viernes, junio 13, 2008

Premios Tormenta: estáis invitados



La Tormenta en un Vaso
y La Buena Vida-Café del Libro
le invitan a la entrega de los Premios Tormenta al


El padre de Blancanieves, de Belén Gopegui (Anagrama)

y

mejor libro traducido al castellano en 2007
La carretera, de Cormac McCarthy
(traducción de Luis Murillo Fort; Mondadori)


Tendrá lugar el próximo domingo 15 de junio, a las 12.30 hh,
en La Buena Vida - Café del Libro (c/Vergara, 10; Madrid).


¡Os esperamos!

jueves, junio 12, 2008

Un millón de soles, Jorge Eduardo Benavides

Alfaguara, Madrid, 2008. 424 pp. 19,50 €

Alba González Sanz

Quizá porque una revolución es un asunto serio, ha de contarse en la intimidad amplificada de una timba de póker regada con buenos whiskies, con imprescindible pisco sour. Quizá porque todo proceso de cambio implica a una nación de una manera radical que afecta hasta los límites del propio suelo, es preciso un coro de voces en doble frecuencia: una para la monocorde voz estatal esperada; otra, para el estéreo de sombras que envuelve las conspiraciones. Todo esto parece saber Jorge Eduardo Benavides (Arequipa, Perú, 1964) al escribir Un millón de soles, porque hace ficción del gobierno del general Velasco en Perú (entre 1968 y 1975) a través de una novela construida de anticipaciones, flash-backs y baile de voces, de personajes, casi a cada párrafo.
La novela de dictador es género viejo, pero se agradecen las nuevas maneras de encarar el asunto y retratar una época. Un millón de soles es una novela de dictador, es una novela política y es, a la vez, un lujo para el lector que se ve abrazado sin dificultad por un estilo indirecto libre a priori impensable pero que se revela como la única forma posible para contar esta historia que, cliché, comienza con toda la esperanza en la reforma de un país (nacionalizaciones, reforma agraria, defensa de la cultura tradicional, fin de la corrupción civil) y va mostrando la imposibilidad de llevarla a cabo por la propia dinámica interna de un gobierno de militares al que en los momentos clave le falla, especialmente, la disciplina.
Empieza la novela con Velasco en la vorágine: pocos días en el Palacio presidencial, mucha gente a la que recibir, muchos asuntos que tratar, todo el petróleo del Perú por devolver al pueblo. Éste será uno de los escenarios: el trajín que rodea al dictador y que no lo abandona ni cuando, insomne, quema un cigarro tras otro en la cocina de su casa. Como otros espacios están las casas de los generales: las grandes fiestas; también las casas de algunos civiles que, en un aparente segundo plano, van moviendo los hilos, las exportaciones, el dinero... A la manera de historia secundaria que a veces enlaza con la principal, las deportaciones de quienes son críticos con el régimen, el papel de los periodistas, civiles también, en este gobierno que en sus manos deja demasiado poder, que en parte se arruina por ello.
Sólo este coro imposible de voces entrecruzadas a diferente volumen, con diferentes objetivos, parece capaz de mantener una estructura complejísima como la más perfecta tela de araña. Benavides es aquí la mejor tarántula: no pierde un cabo, lleva al lector con firmeza por un camino a veces tupido pero que tiene un destino claro. La novela se compone así: estampas del dictador y su gobierno, de los asuntos políticos candentes, de los ascensos y los pases a retiro, de las guerras de la prensa, de los deportados, de alguna interesada historia de amor, del gusto de algún general por las niñas. Todo ello en los dos planos citados: el entorno del presidente por un lado y los interesados civiles, también algunos militares, que en torno a las cartas tejen y destejen el verdadero rumbo del país.
Velasco sobrevivió a varios intentos de golpe, incluso cuando su salud estaba en precario. Pero finalmente cayó, fue apartado y a Perú regresaron las fuerzas viejas que el militar piurano expulsó (hasta el anterior presidente, Belaunde Terry pudo regresar al poder). En la novela de Benavides, el gran día en que se planea la conspiración que nosotros como lectores vamos siguiendo ocultos en el fondo de esa sala en la que se juega póker, el cambio de rumbo es otro. Una huelga policial encarnizada sirve de marco al intento de golpe que no es derrotado por el ya solo Velasco, sino por otro golpe, por otra conspiración. Y es que al lector le ha sido dado atender a una de las traiciones políticas que se plantean, no precisamente a la que triunfa.
Basada en hechos tan reales como ese período de la historia peruana, tal vez su vinculación con unos acontecimientos es su gran riesgo: por lo que los lectores no especializados o no peruanos van a desconocer y por la parcialidad implícita en toda forma de contar la propia visión de la historia. De hecho el único punto fácil, flaco de la novela es a veces la visión de Velasco: con él es benevolente el autor, de esa manera casi olímpica que libra a los grandes hombres de la censura que puede hacerse a sus gobiernos: ellos no sabían, ellos no contaban con... Dibujar al militar peruano en esa clave le resta veracidad, personalidad; el reto tal vez habría estado en contarlo sin protegerlo (si es que resulta necesario tal colchón para un personaje ya en la realidad bien novelable, bien presente aún en la conciencia peruana –o tal vez precisamente por eso).

