viernes, julio 06, 2007

Stevenson, tú y yo, Carmen Gómez Ojea

Ilustraciones de Horacio Elena. Edebé, Barcelona, 2007. 168 pp. 7,35 € . Edad recomendada por el editor: a partir de 8 años.

Ana Gorría

Érase una vez una niña que asiste por primera vez a la injusticia. Durante el desarrollo de su fiesta de cumpleaños, Irene, la protagonista de Stevenson, tú y yo, asiste a la calumnia y a la difamación de Bárbola, la única invitada presente que no pertenece al círculo de las amigas de su madre, acusada injustamente de ladrona. Esta acusación desvela, además, en un episodio de inusitada crueldad uno de los mayores secretos de la niña: el maltrato sufrido por parte de su padre.
A partir de este conflicto inicial, Carmen Gómez Ojea nos plantea la evolución de Irene desde esta fecha, ya que este episodio marca un punto de inflexión que va a determinar su relación con su entorno más inmediato: las relaciones con su familia, especialmente con su madre, con sus compañeras de clase y con la realidad.
Rechazada en un primer momento por su entorno inmediato, Irene, una lectora empedernida de libros de aventuras, con cierta tendencia al histrionismo (que viene ligado a su vocación de actriz) se encierra en su habitación movida por la soledad y la incomprensión que la atenazan desde su desdichado cumpleaños, e inicia una relación virtual con un chico al que conoce en un chat y, para el que, como para ella, Robert Luis Stevenson es el mejor escritor que conocen.
Tusitala y R.L (dos sobrenombres de Stevenson) urden una relación que va a ser para Irene el único espacio donde va a sentirse acompañada y entendida. Cuando la relación entre ambos avanza, ella, de naturaleza fantasiosa, fiel al sobrenombre de “Tusitala” (contador de historias) que escoge en internet, idea una personalidad falsa que viene a sublimar la situación de Bárbola, de cuya situación se siente responsable. La personalidad fingida de Irene, una niña polaca, huérfana de padre, y víctima del hostigamiento de su padrasto Vladimir usurpa a la de la adolescente en su relación con Tobías, hasta el punto de enturbiar el único reducto de felicidad que conoce, hecho que le dará fuerzas para afrontar su realidad inmediata y a aventurarse en el mundo de los adultos.
Gómez Ojea, autora que ha merecido galardones como el Premio Nadal, el Premio Carmen Conde de poesía y, en el ámbito de la literatura infantil, el Premio Ala Delta de Literatura Infantil y Juvenil o el Premio Edebé de Literatura infantil da una buena muestra de su talento literario en la creación y desarrollo de los personajes: qué escasos trazos para dibujar con tantos matices el universo de las amigas de su madre, la relación de Bárbola con su padre o el mundo de los adultos desde la mirada de una niña que está dejando de serlo. Con un preciso análisis de las emociones, la autora consigue radicar el ser íntimo de esa niña herida en sus más íntimas convicciones y el abismo al que se ve relegada: «(...) después, creo que estuve muy enferma, aunque nadie lo notase. La verdad es que durante mucho tiempo me sentí como una cáscara de huevo, una monda de patata, una basura flotando en las aguas sucias de un río, un río que eran los días, el tiempo que pasaba, sin que un sólo segundo hubiera consuelo para mi pena ni alivio para mi tristeza».
El recurso a la literatura epistolar, en la que también se incluyen los correos electrónicos, es un valor notable para, a pesar de no perder nunca el punto de vista de Irene, recibir noticias de la historia de Bárbola, esquivando la posibilidad de recaer en una literatura de folletín.
Stevenson, tú y yo es un texto que no sólo cumple con su primera función, entretener y desarrollar nuestro radio de existencia a través de la imaginación, sino que también nos presenta y ayuda a acompañar y a comprender una época de cambios a los que todos hemos estado sometidos y nos someteremos, un tiempo en que entra en crisis nuestra identidad, la amistad, la impotencia ante la injusticia, el amor, las relaciones con nuestros padres. De todos estos motivos se ocupa Stevenson, tú y yo de forma sobresaliente.

