viernes, abril 27, 2007

Doble mirada: Vredaman, Unai Elorriaga

Trad. del autor. Madrid, Alfaguara, 2006. 188 pp. 17,50 € /Donostia, Elkar, 2005. 206 pp. 15 €

1.
Inés Matute

Coincido con Sanz Villanueva en que la última novela de Unai Elorriaga es bella y rarísima. Rarísima en relación con lo que estamos acostumbrados a leer; no tan extraña en el sensible universo de este joven narrador de Algorta. En lo ya no estoy de acuerdo es en la siguiente afirmación: «el estilo cultiva un simplismo oracional de narrador balbuceante o incompetente, pero con contenidos culturales muy refitoleros». No, no se trata de ingenuidad vanguardista ni de un disparate estilístico. Se trata del hablar cotidiano de los vascos, de su peculiar forma de construir las frases, haciendo de esta traducción mental segunda un rasgo de identidad narrativo. Lo verdaderamente raro de Unai es su mirada, su excéntrica lectura del mundo, el universo propio y cerrado por el que todo autor suspira. Tal vez Unai se ensimisme en su gusto por parecer distinto, en la sorpresa gratuita, o tal vez simplemente nos encontremos ante un autor sinceramente diferente. ¿Y acaso no es ese un buen punto de partida?
Con personajes a los que les duele la punta de las pestañas, que buscan libélulas azules para ser los hombres más inteligentes del mundo, que viven su 59 de enero o que afirman categóricamente que casi es lo mismo desayunar una cucharada de cal que un trozo de cable telefónico, me atrevo a decir que Elorriaga roza la realidad desde una posición no realista, recreándose, con éxito, en el absurdo. Entiendo que Vredaman busca, al igual que sus dos novelas anteriores —Un tranvía en SP y El pelo de Vant’ Hoff— desvelar el verdadero sentido de la vida entremezclando historias que aparentemente nada tienen en común; historias tiernas y cotidianas que son fracturadas y estiradas de un modo tan experimental como acertado.
No, no me ha defraudado esta novela, todo lo contrario, pero sí le pediría a Unai que no mate a la gallina de los huevos de oro, es decir, que su siguiente trabajo muestre un nuevo grado de madurez, que no se limite a la anécdota ni a la autocomplacencia del hallazgo chispeante. Leo las novelas de este escritor con ganas de empatizar con los personajes y una sonrisa casi maternal en los labios, pero sería triste enfrentarnos a un nuevo título y llegar a la última página con sensación de déjà vu. No cambies de registro, Unai, sigue siendo “fresco”, pero en tu próxima novela danos algo que demuestre tu crecimiento.



