viernes, agosto 17, 2007

Buenos días señor Hoy, Ana Rossetti

Ilustraciones de Jorge Artajo. Kókinos, Madrid, 2007. 30 pp. 13 €

Elena Medel

Con cuatro o cinco años —mi madre no precisa, yo no recuerdo— enfermé de varicela. El incidente me libró durante una semana de las clases de la guardería, convirtiéndome en la reina de la casa: no madrugaba, bebía a todas horas leche con cacao, tras el arroz hervido mi abuela deslizaba en la palma de mi mano una onza de chocolate, o un par de galletas, que aliviasen mi pena. En aquellos días de fiebre me regalaron los primeros tomos de El mundo maravilloso de Heidi, una colección de libros con ilustraciones. No se diferenciaban en exceso de los que yo ya conocía, pero sí guardaban dentro una novedad: muchas letras. Yo, que era lectora precoz, devoré —con alguna dificultad, con todo el entusiasmo, ayudada por mi abuela— esos primeros volúmenes, a los que siguieron otros muchos —el resto, y también otros cuentos— durante los días de enfermedad. Estas aventuras de Heidi son los primeros títulos que recuerdo haber leído con cierta consciencia —si es que a esa edad se puede ser consciente—, y suelo culparles de mi pasión lectora. De ellos salté a las colecciones Barco de Vapor y Gran Angular, a los poemas de Gloria Fuertes, a los clásicos para jóvenes de Anaya, y no paré de leer.
En un tiempo en que los índices de lectura se estancan en cifras tan bajas como preocupantes, considero fundamental la selección de una primera biblioteca que anime a los niños a la lectura. Libros de calidad, sí, hermosos, pero que a la vez entretengan, entren por la vista, enganchen y capten —sobre todo: es el objetivo— a nuevos lectores. Buenos días señor Hoy, de Ana Rossetti, es un ejemplo y una muy buena elección: una historia para lectores debutantes, poco antes de esa edad de mi varicela, que se presenta como mitad poema y mitad relato. No nos conduce el soniquete de la rima en Buenos días señor Hoy, la disposición gráfica no tiene por qué ser la de verso, y se nos transmite una historia de principio a fin, pero la carga poética resulta —como veremos— innegable. El hilo argumental es sencillo: la pequeña Mireya despierta y pregunta al nuevo día —el «señor Hoy»— qué le deparará. ¿Sol, nubes, tormenta? ¿Podrá salir a jugar a la calle, deberá permanecer quieta y en casa? Mireya, Lola y Gonzalo unen fuerzas para que el día sea «divertido», «feliz», «extraordinario», «emocionantísimo»... Lo consiguen, y se marchan de excursión.
Buenos días señor Hoy narra, así, un día en la vida de Mireya, desde que amanece hasta que llega la noche. Lo mejor, y aquí Rossetti —poeta pionera e inolvidable, narradora sin moldes, creadora que es pura transgresión— muestra su oficio, es cómo se cuentan losa: cuando llueve, «el señor Hoy se pone a llorar»; Mireya, al encender la luz, «enciende un sol en su habitación»; las estrellas se describen como la «carga brillante» de los «pescadores nocturnos»... Metáforas muy simples, de identificación fácil y al alcance de los más pequeños —que, al descubrir por qué se dice así, sentirán como leer y comprender lo que se lee no es tan complejo—, pero al mismo tiempo de enorme belleza, igual que las ilustraciones de Jorge Artajo. Domina el color blanco, sí, y estallan los tonos más alegres —verde, rojo, amarillo— página tras página. La lectura es, en Buenos días señor Hoy, toda una fiesta.
No tengo hijos ni sobrinos, mis primos ya crecieron, y pocos de mis amigos más cercanos y queridos se animan a alegrarme con sus propios retoños. Mi contacto con los niños se limita, pues, a aquellos que ocupan el mismo vagón de metro. Sin embargo, algo mágico me ocurrió cuando disfrutaba de Buenos días señor Hoy: volví a sentirme como aquella niña que, con un pijama rosa, descubría la emoción de la lectura. Más que recomendable para los más pequeños, desde luego, pero también para aquellos mayores que deseen viajar en la máquina del tiempo, y regresar a su infancia durante un rato.

