viernes, septiembre 19, 2008

El efecto Lucifer, Philip Zimbardo

Trad. Genís Sánchez Barberán. Paidós, Barcelona, 2008. 624 pp. 28 € 

Miguel Sanfeliu

El efecto Lucifer es un libro fascinante y revelador. El subtitulo refleja la intención del autor: «el porqué de la maldad». Zimbardo es profesor emérito de psicología en la Universidad de Stanford, y fue el investigador principal del experimento que tuvo lugar en dicha universidad en 1971. El experimento de la Universidad de Stanford adquirió una gran notoriedad a raíz de dos acontecimientos que lo convirtieron en «un ejemplo capital de la psicología de la maldad»: un intento de fuga en la prisión de San Quintín y un motín en la prisión de Attica que finalizaron en sendas matanzas. El impacto sobre la opinión pública motivó que el experimento de Stanford adquiriera unas dimensiones inesperadas. De hecho, su relevancia continúa vigente. Ha inspirado incluso una película de Oliver Hirschbiegel que representó a Alemania en los Oscar de 2001 y recibió varios premios en su país, aunque el film se va alejando paulatinamente de la historia real para terminar con un episodio delirante y desproporcionado.
El experimento de Stanford consistió en seleccionar a un grupo de voluntarios y asignarles a unos el papel de reclusos y a otros el papel de guardias, recreando en los sótanos de la Universidad un escenario carcelario. Se pretendía estudiar de qué modo influirían en ellos los roles que iban a representar y la situación en la que se iban a desenvolver, si su carácter sufriría cambios. Los resultados fueron imprevisibles. La primera parte del libro se centra en dichos acontecimientos de una manera pormenorizada. Nos narra el día a día en ese microcosmos cerrado. Un grupo de reclusos y tres grupos de guardias, todos sometidos a las reglas establecidas desde el principio. La imposición de la autoridad va generando pequeños abusos que, de un modo casi imperceptible, se van haciendo cada vez más crueles. Y también más imaginativos, algo que Zimbardo llama «la maldad creativa». Apenas ocho horas después de iniciado el experimento, los guardias ya comenzaron a meterse con los reclusos «por puro aburrimiento». El turno de la tarde fue el que más maltrató a los reclusos, dicho turno empezaba a las 18:00 horas y finalizaba a las 2:00 de la madrugada. Apenas un día después de iniciado el experimento, se produjo una rebelión de los reclusos y esa misma noche tuvieron que dejar marchar a uno de ellos por la crisis de ansiedad que llegó a sufrir.
De este modo, un experimento que estaba previsto que durara dos semanas tuvo que abortarse antes de tiempo. Las detenciones y el ingreso en la prisión se llevaron a cabo un domingo y el viernes tuvo que interrumpirse la experiencia porque la situación se volvió insostenible y el grado de crueldad y degradación llegó a sobrepasar los límites de lo aceptable. Pero lo curioso es que quien llamó la atención sobre esto tuvo que ser una persona que se unió a la investigación con posterioridad, Christina Maslach, pues quienes la seguían desde el principio se habían ido sumergiendo paulatinamente en dicha escalada de crueldad y ni siquiera parecían ser conscientes de ella.
Zimbardo recuerda ese experimento a raíz de ver las fotos tomadas en la prisión de Abu Ghraib, todas las fotos, incluso las que no llegaron a la opinión pública: «centenares de imágenes horripilantes». Recuerda que el comportamiento humano, y concretamente su lado más malvado y cruel, es una consecuencia directa de la situación en la que se encuentre el individuo. Es lo que se denomina «psicología situacional». Los ejemplos que sirven para confirmar dicha argumentación son contundentes y espeluznantes.
La narración de todos estos acontecimientos se desarrolla con gran agilidad y muy detalladamente. Conocemos a los reclusos y a los carceleros, su día a día, sus reacciones. Zimbardo demuestra su pasión por el tema que trata y el libro está muy bien estructurado y avanza implacable extrayendo inquietantes conclusiones sobre la naturaleza humana. A veces, no puede contener su impaciencia y nos adelanta asuntos que desarrollará más adelante. Y el lector no puede sino seguirlo en ese viaje, compartiendo su curiosidad y con la convicción de estar descubriendo algo que, de modo tácito, tendemos a negar. Siempre pensamos que esas cosas les pasan a los demás, que nosotros no nos comportaríamos de esa forma, que seríamos diferentes. Todo el mundo sabe que, en una situación de peligro, hay que mantener la calma porque las avalanchas son peores que cualquier otra cosa; y sin embargo, la mayoría de la gente no duda en correr ciegamente, arriesgándose al aplastamiento. Los gritos contagiosos de los fans de cantantes, víctimas de ataques de histeria colectiva, los actos vandálicos callejeros… Zimbardo nos advierte que «cuando la gente se encuentra en un entorno que fomenta el anonimato, su sentido de la responsabilidad personal y cívica se reduce».

