viernes, mayo 04, 2007

Veronica, Mary Gaitskill

Trad. Javier Calvo. Mondadori, Barcelona, 2007. 266 pp. 17,50 €

Guillermo Ruiz Villagordo

¿Recuerdan la película Secretary? Hace algunos años removió el llamado circuito de cine independiente. En ella una joven secretaria, Maggie Gyllenhaal, entabla con su jefe, el abogado que encarna James Spader, una relación de dominación y sumisión sexual que no tiene nada que envidiar a la mejor historia de amor. Pues bien, el relato en el que está basada fue escrito por Mary Gaitskill.
Me aventuro a opinar que lo que llamaba tanto la atención no era el haber proyectado luz sobre unas prácticas tradicionalmente consideradas marginales, sino haberlas insertado en un contexto tan previsible y atento a las normas como el laboral, para colmo con un tono humorístico con tintes ácidos. Esa naturalidad con la que se nos muestran mezclados aspectos corrientes y molientes con otros oscuros parece ser marca de la autora, y de hecho la encontramos a lo largo de toda esta novela, Veronica (por cierto, sin acento porque no lo lleva el nombre original en inglés), esta vez transformando lo irónico en francamente cáustico, sin rastro de amabilidad.
En esta historia de alguna manera circular, Alison recuerda a Veronica, a la que conoció siendo una joven modelo cuando ésta estaba ya en plena decadencia y enferma de sida, pero lo hace cuando ella misma es un reflejo del destino de su amiga, desposeída del mundo (en realidad por propia decisión) y, por tanto, muy libre de juzgarlo cruelmente. Así, Alison nos narra dando saltos aquí y allá, la historia de ambas, la de Verónica y la suya propia, ésta en dos planos distintos pero obviamente complementarios: su pasado de hija y hermana convencional, desinhibida chica bohemia y utilizada joven modelo, y su presente de vieja enferma, que se nos muestra en el recorrido de un día por los restos de su vida en el que visita a amigos y conocidos mientras pasea por calles y calles, quizá su verdadero hogar, a modo de involuntario homenaje a esos libros que ya nos estamos imaginando (¿a que si?).
Hablaba de esa mezcla de elementos dispares y, entre los múltiples fragmentos que podría citar para mostrarla al lector, escojo éste aparentemente secundario en el que Alison recuerda su estancia en París: «...Pero el apartamento estaba preparado para hacer fiestecitas siempre que les viniera en gana. Había flores frescas en jarrones recién bruñidos. La despensa estaba repleta de vino y exquisitos frutos secos, aceitunas enormes, higos, almendras garrapiñadas y animales de mazapán que yo comía hasta enfermar cuando estaba sola. En la nevera había pescado salado, patés y quesos. También cajas de jeringuillas con antibióticos para la sífilis y la gonorrea. Siempre había cocaína en un plato grande de porcelana sobre la repisa de la chimenea...»
La prosa de Mary Gaitskill es tersa, envolvente, pero con aristas puntiagudas que guardan un dolor soterrado. Produce el mismo efecto que ciertos recuerdos, malos o buenos, al meterse por las rendijas de nuestras tareas habituales, de camino al trabajo en el autobús o fregando después de comer: un sentimiento de desolación de brevísima duración, la suficiente para que lo cotidiano vuelva a ocupar su terreno.
Rodrigo Fresán (y me resisto a creer que sólo él) compara a Mary Gaitskill con Bret Easton Ellis, pero, aunque tratan temas parecidos, el trabajo de la primera es más minucioso, más elaborado y menos complaciente con el lector, mientras que el segundo expone las vísceras de la sociedad de forma que el lector las encuentre atractivas y altamente adictivas (su última novela, Lunar Park, es un intento fallido pero digno de ser considerado por redimirse). Para mí y supongo que para muchos otros es la distancia que separa a la auténtica literatura, la que no se vale de trucos burdos para hacer que el camino hacia su verdad sea todo lo recto que pretende, de la adocenada escritura comercial.

