viernes, noviembre 02, 2007

Arde el musgo gris, Thor Vilhjálmsson.

Trad. Enrique Bernárdez. Nórdica, Madrid, 2007. 350 pp. 20 €

Marta Sanz

Hay quien mantiene que los escritores no pueden dedicarse a la crítica porque tienden a justificar las obras sobre las que proyectan o creen reconocer sus vicios y virtudes literarios. En el extremo opuesto, otros consideran que sólo los escritores deberían dedicarse a las labores críticas ya que sólo ellos poseen la sensibilidad adecuada para captar las vicisitudes de la creación, los precipicios y los logros de la palabra escrita. Con libros como Arde el musgo gris esta polémica es estéril: el lector crítico entiende el verdadero significado del concepto de fascinación y el escritor crítico experimenta la punzada de la envidia. Al menos yo la he notado justo en medio del entrecejo: este es un libro que hubiera querido escribir. En su totalidad, en su concepción, en su intención, en cada una de sus páginas, en su ritmo, en sus colores y en sus opciones lingüísticas, una detrás de otra.
Sabemos muy poco de la literatura islandesa, pero Thor Vilhjálmsson es uno de sus autores más sobresalientes: por esta obra obtuvo el Premio de Literatura del Consejo Nórdico —el pequeño Nobel lo llaman— en 1988. En ella sumerge al lector en una naturaleza que no sé si podríamos llamar paisaje, porque parece ingobernable y sublime en cada recodo; a través de ella, desde ella, dentro de ella, sobre ella se empapa y transita un juez, Ásmundur, que viaja vadeando ríos y arroyos, remontando colinas, bordeando acantilados y playas, para indagar un caso de incesto y de infanticidio. El juez es el trasunto de un personaje muy popular en la cultura islandesa, Einar Benediktsson, poeta, juez y reformador progresista de un país que en el siglo XIX aún se regía por unas directrices que propiciaban modos de comportamiento, de producción y de relación casi medievales.
Crimen, sexo, incesto, infanticidio, suicidio, naturaleza, un personaje histórico que además es escritor... con esos ingredientes Thor –Enrique Bernárdez nos advierte de que en Islandia el único modo de llamar al otro es por medio de su nombre de pila— podría haber tramado un novela digestiva en su falta de relieve, en la satisfacción de las expectativas de un lector ávido de morbo, de cierta dosis de culturalismo y de tramas que desenredar: podría haber escrito una de esas novelas que subrayaron una determinada manera de entender la literatura, que aún pervive, y que de tanto éxito y prestigio, comercial y académico, gozaron en España en la década de los ochenta; sin embargo, Thor Vilhjálmsson busca otra forma de complicidad con los lectores: la que surge del riesgo, del forzamiento al límite de los cinco sentidos, de la percepción y de las habilidades intelectivas, la que se atreve a mirar el entorno a través de un lenguaje inaugural que nombra lo que está pero aún no ha sido desvelado. La novela de Vilhjálmsson no es poética porque se permeabilice a los rímur; ese modo de poesía complejísima que nace de los campesinos islandeses —quizá el rímur es la metáfora de la idiosincrasia de un pueblo definido por una inteligencia natural que puede ser devastadora, pero nunca simple—; la novela de Vilhjálmsson es poética porque propone un modo de acercarse al significado, quizá a la verdad, que desde la dispersión de los sentidos busca la síntesis en el proceso de lectura; cada imagen es de una intensidad punzante: hacía mucho tiempo que no leía escenas de sexo, las brutales, las tiernas y las exquisitas, en las que el lector llega a sentir su propio cuerpo, su morbilidad; imágenes y escenas, como una de las que abre el libro, “Matar a un ser humano”, de una fuerza moral y plástica que al principio parece suspender la comprensión de la globalidad, pero que después poco a poco adquiere su pleno sentido dentro de la lógica del relato. El significado se construye a base de sensaciones repetidas, de golpes, que van permitiendo atisbar el dibujo escondido dentro del trazado aparente como en esas láminas en que dos perfiles enfrentados ocultan la silueta de una copa o una bella muchacha camufla el espantoso rostro de la bruja del cuento... La lectura de este libro se convierte, por esta razón, por este misterio, en una experiencia única en el que se escuchan al unísono las voces de Vilhjálmsson y de Benediktsson, entrelazándose, permeabilizándose como el agua en la tierra, fantasmagóricas en sus superposiciones, educando el oído del lector que sabe escuchar.
Arde el musgo gris tampoco es una novela épica porque en ella se nombre a los personajes de las sagas; sus personajes son por sí solos lo suficientemente épicos, totales, en lo que tienen de único y en lo que comparten con el género humano: Solvéig Súsanna es una de esas mujeres de ficción difíciles de olvidar por su disposición simultánea para el amor y para la destrucción o el desapego, por su carnalidad y por un espíritu que denodadamente lucha por ser libre, una Medea que pare en un hoyo, tal vez en una de esas zorreras donde las crías del mamífero son envenenadas por la mano del hombre. La novela retrata un mundo que evoluciona con lentitud y en el que chocan la tradición y el progreso, los atavismos, el instinto y la civilización, lo animalesco y lo cultivado, la superstición y la racionalidad, el amor de un Dios primitivo y vengador o de un Dios compasivo y amante, la necesidad de amor y el frío, la soledad y los otros, la pusilanimidad, el miedo al cambio y la inquietud que asalta a cada ser humano cuando decide actuar, la contradicción entre el pastor y el juez, entre la clemencia y la necesidad de las correcciones, la contradicción en el corazón mismo de Ásmundur: cuando el juez imagina una edad de oro para Islandia, la fuerza de las cascadas encauzada en los parámetros de la cultura de Occidente, la tímida mujer del campesino reacciona: «Se me ponen los pelos de punta (...) Que nuestras benditas cascadas sean encadenadas. Qué será de la belleza que caldeaba nuestros corazones en medio de nuestros afanes. No está nada claro que la riqueza esté siempre acompañada de bendiciones. Si todo ha de medirse por su utilidad. Me pregunto si dejaremos de oler el bendito aroma de la hierba...» Y, entonces Ásmundur-Benediktsson-Vilhjálmsson siente que odia y ama a su pueblo, a su primario país de amores criminales, de tabúes, de extraña lucidez y de ignorancia, en la misma e inquietante proporción.

