta está a punto de descubrir que un planeado viaje familiar puede convertirse en una aventura inolvidable, en la que conocerá amigos de otras culturas con problemas muy diferentes a su cómoda vida. Marta vivirá una situación límite que nunca habría pensado soportar ella sola, y además, por primera vez en su vida, descubrirá en sus propias carnes el miedo y la soledad lejos de la protección de los suyos. La amistad entre padres e hijos adolescentes o la difícil relación con los hermanos pequeños son algunos de los temas que dibuja con sensibilidad el escritor en cada una de las páginas de la novela. Además la obra ofrece una descripción minuciosa de las callejuelas, los monumentos, la gastronomía y las costumbres de Praga, contagiando al lector del encanto de esta mágica ciudad europea.
Después de Praga nada fue igual consiguió el segundo premio del certamen de Narrativa Joven de Los Pedroches, convocado por la Mancomunidad de Municipios de Los Pedroches y Algaida Editores. Su autor Pedro M. Domene, es profesor de literatura en un Instituto en Almería y además de crítico literario en el suplemento cultural Cuadernos del Sur de Diario de Córdoba.
El lector vivirá con interés las difíciles situaciones por las que tiene que pasar Marta y como la ayudarán a encontrarse a sí misma. Además Marta madurará y se reconciliará con la vida, con sus ilusiones y consigo misma, además de cambiar su visión hacia su padre y su hermana y valorar la relación con ambos. En suma una novela juvenil ágil, entretenida y que hará a los lectores, padres y jóvenes, reflexionar sobre las relaciones familiares y la importancia de valorar las “pequeñas cosas” de la vida.

lunes, noviembre 10, 2008

El deseo de ser alguien en la vida, Fernando Cañero

Premio Ramón J. Sender de Narrativa 2007. Editorial Complutense, Madrid, 2008. 117 pp. 12 €

Juan Pablo Heras

En los anaqueles de las librerías —y de las bibliotecas— esperan pacientemente cientos de libros escritos por ilustres desconocidos de nuestro tiempo. En cambio, ¿por qué a la hora de elegir nuestras lecturas optamos tantas veces por los clásicos, o, —si la palabra queda grande—, por aquellos a quienes ya conocemos? Es evidente que la experiencia, tanto la nuestra como la de los otros, minimiza el riesgo de tropezar con un mal libro. Pero también es cierto que leer autores conocidos añade al placer solitario de la lectura el colectivo de la tertulia. Ya se sabe que al leer a los clásicos dialogamos con todos nuestros antepasados lectores. Y está muy bien. Hablemos de Shakespeare, hablemos de Flaubert, hablemos de Unamuno, de Borges o incluso de Houellebecq. Pero, ¿a qué viene esta larga digresión? Se trata de una invitación a leer a los desconocidos. A leerlos y a hablar de ellos. Por ejemplo, del primer libro de relatos de Fernando Cañero.
Al leer El deseo de ser alguien en la vida sentí algo parecido a lo que viví con El malestar al alcance de todos de Mercedes Cebrián o Muertes de andar por casa de Fernando Sánchez Calvo: la sensación de que todavía quedan cuentistas con voz propia, voces con personalidad en las que una mirada afilada e implacable se une a una capacidad admirable para destripar los mecanismos ocultos del lenguaje, aquellos en los que se esconden los trapos sucios de la buena gente. Existen buenos cuentistas, sí, y están entre nosotros.
Fernando Cañero dispone los elementos del relato como un ajedrecista que reinventara el juego en cada partida. Por medio de una retórica de la precisión y de la exactitud nos va aportando la información justa en cada momento, generando un desconcierto inicial que sólo se deshace momentáneamente para abrirse a otro mayor. Cañero parece heredar de Kafka el gusto por situar a sus personajes en situaciones tan fácilmente imaginables como imposibles de explicar. El deseo de ser alguien en la vida alterna pequeños dramas cotidianos como los que suceden cada minuto en los autobuses municipales con la insólita rutina de unos cowboys de celuloide; el temblor oscuro de lo fantástico en situaciones reconocibles con la presencia asumida de lo sobrenatural. En dos cuentos tan breves como excelentes, La alegría más alta y La armonía, el lenguaje se revela inesperadamente como un formidable cepo para osos. Otras veces asistimos a conflictos llevados al límite que con frecuencia desembocan en una extraña actitud contemplativa, y es ahí donde únicamente puede encontrarse un pero a los relatos de este libro: los finales parecen a veces fortuitos o postizos, y decepcionan las altas expectativas creadas por la tensión inicial del cuento. Aunque, quién sabe, quizá ese final gris e indefinido es lo que le espera a todo aquel que desea “ser alguien en la vida”.
Este libro tan altamente recomendable ha ganado el último Premio Ramón J. Sender de Narrativa de la Universidad Complutense, que se ha encargado de editarlo; y lo ha hecho muy bien, por cierto. Ya se ha dicho en este blog, respecto a Inane de Isabel Navarro, lo difícil que es conseguir las publicaciones complutenses fuera de su propia librería. Pero, a la espera de que los próximos libros de Cañero alcancen más difusión con otros editores, les aseguro que encontrar y disfrutar de El deseo de ser alguien en la vida merece la pena.