viernes, febrero 22, 2008

Doble mirada: Lo puro y lo impuro, Colette

Traducción y prólogo de Gabriel Hormaechea. Global Rhythm, Barcelona, 2007. 147 pp. 20 €

1.
Marta Sanz

Hay reseñas que nos salen profesorales o líricas; algunas transparentan los otros trabajos que nos traemos entre manos; unas cuantas funcionan como una justificación, aspiran a ser sólo una lectura o revelan un estado de conciencia. Las hay que se impregnan con la voz del texto original: enmascarada de Colette, comienzo una disertación que es el síntoma de un encantamiento.
En Lo puro y lo impuro, Colette esboza los retratos de unos seres que son primero personas y, a posteriori, después del embalsamamiento de la página escrita, de forma secundaria, personajes: mujeres virilizadas y mujeres que aman a otras mujeres, donjuanes, adictas al opio y a los muchachos jóvenes, mujeres enamoradas de homosexuales y homosexuales enamorados de hombres con mono azul, alcohólicas sáficas que escriben poemas y se consumen pronto, echadoras del tarot... Todos tienen nombre: Charlotte, Damien, Marguerite Moreno, Renée Vivien, Amalia, May, Pepe, las Ladies of Langollem. En la literatura de Colette el texto de la vida siempre es mucho más grande que el texto de la literatura: en cada libro —también en éste, retrospectivo y tardío— exprime su experiencia vital como un limón ácido, agrio, a veces dulce, y sus personajes son casi siempre una escueta mascara, apenas el velillo con el que la consumidora de opio esconde la mirada al salir del fumadero. Por aquí desfilan quienes, de algún modo, deslumbraron a Colette como referentes de lo puro, de lo impuro, del placer, de la inocencia, de la libertad en contraposición al amor, de la soledad, de la búsqueda de uno mismo que a veces pasa por someterse a una violenta metamorfosis, a un estiramiento o encogimiento en el que los senos desaparecen por debajo de la blusa, el pelo se trasquila o una corona de rosas de pitiminí adorna la cabeza del más viril de los muchachos —su cogote como un tronco rubio—.
En el mundo de Colette —una mujer disfrazada de hombre, el chaleco, el traje, el pañuelo de seda; una mujer muy pintada que fue negro de su primer esposo, mimo, atenta escuchadora que sobre todo observaba—, da la impresión de que todos sus habitantes son hermafroditas, de que surgen especies con nuevas sexualidades, de que esa diferencia jamás es una culpa y de que el dolor es un concepto económico de la pasión amorosa o un corazón demasiado conforme, anestesiado, desatento a la llamada del cuerpo. Incluso en la tristeza se atisba una posibilidad de placer. Para alcanzar el placer hay que adiestrar la sensibilidad, tener los cinco sentidos a flor de piel o en la punta de la lengua, ser capaz de escribir cosas como «su negro e incitante perfume de trufa fresca, de cacao quemado, me infundió paciencia, un difuso apetito y optimismo» (p. 21). Habla del opio. A veces el lector puede sentirse fascinado, primariamente, por las palabras. No hay que disculparse.
