viernes, agosto 15, 2008

Viaje a una guerra, Christopher Isherwood y W.H. Auden

Trad. Eduardo Iriarte (poemas de Auden) y Raquel Vázquez Ramil (textos de Isherwood). Ediciones del Viento, A Coruña, 2008. 334 pp. 21 €

Óscar Esquivias

La primera noticia que recuerdo haber tenido sobre la guerra entre China y Japón la encontré, cómo no, en la lectura de una de las aventuras de Tintín, El loto azul, álbum en el que Hergé recreaba el Shanghái populoso y colorista inmediatamente anterior al conflicto. Allí, aparte de la abigarrada zona china de la ciudad (con sus rickshaws, fumaderos de opio y calles repletas de coloridas banderolas) también se recreaban los barrios administrados —y defendidos militarmente— por las potencias extranjeras (las llamadas «concesiones internacionales») y estaba siempre presente la amenaza del imperialismo japonés. Hace pocos años reencontré ese mismo escenario y parecido momento histórico en una novela de Kazuo Ishiguro, Cuando fuimos huérfanos (Anagrama, 2001), que me impresionó vivamente (es inolvidable su parte final, de una desolación abrumadora). Y ahora, de nuevo, he vuelto al Shanghái bélico gracias al Viaje a una guerra de Isherwood y Auden, quienes fueron a China en febrero de 1938 para contar sus impresiones sobre la contienda que desde medio año antes enfrentaba a este país con Japón, que había invadido militarmente parte de China. Esta guerra no terminaría hasta la derrota nipona en la Segunda Guerra Mundial.
Viaje a una guerra está conformado por varias partes: una —la más extensa— es la escrita por Christopher Isherwood con forma de diario. Esta crónica se inicia en Hong Kong el 28 de febrero de 1938 y termina en Shanghái el 12 de junio de ese mismo año. Flanqueando el texto de Isherwood hay dos series de poemas de Auden: una primera en la que evoca el viaje en barco que les llevó a China (se titula “Entre Londres y Hong Kong”) y otra final con veintisiete sonetos y un largo comentario en verso donde da forma poética a sus pensamientos e impresiones sobre la guerra. Además, los autores incluyeron una selección de las fotografías que fueron tomando a lo largo de aquellos meses. Son imágenes de gran valor testimonial en las que se ven hospitales, ciudades bombardeadas, trincheras (en una de ellas se retrata el propio Auden), diplomáticos, políticos o generales (entre otros, el propio presidente del gobierno chino, el generalísimo Chiang Kai-shek); también aparecen algunos de los personajes del libro (como el criado Chiang o el vehemente doctor Mooser, por ejemplo) e incluso el fotógrafo Robert Capa (quien añoraba volver a nuestra Guerra Civil porque, según aseguraba, los españoles eran mas fotogénicos que los chinos). Viaje a una guerra fue el resultado de un encargo de las editoriales Random House y Faber&Faber, que encomendaron a Isherwood y a Auden un libro de viajes sobre Oriente, sin que les especificaran el itinerario o el destino. Seguramente las ideas políticas izquierdistas de los autores les llevaron a elegir precisamente China, que no sólo se defendía de la agresión de Japón (país que desde 1936 tenía una alianza con Alemania: Isherwood y Auden estaban muy concienciados contra el nazismo y el totalitarismo, cuyos efectos conocían de primera mano), sino que también asistía en su seno al desarrollo de la revolución comunista que finalmente triunfaría en 1949. Junto con la Guerra Civil Española, la Guerra Chino-Japonesa era el gran conflicto bélico que acaparaba la atención internacional del momento. Las observaciones de Isherwood en su relato suelen ser siempre prochinas (y procomunistas), aunque no es precisamente la beligerancia política lo que caracteriza su relato, sino más bien un desenfadado —que no frívolo— tono novelero. Isherwood reconoce que sus conocimientos sobre Oriente eran muy escasos y se pinta a sí mismo como un excursionista o un exótico personaje de Julio Verne que da tumbos por China en compañía del atildado y flemático poeta Auden y de un sirviente chino (Chiang, quien se lleva algún sopapo por sus descuidos, como si fuera un personaje de comedia). Las idas y venidas de este trío están narradas con la agilidad y brillantez propias del estilo de Isherwood, cuyas dotes de observación eran extraordinarias: en sus páginas aparece retratado el mundo de los corresponsales extranjeros, la acomodada vida de los diplomáticos en las concesiones internacionales (aquella era una época en la que los periodistas viajaban a la guerra con esmoquin para asistir a las fiestas), la labor de los médicos y misioneros, las penalidades de la vanguardia, los bombardeos sobre ciudades e infraestructuras y, en fin, todo aquello que iba conociendo según se desplazaba por el país. Isherwood hace descripciones vivacísimas de ciudades (Cantón, Hankou, Chenzhou, Xian, Shanghái), de personas (su entrevista con «Madame», la mujer de Chiang Kai-shek, es memorable) y de paisajes. También, por supuesto, refleja el sufrimiento del pueblo chino y no esconde las consecuencias terribles de la guerra sobre la población civil. Las dotes literarias de Isherwood (ingenio, amenidad, inteligencia, humanidad) brillan en este relato de circunstancias. Auden, por su parte, se aleja de lo descriptivo o de lo meramente narrativo y muestra en sus versos una voz mucho más dramática, severa y alegórica que la de su compañero (los poemas se publican también en su versión original inglesa). Los traductores (Eduardo Iriarte con Auden, Raquel Vázquez Ramil con Isherwood) me da la impresión de que han hecho un excelente trabajo.
Sorprende que este Viaje a la guerra se publique ahora por primera vez en España, casi setenta años después de editarse en los Estados Unidos. No puedo dejar de recomendar vivamente su lectura, aunque sé que los que ya aman la obra de Auden o de Isherwood no necesitan ningún estímulo y no dudo de que correrán a buscar el libro. Por su parte, los que leyeron emocionados El loto azul o Cuando fuimos huérfanos harán bien en acercarse a este Viaje a la guerra: aunque pertenezcan a géneros muy distintos y no sea justo compararlas, hay una intensa familiaridad entre estas tres sorprendentes y maravillosas obras.

