viernes, marzo 28, 2008

El taco de ébano, Jorge Riestra

Ediciones del Viento, La Coruña, 2007. 207 pp. 11 €

Óscar Esquivias

Es muy conocido el inicio de Madame Bovary de Flaubert (que cito en la traducción de Carmen Martín Gaite, Tusquets, 1997):
«Estábamos en la hora de estudio, cuando entró el director seguido de un chico nuevo con atuendo provinciano y de un bedel que traía un gran pupitre.»
Los historiadores de la literatura han elogiado mucho el «estábamos» («nous étions» en el original), esa voz anónima y colectiva que implica un «nosotros» testigo directo de la acción. Charles Bovary (el muchacho que entra en el aula) formará parte desde entonces de ese grupo de estudiantes y, años después, ya adulto, su historia seguirá siendo contada por el mismo narrador plural que un día le vio llegar al colegio. La peripecia íntima de Bovary cobrará así un alcance extraordinario: autor, lector y personaje están unidos desde ese primer párrafo y lo que se narra en la novela atañerá directamente a los tres: Flaubert refleja las inquietudes de su generación, que comparte con Charles y Emma Bovary y con los lectores de la Revue de Paris, donde fue apareciendo por entregas la novela a partir de octubre de 1856. Hoy, tantas generaciones después, el «estábamos» mantiene su poder de sugestión.
Este recurso narrativo ha sido utilizado de manera conmovedora por Jorge Riestra. Para mí su nombre era absolutamente desconocido: nunca hasta ahora se había editado un libro suyo en España, pese a ser un autor veterano (hoy tiene ochenta y dos años), a haber empezado a publicar en Argentina en los años cincuenta y a haber merecido importantes premios en su país (entre otros, el premio a la trayectoria artística del Fondo Nacional de las Artes en 2002).
El caso es que no tenía ninguna noticia de él hasta que leí El taco de ébano y caí maravillado ante su prosa: como en Flaubert, en los cuentos de Riestra también hay un humilde «nosotros» tras el que se esconde un narrador poderoso, lleno de humor y sensibilidad, que nos describe un mundo ya lejano en el tiempo, con jóvenes (entre los que intuimos al autor) que llenan los cafés y los billares de la ciudad de Rosario. Riestra es, en este libro, el escritor de la nostalgia, de la juventud ida y rememorada con emoción, de la camaradería masculina (las mujeres se presentan como un peligro para estas amistades viriles y el matrimonio suele ser una calamidad que destruye el paraíso idílico de tertulias infinitas, cafés y horas de juego). Un observador colectivo y casi siempre pasivo («nosotros, los muchachos», repite Riestra para caracterizar al narrador) nos cuenta con viveza y cariño el mundo de los adultos a quienes admiran e imitan. Al tratarse de una mirada retrospectiva, el narrador es consciente de que aquellos veteranos eran en realidad unos derrotados y unos infelices (y que ese era también el destino que aguardaba a los jóvenes que los rodeaban); sin embargo, Riestra no puede evitar sentir por todos una enorme simpatía, carente de reproches o autocompasión. Más elocuente que cualquier glosa será leer un párrafo del cuento que da título a todo el libro:
«Nosotros teníamos veinte años y ellos, los de la mesa de Iriarte, cuarenta. Digo cuarenta porque resulta cómodo y porque cada vez que uno imagina un hombre hecho y derecho de café no tiene más remedio que darle cuarenta años, o sea una suma respetable de días y noches pasados alrededor de cualquier mesa nueva o vieja de billar. Nosotros teníamos veinte años y aprendíamos lentamente y quizá mal lo que ellos sabían tan bien: no sólo a jugar al casín, sino simplemente a vivir allí con tanta naturalidad como en casa.»
Los cuentos tienen una arquitectura narrativa perfecta: quizá el poder del estilo de su autor y la intensidad de las atmósferas que crea disimulen al lector desatento el pulso con el que están desarrolladas las tramas, cómo las anécdotas se suceden de la manera más eficaz y persuasiva posibles. La ambigüedad del escritor es muy sabia: bajo su aspecto realista y casi costumbrista, hay una vena fantástica muy sorprendente; la crónica del desencanto está contada casi como una reivindicación de la felicidad y la plenitud perdidas; el narrador está siempre presente y es un personaje más, pero apenas actúa y se limita a ser un espectador: sin embargo, son los sentimientos de ese personaje plural, de ese público que mira la vida como si estuviera en un teatro, los que más nos interesan.
A Riestra le gusta mostrar las fronteras invisibles que cruzamos en nuestra vida según cumplimos años, esas fronteras que nos van convirtiendo en personas diferentes, en ciudadanos de países distantes y casi enemigos: normalmente se coloca en el límite entre la juventud y la madurez, pero en uno de los cuentos («El último verano») lo hace en el filo mismo en el que se termina la infancia. El resultado es igualmente maravilloso. Hay tal pálpito de simpatía y de verdad en todo lo que narra este autor que es imposible leerlo sin sentir que ese «nosotros» se extiende también a los lectores, aunque (como es mi caso) nada tengamos que ver con el mundo del autor, ni por edad, ni por las circunstancias en las que ha transcurrido nuestra vida. Riestra va mucho más allá del retrato generacional: es un maestro de la literatura, un escritor extraordinario. Me da un poco de pudor ser yo quien presente aquí a un autor de méritos tan sobresalientes: lo único que puedo aducir es que he encontrado en su voz narrativa ese tono que me gustaría emplear en mis historias y que le envidio y le admiro con todas mis fuerzas.