jueves, julio 05, 2007

Profundidades, Henning Mankell

Trad. Carmen Montes Cano. Tusquets, Barcelona, 2007. 312 pp. 20 €

Marta Sanz

Cada vez que cojo una novela de Henning Mankell, no puedo evitar compararla con la serie de Wallander. Las aventuras del comisario constituyen mi prejuicio de lectura, mi esperanza o mi cansancio cuando comienzo a leer: el piso, el café, los alimentos, el termómetro, los madrugones, el desapego y el amor por la hija, el respeto y la desconfianza respecto a los compañeros de profesión, la amistad y el alcoholismo de Sten Widén, los urogallos y las puestas de sol en los cuadros del padre y, sobre todo, la tesis persistente de la destrucción de la socialdemocracia sueca amenazada por los efectos negativos de la globalización y sus horrores; Suecia deja de ser un lugar peculiar, un extraño refugio, para convertirse en un paraje tan violento como cualquier otro. Suecia es Soweto y Sicilia y Buenos Aires y un televisivo cul du sac del Bronx neoyorquino.
En Profundidades Mankell, lejos de presentar al lector los escenarios contemporáneos que caracterizan los casos de su famoso comisario —los fanatismos, la amenaza tecnológica, la marginación y el expolio de África, el odio no resuelto de las víctimas, el cambio de máscara de los pequeños y grandes verdugos...— se retrotrae a la Primera Guerra Mundial y escribe una novela, cuya atmósfera y cuyos personajes traen a la memoria la melancolía y el sentimiento trágico del propio Mankell, así como un aroma conradiano: leyendo Profundidades recordaba la tienda de Verloc, a su esposa, a su cuñado, el espeluznante y relojeramente medido ambiente de El agente secreto... Lars Tobiasson-Svartman, un hidrógrafo encargado de sondear las profundidades marinas para abrir vías a los barcos de la Marina sueca, lanza su plomada al fondo del océano y, de la misma forma, se busca a sí mismo; en su proceso de búsqueda, miente a su esposa, se enamora de otra mujer, la abandona, regresa, miente más, vuelve, fabula, se desdobla, engendra hijas, se cincela como personaje doble, se reconcentra, se observa con atención enfermiza... El lector va descubriendo la verdad insondable de Lars Tobiasson-Svartman, su psicopatía, su falta de conciencia no tanto de sí mismo como de los demás. La autoindagación es una excusa para justificar quizás el egoísmo. El personaje, al igual que su esposa Kristina, pertenece a una clase social que puede pegar bofetadas a sus subordinados. Vemos cómo Lars va dejando que su ira brote cada vez con mayor frecuencia, con menos contención.
La metáfora de la distancia articula una novela que reflexiona sobre el aislamiento y la soledad, pero también sobre la mentira, la pareja, la paternidad y sobre el espejo quebrado del yo en un escenario histórico y geográfico frío y convulso. El nombre y los apellidos del personaje se repiten hasta la saciedad a lo largo de las páginas y, sin embargo, esa marca no sirve de nada: Lars Tobiasson-Svartman es incapaz de reconocerse ni siquiera en sus sueños; tampoco reconoce a sus seres más próximos ni la imagen que los otros se han formado de él: no comprende el odio que siente por él Jakobson, un odio que