El pensamiento no es nítido en la prosa de Colette. Ella trabaja con la impresión y al lector le cuesta entender, o quizás es que a la propia Colette le costaba entender; a menudo sorprenden algunas intuiciones contradictorias: por ejemplo, esa admiración por la fortaleza del hombre que cristaliza en el deseo de ser un muchacho y no una mujer travestida, la virilización como valor que expresa urgencia de libertad: «¿Por qué que me quieres arrebatar la ilusión de que he podido valer tanto como un chico?» (pág. 94), pregunta Amalia mientras se echa las cartas y sigue disertando sobre la ridiculez de esas mujeres que echan de menos el falo: no se trata de parecer un hombre, sino de poder valer, “significar” socialmente como el varón.
El prólogo y la traducción de Gabriel Hormaechea son espléndidos. En el primero, Hormaechea desbroza la temática de la obra de Colette, contextualizada en su marco histórico, y nos permite darnos cuenta de que el pensamiento de Colette está en la base de mucha de la literatura escrita por mujeres a lo largo del siglo XX y en lo que llevamos del XXI. Aunque sea un anacronismo, no resulta desafortunado afirmar que Colette es una escritora “postfeminista” muy cercana a la sensibilidad actual, sobre todo en lo que atañe a su reivindicación de la diferencia; a la vez, aboga por patrones “conservadores” como el matrimonio o la fiel tranquilidad, sobre todo, de las lesbianas. También el misterioso género de este libro —¿memorias?, ¿ensayo?, ¿entrevistas? para mí, una narración pulcramente medida en la que no se ha dejado nada al azar— enlaza con las formas actuales de búsqueda en el límite entre los géneros: una ambigüedad, una mezcla, que desde el ámbito de la textualidad y de sus moldes corredizos refleja los moldes corredizos de la sensualidad y de la vida que obsesionaron a la autora.
Colette no se parece en nada a una libertina, ya que su preocupación por el placer es un modo de comprometerse con la erradicación del dolor, las soledades, la muerte prematura, el sacrificio. Hormaechea señala en su prólogo que, a pesar de la distancia desde la que mira a sus protagonistas, Colette se compromete afectivamente con ellos. Ella lo define con la precisión y la belleza que caracterizan su lenguaje: «Expulsada y presente, testigo traslúcido, paladeaba una paz indefinible que no dejaba de producirme cierta vanidad de afiliada» (p. 122). No es una observadora aséptica, sino moral. Habla de las costumbres; perfila las que nos convierten en perros abandonados y señala conductas ejemplares que serían excéntricas, punibles, para una mentalidad rancia: la perfecta conyugalidad de las Ladies of Langollem.
Colette juzga con juicios, con su sentido del humor, con su esfuerzo de memoria, con sus metáforas. Cada metáfora es un modo de juzgar, certero, incisivo, bello (p. 128): «En otro tiempo, me escandalizaba dolorosamente que el macho prefiriera, en el cuerpo de la hembra, no tanto el atractivo de trampa profunda, de abismo liso, de viva corola marina, como la arrogancia intermitente de lo que más viril posee una mujer, y no olvido los senos. El hombre va a lo que puede tranquilizarlo, a lo que puede reconocer en ese cuerpo femenino cóncavo, en todo contrario al suyo, inquietante, nunca familiar, cuyo olor indeleble ni siquiera es terrestre, sino tomado de la zostera original, del marisco crudo.» Hermosa opacidad en la que cada metáfora es una mirada, una corriente eléctrica que sacude las neuronas, una decisión.