MÁS CHINA EN LA TORMENTA:

-Historias de Pekín, de David Kidd. Reseña de Care Santos. Para leerla haz click AQUÍ.

jueves, agosto 14, 2008

El pabellón de las peonías, Lisa See

Trad. Gemma Rovira Ortega. Salamandra, Barcelona, 2008. 350 pp. 20 €

Ángeles López

Aquello de «es difícil vivir sin amor pero más difícil es amar» le viene como anillo a este libro, semillero de angustia, nostalgia y vía crucis emocional que provoca las enigmáticas reverberaciones de un gong. La sinopsis sus páginas sería algo así como: joven china del siglo XVII (ajena al cataclismo político de que los manchúes se hayan alzado con el poder tras derrocar al mítica dinastía Ming) regresa del más allá para cumplir su destino. En medio, claro está, hay amor, deber e idealización. La autora de El abanico de seda, se convierte en una touroperadora histórico-emocional para un occidental ávido de relatos exóticos. Es Lisa See, narradora irremediablemente sensitiva, turgente y hasta carnal; pero sobre todo melancólica en su más puro estado. Cada página huele a jengibre, anís estrellado e hinojo y rezuma la luminosidad con ambages, propia del mítico Imperio del Sol Naciente: obediencia a las tradiciones, la poesía de la ópera, costumbrismo, rituales, leyendas ancestrales...
De caudal sincero, esta americana de ascendencia china, buena sabedora de la historia y versada en el corazón de las mujeres, sabe encajar las piezas del tetris amatorio oriental, en un “menú degustación” para profanos. Una lástima, no obstante, comprobar que si hay algo parecido al amor, solo puede tratarse de la pérdida del amor...Sea en la cultura que fuere.
Se intuye que la literatura de Lisa See sirve para decir “yo soy” o “yo sé quien soy”, en una revisión constante de su raíces. Shakespeare dijo que todo autor se emplea siempre en escribir la misma historia y, fiel a sus palabras, la novelista de El pabellón de las peonías, ha encontrado su espacio narrativo en un triángulo muy aquilatado: mujer, emociones y oriente. Pero, a diferencia de otros autores que se han sumado al rebufo de Memorias de una geisha, la autora sí conoce el tiempo y el espacio que relata, y no es una impostora literaria que chupe rueda narrativa de nadie.
No son páginas escritas para nutrir y aleccionar conciencias, ni para que reverenciemos a la antigua Catay o veneremos su poderosísima historia, sino que están escritas en el ecuménico idioma de la melancolía con el fin de acariciarnos y provocar que llovamos lágrimas. Novela galante, costumbrista, nostálgica, atmosférica, con la mirada puesta en la melodía y el ritmo íntimo de la propia historia. Dotada de buen instinto narrativo y magnífico archivo de fragancias, descripciones –en ocasiones excesivas- y sensaciones que acunan al lector. Prosa, en definitiva que, cuando es preciso, sabe convertirse en ascua para hablar del ardor del alma. Instantes atrapados en esa sensual atmósfera de ámbar que es el verbo cuando debe lidiar con la historia eterna e inmutable del corazón.
Así, El pabellón de las peonías se lee con gusto, pues con placer parece haber sido escrita. Me atrevería a decir que está contada desde la embriaguez que produce envolver de palabras el choque de trenes que supone el la idealización de una piel hacia otra. Por todo ello, el decir de Lisa See —en esta, su quinta novela— resulta cada vez más franco, intimista, bello y, por qué no decirlo, de un delicioso catastrofismo sensitivo.


