viernes, octubre 10, 2008

La tragedia del Korosko, Arthur Conan Doyle

Trad. Francisca Trepat. Laertes, Barcelona, 2008. 174 pp. 12,50 €

Pedro M. Domene

Las novelas de aventuras siguen estando de moda o al menos nunca han dejado de estarlo si el autor es Sir Arthur Conan Doyle (Edimburgo, 1859- Sussex, 1930), el padre de Sherlock Holmes y el profesor Challenger, dos personajes que le inspirarían la mayor parte de su producción, el primero con investigador policíaco aficionado que llevará sus pesquisas al terreno de lo lógico y el segundo, un hombre de ciencia, un naturalista capaz de aventurarse con las más audaces teorías. Como Rudyard Kipling, el autor escocés, representa mejor que nadie la triunfante expansión inglesa por todo el mundo y como él, no deja de cantar sus glorias y su superioridad. Tema que se vislumbra en una de sus novelas más conocidas, El mundo perdido (1912) y, sobre todo, en La tragedia del Korosko (1898), la historia de un grupo de pacíficos y singulares turistas se ven sorprendidos en su excursión por el Nilo por una banda de integristas islámicos y son secuestrados. El grupo de cautivos es heterogéneo y, aunque menos, también lo serán algunos de sus secuestradores a lo largo del relato. A partir de este hecho, Sir Arthur Conan Doyle elabora una novela de aventuras, maestra en su género y que, paradójicamente, leída en el siglo XXI adquiere unos sorprendentes tintes premonitorios de los peligros que acechan a los turistas occidentales que se adentran en zonas remotas del Oriente medio. El itinerario que describe Conan Doyle, además, de descriptivo e informativo, tiene ciertos elementos históricos que están muy están presentes: la construcción del canal de Suez, las insurrecciones de Alí Wad Ibrahim o las referencias a las aventuras de Gordon en Sudán y la ciudad de Jartum. El clímax dramático se produce cuando estos derviches del Sudán les obligan a abjurar de su fe cristiana; el autor muestra una actitud ética cuando sus personajes, algunos ellos, de valores morales intachables, se resisten a esa humillación que, por otra parte, podría salvarles la vida. Entre la profundidad religiosa y la superficialidad de algunas actitudes, Conan Doyle se inclina por una actitud metafísica que se aparta de las religiones oficiales del momento.
El paisaje se incorpora en el relato con cierta corporeidad, en algunos pasajes su belleza impresiona, incluso pesa; las noches estrelladas del desierto pueden ser opresoras o bien esperanzadoras. Los pasajeros del Korosko, descritos al principio del relato, conforman un mosaico de personalidades arquetípicas de los países de origen; la caprichosa norteamericana Sadie Adams, el veterano coronel inglés Cochrane, el tocanarices de Monsieur Fardet, los irlandeses Sres. Belmont, el joven diplomático Cecil Brown, el reverendo John Stuart y Mrs. Shlesinger, madre e hijo; en realidad, como señala el autor, todos formaban una expedición alegre porque muchos de ellos habían hecho el viaje juntos desde El Cairo hasta Asuán, un recorrido en el que el carácter frío de los anglosajones se derretía viajando por el Nilo, aunque lo más destacable del libro, que no deja de ser una aventura en la producción narrativa de Conan Doyle, es ese contraste entre la dignidad y valor moral de los cautivos con la denominada barbarie de los nativos. Podemos imaginar que para un inglés de finales del XIX, resultaría muy difícil (o quizá para cualquier otro europeo) admitir que otros pueblos, de cultura, raza y religión diferentes podían tener derecho a luchar por su independencia. El imperialismo colonial, como sucederá en Asia y luego en América, invadía África y sus riquezas materiales con el pretexto de introducir una moderna civilización. Nada nuevo en el planeta.

jueves, octubre 09, 2008

Comedias de Lope, VV.AA.

