viernes, agosto 08, 2008

Yo, Ming, Clotilde Bernos (texto) y Nathalie Novi (ilustraciones)

Trad. Esther Rubio, Kókinos, Madrid, 2006. 30 pp. 14 €

Villar Arellano

China, un marco atractivo, sugerente y exótico, encuadra a la perfección esta amorosa ensoñación, la fantasía emocionada de un abuelo que se sabe la persona más afortunada del mundo.
Podría haber nacido reina de Inglaterra o cocodrilo egipcio, vivir como un rico emir o una horrible bruja, seducir como un toro semental, dirigir un ejército de soldaditos de plomo o gobernar a todos como emperador del mundo... nada de eso podría compararse a ser Ming, porque si cualquiera de esos personajes hubiera sido Ming tendría la manita de Nam apretando su mano y sería el abuelo más feliz del mundo.
Con este sencillo argumento, Clotilde Bernos elabora un texto poético, que emana ternura y musicalidad. La autora se sirve de un esquema repetitivo para crear una cadencia rítmica, enunciando una serie de situaciones extraordinarias que nos transportan a un evocador mundo fantástico. A partir de ahí, el relato trasciende los símbolos y estereotipos del poder en los cuentos para componer un conjunto de situaciones disparatadas que las ilustraciones envuelven en una atmósfera onírica y absurda

«Habría podido, incluso, nacer Toro.
Hermoso, fuerte y seductor.
Le haría la corte
a todas las vacas de los alrededores
y las llevaría de luna de miel
al norte de China,
una tras otra.»

En definitiva, un amplio despliegue de recursos que muestra al lector el poderío de los más grandiosos personajes, todo aquello aparentemente digno de envidia. Sin embargo, el relato da aquí un giro para situarnos en el plano real:

«Pero heme aquí, soy Ming. Y nadie más.
Vivo en el interior de China,
junto al lago Kokonor»

Pasa a continuación a describirnos su vida cotidiana, los pequeños gestos y rutinas que componen sus días. Como el paseo diario hasta el pueblo con la pequeña Nam.

«Así es nuestra vida.
Cada día.
Tan sólo cambia el color de los arrozales
y el aroma de las cajas de té»

Sencillez y calma frente a la opulencia de los sueños. Eso parecen decirnos también las ilustraciones, que aquí recrean con naturalismo el paisaje chino, el colorido de los cerezos en flor, el perfil de las montañas sobre el lago y también el ajetreo de las calles comerciales...
El trabajo de Nathalie Novi se caracteriza por una gran vistosidad, sobre todo con la presencia de motivos vegetales. El uso de tonos pastel se enriquece con una pintura densa y empastada, que desarrolla texturas variadas, sirviéndose del rayado para marcar pequeños detalles o como elemento ornamental.
Finalmente, como en un zoom, sus dibujos nos acercan hasta el rostro de la niña para mostrar un primer plano de su sonrisa y reforzar así la ternura del texto:

«Su risa zigzaguea en la noche
que va cayendo delicadamente»

Y con ella nos quedamos en la última página, admirando la paz de su imagen dormida y la explosión de color de los estampados florales mientras Ming escribe en su cuaderno:

«Nam, mi ángel, te quiero»

Esta dulce pasión llega envuelta en un álbum estético, de los de disfrutar a toda página; alegre y divertido, sin cursilería. El acierto de las autoras es su capacidad para transmitir la emoción y el cariño y hacerlo explícito sin endulzar en exceso. La clave está en una inspirada combinación de costumbrismo (en un contexto exótico) y sentimiento, con el preciso contrapunto del humor.
Una delicia para aproximarse a China en estos días olímpicos, acompañados por el eco de lejanos sueños de infancia o de la mano de algún pequeño que nos haga sentir verdaderamente afortunados.

