viernes, septiembre 07, 2007

Valentina en París / Valentina en Nueva York, Anatxu Zabalbeascoa / Patricia Geis

Tusquets, Barcelona, 2007. 32 pp. 13,34 € (c.u.)

Villar Arellano

Cada vez son más numerosos los cuentos infantiles que ayudan a los pequeños a descubrir el mundo entre sus páginas. Así, las geniales e inclasificables obras de Mitsumasa Anno, publicadas hace ya casi tres décadas por la editorial Juventud (El viaje de Anno, El mundo medieval de Anno), las magníficas propuestas de Serres (Carlota visita Londres, de James Mayhew, Charlotte en París, de Joan MacPhail Knight, Eugenia en Venecia, de Chrstina Börjk o Miranda de la vuelta al mundo, de James Mayhew), u otros títulos más recientes, como Paula en Nueva York, de Mikel Valverde (SM), componen un variado repertorio de libros para niños trotamundos: un acercamiento al arte a través de la mirada de pequeños turistas de ficción.
En este atractivo ámbito, las aventuras de Valentina componen una divertida y desenfadada apuesta para acercarse a las ciudades más famosas e iniciarse en el manejo de las guías de viaje. En efecto, esta colección de guías-cuento, que pronto nos obsequiará con las dos siguientes entregas (Barcelona y Madrid), descubre a los lectores los puntos más emblemáticos de las ciudades visitadas a través de las sencillas y divertidas peripecias de su protagonista.
Valentina, una niña de entre seis y ocho años, es una viajera curiosa y desinhibida que se ve envuelta en pequeñas aventuras. Ella mira a su alrededor y se hace preguntas acerca de todo lo que ve, con la espontaneidad y el descaro propios de su edad.
El recurso de la aventura (en Nueva York, recorre la ciudad junto a su amigo buscando a los dueños de seis perros; en París, tratando de localizar a sus padres, termina participando en un desfile de moda...), permite a las autoras ir mostrando monumentos, costumbres, gastronomía e incluso el idioma, de un modo natural y divertido.
Anatxu Zabalbeascoa es especialista en arquitectura, diseño y arte. Autora de varias obras especializadas, en esta colección demuestra una destacable habilidad para desenvolverse en la narrativa para niños, componiendo unos relatos sencillos en apariencia pero de gran riqueza informativa. El texto, en el que abundan los diálogos y las reflexiones en voz alta, invita al lector a fijarse en las imágenes, estimulando su curiosidad y el interés por los rincones presentados.
Patricia Geis, una veterana en el panorama de la literatura infantil, es autora de más de cuarenta libros que se han traducido a numerosos idiomas. Sus ilustraciones, de estética pop, presentan a la protagonista en conocidos escenarios, reinterpretados con una personal y renovadora visión. Utiliza para ello colores planos y figuras sin contornos que resaltan sobre el fondo mediante fuertes contrastes cromáticos.
Merece la pena destacar el material complementario que se adjunta como regalo en la contracubierta: un recortable tridimensional para armar (La torre Eiffel y el Empire State Building), junto a un mapa-guía de cada ciudad con algunas indicaciones básicas –vocabulario incluido- que permiten a los lectores localizar los lugares visitados por Valentina y comprender todas las expresiones leídas. No falta ningún detalle, ya que se incluye también una tarjeta postal para enviar a los amigos.
Como puede verse, esta colección compone una completísima propuesta de lectura que, sin duda, se disfrutará al máximo ante un viaje programado. De este modo, los más jóvenes podrán experimentar una vieja emoción: sumergirse en los preparativos y saborear cada dato, cada detalle geográfico, con el sabroso placer de una promesa de aventura.