descubre leyendo su diario. El abordaje a los textos de la intimidad ajena no aminora las distancias y la muerte, un destino, va marcando la progresión del texto como los presagios de la novela romántica: un tripulante enferma de apendicitis; un marinero aparece flotando en el mar con las cuencas de los ojos comidas por los peces; Jakobson cae fulminado por un ataque; a los personajes les salen ronchas, pústulas, huelen mal; un gato es degollado, eviscerado, devorado por las águilas; los restos del cadáver del marido de Sara Fredrika, la mujer del islote que magnetiza a Lars, son alzados por las redes; al final, el asesinato, el suicidio, la plomada que reposa sobre el fangoso fondo del mar... La muerte rodea la narración y la figura toda de Lars Tobiasson-Svartman como el hielo cerca el islote en el que habita Sara, una llamada de vida y de perpetuación que no consigue redimir a Lars de la rigidez de la muerte: la figura autoritaria del primer muerto, su padre, la esposa, las convenciones de Estocolmo, el suegro, la vida militar, la exactitud de su oficio, la cotidianidad en barcos que parecen siempre submarinos habitados por hombres duros y vulnerables, la guerra.
Con los libros de Wallander, muchas veces Mankell se ha colocado al lado del asesino, estando sólo relativamente del lado del él —como Simenon, como Highsmith—; en Profundidades, cuanto más se acerca el lector al protagonista, más se aleja, activando la sencilla —¿tal vez demasiado?— metáfora vertebradora del texto: profundidad, distancia, insondabilidad, incomunicación. La cercanía no es una forma ni de conocimiento ni de cariño: estar cerca es estar lejos. Los retratos femeninos están esbozados con una sutileza que se relaciona con la incapacidad de Lars para ver a sus mujeres: Kristina, la esposa, está hecha de retazos, es un aroma, aparece en los sueños de Lars y acaba difuminada, maneja sus figuritas de porcelana, contesta a cartas que nunca tendría la iniciativa de escribir y, sin embargo, Kristina es mucho más fuerte y más honesta que su esposo, y lo demuestra al menos dos veces a lo largo de la narración. Lars Tobiasson-Svartman atisba a Sara desnuda, lavándose, desde lejos y entre la bruma del mar... la ve y no la ve, le fascina. Nunca llegará a prever sus reacciones. Engendrará una hija con ella a la que no sabrá cómo tocar, cómo querer.
Me molesta la tendencia de Mankell a cierto psicologismo de andar por casa, así como la propensión a la frase grandilocuente, aunque a veces también me pregunto si criticar un libro tiene algo que ver con la posibilidad de meterse en el corazón de los personajes asumiendo los códigos propuestos por el autor; si, después, es necesario dar un paso más allá para valorar ese código y decidir si se acepta atendiendo a nuestras propias coordenadas ideológicas y/o sentimentales. Yo de Mankell admiro el dibujo de un paisaje nevado o lluvioso del que nacen y al que retornan sus seres de ficción, la gelidez con la que narra los actos más sangrientos para clavarlos como una esquirla en la retina del que lee, su tempo lento. Yo de Mankell, acepto toda la tristeza y eso pesa en mí mucho más que cualquier otro reparo.