451, Madrid, 2008. 190 pp. 12,50 €

Juan Pablo Heras

El nuevo volumen de la colección 451.Re:, que trata de verter a los clásicos en moldes de autoría española contemporánea, y que hasta ahora ha visitado al Mío Cid, a Bécquer y a Shakespeare, entre otros, aborda esta vez las comedias de Lope de Vega. Una selección de ocho narradores sobradamente conocidos (o si no, lo merecen) trata de dar nueva vida a los clásicos lopescos y nos ofrece resultados sorprendentes.
Dice el maestro José Luis Sanchis Sinisterra en Dramaturgia de textos narrativos que existen dos maneras básicas de llevar al teatro un texto narrativo: una dramaturgia fabular y una dramaturgia discursiva. La primera mantiene la fábula (personajes, espacios, acciones) y transforma el discurso; la segunda trata de recuperar un discurso peculiar para volcarlo en otro género y contar, quizá, otra historia. Estos conceptos nos sirven ahora si los reflejamos convenientemente en un espejo. En Comedias de Lope el camino ha sido, salvo en una excepción, inverso: trasladar lo dramático a lo narrativo, en un proceso que podríamos llamar, abusando del griego, narraturgia.
Veamos los casos de narraturgia fabular, sin duda los mayoritarios: la mayor parte de los autores de la antología han optado por retomar lo esencial de la trama de las comedias lopescas y construir un relato ambientado en la actualidad, tratando de rastrear en nuestro mundo las problemáticas humanas ya reflejadas por Lope. Juan Madrid y Félix Romeo recrean dos dramas de abuso de poder, Fuenteovejuna y Peribáñez, en circunstancias actuales: el primero en un trepidante e irónico thriller de mafia marbellí, el segundo en una trama de corrupción que revela los mecanismos ocultos de las políticas municipales; para El villano en su rincón, Sonia García Soubriet encuentra en la sociedad de castas de la India el mejor espacio en el que recuperar el tópico clásico del beatus ille, diseccionado con un hábil y fascinante uso de la perspectiva narrativa. José Ovejero lleva el adulterio de El castigo sin venganza a un ambiente universitario, y propone un interesante juego literario entre un narrador, quizá trasunto del gracioso Batín, que interviene en el cuento para satisfacer la extraña ansia del protagonista por hacer de su vida un buen relato. Es precisamente en los momentos en los que se subrayan los recursos puramente narrativos cuando estos relatos alcanzan sus mayores aciertos, como en la divertida versión de Los locos de Valencia que propone Cristina Sánchez-Andrade, tejida alrededor de una vibrante y particular voz narrativa.
Pero otros se han preocupado menos de la fábula y han optado por el camino de la exploración, de la indagación en el espíritu de la comedia lopesca. Entre estos casos de narraturgia discursiva sobresalen las excelentes propuestas de Menchu Gutiérrez en torno a El perro del hortelano y de Andrés Ibáñez para El caballero de Olmedo. Ambos hacen aflorar la voz interior de los protagonistas de los dramas y sacan oro del fino retrato psicológico que subyace bajo la clásica caracterización conceptista de la comedia nueva y el armazón neoplatónico de la tragedia. Gutiérrez revitaliza la frase hecha («el perro del hortelano, que ni come ni…») y la convierte en metáfora palpitante; Ibáñez indaga en la metafísica del amor y de la muerte en coordenadas clásicas.
Por último, Alicia Giménez Bartlett es la única que opta por mantener la forma dramática, e incluso la polimetría lopesca, trasladando, eso sí, la acción de La dama boba a un grupo de jóvenes que leen La dama boba: su propuesta no por sencilla es menos valiosa.
En resumen, no sólo un excelente ejercicio para alumbrar con nueva luz la comedia de Lope, sino una valiosa antología de relatos radicalmente contemporáneos.