Otros títulos sobre China, muy recomendables para lectores infantiles son:
-La bella mandarina, de Laura Pons Vega (texto) y Elena Odriozola (ilustraciones), editado por ItsImagical.
-El caballo mágico de Han-Gam, de Chen Jiang Hong (texto e ilustraciones), editorial Corimbo (traducido por Rafael Ros Sierra).
-China, de Arthur Cotterell (texto) y Geoff Brightling, Alan Hills (fotografías), editorial Pearson Educación / Alhambra (traducido por Alquimia Ediciones)
-El deseo de Ruby, de Shirin Yim Bridges (texto) y Sophie Blackall (ilustraciones), editorial Serres (adaptado por Marta Ansón).
-Una dulce historia de mariposas y libélulas, de Jordi Sierra i Fabra (texto) y Pep Monserrat (ilustraciones), editorial Siruela.
-Tras la mirada del dragón, de Alexia Sabatier (texto) y Xavier Besse (ilustraciones, editorial Edelvives (traducido por P. Rozarena).

jueves, agosto 07, 2008

Doble mirada: La marca de Creta, Óscar Esquivias

Ediciones del Viento, A Coruña, 2008. 172 pp. 15 €

1.
Ignacio Sanz


La carrera literaria de Óscar Esquivias, todavía incipiente por edad, pero tenaz y fulgurante, está orlada de premios. Y no sólo comerciales. A estas alturas puede considerarse uno de los valores más firmes de la joven narrativa española. Aunque no ocupe el centro ni se haya convertido en uno de esos escritores mediáticos que envían por delante al personaje antes que al escritor. Pero ha fidelizado a muchos lectores que le siguen con devoción. Algunos ilustres colegas que no se cansan de ponderar la fuerza magnética de su estilo. Esa tenacidad le arrastró desde muy joven a llevar una vida de renuncias, propia de un cartujo, para dedicarse por entero a su pasión, la escritura. Y hoy, con cuatro novelas para adultos y otras tantas juveniles, un libro de ensayo sobre Burgos, su ciudad, y un proyecto muy adelantado de llevar al cine su novela Inquietud en el paraíso, puede considerarse que los propósitos del artista se están cumpliendo. Aunque, como sabemos, la escritura sea un espacio de arenas movedizas.
La marca de Creta es su primer libro de cuentos. En la nota final explica el autor que los cuentos aquí seleccionado fueron saliendo en diversas revistas en la que él fue musculando su estilo, desde El mono de la tinta, que codirigió, o Calamar, que dirigió, ambas burgalesas, hasta El Extramundi o Renacimiento.
A quienes hemos seguido de cerca su carrera no nos ha sorprendido por tanto este volumen, aunque, en algunos casos, se hayan visto parcialmente corregidos. Pese a todo, ha resultado muy gratificante leerlos de nuevo formando un haz. Y ello porque se descubre que, más allá de ciertos homenajes entrañables como en “La reina del puré” o de ciertos divertimentos fantásticos de inspiración rabeleniana, como “Expedición a las cavernas del bacilo de Koch”, gravita en estos cuentos, al menos en muchos de ellos, un afán por dar consistencia a un espacio, el de los páramos burgaleses, por retratarlo aunque no sea más que de soslayo, por vivificar este territorio y romper su quietud secular colocando en estos pueblos tranquilos de vida mortecina personajes inquietantes, de vocación marginal. Para ello se sirve del nombre de los pueblos como Sasamón o Villandiego, que aparecen una y otra vez en varios de los cuentos. Es decir, ha conseguido recrear un espacio como hace, por ejemplo, Luis Mateo Díez en Celama.
El cuento que mejor resume este espacio es, sin duda, el que da título al libro, el más largo de todos, en el que Óscar Esquivias hace un retrato de un personaje marginal y extravagante y, al mismo tiempo, sugestivo y extraordinario. Se trata de un profesor y poeta ya mayor, especializado en el mundo clásico, retirado a vivir en la vieja casona de sus antepasados.
Un verdadero placer emboscarse en esta colección de cuentos que nos descubren a un escritor sólido y consolidado que acaso vuelva sobre el espacio geográfico para darnos una historia de largo aliento, aunque sea difícil que de mayor intensidad.