jueves, mayo 03, 2007

El hombre de genio y la melancolía: (problema XXX), Aristóteles

Traducción de C. Serna. Acantilado, Barcelona, 2007. 121 pp. 11 €

José Morella

Escribir algo breve sobre el Problema XXX es difícil. Es uno de esos textos que se comportan como un potente virus: se propaga, impregna otros escritos, es interpretado, copiado, transformado, manipulado... Gremlin textual, se reproduce e invade las artes, la política, la filosofía, la psicología, la antropología. Fue una de las más importantes espitas para la gran explosión de textos que forman una red inextricable, ese corpus melancólico (proteico cuerpo que crece) que va de Hipócrates a Lacan. Para que el lector se haga una idea más o menos aproximada de los caminos que se pueden reseguir buscando sus huellas (que nunca son enteramente lo que parecen), debería imaginar algunas de las cosas que se borrarían si, con una varita mágica, se pudiera eliminar, retrospectivamente, la idea de la melancolía relacionada con la genialidad o la lucidez. Es una lista bastante arbitraria, hecha de autores, sucesos o personajes: Hamlet, Don Quijote, el capitan Achab de Moby Dick, el Heathcliff de Cumbres borrascosas, el conde Drácula de Stoker (melancólico subgrupo licántropos), Víctor Frankenstein, el éxtasis de los místicos, todo el psicoanálisis, Durero, Huarte de San Juan y su Examen de Ingenios, las obras de Goya o Van Gogh, las de Nietzsche, Poe, Baudelaire, Walter Benjamin, Max Weber, Kierkegaard... La lista de los seres, reales o ficticios, bañados por la lenta y agridulce luz del sol negro es inacabable. Esto es así porque la melancolía es un concepto difuso, que no admite una definición inconcusa: es un concepto clínico que desemboca, por un lado, en la idea actual de depresión; pero al mismo tiempo es una intuición atávica original, una especie de arquetipo multiforme que describe a ciertas personas y al mismo tiempo las modela. El Problema XXX pregunta: ¿por qué todos los que han sobresalido en la filosofía, la política, la poesía o las artes eran manifiestamente melancólicos? Por melancólico se ha entendido, durante mucho tiempo, algo parecido a lo que hoy llamamos loco, pero la típica imagen del científico alunado, así como la del poeta maldito, también tienen aquí su origen. Si tuviéramos que reducir (de un modo salvaje, casi imperdonable) a algunas líneas el recorrido de esta idea, diríamos que en su tiempo el texto aristotélico que relaciona la tristeza y/o la locura con la genialidad no tuvo mucho éxito. Su peor momento fue la Edad Media, cuando la melancolía estuvo ligada a la idea de acedía, esto es, de pereza: pecado mortal. Con el Renacimiento y la idea de hombre como centro (para saber más, lean el legendario Saturno y la melancolía de Klibansky, Panofsky y Saxl), Marsilio Ficino retoma el texto del Problema XXX y propone la melancolía como estructura misma del genio creador; como motor y tope, al mismo tiempo, de su ansia de conocer: ese humor, la bilis negra, está en el origen de su deseo y, a la