miércoles, octubre 08, 2008

Memorias privadas y confesiones de un pecador justificado, James Hogg

Trad. Francisco Torres Oliver. Nórdica, Madrid, 2008. 313 pp. 19,80 €

Guillermo Ruiz Villagordo

Los caminos del señor son inexcrutables. Uno espera conocer las magnas obras de la literatura universal asistiendo a clases magistrales de grandes especialistas, leyendo sesudos ensayos de más de dos mil páginas, estudiando y memorizando cánones occidentales a falta de orientales, pero en ocasiones la puerta al conocimiento (que no es otra que la curiosidad) se abre gracias a un bestseller de título rimbombante se encuentra hasta en el VIPS: 1001 libros que hay que leer antes de morir. Confieso que me encantan las listas, todo tipo de listas, pero si además tratan de cuestiones literarias es que me chiflan, por lo que un volumen de estas características, «profusamente ilustrado» como se suele decir, cuya mayoría de obras señaladas me es desconocida, se convierte en la carta de menú del festín que con tiempo y suerte me daré en el futuro.
Todo esto no es más que un preámbulo (no sé si necesario o inútil, aunque sinceramente no me importa mucho) para decir que fue aquí donde leí que un pastor escocés a caballo entre los siglos XVIII y XIX llamado James Hogg había escrito una sombría novela titulada Memorias privadas y confesiones de un pecador justificado. Y mira por dónde, por esa misma fecha Nórdica, con la exquisitez acostumbrada en su labor de elección y edición, rescata esta rareza y la pone al alcance de quien quiera acercarse a ella.
Tras su lectura, a bote pronto lo que queda claro es que se trata de una narración con rasgos del más puro romanticismo. Encontramos todos los elementos que adjudicamos a este estilo, y cuando digo todos, es todos. Haciendo un pequeño resumen que no desvele aspectos esenciales de la trama, lo que se nos presenta es un caso de fanatismo: un joven que se considera predestinado desde antes de su nacimiento a la santidad va convenciéndose, alentado por el consejo de un extraño compañero que le sigue a todas partes, de que nada podrá hacerle descender de su estado divino, por lo que considera que posee inmunidad para realizar cualquier acto, por horrible que sea, cuanto más si con ello cree preservar la idea de religiosidad que concibe su mente desviada. Y es que, como dice su misterioso amigo, «el Salvador murió por vos de manera especial y particular, ¿os atrevéis a decir que no hay bastante mérito en ese gran sacrificio para borrar todos vuestros pecados, por horrendos y atroces que sean?».
Esto en cuanto a la segunda parte de la obra, que son propiamente esas memorias y confesiones del perverso elegido divino. La primera es la entrada perfecta a este «camino de perversión» gracias a su mezcla de géneros, que mantiene vivo el interés en cada página por distintas razones: empieza como un cuento, con un padre casquivano, una madre hiperreligiosa y sus dos hijos, uno de buenas intenciones o al menos con inclinaciones naturales y otro producto del radicalismo materno, potenciado por un sacerdote riguroso; después deriva a un relato gótico, con las típicas brumas en acantilados y visiones esperables, que conducirá a un asesinato (no diré de quién, obviamente); y, finalmente, se convierte en una intriga casi policiaca en la que se ven implicados los personajes anteriores a través de la mirada de uno que había pasado desapercibido hasta el momento y que ahora toma el testigo de la narración para llegar a inquietantes conclusiones que las memorias que siguen terminarán de iluminar.
Es, pues, un libro intenso, lleno de reflexiones metafísicas que sin embargo no resultan pesadas sino que hacen avanzar la acción narrativa, que va adquiriendo mayor tensión y emoción conforme sus matices se vuelven más «satánicos». Sí, se puede ver como un relato moralizante, pero queda claro que Hogg se deleita en lo que cuenta más allá de su interpretación posterior, de manera que nos sume en ese progresivo infierno a la vez que su protagonista, que al principio nos resulta odioso por su aparente maldad innata oculta bajo un velo de fe, nos va pareciendo más «humano» conforme las dudas le asaltan.
Del paralelismo que se pueda hacer con cualquier situación actual o pasada, ¿para qué hacer mención?