jueves, marzo 27, 2008

Un breve adelanto de las memorias de Manuel Troyano, Miguel Serrano Larraz

Eclipsados, Zaragoza, 2007. 80 pp. 10 €

Juan Marqués

Si yo siguiese dispuesto a reseñar poesía (lo cual debería considerarse en este país una profesión de riesgo, como bombero, profesor de instituto o árbitro de fútbol sala), hubiese querido escribir hace unos meses sobre La sección rítmica (Aqua, Zaragoza, 2007), el primer libro del zaragozano Miguel Serrano Larraz, que era una curiosa y premiada colección de poemas protagonizados o narrados por célebres músicos de jazz (en forma, respectivamente, de homenaje lírico —pero cerca en muchos casos de la narrativa— o de monólogo de ficción). Antes de eso ya había sobresalido “Shaman’s Blues”, el cuento de Serrano que fue incluido en El viento dormido (Eclipsados, Zaragoza, 2006, pp. 77-93), una antología de la nueva narrativa aragonesa que constituía el primer volumen de una colección en la que ahora aparece Un breve adelanto de las memorias de Manuel Troyano, el segundo libro de Serrano, que es también su primera novela publicada.
En la solapa de La sección rítmica que esbozaba la biobibliografía de su autor ya se anunciaba que éste andaba preparando «una edición de las memorias de Manuel Troyano, ilustre poeta aragonés apartado injustamente de los manuales de historia de la literatura española». Pues bien, aquí tenemos Un breve adelanto... de las mismas, en las que queda claro su carácter de broma corrosiva, de juego literario más iconoclasta que desenfadado. La contracubierta es exacta al calificar este libro de «novela picaresca», e incluso al emparentar a Troyano con Lázaro de Tormes, Tristram Shandy (quien nos habla en el exergo general de esta novela) o Holden Caulfield, aunque me parece que éstos fueron creados con propósitos mucho más serios y profundos que aquél, al menos por lo que vemos de momento, en esta primera entrega de sus disparatados recuerdos. En el prólogo también se atina al aludir a La conjura de los necios, pero a quien más se parece Troyano en algunos momentos es al sufrido protagonista de la trilogía más loca de Eduardo Mendoza (la que forman El misterio de la cripta embrujada, El laberinto de las aceitunas —la más desternillante, a mi juicio— y La aventura del tocador de señoras), el cual, a su vez, podía traer ecos del Silvestre Paradox de Pío Baroja. Y también, en los momentos más inspirados, hay bromas o giros que hacen pensar en el humor satírico de ese genio irlandés llamado Flann O’Brien, cuyas insuperables novelas estamos descubriendo muchos gracias a la recuperación que de ellas está haciendo Nórdica Libros: primero El Tercer Policía, después Crónica de Dalkey, y ahora, recién salida de las prensas, La boca pobre.
El principal vínculo con la novela picaresca es la estructura, la justificatio tácita de la narración: todo lo que se nos cuenta se nos cuenta para explicar la situación actual del protagonista-narrador, quien toma la palabra para, generalmente con triquiñuelas y versiones muy interesadas, tratar de hacer entender al lector por qué ha llegado al lugar en el que se encuentra, ya sea éste envidiable o desdichado. Tanto si uno escribe desde la cárcel (como el protagonista de La boca pobre) como si se encuentra «en la cumbre de toda buena fortuna» (como el paradigmático