viernes, junio 29, 2007

Uma. La pequeña diosa, Fred Bernard / FranVois Roca

Trad. Élodie Bourgeois Bertín / Teresa Farran Vert. Juventud, 2007. 40 pp. 15 €

Villar Arellano

Esta es la historia de Uma, una pequeña niña a quien esperaba un singular destino: los sacerdotes la reconocieron como La Elegida, la nueva diosa viva. Según dictaba la tradición, su sola presencia servía de inspiración al rey, quien debía reverenciarla. A cambio, ella nunca podría sonreír ni llorar y sus pies jamás tocarían el suelo.
Inspirada en relatos del Mahabhárata —clásica epopeya que recoge buena parte de la mitología hindú—, y con base real —las polémicas kumari o niñas-diosas son consagradas en Nepal desde los 4-5 años hasta que alcanzan la pubertad—, la historia de la pequeña Uma se presenta en este exquisito álbum con un magnífico despliegue de elementos estéticos, del que participan tanto el autor y el ilustrador como la propia editorial.
Respecto a esta última, merece destacarse su apuesta por el gran formato (26 x 31,5 cm), que permite apreciar en toda su magnitud el atractivo trabajo pictórico del ilustrador. Es también meritorio el uso de recursos plásticos que refuerzan la espectacular ilustración de la portada (el empleo de diferentes texturas —brillante en el fondo y mate en la figura— subraya la fuerza de la niña protagonista, que adquiere un mayor relieve y parece salir del libro).
Estamos ante una obra redonda, un integrado trabajo a dos voces que ejemplifica con claridad la riqueza narrativa del álbum ilustrado: una síntesis de lenguajes llena de matices artísticos. No en vano, Fred Bernard y FranVois Roca han estado vinculados, a lo largo de toda su carrera, por una fecunda complicidad que ha dado como resultado una fascinante colección de obras: La comedia de los ogros (Juventud), El tren amarillo (Lumen), Jesús Betz (FCE) o El secreto de las nubes (Lumen), entre otros.

Cada creación de este tándem de autores es peculiar y sorprendente, aunque toda su obra está recorrida por una línea temática transversal: el viaje iniciático, la búsqueda personal a través de la naturaleza...
En este caso, la pequeña Uma emprende su viaje huyendo de la guerra. Cuando abandona su santuario para ponerse a salvo, emprende una gran aventura que la llevará a tierras lejanas, hasta reencontrar sus emociones perdidas —y por ende, su propia identidad— junto a los suyos.
El texto es sencillo. Bernard intercala diálogos y narración por medio de frases cortas que transmiten lo esencial. No abundan las descripciones, pero la acción, ágil y emocionante, permite captar los principales rasgos psicológicos de la protagonista. La mencionada brevedad, unida a la cadencia de algunas reiteraciones, aporta un resultado rítmico y musical al texto.
Respecto a las ilustraciones —panorámicas escenas trabajadas al óleo— presentan un estilo realista, que presta un especial cuidado al tratamiento de la luz. F. Roca, heredero de los grandes maestros norteamericanos de comienzos del siglo XX ( N. C. Wyeth y H. Pyle), conecta en este libro con la tradición de artistas indios como Ravi Verma, aprovechando al máximo el exotismo de los escenarios y la vistosidad de ropas y ornamentos: exuberante naturaleza, palacios de doradas cúpulas, elefantes sagrados adornados con suntuosas telas...
La habitual predominancia de los tonos ocres y rojizos en la obra del ilustrador deja paso aquí a una paleta de colores más amplia: azules celestes, rosas, naranjas, violetas..., tamizados por una nueva luminosidad, que sitúa las diferentes escenas en el amanecer o el ocaso.
Una atmósfera mágica envuelve todo el relato, fruto no sólo de los recursos estilísticos, sino de la propia condición mítica del personaje. Así, el carácter divino de la joven, que le impedía pisar el suelo, sitúa a Uma en situaciones insólitas —subida a los árboles, llevada por un mono, viajando a lomos de un tigre o volando sobre un gran buitre— para, finalmente, ya despojada de su divinidad, verla niña de nuevo, pisando el suelo firme de la casa paterna y abrazando, emocionada, a su familia.
Una historia, sin duda, extraordinaria y atractiva, que conectará a los más jóvenes (a partir de 6-7 años) con la fascinante y remota cultura india. Y una nueva oportunidad para descubrir los relatos del Mahabhárata, que ya pudimos conocer en otro libro delicioso: El Mahabhárata contado por una niña, de Samhita Arni (Siruela).