martes, octubre 07, 2008

Sin flores ni coronas. Auschwitz-Birkenau, 1944-1945, Odette Elina

Trad. Luis Eduardo Rivera. Periférica, Cáceres, 2008. 132 pp. 14 €

Care Santos

Escribe el alemán Hermann Broch alrededor de 1940: «También el dolor es digno de ser vivido». Cuatro años más tarde escribe Odette Elina en sus cuadernos: «Llamo a la muerte porque tengo frío, porque el mundo nos olvida y más vale terminar pronto». Odette Elina era pintora (o, por lo menos, eso decía ella que era) y tenía 24 años cuando la llevaron al campo de concentración de Auschwitz. De nacionalidad francesa, vivía en París, militaba en el Partido Comunista y durante la Segunda Guerra Mundial ejerció como activista de la Resistencia. Sirvió de enlace con el Ejército Secreto, elaboró mapas y planos para la eliminación de los campos y fábricas de aviación se encargó de la distribución de armas, coordinó la acción paramilitar, organizó a los maquis. Todo eso hasta 1943, año en que, durante una de sus misiones en París, fue detenida por la Gestapo y deportada. En el postfacio a esta edición, Sylvie Jedynak aporta un dato horripilante: el convoy donde Elina viajó al campo de concentración «estaba formado por 1.004 judíos, de los cuales 398 eran hombres, 600 mujeres y 174 niños... En 1945 quedaban 37 supervivientes, de los que 25 eran mujeres».
La primera pregunta que surge al tener entre las manos un libro como éste es: «¿Era necesario?». ¿Hay algo que no se haya dicho aún, que convenga repetir, puntualizar, recordar? Está claro que el objetivo que persigue Elina es el mismo que persiguió —y dejó claro en sus propios textos— Primo Levi: hay que mantener viva la memoria del holocausto para que no vuelva a ocurrir, existe la obligación moral por parte de quienes lo vivieron de contarlo. ¿Es eso suficiente?
Después del atentado de las Torres Gemelas en 2001, Rosa Montero publicó un artículo en el diario El País donde afirmaba que lo que había sesgado la caída de las torres, además de los centenares de vidas que todos sabemos, fue nuestra inocencia. Pienso que acaso el primer atentado contra esa inocencia colectiva fueron los campos de concentración nazis, y sin duda a ella se refería Günter Grass cuando se planteó cómo se escribía después de Auschwitz. Cómo se escribe después de las crueldades del feroz siglo XX, sobre qué se escribe, con qué intención, para qué lector.
Libros como éste de Odette Elina, breve y conciso, como una bala directa al corazón, demuestran que nuestra inocenia siempre puede ser atacada. Y, más aún: que el dolor es, como decía Broch, algo que debe ser vivido y, por supuesto, contado. Esto hace aquí esta pintora y militante política: contar su dolor. De un modo esquemático, esbozado, fragmentario. Escribe sensaciones, impresiones visuales, anécdotas mínimas que contienen dramas máximos, pequeños recuerdos... y con todo ello va armando un rompecabezas en el que tanto o más impresiona lo que deja fuera que todo lo que cuenta.
Para empezar, en estas notas no hay pasado. No hace la autora ni una sola referencia al mundo que quedó fuera, a aquel que no sabía si iba a recuperar algún día. «Estábamos separados del resto del Universo», dice. Y, por supuesto, tampoco hay futuro. Sólo el presente existe, un presente que pone a prueba los límites de la resistencia humana y que se nos explican desde una simplicidad desnuda: «Los crematorios estaban cargados hasta reventar de combustible humano», afirma la autora. Y al observar la indiferencia de los responsables de los campos, se pregunta: «¿No sabían que hay seres humanos que sufren sin que el resto del mundo piense en indignarse por sus sufrimientos?». Hay capítulos de un dramatismo asfixiante, como el denominado «Los gemelos», en el que se nos narra la predilección malsana de los oficiales alemanes por los hermanos idénticos y cuya lectura merece la pena por sí sola el acercarse a este libro. De vez en cuando, sin embargo, aparecen pequeño soplos de esperanza, de vaga humanidad, como ocurre en la historia de Olek.
W. B. Sebald se preguntó en Sobre la historia natural de la destrucción por qué Alemania había carecido de cronistas dispuestos a contar lo que le ocurrió a sus ciudades al final de la II Guerra Mundial. Tal vez no eran ellos, los alemanes, quienes debían escribir esa crónica del horror, sino los otros, los extranjeros. Tal vez en esa distancia necesaria radique todo.

