sábado, abril 21, 2007

Premios Tormenta: finalistas (mejor libro en castellano)


Los peces de la amargura, Fernando Aramburu.
Tusquets, Barcelona, 2006.
248 pp. 15,38 €


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Nocilla dream, Agustín Fernández Mallo.
Candaya, Canet de Mar, 2006.
215 pp. 16 €


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Llámame Brooklyn, Eduardo Lago.
Premio Nadal. Destino, Barcelona, 2006.
397 pp. 19,50 €


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Manual de literatura para caníbales, Rafael Reig.
Debate, Barcelona, 2006.
311 pp. 19 €


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Parpadeos, Eloy Tizón.
Anagrama, Barcelona, 2006.
142 pp. 12 €


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viernes, abril 20, 2007

Sartor Resartus, Thomas Carlyle

Trad. Miguel Temprano García. Alba, Barcelona, 2007. 400 pp. 23,50€

Esther García Llovet

Pandemonium. Hay en la historia de la crítica una estrecha y sinuosa saga de autores visionarios, excéntricos, misántropos y románticos a los que me gustaría referirme como Mensajeros Pandemónicos. Afectados por un horror vacui de la peor especie y de una erudición extremas, al margen de modas y costumbres, ahí están Praz y Aby Warburg y más allá deslumbra Carlyle, vociferante y cómicamente triste. Anticonvencionales, inestables, siempre a destiempo, si algo los define en su vocación es la búsqueda de un Método Universal, una Mnemosyne palingenésica y absoluta. Con esta finalidad escribió Mario Praz, el crítico de arte italiano, Mnemosyne: el paralelismo entre la Literatura y las Artes Visuales. Pero es en La Casa della Vita, una descripción al milímetro de su apartamento en el Palazzo Ricci de Via Giulia (atestado hasta el techo de cuadros y Biedemeiers y porcelanas y bibelots carísimos) donde acabó enclaustrado y amargado por su justificada mala fama de gafe, donde Praz se descubre como autor pandemónico, verborreico, bizarro. Hay que pasear a su hombro por las sombrías alcobas del palazzo para descubrir que lo decoró como una puesta en escena, una réplica de su acalorada mente de coleccionista que no tiraba ni el envoltorio de un caramelo (Gombrich dixit). Menos crepuscular resulta otra Mnemosyne, la de su contemporáneo Warburg, quien vivió el cambio al siglo XX y la Primera Guerra sumido en un estado de enajenación mental que lo llevó directo a un largo internamiento psiquiátrico. Es sabido que Aby “vendió” la primogenitura a su hermano menor a cambio de que éste pagara sus estudios de Historia del Arte. Víctima de la psicosis, iluminado por el aura del Renacimiento, ideó un sistema único, un atlas iconográfico confeccionado en forma de paneles móviles que recogen la historia del arte como una red de símbolos, imágenes que remiten a otras imágenes, a la manera en que actualmente funciona el Google de Internet, por asociación y metabúsqueda, sólo que Warburg se adelantó cien años. El Atlas Mnemosyne que dejó escrito y la Biblioteca Warburg, en Londres, resultan una sinfonía iconográfica sin paralelo en la historia del arte.
Un siglo antes, en 1795, nació Thomas Carlyle, en Ecclefechan, Escocia, tierra de pantanos y brezos y nubes a ras de turba. Nacido en una familia calvinista, a punto estuvo de ordenarse sacerdote, y aunque nunca llegó a tomar los hábitos, que cambió por el mejor disfraz de crítico traductor, siempre tuvo un estilo declamatorio, de púlpito, como si arengara a los oyentes desde el inestable taburete de Hyde Park Corner. Carlyle, germanófilo hasta los tuétanos, tradujo a Goethe y escribió la biografía de Schiller y si pasó a la gloria de la Crítica fue por The French Revolution, y On Heroes (1837 y 1841, respectivamente). Pero antes, en 1833, escribió su Mnemosyne particular: Sartor Resartus o El Sastre Remendado, su única obra de ficción. El libro podría definirse, si fuera posible, como las anotaciones o consideraciones o apostillas de un editor alrededor del Sartor Resartus de Teufelsdröck, un Tratado de la Filosofía del Vestido del que apenas ofrece información. Escrito a la manera de Tristram Shandy (al que hace referencia en algún capítulo), con múltiples disgresiones, acotaciones y comentarios que cercan el tema (La Filosofía del Vestido) sin llegar nunca a hacerlo explícito, Sartor Resartus resulta una abigarrada y exuberante serie de aforismos y citas acerca de Teufelsdröck y de su obra, aunque, repetimos, de La Filosofía del Vestido apenas se muestren algunos párrafos dispersos. El resultado es un ejercicio absolutamente excéntrico, erudito, incoherente y sensorial sobre crítica social, política y religiosa, escrita por un Radical Escocés en Londres, «esa Tuberosidad de la Vida Civilizada», como la llama Carlyle. Sartor Resartus prentende ser una empresa total, un método sistemático que explique la economía, el derecho, la política, la historia y en definitiva todos lo ámbitos de la vida social a través de la Ciencia del Vestido. Escrito en «Dialecto Babilónico», tal como un editor dijo de Carlyle, trenzada con una energía y humor que no pueden dejar indiferente, quizás lo más fascinante resulte la figura del mismo Teufelsdröck (literalmente: Estiercoldeldiablo), un personaje que aparece y desaparece de entre las manos de su editor como un fantasma demiúrgico y burlón, y quien, al final ya de la obra, se dice que se esfumó, se lo tragó la tierra, se desvaneció en el espacio; «Se ha observado que cuando las inquietantes noticias sobre las Tres Jornadas de París —la Revolución de 1830— iban de boca en boca, y ensordecían todos los oídos de Weissnichtwo, no consta que Teufelsdröck pronunciara en toda la semana ni una sílaba en el Ganse o en ninguna otra parte, salvo estas tres en una sola ocasión: “Es geht an”. “Ya empieza”». Y después de pronunciar estas palabras, no se volvió a saber nada de él.
Sartor Resartus, escrito en la soledad huraña de su enorme casa de Cheney Road, resulta una muy extraña vestimenta, con tres mangas y sin cuello porque no tiene cabeza, pero tejida con el Hilo de Oro de los auténticamente visionarios.