2. Care Santos

De la literatura de Óscar Esquivias me gustan, sobre todo, sus personajes. Se nota que el autor los mima como a verdaderos hijos. La mayoría están solos, son indecisos, lacónicos o adolecen de una falta de convicción casi patológica. Muchos obran por impulsos cuando menos te lo esperas. Se largan de la fiesta, insultan al hijo con el que viven, esconden una bomba de relojerí entre ceja y ceja que el lector adivina pero el resto de los personajes desconocen. Todo ellos se expresan a través de pequeños indicios —tienen «gesto de planta mustia» o sólo se acuestan con gente «de otro signo (salvo Tauro), de otra raza, de otro país»— o de hábiles diálogos que consiguen encarnarlos, traerlos a nuestro mundo del modo en que lo están nuestros vecinos o los comerciantes de la calle por la que paseamos. Esta habilidad de Esquivias por crear personajes verosímiles, tiernos, contradictorios, tan de la propia vida que más que construcciones literarias parecen apuntes del natural, es la razón por la que más alegría me produjo tener entre las manos esta colección de dieciséis de sus cuentos. Sabía que el placer lector estaba garantizado. Y así fue.
Del mismo modo en que los personajes son la columna vertebral de la obra del autor burgalés, tanta o más importancia reviste el paisaje por el que transitan. Y no sólo me refiero al territorio físico, perfectamente delimitado, sino el otro, el del alma.
En estos cuentos, el espacio físico tiene su epicentro en Burgos, ciudad natal de Ésquivias, como ocurre con el resto de su obra. El autor hace que sus personajes habiten los escenarios de su memoria: del barrio burgalés de Gamonal al pueblo de Villandiego, con alguna excursión a las playas de Santander. Como en su propia experiencia, hay un puñado de personajes que llegan a Madrid desde su capital de provincias, un proceso, por cierto, que se narra con la intensidad de lo vivido, a pesar de que el autor se vale del disfraz de sus criaturas de ficción.
En lo que al otro paisaje, el interior, se refiere, se narra la separación, el alejamiento, el miedo. También la consciencia de pertenencia a un lugar, la mirada del que regresa, la pérdida que implica la distancia. La familia está presente en muchos de estos cuentos, casi nunca como un marco idílico, sino como una fuente de incomprensión y de conflictos. Los personajes huyen de sus nucleos familiares, que muy raras veces les cobijaron, para caer en otras relaciones conflictiva: el amor, o la amistad. Buscan su felicidad, pero casi nunca encuentran más que fracaso. Para ellos «vivir no es más que correr detrás de una pelota de colores» (página 123) como afirma el narrador de "Un dios cruel".
Hay un relato muy breve, "La reina del puré", que sintetiza a la perfección todo ello, y que a mi modo de ver es de los mejores del volumen. En él, una pequeña anécdota familiar se vive como el anuncio de una gran catátrofe. Hay ironía, pero también dramatismo. Y, sobre todo, ese sordo devenir de los acontecimientos más horribles que en los cuentos de Óscar Esquivias siempre parece imparable. Los personajes pueden parecer felices en su ignorancia, pero el lector está acongojado porque sabe. Por último, destaco algunos relatos más: "La fiesta más divertida", que narra un solitario viaje de iniciación; "El origen de las especies", amarga mirada sobre las relaciones de pareja y "La marca de Creta", el extenso cuento que da nombre el volumen, en el que la sola construcción del estupendo personaje principal justifica el libro completo.
Óscar Esquivias es uno de los mejores escritores de su generación. Un autor cuya obra discurre por propia voluntad al margen de los sellos más comerciales y de los fastos de los premios literarios, y que avanza con paso muy firme. Para quien aún no le conozca, la lectura de estos cuentos será uno de esos descubrimientos luminosos que se dan de vez en cuando en la vida de un lector.