2.
Elena Medel

Me gusta Cortázar. Me gusta Huidobro. También Nicanor Parra, también Gonzalo Rojas. Y Perec, y Gómez de la Serna. Y Queneau. Quizá por eso disfruto con las novelas de Unai Elorriaga: porque, al igual que Paul Theroux y Antonio Muñoz Molina, pienso que la literatura —disculpen la traducción libérrima de fiction— es «pura alegría». Y las novelas de Unai Elorriaga se presentan como un auténtico festín. Sus páginas te reciben con la música a todo volumen, los platos rebosando canapés, los mejores amigos posibles brincando, algo así como la algarabía que flota en el cuarto de coser en que tía Rosa y tía Martina «hacen vestidos de boda».
Vredaman, como El pelo de Van’t Hoff —Alfaguara, 2004; con la que tanto comparte— y Un tranvía en SP —Alfaguara, 2003; ganadora del Premio Nacional de Narrativa—, es una lectura que escapa de lo convencional. Porque Unai Elorriaga plantea de nuevo una historia compuesta por muchas, un juego —otra vez— de muñecas rusas en el que no sólo el protagonista tiene cosas que contar; y Elorriaga narra de forma que asimilas lo que ocurre casi sin darte cuenta, apabullado por la imaginería que despliega. El gran tema de Vredaman es la identidad, y para desarrollarlo Elorriaga opta por situar en primera línea al niño-casi-adolescente Tomas, cuyo padre —Erroman— está hospitalizado, una situación que obliga a Tomas a vivir con la tía Martina. Esta casa, y quienes desfilan por ella, focalizan el resto de historias: Tomas quiere cazar una libélula azul para completar la colección de la prima Iñes, y así igualar en inteligencia a los médicos; el primo Mateo investiga qué impidió que el aitite Julian triunfase en el campeonato europeo de ebanistas; Piedad, una amiga de las tías, explica —ésta es mi historia preferida— por qué jamás contrajo matrimonio con su novio de toda la vida, el prestigioso arquitecto Samuel Mud, tras leer la correspondencia de éste con el también afamado Sorin Firs; y el tío Simon y su amigo Gur organizan en el pueblo —cuyo nombre jamás se desvela, aunque algunas expresiones localicen, al menos, en qué región se sitúa— un partido de rugby entre Irlanda y Gales, tras lograr que el primero actuase como linier en un encuentro similar en las Islas Británicas.
Vidas en apariencia normales, que se tornan mágicas merced a la fascinante capacidad para inventar, y reinventar el mundo, de Unai Elorriaga. Artillería metafórica, desde luego, y narración frenética, que amontona desenlaces en los últimos capítulos. Porque, pensaba Mateo sobre el aitite Julian, y pienso yo sobre las criaturas de Elorriaga, «cada vez tenía más claro que su vida había sido bastante más interesante que la de Immanuel Kant, o que la de André Breton, o que la del mismo James Joyce». A propósito: estos nombres, elegidos con azar aparente, me parecen más que significativos.
Otro juego que Elorriaga propone a sus lectores más fieles es la conexión entre Vredaman y su novela anterior, El pelo de Van’t Hoff. En ella, Vredaman es el título del tercer capítulo, pero también un libro de E. H. Beregor, mítico escritor candidato al Nobel, y autor de cabecera de Matías Malanda, el protagonista. Precisamente, en la Vredaman de Beregor falta un pasaje que un vendedor de enciclopedias hizo desaparecer por error, escondido en un tomo; libro que —para rizar el rizo— obra en poder de Luvino Alda, al que Malanda visita durante su investigación acerca de grandes biografías para el Ministerio. Un galimatías, desde luego: pero la literatura de Unai Elorriaga es diversión, «pura alegría».
Vredaman otra vez: he disfrutado especialmente con el pasaje de Ismael y los clavos, hermoso y cruel al mismo tiempo; con la conversación —qué ojo el de Elorriaga para el tono coloquial— entre Rosa, Piedad y Martina sobre la vejez; y con perlas como que «los gatos no se inscriben en el censo» porque «no se comen», o el «drama de las pelotas de tenis (...) en Wimbledon y aquí», que no es otro que revelar su naturaleza fea, de plástico, cuando se las despoja de «peluca». «La cuestión es escribir», confesaba la anciana María al joven Marcos en Un tranvía en SP. La cuestión, en nuestro caso, es leer; y, si se trata de novelas como las de Unai Elorriaga, una bomba dulce de relojería, coloquémonos el babero, y a relamernos con cada palabra.

jueves, abril 26, 2007

Diario para la prometida, Italo Svevo

Trad: Juan Max Lacruz. Introd: Laura Calvo Valdivieso. Funambulista, Madrid, 2007. 125 pp. 14,96 €