Por lo general, las personas sienten la necesidad de integrarse en un grupo, y esto puede llevar a un estado de conformismo, incluso de sumisión, dentro del propio grupo, pero también a un odio irracional hacia un colectivo antagónico, o tan sólo diferente. Zimbardo dedica algunos capítulos a repasar varios estudios de dinámica social. El clásico estudio de Milgram, que consistió en comprobar si la gente es capaz de infligir dolor a un desconocido sólo porque alguien con autoridad se lo ordene. Existen variaciones sobre este asunto, como el experimento que consistió en saber si una enfermera obedecería una orden errónea dada por un médico desconocido. También hay espacio para relatar la experiencia que llevó a cabo un profesor de historia (Ron Jones) en un instituto de Palo Alto, creando un sistema totalitario de claras connotaciones nazis. Dicho episodio fue novelado por Morton Rhue en un libro titulado La ola, y se han rodado varias versiones cinematográficas basadas en dicha experiencia: la última es una producción alemana dirigida por Dennis Gansel. También hay sitio aquí para recordar un acontecimiento como el suicidio colectivo de Jonestown, en la Guyana o la matanza de tutsis a manos de los hutus: «Antes sabía que un hombre podía matar a otro porque es algo que siempre ha sucedido. Ahora sé que hasta la persona con la que has compartido comida, o con la que has dormido, te puede matar sin problemas. El vecino más cercano te puede matar con los dientes: esto es lo que he aprendido del genocidio, y mis ojos ya no ven el mundo como antes». Son las palabras de una superviviente tutsi llamada Berthe, recogidas por Jean Hatzfeld en su libro Una temporada de machetes.
Después de este incómodo recorrido, estamos preparados para adentrarnos en la cárcel de Abu Ghraib y enfrentarnos a lo que ocurrió allí dentro. Los soldados tenían que dormir en celdas como las de los prisioneros pues la prisión era atacada continuamente y el patio exterior no ofrecía seguridad, las condiciones higiénicas eran deplorables, los turnos de trabajo extenuantes y la masificación excesiva. “Allí dentro había menores, hombres, mujeres y enfermos mentales todos juntos”. Nadie supervisaba el día a día de las instalaciones. Apenas aparecían mandos militares y, si lo hacían, era con rapidez y sin prestar atención a lo que estaba ocurriendo allí dentro. Por otra parte, interrogadores civiles daban órdenes a los soldados y les pedían que prepararan a los prisioneros para que se derrumbaran pronto en los interrogatorios. Cuando esto sucedía así, felicitaban a los soldados por su trabajo. El viaje no es cómodo, entrar en Abu Graib, siquiera a través de las paginas de este libro, es una experiencia desasosegante y terrorífica.
El libro “plantea la pregunta fundamental de hasta qué punto nos conocemos a nosotros mismos, hasta qué punto podemos predecir con seguridad lo que haríamos o dejaríamos de hacer en situaciones en las nunca nos hemos encontrado”. Ciertamente, no es un tema baladí y este no es un libro que se deba dejar pasar por alto. Es importante adentrarse en el lado oscuro del ser humano, en sus debilidades, para conseguir ser mejores. De hecho, Zimbardo, que durante todo el trayecto nos recuerda que no pretende excusar las acciones reprobables, sino tan sólo que se tenga en cuenta que bajo determinadas circunstancias todos podemos llegar a actuar de un modo del que nos creemos incapaces, dedica el último capítulo a hablar de cómo “Resistir las influencias situacionales y celebrar el heroísmo”. Un libro imprescindible.
“Si colocamos a gente buena en un lugar malo, ¿la persona triunfa o acaba siendo corrompida por el lugar?” Ésa es la pregunta que nos plantea El efecto Lucifer. ¿Somos capaces de enfrentarnos a la respuesta?