jueves, abril 19, 2007

El libro negro de los cuentos, A. S. Byatt

Trad. Susana Rodríguez-Vida. Madrid, Alfaguara, 2007. 212 pp. 18,50 €

Pilar Adón

La primera vez que leí El libro negro de los cuentos fue durante el verano del año pasado, en su versión inglesa de Vintage, y recuerdo (puedo releerlo en la nota que hice en una de las últimas páginas para confirmármelo) que lo terminé en el autobús que me traía de vuelta a Madrid desde la Semana Negra de Gijón, y, además, que lloré leyendo el último cuento. No resulta muy fácil confesar que se llora, ya sea leyendo un libro o viendo una película o despidiéndose de alguien a quien se quiere, porque estamos en un mundo de seres fuertes que no lloran jamás. Pero decir que lloré leyendo ese relato, el titulado “La cinta rosa”, es una de las mejores maneras que conozco para expresar la absoluta belleza de la prosa de Dame Antonia Susan Byatt, su poder narrativo, su estimulante y extraordinaria inteligencia, y su categórica capacidad para alternar erudición e interés argumental en una misma historia que se engulle perdiendo la conciencia de que el tiempo pasa.
Ahora Alfaguara nos ofrece la versión en castellano de El libro negro de los cuentos, lo que es sin duda motivo de inmensa alegría porque A. S. Byatt es una autora no demasiado conocida (al menos no tan conocida como debiera) y, en cualquier caso, poco y extrañamente traducida al castellano. Anagrama publicó en 1992 Posesión, su novela más célebre, con la que obtuvo el Booker, y que fue llevada al cine en una versión bastante penosa, protagonizada por una tibia, pusilánime y nada convincente Gwyneth Paltrow en un papel (el de Maud Bailey) que requería mucha más vitalidad y mucha más firmeza que las proporcionadas por la pobre interpretación de Paltrow. También Anagrama publicó en 1995 Ángeles e insectos, otra maravilla compuesta por dos novelas cortas (Morpho Eugenia y El ángel conyugal) en la que Byatt se sumerge de nuevo en lo que son sus temas predilectos: la intelectualidad victoriana, la poesía, las historias de fantasmas, la posibilidad de contactar con los que ya no están, la fantasía, el encuentro de almas gemelas que descubren que lo son gracias a su mutua pasión por el saber, el amor, las concomitancias entre las sociedades humanas y las sociedades de insectos... Y, finalmente, Emecé publicó en 2003 la brillantísima La mujer que silba, último volumen de una deliciosa tetralogía compuesta por, además de este último libro, los títulos The Virgin in the Garden, Still Life y Babel Tower. No deja de resultar curioso el que se nos ofreciera la traducción de la última obra de una serie de cuatro, sin considerar necesario hacer alguna alusión previa a la existencia de las tres novelas anteriores; aunque no deja de ser cierto que La mujer que silba es un magnífico edificio perfectamente capaz de sostenerse por sí solo, de fascinar y resultarle internamente coherente a un lector que no haya podido tener acceso a las tres novelas anteriores.
El libro negro de los cuentos se abre con el relato “La cosa del bosque”, en el que se narra la historia de dos niñas que se conocen y que deciden hacerse amigas en un tren en el que viajan solas, sin sus padres, huyendo de los bombardeos de un Londres asediado durante la Segunda Guerra Mundial. Las dos niñas van a alojarse temporalmente en una gran casa, que más tarde se convertirá en hospital y refugio secreto para obras de arte y objetos valiosos, hasta que una familia pueda acogerlas en un lugar seguro, lejos del peligro. (Ninguna de las dos sabía adónde se dirigía ni cuánto duraría el viaje. Tampoco sabían por qué se iban, ya que sus respectivas madres no habían encontrado el modo de explicarles el peligro. ¿Cómo se le dice a un hijo «Te envío