Lazarillo), lo que importa es la evolución, la formación, la sucesión de aventuras y desventuras que explican los motivos y las consecuencias. En el caso de Troyano (que comparte nombre con un irritante y muy entrometido virus informático) nos encontramos ante un golfo que, para justificar la poco gloriosa fama en la que al parecer se halla instalado, dedica buena parte de su breve narración a convencernos del deseo que tuvo desde los quince años de ser escritor (su estirpe e infancia —que es por donde los pícaros suelen empezar sus relatos— «no importa ahora» —p. 18—). Así, nos va contando todos los intentos y los correspondientes (y, por supuesto, «injustos») fracasos, para al final hacernos saber (echándole todo el morro que cabía prever) cómo consiguió ocupar las portadas, no precisamente gracias a la pluma. El texto que leemos es el que su protagonista ha escrito para ser publicado (previsiblemente por entregas) en la revista del corazón donde trabaja «Miguel Serrano Larraz», el cual recibe las cuartillas de manos de su jefe y —se supone— publica por su cuenta el testimonio, para el que incluso escribe un prólogo a una segunda edición, que sería esta de Eclipsados que estamos leyendo nosotros, en un juego literario equivalente al del “manuscrito encontrado” que es —como debe ser— mucho más sencillo de entender en el original que de ser explicado aquí.
Siempre hay víctimas en este tipo de textos, y, en este caso (y aprovechando que se trata de una autobiografía ficticia), Troyano apunta alto en sus ataques, ya que el principal escritor agraviado en su narración es Javier Tomeo, por los términos empleados, por la insistencia y por ser uno de los pocos que aparece con su nombre. En esto se nota que la sátira de Serrano pretende sobre todo desmitificar un poco la literatura aragonesa, ya que Tomeo es, por su veteranía y prestigio, la “vaca sagrada” de esa nómina y, por tanto, la víctima perfecta por ser precisamente la más inesperada, la más intocable. De su obra Diálogo en Re Mayor se dice que «no podía comprender que hubiera gente que se ganara la vida escribiendo semejantes sandeces» (p. 25) y dos páginas después es considerado un «artista mediocre donde los haya que hacía alarde de sus carencias. No utilizaba palabras difíciles, ni muchos personajes, ni complejas tramas psicológicas. Sus libros superaban apenas las cien páginas, con letra grande, y eso repitiéndose de continuo». Habrá quienes se indignen o se regocijen con estas opiniones (que en principio hay que atribuir sólo al narrador, no al autor) y también quien se divierta reconociendo al resto de escritores locales que forman esa extraña multitud en la fiesta del penúltimo capítulo (y quizá haya también entre éstos alguno que se moleste), pero lo que importa es la intención de fondo, que es la de reírse un poco de todo, y reírse, en la medida de lo posible, todos juntos. No alcanzo a detectar otros objetivos en este tipo de literatura, tan centrada en el humor (tan condenada al humor, podría decirse) que incluso haría preguntarse a determinados lectores: «Todo esto está muy bien, sí, pero... ¿para qué?». La única respuesta que se me ocurre se basa en la hora y media de buena diversión y complicidad que esta pequeña novela me ha regalado, y no sé quién podría no entender que eso es más que suficiente.