Marta Sanz

«Que cada día me conceda una idea o un sentimiento de ti y que me surjan natural y espontáneamente del corazón». Esta anotación del 3 de enero constituye el núcleo proteico de este Diario para la prometida, un Kalenderbuch que Livia, novia de Svevo, le pidió que convirtiera en crónica sentimental como regalo a su veintiún cumpleaños. Svevo escribe, pues, una crónica sentimental y también una «historia del humo», en la que siempre le está jurando a su prometida que éste, éste que ahora mismo le tinta los dedos, es el último de los cigarrillos que fumará. El carácter de documento personal de este librito me lleva a formularme preguntas que condicionan la interpretación: ¿tienen los documentos personales intención literaria?, ¿puede elaborarse una crítica literaria de un documento de la intimidad?, ¿en qué extraña posición me coloco como exegeta y lectora?, ¿los lectores somos el fisgón que cotillea a través de la mirilla? Este documento se legitima como texto literario por su vinculación con la magnífica obra de este autor reconocido tardíamente.
Me concentro otra vez en la anotación del 3 de enero, porque en ella calcifica la hermosa frase de Vila-Matas recogida en la portada: «Escribir, como decía Svevo, es lo mejor que podemos hacer en esta vida y, precisamente por ser lo mejor, deberíamos desear que lo hiciera todo el mundo.» En la anotación de 3 de enero se hace, además, evidente lo que podría tildarse de contradicción y, sin embargo, sólo es una síntesis expresada a través del oxímoron: el método del amor, la naturalidad o espontaneidad de la escritura concebida como actividad cotidiana... un forzamiento que viene a contradecir el arrebato de la pasión amorosa como estereotipo, el arrebato de la escritura como estereotipo, el amor como tópico privilegiado de una supuesta escritura arrebatada. O quizás el hecho de escribir, día a día, un diario para la prometida pueda interpretarse como una profesión de fe, un ejemplo de cómo la voluntad —para todo excepto para dejar de fumar— fortalece el amor entendido como institución burguesa. Nuestro amor. Una rutinización del amor que, en su subrayado, en su escritura —en la rutina de la escritura del amor—, en la actividad introspectiva que se cierne sobre él, se singulariza, se intensifica, se muestra en sus contradicciones y, de manera paradójica, se desrutiniza y se desaburguesa porque, como señala Claudio Magris, la escritura —particularmente en Svevo— es un disolvente de la burguesía. El 6 de enero escribe el novio, un oficinista que en cada uno de sus escritos vuelve sobre sí y va desvelando tanto sus debilidades, como las de su clase: «Te siento muy mía incluso en la distancia, y desciende hacia mi alma el inmenso sosiego que este bellaco mundo burgués me permite. Te conquisto ahora, pero ello te obligará a atarte a mí con nudos indisolubles, y será bueno. ¡Oh buena y querida burguesía! La dicha de saberte tan mía, definitivamente mía, me obligó a hacer lo que fuera, y me puse a fumar nada más dejar el teléfono.» Los hábitos burgueses son malos y son buenos porque entretienen del amor, lo dispersan y, a la vez, permiten convertir los afectos en posesiones. Ettore Schmitz, Svevo puro.
El amor es una posesión y el tabaco la gran obsesión del escritor, un paliativo tal vez contra su «indiferencia por la vida». En sus hipocresías y autoengaños con el tabaco, observamos cómo Svevo transfiere a sus novelas sus pulsiones privadas: desde las más tontas hasta las más trascendentes. Recordemos a Augusta, la esposa de Zeno, esa inteligentísima mujer que no concede ninguna importancia a las angustias tabáquicas del esposo, que le dice «querido, no es necesario que dejes de fumar», invalidando cada promesa, cada flagelación que quiera infligirse el eterno fumador con mala conciencia —la de Zeno, la de Svevo—. Muchos más son los puntos de conexión del oficinista Ettore Schmitz con su obra: sin embargo, mientras que la vida de Svevo acaba casi bien —llega a director de una empresa y se le reconoce como escritor tres años antes morir—, sus obras acaban angustiosamente mal y ese camino, esa opción, entraña una concepción moral de la literatura que no estaríamos en disposición ni siquiera de entrever si no contásemos con documentos como este Diario. La obsesión por la hora de la muerte de su madre se pone de manifiesto en la insistencia casi perenne del momento en el que se pone a escribir las reflexiones sobre su relación sentimental: las 16 menos 7; el hecho de que quizás la hermana de Senectud sea un trasunto de la figura de la madre muerta podría ser una conducta digna del análisis de ese Dr. Freud de quien tanta influencia recibió Svevo como hombre y como escritor: La conciencia de Zeno se concibe como el cuaderno terapéutico que el psiquiatra le pide que escriba al narrador y, ahora sí, por voluntad expresamente literaria, un documento personal se transforma en marco y soporte narrativo, y la escritura metódica vuelve a funcionar como una herramienta de desvelamiento: la escritura desapasionada, distante, ajena al arrebato, voluntariosa, la escritura como arma ideal para el desmontaje de un yo que se inserta, cada vez más consolidado, en una clase social...
En el diario, Ettore llama a su prometida «mi rubia, la más grande y mía», «¡Monstruo rubio!» y esos vocativos coinciden con la descripción que en Senectud se hace del personaje de Angiolina. A través de las páginas del Diario, también construimos a Livia, a la prometida, a esa «Livia que es Livia», «enérgica, como yo te amo», «transparente», «serena», «amante enferma», a veces mujer a la que gusta ser mirada. Cuánta razón tenía Schmitz para estar celoso y cuánta ingenuidad mostró: con este Diario, ahora todo el mundo contempla a Livia que es Livia, a Livia la rubia... Las reflexiones amorosas de Svevo son casi siempre egoístas, lo que resulta coherente con una concepción burguesa del amor, pero es que, además, parece que al oficinista Schmitz ese egoísmo le complace: es una forma de engreimiento frente a una mujer de clase social más privilegiada que la suya; puede funcionar casi como un castigo para la novia: la mala conciencia del novio suena tan falsa como su voluntad de dejar de fumar. El Diario para la prometida habla del narcisismo del que escribe y también del de quien quiere ser escrito. El amor es entonces una experiencia difícil. El 3 de febrero el novio anota: «Casi, casi, parece que ame de la misma manera que, a los doce años, jugaba; ¡con un miedo terrible a que me tildaran de pueril!» Jugar, amar, escribir: siempre está puesta en entredicho la propia imagen.

