viernes, enero 11, 2008

Diario de un mal año, J.M. Coetzee

Trad. Jordi Fibla. Mondadori, Barcelona, 2007. 240 pp. 18,90 €

José Morella

Hace unos años que pienso que J.M. Coetzee es el mejor escritor vivo que existe, pero me resulta difícil saber por qué me fascina tanto. Tras leer Diario de un mal año, diría que la razón es su capacidad de llevar al lector —al lector que se atreve, claro, al que acepta la invitación— al límite de sí mismo. De convertir la lectura en una experiencia radical sin necesitar grandes gestos ni aparente vistosidad. Después de leer una novela suya suele pasarme que ya no estoy en absoluto seguro de algunas cosas que, antes de leer, habría suscrito sin pensarlo. He recibido una ducha fría contra mis seguridades, contra mi autocomplacencia intelectual. Lo bueno es que, paradójicamente, la lectura no te hace una persona más insegura en la vida. Sólo más humilde, exigente y puntilloso a la hora de pensarla. Te hace, en definitiva, mejor.
Diario de un mal año es ya un libro peculiar a simple vista, porque cada página contiene tres textos distintos, a veces dos, que no se pueden leer consecutivamente. El lector tiene que pasar la página tres veces para leer cada uno de ellos. Eso al principio asusta un poco, pero enseguida te acostumbras. El primer texto es una colección de ensayos que llevaría el título de Opiniones contundentes, escritos por alguien idéntico a Coetzee: un célebre escritor sudafricano, bastante mayor, que vive en Australia. Así pues, gran parte de Diario de un mal año no tiene el aspecto de eso que normalmente llamamos novela. Sí lo tienen los otros dos textos: uno cuenta cómo el viejo escritor conoce a una mujer de treinta años que vive con su pareja en el mismo edificio, cómo la convence para que sea su secretaria y lo que sucede mientras ella trabaja para él. El tercer texto, finalmente, está escrito desde la perspectiva de la mujer, y explica las cosas que le ocurren a ella con Alan (su pareja), con el viejo escritor y con los ensayos que ella misma le transcribe a diario.
Esos ensayos justificarían por sí mismos, de largo, nuestra lectura. Ver la inteligencia de Coetzee desplegándose sobre cada cuestión con la sencillez con la que se desdobla una hoja de papel es impresionante. Los temas son variados: Guantánamo y Al Qaeda, la pedofilia, el maltrato a los animales, el colonialismo, la democracia, pero también otros aparentemente menos graves como el deporte o la música (impresionante lo que dice sobre Bach). Los argumentos son de verdad contundentes, y necesitan a un lector que acepte verse criticado, desnudo, que acepte su perfectibilidad. Y eso es difícil. Es difícil no ser orgulloso. Es difícil no sentirse mal cuando alguien nos explica el martirio de dolor físico por el que pasa un animal para acabar guisado en nuestra cocina y masticado en nuestra boca. Es difícil tragarse la idea, bastante peliaguda, que Coetzee tiene de nuestras democracias. Incluso cuando su secretaria le pide que escriba opiniones más “suaves” (eufemismo para “digeribles” o “soportables”) y el escritor habla del amor, la compasión o los niños, sus palabras pueden encender la ira de muchos lectores.
Pero, en el fondo, Diario de un mal año, más que opinar, quiere hablar sobre las condiciones de posibilidad de opinar. Sobre la censura, sobre lo que puede ser dicho o no. Cuando Coetzee habla de la pedofilia, por ejemplo, nos está diciendo que la prohibición de la pedofilia abarca también hablar de dicha prohibición. Una representación ficticia —simulada— de una relación con menores, ¿es delictiva? ¿Y si el actor o actriz que hace de menor es en realidad mayor, como en la Lolita de Kubrik? ¿Y si todos los actores son menores? Coetzee afirma que este tipo de preguntas están prohibidas (en Australia o Estados Unidos