miércoles, marzo 26, 2008

Lupus, Frederik Peeters

Trad. Javier Zalbidegoitia Bohoyo. Astiberri, Bilbao, 2008. 96 pp. 15 €

Ricardo Triviño

Si primero volvía Jason, ahora vuelve el lobo. Este enero, la editorial Astiberri comenzó a reeditar desde su primer tomo el cómic de Lupus. Una aventura de ciencia-ficción con nombre de enfermedad pero que no se centra ni en logros tecnológicos ni científicos, ni siquiera hace lucubraciones acerca del futuro del mundo que nos espera: Lupus no analiza el presente desde una hipótesis de futuro, sino desde el propio presente vestido con una escafandra del espacio.
Su autor, el suizo Frederik Peeters, al igual que Jason, Jeff Smith o Trondheim, es uno de los autores estrella de la editorial bilbaína. Después de la publicación en castellano de Constellation, que no tuvo mucha resonancia, llegaría la autobiografía Píldoras azules, cuyo acercamiento tan natural como sincero a la enfermedad del SIDA acabó golpeando en el estómago de más de un aficionado a la viñeta, siendo un éxito de crítica. Posteriormente, vendrían los cuatro álbumes de Lupus, cuyas portadas marcan el paso del tiempo, cada uno de los cuartos en que se divide el tiempo de la trama, de la misma manera que la primera edición no integral del Persépolis de Marjane Satrapi (Norma Editorial) mostraba representaciones ecuestres relacionadas con cada momento de la vida de la protagonista.
Lupus ha sido calificada de “road-movie espacial”, y es cierto, pues es la huida de una pareja a través de diferentes sistemas solares. Ellos son Lupus, el protagonista joven apasionado por la biología, y Sanaa, una misteriosa chica que es perseguida sin descanso por su padre. Ambos se encuentran planeta perdido, donde Lupus y su mejor amigo han ido a pegarse una juerga de anfetas y alcohol. Lo que parecía ser una escapada de placer sin más complicaciones, acabará, como es obvio, complicándose. Peeters acierta a la hora de aunar la acción de la historia con remansos de paz sobrecogedores, porque Peeters es un maestro de los silencios y los pinceles. Hace correr a sus personajes para luego sostenerlos en el aire y preguntarle al lector por qué están corriendo, de qué están realmente huyendo o hacia dónde están dirigiéndose.
El autor llegó a preguntarse si convertir a su protagonista en un poeta, por darle ese toque bohemio y mágico, una idea pero que afortunadamente desechó por demasiado manida. El interés por la biología de Lupus, sin embargo, aúna más coherentemente el contexto científico que rodea esta historia futurista con la pasión y encanto que podrían ofrecer cientos de poemas, evitando el lastre de la repetición. La imaginación vuela cuando Peeters empieza a perfilar jardines selváticos llenos de plantas hermosas y extrañas, de tentáculos sinuosos o esporas terribles. Uno puede sentir el entusiasmo de Lupus y la paz que le transmite ese mundo botánico, todo gracias a la delicada técnica con que el autor suizo entinta sus dibujos, desde la pupila desnuda del cuerpo más frágil hasta la vastedad cósmica más desbordante.
Lupus parece querernos engañar, pero no lo hace. Desde la primera ilustración, la portada, muestra al protagonista en una posición reflexiva, indicando que esta aventura sideral es algo más que “efectos especiales”. Al igual que en Píldoras azules, el argumento gira en torno a la dificultad de ese rompecabezas que son las relaciones humanas, lleno de piezas que encajan entre sí y de piezas que no lo hacen. Peeters vuelve para obligarnos otra vez a detener la mirada sobre ese puzzle amontonado sobre la mesa del desayuno, esa vida que todos cargamos y que cada día tenemos que montar