miércoles, abril 25, 2007

Apuntes para una novísima arquitectura, Fernando de León

Berenice, Córdoba, 2007. 72 pp. 12 €

Amadeo Cobas

He aquí una breve aunque intensa recopilación de siete relatos cortos firmados por el mexicano Fernando de León. ¿Qué tienen en común? El cuerpo humano, desplegado en las variantes que uno pueda figurarse. Y más, muchísimo más.
Nuestras peores pesadillas nos acosan, perturban nuestro sueño, nos revolvemos entre las sábanas plenos de inquietud. Pero por muy mala noche que nos hagan sufrir, nada es comparable con la consumación de aquello que anuncian en ese vuelo onírico que parece no tener fin. Si se hace realidad la pesadilla, si cobra vida, nos pasará como a los médicos que, llevados por su búsqueda de investigación, amparados por la necesidad de avanzar en el conocimiento, se ven impelidos a hurgar en lo desconocido... para toparse de frente con su mayor error. Hay dos cuentos que hacen hincapié especialmente en el terrible descubrimiento que efectúan, en pro de la ciencia, de forma muy distinta, pero con resultado similar.
La anatomía siempre ha sido una asignatura especial para el ser humano. Al fin, habita en nosotros, somos nosotros los que le damos forma. Pero aquí se nos muestra en una visión novedosa, distinta y original.
Estos relatos destilan humor, a veces macabro, burlándose de la propia muerte. Y hay una gradación justa de la tensión, con una ilación narrativa que lleva al lector en una travesía apacible, donde en absoluto se presagia la catástrofe. Que nadie se confíe. En el mar de estos relatos soplan vientos que auguran venideras tormentas.
No todo es exactamente como parece. Las cenizas del abuelo, las tribulaciones de ese otro hombre muerto (el más corto de los relatos y, posiblemente, el que más impacto causa), lo que se puede hacer al amparo de la bruma, De León reserva al lector más de una sorpresa. Y las lleva a cabo con una escritura limpia, con claridad expositiva e imaginación a raudales. El poso que dejan estos relatos es largo en el paladar de la memoria.
Finaliza el compendio con el relato que da título a la obra en su conjunto, y que es un experimento anatómico-arquitectónico, poblado de sueños y elucubraciones, deshaciendo la linealidad que ha presidido el resto de la colección. Es una ruptura de la simetría del libro que gustará. O no. Las tendencias arquitectónicas también oscilan entre las vertientes que aman la simetría a ultranza y las corrientes que propugnan lo disímil. Para gustos.
Tiene este joven escritor talento y saber hacer, y ha sido varias veces premiado en su país. Ha tenido buen ojo la editorial Berenice al fichar a alguien cuyo porvenir es halagüeño, de seguir en esta línea. Deseamos que no se le tuerza el renglón.

martes, abril 24, 2007

México, Emilio Cecchi

Presentación de Italo Calvino. Trad. Mª Ángeles Cabré. Minúscula, Barcelona, 2007. 203 pp. 15 €