2.
Alicia Soria

Cuenta la leyenda que en su primer encuentro Marcel Proust y Colette mantuvieron el siguiente diálogo:

Marcel Proust: Señora, sus libros son los de un joven Narciso con el alma llena de lujuria.
Colette: Señor, usted delira. Mi alma está llena de frijoles y panceta.

Curioso encuentro entre el gran retratista de Sodoma y la osada cronista de Gomorra... Esta escena, además de interesarnos por poner frente a frente a dos figuras principales de la literatura francesa de principios del siglo XX, también puede darnos una idea del sofisticado mundo de los salones parisinos en los que se desarrolló buena parte de aquella vida cultural. Un universo plural y sorprendente, habitado por figuras fuera de lo común que disfrutaron de una extraordinaria libertad personal y creativa.
Dentro de este contexto, la figura de Colette destacó por lo osado, e incluso escandaloso, de su vida y obra. Sidonie Gabrielle Colette fue una escritora notable y una mujer fuera de lo común, íntimamente vinculada con su personaje literario más conocido, Claudine. Pero es quizá en Lo puro y lo impuro donde el vínculo entre obra y vida es más evidente, y donde la referencia abierta a sus contemporáneos nos ofrece una fotografía más precisa de Colette y su entorno parisino.
Es cierto que en Lo puro y lo impuro la autora enfoca su observación en un círculo muy concreto que no abarca el conjunto de sus relaciones: si bien menciona a Marcel Proust en tanto pintor de Sodoma, pasa por alto otros magníficos creadores con los que mantuvo relación, tales como André Gide o Paul Claudel. Cabe señalar la admiración que el autor de L’inmoraliste declaraba por la obra de Colette, así como sustanciales semejanzas en sus obsesiones literarias y existenciales (si bien afrontadas de tan diferente modo: luminosa ella, atormentado él).
Por el contrario, muchos de los personajes que asoman en Lo puro y lo impuro son artistas hoy casi olvidados: en especial las componentes de lo que podríamos llamar “el círculo de las amazonas” (inspirado en el título Pensées d’una amazona de Natalie Clifford Barney). Mujeres dedicadas al arte, emancipadas (en algunos casos, ricas herederas), muchas de ellas lesbianas, que estuvieron tan interesadas en hacer arte tanto en sus vidas como en sus obras. En los retablos que componen Lo puro y lo impuro, contemplamos el escenario exquisito, interesante y bastante decadente en el que se mueven estas artistas: unas lánguidas, otras enérgicas, pero todas cautivadoras.
Uno de los personajes a los que Colette dedica mayor atención es Renée Vivien, pseudónimo de Pauline Mary Tarn. Entre los poemas de Renée Vivien (de su nombre se puede deducir un revelador “renacida y viviente”) encontramos los más delicados himnos al amor sáfico, cargados de simbolismo y sin embargo rechazando la máscara. El retrato que de ella hace Colette inquieta y seduce al mismo tiempo: una mujer ingeniosa y seductora, inconstante y volátil, víctima de la poesía y el alcohol a partes iguales.
Dentro de este círculo, hay que destacar a Natalie Clifford Barney, cuyo salón fue el auténtico epicentro de este fenómeno protagonizado por figuras como la mencionada Renée Vivien, Emilienne d’Alençon, Liane de Pougy (bailarina en la que Proust se inspiró para crear a su inolvidable Odette de Crécy), o incluso la Bella Otero. Natalie Clifford Barney, lesbiana sin ambages y amiga del escándalo como forma de “librarse de engorros”, empezó a publicar poemas de amor abiertamente homosexuales en 1900.
Feminista combatiente y detractora de la monogamia, algunas de sus declaraciones resultan particularmente jugosas: «Tengo la impresión de que aquellos que osan rebelarse en cualquier época son aquellos que hacen la vida posible –son los rebeldes quienes expanden la frontera de lo correcto, poco a poco». Por otra parte, mantuvo sonados idilios con algunas de las componentes de este “círculo de amazonas” —por mencionar sólo dos, un romance tormentoso con Renée Vivien o una larga relación con Romaine Brooks.
En cuanto a esta última, icono del art déco y pintora especialmente dotada para el retrato, descolla por su existencia novelesca, que en cierta medida ha relegado a un segundo plano su arte, alejado de las tendencias vanguardistas. Si existió entre estas mujeres una voluntad inquebrantable para la propia realización, esa fue la de Romaine Brooks.
Existencias excéntricas, personalidades abrumadoras y creaciones genuinas son, entre otros, los puntos en común de este círculo de artistas marginales en tanto habitantes de los bordes de la historia, si bien no por secundarias o menos interesantes. Así supo reconocerlo Colette, y de tal manera lo retrata en Lo puro y lo impuro, un libro dedicado a unos personajes fascinantes (por mencionar otros nombres no exclusivamente femeninos, rescatemos también los de Édouard de Max o Robert d’Humières, individuos singulares que merecen recordatorio aparte) que brillaron con imprevisto fulgor durante un par de décadas. Un fulgor que, sin embargo, no sobrevivió al exceso de violencia que supone dos guerras mundiales seguidas, y que se apagó en una noche mucho más oscura que la que Renée Vivien y sus amigas amazonas jamás imaginaron:

