viernes, agosto 01, 2008

El bosque encantado, Ignacio Sanz

Ilustraciones de Noemí Villamuza. Macmillan, Madrid, 2008. 32 pp. 10,90 €

Elena Medel

«Si quieres conocer/ los dedos de la mano,/ en este libro están/ fielmente dibujados./ Todos juntos parecen/ un bosque encantado». Lector, lectora, no importa el año de nacimiento que refleje su carné de identidad: abróchense los cinturones. La nota de contraportada no miente, e invita —empuja— al viaje. Emociones intensas y felices aguardan tras la portada, con ese árbol transformado en niño/a, o viceversa, que nos implica y amplifica con sus manos: eh, tú que estás al otro lado, ¿vienes? Nos guiarán las palabras cantadas de Ignacio Sanz, y las ilustraciones de Noemí Villamuza, empeñada en trasladar nuestros sueños al papel. Comienza la travesía.
Y es que leemos El bosque encantado como un libro mágico; una sesión de hipnosis que restituye las hojas del calendario, y nos devuelve a la infancia. Porque los ecos de este bosque encantado nos hablan de las canciones tarareadas entre galletas y vasos de leche caliente, de las tonadillas que al pie de la cuna —o de la cama recién estrenada— nos arrullaban para dormir la siesta o animarnos a vivir el día, para entretenernos o empujarnos a aprender. Un texto breve, para recitar de memoria a —y con— los pequeños, que reúne los hallazgos más intensos de lo escrito, pero también los aciertos más vivos de lo oral.
Lo deducirán: El bosque encantado ocupa un lugar intermedio entre la poesía y la narrativa, con una potencia musical admirable, que ayuda a sus lectores más jóvenes a tomar conciencia de su cuerpo, reconociendo el nombre de cada uno de los dedos de la mano. A la vez, El bosque encantado nos convierte —«Pegado a mi cuerpo/ me cuelga este brazo,/ pero si lo estiro/ se parece a un árbol»— en un elemento más de la naturaleza, logrando una identificación complicada en época de cementos excesivos y zonas verdes recalificadas. Ya les digo: cosa de milagro. Aliñado, faltaría, por el trabajo exquisito de Noemí Villamuza, hermoso y sugestivo, capaz de inventarse una atmósfera propia con los colores —verde y marrón— del bosque.
Añadimos El bosque encantado a la ruta de libros con poderes sobrenaturales: es un gustazo dejarse llevar por sus sonidos, por sus imágenes. La editorial indica que se trata de una obra recomendada entre los tres y seis años, pero yo me lo he pasado genial canturreando los versos de Ignacio Sanz, ilusionándome con las ilustraciones de Noemí Villamuza. Caminar entre el dedo corazón, «rey/ siempre coronado», o el meñique, «el dedo simpático;/ el más pequeñito/ y el más renacuajo», es retroceder en nuestra memoria hasta el principio, hasta el origen, en que nos costaba atarnos los zapatos y nos negábamos a apagar la luz por las noches. En el fondo, la mejor literatura infantil —y juvenil— carece de adjetivos: es la mejor literatura.