martes, marzo 25, 2008

Vida y milagro de Sgt. Pepper's. Un disco para una época, Clinto Heylin

Trad. Ignacio Juliá. Global Rhythm Press, Barcelona, 2007. 328 pp. 26 €

José Morella

Primera sorpresa al empezar a leer: este no es un libro para prosélitos. La cubierta, la ilustración y el título no avisaban de eso. Heylin parece muy resentido con los Beatles y sugiere que Sgt. Pepper’s está sobrevalorado. Piensa que su lugar en historia le pertenece a otro álbum, The Piper at the Gates of Dawn, de Pink Floyd. A pesar de no estar de acuerdo y de que el estilo narrativo de Heylin es, como poco, irritante, tengo que decir que la lectura ha valido la pena.
Una de las cosas que este libro me ha hecho reconsiderar es, si no mi preferencia por John en la pareja Lennon/McCartney —hay cosas que llevamos grabadas a fuego— es mi manía, mi casi ojeriza, por Paul. Ahora creo que no he sido justo durante todos estos años, aunque sigo pensando que compuso canciones insufribles. Un ejemplo típico de lo que me disgusta sería la melodía-para-silbar de “Penny Lane”, pero el clímax de lo cursi está en “No More Lonely Nights” o “Pipes of Peace”, ya sin los Beatles, temas que se me atoran en el gaznate como polvorones sin un vaso de agua. Sé que los fans de Paul querrán matarme, y sacarán a relucir a Yoko Ono, y me recordarán que Lennon también tenía canciones malas y absurdas —pero nunca cursis—, como “You Know My Name (Look Up The Number)”. Lo siento, esto es así de visceral y, al fin y al cabo, estoy haciendo acto de contrición. Ahora sé que el maravilloso Sgt. Pepper’s sólo fue posible gracias al espíritu de superación y la capacidad de trabajo del plasta de Paul. Si el disco tiene esa unidad interna, si es un proyecto tan bien acabado y tan sólido, es por él. Él escucha el fantástico trabajo de los Beach Boys, Pet Sounds, con todas esas innovaciones técnicas y de sonido, y se impone la tarea de superarlo. Es él quien no para de “estudiar”, quien escucha a Stockhausen y a John Cage, quien va a los conciertos de Pink Floyd y charla con Dylan, quien no descansa nunca. John prefería meterse un ácido y leer a Lewis Carroll.
La genialidad de Macca se materializa cuando se saca de la manga la idea de que no sean exactamente los Beatles los que graben, sino un decadente grupo del norte, una especie de banda de pueblo, extraña mezcla de fanfarria y psicodelia. Esa impostación de la voz era lo que necesitaban: la versión popera y un tanto sardónica de un heterónimo de Fernando Pessoa. Lo necesitaban porque ya no podían más. La presión a la que estaban sometidos era brutal. Su evolución musical había sido impresionante con Rubber Soul y Revolver, sus dos discos anteriores. En Revolver la psicodelia y el LSD ya forman parte plena de la composición (para Lennon, pero no aún para McCartney). El problema era que la expectación que concitaban por todas partes les angustiaba. Por eso dejaron el directo. El ruido de la gente en sus conciertos era tan ensordecedor que la música ya no se escuchaba, y ellos estaban exhaustos. Esa banda de los corazones solitarios en la que tocarían como ventrílocuos fue lo que consiguió relajarles. Descansaron de ellos mismos, de esos cuatro músicos fabulosos a los que estaba esperando el mundo entero y que tardaban demasiado en hacer su disco. Ahora eran otros. La distancia irónica del cambio de identidad permite que en el disco quepa cualquier elemento frívolo sin que se pierda la unidad. Pueden crear libremente, introducir todas las locuras que se les ocurran. El sitar de Ravi Shankar; las melodías sencillas y profundas de John pero también sus juguetes explosivos, sus chistes; la voz de Ringo explicando precisamente que no tiene voz. Todo ensamblado con la pericia de George Martin, que se las veía