jueves, septiembre 06, 2007

La feria del crimen, varios autores

Trad. José Luis Sánchez-Silva. Lengua de Trapo, Madrid, 2007. 283 pp. 19,50 €

Marta Sanz

Esta recopilación de relatos es una lectura inmejorable para el verano. Y para el otoño, para el invierno y para la primavera. Para la playa, la montaña, el tren de cercanías, el atril de estudio o el salón de casa. Porque, más allá del entretenimiento, La feria del crimen es un volumen altamente ilustrativo para todos aquellos amantes del género negro que, aun sabiendo de la importancia de las aportaciones en lengua francesa al acervo de la literatura policial, se han concentrado en las obras de autores anglosajones. La feria del crimen ofrece a ese lector, que sólo ha hecho algunas catas, la oportunidad de familiarizarse con los mejores y más recientes representantes del noire, del polar y del neo-polar. Y la degustación de vamps, comisarios, detectives autónomos, mirones, psicópatas metódicos, soplones, delatores, fauna urbana de todo pelo, asesinos a sueldo y asesinos casuales, serial killers, fetichistas, presos, cabezas de familia con rarezas, degustadores de ragú de cordero, víctimas que se convierten en verdugos, represaliados políticos, científicos locos, seres de la noche, feriantes, esporádicos violadores de vacas, ladrones aficionados o ingenieros especialistas en el diseño de minas antipersona... es, sin duda, exquisita.
El prólogo de José Luis Sánchez-Silva constituye un elemento de contextualización imprescindible para afrontar la lectura; su económico y claro recorrido por los orígenes, evoluciones, puntos de encuentro, confluencias, alcances y modalidades del totum revolutum que llamamos “negro” ayuda a aclarar conceptos y a situar los relatos dentro de un espacio plagado de reminiscencias, ecos, manchas de humedad: las de Poe y Conan Doyle, la novela policial, Vidoq, Wilkie Collins, la novela de detectives, Arsène Lupin, la novela-enigma, Poirot, los pulp magazines, Cosecha roja, el hard-boiled, Marlowe, Maigret, Marcel Duhamel y la Série Noire de Gallimard, las adaptaciones cinematográficas de Clouzot, Manchette y los escritores neo-polar... Los escritores franceses saben que en su tradición, además de Gaston Leroux y de sus misterios de cuartos inexpugnables y amarillos, también está Zola, el realismo descarnado, el naturalismo, la atención al detalle cotidiano, el escritor que observa la realidad y se documenta, el argot, una problemática social y política que cada vez es más transnacional y menos autóctona, pero que no hace de Marsella ni de las inmediaciones del puente Tolbiac o de Chambéry un absurdo remedo del Bronx o de las calles de Chicago. Lo negro es reconocible. Lo negro no es un escenario de cartón piedra, el decorado para una aventura de evasión, lo negro está a la vuelta de la esquina...
Todos los lugares son Poissonville. Pero cada Poissonville lo es a su manera. Cada autor confiere a su relato un tono más o menos paródico, más o menos elegiaco, acusador, risueño, trascendente o crudo: en “Mr. Black”, Marc Villard nos presenta la historia de Steffi, una streapper que aún no ha cumplido los veinte años pero ya tiene una filosofía de la vida perfectamente oscura: los diálogos, el juego de miradas y las descripciones de esos labios morados —no precisamente situados dentro de los límites del óvalo facial— que se abren y se cierran delante de ojos llenos de rijas nos recuerdan que hay cuerpos que se repiten dentro de otros cuerpos y que en esa proyección, en esa suplantación, la mujer casi siempre será la víctima. “Hasta el fin del mundo” de Patrick Raynal es una delicia chandleriana que conjuga la chulería del diálogo como arma de seducción y la mujer de ojos garzos con la comicidad de un detective izquierdista al que le encanta el lujo y es capaz de pronunciar sentencias como “cachorros del liberalismo (...) creían que Internet iba a liberar a la humanidad como Moulinex había liberado a la mujer”. Marsella está presente en los relatos de Jean-Claude Izzo y de Philippe Carrese: el primero, polémico desde un punto de vista ideológico, una llamada de atención sobre la pervivencia y cotidianidad del fascismo en sociedades que han bajado la guardia; el segundo, una fábula, una divertidísima parodia de la que no puedo desvelar nada más por deseo expreso del autor: la palabra “cachondada” nunca fue más oportuna. Por su parte, Didier Daenickx en “La centinela” da una lección sobre cómo se crea una atmósfera y sobre el significado profundo de lo sórdido, y Dominique Menotti, en “Tolerancia cero”, pone ante los ojos del lector un interrogatorio de lo más peculiar: un recto comisario que asiste, casi impasible, a la confesión de las acciones bestiales cometidas por un buen francés, vesánico, xenófobo y misógino —como mínimo— al que le amparan toda la fuerza de su razón, de su nacionalidad y de su sexo. Incluso le ampara la fuerza de la ley y de la costumbre. Otra escritora, Fred Vargas, sugiere en “Noche de bestias” que a veces lo irrisorio es lo fundamental y construye un relato clásico en el que destaca el juego de fuerzas, las relaciones entre los personajes, especialmente entre los policías que participan en las pesquisas de un asesinato con pinta de suicidio. Por último, es necesario citar el relato que da título a esta recopilación, “La feria del crimen” de Tonino Benacquista, donde el sentido de la palabra “feria” es literal: una feria con sus correspondientes stands, mesas redondas —Ronald Biggs es la estrella invitada— y entrega de premios... dos de los galardonados pasarán juntos la noche en una habitación de hotel; uno de los dos no podrá levantarse vivo... Y así hasta llegar a dieciocho relatos —de Andrea H. Japp, de Jean-Patrick Manchette, de Jean-Jacques Reboux, de Tierry Jonquet...— que dan cuenta de la buena salud de un género que no se muere porque es absolutamente necesario.
El diseño de la colección y la encuadernación del volumen son una muestra de buen gusto y de respeto hacia la comodidad del lector. No de todos los libros se puede decir lo mismo.