resulta más obvio) y levantan graves y siniestras sospechas sobre quien las hace. Nadie que no quiera ser acusado de pedófilo se atreve a hacerlas. Lo mismo ocurre con el terrorismo: Coetzee disecciona el discurso occidental sobre el tradicional héroe de guerra y nos explica las virguerías dialécticas que los países occidentales hacen para excluir de su propia definición de héroe a los suicidas musulmanes. No se trata de defender a pederastas o terroristas, sino de explicar que, hoy por hoy, no está permitido hablar de ellos con un léxico distinto al oficial. Cualquier sutileza dialéctica servirá para acusarte. Coetzee se rebela contra eso, y lo hace de un modo simple, socrático: haciendo preguntas. ¿Por qué yo o cualquier otra persona no vamos a poder preguntar lo que nos dé la gana?
Esto también lo ha explicado con ejemplos claros el filósofo Slavoj Žižek: supongamos que en un congreso de comunistas en la China de Mao un congresista se levantaba y hacía una ligera crítica a algún punto del discurso del camarada Mao (presente en la sala y siempre en silencio). Inmediatamente se levantaba otro camarada y le contestaba: ¿quién te piensas que eres? El camarada Mao es infalible y sus palabras no admiten crítica. Está prohibido criticarle. Según Žižek, el primer camarada sería silenciado y eliminado por la policía del régimen. Pero mucho antes, y con más razón, sería eliminado el segundo. Porque el segundo ha enunciado la prohibición de criticar a Mao, y eso es mucho más peligroso para un dictador que ser criticado. Enunciar una prohibición hace visible para todos la existencia de la prohibición. Una regla, para ser irrompible, debe ser no dicha, no escuchada. De ella no se habla. No existe.
De los terroristas, diría Coetzee, no se habla: son el mal, y punto. Del maltrato a los animales tampoco se habla. No existe, y punto. ¿La democracia? Es el sistema menos malo, no preguntes por sus defectos.
Otro ejemplo de Žižek, más cercano: ¿qué joven aspirante a profesor universitario conseguirá la plaza vacante? ¿Aquel que pregunta formalmente (ingenuamente) a la autoridad institucional cómo se consigue eso, o aquel que sabe cómo se consigue —qué extrañas cosas hay que hacer para conseguirlo— y jamás habla de ello? Hasta que un Coetzee de los becarios dé un golpe encima de la mesa, el segundo ganará siempre por goleada.
Para rizar el rizo, Coetzee enfrenta su propia inteligencia con la realidad externa, con la vida real, con los sentimientos. Su personaje es un viejo solitario, y necesita amor y compañía: se muestra a sí mismo humilde y falible con su secretaria, y nos ofrece una realista y entrañable historia llena de afectividad, sin caer nunca en lo ridículo o lo sensiblero. Pero el viejo escritor y Alan, el marido de la secretaria, no pueden sino entrar en guerra. Alan odia todo lo que el escritor representa, y cree en sus propias ideas sin permitirse, en ningún instante, dudar sobre ellas; la definición exacta de un fanático. Coetzee no está criticando aquí el neoliberalismo de Alan (aunque no le gusta, claro), solo está señalando la sensación que existe hoy en día de que cualquier alternativa al neoliberalismo no puede pisar fuerte sin ser acusada de fanatismo, mientras parece que, para un neoliberal, ser fanático (no dudar jamás, pase lo que pase) no esté mal visto. El neoliberalismo intenta decidir qué puede ser dicho y qué no, y por eso extranjeriza al crítico, lo convierte en un inmigrante de las ideas, y le trata del mismo modo en que trata a los inmigrantes, tema, por cierto, de otra de las Opiniones contundentes. Alan grita su «muera la inteligencia», aunque por supuesto lo hace al modo de hoy: llevando la corrección política lo más cerca posible de un acto delictivo. No les decimos más para no estropearles la experiencia.