jueves, noviembre 01, 2007

Historias del señor Keuner, Bertold Brecht

Trad. Juan José del Solar. Alba, Barcelona, 2007. 153 pp. 14,50 €

Alejandro Luque

Durante varios días he paseado este libro bajo el brazo. Y he comprobado cómo cualquiera que se inclinara para ver de qué se trataba hacía un gesto de rechazo al descubrir en la portada el nombre de Brecht. Valga, pues, esta advertencia: quienes sólo identifiquen al escritor alemán como padre de Mackie Navaja o de Madre Coraje, como activista político o como autor de ciertos ripios erróneamente atribuidos, se exponen sin duda a una grata sorpresa apenas abran este volumen.
Supe de las historias del señor K. hace algunos años, a través de mi amigo Ilya U. Topper, que se sabe muchas de memoria y las reproduce a la perfección. Desde entonces, he invocado las enseñanzas de este personaje en múltiples circunstancias, desde los fastidiosos controles de los aeropuertos a los encuentros imprevistos en la calle: en todas ellas me resultó tan útil como divertido recurrir a él. Por eso, ha sido para mí un motivo de alegría saber de este nuevo volumen, que incluye dispersos e inéditos con ambiciones de edición definitiva.
Pero, ¿quién es este señor Keuner? Todos y ninguno. Carece de identidad: asume dócilmente cualquier situación donde el autor tenga a bien colocarlo, y comienza sin demora a hacer de las suyas. Como bien indica la nota liminar, el nombre de Keuner suena como “Keiner”, que en alemán significa “Nadie”: un modo de no singularizarlo demasiado, de permitir que represente a la gente común, como sucede con ciertos personajes de los chistes y las leyendas populares. A partir de ahí, lo encontramos siempre en el terreno de la anécdota y la parábola, a veces adoptando el tono del sabio zen, otras con la chispa aguda de un Juan de Mairena.
«El señor K.», leemos, por ejemplo, «no estaba a favor de las despedidas, ni de los saludos, ni de los aniversarios, ni de las fiestas, ni de concluir un trabajo, ni de iniciar una nueva etapa en la vida, ni de los ajustes de cuentas, ni de la venganza, ni de los juicios concluyentes». Uno de los matices más agradables en la lectura de estas historias es que no imponen un punto de vista, no echan mano del chantaje moralista ni de la arrogancia de la cátedra. En todos los palos que toca —las relaciones humanas, el amor, el trabajo, la prensa...—, Keuner actúa como un estimulante para el sentido crítico, incluso cuando éste pueda volverse contra él.
Ágil y directo, pero de una densidad disfrazada de modesta ocurrencia, este Keuner es un sabio portátil, altamente recomendable para el uso diario. No olvidemos que el bueno de Brecht fue, pese a su marxismo machacón, un creador potentísimo, con una riqueza de registros extraordinaria que las malas traducciones se han encargado de oscurecer de manera muy eficaz. Hoy, tan denostado por las lecturas politiqueras y los sobreentendidos sobre su obra, merece con estos textos al menos una nueva oportunidad.