vez, en la incapacidad de satisfacerlo. Hasta hoy no hemos dejado de darle vueltas al tema. Nietzsche predijo un mundo post-melancólico, el de los dionisíacos bailarines que ríen a carcajadas, pero él mismo era atrabiliario en todos los sentidos: estaba como un cencerro y era un genio. Es decir, el perfil exacto del Problema XXX. Tampoco Freud, que con su nueva ciencia quería eliminar la melancolía del mundo, era la alegría de la huerta. El psicoanálisis, por cierto, acepta que los melancólicos, en contraste con los neuróticos, nunca se engañan. Son lúcidos y despejados. Son sabios. Esto concuerda perfectamente con la idea aristotélica de melancolía. Y no sólo eso, sino que los melancólicos encierran, dentro de su tristeza, la capacidad de una profunda dicha, que tiene que ver con el conocimiento. Forzando un poco una famosa frase de Lacan, diríamos que los que no se engañan (los melancólicos) yerran (en dos sentidos): se equivocan, fracasan en su impulso creador, y al mismo tiempo son seres errantes, sin cobijo en este mundo, sin puerto en esta vida material.
Teniendo en cuenta que estamos en una época radicalmente melancólica (el libro blanco de la depresión dice que seis millones de españoles padecen la enfermedad, siendo la segunda causa de baja laboral) tal vez sería responsabilidad de los intelectuales pensar un poco sobre el tema. Darle más vueltas de tuerca a la melancolía. Por eso la edición de este libro es un acierto. Marsilio Ficino decía que la única cura posible para la melancolía era (para decirlo en términos actuales) homeopática: si te duele, adéntrate más en el dolor y dejarás de sentirlo tanto. Acabarás encontrándolo dulce. La responsabilidad ética de los creadores de hoy es seguir esa receta, para intentar encontrar por dónde rezuma tanta angustia en nuestro tiempo; para explicarlo, para ponerle palabras. Recomiendo, para saber algo más sobre esta necesidad de palabras, la lectura de dos pensadores con formación psicoanalítica: Julia Kristeva (Las nuevas enfermedades del alma, Cátedra), y cualquier texto de Slavoj Žižek, que explica muy bien cómo las represiones de toda la vida, casi siempre sexuales, se han transformado en la represión del aburrimiento, en la obligación de gozar. No pienses, no le pongas palabras a tu vida. ¡Disfruta! Hoy nos sentimos obligados a pasarlo bien, y esta obligación pesa, paradójicamente, más que las antiguas obligaciones o represiones del deseo: es menos obvia, mucho más sutil y perversa. Nos quita coartadas existenciales, y cuando nos sentimos tristes no tenemos instancias a las que acudir. Necesitamos palabras para explicarnos y no sabemos de dónde sacarlas ni dónde abocarlas. Por eso Žižek dice que el psicoanálisis es el único lugar del mundo en el que está permitido no disfrutar, y por eso es el único que puede aliviar. Como siempre: se trata de las palabras, del discurso sobre uno mismo. No decimos que no sea bueno el Prozac en algún caso, o cualquier otra droga que nos apetezca. Pero que no nos falten las palabras.