Pedro M. Domene

A principios de los años 30, el crítico e historiador Emilio Cecchi (Florencia, 1884-Roma, 1966), profesor visitante en la universidad de Berkeley, decidió recorrer durante unas breves vacaciones la baja California, Nuevo México y México. El resultado fue un libro de viajes publicado originariamente en 1932 y reeditado en 1985. En España aparece ahora bajo el sello de Minúscula en una colección, «Paisajes Narrados», que hasta el momento ha incluido textos de Roth, Vittorini, Balzac, Weiss, Pushkin o Keyserling. Los libros de viajes, algunos de estos singulares textos, recogen impresiones e inquietudes del viajero, anotaciones sobre el paisaje, las ciudades y los habitantes que, de alguna manera, sugieren un contacto directo, pero Cecchi reflexiona y llega a otras muchas conclusiones a lo largo de las 203 páginas que componen su libro México. Cecchi ofrece al lector esa mirada de sosiego porque, a medida que avanzamos en la lectura de estas páginas, ve y busca aquello que su vista alcanza más allá de la superficie de un viajero habitual; es decir, la suya es la mirada y la visión del intelectual más que del antropólogo o el paisajista.
Cuando se detiene en las «ciudades abandonadas» donde en otro tiempo los mineros de las grandes épocas del oro, entre 1849 y 1895, recogían diariamente dos o tres mil dólares de mineral o descubre los mitos y pinturas indias de navajos, chimayos, hopi o zuñi; cuando escribe sobre el Hollywood de Gloria Swanson, de Chaplin o rinde homenaje a Buster Keaton; cuando se zambulle en el México revolucionario animado por los «corridos» que versionaron, de alguna manera, la historia del pueblo anónimo, reproduciendo las hazañas de Madero, Pancho Villa o Zapata; e incluso cuando pasea por los jardines de Xochimilco y admira la devoción a las máscaras y las calaveras, tan relacionadas con el mito de la muerte en todo el país, o en la visión de las pirámides del Sol, la Luna o las ruinas del templo de Quetzalcóatl. Entonces, y sólo entonces, se aprecia la profundidad que ilumina al conjunto escrito con una perspectiva única.
No resulta menos notable la nota sobre Diego Rivera, conocido por entonces en los ambientes «vanguardistas» de Estados Unidos y California, a quien califica de mestizo, pobrísimo, salido de la nada, viajero entonces por Europa que completaría su formación en París y posteriormente iría a Rusia para trabajar allí, aunque a los rusos les pareció poco comunista. Y añade: «Diego Rivera representa el producto artístico de la revolución. Propagandista político, además de pintor, se cuenta que, en días aún turbulentos, mientras realizaba sus murales no sé si en Ciudad de México o en Cuernavaca, en la mesa de las pinturas y los pinceles tenía que tener siempre una pistola a mano». Y se detiene en el Querétaro de Maximiliano, más bien esboza una lírica visión sobre el lugar donde fusilaron al emperador, al pie del Cerro de las Campanas. En suma, como en ocasiones apunta Cecchi, numerosos contrastes de tipos para estudiar.
Italo Calvino, que presenta al autor en unas encendidas páginas, sugiere —entre otras muchas cosas— que este libro contiene fragmentos de virtuosismo, perfiles que condensan un relato repleto de sugerencias literarias, como bien puede ser el anuncio de un posible Malcolm Lowry en la ciudad de Cuernavaca cuando aún no la había visitado el escritor universal, aunque tampoco desdeña algunas de las epopeyas que acompañaron a algunos de los personajes singulares de los lugares visitados. Parafraseando algunos de los acertados juicios de este texto, la vida de México, bajo los superficiales cambios de color y las pálidas huellas de las transformaciones políticas, está impregnada de un principio elemental, de ritmo tan lento como violento. Y tal vez su revolución sólo haya consistido en tomar conciencia de dicho ritmo, aunque con esta lectura se nos permita reproducir —siempre a través de un esquema cultural occidental— que en el México de Cecchi, y tal vez en el de hoy, se asiste a la reaparición de una raza que tuvo una gran historia. Mucho ha quedado de ella, inconscientemente, en ciertos aspectos del arte y de la religión. Un balance que necesita desarrollarse, afirma el italiano, y que de alguna manera lo ha ido haciendo a lo largo de los más de setenta años transcurridos desde esta singular visita.