jueves, junio 28, 2007

Léxico familiar, Natalia Ginzburg

Trad. Mercedes Corral. Lumen, Barcelona, 2007. 258 pp. 17 €

Anna Grau

Este es un libro tenue. Tan tenue, que alguien lo podría considerar incluso innecesario, de no ser porque el contexto y la autora lo ponen a salvo de todo cuestionamiento. Natalia Ginzburg pertenece a la aristocracia ideológica europea del siglo veinte. Nacida Levi el 1916 en Palermo, pero hija de un profesor triestino, más conocida con el apellido de su primer marido, Leone, intelectual comunista ruso que pereció en las cárceles de Mussolini, Natalia Ginzburg es de ilustrísimo linaje antifascista. Esto sólo ya unge de respeto todo lo que haya escrito.
Por un tiempo. Pues anda que no son pocos los creadores que, cuando palidece la estrella política que les alumbró y justificó, se quedan literariamente muy flacos, muy desnudos de interés. La literatura meramente de ideas envejece rápido y, a menudo, envejece mal.
Podría suceder, entonces, que un libro que en 1963 se alzó con el notable Premio Strega, ahora pasara con más pena que gloria. Y de hecho, no nos encontramos ante una de las voces italianas más traducidas al español. Su rescate por Lumen es relativamente reciente.
Léxico familiar, lo primero de Natalia Ginzburg que se rescata, es una evocación novelada de la vida de la familia Levi en Turín desde 1930 a 1950. Empezamos a tirar del hilo cuando la autora es una niña fascinada por las rarezas de sus padres —librepensador él, cristiana ella—, asistimos al desarrollo a veces sorprendente de los hermanos, cada uno antifascista a su manera, vemos pasar por la casa a célebres perseguidos políticos de la época, conocemos al primero prometido y después marido de Natalia, Leone, hasta que un día nos vamos dando cuenta, como ella, «poco a poco», de que a Leone lo han detenido y ya no volverá...
Es la clase de libro que, o no gusta a nadie, porque no queda claro a qué género preciso pertenece, o gusta a todo el mundo, porque todo el mundo tiene excusa para verse sorprendido con él en la mano. Los sesudos podrán jactarse de que leen con coartada histórica. Los cotillas apurarán hasta la última gota del néctar folletinesco. Y sobre todo —esperemos— habrá quien disfrute del casi secreto vicio literario con que se lee esta novela de verdad, más novela que muchas novelas de mentira, esta zarza de hechos reales, ardiendo con toda la seriedad de la ficción.
No es tanto que Natalia Ginzburg reinvente o dramatice su vida, como que la literaturiza en un sentido mucho más hondo. En el sentido que por ejemplo lo hace Joan Didion en El año del pensamiento mágico. Asimismo recuerda a la formidable lucidez discreta de los versos de la Nobel polaca Wislawa Szymborska. También Szymborska se abre paso levemente, a la hora de crear, en un ambiente mental muy condicionado —para bien y para mal— por los rigores del marxismo. Por su exigencia de no dejar resquicios poéticos sin racionalizar.
Natalia Ginzburg se adentra en el jardín de lo privado con una inocencia de doble filo, que lo mismo le permite exprimir lo universal de lo aparentemente trivial, como dar la vuelta a ambos. Más que nunca recuerda a Didion cuando cita casos en que, siendo niña, descubrió mentiras de sus padres, porque caían por su propio peso, y a la vez las siguió creyendo, con lo cual lo real y lo falso convivían sin estorbarse en su mente.
Poco a poco va trenzándose algo más que un fresco cotidiano, algo más que un mirar bajo la cama de la historia, algo más, incluso, que el intento de decir en público un puñado de palabras que sólo significan lo que significan en familia. Ese es el recurso, el pretexto, con que Natalia Ginzburg, con su levedad tan endemoniadamente suave, llega mucho más lejos.
Al mismo centro de cómo son las cosas.

miércoles, junio 27, 2007

Segunda Antología de poesía china, Marcela de Juan (ed.)