jueves, julio 31, 2008

Zigzag entre naranjos amargos, Ersi Sotiropulu

Trad. Julia Osuna Aguilar. 451, Madrid, 2008. 220 pp. 17,50 €

Marta Sanz

Ersi Sotiropulu, escritora griega, recibió por este libro en 1999 el premio Nacional de Literatura y el premio Nacional de la Crítica. Pongo por delante de todo los avales canónicos —que para unos serán una motivación, mientras que para otros pueden constituirse en argumento de inhibición de la lectura— porque he de confesar mi desconcierto, no mientras leía, sino después, a la hora de madurar la obra, colocarla e intentar transmitir mi fascinación por ella. Creo que los libros que atenúan nuestra seguridad como lectores, nuestra vanidad; los libros que no nos permiten reconocer al primer golpe de vista sus blancos y sus negros, y enjuiciarlos tan ortodoxamente como haría un niño; los que nos colocan en un espacio en el que volvemos a sentirnos tan perplejos como un adolescente al que le está brotando la pelusilla de la barba, un pelo solitario contra la blancura del pubis; esos libros, que nos estiran y nos hacen crecer, a menudo, son los mejores libros...
En este caso, hipnóticamente, me fui dejando llevar de la mano por la voz en tercera que guía al lector. La voz y el lector trazan zigzags entre naranjos amargos y, a veces se ríen, a veces temen por la seguridad de una persona o de un animal, a veces casi lloran, pero nunca lagrimean ni meten el dedo en las partes blandas, en la vulva melosa de las emociones fáciles. La voz lleva de la mano al lector, entre la violencia y la ternura que marcan el sentimiento humano, invitándole a quedarse en una esquina de ciertas habitaciones extrañas que, sin embargo, no resultan excéntricas sino inquietantemente familiares: un hospital donde una mujer se muere de una enfermedad que mucho tiene que ver con sus ansias voraces de vivir como si sus ganas de seguir respirando se la estuvieran comiendo viva; una taberna donde una pareja habla de lo difícil que es una niña o lo que es lo mismo: de lo difícil que resulta convivir y permanecer indemnes al lado de lo que no se comprende; de la incomodidad que producen ciertas inteligencias. Nos coloca la voz en la esquina oculta de un piso de soltero en el que un muchacho con orejas de soplillo y una chica flaca ven la televisión; en interiores de la ciudad y de un pueblo en la costa que se transforman en cuanto un pájaro exótico, un mainate, pasa a ser el animal doméstico que los habita, el agüero que los habita; en una cocina donde una niña, casi una adolescente ya, se abraza a una nevera mientras grita o susurra —o las dos cosas a la vez—: «Te quiero, te quiero». También se lo dice a los bastoncitos de patata mientras los va introduciendo en el aceite que ama más cuando le salta a la cara y quema... La voz, fría y —sin que en ello exista paradoja alguna— extremadamente sensorial, nos arrastra también hacia algunos exteriores: una playa donde un niño es amado en silencio por una observadora de su misma edad; un lugar donde un hombre adulto se masturba delante de los ojos de una niña con pantaloncitos cortos; el patio de naranjos amargos que es la antesala del hospital donde una mujer se muere y, mientras tanto, vive vidas menos gastadas que la suya impostando los recuerdos de su hermano, tomando decisiones sobre el entorno de los demás, ayudando y queriendo infligir pequeños dolores que le serán devueltos y le harán sentir. Apretar el borde del hematoma amarillo.
No sé si Zigzag entre naranjos amargos trata del miedo a la vida o de otros miedos relacionados con ese miedo básico: el del dolor de la transformación —morirse, crecer, enfermar, enamorarse, cambiar de paisaje o de oficio...— y, con él, el de la sexualidad; el miedo a vivir la vida propia, a que la vida no sea lo suficientemente intensa o lo sea de una manera insoportable. El miedo a la dificultad de encontrar un equilibrio en un cosmos caótico y a menudo hostil donde, sin embargo, aún pervive la posibilidad del amor, de cierto calorcito reconfortante para el cuerpo que somos cada uno. También es posible que este libro esté hablando de las dificultades de la escritura como imagen de una realidad que se construye y se transforma con nuestros sentimientos y nuestras visiones. Espejos rotos que reflejan y que cortan: los textos, sus referentes, el camino de ida y vuelta desde los unos hacia los otros.
Lía, la enferma; Zanasis, su hermano; Sotiris, el enfermero, y Nina, la niña que se abraza a las neveras y escribe cosas son los fragmentos de ese espejo; fragmentos que se repelen y a la vez, imantados, confluyen, se dañan y, sin embargo, podrían acabar solapándose, encajando en un solo rostro: con los bordes del espejo se hacen sangre, pero la sangre se mezcla en el mismo torrente. En este zigzag, los personajes inician un baile de miradas oblicuas que se proyectan de dos en dos con una extraordinaria sutileza: Sotiris vivirá la vida de Zanasis; Lía recrea y transforma los recuerdos de su hermano; Nina contempla la esencial masturbación del torvo Sotiris; Sotiris sorprende a Lía haciendo lo que no debe: quiere saber de sí misma y de lo que la destruirá; Lía utiliza a Zanasis para intervenir en la vida de Sotiris; Sotiris convierte a Zanasis en su cómplice para asesinar a Nina; Nina observa al niño que ama desde lejos y se observa a sí misma y mide su insatisfacción y busca en el texto iluminaciones que no sustituyen a la vida, sino que van a formar irrenunciablemente parte de ella. Gente que se mira y se avergüenza; gente que busca cómplices para paliar la soledad que produce la angustia de saber o de sentirse descubierto, debilitado, desnudo. Desde la literatura o desde la cama de un hospital, Nina y Lía son correlatos siameses, potencias de la naturaleza que contradicen con sus pensamientos y sus acciones su aparente vulnerabilidad; a su lado, el par masculino es mucho más frágil.
Todos son fragmentos de un espejo roto, hilachas entrelazadas en ese Destino que, con mayúscula colectiva, es el resultado de una suma: la que exigen las pequeñas intimidades literarias, la de la épica de lo más pequeño y de lo más vulgar, la del mero hecho heroico de vivir y de morirnos. Como en las tragedias griegas, pero sin aspavientos. Así construimos la vida, así nos la inventamos.

