viernes, febrero 01, 2008

Sound Bites. Comerse el mundo de gira con Franz Ferdinand, Alex Kapranos

Ilustraciones de Andrew Knowles. Trad. Amelia Pérez de Villar. 451, Madrid, 2007. 192 pp. 15,50 €

Elena Medel

«Finales de verano de 1973 en la nueva población de Washington, condado de Tyne and Wear. Ya hace un tiempo que sé andar». Así localiza Alex Kapranos, cantante y guitarrista de Franz Ferdinand —quizá el manjar más suculento de la última hornada del pop británico—, su iniciación a los sabores: en el hogar familiar, guiado por olores y aspectos desconocidos, ajusticiando el queso y los tomates con sólo paladearlos. Algunas páginas más tarde nos contará el descubrimiento de su primera alergia —a los cacahuetes— y definirá «la comida», en un primer capítulo que ejerce como introducción a la manera proustiana —la magdalena, dios, la magdalena—, como «una aventura».
Después de todo, Sound BitesBocados de sonido, en castellano: ignoro por qué los pulcros editores de 451 han optado por mantener el título original— se parece mucho a una novela de aventuras. Alex Kapranos, un treintañero inglés de origen griego, recorre el mundo con su grupo musical. Hoy duermen en Corea, mañana en Praga, anteayer en Malibú; en ocasiones, con suerte, el promotor del concierto o algún amigo que pasa por allí asumirá el papel de guías, y les mostrarán las exquisiteces —no sólo monumentales y/o paisajísticas— del lugar. Cuando la fortuna les da la espalda, Kapranos y los suyos se buscan la vida, patean los barrios típicos y asoman la cabeza, por si el lugar da o no buena espina; si es que sí, entran y devoran, unas veces hallazgos inolvidables, otras comida ante la que prefieren taparse la nariz. «La comida es», no lo olvidemos, «una aventura»; nos lo recuerda Kapranos, por ejemplo, en “Desconcertado de muerte”, su enigmática visita a Mr. Chow, asiático recomendado en Beverly Hills. Antes o después, los chicos del grupo habrán probado el pez globo en Osaka, desafiando la leyenda —«una de cada cien raciones es letal»—, y se atreverán con los platos típicos polacos... En Minneapolis.
Sound Bites recopila —y, en España, traduce— los artículos gastronómicos publicados por Kapranos en el suplemento de ocio de The Guardian. Antes de facturar himnos generacionales y transformarse, entre disco y disco, en el eslabón perdido entre Phileas Fogg y el nunca localizable Wally, Kapranos pagó el alquiler con algunos trabajos —otros, soldador o profesor, no— relacionados con la hostelería: pinche, sumiller, chef, incluso repartidor. Ignoro si sus avatares profesionales habrán decantado o no sus gustos, pero lo cierto es que Kapranos habla sobre comida con auténtico fervor: si algo destilan sus recuerdos es, desde luego, entusiasmo por descubrir nuevos sabores, y por revivir otros antiguos y disfrutados. Los nombres —el del propio autor, los de los establecimientos reseñados— no importan; lo crucial, aquí, es lo que imaginamos. Por no hablar de las ilustraciones de Andrew Knowles, también miembro del grupo, entre lo naïf y el boceto.
Lo apasionante de Sound Bites no es que una estrella de la música almuerce pintxos en San Sebastián o estrene el menú de un persa en Toronto; lo fascinante es que sus historias, narradas con la mayor naturalidad, como quien confía una anécdota a un buen amigo, enganchan e invitan a devorar Sound Bites de una sentada. Desde sus desencuentros iniciales a la aseveración final —«La gira termina, así que es hora de dejar de escribir sobre comida. Lo que como en casa no es interesante. Es lo mismo que come todo el mundo»—, sin olvidar su primera borrachera, con vino griego —en “Goram teñido de púrpura”: divertidísimo, delicioso—, o su época como repartidor de comida india —“Por amor al curry”— y su costumbre de visitar el restaurante cuando recala de nuevo en Glasgow, Sound Bites se escucha doméstico, cotidiano, cercano. Porque Kapranos es sencillo y directo, pero al mismo tiempo —adjudicamos parte de la culpa al motor del texto, la comida— su mimo al describir cada ingrediente, cada sensación, tiñen Sound Bites de un costumbrismo más que peculiar.
El interés de Sound Bites no reside, por lo tanto, en su condición de guía gastronómica internacional —puede servir: incluye un apéndice con direcciones— ni como testimonio de la vida de una estrella del pop; no obstante, que los interesados consulten el capítulo “¡Pues que coma dulces! ¡Es una estrella del rock”, en que Kapranos describe cómo su actuación en un festival está a punto de arruinarse por un condimento con cacahuete, que escupe ante la mirada de la cantante y modelo Sophie Ellis Bextor, para después atiborrarse de lo único que en ese momento le apetece comer: tarta. Lo jugoso de esta recopilación de artículos —pese a mis reticencias iniciales: el subgénero me aterra— es lo bien que escribe Alex Kapranos, su capacidad para armar una historia y mantener, aunque en sólo un par de páginas, cierta tensión y atención por parte del lector.
Aun así, y contradiciéndome, el de Kapranos es un libro que saciará a gastrónomos —habla, al fin y al cabo, de comida—, viajeros —disecciona lugares con la mirada atípica de quien viaja más de la cuenta, y carga el aburrimiento en su equipaje—, melómanos —conocemos los inicios de su banda, la rutina de un músico, etcétera— y mitómanos —sus compañeros aparecen con sus apelativos cariñosos, manías y costumbres—. Pero, sobre todo, Sound Bites gustará a los lectores desprejuiciados, a quienes aman la literatura sin más, a quienes hojean un libro sin consultar antes la nota biográfica, experiencia universitaria y bibliografía consultada, a quienes leen para divertirse. ¡Que aproveche!