Enlaces de interés:
El autor.
El Experimento de la Prisión de Stanford.
Página oficial del libro El efecto Lucifer.
Vídeo sobre el Experimento de la Prisión de Stanford.
Vídeo sobre el estudio de Milgram.
Trailer de la película La ola, de Dennis Gensel.
Todas las fotografías son de la página oficial del libro.

jueves, septiembre 18, 2008

Nada grave, Ángel González

Visor, Madrid, 2008. 73 pp. 15 €

José Manuel de la Huerga

Una colección que pretende recoger la voz de los mejores poetas vivos del siglo XXI español comienza su camino con un libro póstumo de Ángel González. La paradoja, en poesía, es sinónimo de acierto, de hallarse en el límite de dos mundos de imposible conjugación, pero que la genialidad del creador es capaz de cuajar. Tenía que ser la voz de Ángel González, pertinaz en el susurro lastimado, de vuelta de todo, hasta de la muerte, como deja escrito en alguno de estos breves, la que sirviera de pórtico, junto con Gelman y García Montero. Tres voces, tres latitudes, tres maneras de abordar el trabajo poético, pero un único denominador común, la excelencia. (En una próxima entrega nos ocuparemos de Mundar de Gelman). La edición, cuidada hasta en el mínimo detalle (cubiertas, sobrecubiertas, guardas rojas, retrato del poeta a lápiz, dos tintas…) se la merecen estos tiempos que llaman de crisis. Nunca se habrá leído tanta y tan buena poesía.
En cuanto al libro Nada grave hay que hacer una primera observación: el texto es póstumo, ha salido de las manos de la esposa y del buen amigo, García Montero, director de la colección. Los poemas, al parecer, estaban ya ordenados y figurarían, en un futuro, en un libro que no es este. Seguramente tendría una mayor extensión (o no), y conociendo las manías de los poetas, algunos de los textos, por no decir todos, serían retocados, eterna y enfermizamente retocados, algunos caerían, otros cambiarían de lugar… Pero el libro en proyecto Nada grave pasó por encima del trabajo melancólico de Ángel González, y le abandonó.
Sabemos, por la nota inicial del director de la colección, que Ángel González trabajaba en los últimos meses en dos carpetas de signo muy diferente: una triste, pesimista, ésta que hoy nos convoca en esta crítica, y otra juvenil y desenfadada, un almanaque con los meses del año. He aquí la primera enseñanza del maestro: saber abrir y cerrar carpetas, saber entregar a la estampa lo que es enseñable, saber guardar lo que debe esperar… De estar vivo, Nada grave no se habría publicado. Pero sé que esto que escribo es una bobada. Ángel González sometía a sus textos a los prescriptivos tratamientos de adelgazamiento y sueño. Deberemos, pues, leer Nada grave como un libro de circunstancia… final. Por cierto, nada grave. La ironía del poeta hasta en la postrer entrega.
Tristeza y lucidez son dos palabras que se dan la mano al final de los días del poeta. Los poemas son pesimistas, ácidos, de una melancolía a veces insoportable. La brevedad, la sentenciosidad hacen que el lector vuelva sobre los textos, creyendo haber pasado algún doble sentido por alto, alguna lectura cruzada, algún guiño a la memoria, a los libros, a los poemas. Pero no, son textos secos:

Lo que queda
−tan poco ya−
sería suficiente
si durase.


Y a un mismo tiempo, están cargados de una honda ternura (la de siempre en su voz, la que es marca de la casa desde Áspero mundo, esa que parece que te está leyendo los poemas al oído) que no está lejos de la compasión, no de sí (o sí), sino del género humano:

Todo lo que yo tengo de animal,
de vertebrado,
de mamífero,
hoy se adueña de mí con descaro exultante.
Hoy no tengo razón, y lo celebro. (…)

Soy esto
−dice o casi relincha, desafiante mi cuerpo−
y nada más que esto:
cuadrúmano o solípedo
y poca cosa más: sedentario, nocturno.