lejos porque pueden caer bombas enemigas del cielo, porque las calles de la ciudad pueden arder como un incendio forestal de ladrillos y vigas, pero yo me quedo aquí, donde creo que diariamente correré el peligro de acabar quemada, enterrada viva, ahogada por los gases, y al fin veré quizá un ejército gris invadiendo la ciudad en tanques, o remontando el río en submarinos, con los cañones llameantes»?) Mientras las dos niñas esperan, se internan en un bosque cercano, y allí descubren, sin ser plenamente conscientes de ello, que el horror que ambas sienten pero no se atreven a manifestar en voz alta puede adquirir la pavorosa forma de un monstruo. En el bosque ambas averiguan que el espanto puede llegar a materializarse.
A este excepcional relato le siguen otros cuatro, extraordinarios también, en ocasiones terroríficos y en ocasiones cáusticos, que no le van a la zaga en lo que se refiere al halo de misterio que derrocha el primero. Se trata de cinco alardes de imaginación, cinco fábulas profundamente inspiradoras, que evocan los cuentos de hadas en los que invariablemente encontraremos ogros. Lo mejor de la tradición, pasado por el tamiz de nuestros miedos más posmodernos y de nuestros deseos más espirituales. Y es ahí donde reside la grandeza de Byatt, en mi opinión la mejor narradora británica viva, una vez que nos dejó Iris Murdoch. Y al decir “narradora”, el propio lenguaje me constriñe. Me refiero a narrador también, porque Byatt, en su potencia, en su erudición, en su prodigiosa capacidad de trascender las señas meramente contemporáneas de la literatura inglesa, y de enclavarlas en la mejor tradición de la prosa occidental, es el eslabón que sucede a monstruos como Saul Bellow, Anthony Burgess, Wyndham Lewis o la citada Iris Murdoch.
Precisamente, yo llegué a A. S. Byatt gracias a Iris Murdoch y a un ensayo, Degrees of Freedom, que aquélla escribió sobre las primeras novelas de la genial novelista y filósofa dublinesa. Desde entonces, no he podido trazar de modo cabal una línea divisoria entre las dos autoras, ya que ambas se entregan a una prosa lúcida, viva y cerebral; ambas ofrecen obras acabadas, reales, y ambas son capaces de mantener al lector en un constante hechizo que no se termina de diluir jamás. En el relato que cierra la colección, “La cinta rosa”, una mujer tiene Alzheimer, y su marido vive con ella para contemplar cómo la enfermedad va avanzando, impasible, sobre ella, convirtiéndola en otra persona y ganando terreno como un monstruo aterrador (los monstruos de nuevo) que crepita al arrastrarse por la espesa vegetación de un bosque. Puede que se trate tan sólo de una casualidad (no he leído ninguna declaración de Byatt al respecto), pero inmediatamente vinculé el Alzheimer del personaje al Alzheimer de Iris Murdoch. Vínculo que a mis ojos se volvió innegable cuando Byatt hace alusión en su relato a los Teletubbies (“Telegorditos” para la traductora de esta edición en castellano, que realiza así una adaptación literal no muy necesaria y, por lo demás, totalmente ajena a la tradición del lector español), personajes a los que, al parecer, y siempre haciendo caso a lo descrito por John Bayley, su marido, Iris Murdoch observaba ensimismada mientras la enfermedad la iba dejando vacía de recuerdos. Regreso de esta forma, pues, al principio: a la emoción, tanto literaria como puramente afectiva, ante la presencia de una de las pensadoras más lúcidas del pasado siglo, una mujer de pensamiento riguroso y exigente, una escritora insobornable, poco a poco decayendo hasta convertirse en una niña que obedece meramente a los estímulos más básicos, y ante el hallazgo en “La cinta rosa” de lo que para mí era un claro homenaje a ella. Un brillante tributo de Byatt a Murdoch.