jueves, enero 31, 2008

Las flores del mal, Charles Baudelaire

Trad. Carmen Morales y Claude Dubois. Ilustraciones Louis Joos. Nórdica, Madrid, 2007. 175 pp. 29,50 €

José Manuel de la Huerga

Los lectores de poesía en español están de enhorabuena. Una pequeña editorial, de las que identificamos como independientes, se ha echado al hombro la responsabilidad de celebrar la edición de uno de los libros de poemas más importantes de la historia de la literatura contemporánea, Las flores del mal de Charles Baudelaire. Y lo ha hecho con el rigor y el gusto que merece obra tan fundamental. Rigor en la selección de textos (56 poemas) y en su traducción —siempre tan complicada, siempre en el límite de la lengua, exigiendo al traductor tomar difíciles decisiones, y sacrificios—, y gusto en el proyecto de encomendarle a un artista contemporáneo, el belga Louis Joos, la lectura iconográfica del poemario.
Elogiemos cada parte como se merece, para luego fundir este elogio en el todo en que se termina convirtiendo esta joya de la edición. Los traductores de la obra han seleccionado los mejores poemas del jardín que plantó Charles Baudelaire. Flores desde luego raras y malas, perversas, en los márgenes de la moralidad de entonces y de ahora. Si no, díganme quién en su sano juicio de tipo bueno, comedido, biempensante, se atreve a terminar unos versos con la invocación: «¡Oh querido Belcebú, te adoro!». Los seleccionados son sobre todo poemas de mujeres exóticas, pelirrojas pobres de solemnidad que entre los agujeros de sus ropas de mendiga anuncian preciosos senos, blancuras inmaculadas, también negras zumbonas como serpientes, tipas que saldrían de los cuadros de otro amante de la carne lasciva como es Gauguin y sus nativas de los mares del Sur. Y cómo no, fantasías eróticas de primera intensidad, a fuego lento: si yo me volviera gato me encantaría acurrucarme a la sombra de los pechos estupendos de una mujer giganta... No me digan que no es provocador, divertido, y al mismo tiempo delicado, tierno y... acomplejado.
Porque ahí está el quid de la cuestión de la cabeza embotada del genio: en este mundo no se halla en el medio que le apetece. El poeta es como el albatros, ese rey de lo azul, que cuando cae en el barco de la cotidianeidad se deja zaherir por los tipos más broncos de la especie, no es de este mundo, es de lo alto. Pero cuando vuela allá arriba, tampoco se encuentra rematadamente bien. Nunca lo que hay, siempre lo inexistente: es la cosa de los poetas del XX, de los hipersensibles de nuestra época, y es Charles Baudelaire quien abre esa trocha en la inextricable selva de la comprensión de nuestros sentimientos, especialmente aquellos malsonantes que habíamos exiliado por pecaminosos. A esos, especialmente, abracémoslos como lo más auténticamente nuestro, nos dirá el poeta Baudelaire, que se debate entre lo sublime y lo terreste: «Soy el vampiro de mi corazón». Ah..., y los gatos, y los paisajes de un buen impresionista, y ese spleen del melancólico, que nos deja tirados, tumbados largas horas amasando nuestra abulia existencial, sabiendo que el mundo, a nuestro pesar, gira, sigue girando...
Excelente la traducción, certera, que permite intuir el ritmo del francés. Traducción sonora, fiel tanto al espíritu como al texto (compruébese, como hacen los exigentes, en la selección original en francés que aparece en las últimas páginas del volumen). Los traductores, con buen criterio, se han decantado por una traducción rítmica, a pesar de la rima. Baudelaire escribía con rima consonante, seguía el precepto, pero rompía por donde menos lo pensaban los lectores: por las ideas escandalosas que le llevaron a la censura de buena parte de sus textos (aquí aparecen editados algunos de los censurados. Qué bella la mujer que espera al poeta vestida sólo con las joyas que él le regaló...). Baudelaire, magnífico sonetista, rompe el esquema del soneto por el tema escogido: la mujer mala, el poeta maldito, la invocación al demonio y la esencia del alma escurrudiza, independiente, inasible como el gato de nuestro corazón... Mejor darle a las ideas el cauce que merecen frente a las exigencias de la rima, han decidido los traductores.
La edición es exquisita: en la elección de la tipografía, en el papel ahuesado, casi cartulina, el mejor soporte para las ilustraciones de tinta y guache. Y lo que es todavía más importante para rematar la obra como se merece: Louis Joos ha leído la poesía de Baudelaire con los ojos de un contemporáneo. Cómic impresionista, viñeta rápida, sugeridora, rojo y negro, contrastes y manchones: así somos, así leemos el mundo actual, y así lo leería Baudelaire, como leyó el de su tiempo. Que 150 años no son nada... El ilustrador lejos de acompañar los poemas de Baudelaire, dialoga con ellos contemporáneamente, y la confluencia de ambas artes crea una obra de arte que muy bien representa lo que de bello y perverso guardamos en nuestro almario, lo negro y lo aéreo, lo elevado y lo rastrero, nuestro manchón indefinido. Así somos, y ambos artistas, qué bien nos han retratado.
Por eso ni la poesía de Baudelaire pasará nunca y por eso esta edición en castellano, con ilustraciones tan acertadas, estoy seguro, está a la altura de las mejores que hayan celebrado la edición de Las flores del mal en todo el mundo. Sin duda, un libro que será recordado.