MÁS CHINA EN LA TORMENTA:

-La buena tierra, de Pearl S. Buck. Reseña de Leah Bonnín. Para leerla haz click AQUÍ.

miércoles, agosto 13, 2008

El perfume del cardamomo. Cuentos chinos, Andrés Ibáñez

Prólogo de Félix Romeo. Impedimenta, Madrid, 2008. 154 pp. 16,95 €

Amadeo Cobas

Cuando alguien nos está colocando un «cuento chino» ya sabemos a qué atenernos, por eso no le otorgamos verosimilitud ni al cuento ni al embustero que intenta engañarnos. Bien es verdad que es un dicho, y como tal está sujeto a discrepancias sobre su infalibilidad. Una prueba está en el interior de este compendio firmado por Andrés Ibáñez. Aclara éste que él no es ningún experto en literatura china, lo que nos lleva a concluir, en un principio, que si él se considera a sí mismo como un simple aprendiz, le concedemos el beneficio de esta duda.
Hay historias de lo más variopintas aquí; así en contenido, intensidad y longitud, de tiro muy corto, un suspiro de duración, hasta las que abarcan vidas enteras; hay historias evocadoras, historias de ensueño, como por ejemplo aquella en la que la prosopopeya vence y más de uno nos sentimos identificados con los animales que, embarcados buscan su edén particular: la plena libertad. Ay, quién pudiera. Hay historias de piratas legendarios, con nombres de colores y méritos indudables para volverlos héroes sin parangón, como es el caso de Rosa Fucsia, quien «no hablaba nunca, porque cuando abría la boca se le escapaban flores y mariposas, trozos de blanca carne de tiburón y páginas amarillentas de libros antiguos».
Tienen estos relatos un ritmo suave, una cadencia detallista que los encamina con dulzura en ocasiones hacia un final abrupto, acaso inesperado. Son obras escritas con trazo suelto, sin ambages, a guisa del pintor que capta un paisaje con pinceladas breves, dispuestas de modo que no abrumen en un abigarramiento de color, sino que muestren lo diáfano, lo sencillo, lo natural. Eso sí, aquí habita la sugerencia más tierna: «A Rama de Cerezo, la hija más joven del juez Song Ling, le gustaba contemplar las marcas que los insectos dejan sobre la superficie de los charcos de la lluvia. Le gustaba contemplar los círculos que las lluvias de primavera crean sobre la superficie rectangular del estanque de los lotos. Le gustaba contemplar la forma en que el río poderoso arrastra los círculos transparentes de la lluvia».
La conclusión nos la da el propio autor: leamos, porque hasta los más fieros piratas sucumben «poseídos por la comezón y la delicia de la lectura» cuando por error asaltan un bajel que resulta ser una biblioteca flotante, abandonando su vida de pillaje, sangre, fuego y muerte para verse «atrapados por siempre por el perfume del cardamomo». Delicioso y aromático epitafio para esta delicada selección de cuentos chinos firmados por un experto (le conferimos merecidamente este título) en la literatura de China.