jueves, agosto 16, 2007

La maga primavera y otros cuentos, Emilia Pardo Bazán

Ed. Marta González Megía. Lengua de Trapo, Madrid, 2007. 284 pp. 22,50 €

Care Santos

No sé apenas nada de mis bisabuelos, que nacieron en la segunda mitad del XIX, digamos que entre 1850 y 1880. Cuando pienso en ellos, me parecen a la vez seres próximos y remotísimos. Si un día, frotando una lámpara, se me aparece un genio dadivoso, le pediré compartir una larga sobremesa con ellos, sus padres y sus abuelos. Claro que tendrá que ser en una mesa grande, porque esa parentela y yo misma sumamos 57 personas.
Emilia Pardo Bazán fue contemporánea de mis bisabuelos (nació en 1851) y, en algunas cosas, muy similar a ellos, me figuro: vivió la sorpresa de asistir al primer tanteo cinematográfico de los Lumiére, alabó las virtudes del teléfono, se maravilló con las bondades de la electricidad, padeció las secuelas de las guerras carlistas, fue testigo del atentado en el día de su boda de Alfonso XIII y no pudo votar en toda su vida (porque el derecho al voto de las mujeres no se aprobó en España, y aun tímidamente, hasta 1923, dos años después de la muerte de la autora gallega). Seguro que la condesa habría suscrito una frase que la tradición de mi familia atribuye a un tío-abuelo de mi madre: «Jamás, ninguna generación, volveréis a ver cambiar el mundo del modo en que lo hemos visto nosotros».
Sin embargo, también en algunas cosas fue Pardo Bazán completamente distinta a mis venerables parientas: mujer de mundo, ilustrada, muy alejada de la cortedad cultural femenina que tanto y con tanto ahínco combatió (un dato ilustrador y terrible: en su época, más del 80 por ciento de la población femenina era anafabeta). Su curiosidad sin límites la llevó a interesarse por todo tipo de temáticas —como queda patente en sus artículos—, desde la sanidad a las tradiciones, los prgresos científicos y tecnológicos o los viajes. Militó en un feminismo incipiente que, sobre todo en lo literario, le debe mucho; y se atrevió con todo y con todos, sin pelos en la lengua, escribiendo siempre desde una subjetividad y una valentía que es uno de sus mayores encantos.
Me hubiera gustado tener en la familia a doña Emilia. Pero, a diferencia de mis olvidadas bisabuelas, de ella sé muchas cosas. No sólo porque la verdadera Pardo Bazán aflora constantemente en cuanto escribe sino porque su personaje vive en las palabras de muchos de sus contemporáneos, en las crónicas de la prensa de la época y en sus propias acciones.
Por ejemplo, gracias a lo que los cronistas escribieron de ella, un personaje público conocido y seguido por gran parte de los lectores, puedo conocer con qué sencillo atuendo se presentaba a conferenciar al Ateneo de Madrid:

«un riquísimo traje alto, de raso blanco, con encajes de Inglaterra, y (...) valiosas alhajas, entre las que llamaba la atención una lindísima rivière de brillantes y gruesas perlas» (Diario Las Provincias, 1900).

Sabemos cómo opinaba Pardo Bazán acerca de casi todo. Prefería la horchata de chufa al whiskey —«ahora en Madrid (...) no se encuentra fácilmente ningún refresco español», se queja—; abogaba por la falda corta en las ocasiones pertinentes, arremetía contra el provincianismo de los españoles que no sabían viajar; criticaba la sumisión de la mujer, ligada a la falta de cultura, y animaba a sus contemporáneoas a procurarse un trabajo que les permitiera ser independientes. Su valor a la hora de esgrimir sus ideas le costó en más de una ocasión un elevado precio: muchos de los intelectuales del momento la criticaron, algunos con saña. Por su posición, o por su afán de relevancia, o por su (legítimo) interés de entrar en la Real Academia —que ella llevó al extremo de la polémica pública— o incluso por su capacidad de trabajo. Leopoldo Alas —a quien ella anteriormente tuvo por amigo— escribía así:

«Doña Emilia escribe demasiadas novelas; su imaginación no es fecunda ni variada; ella no puede hacer lo que un Pérez Galdós o un Zola, y mucho menos doble de lo que ellos hacen. Dos novelas en cinco meses, ¡ahí es nada! Resulta que a veces escribe por escribir».