lunes, abril 23, 2007

Premios Tormenta: ganadores

Premio Tormenta al mejor libro publicado en castellano en 2006

Parpadeos, Eloy Tizón.
Anagrama, Barcelona, 2006.
142 pp. 12 €

«Hoy, por primera vez en mi vida, he oído llorar a un pájaro. Yo estaba solo junto a la ventana. Escribiendo. Y el pájaro ha llorado. Lo juro. No ha sido un llanto desgarrador, nada que pueda calificarse de excepcional. Al contrario. Ha sido un llanto más bien modesto, minúsculo, incluso un poco ridículo. Pero el llanto del gorrión estaba ahí. Existía. Era imposible negarlo. (...)»
(Primeras líneas de “Pájaro llanto”, primer relato de Parpadeos)

Eloy Tizón nació en Madrid en 1964. Además de Parpadeos, ha publicado el libro de relatos Velocidad de los jardines (1992), así como las novelas Seda salvaje (1995, finalista del Premio Herralde), Labia (2001) y La voz cantante (2004), todos editados por Anagrama.
Ejerce como profesor de talleres de escritura, y en numerosas ocasiones ha figurado en diversas listas sobre las mejores obras de la literatura española reciente («los cien libros españoles más significativos de los últimos 25 años», El País; «los mejores libros de cuentos de la literatura española del siglo XX», Quimera; etcétera).



Premio Tormenta al mejor libro traducido al castellano en 2006

Me acuerdo, Georges Perec.
Traducción y prólogo de Yolanda Morató.
Berenice, Córdoba, 2006.
192 pp. 15 €

Leer reseña

«Me acuerdo de que Reda Caire presentó su espectáculo en el cine de Porte de Saint-Cloud. Me acuerdo de que mi tío tenía un 11 CV con matrícula 7070 RL2. Me acuerdo del cine Les Agriculteurs, y de los grandes sillones de cuero del Caméra y de los asientos de dos plazas del Panthéon. Me acuerdo de Lester Young en el Club Saint-Germain; llevaba puesto un terno de seda azul forrado con seda roja. (...)»

Georges Perec nació en París en 1936, y fue uno de los escritores más sorprendentes, geniales e imaginativos del siglo XX. Miembro de Oulipo, su obra literaria abarca todos los géneros: narrativa, poesía, ensayo, teatro y guión cinematográfico. Elaboró los crucigramas semanales de la revista Le Point de París.
Su primera novela, Les choses (Las cosas; trad. Josep Escué, Anagrama, 1992), obtuvo el premio Renaudot y se publicó en 1965. En 1969 vio la luz La Disparation (El secuestro; trad. Marisol Arbués et al., Anagrama, 1997), una curiosa novela en la que nunca aparece la letra e (a, en la traducción al castellano). Con La Vie mode d'emploi (La vida: instrucciones de uso; trad. Josep Escué, Anagrama, 1988), una original mirada parcial pero totalizadora de un edificio, sus lugares y sus habitantes, obtuvo el Premio Médicis en 1978. Un año antes había publicado Je me souviens, inexplicablemente inédito en castellano hasta hoy. Perec murió en Ivry-sur-Seine, víctima de un cáncer, en 1982.

Yolanda Morató nació en Huelva en 1976. Filóloga, cursó estudios de máster y doctorado en la Universidad de Londres y en Harvard; fue profesora de cultura y civilización española en Francia, y durante dos años impartió cursos de Literatura Comparada en la Universidad de Harvard. Ha traducido al español a varios autores británicos y prepara una recopilación de poetas ingleses de la Primera Guerra Mundial.

domingo, abril 22, 2007

Premios Tormenta: finalistas (mejor libro traducido al castellano)


Brooklyn Follies, Paul Auster.
Traducción de Benito Gómez.
Anagrama, Barcelona, 2006.
320 pp. 18 €





Vida y época de Michael K., J.M. Coetzee.
Traducción y revisión de Concha Manella.
Mondadori, Barcelona, 2006.
187 págs. 16 €





Kafka en la orilla, Haruki Murakami.
Traducción de Lourdes Porta.
Tusquets, Barcelona, 2006.
592 pp. 24 €





Biografía del hambre, Amélie Nothomb.
Traducción de Sergi Pàmies.
Anagrama, Barcelona, 2006.
206 pp. 14,50 €





Me acuerdo, Georges Perec.
Traducción y prólogo de Yolanda Morató.
Berenice, Córdoba, 2006.
192 pp. 15 €