jueves, enero 10, 2008

Cuentos reunidos, Cristina Peri Rossi

Lumen, Barcelona, 2007. 699 pp. 24,90 €

Anna Grau

Una ha sido siempre del parecer que ningún cuentista que no sea Chéjov debería publicar jamás todos sus cuentos reunidos. Hay en ello riesgos y podría haber contradicciones. Un buen cuentista es un narrador insistentemente aislado, una suerte de acupuntor de la escritura. Escribe de alquiler, libre de las hipotecas del novelista: no está obligado a un compromiso tan ininterrumpido con el mundo que tiene bajo sus pies. Tampoco puede pretender entonces que el lector se quede con él porque son muchos años o por los hijos en común. Las páginas mejores no acudirán nunca al rescate de las peores. No hay promedio ni tiene por qué haber visión de conjunto. Cuenta el logro del instante, la precisión y la pasión del momento. El hallazgo continuo.
Reunir todos los cuentos de alguien raramente viene a cuento y hasta puede tener algo de crueldad travestida de homenaje. De coger los cien pájaros volando y encerrarlos dentro de un puño. De convertirlos en un quiero y no puedo de novela. Muchos y juntos, es fácil que los cuentos pierdan su poder de aquí te pillo, aquí te mato, su autosuficiente gracia. Que les pase como a las canciones de los cantautores, que por acumulación aburren y desvelan los límites de su autor, allá donde su mirada cesa y sus recursos se detienen. O se detuvieron. Cuando un cuentista pone en fila los cuentos de toda una vida, cuando se enfrenta a los párrafos de hace veinte años con el ojo de ayer por la tarde, ¿no le llevarán los demonios de la corrección, de la autoreescritura sin fin?
En esta reunión familiar de sus cuentos que Cristina Peri Rossi ha permitido en las páginas de Lumen seguro que hay reescritura. Pero en otros casos es evidente que no la hay: o porque la misma autora nos lo dice, o porque se nota. Son visibles las rugosidades desiguales, los sutiles abismos de habilidad y de ilusión entre unos relatos y otros. Devorados unos por el fuego más sagrado —también más pretencioso— de la juventud, salvados otros por una creciente sabiduría intimista. Recorridos todos por el largo talón poético de Cristina Peri Rossi, que va cambiando de talla con los años. La poesía no se crea ni se destruye jamás. Sólo se transforma.
Leyendo a Peri Rossi suelta, siempre me ha inspirado simpatía. Leída toda junta ha habido momentos de saturación, momentos en que anoté: decir en la reseña que es una autora inteligente pero sobrevalorada, o, más que sobrevalorada, que se le empieza a pasar el arroz. Que ya vale de imitar a Cortázar. Que cuando se pone filosófica decae hacia lo cursi. Pero cada vez que estaba a punto de pensar definitivamente esto y de zanjar el caso, algo distinto me atrapaba. Un golpe de mar abierto. Una brazada de luz extranjera. Una metáfora que parecía nueva como el mundo cuando era nuevo, inmediatamente antes de la fundación de Macondo.
Lo de Macondo viene a cuento porque quiso la fortuna que esta revisitación total de Peri Rossi se me entrelazara con la lectura el pasado mes de junio en la Revista de Libros de una reseña sobre la edición conmemorativa de Cien años de soledad. Esta reseña se titulaba “Eppur si legge!” y la firmaba Ricardo Bada, con quien no tengo el gusto, pero sí tengo curiosidad. No estoy de acuerdo con todo lo que decía de García Márquez y de su obra magna —ni siquiera me gustaba el calibre de la ironía, innecesariamente minimizada a cachondeo— pero sí estoy de acuerdo con la valerosa tesis central: Cien años de soledad se escribió y se leyó cuando el mundo literario era nuevo y nuestra mirada inocente. Releída ahora, ni ella ni nosotros somos los mismos.
Ahí encontré la clave de por qué me estaba gustando un libro que a la vez no me gustaba. Encontré que los cuentos reunidos de Cristina Peri Rossi eran un acto simultáneo de desafío y de amor. La escritora se pasea madura y desnuda antes los ojos de sus lectores, invitándoles a leer como adultos, a madurar con ella. Renunciando a las vanidades categóricas de la juventud y planteando algo así como unos nuevos votos, un nuevo contrato de lectura mucho más serena y más vigente.
Descubrí entonces algo fantásticamente herético, que me encantó: que García Márquez será mucho García Márquez, pero a partir de cierto punto —alrededor de Noticia de un secuestro— todo era cuesta abajo y decepción, mientras que Cristina Peri Rossi, cuanto menos boom, menos leyenda, más autora y más ella, cada vez se lee con más ganas. Algo es algo.