miércoles, septiembre 05, 2007

Boxeo sobre hielo, Mario Cuenca Sandoval

Premio Andalucía Joven de Narrativa 2006. Berenice, Córdoba, 2007. 264 pp. 18 €

Guillermo Busutil

Desde La Ilíada, donde aparece narrativamente un combate, el boxeo mantiene la guardia montada frente al crochet de la literatura, el arte y el cine que vieron en esta práctica la perfecta épica del perdedor, los claroscuros del negocio y las aristas del alma humana en pugna con los sueños, el amor, la sociedad y las adversidades del destino que suele calzar un guante de onza onzas y dominar los golpes bajos y el k.o. al mentón. También es conocido que el boxeo ha dado grandes figuras secundarias, las que se fajan en las penumbras del cuadrilátero de la vida, que han coqueteado directamente con la literatura, igual que si el género narrativo fuese el sparring ideal con el que forjarse una leyenda. Ese sería el caso de Cravan, eterno impostor y outsider de sí mismo, de Sonny Linston, que además de soldado y boxeador fue un excelente novelista, y de Frank Nicotra, dos veces campeón de Europa, poeta y cineasta. Junto a estos ídolos de carne y barro, también hay que tener en cuenta a los personajes a los que la ficción puso en pie sobre el ring para contar historias magistrales como las logradas por Ignacio Aldecoa, Gonzalo Suárez, Ricardo Piglia, Javier Memba o Liliana Heder entre otros escritores de una extensa nómina que narraron episodios existenciales de Young Sánchez, El Vikingo, la Rosa de Sowetto y de Jack Berstein entre algunos otros seres de ángulos muertos, cicatrices y pequeñas victorias. A ellos hay que sumarles ahora el personaje del Loco Larretxi, protagonista de la novela Boxeo sobre hielo, de Mario Cuenca Sandoval y publicada por Berenice.
Una curiosa historia en torno a un viaje visible e invisible por los rostros de la derrota, el idealismo, la obsesión, la rebeldía, el dolor, la libertad y las relaciones humanas, que envuelve al lector en la relación del boxeador con su esposa Margot, cantante analfabeta musical, y en la que establece con su hijo Mikel al mismo tiempo que indaga sobre los diferentes estados de la conciencia y la nueva concepción del mundo. Pero también esta novela, entrecruzada con los relatos de excelentes y aristados secundarios como Amundsen y la conquista del Polo Sur, como Larretxi, Parry, Heyerdahl y entre otros que, en ocasiones, asemejan el alter ego o el reflejo distorsionado de los diferentes protagonistas, es un raro e interesante collage compuesto por elementos como las drogas, la psicodelia, el cine porno, la amistad, el miedo, la poesía, los saltos en el tiempo, el viaje y la antropología.