miércoles, abril 18, 2007

Trenes hacia Tokio, Alberto Olmos

Lengua de Trapo (X Premio de Arte Joven de Novela de la Comunidad de Madrid), Madrid, 2007. 190 pp. 16,95€

Miguel Baquero

Trenes hacia Tokio es la tercera novela de Alberto Olmos (Segovia, 1975), después de la muy bien acogida por la crítica A bordo del naufragio, y de Así de loco te puedes volver. En esta ocasión, Olmos nos habla sobre su experiencia en Japón, un país donde estuvo ejerciendo cerca de tres años como profesor de idiomas. Pero muy lejos (afortunadamente) de quedarse en la "anécdota nipona", o de detenerse en aquellas peculiaridades que diferencian al país del Sol Naciente de este otro de las siestas y los bocadillos de rabas, lejos, en fin, de regodearse en el costumbrismo y en la novela fácil, Tokio se transforma para Olmos en una inmensa y superpoblada metáfora de la vida moderna, de la soledad en la que vivimos, cuando todo a nuestro alrededor nos parece extraño y con apenas sentido. «Todo es repetitivo. Todos los días las mismas cosas. No más de cinco o seis». Quizás (no nos hundamos en el tópico) este sentimiento de vacío y desamparo no es propio sólo de nuestros tiempos, y en todas las épocas el hombre se ha sentido así, pero nunca como ahora hemos tenido la certeza de lo que antes sólo se sospechaba: que en todos los lugares ocurre lo mismo, que el absurdo del hombre es universal, y que en Japón también dominan los días monótonos, el amor común y los sueños frustrados.
«Todos los martes, indefectiblemente, nos vemos las caras sobre raíles vacíos, a la espera de que un tren nos lleve en direcciones contrarias y, ya que estamos, contrapuestas».
El gran acierto de Olmos, y que hace de éste Trenes hacia Tokio un libro muy recomendable, es que para novelar la sinsustancia (novelar en el buen sentido del término, es decir, creando un mundo literario, con una atmósfera palpable y unos personajes vivos), Olmos no adopta una pose de suficiencia, una actitud crítica ni sarcástica hacia lo que tiene alrededor, aunque muchas veces se preste a la burla; no se da, en fin, importancia, como harían otros muchos; antes por el contrario, Olmos prefiere compartir el ridículo o colaborar en los comportamientos grotescos de esos extraños seres de ojos rasgados. No adopta, como es la triste costumbre, el papel de "hombre blanco", de catalogador de extrañas costumbres, el papel del tipo seguro y firme en la vida (¡por favor, soy escritor!) que mira a los demás, y más si tienen otros rasgos, por encima del hombro. Tampoco, en el extremo opuesto e igualmente sonrojante, se deshace, se licua ante una cultura diferente, ni se pone estupendo para hablarnos de la confraternización mundial, la igualdad entre las razas y otras cosas muy loables, sí, pero tremendamente cursis que edulcoran la literatura de hoy.
Olmos adopta la postura que creo mejor cuadra para hablarnos de otra manera de vivir: la que se denomina "mirada desnuda", una visión que quiere ser inocente, desprejuiciada, que intenta ver las cosas en su esencia, rica o pobre, pero con la mayor honestidad, aunque para ello muchas veces haya de pasar por estúpido o por alelado. Es difícil discernir cuánto hay en ello, en algunos momentos, de cinismo, de tipo que sabe, y de sobra, a lo que conducen todas las cosas en la vida pero que aun así quiere parecer inocente, intenta de veras hacerse de nuevas. En pocos escritores como Olmos he visto un estilo que, en este sentido, camine más al filo, en que una palabra de más o una expresión de menos pueda tirar por tierra la caracterización de un personaje. Olmos se mueve en todo momento sobre el alambre, pero aun así se muestra seguro, incluso en mitad de algunos capítulos practica una pirueta estilística de resultado sorprendente y que acentúa (a mi entender de manera brillantísima) esa inocencia corrupta, esa desconfianza innata, ese hastío del hombre moderno ya desde la juventud que constituyen la esencia del personaje principal y, por ende, la de esta novela:
«Luego hablamos de películas comerciales americanas. Luego hablamos de Tailandia. Luego hablamos de Vietnam. Luego hablamos de pasaportes caducados y arroz. El padre de Kokoro no dice nada nunca. Seguimos hablando de música, mi país, su país, el país de otras personas...»
Es, en fin, un estilo que quiere parecer inocente, a veces torpe, desmañado, como de alguien a quien le diese pereza escribir. Pero precisamente por tratarse de una apariencia, de un recurso, de un desprenderse de toda floritura tan artificial como cubrirse de retórica, es por lo que este estilo parece el más acertado, quizás el único posible, para una novela como Trenes hacia Tokio, para narrar la estancia en Japón de un muchacho desengañado de antemano, antes incluso de emprender el camino, de un joven a la defensiva desde el primer momento pero al que nada le gustaría más que dejarse llevar. El sentimiento seguramente no es nuevo, ni siquiera original, pero en las novelas lo importante no es tanto la anécdota, el suspense o la peripecia, como saber encontrar la voz.