miércoles, enero 09, 2008

Hilo de cometa, Israel Centeno

Periférica, Cáceres, 2007. 154 pp. 13,50 €

Marta Sanz

Periférica nos ofrece dos muestras de la obra de un escritor venezolano, Israel Centeno, que sabe que la literatura es también una cuestión de lenguaje y que el lenguaje, sus usos, retorcimientos y veladuras son la proyección de una visión del mundo. Esa perspectiva trascendente —y, para algunos, risible o perturbadora— del evento literario es la que alimenta dos organismos textuales que ni por su brevedad ni por su concepción podrían ser calificados como novelas: Hilo de cometa y Retrato de George Dyer. El hecho de que no sean novelas —como nouvelles se las define en la contraportada del volumen— no se esgrime aquí como argumento para desmerecer el valor de las obras; más bien al revés, porque Centeno no recurre a ninguno de los mecanismos de fácil conciliación con el lector: zanahorias delante de la nariz, chistes, repeticiones conducentes a un reconocimiento gratificado, culturalismo de venta al público, gadgets para certificar la inteligencia acomodada del consumidor de páginas, cursilería... Centeno se dedica a clavar hermosísimas esquirlas en el ojo del lector, a incomodarlo con lo oscuro, a desorientarlo con una narración que es distinta. Por debajo de la belleza de las palabras queda el dolor y una forma agria del conocimiento.
El lector ha de emprender su lectura siguiendo el camino que a menudo se utiliza para interpretar el poema. Ha de buscar imágenes y palabras clave que, en el caso de la prosa de Israel Centeno, remiten a un mundo de sutileza y de obviedades eróticas, de deseo incorpóreo y de carne —como la carne de los cuadros de Bacon, como las texturas sonrosadas y retorcidas de George Dyer en su retrato, como las piezas de vacuno expuestas en los mostradores de las carnicerías—; un mundo de belleza y de fealdad radicales que, en su síntesis, llevan al descubrimiento del horror y de la soledad, del desconcierto de cada uno de nosotros. La brutalidad en el ámbito colectivo, las putrefacciones políticas, la tortura ejercida desde el poder, la desestructuración de toda racionalidad o toda lógica en los espacios comunes, legitiman las turbulencias de la intimidad: el crecimiento, la transformación, la epifanía de la libido y de las pasiones prohibidas son una forma natural de la violencia que se acentúa y se retuerce —que se pervierte y hace daño— cuando los referentes colectivos se han desquiciado. No se trata de tararear el leitmotiv posmoderno de que todo vale, sino de ir acotando el revés nihilista de ese mismo leitmotiv: la certeza de que ya nada sirve. El tabú del incesto pierde valor en un lugar en el que todos somos culpables, no por el estigma del pecado original, sino por el carácter depredador de las conductas, por el espejo roto de una ideología y de un discurso, de una acción política, que se incrusta en el mismo corazón de las personas para quebrarlas, despojarlas de seguridades, estrujar o filetear su carne como la de las piezas de vacuno de los mostradores. Dejarlas inútiles.
Algunos de los personajes de estos textos son viajeros que recorren los países dejando constancia de la marca de su desarraigo, de una extrañeza y de una desubicación que nos afecta a todos desde el mismo momento en que experimentamos la pulsión del deseo o en que nos paramos a pensar... De los textos de Centeno se puede deducir que hay corrupciones mucho más devastadoras que la de desear a tu hermana o a tu hermano: la abulia, la pasión prostituida, la insensibilidad, el encarcelamiento, la orfandad por causas ajenas a las leyes de la naturaleza, la tortura, el asesinato legal, la desaparición sin cadáveres...
La prosa de Centeno es como el pétalo de una orquídea: bella, rara, carnosa, mórbida, con anverso y reverso, sensual: «Mi prima se olvida del mal rato y juega a la untura del cuerpoaceite, gotea el agua, resbala por él, cuerpo insolado, azúcar quemada que me hace señas antes de zambullirse en una entrega sacramental al mar, es una especie de animal marino, de pelo negro, negrísimo, de ojos pardos, pardísimos. Su cuerpoaceite abulta el traje de baño en el pecho, el pubis está mojado, muscomojado, cadera y pulpa de coco, pomitos sus senos...»
Vivir con los ojos abiertos duele. Como las inyecciones en el tuétano. Con Hilo de cometa y con Retrato de George Dyer disfrutamos con los ojos abiertos, como en los besos con lengua, del daño que Centeno, escritor medular, nos inflige, y llegamos a percibir toda la intensidad del daño que el mismo Centeno valientemente a través del recuerdo, de la introspección y de la vista de pájaro sobre la propia experiencia, ha debido de hacerse a sí mismo con cada palabra que escribía.