Lo mejor de esta novela, que también funcionaría como un ajuar de relatos bien hilvanados y por los que transitan los personajes que le dan entidad a la historia principal, es el buen uso del ritmo narrativo de Mario Cuenca y su manera de urdir diferentes tramas que son, al mismo tiempo, diferentes registros narrativos con los que busca innovar, sin los habituales fuegos de artificio, simulacros y poses de muchos de los jóvenes narradores que intentan camuflar la falta de imaginación o las carencias a la hora de contar con el moderno discurso de la transgresión tecnológica y los trillados discursos de la postmodernidad, muchos de los cuales tan sólo se apoyan en un modelo que suele ser el más mediático. Una tendencia que en algunos casos ha dado interesantes frutos y autores a tener en cuenta, aunque la mayoría de las veces responde a un desconocimiento de la historia de la literatura y de los hallazgos conseguidos por los experimentos de las vanguardias y de otros movimientos representados por Sánchez Ferlosio, Martín Santos, Cela, Juan Goytisolo, Italo Calvino, Robbe-Grillet, Perec y Queneau, entre otros a los que Mario Cuenca parece haber depurado con el propósito de alimentar su propio estilo. Esta razón, junto con su habilidad para contar bien una historia sin renunciar a cierta experimentación, convierte Boxeo sobre hielo en una novela merecedora de atención, y a su autor en un escritor al que seguir la pista por los cuadriláteros de la literatura del siglo XXI.

martes, septiembre 04, 2007

Leer para ti, Siri Hustvedt

Trad. Julia Piera y Chiara Merino. Prólogo de Eduardo Lago. Bartleby, Madrid, 2007. 85 pp. 10 €

Francesc Miralles

Este poemario en versión bilingüe (inglés-castellano) no es una novedad de la autora de Todo cuanto amé, sino que fue publicado originalmente en 1983, un año después de su matrimonio con Paul Auster. Por aquel entonces esta escritora americana de raíces noruegas había cumplido 27 primaveras y aún no se había estrenado en el mundo editorial.
Su prologuista, Eduardo Lago ―ganador del Nadal 2006 con una novela ambientada justamente en Brooklyn, donde actualmente vive la autora―, califica estos versos de «poemas-luz». Una definición muy entusiasta para un libro con una prosa poética que provocará más de un bostezo en los lectores que busquen la sofisticación de Siri en su narrativa.
El poemario se abre con postales de la América hopperiana: campos de maíz de Minessota, «filas de nubes, trenzadas sobre el cobertizo y las líneas telefónicas», y a medida que avanza va adquiriendo un tono más emocional. La autora pesca en las aguas de su memoria «una foto de Tailandia marrón y amarilla» y alcanza cimas de sutil belleza cuando se refiere a cartas de amor en las que no aparece la palabra «amor» salvo al final.
Hablando de cartas, uno de los momentos más brillantes del poemario nos brinda esta pincelada de magia urbana: «Una vez olvidé una carta en un taxi. Jamás llegó a su destino.»
El hermoso título de esta obra ―tal vez lo mejor de ella― brota de la una promesa conmovedora que arranca en la página 81:

«En el cuento la princesa llora sobre el cuerpo del príncipe ciego. Caen dos lágrimas en sus ojos y él puede ver. El rescate. Las lágrimas. Cuéntalo otra vez. El pelo que cae de la torre. Dejo descansar el libro sobre tu pecho, en la cama. Siempre te leeré. Te lo prometo. Te leeré cuentos siempre, a medida que pasen los años.»