miércoles, julio 04, 2007

Calle Feria, Tomás Sánchez Santiago

XI Premio de Novela Ciudad de Salamanca. Algaida, Sevilla, 2007. 532 pp. 19 €

Ignacio Sanz

No creo que Calle Feria, sea estrictamente una novela, pese a que se ha alzado con el premio XI de Novela Ciudad de Salamanca. Qué más da. Lo que importa es que su autor, Tomás Sánchez Santiago, (Zamora, 1957) reconocido poeta, ha dado el salto a la narrativa y lo ha hecho con un libro hipnótico, con un poderío poco común, rastreando en la memoria infantil de un mundo, el del comercio provinciano, que quedó atrás hace unos cuantos lustros. Ni sombra entonces de las franquicias que atosigan ahora las calles.
Calle Feria sería, pues, una novela que se va armando con relatos que el narrador enmarca en un tiempo y en un ambiente concreto. De ahí que nos encontremos con protagonistas que aparecen en varios de los relatos y, sobre todo, con la voz del narrador, que da coherencia y aliento a este hermoso libro. Pese a que se rastrean y documentan muchas de las costumbres de la época, no encontramos en su lectura ni un rastro lejano de casticismo.
Pero antes de entrar en honduras, quisiera destacar la fuerza del estilo. El dominio arrebatado del lenguaje que hace que el lector se sienta envuelto por un ritmo galopante que lo atrapa. Cuando leía la novela, yo pensaba en esos bailes enloquecedores brasileños que nos invitan a mover los pies primero, las caderas después y, por fin, el resto del cuerpo, hasta olvidarnos de nosotros mismos, atrapados por la música embriagadora. Qué poderío el de esta prosa encandilante. Por supuesto que hay guiños cultos, pero sin afectación. Marsé o Landero podrían servir como referentes por esa capacidad que ambos maestros tienen de engatusar a los lectores sólo con el uso nobilísimo del lenguaje.
La calle Feria existe en Zamora, así queda confirmado en el primer capítulo “Gramática de una calle (informe catastral)”, acaso el más distante por su carácter tanteador e introductorio. A partir de ahí el lector se va a encontrar con la materia narrativa en estado puro, con personajes inolvidables como el crítico cinematográfico Mature, con historias emocionantes y detectivescas, con juegos literarios y metaliterarios, con la visita inesperada a la Zamora republicana de un García Lorca siempre deslumbrante. Pero, sobre todo, el lector va a reconocer a ese niño que soñaba el mundo desde una trastienda, al lado de Muñoz, su compañero de juegos. Quiero pensar que ese niño es, por supuesto, Tomás Sánchez Santiago, que nos ha entregado en esta sucesión de historias su propio mundo infantil trascendido y alambicado por una imaginación fértil y desbordada.
Dice el narrador en el capítulo “Monodia de la E”:

«Nos gustaba jugar con las palabras”. No resistíamos ante ellas demasiado tiempo sin destriparlas como los niños a los nuevos juguetes sosos. Verbaloflexia, así lo llamaba Muñoz. Llegamos a imaginar una tarjeta de visita para una sociedad que nos inventamos: Academia Logoplástica. Contorsionismo verbal».

Como un heredero legítimo del grupo Oulipo, Sánchez Santiago, volatinero verbal, nos regala un capítulo memorable, un puro juego, una fiesta palabreril.
Pocas veces una novela de más de quinientas páginas se me ha hecho tan leve y pocas veces un mundo, mejor un intramundo, el del comercio provinciano, tan distante en principio a mis intereses, me ha resultado tan próximo y tan cálido. Claro que el autor ha conseguido un prodigio semejante al de García Márquez cuando transformó Aracataca en Macondo. Como decía: ni rastro de empalagoso casticismo.
Sólo cabe esperar que el poeta Sánchez Santiago nos siga regalando en un futuro frutos narrativos de semejante calado e intensidad. Calle Feria es una de esas pocas novelas que dignifican un premio.