MÁS CHINA EN LA TORMENTA:

-El ojo de Jade, Diane Wei Lang. Doble mirada de Carmen Fernández Etreros y Miguel Baquero. Para leerla haz click AQUÍ.

martes, agosto 12, 2008

En el gallo de hierro. Viajes en tren por China, Paul Theroux

Trad. Margarita Covándoli. Punto de Lectura, Madrid, 2008. 746 pp. 11,75 €

Sofía Rhei

«-Si en China no hubiese habido una revolución, su vida habría sido muy distinta.
-Puede que mejor, puede que peor –respondió.
-¿Ni siquiera puede decir que ha vivido un periodo histórico interesante[1]?
-Sólo un poquitín. La historia China es enorme. La Revolución Cultural casi no cuenta.»
El viajero se asombra de lo global y completa que es la percepción que tienen los chinos de sus cuarenta y seis siglos de historia, de esa conciencia que relativiza los periodos temporales por comparación a su larga tradición de dinastías y crisis entre dinastías. Esto sucede casi al principio de viaje.
Más adelante, según se va adentrando en diferentes regiones, y visita tanto zonas rurales como los diferentes estratos sociales de las ciudades:

«Nueva York es vertical, una ciudad de interiores… y de secretos, pero Shanghai es sus calles. De puertas para adentro no hay espacio suficiente para tantos habitantes, y por eso la gente trabaja, habla, cocina, juega y hace negocios en las calles.»

Es un observador privilegiado, porque gracias a su fama como escritor es invitado a recepciones diplomáticas, y gracias a que va aprendiendo chino a lo largo de su viaje y a su facilidad para pegar la hebra con todo aquel que se le ponga delante (asíatico u occidental), es capaz de entrevistar a gente de todo tipo. Estas entrevistas, en las que toca sin pudor temas políticos, religiosos e incluso sexuales, configuran una especie de fresco sociológico de la china de aquel momento (1987).
El libro es una narración bastante exhaustiva de este largo y lento viaje, de un año de duración, a bordo del tren llamado "El gallo de hierro".

«Explicó que la frase gallo de hierro (Tie Gongji) aludía a la tacañería, porque "el avaro no regala siquiera una pluma… como el gallo de hierro". También significaba inútil y formaba parte de un proverbio que incluía una grulla de porcelana, una rata de cristal y un gato esmaltado (ciqi her, boli haozi, liuli mao). Aunque la lista no incluía un elefante blanco[2], también se refería a una carga gravosa. También existía un juego de palabras con gallo de hierro porque contenía un retruécano con los términos "ingeniería" y "locomotora».

Este párrafo basta para ilustrar la abrumadora riqueza del idioma y el sistema de conectividad de la cultura china, pues en tan sólo una expresión popular caben cuatro o cinco referencias. Quizá esta capacidad de relación, este entrecruzamiento, sea uno de los factores de adhesión que hacen de la cultura china un tejido homogéneo, un terreno estable a través de los siglos y las diferentes revoluciones, en el que las mismas palabras, grafismos y expresiones de hace muchos siglos conviven con otras nuevas.
Las locomotoras chinas del viaje de Theroux se fabrican prácticamente a mano, pieza por pieza:

«Es la última fábrica del mundo que aún produce locomotoras de vapor. […] Todo se hace a mano, sobre la base de martillear el hierro, desde las inmensas calderas hasta los pequeños silbatos de bronce.[…] La fábrica de Datong parecía una inmensa herrería, el tipo de fábrica ruidosa, sucia y peligrosa que existía en Estados Unidos en los años veinte. Es indestructible porque nada está automatizado: si hoy cayera una bomba, mañana volvería a estar en funcionamiento. […] millares de obreros frágiles pero ágiles, dispersos entre montones de hierro humeante al son de "El coro de los yunques". […] El diseño no estaba mal, simplemente parecía anticuado. Y (este tipo de locomotoras) eran muy económicas en un país productor de carbón. […] A la mayoría de los occidentales les parece cómico e incluso absurdo, pero no es una broma, no lo es en una sociedad en la que en los ríos aún se pesca con redes creadas hace dos mil años. China ha padecido más cataclismos que cualquier otro país de la tierra. Pero resiste e incluso prospera. Empecé a pensar de que mucho tiempo después de que estallaran los ordenadores, reventaran los satélites, se estrellaran los jumbos y despertáramos del sueño de la alta tecnología, China seguiría avanzando con trenes traqueteantes, arando las antiguas terrazas, viviendo satisfecha en cuevas, sumergiendo las plumas en tinteros y escribiendo su historia.»