miércoles, mayo 02, 2007

La herida absurda, Francisca Aguirre

Bartleby Editores, Madrid, 2006. 64 pp. 10 €

Alejandro Luque

Quienes seguimos desde hace algunos años la poesía de Francisca Aguirre vivimos cada nuevo libro suyo como un acontecimiento. En medio de tanta y tanta chatarra anegando los anaqueles de las librerías, muy pocos nombres nos parecen, por sí solos, un sello de garantía. El de Paquita —como se la conoce familiarmente en el mundillo— es uno de esos raros casos. Sus poemarios, descatalogados o dispersos, fueron felizmente reunidos en el volumen Ensayo general. Poesía completa 1966-2000 por Calambur, y constituyen una de las obras más coherentes, bellas y poderosas que ha dado la lírica española en mucho tiempo. Dos textos en prosa, Espejito, espejito y Que planche Rosa Luxemburgo, consonantes con las motivaciones y desgarros de su poesía, redondean el círculo de una producción a la que, en un recuento riguroso, habría que añadir una formidable labor crítica, sobre todo en Cuadernos Hispanoamericanos.
Por todo ello, me parece extraño, sospechoso, inquietante, el silencio que ha rodeado la salida a la luz de La herida absurda, su último poemario. Apenas he podido ver alguna reseña en internet, poco más. Puede que la editorial no haya promocionado el libro como dios manda, o que los suplementos, con su conocida lentitud e indolencia, no hayan tenido tiempo de reaccionar. Pero en un momento como el actual, en que la joven poesía hecha por mujeres goza de una enorme atención mediática, y las autoras veteranas son objeto de una justa y necesaria reivindicación, creo que algo marcha mal cuando un libro como el que nos ocupa no es recibido como el maná sobre el pueblo de Israel.
Hay mucha tela que cortar en este poemario engañosamente breve —apenas 60 páginas—, pero apuntemos sólo algunos detalles. Para empezar, la música. La música por todas partes. La vida es una herida absurda, dice el tango de Cátulo Castillo que no sólo presta su título al libro, sino también cierta manera de mirar a los ojos de la vida con una mezcla de desengaño, ironía y esa lucidez de madrugada que transcribe las verdades en un sermón de vino. La Tocata en el estilo de Corelli de Santiago de Murcia es la belleza triste pero inderrotable, obstinada como ella sola, frente al espanto. Otra guitarra, la de Paco de Lucía, tiene un parecido eco de milagro, de conjuro mágico y redentor: «Amanece el destino con esta música/ con su extraño cortejo de impiedades,/ de grietas que respiran y se quejan,/ y no saben qué hacer con el vacío,/ con la vida que empuja y no consuela...»
Bach acude también desde el fondo de la memoria, dibujando en el pentagrama esa isla utópica adonde escapar sin que nada ni nadie pueda impedirlo: «Por eso, cuando mi pobre corazón se asorda/ aquella niña vuelve a Brandenburgo.»
Hay en este libro, en efecto, mucha memoria doliente, pero nada autocompasiva: «Yo recuerdo mi infancia y no sé cómo/ casi siempre termino recogiendo escombros...» Hay mucha rabia, pero sin ceguera, pues a la hora de apretar puños y dientes, el verso siempre encuentra en la mesita de noche los calmantes vitaminados del amor y del humor para conservar su justa temperatura. Hay verdades clamorosas, mensajes directos como puñetazos, pero ninguna caída en lo prosaico: «Un corazón ahogado por el odio,/ envuelto en su coraza transparente,/ no es más que una cebolla en el mercado,/ un vegetal dispuesto a provocar lágrimas...»
Hay, en fin, mucha memoria literaria, pero la poesía de Francisca Aguirre puede ser cualquier cosa menos libresca. Por su faena transitan discretamente los maestros y los amigos, don Antonio Machado, Luis Rosales, lo mejorcito del 50 español e hispanoamericano, incluso un imprevisto Onetti que parece cantar con Aguirre a dos voces: «La verdad es a veces peor que la mentira,/ porque de la verdad nadie nos salva,/ ¿quién podría salvarnos de ese escarnio?»
Francisca Aguirre es esposa del también poeta Félix Grande y madre de la también poeta Guadalupe Grande. Pero entre otras muchas cosas es una escritora con un caudal intelectivo que vale por varias licenciaturas, una capacidad para cocinar palabras que ya quisiera Arguiñano, y una humanidad que no le cabe en el pecho ni siquiera después de haber dejado de fumar. Y disculpen si me excedo en el entusiasmo, pero ya he señalado arriba lo que supone cada nuevo libro suyo: un acontecimiento.
Recuerdo que, cuando a Félix le concedieron el Premio Nacional de las Letras, El País le pidió precisamente a Paco de Lucía que escribiera una semblanza. Aun reconociendo que no es un lector acreditado, el guitarrista quiso acordarse de Paca, e incluso llegó a proponer que al año siguiente le dieran ese premio a ella. Han pasado tres o cuatro desde entonces, ¿a qué esperan para hacerle caso al sabio de Algeciras?