martes, julio 03, 2007

La hermana, Sándor Marai

Trad. Mára Szij y Miguel González. Salamandra, Barcelona, 2007. 253 pp. 14,80 €

Carmen Fernández Etreros

Llevo días dando vueltas a la manera adecuada para comenzar esta crítica a la obra de Sándor Márai La hermana. Al final me he dado cuenta de poco importa encontrar el tono. Sándor Márai se me escapa entre los dedos. Se me escapa esa manera de escribir tan lúcida y profunda. Su serenidad, su extremada sensibilidad y su manera de conectar con las preocupaciones primordiales del ser humano me desborda, como supongo que le ocurrirá al lector que se acerque a esta novela. La hermana, escrita en 1946 por el autor húngaro a continuación de El último encuentro, ha sido rescatada y publicada por primera vez en nuestro país por la editorial Salamandra.
Bucear en las páginas de La hermana es zambullirse sin conciencia en lo más profundo del fondo del ser humano. Marái desgarra al lector con frases como: «La vida es veneno si no creemos en ella, si ya no es más que un instrumento para colmar la vanidad, la ambición o la envidia. Entonces uno empieza a sentir naúseas, como...». (p. 179). El escritor húngaro Sándor Márai intenta buscar con serenidad y aplomo las raíces del dolor, de la enfermedad y de la soledad del artista.
El protagonista de La hermana es un afamado pianista Z. que en plena guerra se dirige en tren a Florencia para dar un concierto invitado por el gobierno italiano. Antes de llegar a la estación comienza a sentirse aquejado por una enfermedad misteriosa y después del concierto es ingresado en un hospital florentino. Las conversaciones con el médico y las hermanas que le atienden se convierten en una lucha entre la vida y la muerte, entre la lucidez y la locura a la que le conducen los fármacos que le administran.
El autor húngaro logra imprimir la semilla de la intriga desde las primeras páginas de esta novela, un éxito si desde mi punto de vista el verdadero protagonista de la novela es la enfermedad con mayúsculas. Sin embargo no se queda anclado en la enfermedad, Marái nos acerca a la esperanza, a la posibilidad de curación, a la vuelta a la vida desde las ganas de sobrevivir del ser humano y desde la llamada al moribundo a la vida por sus seres queridos.
¿Puede un hombre retomar el camino torcido? ¿Puede un hombre huir de una pasión que le destruye? En el fondo Márai plantea esa necesidad de voluntad para huir de la enfermedad y del conflicto en la vida. «Busque la vida», le sugiere el médico al músico para salvarle de la enfermedad.
Vida y literatura se cruzan en Sándor Márai como en la vida de los grandes escritores y ambas luchan entre sí con furor y rabia. El exilio de voluntario del escritor en Europa, la prohibición de su obra en Hungría, su suicidio en San Diego a los 89 años, antes de la caída de Berlín, son exponentes de ese terrible sufrimiento del escritor y de su lucha constante por la vida. Buscar la vida se convierte para el lector en una necesidad y un compromiso una vez que acaba de leer la última de las páginas de La hermana.