Lo cual viene a demostrar que por mucho que cambien los tiempos, los gustos y las tecnologías, el mundo literario —sus envidias y sus modos de demostrarlas— es inmutable.
Ella se defendió siempre con contundencia. La acusaron de «salpicar sus escritos de palabras de baja estofa» e incluso emplearon este argumento para invitarla públicamente a abandonar la literatura. Ella alegó la necesidad de hacer que sus personajes se expresaran en la lengua del pueblo del que formaban parte. La tildaron de demasiado prolífica y dijo que solía trabajar a diario, escribiendo «quince cuartillas diarias», porque pretendía vivir de escribir. La criticaron por su afán de entrar en la Academia y replicó que si lo que hacían allí los académicos cada jueves era contar chistes verdes, ella conocía muchos también, y podía contarlos. Menéndez Pidal la tildó de sabihonda y fea y añadió: «con lo cual tiene mucho adelantado para ser krausista». Años después, ella escribirá: «A ningún escritor vivo le han sido dirigidos los ataques que a mí», mientras continuaba trabajando sin descanso. Y fundando revistas, dictando conferencias, viajando sin descanso y frecuentando balnearios —que adoraba— para curarse de la intensidad de su vida y también de lo mucho que le gustaba comer.
De todo lo que acabo de referir y de mucho más habla Marta González Megía en la magnífica introducción a esta recopilación de cuentos, que viene a completar su edición de Bucólica y otras novelas, en esta misma colección. La editora ha buceado en los documentos inéditos de Pardo Bazán conservados en la Real Academia Gallega y nos sirve un buen número de los mismos, incluyendo un cuento nunca ublicado hasta ahora, precisamente el que se ha elegido para titular esta selección personal, La maga primavera. Se trata de un texto corto, de los últimos —tal vez el último— que salieron de la pluma de la gallega, muy descriptivo, con tan escasa acción como relevancia en el conjunto de su obra, salvo como mera curiosidad. A pesar de todo, la recuperación bien merece haber sido incluida en este volumen, en el que el lector podrá disfrutar también de algunos de sus mejores cuentos.
Doña Emilia cultivó el relato corto durante toda su vida. Con más intensidad todavía en los últimos 25 años, cuando ya era una autora consagrada y diarios y revistas le reclamaban a menudo textos breves de ficción. Escribió en total 600 relatos que, si bien han conocido numerosas publicaciones parciales, sólo una vez se han publicado en su totalidad y en una edición de difícil acceso para el gran público (Cuentos completos, Fundación Pedro Barrié de la Maza, 1990). Desde luego, el volumen del material disponible hace aconsejable la selección de un buen garbillador, que es exactamente lo que nos ofrece esta edición.
Pardo Bazán admiraba a Maupassant y a Zola. Ambas querencias se adivinan en sus temáticas y, sobre todo, en sus desarrollos, aunque amalgamadas con sus propias preocupaciones y los ambientes que mejor conocía. Es frecuente el recurso de la historia dentro de la historia, el del narrador que refiere algo que le ocurrió con anterioridad para deslumbrar a un auditorio. Aunque el gusto de la autora por transmitir historias que conocía de boca de sus paisanos —invotaba a comer a los párrocos de los pueblos para escuchar sus anécdotas— la convierte en una notable recopiladora de historias, además de gran deudora de la realidad que la circundaba. Sus temas abordan todo aquello en lo que Pardo Bazán tuvo implicación: el mundo rural gallego, el urbanita de la gran ciudad —normalmente, Madrid—, los problemas de la mujer —la incultura, la sumisión, la violencia...—, la fascinación por culturas extrañas, lo sobrenatural —de nuevo la sombra de Maupassant, tal vez— y hasta lo metafísico. Particularmente, prefiero a esta última Pardo Bazán: la que reflexiona sobre la vida además de retratarla con maestría. La de “La resucitada”, “Las dos vengadoras”, “La calavera” —este último en deuda con Edgar Allan Poe— la que no vacila en ser descarnada y brutal de “No lo invento” (el título es toda una declaración de intenciones) o la que se atreve con un tema clásico —la posesión demoníaca— al que da sutiles matices de humor, en “Posesión”. La mayoría de sus relatos fueron publicados en la prensa —de ahí su brevedad— y están plagados de guiños: ya sea a la España del momento, a los nuevos inventos que inquietaban a la mayoría o a una realidad que ella deseaba combatir. El huracán Pardo Bazán se adivina bajo todos ellos: incluso los más simples, los más ingenuos, tienen una fuerza y una capacidad de seducción raros de encontrar en un texto literario.
Tengo un amigo que afirma que vivimos 150 años. Los 70 u 80 que deambulamos por la tierra y los otros tantos en que nos retiene la memoria de algún vivo. Emilia Pardo Bazán murió hace 86 años y vivió 70. Tal vez, a la vista de lo poco y mal que se la recuerda, tendré que comenzar a pensar que la sentencia de mi amigo es también aplicable a escritores como ella, que dejaron la estela de una obra tan considerable. Por fortuna, el trabajo de estudiosos como Marta González Megía y el esfuerzo de editores como Pote Huerta, de Lengua de Trapo, contribuyen a remediar el escaso conocimiento que tenemos todos de una de las autoras más interesantes del siglo pasado, que sigue conservando el poder de atrapar a cualquier lector, cuando no por la contemporaneidad de sus temas, por el embrujo indiscutible de su estilo. Claro que a la propia doña Emilia no le asombraría demasiado el escaso reconocimiento de su obra y de su propia figura. Ella misma fue una escéptica, una desengañada. Hacia la mitad de su carrera, cuando ya era una autora de cuarenta años, exitosa, conocida, con el pasado resuelto y una brillante carrera por delante, sentenció: «En España casi no se puede contar con el público».