Alianza Editorial, 2007. 294 pp. 7,50 €

Alejandro Luque

Entre los obstáculos que se han interpuesto tradicionalmente entre la poesía china y los lectores españoles, acaso los peores hayan sido la abundancia de supuestos traductores sin escrúpulos, así como la idea, tan tópica como dañina, del exotismo de postal, con su sobrecarga de lotos, laúdes y céfiros sibilantes. Por fortuna, en los últimos años han aparecido ediciones rigurosas (recomiendo al vuelo la antología de Guojian Chen, en Cátedra, o las traducciones de Wang Wei y Du Fu, en Ediciones del Oriente y del Mediterráneo) que ayudan a proyectar miradas más limpias sobre esta rica y antiquísima tradición.
La publicación de la Segunda antología de la poesía china de Marcela de Juan es otra excelente noticia en este sentido. Merece la pena, de entrada, asomarse a la evocación de Marcela de Juan que hace en las primeras páginas el profesor Antonio Segura: una mujer asombrosa, nacida en La Habana (1905) de padre chino y madre belga-española, recriada en Madrid y Pekín, amiga de celebridades como Saint-John Perse, que se valió de sus cinco idiomas para trabajar como periodista, radiofonista, conferenciante y traductora. Revista de Occidente publicó en 1948 su primera selección de poemas chinos, y varios años más tarde una segunda entrega, que actualiza ahora Alianza Editorial.
El volumen comprende el período que va de la dinastía Shang (1766 a.C.) a los poetas de la República, cuarenta siglos que exigen a la fuerza una cata restringida: apenas «un muestrario indicativo», como señaló la autora, pero sin duda exquisito y muy revelador. Son muchos los matices que Marcela de Juan nos descubre, pero sin duda uno de los más atractivos es la abolición de ese pernicioso abuso del exotismo del que hablábamos arriba. Claro que en sus versiones hay bambú y jade, pabellones y flores de pimentero; pero resulta fascinante comprobar cómo las preocupaciones y los anhelos de aquellos remotos orientales no son tan diferentes a las nuestras.
A muchos sorprenderá, incluso, ciertas similitudes con nuestra más profunda tradición: por ejemplo, los versos de Li Po («los hechos y los hombres viajan hacia el morir,/ como pasan las aguas del río Azul a perderse en el mar») que prefiguran a Manrique, o el Li Chang Yin que anticipa a Bécquer («el aroma de las flores, ¿adónde va?»). Por lo demás, vemos en estos poemas las mismas emociones —la amistad, el amor, la admiración, el sarcasmo, la evasión y euforia del vino— y las mismas miserias —el mal de la soledad, la ambición, el materialismo, la misoginia— que nos rodean cotidianamente. Hasta el temor a Hacienda, la búsqueda de la fama o la necesidad de poner límites a la sinrazón de la guerra se manifiestan en estos textos con gozosísimas explicitud y vigencia.
Nadie se ilusione demasiado, pues, buscando en estas páginas ese proverbialismo hermético de película de Kung Fu con que se suele satirizar a la poesía china. Sí encontrarán, desde luego, mucha vida interior, aliento espiritual, ciertas supersticiones y mucha celebración del mundo, pero nada que sirva como percha de kimonos o adorno de tienda de veinte duros. El primer y acaso mayor atractivo de esta antología es que, a la manera de Montaigne, aquí se habla de ti.