martes, enero 08, 2008

Tobi Lolness: la huida de Tobi, Timothée de Fombelle

Trad. Teresa Clavel Lledó. Salamandra, Barcelona, 2007. 320 pp. 16,50 €

Carmen Fernández Etreros

Lo primero que tengo que señalar es que Tobi Lolness ha sido la mejor novela juvenil que he leído en mucho tiempo. Hermosa, original, imaginativa y ambiciosa. El libro revelación de la literatura juvenil de este año en Francia, llega a nuestro y ofrece una increíble historia de aventuras a los jóvenes lectores. No solo destaca por su original argumento y su creación de un inaudito microcosmos, sino por ese trepidante ritmo que logra imprimir el narrador con habilidad. El lector se encuentra inmerso de repente, como el protagonista del libro, en el suspense y el peligro de una huida sin fin en la que tendrá que agudizar su ingenio para sobrevivir.
El autor, Timothée de Fombelle ha creado en su primera novela juvenil, un complejo microcosmos compuesto por una civilización de minúsculos seres humanos que viven en un árbol enorme y frondoso. Tobi Lolness mide un milímetro y medio, lo normal para un chico de trece años, pero a su corta edad tiene que madurar de golpe para a la odisea solitaria en que se ha convertido su vida y la de su familia. Tobi se convierte sin quererlo en un fugitivo imparable. Su vida diaria queda reducida a lograr sobrevivir: correr, huir, comer y dormir.
Los problemas comienzan cuando su padre Sid Lolness, un científico desinteresado y generoso, se niega a revelar a Jo Mitch, un tirano sin escrúpulos que se ha convertido en el jefe del Consejo del Árbol, el secreto de balaína, un revolucionario invento. El padre de Tobi sospecha que el invento en sus manos puede acabar con la vida del árbol, y no puede permitirlo aunque por su silencio él y su familia sufran un injusto destierro. Un árbol que ha ido sufriendo las graves excavaciones que controla Jo Mitch y que para Sid conducirán probablemente al final de su vida y la de su pueblo. La negativa justificada del padre de Tobi les conduce a una huida a las Ramas Bajas, y tiempo después, a una persecución implacable que el indefenso Tobi deberá realizar en solitario hasta que el protagonista se vuelva encontrar con su amiga Elisha una joven pizpireta y no muy reflexiva. Elisha se convertirá en el último ser que le queda a Tobi, el único que no le traicionará y el único que intentará ayudar al muchacho a salvar sus padres de su encierro en la inexpugnable prisión de Tomble.
Timothée de Fombelle ha conseguido a sus 33 años destacar con esta ópera prima en el campo de la novela juvenil que ya se está traduciendo a diecinueve idiomas. Profesor de Literatura, creó en 1990 su propia compañía teatral y una de sus obras, El faro, escrita a los dieciocho años, se ha traducido y representado en varios países como Rusia, Lituania, Polonia y Canadá. Desde la publicación de Tobi Lolness en Francia en abril de 2006, ha obtenido los más importantes galardones en el ámbito literario francés de la literatura juvenil: el premio Saint-Exupéry en la categoría de novela, que reconoce los valores humanos de las obras galardonadas y el prestigioso premio Sorcières, otorgado conjuntamente por la Asociación de Librerías Infantiles y la Asociación de Bibliotecarios de Francia. La edición catalana también ha sido lanzada este año por editorial Empúries bajo el título Tobi Lolness. Un mil.límetre i mig d'heroisme (Tobi Lolness. Un milímetro y medio de heroísmo).
Tobi Lolness
contiene los elementos básicos de una novela de aventuras: un pequeño héroe valiente, pruebas a superar, dificultades continuas y los típicos malvados como Jo Mitch y Gus Alzan, el cruel director de la prisión que adora a su hija. Hay que elogiar el ágil y envidiable dominio del suspense por parte del autor. Las sencillas e imprescindibles ilustraciones François Place ayudan al lector a visualizar todo el microcosmos de la vida de Tobi. Resulta curioso también que los animales, los otros y enormes habitantes del árbol, como los gorgojos, los escarabajos-rinocerontes, las cochinillas o la viuda negra, tengan un papel destacado en la huida del protagonista ya sea como peligros inexpugnables o ayudas necesarias.
Otro de los aciertos de la novela es la poética manera de transmitir los sentimientos del joven fugitivo. Nada hace sufrir más al entregado lector que escuchar el sufrimiento de Tobi a través de sus propios pensamientos solitarios: «Era la ley de su vida: las personas a las que quería se esfumaban y sólo quedaba de ellas un poco de polvo de oro que le producía picor en los ojos» (p. 285). Poesía y belleza. «En ocasiones la belleza penetra en los corazones endurecidos» (p. 55).
Lo mejor para mí es el poso que deja en el lector sobre el valor de la lealtad, la amistad verdadera y el respeto por la naturaleza. El árbol se convierte en una metáfora de la vida y de los peligros que conlleva la falta de respeto por las leyes elementales de la naturaleza, y las consecuencias de una mala utilización de los recursos naturales para el futuro del planeta.
El final del libro nos deja con la miel en los labios anunciando la nueva aventura del intrépido niño. En Francia ya se ha publicado la segunda parte Tobie Lolness. Les yeux d'Elisha en el que el protagonista continuará su huida bajo la atenta mirada de su amiga. En España tendremos que esperar para conocer estas nuevas aventuras, pero la espera merecerá la pena si mantiene la calidad de esta primera entrega.