Son poemas que acarrean todo el dolor aprendido en el convulso siglo XX, el del hombre que aguanto posguerra, dictadura, exilio, distancias oceánicas…, pero amó vivir así. La palabra justa es un don en estos poemas, bien sabía el poeta la máxima de Monterroso (“Cada día una línea menos”) y la practicaba en el verso mismo, ajustado al latido, ni un bombeo más. Por eso los poemas son tan breves (los aforismos de Machado brillan al fondo), cansados de escribir, pero necesarios, incluso en dos versiones apenas perceptibles (y tan diferentes), como ocurre en los poemas titulados por igual Vista cansada.
Quería dejar para el final un poema. Se titula Yo insistente. Sólo por él valdría la pena el libro entero. Comienza:

Cierro los ojos: desaparece el mundo.
En el interior negro de mi cuerpo
sigue mi yo sombrío sin cambiar de postura.

Lo he leído y releído estos días. Lo marco, porque volveré a él. Ángel González lo dice en el poema titulado Leo poemas, este poema es una caricia, una compañía:

No es que me alivie la tristeza ajena;
es que me siento menos solo.

Ojalá Ángel González estuviera aquí todavía para leerlo una vez más, o como el Sam de Casablanca, tocarlo otra vez.

miércoles, septiembre 17, 2008

Todavía no me quieres, Jonathan Lethem

Trad. Cruz Rodríguez. Mondadori, Barcelona, 2008. 224 pp. 17,90 €.

José Morella

Las aventuras de una banda indie de California que intenta triunfar es un punto de partida que puede echar para atrás a cualquier lector que no esté especialmente interesado de por sí en el rock alternativo o los problemas de los jóvenes californianos sin problemas. Pero esta novela engaña. La etiqueta “novela” es el envoltorio de un regalo distinto: un ensayo cultural sobre la dificultad de vivir la realidad como algo auténtico en el mundo contemporáneo. Lethem, que parece escribir después de tragarse las obras completas de Lyotard y Baudrillard, consigue que podamos saltar de los personajes a nuestras propias experiencias de ciudadanos del siglo extraño que nos toca vivir con una facilidad que está reservada a pocas inteligencias. No es su mejor novela ni de lejos. Está a años luz de The Fortress of Solitude. Pero es muy difícil, sobre todo para los que tenemos afición por la literatura de ideas y por el ensayo, no sentirse atraído por el constante flujo de intuiciones que contiene sobre nuestras vidas. Los personajes parecen certeros ejemplos vivos —y verosímiles— de las teorías de Zigmunt Bauman, de sus conceptos de amor líquido y de sociedad disgregada. Antes la realidad de las relaciones personales era física como una pared. Mi marido, mi mujer. Ahora lo que nos cuesta es lo contrario. Poder nombrar las cosas y las personas que amamos sin que se nos fundan como hielo en el asfalto.
Lucinda, la bajista del grupo, se pasa por la piedra a todo personaje masculino que transita por el texto. Pero queda especialmente fascinada pro un tipo que conoce en un extraño empleo en el que trabaja para su ex novio, un posmoderno artista que pretende usar a las personas como material de sus obras, al estilo de Spencer Tunick. Falmouth, que así se llama el hombre, contrata a Lucinda para que conteste al teléfono en una oficina de atención al ciudadano. La gente llama para quejarse de lo que sea. Ese raro call center está en una galería: es una obra de arte. Otra de las obras de