lunes, octubre 06, 2008

13 viajes in vitro, Mercedes Cebrián

Blur Ediciones, Madrid, 2008. 64 pp. 6 €

Emilio Ruiz Mateo

Mercedes Cebrián le ha puesto nombre a algo que todos hemos hecho más de una vez: viajar a través de lo que nos han contado y de nuestra «cultura general» (ese concepto tan abstracto y con el que no obstante tan bien nos entendemos…). En estos tiempos que corren, en los que uno se enfada y reconcilia con sus amigos a través de Myspace o se entera de la boda de su prima gracias a las fotos que colgó en Facebook, quién se resiste a leer estos viajes virtuales. Con algo de miedo a lo extraño, algo de curiosidad insana y mucho de esa mirada taladradora de tópicos que ya demostró Cebrián en su libro de cuentos y poemas El malestar al alcance de todos (Caballo de Troya) se cocinan estos 13 viajes in vitro. Hay compromiso en esta propuesta, el de quien está empecinado en contar cómo es el mundo que nos rodea, lo que llaman la realidad, y que en nuestra época acostumbra a esconderse en virtualidades varias.
¿No serías capaz de relatar a tus amigos cómo es una matanza sin haber estado jamás en ella? ¿Y la Tomatina, «el festejo arrojadizo» (Mercedes Cebrián dixit)? ¿Por qué no el requetevisto Carnaval de Venecia, «tan siglo XVIII y tan Scream 2 al tiempo»? Un «viaje probeta» es aquel que realizas sin haber pisado el lugar en cuestión, a través de las historias que los verdaderos viajeros te contaron a la vuelta o a golpe de Google y reportaje. Un juego intelectual y divertido el que esta autora propone, que habla de lo que somos como lo haría un libro de Perec o, más de andar por casa, un ensayo de nuestro Vicente Verdú. Lo más terrible es la sensación que al lector le queda al cerrar este librito editado con primor por Blur Ediciones: hayas viajado en realidad o no por cualquiera de estos destinos in vitro, te reconocerás en lo que Mercedes cuenta. ¿Será que no viajamos recorriendo paisajes, sino de ideas adquiridas? ¿Será que uno se relaja haciendo trekking porque así se lo han contado antes? ¿Que se siente bien en la ciudad de Celebration (Florida) porque la diseñaron para ello y así nos lo hicieron saber?
La viajera Cebrián tiene poco del Labordeta mochilero: contempla la matanza equipada con su iPod para no escuchar los chillidos del animal, manda sms desde la cima del Perito Moreno y piensa que los safaris están peor organizados que los documentales de la tele. Estos viajes en papel tienen su correspondiente álbum de fotos, por supuesto: no hay periplo moderno del que no se vuelva con un tesoro visual. En este caso se trata de las ilustraciones de Ismael García Abad, que funcionan como complemento perfecto para esta broma inteligente. Reinterpretaciones del pastiche, entre el pop colorista y la mala leche, con detalles tan acertados como esa Las Vegas con interruptor ON/OFF o esas esculturas de la isla de Pascua envueltas para regalo.
Es divertido, muy divertido leer 13 viajes in vitro. Pero lo mejor es que, entre carcajadas, sabemos que nos estamos riendo de nosotros y nuestro tiempo. Es entonces cuando a uno se le queda la sonrisa congelada por un segundo… y sigue leyendo.