miércoles, agosto 06, 2008

Discurso del oso, Julio Cortázar / Emilio Urberuaga

Libros del Zorro Rojo, Barcelona, 2008. 22 pp. 12,5 €

Villar Arellano

¡Qué grande es Emilio Urberuaga por recordarnos lo grande que era Julio Cortázar! Aquél gigantón, campeón mundial de palabras y fantasías, supo descubrirnos los secretos ocultos de la vida doméstica. Sus cinco sentidos captaron con asombro todos los matices de un mundo inmenso, una naturaleza fascinante que su mente lúcida y juguetona atrapaba en palabras e imágenes, haciendo real lo inverosímil.
Publicado originalmente en Historias de Cronopios y famas (Minotauro, 1962), este Discurso del oso aparecía agrupado en un capítulo titulado “Material plástico” en el que se incluían además otros relatos como Conducta de los espejos en la Isla de Pascua, Propiedades de un sillón o Camello declarado indeseable. Todos ellos forman parte de un singular y eterno bestiario, fruto de la dimensión maravillosa de la realidad, explorada tenazmente por el autor.
En este marco se sitúa el Discurso del oso, un cuento sorprendente, muy expresivo y de tono lírico y evocador. El relato describe en primera persona las andanzas de un oso que habita en las cañerías de un edificio y observa la vida piso por piso. El protagonista es ingenuo, travieso y un tanto bruto, conforme a su naturaleza animal, pero también sabe ser tierno como un peluche y trata de llenar la soledad del vecindario con sutiles caricias.
El uso del lenguaje es sencillo, el vocabulario natural y preciso. Cortázar es minucioso en los detalles de la narración, sabedor de que es en lo minúsculo donde mejor se revela la magia de lo rutinario. Abunda en las enumeraciones, lo que aporta un ritmo especial al relato. Esta musicalidad envuelve situaciones surreales, de una hermosura infantil y onírica, apoyándose en apenas dos metáforas para componer un texto poético y conmovedor, accesible para todos los públicos.
Emilio Urberuaga redondea esta cercanía literaria, aportando su buen hacer pictórico, una visión del relato tan personal como respetuosa, en un claro homenaje al escritor. Ya desde la primera página, el ilustrador nos sorprende con un pequeño guiño intertextual: El propio Julio Cortázar aparece sentado en el café de la casa donde habita el oso, como un cliente habitual. Nuevamente hacia el final del cuento volvemos a encontrar otra pista de este juego con el lector: en la mesilla de noche, el libro del roncador solitario lleva por título Cronopios y famas.
El trabajo de este ilustrador es rico y sugerente. No se limita a crear escenarios donde situar las palabras. Su puesta en escena abre múltiples vías por las que dejar volar la imaginación, historias no contadas que esperan la mente del lector para escapar: el portero sacando la basura por la puerta trasera del edificio, los barcos navegando sobre el Sena, el lado vacío de la cama o, de nuevo en clave de juego, el gato y el ratón que acompañan al oso en cada página.
Las ilustraciones de Urberuaga son potentes y expresivas, compuestas con colores básicos, intensos y muy contrastados. El impactante tono rojo del oso nos permite situarnos desde el principio en el mismo plano fantástico en el que se desenvuelve el texto. El trazo suelto, espontáneo en apariencia, aporta movimiento y agilidad a las situaciones.
Si Julio Cortázar exploró como nadie la realidad divergente, Emilio Urberuaga es maestro de la vivacidad y de la frescura. Así, la voz de este oso, que nos resuena inconfundible, con la gravedad, la pausa y el acento del escritor, parece proclamar en su discurso ¡Viva el color! y tiñe para siempre la monótona existencia de los caños de las casas.
Mi felicitación a Urberuaga por su osadía, por su capacidad para acercarnos a uno de los grandes y, a Albur-La Panoplia y sus Libros del Zorro Rojo por este empeño en recuperar a los clásicos de la mano de tan grandes ilustradores.

martes, agosto 05, 2008

Entonces llegamos al final, Joshua Ferris

Trad. Jordi Fibla. RBA, Barcelona, 2008. 336 pp. 21 €.