miércoles, agosto 15, 2007

Si te comes un limón sin hacer muecas, Sergi Pàmies

Trad. del autor. Anagrama, Barcelona, 2007. 132 pp. 11,50 €

Vicente Luis Mora

Si no tuviera una periódica y dotada habilidad para la ternura, pensaríamos de Sergi Pàmies que es un cínico. Sus relatos están escritos desde un escepticismo a prueba de bombas; su ironía está a un paso de la crueldad, su acidez es rayana con la amargura y su humor se sumerge sin disimulo en lo vitriólico, pero aun así hay siempre un resquicio de humanidad y de esperanza en los cuentos de Pàmies que nos hace pensar (a lo mejor sin motivo) que quizá no piense el autor que nada vale la pena y que vivimos en una sociedad donde todo da lo mismo. Porque a la hora de la verdad no todo vale igual, para Pàmies no es lo mismo escribir bien que mal, no es lo mismo dejar morir que dejar matar, ni las vidas —aún— son intercambiables. Pàmies es impío, sí, pero no inmoral. La ética deja todavía rastros en sus personajes, que se resignan ocasionalmente al todo vale pero con la clara consciencia de que están cayendo en algo que no desean. Sus caractereses serán grises, pero se niegan a llevar a cabo actos que cercenen su posibilidad de cambio (véase al efecto la última y significativa frase del libro).
En esta nueva entrega de cuentos, Si te comes un limón sin hacer muecas, publicada como casi todas las suyas por Anagrama, y enriquecida por un prólogo cómplice y esclarecedor de Enrique Vila-Matas, Pàmies ha desnudado hasta el extremo la prosa: sus historias ya no admiten vaguedades, las digresiones cuentan, las aparentes florituras vienen al caso, todo arroja luz. Se ha perdido el descaro de piezas antiguas, como Sentimental, de errores tan memorables como los aciertos[1], pero es innegable que el conjunto ha ganado en eficacia narrativa. Quizá es demasiado eficaz, quizá ahora los cuentos son tan expeditos que parecen demasiado elaborados, cerebrales, y le cuesta mucho a Pàmies destilar humanidad. Este sistema de depuración narrativa máxima dificulta al lector intimar con los relatos, y provoca que junto a textos excelentes, como “Brindis” o “Sangre de nuestra sangre”, haya otras piezas más flojas, como la titulada “Como dos gotas de agua”: el mecanismo es tan milimétrico que si no funciona, ni el estilo (despojado al límite) ni los añadidos retóricos u oníricos (deliberadamente laminados) pueden acudir en su auxilio. Un ejemplo de cuento malogrado, en este caso traicionado por su frase final, es “Pozo”, que hasta su antepenúltima línea es o podría haber sido un asombroso cuento alegórico, digno de antologías pobladas de escritores ciegos; pero diríase que al autor le ha preocupado que el cuento pareciera demasiado profundo, matándolo al quitarle hierro. Los cuentos de Pàmies son monumentos a la construcción cuentística, pero en su virtud está su peligro: por la extrema delgadez que visten, están a un corto paso de la belleza y a otro de la anorexia.
Pero es innegable y reconfortante comprobar que seguimos en territorio Pàmies; es evidente, conforme avanzamos en la lectura de Si te comes un limón sin hacer muecas, que la atmósfera habitual de sus narraciones sigue estando presente, sobre todo —en algún lugar lo hemos apuntado ya—, por la sabia elección de los caracteres protagonistas, magistralmente construidos con dos apuntes a vuelapluma, evitando las patologías fáciles y los tics intercambiables. Observemos la disección espiritual de un escritor: «te deleitas en la adulación con la satisfacción de quien siente en los hombros las manos de una masajista» (p. 50). Lo curioso de los personajes de Pàmies es que podrían ser nuestros vecinos, o que podríamos ser nosotros, como apunta Vila-Matas en su prólogo. Pàmies no gasta su imaginación en buscar escenarios increíbles o personajes exasperados, no necesita de patologías psíquicas para causar extrañeza ni de complicados saltos espacio-temporales para generar exotismo (véase declaración explícita al comienzo de “Ficción”, relato que hace las veces de poética del conjunto, y no sé si de su obra completa). Los huecos de las escaleras comunitarias, los coches, los cuartos de baño, son espacios perfectamente adecuados para hacer literatura fantástica. La de Pàmies es una literatura sin nombres propios, sin negritas, en la que cabemos todos. Quizá esa sea, siga siendo, su ética irrenunciable.