lunes, julio 02, 2007

Como lobo, Alberto Luque

Gran Vía, Burgos, 2007. 147 pp. 12 €

Óscar Esquivias

Me vais a permitir que cuente una anécdota personal (no sería justo empezar esta reseña de otra manera).
Hace ya muchos años (más de diez) participé en la creación de una revista universitaria en Burgos que se llamó «El mono de la tinta». En el primer número ofrecíamos las páginas a nuestros lectores y les pedíamos cuentos, artículos o poemas. Pronto (para nuestra sorpresa) el apartado postal se llenó de sobres. En uno de ellos venía un relato breve (no llegaba a un folio), sin título, que contaba una historia muy sencilla: alguien volvía a casa tras una ausencia larga y se sorprendía al encontrar las persianas echadas, el piso vacío y una nota de despedida de la persona amada. El viajero se quedaba anonadado, incapaz de reaccionar, a oscuras, con una carta llena de reproches entre las manos que releía atónito una y otra vez. Fin.
Este cuento (al que, por supuesto, mi resumen no hace justicia) era un texto conciso y conmovedor, muy persuasivo, contado con las palabras justas. Los tres codirectores de la revista no tuvimos ninguna duda en que debía ser publicado.
Como he dicho, recibíamos muchas obras en el apartado postal, casi siempre de autores muy jóvenes (muchas poesías venían manuscritas, con dibujos, corazones atravesados por flechas, brillantina), la mayoría firmadas con seudónimos extravagantes: «Ganímedes Ardiente», «Llama de tus ojos», «Asrjspuh», «Dasabosew», «Pulsión cósmica», «Zarathustra Indómito» (me los estoy inventando, pero tenían este tono). Nos parecía tan ridículo que los responsables de la revista tomamos la decisión de no admitir ningún texto firmado con seudónimo. Y aquel cuentecillo que tanto nos gustaba aparecía suscrito por un nombre bastante estrambótico (no tanto, desde luego, como los citados), así que escribimos a las señas que aparecían en el remite del sobre y le pedimos al autor que se identificara. De esta manera conocí a Alberto Luque o, mejor dicho, supe de la existencia de un escritor llamado Alberto Luque, a quien a partir de entonces he perseguido tenazmente como editor de revistas (siempre presumo de los cuentos que le he publicado) y sobre todo como lector, porque en la prosa de Luque están todos los valores que yo aprecio en la literatura: destreza narrativa, humor, capacidad de crear atmósferas y personajes, desinhibición frente a las convenciones literarias, aliento épico y aventurero y un estilo directo y apasionado ante el que es difícil permanecer indiferente. De los autores de (más o menos) mi generación que yo he leído, Alejandro Cuevas y él son mis favoritos, los que más me emocionan, en los que más confío. Allá donde tenga ocasión los recomendaré con entusiasmo porque pocos autores me han hecho más feliz.
En el caso de Alberto Luque, no ha sido fácil seguir su carrera. Sus cuentos han aparecido en las revistas más extrañas o remotas (incluyo aquí las que yo he dirigido) y lo mismo sucede con sus libros, publicados en editoriales casi secretas: la novela La noche de las puertas abiertas salió en Ars Milenii (Madrid, 2003), su libro de cuentos La senda de nieve oculta en Celya (Salamanca, 2005) y esta última novela (Como lobo) en la editorial Gran Vía (Burgos, 2007).
Lo último que cabía esperar de Alberto Luque es una novela del estilo de Como lobo, esto es, una historia de pastores y loberos cuyas primeras páginas pueden traer el recuerdo de la literatura rural de Delibes o de Julio Llamazares. Hasta ahora las narraciones de Luque oscilaban entre lo aventurero, lo existencial y lo cosmopolita. Todos los cuentos de La senda de nieve oculta están ambientados en América (donde el autor vivió varios años) y muestran un poderoso aliento conradiano (sé que es un tópico citar a Conrad cuando hay selvas y descensos a los infiernos de por medio, pero pocas veces estará tan justificada su invocación); por otra parte, su novela La noche de las puertas abiertas narra una suerte de viaje existencial y alucinatorio, un tanto en la línea (por su atmósfera nihilista) de obras como Euro Raíl (Visor, 1998) de Eduardo Lampaya o Tokio ya no nos quiere (Plaza & Janés, 1999) de Ray Loriga.
En Como lobo, Luque escapa de todo lo anterior y, literalmente, se echa al monte para contar una historia de gentes que pertenecen a un tiempo que ya no es el nuestro. La novela está dedicada a los «bravos pastores de Oncala» (Soria) y sucede en pocos días, el tiempo que un muchacho de trece años se emplea de zagal porque su padre quiere que conozca la vida de pastor antes de que marche a estudiar a la ciudad. El autor domina el lenguaje de los hombres del campo, sus costumbres, conoce el paisaje y nombra las cosas con la precisión y la naturalidad de quien sabe de lo que habla: es un relato que da la impresión de nacer desde dentro de ese mundo, tal y como podría contarlo un hombre de campo. Pero el lector también se da cuenta en seguida de que el narrador no ha escrito su historia con un propósito costumbrista o etnográfico. Hay un personaje invisible que se adueña por completo de la historia. Es el miedo. Y todo cambia.
Como lobo está contada con aliento épico, es una novela de aprendizaje que trata del viejo asunto de la lucha del hombre contra sus temores más hondos. De nuevo aparece el espíritu de Conrad, pero también el del Antiguo Testamento y el de un tiempo aún más remoto: estos pastores castellanos de Alberto Luque están emparentados con los de la primera literatura, la que se escribía en tablillas de barro o se recitaba en las plazas. Como lobo podría ser un relato oral, tiene la expresividad y la sabiduría narrativa de las historias que se contaban en susurros cuando las noches eran muy largas y estaban llenas de ruidos. Es imposible leer sin estremecimiento este relato que mira a los ojos al miedo. Llegará (ojalá me equivoque) a pocas librerías: allá donde esté, os aseguro que no habrá un libro mejor en la mesa de novedades. No os lo perdáis.