miércoles, enero 30, 2008

La excursión, Tjibbe Veldkamp / Philip Hopman

Libros del Zorro Rojo, Barcelona, 2007. 32 pp. €

Care Santos

La necesidad de jugar que tienen los niños, opuesta a la severidad impuesta por los adultos es un tema recurrente en la obra de este tándem de creadores alemanes, cuya obra ya conocíamos gracias al álbum ilustrado 22 huérfanos (Fondo de Cultura Económica, 2000). Este nuevo trabajo, que publica la selecta e independiente Libros del Zorro Rojo, tiene —afortunadamente— mucho en común con aquel. No sólo por su ambientación, también por su tesis: ambos tratan de niños enfrentados al mundo adulto. Ambos explican historias de pequeños que superan ellos solos sus dificultades —un común denominador en la obra de Veldkamp—, ambos tiene a la escuela, al sistema educativo, en el punto de mira y ambos enternecen por su imaginación y su sentido del humor
La excursión cuenta la historia de Lorenzo, un niño que no desea ir al colegio porque le tiene miedo a jugar con otros niños. Por eso decide no ir a la escuela y construir otra, alternativa, pero sólo para sí mismo. No sabe cómo hacerlo, pero pronto encuentra la solución: «Si uno mismo lo construye, uno mismo decide cómo lo construye», se dice, antes de aprovisionarse de palos, plantas, tablones y hasta un sillón para su nuevo colegio. Detrás de la inseguridad de Lorenzo se esconde algo, pero no sabemos qué. Lo sospechamos: vive solo con su madre en una casa destartalada que parece vieja. Su madre tiene gatos, y teteras, y muñecas, y un osito de peluche sentado junto a la entrada, y un delantal que le llega hasta los pies y una melena pelirroja muy abundante. Podría ser una bruja, o una mujer abandonada, o una madre soltera o, simplementem una mujer como cualquier otra. La verdad es que lo esperamos casi todo de esta pareja de creadores que en 22 huérfanos nos hicieron revivir a los clásicos de la literatura infantil, de Annie a Pippi, gracias a los dibujos de los personajes infantiles. El tándem Veldkamp-Hopman acostumbran al lector a los regalos y las sorpresas que se derivan de su particular modo de contar basado en el desacuerdo. Es, en cierto modo, como si cada uno de ellos estuviera explicando una historia distinta a la que cuenta el otro, y el álbum resultante es un punto intermedio donde el lector debe encontrar acomodo. El acomodo siempre será en un lugar habitado por el humor y el absurdo, lo cual —la verdad— lo hace todo mucho más fácil.
Siempre hay un momento en las historias de este par en que los personajes huyen. Los 22 huérfanos huían de la rígida directora del orfanato escondiéndose en un elefante qu habían fabricado con las sábanas de sus camas. En este caso, Lorenzo se cansa de estar solo en su propia escuela y decide ir a visitar la otra, la oficial, el «Colegio de la Montaña». Por eso le pone ruedas a su estrafalaria construcción y comienza a deslizarse por la ladera. Y, del mismo modo que se descalabró el elefante al caer por la escalera del orfanato, Lorenzo y su artefacto rodante