[1] Por cierto, el personaje de Sentimental o el comportamiento del personaje de Sentimental (un belga que inopinadamente abandona a su familia) aparece en la página 75; lo que antiguamente era el argumento de una novela corta ahora se ve, por otro personaje, como una excentricidad. No sé si estamos ante una broma íntima para críticos y lectores cómplices, o si es un significativo cambio de vista sobre las necesidades de verosimilitud de la narración breve. A la vista de algún cuento anterior de Si te comes un limón..., como “Juego”, donde uno de los personajes muere y, tras un diálogo con San Pedro que recuerda al de Woody Allen con la Muerte en Para acabar de una vez por todas con la cultura, resucita, me inclino por la primera opción.

martes, agosto 14, 2007

La marea del tiempo, Raúl Carlos Maícas

Candaya, Barcelona, 2007. 159 pp. 14 €

Pedro M. Domene

Raúl Carlos Maícas (Teruel, 1962) entrega, y habrá que puntualizar que no es habitual en la literatura española, un segundo volumen de sus diarios, tras Días sin huella (1998), calificado casi una década atrás por Alejandro López Andrada como «un libro que huye de los tópicos edulcorados y de esa corriente cursi y engolada que, últimamente, practican tantos encumbrados de este país literario empobrecido por aquellos que sientan cátedra sin saber». La marea del tiempo (2007) contiene los diarios o prosas solitarias de alguien que, de alguna manera, levanta acta cotidiana desde las entrañas mismas del convulso mundo literario actual. Un cuaderno que, como aclara el escritor catalán Marià Manent, bien puede traducirse en «notas dispersas (...) pequeñas zonas salvadas de la marea del tiempo y de la inexorable erosión de la memoria». En realidad, este tipo de ejercicios literarios se traducen como si de una terapia cotidiana se tratara, una especie de autoayuda en el difícil mundo del periodismo rutinario, así calificaba el propio Maícas su proceso de escritura y añadía, además, que este tipo de textos se convierten en auténticos libros interactivos, porque acogen una escritura fragmentaria, adecuada a los tiempos que vivimos, de posterior fácil lectura, posibilitando que puedan ser abiertos por donde uno libremente quiera. Se trata, en definitiva, de un libro que bien podíamos calificar como de memoria, evocación, pero de una profunda agudeza crítica o de una desinteresada e íntima voluntad de sorprender a los lectores.
Estos textos se concretan en ese espacio que proporciona la vida misma repleta de desvaríos, espejismos, ensoñaciones, leyendas que convierten lo vivido y recordado en objetos perdidos y cachivaches que, por su naturaleza, transforman nuestra existencia en una vida sedentaria, doméstica y burguesa, para así, como señala el autor, poder edificar un pequeño mundo, un mapamundi imaginario que nos permita seguir reinventando historias y vidas. La vocación misma de este libro estaría entre esa especie de retiro que anotábamos hasta aquí y esa otra más universalista que le proporcionan al autor sus múltiples lecturas y vivencias. Para poder establecer un paralelismo entre ambas opciones, Raúl Carlos Maícas, se inventa un viaje individual por unas carreteras imaginarias que le permiten huir de esa náusea cotidiana que el tiempo le ofrece a diario y se aleja de una vida de cierta mediocridad responsable.
En este diario se percibe esa pluralidad que el autor ha ido experimentado y ensayando, sus múltiples lecturas, vivencias, sentimientos, razonamientos, temores y alegrías, inquisiciones y disquisiciones que le permiten seguir huyendo de ese ostracismo cotidiano y provinciano para asomarse a esa diversidad que ofrece el mundo extranjero, anotando autores y obras que rescata de algún catálogo olvidado (recuérdese a Nizan), puntualiza sobre la ética de Camus, admira la condición apátrida de Bruce Chatwin; pero frente a esa universalidad, evoca a nuestros Bergamín y Gómez de la Serna y, en igual proporción, reivindica la obra de Miguel Sánchez Ostiz, tan barojiana como visionaria.
Una última consideración: en algunas de estas páginas repletas de buenos y mejores deseos, aquellos que Séneca calificaba como una cadena cuyos eslabones son las esperanzas, Maícas se califica de cosmopolita varado en el privilegiado mirador de la provincia donde él vive, un insumiso que abomina patriotismos, corsés ideológicos, vasallajes y todo aquello que se practique con una política de horizontes mezquinos, para añadir que muestra esa valentía de confesión, en unos tiempos rancios y finiseculares, sometido a desprecios y a ninguneos o a improperios y exabruptos. De ahí, su condición de náufrago e iconoclasta cascarrabias. Personalmente, añadir que nada más difícil que sobrevivir en este difícil mundo de gremios consentidos.