lunes, enero 07, 2008

Sexoadictas o amantes: 21 mujeres radicales, Paula Izquierdo

Belacqua, Barcelona, 2007. 204 pp. 16 €

Pedro M. Domene

Este es uno de esos libros a los que uno acude bajo la exclusiva mirada que otorga la curiosidad, y porque las cuestiones relativas al sexo no dejan de sorprendernos, sobre todo, si como en este caso se relacionan con una enfermedad, algo que, como queda explicado, resulta bastante reciente. En Sexoadictas o amantes. 21 mujeres radicales, Paula Izquierdo, realiza un auténtico pequeño ensayo, sin proponérselo, en torno a la búsqueda del placer a lo largo del tiempo en la historia del ser humano. Podríamos coincidir con la docta opinión de Susan Sontag cuando consideraba «que las experiencias no son pornográficas en sí mismas: solo las imágenes y las representaciones lo son». El libro, en palabras de su autora, pretende dejar constancia de los diferentes usos y hábitos, de algunas mujeres famosas, en este terreno. Calificadas, desde siempre, de osadas, audaces y astutas, vivieron en distintos momentos de la historia, desde los siglos XVI al XX, y buscaron su lugar en el mundo, un camino a seguir, sin ese pudor ni el complejo que, de alguna manera, caracterizaba a las épocas que vivieron.
¿Qué tenían en común la reina Isabel I de Inglaterra, la condesa húngara Erzsébet Bárthory, Catalina la Grande, Paulina Bonaparte, George Sand, Lola Montes, la Condesa de Castiglione, Sarah Bernhardt, Colette, Natalie Barney, la espía Mata Hari, Isadora Duncan, Alma Mahler, Virginia Woolf, Simone de Beauvoir, Anaïs Nin, Joan Crawford, Josephine Baker, Edith Piaf o Janis Joplin? Indiscutiblemente, haber dejado una innegable huella por este mundo, desde perspectivas tan diferentes y dispares como el hecho de pertenecer a la nobleza, ser excelentes escritoras, dominar el arte de la danza o haberse convertido en cantantes de éxito internacional o cualquier otra actitud vital que las alejara de una biografía en la que, rastreando en su vida, descubriéramos que su adicción al sexo las llevara a padecer una auténtica enfermedad. Como anota Paula Izquierdo, la Organización Mundial de la Salud no clasificó hasta 1970 la sexoadicción como tal enfermedad, y desde entonces aparece como una adicción asimilada a una ludopatía, la drogadicción o el alcoholismo. Estos y algunos datos más se pueden curiosear en el prólogo ameno y aclaratorio que la narradora madrileña escribe frente a las notas o seudobiografía sexual de las 21 mujeres elegidas.
Parece que Isabel Tudor, la reina virgen, presumía de apodo aunque su relación con los hombres fue tan turbulenta como su propia vida, ¿cuántos fueron los consentidos? Nadie lo sabe. La Condesa Sangrienta, Isabel Báthory, ganó el apodo porque se convirtió en una de las mayores asesinas en serie de la historia, hija de una de las familias más poderosas de Transilvania, la leyenda dice que muchos de sus familiares practicaban la magia negra. Casada con Francis Nádasdy, el conde negro, que sacrificaba animales para beber su sangre; ella hizo lo propio pero con doncellas que acudían a su castillo. Catalina la Grande se convirtió en una estratega del sexo durante su autocrático reinado de treinta cuatro años. Casada con su primo Pedro, heredero de la emperatriz rusa, mostró desde el principio un profundo