A bordo de esa locomotora "hecha para durar", el viajero Theroux va descubriendo una China que conoce profundamente (en un momento dado, hace una recensión de todos los inventos y descubrimientos que tuvieron lugar mucho antes en China que en Europa, y al leerla da la impresión, probablemente cierta, de que los chinos lo inventaron prácticamente todo) y que admira, pero que nunca llega a fascinarle, pues es consciente de sus numerosas contradicciones. Sin embargo, al finalizar su viaje y descubrir el Tibet, padece una especie de epifanía y queda cautivado por el lugar.
Cualquiera que haya leído alguno de los numerosos libros de Theroux se habrá dado cuenta de que posee el don de la narración. Tiene una especie de instinto para separar los materiales interesantes per se de aquellos que sólo lo son coyunturalmente, y el talento de transmitir su meollo en párrafos que despiertan la curiosidad.
La narración de los viajes siempre acaba siendo una forma profunda de autobiografía:

«Cada vez que oía la palabra china que significa ferrocarril pensaba que mencionaban mi nombre. Tielu ("camino de hierro") suena como si un chino intentara la pronunciación francesa de mi nombre. Siempre acababa volviendo la cabeza. ¿qué decían de mí?»

Esto sucede especialmente cuando los interrogados vuelven sus preguntas contra el entrevistador.

«-¿Cuándo se sintió viejo por primera vez? –me preguntó una joven.
-Cuando tenía seis o siete años, durante el primer curso –dije verazmente-. Y cuando terminé la escuela secundaria. Y cuando cumplí los treinta años. Desde entonces me he sentido muy joven… hasta que me hizo esta pregunta».

El fluir del tiempo se entreteje con la idea de viaje hasta un punto en que se confunden. Todo el libro da una impresión de que la vida es siempre el viaje, y el viaje nada más que la vida. La subjetividad, la imposibilidad de la narración enfrentada al terrible deseo de contarlo y de retenerlo todo, y la subjetividad como fábrica de sorpresas o de hastío.

«En cualquier tipo de viaje existen sobradas razones para regresar y comprobar tus impresiones. ¿Tal vez te apresuraste a juzgar el sitio? ¿Quizá lo visitaste en un buen mes? ¿Alguna característica del clima dulcificó tu disposición? Sea como fuere, a menudo un viaje consiste en aprovechar el momento. Es muy personal. Por mucho que yo viajara contigo, tu viaje no sería el mío. Nuestros relatos serían diferentes. Repararías en que provoqué a la gente con preguntas, en que me entretuve en el mercado y en que mi desconfianza del agua china equivale casi a la hidrofobia. Yo podría mencionar tu impaciencia, tu debilidad por los buñuelos o la forma en que el calor te agobió. Tú escribirías sobre las variedades de la comida china y yo sobre el modo en que se la zampan.»

[1] Al emplear esta palabra, no da la impresión de que Theroux esté jugando con la famosa expresión china "Tiempos interesantes", que da título al excelente libro de Terry Pratchett, absolutamente recomendable en su fascinante caricatura cultural.
[2] La expresión "elefante blanco" es frecuente en inglés, y se refiere una posesión valiosa que no produce ningún beneficio a su poseedor, sino más bien una carga por tener que mantenerlo. Por eso muchos mercadillos de segunda mano, y un juego de intercambio de regalos que se lleva a cabo en fiestas, llevan este nombre.


MÁS CHINA EN LA TORMENTA:
-Lo mejor de la poesía amorosa china, edición de Guonjian Chen, reseña de Ana Gorría. Para leerla haz click AQUI

lunes, agosto 11, 2008

El Dragón y los demonios extranjeros, Harry G. Gelber

Trad. de Francisco Martín. RBA, Barcelona, 2008. 488 pp. 27 €.