se estrellan también, contra la aburrida clase del profesor Severo, un educador en el que podríamos ver reminiscencias de otros tiempos o ineptutudes actuales, vestido de negro riguroso como acostumbran los adultos lamentables de estos dos álbumes, con su cara de pocos amigos y su vara en la mano. Pero tan terrible como la ilustración del profesor Severo son las palabras que pronuncia ante sus alumnos: «Hoy les voy a enseñar lo mismo que ayer», les dice, «¡a estarse quietos».
Lorenzo pasa en sólo un segundo de ser un niño solitario que teme a los otros niños a ser un superhéroe salvador de compañeros apesadumbrados. Porque en la escuela del profesor Severo todos visten de negro, alumnos y profesor, y la llegada del colorido Lorenzo —naranja el pelo, roja y azul la ropa— representa un cambio tan radical en la escuela que no podríamos entenderlo sin la ayuda de las ilustraciones.
Pero falta el "toque" Veldkamp-Hopman. Por supuesto, Lorenzo debe librarse de sus absurdos temores y debe descubrir que jugar en compañía no sólo es fácil sino que es divertidísimo. No podía ser de otro modo en dos autores que hacen la reivindicación del juego infantil su caballo de batalla. Nos lo cuenta el texto, pero también la imagen, maravillosamente puestos de acuerdo en esta preocupación común. La ilustración muestra el momento caótico pero radiante en los niños toman al asalto el colegio fabricado por Lorenzo, y recuerda a las escenas de juego de aquel trabajo anterior, igual de multitudinarias, revueltas y felices. Del profesor Severo no se nos vuelve a decir nada por medio de las palabras. Esperábamos de él, tal vez, una transformación similar a la sufrida por la simpática directora del orfanato de 22 huérfanos. Nada de eso ocurre aquí. El profesor Severo continúa siendo severo, no hay final políticamente incorrecto que sorprenda a los adultos del modo en que la inesperada escena de cama final de aquél álbum lo hizo. Pero sí hay sorpresa para los niños, y descomunal: los alumnos de Severo, regidos por el ejemplo de su salvador, deciden ponerle ruedas a su escuela de piedra y llevarla de excursión con todos ellos a bordo (un asunto, el del edificio andante, que ha dado mucho de sí en la ficción para jóvenes, y valgan los ejemplos recientes de la película de Hayao Miyazaki El castillo ambulante (2004) a la novela La escuela de piratas, de Agustín Fernández Paz (Edebé, 2005).
La última imagen del cuento es una evocadora imagen del colegio navegando a sus anchas por un caudaloso río, capitaneado por todo un equipo de grumetes contentos. Pero la ilustración sí nos cuenta la historia de Severo: su disgusto y su rabia, y el modo en que los chavales le dejan al margen para marcharse sin él. Al final, Severo tiene que contentarse con remar detrás del majestuoso barco, mientras la madre —que reaparece— les mira perpleja desde la orilla. Esa ilustración final, preciosa, es en sí misma un canto a la infancia: libertad, alegría y ensoñación. Lo mismo que pretende —y logra— transmitir este magnífico álbum.