miércoles, junio 11, 2008

El desierto y su semilla, Jorge Barón Biza

451 editores, Madrid, 2007. 296 pp. 17,50 €

Miguel Sanfeliu

Es prácticamente imposible leer este libro sin sentir una incómoda opresión en el estómago, no en balde nos sumerge, ya desde las primeras líneas, en una situación difícil de digerir. De pronto, el lector se encuentra ante un suceso trágico que le sujeta las tripas y ya no se las suelta hasta el final. Todo comienza con un rostro que se está desintegrando bajo los efectos del ácido. Es el rostro de Eligia y el ácido se lo ha lanzado Arón, su marido. Más tarde, la policía encontrará a Arón con un disparo en la cabeza.
El narrador, hijo de ambos, lleva a Eligia al hospital y la prosa de Barón Biza nos transmite perfectamente la confusión de la situación, el terror ante los daños irreversibles. Es un estilo minucioso, que presta especial atención a los detalles, que no se amilana ante los aspectos más desagradables. Sin embargo, algo llama la atención en esta obra: la distancia del narrador. Lo observa todo, y nos lo transmite sin ninguna carga emocional, como si fuera un ser arrastrado por las circunstancias que observara perplejo todo lo que ocurre a su alrededor, esperando que las cosas se detengan un momento para tomar aliento. Así, mientras lleva a su madre herida, intentando quitarse las ropas empapadas en ácido, se fija en que en el cine de la esquina están dando Irma, la dulce. Esta pasividad, este mirar en derredor, desviando el foco de la acción, acrecienta el impacto de los párrafos en los que vuelve la vista al drama, al dolor, con toda crudeza.
«Eligia no gritaba; se arrancaba la ropa y gemía en voz baja. Yo hubiera querido que gritase con fuerza para que algunos peatones dejaran de sonreír, estúpidos o salaces, y nos permitiesen pasar. Pero Eligia solo gemía, con la boca cerrada, y se arrancaba sus ropas mojadas con ácido quemándose también las palmas, una de las pocas partes de su cuerpo que hasta entonces no habían ardido con la humedad traicionera».
Tras unos meses de recuperación, les recomiendan marchar a Italia, donde les aseguran que se encuentra el mejor doctor en cirugía reconstructiva del rostro. Emprenden un viaje que servirá para hablarnos de las heridas de ese rostro, pero también de las heridas de la propia patria y, especialmente, de las del narrador, que se muestra en todo momento como un hombre que no encuentra su lugar en el mundo, que se entrega compulsivamente al alcohol, que no duda en hundirse en el fango de una existencia que no parece tener ninguna meta, ningún atisbo de poder enderezarse. Mantiene una especial relación con una prostituta, se pierde en la ciudad, participa en juegos degradantes, mientras rememora episodios del pasado, en una espera asfixiante por conocer los avances en el rostro de Eligia y que parecen corresponder con su pérdida de sentido, su deambular desesperado y perdido.
Un libro duro e incómodo, una indagación existencial a los rincones oscuros del ser humano, narrado con precisión y elegancia, en un texto en el que, entre destellos de humor ácido, predomina un tono desapasionado y distante, como el que empleaba el narrador de El extranjero, de Albert Camus. Una historia que conduce al lado más oscuro del ser humano, y cuyo descubrimiento supone admitir que encerramos una bestia en el interior que escapa a las leyes del raciocinio. Las minuciosas descripciones de las heridas y de las operaciones, conectan directamente con el estado lacerado del alma del narrador.
Jorge Barón Biza se suicidó unos años después de la publicación de este libro, continuando así con lo que parecía ser una constante en su familia, pues también su padre, su madre y su hermana se habían suicidado. A este respecto, se cita un texto en la solapa del libro en la que el escritor cuenta que después del tercer suicidio en su familia «las personas corren a cerrar la ventana cada vez que entro en una habitación que está a más de tres pisos».

martes, junio 10, 2008

Diez poetas, diez músicos, Varios Autores.