y se las deseaba para cumplir con las demandas exageradas, casi imposibles, de los chicos. “A Day in the Life”, por ejemplo, es un tema con dos canciones en una, y Martin se inventa un despertador que suena como transición de una melodía a la otra. La ironía lo inunda todo y ayuda a contener, también, los excesos de almíbar de Paul, que hace maravillas como “When I’m sixty four”, melodiosas pero moderadas. He sabido, gracias a Heylin, que era Paul y no el perezoso John quien estaba al día de lo que estaban haciendo bandas como Pink Floyd: crear ambientes y atmósferas de sonido en lugar de canciones pop. Todo lo contrario de los Beatles, que hacían grandes canciones y luego las mejoraban con efectos de sonido nuevos. Lo que Heylin les critica es que siguen haciendo eso en el Stg. Pepper’s en lugar de soltar amarras. Dice que se venden, que se hacen digeribles. Que hacen psicodelia en piezas de tres minutos, accesibles para cualquiera. El héroe olvidado de toda esta historia, para Heylin, es Syd Barret. Él representa en el libro la auténtica psicodelia: la improvisación, los temas de 12 minutos, el volumen muy alto, el desprecio por las masas de fans. Heylin ve a Barret como a una especie de genio dionisiaco, y ataca a los Beatles por llevar el diseño al pop y hacerlo elitista y esnob. También les acusa de envasar la contracultura del ácido dentro de un disco para que quepa en el mainstream o canal comercial. Tal vez tenga razón, pero a mí me resulta muy difícil valorarlo porque Stg. Pepper’s fue mi bautizo musical. Lo escuché obsesivamente —sin drogarme— entre los ¿5? y los 19 años, además de muchos otros vinilos (millones de gracias, papá): Velvet Underground, Dylan, The Doors, The Rolling Stones, Janis Joplin... Pero ninguno de estos que acabo de citar llegaron a ser para mí lo que fue Sgt. Pepper’s. La banda sonora de la vida. Ya sé, me dirán que así no puedo ser objetivo. Pero como mínimo soy sincero.
Sugerencia de lectura: se puede leer el texto y, simultáneamente, ir escuchando en Youtube o Google Videos cada uno de los temas citados: aparecen todos. Aunque lo ideal sería tener a mano los elepés, claro... En algunas de las improvisaciones en directo de Pink Foyd todo el público está colgado de una percha, bailando y sonriendo como si literalmente flotaran por el espacio. Pero aun así los temas comunican el talento desmesurado de Barret. Se llega a visualizar lo que se estaba cociendo: la superación del pop. Los grupos intentan exorcizarse, desposeerse de las masas. En el compás que va de Dylan a los Beatles, o mejor dicho de Dylan al Sgt. Pepper’s, los músicos se vuelven artistas. Hablan un lenguaje nuevo. El intelectual inglés Cyril Connolly decía que los escritores se dividían en dos tipos, los que escribían en lengua vernácula y los que lo hacían en mandarín. Hemingway era un claro ejemplo de escritor en vernácula (hasta los menos despejados de sus lectores se quedaban con la copla), y Faulkner era mandarín (puedes leer cincuenta páginas sin enterarte de nada). Entre “Help” y “Lucy in the Sky with Diamonds” hay un viaje de lo vernáculo a lo mandarín. Los Beatles hacen un disco-novela: una obra coherente y estructurada en lugar de un montón de canciones juntas como habían hecho hasta entonces. McCartney quiere que Sgt. Pepper’s sea arte.
Marshall McLuhan lanzó su famosa tesis («el medio es el mensaje») el año... ¿lo adivinan? 1967. El año de publicación de Sgt. Pepper’s, cuya cubierta, efectos de sonido y orquestación psicodélica eran inseparables del concepto musical y las melodías, dando como resultado algo que nadie se esperaba. Algo inolvidable a pesar de que a Heylin le fastidie, algo que se quedó en la retina de la gente para siempre. El pesado de Paul se acabó saliendo con la suya.