martes, enero 29, 2008

Fresa y Chocolate 2, Aurélia Aurita

Trad. Ana Millán. Ponent Mon, Rasquera (Tarragona), 2007. 192 pp. 16 €

Ricardo Triviño

Aurélia Aurita
se atreve a pisar de nuevo el escenario del cómic con la continuación de su relación amorosa con el cabecilla de la nouvelle manga Frédéric Boilet (La espinaca de Yukiko, Tokio es mi jardín), con quien estuvo presentando la nueva obra en el 13º Salón del Manga de Barcelona. Y decir «se atreve» no es una exageración porque, cuando una opera prima ha sido tan celebrada, es difícil escapar de la sombra que proyecta.
Aurita conoció a Boilet durante la realización de la antología Japón visto por 17 autores, a la que había sido invitada a participar. Esta compilación de historietas crecía fruto del movimiento artístico de la nouvelle manga cuyo objetivo es reforzar los vínculos e influencias entre ambos lados del globo, dando a conocer el cómic japonés menos comercial en Occidente, y viceversa. El recopilatorio planteó un intercambio de miradas a cerca del país del sol naciente entre ocho autores autóctonos y otros tantos franceses, sin contar a Boilet, ofreciendo unos resultados muy interesantes. Del lado nipón encontramos a autores de la talla de Jirō Taniguchi (El caminante, El almanaque de mi padre) o la interesante Kan Tahama (Awabi, Kinderbook), mientras que del francés estaban el inimitable Joann Sfar (El gato del rabino) o François Schuiten (Las ciudades oscuras).
Después de este primer encuentro, la relación entre Aurita y Boilet siguió adelante en solitario, cuajando finalmente en una relación estable que aún dura y cuyos inicios fueron plasmados en la autobiografía sexual Fresa y Chocolate. El título jugaba con la homofonía con los nombres de Frédéric y Chenda (nombre real de Aurélia), además de con un pequeño chiste que aparecía en la historia. La aparición del cómic, ligado a la nouvelle manga, fue toda una novedad ya que ofrecía una óptica totalmente distinta acerca del sexo en el campo de la historieta: no tenía nada que ver ni con las exageraciones del cómic dirigido al público masculino ni con el sentimentalismo edulcorado de las series románticas; era un enfoque sincero y desnudo basado en el disfrute y exploración del propio cuerpo, lejos de imposiciones y coerciones morales.
En este nuevo volumen, la orgía continua que representa el principio de cualquier relación amorosa, y que quedó perfectamente plasmado en la primera parte, deja paso a nuevas perspectivas de la vida en pareja. No es que Aurita abandone el sexo (tratará temas como el fist-fucking, los stoppers de fabricación casera o los efectos que puede producir la glucosa en un hombre entrado en la cuarentena) sino que aborda los miedos que suelen surgir cuando los vínculos emocionales se afirman en una pareja, como el temor a la pérdida o a no ser capaz de amar lo suficiente. En este tomo, la autora se confiesa como una auténtica celosa a quien, frente al historial del señor Boilet, no parecen faltarle motivos. En sus dudas, ahondará en la cuestión de la «identidad nacional», pues sus orígenes sinocamboyanos la han hecho parecer desde pequeña una exótica oriental en su propio país, Francia, del mismo modo que la llevan a situaciones embarazosas en Japón, donde será objeto del racismo de su vecino o donde, lúcidamente, descubrirá sus propios prejuicios.
Un libro, sin duda, menos original que el primero pero, no obstante, mucho más valiente. Confesar las propias debilidades y analizarlas representa un reto mayor que mostrar el propio cuerpo desnudo ya que ahí es justamente donde pueden lastimarlo a uno, donde las heridas cicatrizan más lento. Como ella misma afirma en la obra, esta joven autora vuelve a «trazar el contorno de su mano», ese «placer olvidado», y escapa sin problema del éxito del anterior libro, consiguiendo un tebeo de mayor complejidad sentimental tan entretenido y enriquecedor como el primero.