martes, abril 17, 2007

Esta historia, Alessandro Baricco

Trad. Javier González Rovira. Anagrama, Barcelona, 2007. 317 pp. 19€

Guillermo Busutil

Alessandro Baricco es uno de esos escasos escritores que le confieren a sus libros una singular intensidad poética, junto con una envolvente atmósfera y una hondura emocional en los pequeños detalles, que convierte cada historia en una hermosa sinfonía literaria. Así lo hizo en Seda, en Océano mar y en Esta historia. La última novela de este autor italiano cuyos personajes siempre se debaten entre el dolor y la redención, al mismo tiempo que sus vidas son la construcción de un sueño a través del cual construyen su propia identidad. De ese modo, los protagonistas de sus narraciones, al igual que Ulises, están marcados por un destino que pone a prueba su valor, la necesidad de dejarse llevar por extrañas circunstancias que los obligan a olvidar, alejarse y reconducir el viaje exterior e interior que habrá de llevarlos hasta la comprensión de sus vidas y de un destino que, como dice el protagonista de Esta historia, nunca es recto como tampoco corre recto el corazón de los hombres.
Esta simbología, incluso poética del autor, está muy presente y definida en la última novela de Baricco que cuenta la historia de Ultimo Parri. Un joven marcado desde su nacimiento por una sombra de oro, por la visión del padre que le transmite la pasión por las máquinas y el misterio de un accidente que determinará su existencia, afectada igualmente por el horror de la Primera Guerra Mundial, por el intencionado olvido del pasado afectivo, por la imposibilidad del amor y por la conquista de una locura: construir una carretera.
Todo ello conforma la progresiva metamorfosis del héroe protagonista, a lo largo de los años en los que encontrará y abandonará sus afectos más importantes, como el de su padre, el de un conde corredor automovilístico, el de un compañero de armas y el de la mujer de la que se enamora. Personajes que utiliza Baricco para elaborar a su vez la figura y psicología del principal protagonista, mediante silencios, vacíos y el reflejo que sobre él tienen los otros personajes. Especialmente el de Elizaveta, la joven aristócrata rusa exiliada y buscavidas y que viene a representar la historia contrapuntística a la historia de Ultimo. Tanto en el memorable capítulo en el que ambos recorren pueblos por los que ella enseña a tocar el piano, a la vez que juega a dejar en su diario las corrupciones que lleva a cabo y en cuyas páginas el autor logra transmitir con ingenio la rebeldía arisca y la sexualidad efervescente de la joven, como en el tramo final donde ella busca a su enamorado a través del relato de los padres. Otros dos personajes sólidos y bien construidos, cuya emotividad resulta más tierna, por la aceptación de la derrota y del pasado, en el caso del padre.
Pero lo mejor de esta novela es la agilidad y expresividad de su lenguaje, unas veces embridado con pulcritud minimalista y otras veces apoyado en la sutileza de los detalles y en las sugerencias que deja entrever el discurso narrativo. También resulta un acierto la estructura que sustenta el relato, apoyando además el concepto, que subyace en la historia, de que todo camino es circular. Finalmente hay que resaltar el hermoso desenlace y el logrado aire de melancolía y de secreto que recorre esta estupenda novela, con la que Alessandro Baricco demuestra, una vez más, la exquisitez de su talento y su enorme capacidad para fabular paisajes humanos que suelen contener la poética e indeclinable búsqueda de la utopía y de la felicidad.