Exceptuando estos episodios de lírica intimidad, el único libro de poesía de Siri Hustvedt publicado hasta el momento es sólo para incondicionales de la autora que quieran conocerla en un registro más personal y menos transferible.

lunes, septiembre 03, 2007

Lugares comunes, Irene Jiménez

Páginas de Espuma, Madrid, 2007. 154 pp. 14 €

Pilar Adón

Una infidelidad en el dormitorio, la observación espía de la vida de los demás en la calle, el inicio de una nueva rutina lejos o un despido inesperado en la oficina. Tras cada ventana anónima que se dibuja sobre los edificios de las ciudades se esconden pequeñas historias, tragedias íntimas. Curiosas pasiones y tristezas que, a pesar de su aparente insignificancia, configuran nuestra particular manera de ver el mundo, de interpretarlo. Pocas veces esas pequeñas historias van más allá de su propia realidad concreta, ya que lo auténticamente complejo es captar sus implicaciones verdaderas, sacarles el jugo y descubrir lo que tienen de universal. Pero es en esas diminutas estampas del proceder diario, en esos sucesos supuestamente triviales que acontecen a los habitantes de una ciudad que puede ser Madrid, en lo que se fija Irene Jiménez para componer estos relatos recogidos bajo el título de Lugares comunes, y editados por Páginas de Espuma.
El desengaño y la inercia, ciertos incidentes fortuitos tras los que los sentimientos se van apagando hasta parecer condenados a morir lentamente, imperan en estos “lugares comunes”, que enmarcan sus espacios de acción ya desde cada título: “En la universidad”, “En un pasillo”, “En casa de los señores…” Y lo hacen con una perseverante agilidad, evitando perderse en detalles que no coadyuven a confeccionar una estricta imagen argumental captada por una melancólica (y, a la vez, insobornable) cámara, capaz de penetrar hasta lo más profundo de la soledad, de las expectativas, de las frustraciones o las miserias de los protagonistas. La prosa de Irene Jiménez es precisa y proporcionada, contenida, muy ajustada, propia de una observadora que demuestra un tremendo buen oído para atrapar aquello que a los demás nos suele pasar desapercibido, lo que se oculta tras lo evidente. Solemos pensar que lo más indispensable de la Historia se va construyendo gracias a los grandes sucesos revestidos de trascendencia, cuando es en los mínimos hechos donde descubrimos la esencia del alma humana.
Irene Jiménez hace así magia de lo cotidiano. En sus fábulas lo extraordinario salta de repente ante nuestros ojos, se hace palpable, y ahí radica la principal excelencia de la narrativa de esta autora: que en ella siempre se nos muestra un valiosísimo tesoro que permanecía, hasta entonces, enterrado, imperceptible. Tras un parpadeo, súbitamente, todo lo que sabíamos acerca de la situación de los personajes (normalmente prisioneros de sus propias vidas grises, intercambiables, destinadas a la incomunicación) ha cambiado, y entonces su posible devenir se nos revela en todo su esplendor o en todo su dramatismo. Ese momentáneo atisbo, esa iluminación, dura poco porque la percepción de la verdad es resbaladiza y, tras otro fugaz parpadeo, el ambiente previo y convencional, lo obvio, se regenera y volvemos a lo aparente, a lo que parece ser que son las cosas. No obstante, los personajes, de algún modo, se habrán transformado, pues ahora son ya conscientes de que lo real es lo otro, lo que subyace a la imagen.
Esas pequeñas realidades componen la sinfonía de lo que somos, de nuestra supervivencia como animales urbanos. En definitiva, y como concluye el último de los relatos del volumen, “la vida en las grandes ciudades sigue bullendo”.