miércoles, octubre 31, 2007

Viento en los oídos, José Marzo

ACVF, Madrid, 2007. 254 pp. 17 €

Miguel Baquero

Memoria histórica. Este es el tema que, últimamente, parece copar el debate en España. No quiero entrar aquí sobre si es oportuna o deja de serlo la promulgación de la Ley que regulará este asunto; tan sólo quiero hacer notar que, cebados en los tiempos de la Guerra Civil y la dictadura franquista, quizás, tal vez, estemos contemplando sólo una parte del cuadro, significativa pero parcial (en el sentido de “incompleta”). Nadie duda de que el pasado condiciona nuestro presente, y es indudable que muchos de los fantasmas que todavía sobrecogen nuestra convivencia tienen su origen en aquel trágico periodo de la Historia de España. Sin embargo, no nacieron entonces, ni mucho menos. De algunos de los valores que entraron en conflicto en el año 36 podemos rastrear sus raíces hasta tiempos pretéritos, a veces muy pretéritos; en ocasiones se remontan al principio de la sociedad moderna y forman parte del sustrato esencial de la vida española, son cuestiones que con mayor o menor virulencia, pero siempre latentes, han acompañado y marcado a fuego el curso histórico de nuestro país.
Viento en los oídos, la nueva novela de José Marzo, trata precisamente sobre esa Memoria Histórica que se esconde detrás de la fecha clave julio de 1936. Esos tiempos en que sordamente se fue gestando el conflicto y que sin duda necesitamos conocer para comprender las razones del brutal estallido en que vino a reventar. En Viento en los oídos, a través de una serie de personajes inmersos en una época histórica (desde principios del siglo XX hasta dicha fecha crucial), asistimos al clima de miseria y caciquismo en que vivía la España de Alfonso XIII, al nacimiento de una conciencia social, al enconamiento de unas posiciones ideológicas, al deseo regeneracionista en que se fatigaron, sin resultado, unos pocos ilustres pensadores que advertían la asfixia y la violencia en que se estaba hundiendo la sociedad de su tiempo. Por medio una serie de personajes característicos de la época pero que, sin embargo, no caen en el cliché porque el autor logra conferirles una personalidad literaria, se nos va desplegando a través de las páginas toda esa historia del siglo XX que parece pequeña hoy, ahogada por la inmensidad de lo que vino luego.