lunes, enero 28, 2008

Amarillo, Félix Romeo

Plot, Madrid, 2008. 160 pp. 15 €

Juan Marqués

«Nunca he pensado en tirarme por un balcón» declara el narrador de la primera novela de Félix Romeo, después de que lo hiciera su hámster (p. 26, —¿o ha sido defenestrado por él mismo, según confiesa después, en p. 94?—), pero enseguida comprobamos que sus tendencias suicidas son tan grandes como el complejo de Peter Pan que está en el origen del relato, y que en buena parte lo explica: «Me miraba en el espejo y me apuntaba. La pistola pesaba más que nada que yo hubiera cogido nunca» (p. 42).
Ha habido que esperar hasta Amarillo para confirmar hasta qué punto aquellos Dibujos animados (Anagrama, 2001) rebosaban no sólo referencias oblicuas o directas a la muerte, la enfermedad, el sufrimiento, la locura o la presencia de los antepasados, sino alusiones difuminadas a la propia memoria personal de Romeo. Esa prima del padre del protagonista-narrador, encerrada en un manicomio de Málaga (DA, p. 27), es ahora la prima del padre del autor, recluida en un centro de Valencia (A, pp. 88-89); los curanderos Paco y Lola, de Petrel (Alicante) (DA, pp. 30-32), siguen siendo los curanderos Paco y Lola, de Petrer (Alicante) (A, pp. 115-117); aquel amigo, Ramón, que recibía regalos de su familia canadiense o que acompañó a su detestado y agonizante padre en sus últimas noches de vida en el hospital (DA, p. 62-64) se corresponde ahora con el escritor Chusé Izuel, destinatario directo de este libro, que nunca osaría llamar novela (A, pp. 98-99 y 121-122); o el accidente casi nihilista que remataba aquélla (DA, p. 133) coincide en casi todo con la versión “real” que leemos ahora (A, p. 75). El suicidio, que en aquella ficción era un elemento más que contribuía a la sensación desasosegante y amarga de una infancia no precisamente feliz, se convierte en el protagonista de este puzzle crudo y en su principal interrogante. Si uno de los «Tonetti» se daba muerte entonces por un asunto de deudas (DA, p. 87), ahora se recuerda que «Uno de los hermanos Tonnetti, los payasos de circo de nuestra infancia, se suicidó. El payaso de la cara blanca. Ahorcado» (A, p. 84, y tal vez no sea insignificante esa variante casi imperceptible en el apellido). Además, un militar moría al disparársele «accidentalmente» una pistola mientras la limpiaba (DA, p. 113), y en Discothèque, la segunda y excesiva novela de Romeo (Anagrama, 2001), también hay mucha violencia y peligro amenazando sobre las sórdidas carreteras y locales por los que peregrinan sus personajes (y, sobre todo, en la constante evocación de la guerra de Ifni por parte de uno de los principales).
No soy yo quien tiene que pensar a qué género pertenece Amarillo (es una de las ventajas de la historia de la literatura sobre la teoría de la literatura —aunque la primera suele atender a la segunda más que al revés—), pero se puede defender que Romeo ha querido montar una narración con el menor contenido de ficción posible. «No quiero hacer una biografía» (p. 87), nos dice con insistencia, y hacia el final va más lejos al declarar que estamos ante un libro que trata de «la imposibilidad de escribir libros sobre la vida que sean reales» (p. 126, o en la contracubierta). Seguramente tiene razón (aunque habría que saber qué se entiende aquí por “real”), pero lo cierto es que este experimento le ha salido francamente vivo gracias a la estremecedora desnudez del estilo adoptado, que no admite ninguna cabriola retórica ni apenas concesiones poéticas, que no juega a ser literatura (y hay que insistir en que uno de los grandes enemigos de ésta es eso que se conoce como “lo literario”). Parece que Romeo ha querido hacer una modesta y honesta quest de su amigo suicida Izuel, un escritor muy cercano, con el que convivió íntimamente desde la niñez hasta los 24 años con los que decidió dejar este mundo, y ha de concluir que ni siquiera de alguien tan próximo se puede saber mucho y, por tanto, no se debe decir demasiado. Sólo se nos presentan los datos objetivos y los pocos documentos (sus reseñas o las reseñas y necrológicas que escribieron sobre él, fragmentos de las entrevistas que hizo, sus cuentos —publicados póstumamente como Todo sigue tranquilo en Ediciones Libertarias, 1994—, sus descarnadas cartas...), expuestos sin apenas intermediarios, y de los cuales (como, sobre todo, de los propios recuerdos, y prescindiendo casi completamente de testimonios ajenos) el narrador extrae algunas especulaciones o tentativas de explicación que no conducen a casi ninguna certeza. Todo desemboca más bien en más preguntas, que quedarán irremediablemente sin respuesta.