«Nuestros besos lunares poseen pálidas dulzuras,
Nuestros dedos no hieren sobre la mejilla aterciopelada,
Y podemos, al desatarse la cintura,
Ser al tiempo amantes y hermanas».

jueves, febrero 21, 2008

Mi antagonista, Antón Arrufat

La Fábrica Editorial, Madrid, 2007. 70 pp. 14 €

Alejandro Luque

En Cuba son frecuentes los escritores totales, aquellos que abarcan todos los géneros: la poesía, la narrativa corta y larga, el ensayo y la escritura dramática. Como es natural, casi siempre uno de estos palos, un tono dominante, se inmiscuye en los otros. Si algo me gusta de Antón Arrufat, para empezar, es que evita muy bien estas interferencias. Si tiene que cambiar un enchufe, no busca en la caja de la fontanería: cuando escribe versos es —como dirían allá— tronco de poeta, cuando narra es un prosista puro, cuando hace teatro se ciñe a los ritos del género. Y lo sorprendente es que todo lo hace muy bien, disponiendo unas y otras obras como en un vecindario armónico y civilizado.
Si no me equivoco, esta nouvelle que acaba de ver la luz en España data nada menos que de 1963, y fue editada junto a algunos relatos en el volumen Mi antagonista y otras observaciones. Quiere decir esto que es anterior incluso a la obra de teatro Los siete contra Tebas (1968), que le valió la condena del régimen castrista y catorce años de silencio editorial, y por supuesto al novelón La caja está cerrada, que es de 1984.
Mi antagonista, no obstante, es un texto intemporal, que discurre ante el lector con unas óptimas intensidad y concentración, pero también con esa fluidez que caracteriza a los escritores de raza, desde Stevenson a lo mejor del boom. La historia es sencilla: un contable gris, que emplaza su matrimonio y su dicha a la llamada de alguien que le dé trabajo, recibe por fin el ofrecimiento de un puesto en una gran compañía frutícola en Isla de Pinos, un paraje apartado del mundo. Cuando empiezan a soplar vientos favorables para él, empiezan las complicaciones: la primera y fundamental, la aparición de un compañero que amenaza con desestabilizar su apacible rutina y eclipsarlo.
Empieza así un relato circular cuyas sugerencias exceden con mucho las setenta páginas de esta edición. Lo que arranca siendo el germen de un instinto de competitividad va a desatar un interesante juego de deseos y temores, sobre los cuales el autor explora los mecanismos de nuestros actos y de nuestras emociones, los resortes que dictan por igual la conducta que nos lleva al fracaso como a la consecución de nuestros éxitos. Creo percibir entre líneas una especie de superstición, la idea de que las propias flaquezas, el miedo íntimo, invoca los mismos males que pretende conjurar, les da solidez y relieve.
Relato aparentemente sencillo, pero con mucho jugo, Mi antagonista crea con la máxima economía de medios una atmósfera y unos perfiles tremendamente efectivos, algo que no sorprenderá a quienes ya conozcan sus otras obras editadas en nuestro país, como De las pequeñas cosas o Ejercicios para hacer de la esterilidad virtud. La generación del 50 cubano (recordemos la última novela de Edmundo Desnoes) todavía nos tiene reservadas gratas y sabrosas sorpresas.