martes, mayo 01, 2007

Villa Amalia, Pascal Quignard

Trad. Ascensión Cuesta. Espasa, Madrid, 2007. 240 pp. 19,90 €

Care Santos

Decía el propio Pascal Quignard en la solapa de El nombre en la punta de la lengua (Arena libros, 2006): «En 1992 dejo la prensa y los jurados literarios. En 1993 dimito de la presidencia del Concierto de las Naciones. A finales de 1994 disuelvo el Festival de Ópera Barroca de Versalles y a últimos de abril dimito de Ediciones Gallimard. Desde abril de 1994 no hago sino leer y escribir».
Rebelde e hipercrítico con el mundo editorial, hace algunos años, Quignard decidió abandonar la novela. Escribió algunas obras que muchos leerían como ficciones, pero las llamó «tratados» o «pequeños tratados». La más famosa tal vez sea Vida secreta (Espasa, 2004), aunque también El nombre en la punta de la lengua podría considerarse como tal o, sobre todo, La frontera (Funambulista, 2006), una verdadera filigrana literaria que nadie debería perderse, que novela los degraciados amoríos de Luisa de Alcobaça en el Portugal del siglo XVII.
Con la aparición de esta Villa Amalia en Espasa, la que ha sido con más frecuencia su editorial en España en los últimos tiempos (Terraza en Roma, Las tablillas de Boj de Apronenia Avitia, Vida secreta) los habituales de Quignard no podemos dejar de sorprendernos: es una novela y como tal la presenta. La escribe tras interrumpir la escritura —y la publicación, en editorial Grasset— de su obra más o menos memorialística y ensayística Último reino, de la cual lleva cinco volúmenes —uno de ellos Premio Goncourt—, y lo hace, afirma, para celebrar su regreso a Gallimard y a la ficción de largo aliento.
Curiosamente, en Villa Amalia habla Quignard (¿podía ser de otro modo?) de la desaparición. Su protagonista, Ann Hidden ("escondida", en inglés) decide dar un cambio de rumbo absoluto a su vida después de descubrir la infidelidad de su marido. Lo consigue después de soltar todas las amarras con su vida anterior: casa, relaciones personales y recuerdos. Al fin, libre de lastres, Ann emprende un viaje hacia la isla de Ischia donde conocerá a algunas personas y convivirá con ellas en un lugar alejado de toda civilización: un casa en lo alto de un cerro, Villa Amalia.
Pero Villa Amalia, al contrario de lo que podría haber ocurrido, no es un lugar idílico libre de todo mal. No es un útero que protege contra el mundo. Todo lo contrario: allí conocerá la protagonista un dolor nuevo, un olvido nuevo, y la nueva necesidad de una huida impostergable. Es como si Quignard nos quisiera aleccionar al respecto, diciéndonos al oído: Es inútil huir. La vida siempre te da motivos para volver a alejarte. En ninguna parte estarás a salvo, ingenuo lector que te asomas a estas páginas con el corazón sobrecogido.
Porque lo que cuenta Quignard —y cómo lo cuenta— sobrecoge. Lo hace por su impresionante capacidad de sacar oro de cualquier anécdota, de extraer material novelable de los más nimios detalles. Y también por regalarnos un estilo armado a partir de pequeños fragmentos —se percibe en esta novela también, a pesar de no ser la mejor muestra de ello— en el que sorprende la belleza de ciertas construcciones, ciertas ideas, ciertas metáforas. La narración de Quignard está sembrada de regalos para el lector, y recolectarlos es un placer al que pocos nos tienen acostumbrados. Puede aparecer cualquier cosa. Desde dedos «más delgados que las patas de las nécoras» a un dolor que resulta más insoportable desde que se nos describe como «totalmente simple» o esta profunda y sencilla reflexión sobre la soledad: «Hay un placer no en estar solo, sino en ser capaz de estarlo». O pequeñas cápsulas independientes como la que sigue:
«Dicen que la tela, según su superficie, su forma, su solidez, sus señuelos y su belleza, teje la araña que le es necesaria.
Las obras inventan al autor que precisan y elaboran la biografía adecuada.»
Si seguimos el juego de Quignard, podemos deducir, pues, que han sido sus novelas y sus ensayos quienes han inventado al narrador que conocemos. Su magnífico ensayo sobre el erotismo en tiempos del emperador Augusto, El sexo y el espanto (Minúscula, 2005), sería acaso el responsable del amante del mundo romano que aflora en cualquier esquina. En Villa Amalia, por ejemplo, le reconocemos en cuanto comienza a detallar la implicación de diversos emperadores romanos con la isla de Ischia, la elegida por Ann para su huida. Todas las mañanas del mundo, la que es su novela más conocida —ispiradora de la película del mismo título de Jordi Savall— sería la responsable del melómano y estudioso de la música, del Quignard organista, violoncellista y consejero del Centro de Música Barroca o del Concierto de las naciones de París. Y el de sus muchos ensayos y obras de difícil clasificación genérica conformarían el autor prolífico, autor de más de una cincuentena de obras, curioso, erudito, elegante y descreído del mundo literario.
Es cierto que se le ha traducido poco y sin mucho concierto en España. Pero también que disponemos de magníficas traducciones y ediciones que aguardan en las librerías. Para muchos es el mejor autor vivo de Francia, aunque haya tantos aquí que aún no le conocen. El año que viene cumplirá 60 años. No es mal momento para regalarnos una lectura de alguna de sus obras. Para quien no sepa por dónde empezar, Villa Amalia no es mal principio. Aunque mejor La frontera para dejarse deslumbrar por el talento y la sencillez de este autor tan difícil de etiquetar.
En El nombre en la punta de la lengua, Quignard escribe:
«Creo en el tribunal absoluto en donde los ineptos serán separados de los llenos de mérito, en donde se distinguirá a los veraces de los impostores.»
Así sea.