Falmouth consiste en una fiesta en la que la gente lleva su propia música con auriculares y cada uno baila a un ritmo distinto mientras la banda protagonista de la novela, que no tiene nombre, debe tocar a un volumen inaudible, es decir, no ser oída. Todo se reduce a simulacros, como aquellos de los que nos hablaba Baudrillard. No hay ninguna diferencia entre un call center real y uno que está en un museo: ninguno sirve para nada. Y tampoco la hay entre una fiesta real y una de museo: ambas son hiperrealidad, ambas son igual de incapaces de permitirnos una auténtica comunicación humana, si es que eso existe a estas alturas. Pues bien, en el teléfono posmoderno de su posmoderno amigo, Lucinda conoce a Carl, un hombre que la fascina. Tiene un don impresionante para las palabras y para los eslóganes. Dice cosas asombrosas y profundas que Lucinda le roba para las canciones de su banda. Este es uno de los temas principales de la novela, la idea de plagio y original. Lethem parece querernos decir que la idea de originalidad es mucho más compleja de lo que podamos pensar, y consigue que el lector perciba que ocurre lo mismo con nuestros sentimientos. Nos cuesta mucho saber si lo que sentimos es “original” o no. Vivimos con esa presión constante. Los personajes son incapaces de distinguir la realidad, de saber si lo que sienten o hacen tiene entidad de auténtico. Nada parece satisfacer a Lucinda, ni al creativo Carl. Reviven el mito de Eros y Psique a cada minuto de un modo torturante: si veo lo que deseo, el deseo se va. Si me acerco al placer, ya no lo veo. Se flirtea sin pausa con lo no hecho. Esto, por supuesto, no es nuevo. El deseo tiene ese carácter siempre, y el mito clásico que hemos citado lo demuestra. Lo que es distintivo de nuestro tiempo es otra cosa. La trágica ausencia de compromiso con que vivimos el dilema; la enferma, obsesiva manera de dejar que las energías de nuestras vidas se vayan por esos desagües. Lo obstinado de nuestro impulso por quemar el día, por curtirlo como si fuéramos a morir mañana. Lo poco tranquilos que nos deja vivir la exigencia de nuestro deseo. Todo tiene que ser hecho, todo tiene que ser disfrutado, pero para poder disfrutarlo tenemos que ponerlo en escena como un simulacro. Nos basta simular el amor: nos molesta amar. Hemos gastado los usos del sentimiento, pero seguimos simulando que nos sirven. En esa ficción vivimos. La novela es muy leve, casi una carcasa, una excusa, pero el lector que se queje de eso tendrá que reconocer que la levedad es inseparable del mensaje, de la realidad misma de los personajes. No es que Lethem no sepa darles profundidad. Es que su dilema, como personajes, tiene que ver con esa dificultad de ser profundos. La última frase de la novela lo deja bien claro. Lo único que puede darles profundidad a esos chicos es la levedad misma. El terror que les produce pesar en el mundo. Son física y espiritualmente flacos. Están en la vida con pavor a su propia pisada en ella. No quieren hacer nada de lo que se arrepientan. Viven con el deseo de la ingravidez, de flotar como astronautas, sin marcar las pisadas. Y, paradójicamente, viven obsesionados con dejar huella. Con ser una banda famosa. Son, por ejemplo, incapaces de ponerle un nombre a su grupo de rock. Demasiada responsabilidad. Hay que mojarse. Hay que decidirse. Qué gran peso.