lunes, agosto 13, 2007

Tortugas acuáticas, Roxana Popelka

Baile del Sol, Tegueste (Tenerife), 2006. 94 pp. 10 €

Inés Matute

Licenciada en Ciencias Políticas y Sociología y Doctora en Filosofía, Roxana Popelka es, ante todo, una humanista. Y eso se nota en todo lo que hace, tanto en el campo de la poesía y la narrativa, como en sus exposiciones fotográficas y performances, por no mencionar los cortometrajes que tan brillantemente ha dirigido. El libro Tortugas acuáticas llegó a mí por amistad, por la complicidad que mantengo con Tito Expósito, editor del Baile del Sol, y no creo exagerar al decir que me ha de faltar tiempo para agradecerle que pusiese a Roxana, con o sin tortugas, en mi camino.
Mediante esta interesante antología de relatos, Roxana Popelka nos propone una emersión de la cotidianeidad en la narrativa con una voz y una actitud muy particulares. El libro, muy descriptivo, agrupa una serie de relatos breves intensos y mordaces, los cuales destilan una agridulce dosis de crítica a los modos y costumbres burgueses, actuando como espejo de pequeños dramas interpersonales fruto de la contradictoria sociedad en que vivimos. Su mirada, analítica aunque recubierta de ternura, contempla las distintas escenas desde la apatía y el desencanto, lo cual no disminuye, sin embargo, el valor de cada relato. Es más, yo diría que lo potencia.
Su prosa, rica en matices y tonos, unas veces es áspera y cortante, y otras, delicada y reflexiva. Las relaciones de pareja, los problemas de comunicación, los fracasos sentimentales, el trabajo, los hijos, el paso del tiempo, la convivencia, la supuesta sociedad del bienestar —con sus servidumbres y sus carencias— y los sueños rotos son los temas sobre los que Roxana posa su sabia pluma; y lo hace buscando la empatía del lector, el asentimiento, ayudándose para ello de marcas comerciales y referencias populares. Pero eso no es todo. La desigualdad, la injusticia y la represión también están presentes entre sus páginas, esbozadas o desarrolladas menos extensamente, pero visibles a ojos del lector atento, que deberá enfrentarse al «pequeño instante de decepción» desde su ética personal y la plantilla de sus emociones. Seleccionando detalles concretos, y lejos de maximalismos e interpretaciones simbólicas, lo que se nos muestran son Polaroids de una realidad donde no hay lugar para el lujo o la sorpresa, y que convierten a la autora en una muy digna representante de lo que se ha dado en llamar el “Nuevo Realismo”.
Empuñando el escalpelo, espléndida me parece la historia de la mujer que, insatisfecha de sus relaciones con los hombres, se sumerge en el sexo de otra mujer en busca de respuestas. O la de la niña que se niega a crecer y convertirse en mujer por temor a decepcionar a su peculiar padre. O el magnífico diálogo-trampa del relato que da nombre al libro, por no mencionar la pregunta clave de “Mosquito”: «¿Por qué no hay que decirlo todo?» En definitiva: una voz femenina imprescindible dentro del panorama actual de la nueva narrativa española.