Guillermo Ruiz Villagordo

A veces no nos damos cuenta de quién nos habla desde las páginas de un libro. Entramos en muchas historias sin ser verdaderamente conscientes de la existencia de ese observador desconocido que con tanta minuciosidad registra cada pormenor de la peripecia del personaje sobre el que ha decidido cernirse, o de ese yo que confiesa sin ningún pudor sus más íntimos secretos a ese público invisible que somos. Por eso llama la atención cuando como en esta novela el narrador es nada más y nada menos que un grupo humano, una reunión de voces de número impreciso personificada en un enigmático nosotros.
La utilidad de esa primera personal plural es indiscutible en cuanto a la complicidad del lector con la historia que se le cuenta, ya que le hace sentirse parte de ella a pesar de no intervenir directamente, con lo que la verosimilitud se ve reforzada. El problema es que exige mucho ingenio y delicadeza por parte del escritor, por lo que es fácil que se le escape de las manos. Aquí no siempre convence, ya que a veces se nota forzada, demasiado parecida a un yo ampliado, sin contar los huecos que ese nosotros empieza a tener: pequeños desvíos a un tú, a un él (el extraño giro a una narración clásica que da en determinado momento, que al finalizar el libro tendrá su explicación), incluso un curioso yo que se escapa en un descuido. En suma, ni por asomo es un nosotros tan abigarrado y compacto, tan físico y real, como el de Las vírgenes suicidas, ejemplo de cómo manejarlo de manera eficiente. Pero no quiero dar a entender con esto que Entonces llegamos al final sea un libro fallido, ni mucho menos. Simplemente no ha exprimido al máximo las posibilidades que esta pequeña experimentación le proporcionaba, derivando a una narración más clásica de lo que parecía en un principio que desde bien pronto demuestra que tiene mucho más interés en sus personajes. Y, a fin de cuentas (se preguntará quien lea estas líneas ahora mismo con toda razón): ¿a quiénes se refiere ese enigmático nosotros?
La estructura de la novela se basa en la espada de Damocles del despido que pende sobre las cabezas de los miembros de una agencia de publicidad tras una época de bonanza que parecía no tener fin. El miedo al futuro, la incertidumbre de ser el siguiente, la sospecha sobre la conducta de sus jefes inmediatos y superiores, la preocupación sobre cómo les ven estos y el resto de gente de la oficina, obligan a que esa voz colectiva destaque determinadas figuras de su propia masa indefinida, esos compañeros de trabajo con los que pasan más tiempo que con su propia familia. Asistimos entonces a una sucesión de anécdotas conectadas entre sí mediante las que toman cuerpo paulatinamente ante nuestros ojos, con sus neuras, sus traumas, sus manías, sus secretos inconfesados, su compasión y su falta de sentimientos, con lo que se acaba comprobando que en realidad no conocemos al tipo que se sienta enfrente de nosotros cada mañana.
Como obra sobre el ambiente de oficina, no puede evitar reunir y replantear múltiples tópicos que el lector reconocerá en cómics como The Norm, series como The Office, películas como Trabajo basura o la cinta independiente Esperando la hora, que pasó desapercibida cuando se estrenó hace algunos años, u otras novelas como la medio olvidada Generación X de Douglas Coupland, pero el peculiar tono de comedia que emplea, en ocasiones agridulce e incluso melancólico, le da un carácter propio muy cercano que hace acabemos cogiéndole cariño a unos seres demasiado parecidos a nosotros.
Para terminar planteo una duda que me ronda por la cabeza desde hace algún tiempo: ¿por qué se toma como paradigma del trabajo contemporáneo el de oficina y no el mucho más abundante y símbolo de nuestro tiempo de dependiente o camarero? Habría que pensar en ello y hacer algo al respecto…