lunes, marzo 24, 2008

Si vuelves te contaré el secreto, Mónica Gutiérrez Sanchez

Caballo de Troya, Madrid, 2008. 190 pp. 12 €



Guillermo Busutil



En 1917 apareció en Chicago el sonido dixieland. Una sección rítmica del jazz en la que los instrumentos se iban presentando de uno en uno para después ir apoyándose hasta alcanzar la fusión entre ellos. Ignoro si Mónica Gutiérrez conoce el dixieland, pero la historia que compone en este libro, acerca de los trabajadores y su relación en un extraño Club nocturno, responde a este concepto musical. Al igual que los instrumentos del dixieland, los personajes protagonistas se van presentando individualmente al lector. La dependienta de una tienda de vestidos de novia, la prostituta maltratada con dotes de cantante, una camarera con amplios conocimientos de piano y el viejo portero de un edificio vacío, encuentran diferentes anuncios de trabajo que representan una esperanza de cambio en sus vidas. Estas ofertas, a las que se adecuan sus perfiles y sus sueños, son también el juego con el que la autora busca a los personajes con los que construir una historia bien afinada. Un antiguo juego efectista, apoyado en diferentes estilos y temas musicales muy reconocidos, con el que Mónica Gutiérrez termina orlando a cada uno de ellos en el capítulo del casting que han de pasar los candidatos a trabajar en el Club. Con esta estrategia narrativa, directa en su lenguaje y rica en las sutiles pistas que ofrece acerca de cada personaje, la autora cierra el solo de cada instrumento y da comienzo al concierto de la historia.

Si vuelves te contaré un secreto va entrelazando los miedos, los secretos, las heridas sin cicatrizar y las relaciones que van estableciendo Julia, Simón, Rita, Daniel, Óscar, Sara y Víctor. Cada una de sus historias responden a la atmósfera y a las letras de los temas musicales que acompañan los capítulos y los tranches de vie de su trabajo y de sus emociones, como si fuesen duetos entre instrumentos que le acercan al lector momentos de seducción, ritmos atormentados y el virtuosismo del swing que representan la atracción entre Julia y Víctor, entre Sara, su marido y Adrián, Rita con su oscuro pasado, Simón con cada uno de ellos y las de ellos con los jefes del club. Estas alianzas muestran las aristas del amor, los miedos que no se han dejado atrás, la tentación de la infidelidad, la rutina conyugal, el carácter protector de quién viene de vuelta de la vida, la insatisfacción, la clandestinidad, la prostitución encubierta y la lucha por la supervivencia. Los diferentes temas que componen la trama de una historia en la que se intuye el misterio de una amenaza que sólo desvela al final de esta historia de penumbras y focos de escenario en torno a un Club que no es lo que parece.

Mónica Gutiérrez administra bien la intriga para sorprender al lector, lo mismo que consigue dosificar la información sobre cada personaje, cuya psicología va dibujando sutilmente, poco a poco, dejando que el lector también contribuya a intuir de qué huye cada personaje, qué esconde cada protagonista y especialmente el Club donde trabajan. Otro acierto de esta novela es el lenguaje que emplea, sujeto a un ritmo acompasado por la música de fondo, bien apoyado en la fuerza y credibilidad de los diálogos. Su único desacierto consiste en acelerar los acontecimientos finales, pasando por alto la obligatoriedad de atar ciertos cabos que resultan claves en la comprensión que encierra el relato de las vidas de unos personajes que buscan redimirse, dejar atrás el fracaso y reencontrarse a sí mismos. En cualquier caso, es un libro original y Mónica Gutiérrez Sancho demuestra su prometedora capacidad como narradora.