miércoles, febrero 20, 2008

Pieza única, Mirolad Pavic

Trad. Drubravka Sużnjević. Sexto Piso, Madrid, 2007. 150+86 pp. 27€

Paul Viejo

Está empeñado Milorad Pavić (Belgrado, 1929) en que sus novelas no sean sólo eso o, al menos, no llamarlas únicamente “novela”. Por eso, y porque cada una acostumbra a ser y aparecer presentada como una suerte de juego formal, les viene acompañando a sus libros un término que lo complementa: así, la más famosa de ellas, el Diccionario jázaro era una novela-léxico; una novela-crucigrama y una novela-clepsidra fueron, respectivamente, Paisaje pintado con té y El interior del tiempo. La última en llegarnos (junto a los cuentos de Siete pecados capitales) había sido El último amor en Constantinopla y venía con el membrete bastante explícito de novela-tarot. Sin embargo ahora, con el “novela-delta” que suscribe esta Pieza única, no tengo muy claro ni a qué corresponde con exactitud, ni qué clase de delta es ese. Pero sí una cosa, que Pavić va a volver a jugar con nosotros, y a hacernos jugar con su lectura. Casi seguro.
En este caso, de entrada, el libro viene partido en dos, o mejor, vienen dos libros unidos en uno. El más delgado de ellos, apenas ochenta páginas con una sobria cubierta monocroma donde se lee “Cuaderno azul. Inspector superior Eugen Stross”, nos pone, de un solo vistazo, en guardia: si alguien ha realizado una investigación, será porque ha habido un crimen. Y conociendo a Pavić es fácil pensar que el lector, de no ser el muerto, sí va a ser al menos uno de los investigadores. Desde la primera páginas de esta “libreta” sabemos que son las anotaciones y las averiguaciones obtenidas en torno a caso de homicidio. Y pronto, también, que no se trata de una trama lineal, sino que son muchos los factores a tener en cuenta, y que este Inspector Stross del que poco sabemos ha tenido (como el lector, antes o después) que lidiar con sueños, con poetas rusos, con hechizos y maldiciones, con personajes andróginos.
El otro de los volúmenes, el que se llama, ahora sí, “Pieza única” y que aparentemente es el grueso de la novela, nos deja ya claro que nos encontramos con una historia policiaca, donde se encargan unos asesinatos y se llevan a cabo. Sabemos quién, cómo y cuándo. Y a partir de aquí, si no lo ha hecho antes, es decir, a partir de la página 1 (o de la 87, si es que no empezó por esta parte) deberá el lector ir recopilando huellas de perfumes (así se estructurarán los 11 capítulos que forman la “novela”), conversaciones e informes (anexados al final del libro) y sobre todo anotando sueños, ensueños y desvelos. Todo junto nos llevará, llevará al lector, hasta el final de este delta. ¿Y para qué llegar al final? ¿Y al final de qué? ¿O es el principio?
Y es que el éxito o el fracaso de su investigación (de su lectura) dependerá únicamente de él, de ese lector que se ha puesto en manos de Pavić. Unas manos, se lo advierto ya, casi asesinas.