desdén por ella. Llegó a conocer el placer sexual mediante la masturbación, pero su primer amante conocido, el aristócrata Saltikov, le había prometido llevarla hasta el éxtasis. Paulina Bonaparte, la hermana preferida del emperador de Francia, se convirtió muy pronto en el centro de la miradas de las sociedad parisina. Desde los quince años flirteó con hombres mayores y con la mayoría de los componentes del gobierno de su hermano Napoleón. Paula Izquierdo señala que, tal vez, sea la primera mujer que sufriera un trastorno sexual. Murió por su irrefrenable deseo de copular, algo que hizo gracias a su desmesurado apetito sexual y a su extraordinaria belleza. George Sand fue una de las primeras mujeres que reivindicó los derechos de la mujer, y se llegó a afirmar que le gustaban las mujeres aunque se le conocen no pocas aventuras con hombres; su romance más sonado, el compositor Chopin, con quien mantuvo una relación casi maternal. Lola Montes, bailarina de fama mundial, enamoró al rey bávaro, Luis I, además de Alejandro Dumas, padre, entre otros. Virginia Oldoni, noble italiana, casó muy joven con el conde Francisco de Castiglione, y cabe mencionar, como curiosidad, que anotaba sus escarceos amorosos en un diario para recordar hasta dónde había llegado con sus amantes. Calificada como una de las grandes amantes del siglo, Sarah Bernhardt, hija una de una afamada prostituta que se empeñó en enseñarle el oficio, aunque la joven de carácter fuerte, se decidió por el arte dramático. Interpretó obras de Shakespeare, Racine, Molière, y fue admirada por Gustavo Doré, Victor Hugo, Óscar Wilde o Emile Zola. Se comenta que había logrado seducir a todos los grandes jefes de estado de Europa. Colette mantuvo una turbulenta relación con su marido Henry Gauthier-Villars, apodado Willy, e inició con él un juego amoroso que la llevó a relaciones lésbicas y a vestir de hombre en numerosas ocasiones. Natalie Barney descubrió muy jovencita que le gustaban las mujeres, y aunque llegó a comprometerse formalmente con un joven, se instaló en la calle Jacob de París, donde organizaba los viernes unas famosas orgías. Mata Hari, a pesar de su fama de espía doble, siempre utilizó su cuerpo como reclamo sexual, llegó a ser la fantasía erótica de los parisinos. Durante su estancia en Berlín le sorprendió el estallido de la primera guerra mundial, y allí sumó amantes de uno y otro bando que le proporcionaron no pocos problemas en su vida, hasta que en 1917 fue acusada de doble espionaje; mientras tanto había sido amada y repudiada en los momentos más difíciles de su existencia. Isadora Duncan, calificada de atea, socialista, bisexual y revolucionaria, fue siempre partidaria del amor libre. Aunque conservó su virginidad hasta los veinticinco años, más tarde se desquitaría del tiempo perdido. Alma Mahler Werfel, tuvo unas excepcionales dotes para la música. Supo, en todo momento, rodearse de los personajes más notables del siglo XX. Casada con el compositor Gustav Mahler, tuvo abundantes deslices con otros compositores, arquitectos, médicos o pintores, hasta que conoció al padre de la Bauhaus, Walter Gropius, con quien se casó de nuevo; más tarde conocería al escritor Franz Werfel con él viviría la deportación judía. De ella es la famosa frase: «Amo, luego existo». De