Calambur, Madrid, 2008. 136 pp. 18 €.

Juan Gómez Espinosa

Simplemente, uno accede al establecimiento y, en uno de los estantes, se topa con un libro titulado Diez poetas, diez músicos. Se trata del loable proyector de Calambur de juntar a diez poetas (¡vivos!) con otros tantos compositores (¡vivos!) para que estos últimos pasen al pentagrama algunos versos. Algo luminoso para estos tiempos de especialiación unidisciplinaria. Simplemente, uno se ilusiona. Más tarde, ya en casa, uno comienza a leer los poemas y a escuchar la música y, en ese momento, ocurre el milagro: los treinta metros cuadrados de zulo se desploman y uno aparece, transportado, en los pasillos de la Galería de los Uffizi, en Florencia. Todo es claro y limpio. En esta primera sala, Cimabue y Duccio van dejando asomar humanidad en los cuellos de un ángel o en el maphórion de la Madonna. En la siguiente, Baldovinetti y El Vecchietta avalan diversos colores y apuntes de relajación doctrinal. Más adelante, y progresivamente, los Ghirlandaio, los Di Credi, los Vasari… irán voceando la perfección de cada pliegue, la muesca de cada ladrillo, pasando por los sublimes cuellos de Parmigianino. Todo es claro y limpio. Sin embargo, uno tiene una sensación extraña, observa alrededor y se da cuenta: en cada sala falta un muro. Aquí debería ir un Giotto, con sus trazos rectos y su luz verdosa, capaces de manifestar el dolor en toda su dimensión. Aquí, permanece ausente un Fra Angelico y sus esquinazos mínimos, anecdóticos, en los que se desarrolla toda una vida. Aquí falta la celebración del ego por parte de Miguel Ángel. Y aquí el hedonismo de Botticelli, y el enigma de Giorgione, y la recreación alucinada de Leonardo.
Todo es claro y limpio. Así es este libro. Los poetas (la mayoría de ellos veteranos, y algunos, incluso, celebrados) dominan las formas, los ritmos, el lenguaje, los tonos… Los músicos conocen a la perfección los recursos acústicos, los procedimientos compositivos, las vías de desarrollo… Pero formas, ritmos, lenguaje, tonos, recursos, procedimientos y vías que no son otra cosa que aceptaciones, legados, academicismos, consensos. Es meritorio llegar a dominar todos estos elementos disciplinares, lo sé; su logro implica horas y horas de lecturas, escuchas, análisis y bocetos. Sin embargo, una vez conquistado el dominio, no estaría de más crear.
Tal vez, seguramente, el problema no radique en la perfección técnica, indiscutible y necesaria, sino en la asimilación de la realidad. Desde los años sesenta, el arte carga con el lastre del civismo, que no es otra cosa más que el socialismo mal entendido o la filantropía ñoña y gregaria de carácter universalista. ¿Dónde se encuentra algo tan sencillo como es el sentido del juego? ¿Dónde está no ya el riesgo sino la sinceridad? Sin tapujos, sin pudor. El domingo para el hombre.
En esta lectura y en esta escucha se evidencia que muchas de las autorías podrían ser perfectamente intercambiables entre autores. Es posible que parte del dilema nazca del constreñimiento con que se ha abordado el proyecto. Como Ilia Galán explica en el prólogo, los escritores eligieron los poemas de “estructura más fácilmente musical”. Que alguien me explique qué significa esto, porque uno, en su simpleza estética, siempre ha considerado que el producto artístico nace de sí mismo. Por supuesto, se aceptan influencias y legados, pero nunca la supeditación al objeto artístico. No estaría de más recordar a Schoenberg , en música, y a Vallejo en literatura para ver claramente lo que se puede llegar a realizar con la fe puesta en la misma creación. No estaría de más recordar que la obra de arte se debe generar a sí misma, formar todo un universo dentro de sus límites que, finalmente, son inexistentes gracias a su propia fuerza, a su propia individualidad.
Por supuesto, habrá quien lea esto y me demande estudio pormenorizado de cada creador. No faltaba más: si así lo desea alguien, lo haré encantado. Músicos y poetas y músicos con poetas. Perfecto. Sin embargo, antes de pedírmelo, que cada cual saque sus conclusiones sobre el estado de la autoría/personalidad en la creación contemporánea. Y que nadie llore. Simplemente, que se ponga a crear.

lunes, junio 09, 2008

Ficción Sur. Antología de relatistas andaluces, J. J. Muñoz Rengel (ed.)