martes, junio 26, 2007

Allegro ma non tropo, Carlo M. Cipolla

Trad. María Pons. Crítica, Madrid, 2007. 144 pp. 12 €

Luis Manuel Ruiz

Una página puede suscitar muchas clases de felicidad: la de compartir las peripecias insólitas de un protagonista; penetrar en lado cóncavo de un individuo y observar cómo fluctúa esa humareda, su alma; visitar un lugar al que nuestras piernas no tienen acceso; chocar con un pensamiento que alguna vez habíamos vislumbrado, una certeza a la que nos habíamos asomado como a un precipicio; el sabor de una palabra encajada en su hueco justo, de esa palabra que es guante y calcetín; la carcajada. De todas estas, tal vez el humor cause el efecto más duradero: hay párrafos de Rabelais o de Voltaire que parecen escritos ayer. Los años han oxidado sin remedio Don Álvaro o la fuerza del sino, pero ciertos capítulos del Quijote (que, como Sterne nos recuerda una vez y otra, es un libro cómico) conservan un lustre que ya quisieran muchos para sus cucharas o anillos. Esta obrita de Carlo Maria Cipolla es, también, un libro cómico, lo cual no significa frívolo o trivial, sino todo lo contrario: Twain enunció que uno sólo puede reírse de lo absolutamente serio. Su título, Allegro ma non troppo, sugiere ese dictamen; alegres, pero no en demasía, los dos pequeños opúsculos que integran la obra pretenden arrancarnos no sólo la sonrisa, sino también algo de lo que es más costoso desprenderse: una reflexión lúcida, profunda, desinhibida sobre el funcionamiento de las cosas y los hombres. Objetivo hacia el que también apuntaron otras joyas de la literatura humorística como el Cuento de una barrica o Cándido.
La primera de las dos piezas que agrupa el volumen, “El papel de las especias en el desarrollo económico de la Edad Media”, lleva a sus últimas consecuencias de arbitrariedad una variante de análisis muy popular en los años setenta, en que está fechada, y que fue practicada sobre todo por los estructuralistas. Igual que Foucault había afirmado en Les mots et les choses que la historia de Occidente consiste en el entrecruzamiento de una serie de ideologías subterráneas que desaguan en la literatura, la política o la ciencia, Cipolla plantea que cierta serie de acontecimientos cruciales de nuestro pasado vinieron motivados por factores oscuros, marginales, oblicuos, a los que hasta el momento no se ha prestado la atención debida. La conclusión del texto es que toda teoría, que por fuerza se basa en abstracciones, conexiones y analogías entre fenómenos extraídos de ámbitos diversos, conduce finalmente al disparate: sátira de la erudición posmoderna, “El papel de la especias...” viene también a advertirnos que, por ejemplo, las genialidades que sobre el origen extraterrestre de las civilizaciones alumbró Erich von Daniken no están tan alejadas como creemos de muchos estudios que se presentan solemnemente en las universidades. Y que pueden dar lugar a barruntos similares a los que Cipolla avanza: que la caída del Imperio Romano fue motivada por la extinción de la clase aristocrática, envenenada por el exceso de plomo de los recipientes en que se alimentaba; que la explosión demográfica del siglo XIII dependió de la importación de pimienta, producto afrodisíaco; que la Guerra de los Cien Años tuvo su causa en un litigio entre los reyes de Francia e Inglaterra por los viñedos de Borgoña.
Del terrible rigor de la segunda parte, “Las leyes fundamentales de la estupidez humana”, creo que nadie dudará: las definiciones, los corolarios, las expresiones more geometrico e incluso los diagramas acrecientan el efecto paródico de un texto que, a pesar de la forma, conserva un inevitable lecho de pesimismo y derrota. Que el mundo está gobernado por imbéciles y que siempre existe uno dispuesto a desbaratar los planes de reforma que quieran emprenderse son ideas que hubiera firmado Schopenhauer y que, por desgracia, el mundo patrocina con hechos demasiado a menudo. Pero quizá la obra maestra de comicidad y burla del libro se encuentre en su prólogo: en una acrobacia última de ironía, Cipolla advierte al lector que todo lo que va a recorrer es humor sano y gratuito, y que la más alejada de sus pretensiones radica en herir a nadie. «El humorismo es distinto de la ironía —leemos en una de las páginas iniciales—. Cuando uno es irónico se ríe de los demás. Cuando uno hace humorismo se ríe con los demás»: y el rizo del rizo consiste en asegurar que un escrito que se dedica a escarnecer los métodos de investigación universitarios y a lamentarse del número de estúpidos que pululan por la Tierra no pretende hacer ironía, sino ganar amigos. Un capolavoro de la carcajada, que diría Vasari.