las inclinaciones sexuales hacia mujeres de Virginia Woolf, tildadas de platónicas, surge el gran amor de su vida, Vita Sackville-West, con quien mantuvo una intensa relación hasta el final. Simone de Beauvoir y JeanPaul Sartre disfrutaron a lo largo de su existencia de diferentes amantes, generalmente jóvenes discípulas que acostumbraban compartir. Anaïs Nin siempre sintió temor ante la posibilidad de mantener relaciones sexuales, aunque se casaría con solo veinte años. Instalada en Francia, conoció al psicoanalista francés Allendey: pronto iniciaron una relación íntima, ella siempre buscando los matices que definían su personalidad: lo real y lo simbólico, la pasión y la razón, los acontecimientos y los deseos; llegó al incesto con su propio padre, y quedó embarazada de Henry Miller. Según Erica Jong, Anaïs Nin representa la libertad sexual y psicológica de la mujer del siglo XX. Joan Crawford fue descubierta por un productor en Nueva York y llevada a Hollywood, donde comenzó una carrera imparable, tanto en lo cinematográfico como en lo sexual. Descrita por Scott Fitzgerald como la mejor flapper que jamás había conocido, es decir, la más desenfadada y alocada de la década de los veinte, llevó la vida sexual más promiscua del panorama cinematográfico de la época, casada cuatro veces, en sus brazos cayeron Douglas Fairbanks, Clark Gable, Spencer Tracy, o los jóvenes Rock Hudson o George Nader. Josephine Baker, la perla negra, fue la bailarina más conocida y mejor pagada de los años veinte. Cuando llegó a París, introdujo el charlestón en Europa. En la capital francesa fue donde se inició en una desaforada sexualidad: jóvenes parisinos, jeques árabes o el príncipe Adolfo de Suecia sucumbieron a sus encantos. Edith Piaf, embarazada a los dieciséis años, comenzó a trabajar en tugurios de mala muerte hasta un hombre la descubrió en plena calle y la bautizó con el nombre de Piaf. Bebió y llevó una actividad sexual sobrehumana durante años, desde su más tierna infancia. Entre sus amantes se cuentan, Eddie Constantine, Yves Montand, John Garfield, Georges Moustaki y Charles Aznavour. Janis Joplin, aunque buscó refugio en la música y la pintura, con su prodigiosa promiscuidad convertía en orgía cualquier encuentro entre amigos. Considerada por la prensa como heterosexual, sus amigas lesbianas la consideraban homosexual y sus amigos más cercanos, bisexual. Siempre buscó el amor en el sexo, pero en realidad se convirtió en una alcohólica y en una drogadicta que murió a la temprana edad de veintisiete años.
Cuatro apéndices y una somera bibliografía otorgan credibilidad a Sexoadictas o amantes, un libro que sin llegar a ser un manual al uso, proporciona datos con el rigor suficiente.
Una vez expurgada la biografía de estas mujeres ¿Tendríamos que pensar que la búsqueda del placer, el uso y los hábitos de cada una de ellas, habría que justificarlo en esa baja autoestima que padecieron, o tal vez fueron víctimas de una prolongada insatisfacción personal, sufrieron de ansiedad o una inseguridad afectiva, incluso tuvieron dificultades para relacionarse y, por consiguiente, llevaron sus problemas de identidad sexual al resto de su vida? La respuesta, para algunos, queda señalada por Paula Izquierdo: para ellas la sexualidad fue fundamental en sus existencias.