lunes, agosto 04, 2008

El asombroso viaje de Pomponio Flato, Eduardo Mendoza

Seix Barral, Barcelona, 2008. 192 pp. 16,50 €

Juan Gómez Espinosa

Señores, hay que divertirse. Es sano y necesario. Habrá quien diga que es propio de sociedades y épocas de crisis pero, por más que analizo la Historia de la humanidad, no llego a vislumbrar periodo alguno caracterizado por felicidad y prosperidad plenas. Cosas del ser humano. Si se es hombre, hay que divertirse, y punto. Aunque sólo sea para mostrar los colmillos ante la amenaza, o para desarmar grifos (de los que tienen la lengua bífida). Cuidado: no estoy hablando de evasión gratuita (también alible en determinados momentos). Me refiero a una de las posibles veredas que conducen a la catarsis. La risa oxida las armaduras de lo institucionalizado, lo deja con los colgajos al aire para su devaluación. Ése es el poder posible del humor. Sin embargo, cuando se utiliza para perder de vista lo totémico, se echa la basura debajo de la alfombra; basura que alimentará, además, aquello que nos engulle como individuos. Ésta fue, por ejemplo, la génesis del Carnaval: un momento otorgado por las altas esferas para que la muchedumbre desfogara; al día siguiente, retorno al Purgatorio. Y como hablo del carnaval, puedo hablar de los diferentes Días de Orgullo y de los monologuistas de las todopoderosas cadenas televisivas. Y todos tan contentos. Señores, hay que divertirse. Lo lamento, pero para ello hay que recurrir a la inteligencia. No pido tanto. Eso sí: que se alejen los artistas de San Jerónimo (anacoretas), los bibliotecarios con caspa, los tertulianos de Malasaña y los filólogos de índice alzado; simplemente, su humor no tiene gracia, no es humor ni son seres con capacidad de diversión. Ellos también se evaden, usando, en su caso, el arte como huida. Tristemente, en la práctica no es tan diferente la actitud de un sesudo intelectual de la de un casto hijo de Escrivá de Balaguer.
Eduardo Mendoza se ha divertido, y yo se lo agradezco. Sí, esta novelita no es el Ulises ni Las uvas de la ira, pero ni falta que hace. Tampoco es El caso Savolta, ni El misterio de la cripta embrujada. No es nada de esto porque, simplemente, su autor no ha querido jugar con el lenguaje literario, retorciéndolo y abriéndolo a nuevos horizontes expresivos. No le es necesario y, a estas alturas, Mendoza se lo puede permitir. Esta obra es un divertimento que se lee con facilidad en una tarde. No es la Novena Sinfonía de un Beethoven con ansias de devorar el mundo para, a continuación, vomitarlo con toda su brillantez. Se acerca más a los juguetones cánones de Mozart o a los bocetos canallas de Rodin. Jugueteo, sí, visión cáustica, sí, pero con muchas lecturas y mucho análisis en la retaguardia. Así, por ejemplo, el uso de los elementos doctrinales del cristianismo se nutre de curiosas y humorísticas interpretaciones acerca de sus respectivas génesis; humorísticas pero, paradójicamente, más convincentes que mucha de la morralla teológica que nutre el catecismo de la iglesia católica. La ambientación histórica y la imitación de la retórica clásica son maleados sabiamente para ahuyentar la mera exposición erudita (tan propia de los mochos con biblioteca y chequera, como Pérez-Reverte y tantos otros) y, con un fresco golpe de mano, decorar el peplum con toda la cotidianeidad posible. La pintura de personajes consigue un imposible: acertar con unas pocas intervenciones de cada figura, desde el naturalmente pueril Jesús hasta el despojo humano que es Lázaro (el mejor rol de la novela, sin duda), pasando por ese José que es tanto un homenaje como una utopía amarga de la rectitud. Importantísima pintura también la de toda una sociedad no tan alejada de la nuestra (¡esos negocios inmobiliarios del Sanedrín…!) tan cívicamente amoral. En fin, sólo un pero: el elemento escatológico representado en la constante indisposición estomacal del protagonista, ya tantas veces usado en la literatura patria y que, a estas alturas, no deja de ser un llamamiento al caca, culo, pedo, pis. Por suerte, no abusa el autor de este recurso. Hasta en esto es Mendoza inteligente. Por mucho que no les agrade a los santos y a los amorosos.