Alberto Luque Cortina

Es curioso, pero a pesar del creciente protagonismo de China en el mundo actual, el gigante asiático sigue siendo para muchos un gran, y nunca mejor dicho, misterio. Buena parte de los objetos de uso doméstico que habitualmente utilizamos —desde una simple arandela a esa camisa que tanto nos gusta pasando por los múltiples productos electrónicos o los prontamente olvidados juguetes de nuestros hijos— han sido fabricados allí. Y eso por no hablar del instrumental científico o de las máquinas industriales. Volamos en aerolíneas occidentales con repuestos chinos y, entre otros destinos, viajamos a China, de donde regresamos con numerosas imitaciones de objetos y prendas de lujo europeas y la misma ignorancia sobre el país con la que partimos al iniciar el viaje.
Resulta contradictorio, pero a pesar de su importancia como potencia económica mundial, la imagen de China, desde la perspectiva occidental, no ha variado sensiblemente desde los tiempos de Marco Polo. Quizá uno de los ejemplos más esperpénticos de este mutuo desconocimiento, que ya cité hace dos años en estas mismas páginas, sea el recogido en el interesante libro de Manel Ollé, La empresa de China, donde se explica cómo el español Hernando Riquel, en 1574, escribió una carta a Felipe II solicitando fondos para la conquista de China, empresa viable, según Riquel, con «menos de sesenta buenos soldados españoles». Desconocemos la respuesta de Felipe II. ¿Cuál es el origen de esta mutua y secular incomprensión?
Los occidentales solemos resolver este enigma aduciendo que la suya es una cultura extraña y hermética. Decimos de China que es un país encerrado en sus fronteras, pero olvidamos la vastedad de su geografía. Suponemos su desinterés y un cierto menosprecio por nuestra cultura, pero lo cierto es que, revisando la Historia, esta acusación se vuelve contra nosotros. Contemplamos un futuro dominado por China con aprensión, casi con miedo, pero no nos esforzamos en comprender a nuestro compañero de viaje. ¿Cómo será el mundo dentro de treinta años? Nadie lo sabe, pero es seguro que China jugará un papel muy importante.
El Dragón y los demonios extranjeros intenta aportar luz sobre estas cuestiones. En este sentido, puede incluirse dentro de la categoría de libros, cada vez más numerosa, que intentan acercar la cultura china al lector medio, pero en este caso no a través de la relación cronológica de sus principales hechos históricos, sino a través de sus relaciones con el resto del mundo a lo largo de los siglos, como la expansión fronteriza de los primeros imperios, las misiones comerciales en la Baja Edad Media —de gran impacto en Occidente gracias a la narración de Marco Polo pero poco más que anecdóticas desde la perspectiva del país asiático—, las casi siempre conflictivas relaciones chino-rusas, las guerras del opio, o las relaciones Oriente-Occidente durante y tras la Guerra Fría. Estos pasajes no sólo son una sugerente introducción al pasado de China, sino también una puerta abierta a su futuro, a nuestro futuro, que el propio autor, el periodista Harry G. Gelber, se atreve a esbozar en el último capítulo.
Además del acierto del planteamiento de partida, El Dragón y los demonios extranjeros cuenta con la prosa ágil y eficaz de Gelber, quien realiza, por otro lado, un portentoso esfuerzo de simplificación, para hacer la obra accesible a cualquier lector; y de condensación. El propósito de compendiar de forma sistemática cinco mil años de historia en cuatrocientas páginas ha de producir por fuerza resultados desiguales que no hacen perder el interés general del libro. Quizá se eche de menos una visión más “oriental” de los sucesos relatados; en este sentido sería más apropiado titular el libro “Los demonios extranjeros y el Dragón”, ya que el acercamiento es básicamente occidental, y así, pasajes como las guerras del opio son explicados desde un planteamiento anglosajón, muy parcial, casi en las antípodas del clásico La guerra del opio, de Jack Beeching, cuya edición en español presumo descatalogada, mas de lectura igualmente recomendable por numerosas razones, una de ellas la descripción de un imperio en decadencia aferrado a sus viejas tradiciones, incapaces de intuir el potencial de la tecnología militar de un minúsculo y lejano país de bárbaros llamado Inglaterra.
En todo caso, y a pesar de estas circunstancias, El Dragón y los demonios extranjeros puede ser una forma accesible y entretenida de adentrarse en la singular historia e idiosincrasia China, y al mismo tiempo servir de preludio a otras lecturas, por qué no, de libros de viajes, todos ellos escritos por occidentales, como El libro de las maravillas, de Marco Polo —una descripción plena de prodigios, reales o ficticios—; el irónico y elegante Tras un biombo chino, de Somerset Maugham; o el clásico contemporáneo y por ello doblemente recomendable En el gallo de Hierro, de Paul Theroux, entre otros muchos.


MÁS CHINA EN LA TORMENTA:

-Segunda antología de poesía china, de Marcela de Juan. Reseña de Alejandro Luque. Para leerla haz click AQUI.