martes, febrero 19, 2008

Nueva York, el deseo y la quimera, Alfonso Armada

Espasa, Madrid, 2007. 402 pp. 22 €

Doménico Chiappe

El libro empieza así: «La ciudad es la trama». Acertada frase. Este es un ensayo sobre una ciudad que pareciera inabordable. En estos últimos años, los creadores de Nueva York han reconstruido la ciudad con una originalidad que parecía agotada hasta que ocurrió el 11 de septiembre. Alfonso Armada lo logra a partir de tres registros muy distintos, que sirven, cada uno, como eslabón de la estructura: el planteamiento adquiere un tono poético cuyo tema circunda la ciudad como un personaje en creación. Una digresión que se rompe cuando el narrador se materializa como corresponsal del diario ABC y revive los atentados terroristas contra las Torres Gemelas. La rutina de una mañana cualquiera en la que un avión se incrusta contra un edificio y las muertes se imaginan en tiempo real. Se confirman luego cuando el estupor avasalla. La cotidianidad destruida de un neoyorquino tan heterogéneo como todos: la fotógrafa Corina Arranz que sube a una terraza para captar el horror que acontece. Suya es la foto que ilustra la portada de esta edición. «Renegando por su falta de previsión, bajé a comprar rollos de película para C.», rememora Armada.
Pero esta visión de la primera persona, del testigo privilegiado (Armada era corresponsal en esta ciudad), que bien pudiera ser suficiente para un libro egocéntrico, cede a un hermoso ensayo, que rinde tributo a la ciudad y a los escritores que se apropiaron de sus calles, especialmente Henry Roth. Pero también Dos Passos, Camba, Whitman, DeLillo, Capote... Un viaje a la historia de un ser que crecía. Porque Nueva York, en esta obra, se presenta siempre como personaje. Se transforma a lo largo de los años de la emigración (irlandeses, rusos, polacos, judíos...) y los rascacielos (como el Word Trade Center) y que respira malherida después del 11-S. Armada extrae de infinitas lecturas las anécdotas, las cifras, las metanarraciones, los nombres, el capital, las religiones y la convivencia, la contradicciones, lo vital de las personas anónimas como Stephani Betancourt, «que es seneca, quería conseguir un marido de su misma tribu y acabó desposando a un portorriqueño». Armada transmite cuáles líneas subrayó en sus ejemplares, qué anotó al margen de la hoja. Lo hace renunciando, así como ya lo hizo al protagonismo, a la voz sapiente, académica, pedante. Y, en cambio, desarrolla una voz repleta de sorpresa, desde «la infancia de la emoción», de la «fascinación y la perplejidad».
La tercera parte de esta compleja obra selecciona pasajes de su diario personal, y sirve como conclusión del relato. La partida de este dramaturgo y periodista curtido en las matanzas africanas. El adiós a Nueva York. «Nadie revisó nuestro equipaje ni comprobó verdaderamente nuestras identidades. Arreados como ganado para hacernos ver lo absurdo de querer seguir viajando en tren en un país que desprecia ese medio de transporte comunista, atravesamos Maniatan de sur a norte por túneles oscuros dignos de ratas, unos campos elíseos de ratas, con esporádicos hachones de luz natural que punteaban el cansancio y el hastío de una ciudad y una profesión».

lunes, febrero 18, 2008

El ojo del halcón, Luis Manuel Ruiz

Alfaguara, Madrid, 2007. 253 pp. 17, 50 €

Amadeo Cobas

Que «el invierno es un estado de ánimo» es algo que sabemos, se lo hemos oído decir a escritores como Ramón Pernas. Lo que quizá no sabíamos es que «envejecer es perder peso... ir liberando lastre, desprenderse de toda la basura acumulada, desnudarse. Soltar los sacos de arena y echar a volar». Esta afirmación la hace Luis Manuel Ruiz a través del personaje de su novela, Santiago Beltrán, abuelo que en el recorrido por el invierno de su vida, solo, encuentra un aliciente inesperado y motivador cuando un enigma le sale al encuentro al heredar una caja repleta de objetos a priori sin sentido, que le lega un amigo al perecer. Y es una motivación nueva, diferente, arrolladora, que le hace desprenderse del «tedio y la sensación de inutilidad que le oprimían desde que se jubiló».
Aunque el bueno de Santiago asume riesgos con los que no contaba, lo mismo que Ruiz, convirtiendo a un anodino señor ya de edad provecta en el protagonista de trepidantes aventuras que llegan a poner en peligro su vida, al estilo de un Indiana Jones (salvando las distancias, permítaseme la comparación) a la española. Así como se aproxima al desenlace de la novela, así como la intriga va perdiendo la velada turbidez de sus ocultos embrollos, la amenaza aguarda… y el escritor consigue con habilidad engatusar al lector para animarle a proseguir en la lectura para llegar a desentrañar qué pinta el ojo de esa deidad egipcia con efigie de halcón en esta trama policíaca en el tiempo actual; también con la sugerencia de una escritura esmerada en el manejo de figuras, belleza y ornato diseminados de manera que no empalaguen, va abocándonos al pliegue a partir del cual se desvelarán los enigmas y saldrán a la luz las conspiraciones serias en las que un detective aficionado se ha involucrado sin saber ni cómo, quizá por el peso del recuerdo del amigo fallecido, el poso amargo que la vida le ha dejado, o el paso de los días sin reconciliarse con su hija, su único contacto con la realidad y el cariño.
Tiene razón Santiago Beltrán cuando postula que «el mundo es como la arena: si uno no aprieta el puño, se escurre entre los dedos». Siempre se encuentra un aliciente para vivir, hay que tener paciencia para buscarlo.