lunes, abril 30, 2007

La vuelta al mundo de un novelista (3 vols.), Vicente Blasco Ibáñez

Madrid, Alianza, 2007; 3 vols.; 352, 352 y 384 pp. respect.; 9,90 € (c.u.)

Pedro M. Domene

Vicente Blasco Ibáñez (1867-1928) fue un viajero infatigable, unas veces lo hizo por necesidad y raramente por placer.
Obligado por sus compromisos, tanto políticos como literarios, una controvertida personalidad le llevó a escribir sobre los aspectos convencionales y circunstanciales de ciudades y países o sobre arte, arquitectura, escultura, costumbres o leyendas.
En la extensa bibliografía del autor valenciano este tipo de libros apenas si son mencionados. La fama de sus novelas eclipsaría los centenares de páginas dedicadas a otra de sus pasiones, en cierto modo, unas crónicas viajeras que al margen del interés literario aún pueden despertar otro paralelo, el informativo y esa serie de pistas que nos pueden aclarar algunas de las actitudes del escritor sobre las más variadas circunstancias de su personalidad. Países como Francia y ciudades como París o Italia, retratada en las crónicas, En el país del arte (Tres meses en Italia), con los detalles de sus visitas a Florencia, Roma, la musical Milán, Nápoles, la Florencia de las flores o las estampas espléndidas sobre la visión que le produce una carnavalesca Venecia; y, nuevos viajes, más literarios, como el dedicado a Oriente (1908), con un amplio repaso a la Europa Central, los Balcanes y una Turquía, entonces tan cosmopolita como occidental.
Pero, indiscutiblemente, La vuelta al mundo de un novelista, puede hoy contarse entre los mejores y más interesantes de los libros de viaje de Blasco Ibáñez, por la extensión de los países visitados, por la variedad de su contenido y la riqueza y el interés que despierta aún un texto pese a la abundancia de datos. Se publicó en tres volúmenes, los dos primeros en 1924 y el tercero nada más comenzar 1925. Divididos en tres libros, hoy se siguen publicando con el mismo formato, el primero dedicado a Estados Unidos, Cuba, Panamá, Hawai, Japón, Corea y Manchuria; el segundo a China, Macao, Hong-Kong, Filipinas, Java, Singapur, Birmania y Calcuta; y el tercero a la India, Ceilán, Sudán, Nubia y Egipto.
Casi una vuelta al mundo porque Blasco se dejó en esta ocasión aquellas partes que había descrito en anteriores libros como América del Sur, Europa Central y África, continente que nunca despertó el interés del novelista, a excepción de Egipto que visitaría en esta ocasión. A diferencia de algunos de sus textos anteriores, parece que el autor preparó, con mucho cuidado, la materia de su viaje, no solo los objetivos, tan variados como sorprendentes, sino la experiencia que mediaba entre sus libros anteriores y estos. El entusiasmo con que Blasco planea su viaje responde también a esa voracidad lectora que siempre había sido característica en él, tenía pues a su favor los conocimientos adquiridos sobre historia, política, economía o cualquier otro aspecto social de los países visitados y así con esos amplios conocimientos su condición de periodista le facilitó aún más las cosas.