miércoles, julio 30, 2008

La música como concepto, Robin Maconie

Trad. José Luis Gil. Acantilado, Barcelona, 2007. 298 pp, 23 €

Ana Gorría

Maconie afirma en uno de los fragmentos que constituyen el libro que el auditivo es el único sentido al que el ser humano no puede sustraerse. En consecuencia, la voluntad nada puede hacer por interponerse a la experiencia estética de su articulación, la del sonido, es decir: la música.
A partir de esta idea, Maconie propone que la música es el más poderoso, o tan poderoso, de los artificios humanos en un mundo en el que lo icónico y las palabras parecen haber querido sustraer importancia a la música como signo, elemento orientado a la comunicación y sobre el que se fundamenta nuestra relación con la realidad y con los otros.
Con una serie de imágenes orientadas a clarificar el sentido de sus palabras ante la profanía musical que vienen enredadas en una sucesión de teorías musicales, estéticas de la percepción, psicologías del arte, acústicas e incluso teorías del tratamiento de la información, el autor pone frente a nuestros ojos de forma transparente la relevancia de la música como concepto, es decir como idea que concibe o forma el entendimiento humano al mismo tiempo que se pregunta e intenta aclarar todas aquellas nociones que pudieran resultar oscuras para la justa valoración del fenómeno musical tanto desde su perspectiva histórica como desde el presente.
Una constatación para Maconie resulta el que se decidiera lanzar al espacio junto a una imagen y una fórmula aritmética, una sinfonía musical. Con un ejemplo así que revela buena parte del método pedagógico de Maconie, instruir “iluminando” el compositor anglosajón concluye que la música junto a los datos —el tratamiento de la información— y lo icónico es uno de los fundamentos de nuestra identidad como especie.
A través de los veinte capítulos que constituyen el libro y que se fundamentan, como ya he dicho, en una teoría específica de la comunicación el autor analiza y descompone los conceptos de armonía, disonancia, notación, ornamentación, instrumentos entendiendo el fenómeno musical como un gesto en el que intervienen una multitud de elementos que no es posible relativizar sin más.
Dada la formación de Maconie, discípulo de Stockhausen, su análisis de la música se orienta, con ciertas aproximaciones a la antropología, desde los albores de la humanidad hasta la música electroacústica pasando por la teoría musical pitagórica o medieval haciendo especial incidencia en que en la música va implícita una visión del mundo, participa de las construcciones que cada época realiza para confrontar el mundo. Una visión en la que también participa nuestro presente y que le permite también, desde un punto de vista poco esencialista, justificar la música como una creación tan humana como la palabra y, en consecuencia, subordinado y subordinable al cambio y a la evolución. La defensa de la disonancia o el estudio de la creación y evolución de la notación musical con sus múltiples formas desde su carácter manuscrito, la invención de la imprenta hasta nuestro pasado reciente es un buen ejemplo de ello.
Maconie, además, incluye en su teoría musical además de todas las disciplinas previamente citadas una reflexión que abarca desde el análisis semiológico de los espacios y la consecuencia que tienen estos en la relación entre el público y el intérprete (desde la música sinfónica hasta el pop o el rock) hasta la disposición del aplauso en las ejecuciones musicales. Todo significa. También la música. Y Maconie nos lo hace ver (o escuchar) con una sobresaliente claridad.