Con un magnífico colorido y una constante impresión de realidad, Marzo rescata esa parte de la historia necesaria para colocar los hechos en su justa medida y en su lógica progresión. No por nada la novela, prácticamente, viene a concluir con el estallido de la Guerra Civil, cuando ya todo está narrado y abundan los testimonios. Viento en los oídos vendría, en suma, a intentar cubrir esa inmensa laguna que se nos ha quedado entre las pintorescas guerras carlistas y la España de las vicalvaradas y los pronunciamientos militares, y ese otro levantamiento atroz y guerra fratricida en que parecieron sublimarse esos primeros escarceos.
Junto con ello, Viento en los oídos quiere ser también una recuperación de otra memoria: la Memoria Literaria de España. Al fondo de la narración parece escucharse la voz atenuada de Galdós, la voz de Baroja, de Vallé-Inclán, la voz de Felipe Trigo, Blasco Ibáñez, Gabriel y Galán o incluso Arturo Barea, la vieja voz de la narrativa española que ha ido corriendo como un reguero, a lo largo de la historia, y que en los tiempos que narra Viento en los oídos tenía un timbre especial, una fuerza peculiar, un tono pletórico. En estos nuestros días en que buceamos entre referentes anglosajones mayormente, en que los modelos de quienes empiezan a escribir se hallan en Londres, en Nueva York, en Berlín o en Tokio (y seguramente esté bien así, o quizás mejor, seguramente sea un fruto inevitable del progreso), se agradece, sin embargo, encontrar a un escritor que busca sus raíces en las viejas novelas de su país. Pero no con ánimo de caer y regodearse en el casticismo, en que vino a degenerar la novela española de los años sesenta, sino con ánimo de retomar esa línea literaria vibrante y sincera que también la guerra interrumpió y cubrió de adjetivos rimbombantes, imperiales, preciosismo idiomático, retórica hueca.
Viento en los oídos es una buena novela pero, sobre todo, es una apuesta literaria. Hoy día, cuando, llevados de la corriente global, de una modernidad falsamente entendida, por temor a ser tachados de antiguos los escritores jóvenes se declaran huérfanos y buscan su punto de partida en lo cercano, lo underground, lo pop e incluso lo banal, se agradece que un escritor no tenga reparo en volver atrás en busca de sus raíces. Este deseo de recuperar lo auténtico y no dejarse arrastrar por lo común es lo que hace de la nueva novela de José Marzo un libro cercano, cálido y muy interesante.

martes, octubre 30, 2007

Muertes de andar por casa, Fernando Sánchez Calvo

Prólogo de Yolanda Morató. Ilustraciones de Ana Santos Payán. El Gaviero, Almería, 144 pp. 14 €

Ana Gorría

«Pero esas muertes no son las mías», afirma, como conclusión de la miscelánea que supone el relato "Contra dicciones", Fernando Sánchez Calvo en su recién publicado Muertes de andar por casa. Con un negrísimo sentido del humor, el autor parte de la siguiente poética personal, explicitada en el capítulo de agradecimientos: el humor, la distancia, nuestras miserias y la gente a la que le gusta hablar son cuatro virtudes que me agradan y a partir de las cuales intento escribir. Dieciocho relatos en los que, tomando como motivo temático la muerte, el autor analiza diferentes situaciones como el suicidio, las relaciones entre pareja, la pérdida de nuestros seres queridos. En ocasiones, la escritura de Fernando Sánchez Calvo girando alrededor de lo improbable —pero verosímil— se acerca a modelos propios de la escritura del absurdo: el visitante compulsivo de entierros, la tristeza ante la muerte del hombre que dobla a Homer Simpson o el niño que por nacer en bisiesto envejece a un ritmo prodigioso. La soledad es el motivo estructural que liga a todos estos personajes que andan a tientas por la selva contemporánea, como afirma Yolanda Morató en la excelente introducción a esta obra.
En "El resentido", un joven estudiante de filología se ve ignorado por sus padres (que asumen la táctica de una tribu africana aprendida en un documental por la que el individuo es expulsado del clan y se le niega la palabra) hasta que esta exclusión de la vida cotidiana se hipostasia en el texto y, como consecuencia, desaparece tipográficamente. La dificultad de la comunicación, la muerte de la palabra (como se nos sugiere en el cuento "Donaudampfschifffahrhge-sellschaftskapitänsmützenknopf") y del sentido, condena a los protagonistas de las narraciones de Fernando Sánchez Calvo a la intemperie.
Una intemperie observable en relatos como "Los motivos de cada uno", magistralmente comenzado in media res: «; en otra ocasión (recién casada y tras tener al crío) fuimos quince días a Lisboa. Ese verano, sin embargo, deambulamos por Almería, Cádiz o Lloret de Mar.» La seriedad, la universalidad de los temas que aborda Fernando Sánchez Calvo no impiden que su fino sentido del humor arraigue en lo cotidiano, o mejor, en lo absurdo que hay en las categorías cotidianas: Es lo triste de los suicidas, por lo general han visto mucho museo, leído mucha letra y aprendido que una ventana no es una ventana, sino un símbolo que invita al hombre a desaparecer y a ser libre sin la necesidad de mirar atrás. Desde bien pequeños beben de las cuñas publicitarias y telediarios que la Constitución Europea es una ventana para Europa, que Europa es una ventana para la expansión del mercado chino y que Los Ángeles de San Rafael o los parches de nicotina son una ventana abierta en nuestros pulmones. La obra de Fernando Sánchez Calvo liga nuestra actualidad con la tradición literaria, ampliando sus posibilidades: guiños al neorrealismo, a Orson Welles, a Dostoievski no impiden que nuestro presente se manifieste en los textos, como es observable en Única coartada para cercanías o el monólogo Dios diciéndose en el espejo: DIOS-HA-MUER-TO. Esto ya lo ha dicho todo el mundo, pero falta que lo digas tú. Dios ha muerto y ellos, cuando por casualidad te encuentran citado en alguna revista o aludido fuera de contexto en cualquier riña familiar, consultan extrañados en algún diccionario al uso de 2º de la ESO o se meten en GOOGLE como último recurso.Con una preocupación metaliteraria, que Yolanda Morató liga a la experimentación de las vanguardias históricas, buena parte de la obra de Fernando Sánchez Calvo, y en relación con el asunto de la comunicación, se centra en el propio lenguaje: Suficiente. No había, desde un principio, necesidad de decir nada más. El resto no son más que palabras aborrecidas, dichas en su momento para edulcorar vida tan perra, muerte tan mediocre y amor tan intenso como el que ella padeció por su (difunto y) bien desaparecido esposo.