lunes, junio 25, 2007

Corazón de tango, Elia Barceló

451 Editores, Madrid, 2007. 182 pp. 15,50 €

Julián Díez

Lo mejor de Corazón de tango (al margen del pequeño detalle de ser una buena novela) es cuán a contracorriente resultan sus planteamientos. Hechos como su brevedad, la concreción con la que se dirige a sus objetivos, la contundencia, la precisión en el verbo. O como el desgarro pasional, obviamente inspirado en las letras del baile argentino, que recorre sus páginas: una historia folletinesca, excesiva, pero convertida en verosímil según sus propias pautas lógicas gracias a la verdad poética de la escritura de Barceló. Poco que ver con el realismo al uso, con la literatura melindrosa de soledades y microscópicas decepciones: aquí hay, pura y simplemente, un arrebato, un frenesí.
Aunque alguna de sus novelas más extensas —caso de El vuelo del hipogrifo— resulten satisfactorias, es significativo que las obras más redondas de la autora hasta la fecha se muevan en distancias más breves: Corazón de tango se suma a la extraordinaria El secreto del orfebre para defender esta tesis. Parece como si la vitalidad de Barceló, su personalidad entregada y amante de sus amores, encontrara un mejor acomodo cuando se limita a una historia directa, sin artificios, sin subtramas.
Aquí sólo hay cuatro personajes de verdadero relieve, que arropan una historia sencilla. Tenemos a la hermosa muchacha inocente a la que el tango inflama la sangre; su padre, gravemente enfermo, que quiere buscarle un acomodo; un marinero de origen alemán, noble bruto, que pone en ella un amor sincero pero vacío; y el bailarín de silueta impecable, hijo del arrabal, al que la necesidad ha esculpido un rostro afilado y misterioso. La atracción que sabemos que se producirá entre la primera y el último, por encima de los otros dos, tiene la cadencia sensual y fatalista del tango, crece sin posible contención, se encamina hacia un final inevitable.
La capacidad de Barceló para la empatía, colocándose con precisión en la piel de cada uno de los personajes centrales, obliga al lectora a sumergirse en la historia. A ello contribuye también su cuidadoso empleo del idioma, con la dificultad añadida para una autora española de emplear el lunfardo de manera que los modismos no resulten ni confusos ni folklóricos —dicho esto, por supuesto, desde mi opinión como mero lector, sin un conocimiento de los modismos de la época y el lugar—.
Aunque el protagonista de la novela es, sin lugar a dudas, el tango. Y la forma en la que la autora se enfrenta, casi siempre con éxito, al reto de convertir cada baile que relata en único, en una nueva variante de un creciente delirio sensual. Es en los mejores momentos de ese reto de la escritora con su propia capacidad descriptiva en los que la novela se convierte en memorable.
Como prólogo y coda, Barceló saca la historia del Buenos Aires del tango clásico para introducir elementos contemporáneos. El artificio fantástico tiene como consecuencia realzar aún más la historia trágica narrada, que resulta de manera literal más grande que la propia vida. Y qué bueno es que la literatura sea más grande que la vida. Es la mejor denuncia para reflejar la asepsia de la que nos rodeamos, la huida permanente de cualquier indicio de dolor —y, por tanto, de pasiones— que es el núcleo de la conducta ciudadana del siglo XXI.