martes, julio 29, 2008

La mujer de Roma, José Luis Martín Nogales

Ediciones B, Barcelona, 2008. 320 pp. 19 €

Pedro M. Domene

¿Quién es la misteriosa modelo del cuadro «La Venus del espejo» que con su secreto le proporcionaría a Velázquez la fama de galante seductor y amante durante su estancia en Roma, entre 1649 y 1651? La historia de este lienzo no deja de sorprender porque el pintor cortesano desafió no solo la autoridad de su rey sino, también, la eclesiástica que prohibía pintar, expresamente, desnudos a los artistas de la época. Es el único cuerpo femenino, con acentuadas dosis de erotismo, del XVII, según se desvela en la novela, que se conserva del pintor sevillano, hecho que coincide con la realidad, aunque se sabe que pintó al menos tres más. Presupone, además, el comprometido traslado del lienzo hasta la residencia del pintor, en la corte madrileña, desde su aventura romana. Este y otros misterios, ¿una copia realizada por el propio sevillano?, nos invitan a leer La mujer de Roma (2008), la primera y excelente novela, de José Luis Martín Nogales (Valdeande, Burgos, 1955), que reconstruye, con todo lujo de detalles, en un doble plano, los avatares de este singular cuadro y de sus protagonistas.
La historia arranca con el proceso de identificación de una copia aparecida en Londres, encargo del anticuario Turner que llevará al protagonista, Martín, a realizar una inquietante investigación sobre la autenticidad de la misma. Con el análisis técnico y científico se recreará toda una época, el mágico ambiente de la corte, con sus claroscuros y contradicciones, reconstrucción que posibilitará al joven verificar la autenticidad de la copia, y despejará todas las interrogantes que surgen en torno al cuadro, la identidad de la mujer desnuda, las vicisitudes de su existencia en la corte, incluso la nómina de sus propietarios: la Casa de Alba y Manuel Godoy, hasta su traslado a Inglaterra, y posterior compra por John Morritt o su ubicación en la actualidad, la National Gallery, de Londres.
La novela no sería nada más que la recreación de un episodio histórico del XVII español con personajes reconocidos como, Velázquez y la corte de Felipe IV, si Martín no viviera, tras una pormenorizada investigación, una historia de amor paralela que justifica, en gran medida, la ficción, con estancias en Londres, Roma o Madrid, para desvelar la identidad de la dama, recurso eminentemente novelesco, como de vislumbra al final de la misma, ¿es acaso Flaminia, una joven, vinculada a los Medicis? Un segundo plano, narrado, magistralmente por Martín Nogales, un paralelismo entre la realidad histórica y el presente que, justifican, de alguna manera, esa doble historia de amor, vivida por sus protagonistas con sus respectivas damas romanas. Al hilo de ambas historias, la documentación, el proceso seguido de indagación en archivos: Palacio Real, el Vaticano o la National Gallery, la ambientación y la dosificación histórica, el doble lenguaje empleado, la elegancia de estilo y la perfecta estructura, subrayan el dominio narrativo del novelista y, en ningún momento, esta trama, de pasiones e intrigas, decae o deja de interesar a un lector ávido, embrujado por la magia que esconde el torso y el rostro difuminado de esa hermosa mujer.

lunes, julio 28, 2008

La perla y otros relatos, Yukio Mishima

Trad. Magdalena Ruiz Guiñazu y Antonio Cabezas. Siruela, Madrid, 2008. 205 pp. 16,90 €