Traspiés, Granada, 2008. 220 pp. 15,95 €

Pedro M. Domene

El género del cuento ha generado, desde siempre, opiniones que no dejan a nadie indiferente, incluso proporciona alguna que otra polémica acerca del lugar que ocupa en el mundo de la narrativa contemporánea. De «extraño género en el que se da la paradoja de ser, quizás, el más antiguo del mundo y el más tardío en adquirir forma literaria», fue calificado por Baquero Goyanes. Y, no menos cierto, es el hecho de que debamos seguir considerándolo como la cenicienta de la literatura, nos atrevamos a dudar de la calidad de los relatos o microrrelatos que se publican o nos mofemos de algunos autores, cuando inician, precisamente, su carrera literaria entregando colecciones de cuentos.
En las últimas décadas, editoriales grandes y pequeñas han apostado por el género: Páginas amarillas (1997), con introducción de Sabas Martín, Los cuentos que cuentan (1998), una edición de J.A. Masoliver Ródenas, Cien años de cuentos (1998), selección y prólogo de José María Merino, Lo que cuentan los cuentos, (México, 2001), Cuento al Sur (2001), de quien suscribe y, coeditado el segundo con Jesús Martínez Gómez, Pequeñas resistencias. Antología del nuevo cuento español (2002), selección de Andrés Neuman. No menos cierto es el hecho de la publicación de antologías y de los peligros que estas acarrean cuando aparecen en las mesas de novedades de las librerías. Como suele ocurrir, se suele afirmar que una antología es el capricho de quien selecciona y además de la forma más heterogénea que nadie puede imaginar; otra cosa es la selección que el propio autor hace de su obra. Rompamos una lanza en favor de quienes sacan pecho y se convierten en antólogos de las más raras selecciones que nadie pueda imaginar: mar, adulterio, eróticos, navideños, trenes, animales, bélicos, magia o aquellos que de alguna manera brindan la oportunidad a noveles que por primera vez se asoman al mundo editorial. Unas y otras tienen su espacio y su público en el enmarañado mundo editorial que pugna por ofrecer una variedad tan asfixiante como heterogénea y sobre todo competir con el marketing impuesto por razones conocidas. Nada más lejos en mi voluntad al escribir este preámbulo que sentar las bases de una polémica o mostrar una errónea visión del panorama cuento en este país al que le he dedicado no pocas horas de mi vida hasta el momento. Me resulta, eso debo admitirlo, muy gratificante, como estudioso y lector, cuando se publica una antología sea cual sea su intención y defenderé cualquier proyecto que contenga una selección extremadamente realizada bajo la estricta mirada y exclusiva de la calidad.
En estos días se presenta Ficción Sur. Antología de relatistas andaluces (2008), una selección de veintitrés cuentistas de todas las edades y generaciones, a cargo de Juan Jacinto Muñoz Rengel. Pero el editor centra su atención en autores andaluces o aquellos que, de alguna manera, están vinculados a Andalucía como es el caso de Pilar Mañas, Fernando Iwasaki, Ginés S. Cutillas, o Cristina Gálvez, el resto se reparte por nuestra geografía, desde Almería a Huelva, de Granada a Sevilla o de Jaén a Cádiz.
Muñoz Rengel subraya que los autores reunidos en su antología nada tienen en común, salvo su adscripción al género, la variedad de sus planteamientos o la singularidad de sus textos. En la mayoría de las antologías citadas se repiten, de una forma reiterada, los nombres de algunos de ellos: Benítez Reyes, Bonilla, Busutil, Hipólito G. Navarro, Palma, Pérez Domínguez, Neuman y Olgoso; es pues, una excelente constatación del buen quehacer de estos autores y, sobre todo, su dedicación al género, algunos desde hace varías décadas. Autores que, de alguna manera, representan en, al menos dos generaciones distintas, lo mejor que se escribe en relato breve en la actualidad andaluza y buena parte del resto de comunidades o en el panorama nacional. Otros nombres se van incorporando a la nómina ya existente, como ocurre en la presente, Ficción Sur, casos de Miguel Ángel Muñoz, Jesús Tíscar, Ginés S. Cutillas, Miguel Ángel Zapata, Nacho Albert Bordallo, José Lobillo, Cristina Gálvez, Lara Moreno y Cristina García Morales, donde lo onírico, lo distorsionado, lo fantástico, lo plástico, lo experimental o cuentos con estructura más clásica, muestran sus verdaderas dimensiones. El libro suscitará la atención de aquellos enamorados del género, actualizará la nómina incompleta, incluidas sus limitaciones y, por supuesto, no dejará a nadie indiferente por su pretensión y calidad.