Una de ellas, la que más tortura al narrador, es la que quiere comprender «¿por qué desde hace años arrastro una terrible sensación de culpa por tu muerte?» (p. 127). Algunas páginas atrás se ha formulado la misma idea de un modo todavía más duro: «yo me siento como si fuera tu asesino» (p. 85), y todavía antes: «Tu muerte fue una bendición para mí: no habría vuelto a escribir si tú hubieras seguido vivo. No paro de pensar que tu muerte es un siniestro crimen perfecto con un único beneficiario: yo» (p. 64). Ya el protagonista de Dibujos animados pensaba que «El pasado es un tiempo en el que yo era culpable» (DA, p. 23, lo cual, a su vez, se complementa con el recuerdo de Coetzee de la infancia como «un tiempo en el que se aprieta los dientes y se aguanta» —Infancia, Mondadori, 2003, p. 19—) y en la p. 44 de Amarillo Félix Romeo confiesa que en algún momento su intención fue la de «ser un detective que trata de averiguar algo sobre sí mismo a través de otro». ¿Qué es este libro, entonces? ¿Una carta abierta que busca una expiación? ¿Un desahogo? ¿Un homenaje a un amigo que mereció mejor suerte? Tal vez sólo el boceto resignado pero eficaz y vibrante de un libro que nunca existirá porque no puede existir: el libro que explicaría por qué sucedió lo que sucedió, y qué significó o implicó exactamente en la vida de Félix Romeo (y en este caso no hay que escribir “Félix Romeo”, entrecomillando al autor que se entromete con su nombre en su propio texto, como hacen los cervantistas con “Cervantes” o como hay que hacer, por ejemplo, con ese desenfocado “Javier Cercas” que protagoniza y narra Soldados de Salamina: Amarillo no es “autoficción”, no es un “relato real”, y este Félix Romeo no es un trasunto literario sino un hombre que habla en segunda persona a un amigo muerto para ajustar cuentas no tanto con éste sino consigo mismo. Pero Chusé Izuel no va a poder escucharle y Romeo necesita ser escuchado, así que nos invita a todos nosotros a compartir sus confidencias).
«Cada vez estoy más convencido de que el acto de escribir, el verdadero y único acto de escribir, consiste en echar toda la puta mierda que llevas dentro. [...] Y lo mismo en cualquier otra actividad. O te sale de las tripas o no vale una mierda. No sirve para nada intentar encontrar algo; o lo tienes o no lo tienes. Sin más», escribió Izuel en una carta a Romeo cuando éste vivía en la Residencia de Estudiantes (inmediatamente antes de vivir juntos en Barcelona, en el piso desde el que Izuel se lanzó hacia la desaparición, y algunos años antes de que Romeo pasara por la zaragozana cárcel de Torrero por negarse a participar de esa cloaca llamada ejército). En esas líneas (reproducidas en p. 133), aparte de comprobar el nervio, la tensión y la verdad de su notable y apasionada escritura (y al margen de que estemos o no de acuerdo con lo que la cita dice), se expone una opinión que podría contribuir a explicar la existencia de Amarillo, su necesidad. Y también hay algo de Romeo en el tercer protagonista del libro, el pintor Bizén (a quien se dirige la dedicatoria), del que se dice que «no hay diferencia entre cocinar y pintar, todo para él forma parte de lo mismo: una manera de ordenar el mundo» (p. 112). En cierto sentido, de todo escritor se podría decir algo parecido, pues escribir es elegir y ordenar los materiales, tratar de poner las cosas en su sitio y obtener alguna información, algún apoyo, alguna verdad. Palabras que nos salven. Un mundo que no duela.
Ha habido que esperar algunos años para leer un nuevo libro de Félix Romeo, quien, sin embargo, no ha dejado de estar muy presente y activo como traductor, prologuista, articulista y crítico en el suplemento literario de ABC, Heraldo de Aragón, Revista de Libros de la Fundación Caja Madrid o Letras Libres. Ahora esta preciosa edición de Plot, con ilustración de Pepe Cerdá en las cubiertas y pulcramente limpia de erratas, viene a remediar esa ausencia, ese vacío, ese silencio... reflexionando sobre cierta ausencia, cierto vacío, cierto silencio. Intentando explicar lo que se sabe inexplicable, sin esperanza pero sin claudicación, exponiendo todas las piezas de una historia no fragmentaria sino rota, braceando en el aire para no caer del todo.