lunes, abril 16, 2007

Los buenos deseos, Yiyun Li

Trad. Laura Martín de Dios. Lumen, Barcelona, 2007, 254 pp. 18€

Leah Bonnín

En el otoño del 2000, a punto de cumplir veintiocho años y de concluir el doctorado en Inmunología, Yiyun Li se dio cuenta de que, en realidad, lo que quería era ser escritora, pero no fue hasta el verano del año siguiente cuando pudo asistir, en la Universidad de Iowa, a las clases de escritura creativa impartidas por el ganador del Pulitzer James Alan McPherson.
Entre otras cosas, Yiyun Li le escuchó decir al profesor que en el mundo occidental, especialmente en América, el enfoque hacia lo individual había hecho que se perdiera la voz de la comunidad, algo que todavía pervivía en la literatura china o japonesa. Y se produjo la revelación, pues Yiyun Li había escrito en primera persona del plural un relato, "Inmortalidad", que le causó una magnífica impresión a James Alan McPherson. La historia del protagonista de "Inmortalidad", la tercera del volumen Los buenos deseos, «como la de todos nosotros, empezó mucho antes de nacer» y está ambientada en un pueblo de la China del siglo XX, aunque la mentalidad de los personajes se remonta a costumbres centenarias o milenarias, de cuando la economía del lugar dependía del suministro de eunucos a las cortes imperiales. En este cuento, como en el titulado "Caquis", también escrito en primera persona del plural, las actuaciones de los individuos están determinadas por su inserción dentro de la comunidad que, a su vez, recibirá las consecuencias de los actos de quienes ha ocupado una posición relevante en la sociedad rural.
Los protagonistas de los relatos que componen el primer volumen de la galardonada escritora de origen chino Yiyun Li —reconocido con el Frank O’Connor Internacional Short Story Award, el Hemingway Foundation/PEN Award y el Guardian First Book Award— se mueven alucinados ante la caída del mundo de férreas seguridades en que habían vivido bajo el maoísmo. Son personajes bajo presión, frágiles, como lo es la abuela Lin, la protagonista del relato que inaugura el volumen, "De más", que ni siquiera encuentra la tranquilidad en la resignada indigencia en que termina después de haber sido despedida de su último trabajo en un internado para hijos de nuevos ricos.
Individuos adultos o ancianos que, tras años de sometimiento, voluntario o no, a la ideología de la dictadura maoísta, se han quedado sin lugar en esa nueva sociedad que camina a marchas forzadas hacia la economía de mercado. E individuos jóvenes que se afanan por encontrar su lugar (abundan mujeres solas o que se divorcian y hombres que reconocen su homosexualidad) en un país nuevo, Estados Unidos, y por liberarse de prejuicios y represiones como la que tuvo lugar en la plaza de Tiananmen en 1989, momento que sirve para definir la pertenencia generacional de Yiyun Li y algunos de los protagonistas de sus relatos.
Pero sobre todo, individuos que intentan construir una vida más allá de la familia y el grupo, por lo que, no les queda más remedio que romper vínculos con un pasado que se les presenta como una especie de castración afectiva. Y hasta tal punto sucede esto que, como en el Yijing, el clásico de filosofía práctica para afrontar las vicisitudes de la vida, los cambios acaban por constituir identidad y biografía. El rechazo de esa castración es lo que, por ejemplo, explica que en el relato "Mil años de buenos deseos" la hija del señor Shi se haya divorciado de su marido chino y tenga un amante de origen rumano. Porque como le dice a su padre en algún momento del relato, «Baba, si te educas en una lengua que jamás utilizas para expresar tus sentimientos, es mucho más fácil adoptar otra para hablar de ellos y la utilizas más. Te conviertes en otra persona». Y es lo que da cuenta del porqué Yiyun Li no escribe en chino, una lengua en la que se censuraba a sí misma, y descubre en el inglés la lengua en que puede expresarse a sí misma y, a su vez, en tanto otra, contar las experiencias propias y ajenas.
Yiyun Li. Una escritora que sólo ha empezado a contar, y estupendamente, en un inglés renovado por la imaginería china, lo mucho que le queda por contar. Quizás haya empezado tarde, pero la suya es una propuesta sólida y conmovedora.