Recaredo Veredas

Yukio Mishima (1925-1970) nació, y sobre todo murió, en una época equivocada. El nuevo milenio, gracias al vértigo de las comunicaciones y el triunfo definitivo del espectáculo, resulta mucho más propicio para los exhibicionistas. Tras fracasar en un intento de golpe de estado, motivado por la reivindicación del perdido esplendor imperial de Japón, cumplió el sueño de su vida: suicidarse mediante una técnica ancestral —el seppuku— concretada en sucesivas incisiones en las entrañas. Durante toda su vida y su obra —por ejemplo en “Patriotismo”, uno de los cuentos más relevantes de La perla— había dejado clara su atracción por la iluminación de las vísceras. Si su suicidio hubiera ocurrido en nuestros días, habría interrumpido la programación de la mismísima CNN.
Tan desmesurados actos fueron plenamente coherentes con su ideología e, incluso, con su obra. Mishima idolatraba a su país y a sus tradiciones. La derrota en la Segunda Guerra Mundial y la posterior occidentalización de su tierra le arrastraron hasta la rabia. La representación literaria de lo que consideraba una corrupción imperdonable está íntimamente ligada a la violación de la isla, a la ruptura del aislamiento que concedían las fronteras del mar, brutalmente asaltadas por los vicios de occidente. Así se contempla en dos de sus obras mayores: El rumor del oleaje —una hermosa historia de amor, donde la pureza se mantiene inalterada en una pequeña isla— y la magistral El marinero que perdió la gracia del mar —que muestra las escatológicas consecuencias de la corrupción sobre un marinero tentado por la paz burguesa— y, por supuesto, en algunos cuentos de La perla y otros relatos, como esa preciosa y precisa miniatura que es “El termo”, donde dos japoneses mantienen a flote su identidad en el corrupto L.A. de los años sesenta o en la zozobra adolescente, y un poco borgiana, de “Los siete puentes”. Porque La perla y otros relatos es, ante todo, un magnífico acercamiento a la obra de Mishima, una pequeña síntesis de los conceptos que sustentan su larga obra, donde observaremos todos los extremos y, sobre todo, todas sus contradicciones.
Pese a ser un auténtico nacionalista y reivindicar los aspectos más endémicos de la cultura nipona, como el teatro kabuki o la lentitud de las geishas, y haber llorado con inacabables lágrimas la pérdida de los poderes imperiales del difunto —y extrañamente exculpado— Hiro Hito, Mishima se sentía sumamente atraído por su decadente enemigo. No en vano el relato que da título al libro es una maravillosa comedieta, con tintes vodevilescos, que podría haber sido escrita por el Oscar Wilde más frívolo. Muestra con ritmo perfecto y un magistral dominio del corte de las subtramas y de la psicología femenina, las consecuencias de la pérdida de una perla de escaso valor en una trivial reunión de amigas. Como el Max Ophuls de Madame D utiliza el extravío de un objeto para mostrar los prejuicios y los miedos de toda una sociedad. Incluso esa cumbre de la literatura gore llamada “Patriotismo” —que incluye sin reparo alguno una completa evisceración humana— acumula párrafos muy cercanos a la literatura norteamericana de la época, concretadas en la extrema frialdad, imprescindible para la verosimilitud, que aplica en los momentos más dramáticos. La contradicción aparece incluso en la primera página del libro, donde combina una cita del Baudelaire de los paraísos desconocidos y una evocación de la pureza perdida de una salvaje playa nipona.
La perla y otros relatos es un magnífico acercamiento a un magnífico escritor. Porque tal vez Mishima estuviera absolutamente loco, posiblemente defendiera ideas deleznables, pero también era un narrador prodigioso, que dominaba cualquier registro y combinaba los requisitos de la literatura más exigente con una admirable fluidez. Era y es un autor sumamente actual, que puede deleitar a lectores muy distintos, desde estetas, a amantes del gore, desde apólogos del suicidio a ecologistas radicales. Cualquiera puede encontrar placer, y una vivificante repulsión, en la lectura de Mishima.