Cuando uno lee estos tres volúmenes que se parecen tanto a ese tipo de encargos que se le hacen a escritores de cierto renombre, pero que no llegan a la profundidad del escritor valenciano, uno percibe que por encima de ese placer por viajar sobresalen dos conceptos: los conocimientos que ha ido adquiriendo en todo tipo de fuentes y su visión particular, su mirada crítica, los intereses humanos que despiertan en él, el tono personal que sabe infundir a estas páginas. Y, una vez metido de lleno en su lectura, no resulta una obra de erudición, sino un reportaje ameno, muy variado en su tratamiento, con anécdotas que se van sucediendo y emociones que al paso va sintiendo al autor.
En un mundo de tecnología tan avanzada como el nuestro, donde desde nuestra casa podemos acceder a museos, ciudades, monumentos o cualquier aspecto que despierte nuestro interés, la lectura de estos tres volúmenes nos puede ofrecer esa larga lista de noticias de infinidad de asuntos que, de otra manera no percibiríamos. Otra de las características de este texto, es ese deseo de estudio que pareció provocarle el viaje a Blasco Ibáñez, esa necesidad de aprender porque el final del volumen tercero, el escritor afirma:
«Lo que he aprendido es que debemos crearnos un alma nueva, y entonces, todo será fácil. Necesitamos matar el egoísmo; y así, la abnegación y la tolerancia, que ahora sólo conocen unos cuantos espíritus privilegiados, llegarán a ser virtudes comunes en todos los hombres».
En esta obra Blasco se desdobla y su alter ego y él hablan sobre esa necesidad de realizar el viaje, además de otra serie de cuestiones como las molestias, los peligros, los inconvenientes, aunque el novelista desea comprobar si todo aquel caudal leído durante años acerca de ciudades y países, continentes y maravillas, es verdad, una verdad que se parece tanto a la suya. En realidad, esta sería otra forma de verlo, también era un novelista, un excelente narrador, y en esta obra ese acento, personal e intransferible, se mezcla con esa objetividad que le otorga a su relato o a su descripción de cuanto ve. Sigue siendo ese escritor naturalista que deja entrever en estas páginas lo que le gusta o le desagrada, porque examina y describe con esa tranquila serenidad que otorga la enumeración de un inventario, de aquellas cosas que le emocionan: la luz, el color o los paisajes de una realidad vivida.
Se trata, en suma, de una arriesgada vuelta al globo porque cualquier selección que hiciera el autor sobre sus anotaciones supondría desorientar al posible lector. La información es tan amplia y variada que la enumeración de las cosas que Blasco Ibáñez vio y visitó nos llevaría a una reseña mucho más amplia, aunque sirva de muestra el detalle con que describe el papel jugado por Panamá en el movimiento colonizador, la majestuosidad de la ciudad de Acapulco y su importancia comercial, hoy convertido sólo un destino turístico más, su paso por las costas norteamericanas, su visión de China o la mención que hace al Gran Hotel de Calcuta y su pintoresca servidumbre o la más hermosa descripción del Nilo calificado «de nácar bajo los fuegos lejanos de la aurora».