martes, septiembre 16, 2008

La tercera virgen, Fred Vargas

Trad. Anne-Hélène Suárez. Siruela, Madrid, 2008. 394 pp. 19,90 €

Care Santos

No soy lectora habitual de novela negra, pero no sólo por eso no había leído a Fred Vargas. Era una cuestión de prejuicios. Bastante estúpida, como todas las cuestiones de prejuicios. Cada vez que veía su nombre en una cubierta me figuraba a un autor de piel aceitunada y un pasado relacionado con el narcotráfico en la frontera mexicana. Jamás ojeé la contracubierta de uno solo de esos libros y menos aún la ficha biográfica. Me aferraba a la extraña convicción de que no me apetecía leer novela negra ambientada, pongamos por caso, en Tijuana, Sonora o el Distrito Federal.
¿Por qué, entonces, este verano he leído a Fred Vargas y me ha entusiasmado hasta el extremo de encontrarme escribiendo estas líneas? El responsable fue el escritor y crítico teatral catalán Joan de Sagarra quien en un artículo reciente publicado en El País expuso las razones de su admiración hacia esta autora francesa. Ah, primera sorpresa: Fred Vargas es una mujer. Segunda: es francesa, parisina para más señas, arqueóloga, historiadora y cincuentona. En su texto, Joan de Sagarra elogiaba los brillantes diálogos de sus novelas —en un experto en teatro ése no es piropo desdeñable—, su inteligencia, la truculencia de sus complicadas tramas —«no me diga usted más», pensé— y su honestidad. Vale la pena hacer un inciso en este último punto, ya que Vargas, a pesar de vender casi medio millón de ejemplares de sus novelas sólo en Francia y estar traducida a tres decenas de idiomas, jamás ha abandonado a sus pequeños editores, los mismos que la descubrieron hace dos décadas, cuando aún era una desconocida que empezaba a publicar las novelas que escribía durante las tres semanas de sus vacaciones. Cuenta que es tal la fuerza de esa costumbre que ahora que ha dejado el trabajo pra dedicarse a escribir, sigue terminando sus novelas en 21 días.
Lo dicho: corrí a hacerme con un ejemplar de la última novela suya publicada en España y comencé por el principio. Esto es: por la ficha biográfica de la autora. Junto a una fotografía donde Fred Vargas —en realidad Frederique Audoin-Rouzeau— parece una autora de la nouvelle chanson, a lo Edith Piaf en su época más canalla, encontré unos pocos datos con que saciar al monstruo de la curiosidad.
En cuanto comencé a leer me fascinó la rapidez de sus diálogos y la habilidad para esbozar personajes. Entonces tropecé en Internet con la siguiente frase suya: «El arte es un medicamento. Nos ayuda a vivir. Lo necesitamos para escapar de la realidad y poder volver a ella y mirarla a los ojos.» En ese momento supe que me había convertido en una más de los lectores adictos a la autora francesa a la que todos definen como la reina del género policíaco, mientras ella se empecina en decir una y otra vez que las suyas son «novelas de enigmas», y las emparenta con la mitología: el toro es el crimen, Ariadna el investigador y el hilo de Ariadna son las pistas, ciertas o falsas.
En La tercera virgen, octava novela de la autora que se publica en castellano, reina uno de los tres investigadores que han salido ya de su pluma: el inspector Adamsberg, un hombre excéntrico, más bien soso y bastante inculto, padre de un niño de meses. A su alrededor, orbitan los hombres y mujeres de la Brigada policial que dirige, radicada en París: muchos y de muy diverso carácter. Un numeroso puñado de personajes cuyas trayectorias llegarán a interesarnos individualmente. Por no hablar de las víctimas, comenzando por los dos gigantones asesinados en el segundo capítulo, o la forense que llega de fuera, Ariane —magnífico personaje, me he alborozado a cada nueva aparición suya, durante la lectura—, o Veyrenc —el otro, el nuevo, el ambiguo, el atorentado: otro personaje estupendo, que nos engaña hasta el final— o el forense retirado Romain o el vecino español del comisario o los cazadores de Normandía que al principio nada parecen tener que ver con la intriga pero luego resulta que la intriga depende de ellos.
Toda novela de intriga se basa en el arte de no decir aquello que se debe decir antes o después, y Vargas es toda una maestra en ese arte. Disemina las pistas, dosifica la información importante y mantiene el interés y el misterio hasta el final. La trama da varias vueltas sobre sí misma antes de que lleguemos al desenlace definitivo, Vargas logra que nos creamos lo que quiere hacernos creer y que hasta los poco amantes del género como yo misma nos vayamos a la cama después de devorar doscientas páginas y que no podamos dormir pensando quién demonios es el asesino en esta tremenda maraña. Y todo ello con una trama donde sobreabundan los diálogos construidos con inteligencia —Sagarra tenía razón—, cinismo y grandes cantidades de sentido del humor (a veces negro), y donde cada charla constituye un auténtico festín, cargado de grandes hallazgos.
Y la respuesta a mi primera pregunta: ¿les interesa saber por qué Frederique Audoin-Rouzeau firma como Fred Vargas? Tiene una hermana gemela, pintora, que firma sus cuadros como Jo Vargas. La cosa viene del personaje que interpretó Ava Gardner en La condesa descalza, María Vargas, a la que ambas adoraban. Y como son gemelas, era coherente que firmaran con el mismo apellido en sus paralelas trayectorias artísticas. De modo que si alguien tiene la culpa de que yo no haya descubierto a esta prodigiosa embaucadora, fue por culpa de Ava Gardner. No hagan como yo, y no dejen que un prejuicio les retrase el acceso al placer puro.

lunes, septiembre 15, 2008

Spin, Robert Charles Wilson

Roca, Barcelona, 2008. 492 pp. 22 €.