lunes, octubre 29, 2007

La tumba de Marilyn, Irene Rodríguez Aseijas

Literaturas.com, 2007. 181 pp. 12,50 €

Marta Sanuy

Hay un atraco en un chino de Lavapiés y un policía novato mata a un chaval. Esa es la sencilla anécdota de la que arranca esta novela, la que luego la amalgama y hace que el lector atienda con cuidado lo que viene porque, poco a poco, tiene la sensación de estar más cerca de esa tienda y de conocer más y más al muerto, aunque no sepa con certeza quién es hasta el final. Así la anécdota se transforma en la estructura de una novela aparentemente ingenua, fácil de leer, ágil, que cose los elementos de un modo original y a la que no se le ven las costuras.
En La tumba de Marilyn hay un chino que tiene miedo, latín kings, bares en las esquinas, carteles sensuales, estaciones de metro, entrevistas de trabajo que son descensos al averno, canciones consoladoras y desaparecidos que pesan sobre el ambiente: la madre del protagonista, el padre del camarero; los que no pudieron más y se fueron. Hay alcohol, miedo, trapicheo y también tardes de pesca, placer, admiración, amistad, amor, mar, una niña, capacidad de compartir; ternura.
Miguel y Ladrón intercalan sus voces, unas voces que les llevarán por caminos diametralmente opuestos aunque sean parecidas, y que nos van contando con detalle dos vidas entre tantas invisibles si se cuentan en grandes trazos. Nos muestran sobre todo que «Un hombre podía sentirse afortunado y vivo durante un instante y al siguiente querer desintegrarse». Las veleidades literarias de uno de los personajes permiten a la autora dar rienda suelta a sus certezas, hay un guiño acertado con este personaje que quiere escribir pero con él que la escritora no establece las complicidades habituales del escritor ombliguista. Irene Rodríguez Aseijas sale de su propio pellejo con naturalidad: tiene personajes, dos estupendos personajes que van creciendo página tras página.
Lo que más me sorprende y agrada de esta novela es su contemporaneidad: lo que hay en ella es lo que hay afuera. La escritora logra hacernos mirar alrededor para devolvernos, intensamente dibujado, fijado, lo que vemos cotidianamente. Eso que muchos narradores actuales creen tan fácil, describir lo más cercano, es precisamente lo que despeña hacia la inanidad una buena parte de la narrativa actual. Irene Rodríguez nos regala aquí unos cálculos que resultan de reunir despacio muchos fragmentos, que refuerzan el trazo sobre lo que aparenta ser solamente obvio.
Esta novela me ha recordado Barrio, la película de León de Aranoa, y la verdad es que extrañaba ese equivalente, el retrato de una realidad que a todos nos resulta cercana, con rincones sombríos, aburridos, repetidos, con dolores del alma y poco dinero, retrata ese ánimo que tanto frecuentamos y que tan pocas veces se menciona.