Julián Díez

A medida que ciertas temáticas que la ciencia ficción se atribuyó para sí se diluyen en la literatura general, y son empleadas por Philip Roth, Kazuo Ishiguro o Cormac McCarthy, este género ha respondido con un enrocamiento. Se ha centrado en sus vertientes más cientifistas —lo que se conoce como ciencia ficción “hard” o dura—, y en las más aventureras, abandonando la especulación sobre el futuro inmediato. El hecho, además, ha ido acompañado por una progresiva despreocupación por las exigencias literarias, o su sustitución por los requisitos mínimos estandarizados por el bestseller.
Por todo ello, Spin es una excelente noticia. Es una novela al gusto de la ciencia ficción contemporánea de éxito dentro del género, pero con los valores necesarios para defenderla fuera de él. Es una lectura apasionante, también digna. Seguramente se trate de la mejor novela de cf pura desde la aparición de Hyperion, de Dan Simmons, en el ya lejano 1989. Una travesía de veinte años en las que sólo obras puntuales de China Miéville, Connnie Willis, Iain Banks, Andreas Esbach, y los cuentos de Greg Egan y Ted Chiang, han estado a la altura de la tradición previa del género —siempre, insisto, dentro de los parámetros estrictos de aquello en lo que se ha convertido la ciencia ficción, no en los terrenos más prospectivos que hoy, seguramente, ya no le pertenecen—.
Había indicios para pensar que Robert Charles Wilson podía llegar a ofrecer una obra de esta importancia. Una de sus novelas previas, Los cronolitos (La Factoría de Ideas) está en el peldaño destacable de esas últimas décadas. En ambas, al igual que en su bibliografía previa, hay puntos reconocibles —hablar de una poética en este caso me parece excesivo—: casi todos sus argumentos se desarrollan en escenarios presentes pero repentinamente descontextualizados, bien por la intromisión de objetos externos, bien por la salida de una porción de nuestro mundo a otro entorno distinto. En Los cronolitos, por ejemplo, un sátrapa futuro comienza a enviar al presente descomunales monumentos para anunciar la venida de su reino.
En Spin, las estrellas se apagan delante de los ojos de los tres protagonistas. Luego sabremos que el planeta entero ha sido recubierto por una membrana, de origen extraterrestre, que lo mantiene aislado. Y que, de paso, ralentiza el paso del tiempo: mientras en el planeta pasan décadas, fuera el sol se irá acercando a su eclosión final. Nunca sabremos, sin embargo, quién ha colocado esa descomunal barrera, o por qué razones.
El acierto básico de Wilson es, por supuesto, argumental. A partir del hecho citado, será capaz de elaborar una historia que produce en grandes dosis el celebrado “sentido de la maravilla” que provoca la mejor ciencia ficción. Hay en la novela varios momentos en los que me quedé literalmente estupefacto por el alcance de las ideas planteadas. Y, lo que es mejor, sin que el autor sienta la necesidad de justificarlas con extensos párrafos de especulación científica, de comprensión reducida a licenciados en carrera técnica.
Al desarrollarse la historia a partir del tiempo presente, Wilson tiene allanado el camino para afrontar una de las habituales debilidades de la ciencia ficción de gran escenario: los personajes, que cuando se colocan en un futuro lejano tienden a ser raros, inverosímiles o ambas cosas a la vez. Los tres amigos protagonistas, una pareja de gemelos y el joven doctor enamorado en secreto de la hermana, son dibujados de forma bastante creíble. Por ejemplo, se equivocan con frecuencia, cosa casi inédita entre los protagonistas de este género tendente a la creación de caracteres de una pieza. Y gracias a esa verosimilitud, Wilson consigue sortear la improbabilidad de su posición social y laboral, que les permitirá conocer en primera mano, en todo momento, el desarrollo de los acontecimientos. Las maravillas que se irán produciendo nos llegarán a través de los ojos de testigos con los que empatizamos.
La novela tiene incluso la virtud de terminar estupendamente, atando el cabo suelto –y débil- de su desarrollo: una acción paralela situada en el futuro, que es la única parte del libro en la que sobran páginas. Eso sí, deja la puerta abierta al mismo fenómeno que terminó por echar a perder el valor de otras grandes obras de la ciencia ficción en el pasado —véase Pórtico, de Frederick Pohl, o Cita con Rama, de Arthur C. Clarke—: la posibilidad de continuaciones. Una de ellas ya ha sido publicada en Estados Unidos. Esperemos que Wilson no cometa el mismo error de los maestros citados, e incurra en el pecado de explicar lo maravilloso, de desmenuzar la serie de misterios con los que Spin consigue transmitir el temor y la belleza de la inmensidad.