viernes, abril 13, 2007

El prestigio, Christopher Priest

Trad. Franca Borsani. Minotauro, Barcelona, 2007. 356 pp. 19 €

Miguel Sanfeliu

Este libro apareció en nuestro país por primera vez en 2002 y ahora se reedita con motivo del estreno de la película que el realizador Christopher Nolan ha filmado basándose en él. Se presenta pues una nueva oportunidad para que todo aquel que no conozca esta obra, se acerque a ella y descubra la apasionante historia del duelo que, a lo largo de los años, llevan a cabo Alfred Borden y Rupert Angier, dos magos ilusionistas de finales del siglo XIX y principios del XX. Christopher Priest posee una trayectoria literaria que incluye el premio James Tait Black Memorial en 1995 por El Prestigio o el British SF 2003 y el Arthur C. Clarke por The Separation, entre otros; y está considerado como uno de los mejores escritores ingleses en la actualidad. En 1983, Priest fue incluido en la lista de los veinte mejores jóvenes novelistas ingleses de la revista Granta.
Hay que reconocer que los géneros son una especie de barrera que, para mucha gente, resulta infranqueable. Si algo aparece catalogado como ciencia ficción o terror, pues uno se estira un poco, se pone digno y lo ignora. Craso error. Existen libros de género que merecerían tener una mayor difusión, pues se encuentran a la altura de muchas novelas alabadas por la crítica “seria”. La editorial que saca un titulo al mercado, juega un papel decisivo en esta discriminación temática. Al salir en Minotauro, editorial dedicada mayoritariamente al género de la ciencia ficción, sólo los seguidores de dicho género hablaban de este libro con la pasión que merece. Si uno rastrea por mera curiosidad blogs y webs dedicados a la ciencia ficción, se dará cuenta de que no poca gente consideraba ya El Prestigio como una de las mejores novelas de los últimos años. Y, después de leerla, dicha afirmación no me parece exagerada. Y aprovecho este apartado para hacer un inciso y decir que algo parecido ocurre con otro recomendable libro como Los hechos de la vida, de Graham Joyce.
El prestigio es una novela milimétricamente calculada. Sus partes se complementan y, en cierto sentido, juegan con el lector. La novela en sí es un truco de prestidigitación del que se nos advierte al principio, cuando el propio Alfred Borden escribe en su diario:

Sin embargo, ya he mostrado mis manos vacías, y ustedes deben esperar no sólo que una ilusión se produzca, ¡sino que ustedes la consientan!
Sin escribir ni una sola mentira, ya ha dado comienzo el engaño que es mi vida. La mentira está dentro de estas palabras, hasta en la primera de ellas. Es la creadora de todo lo que sigue, y aun así no será aparente en ninguna parte.

Tentadora propuesta ante la que uno sólo puede arrellanarse en el sillón y disponerse a realizar un viaje fascinante a la Inglaterra victoriana, sumergirse en la perfecta ambientación de la época de los coches de caballos, los sombreros de copa, las capas y los teatros. Aún temiendo que los personajes van a tergiversar deliveradamente los hechos, nos ocultarán información, nos contarán versiones distintas del mismo acontecimiento…
Es significativa la historia del mago de Shanghai, Ching Ling Foo, cuyo truco principal consistía en hacer aparecer un cuenco de cristal con peces de colores vivos en su interior. Dicha pecera la mantenía oculta durante toda su actuación bajo la toga mandarina que utilizaba como disfraz, sujetándola con sus rodillas. Este truco le obligaba a caminar de un modo peculiar, como arrastrando los pies, y «nunca, en ningún momento, en su casa o en la calle, de día o de noche, caminó normalmente, para no revelar su secreto».
Del mismo modo, los dos magos están dispuestos a todo por salvaguardar sus secretos y, también, cada uno de ellos se embarcará en todo tipo de estratagemas por descubrir los de su rival, e incluso por superarlo.
Es en torno al truco de Borden llamado “El nuevo hombre transportado” donde surge la mayor confrontación. Un número espectacular, impecable, cuyo mecanismo resulta incomprensible para Angier, por lo que se obsesionará por descubrirlo, mientras él mismo pone en marcha una versión de dicho truco igualmente espectacular y que conseguirá despertar los celos de su oponente. Ambos hombres están dispuestos a todo por conseguir su objetivo, incluso a presentarse disfrazados y ofrecerse como voluntarios entre el público para colaborar en un determinado juego del contrincante e intentar husmear en su trastienda. Aquí no hay ética que valga.
Con un estilo directo y fluido, sin adornos y totalmente al servicio de la narración, nos lleva Priest por esta historia dividida en cinco partes: dos de ellas, la segunda y la cuarta, las más extensas, son los esenciales puntos de vista de ambos magos, en forma de diarios personales. Los dos puntos de vista de los mismos hechos, complementarios. La primera parte nos presenta a un descendiente de Alfred Borden en el momento en que se encuentra con una descendiente de Rupert Angier, los bisnietos concretamente, dispuestos a intentar averiguar los motivos de un enfrentamiento que se dilató durante años; la tercera nos narra, desde el punto de vista de dicha descendiente, Kate Angier, un recuerdo de infancia que tiene como protagonistas a los nietos de ambos magos y que resulta perturbador; y por último, la quinta parte, la más breve, será la encargada de noquear al lector con un final desconcertante que emparenta este libro con alguno de los títulos más importantes del género de terror.
Para finalizar, permítanme una advertencia. Quien espere encontrar en la novela una trama como la de la película que se estrenó hace unos meses, quedará decepcionado porque, aunque siempre se dice que era mejor el libro, y suele ser cierto, en este caso la afirmación resulta especialmente aplicable.

jueves, abril 12, 2007

Las encantadas, Herman Melville

Trad. Ana Lima. Artemisa. Ediciones, La Laguna, 2006. 133 pp. 16€

Amadeo Cobas

Herman Melville (1819-1891), autor, entre otras obras de tema marino, de Moby Dick, nos presenta aquí el viaje que realizó a Las Encantadas, esto es, las islas Galápagos, hacia 1843, menos de diez años después de que éstas tuvieran un visitante no menos ilustre: Charles Darwin.
En este recorrido por las desoladas islas, Melville no se para en barras a la hora de detallar lo que allí se encontró, que debió de ser eminentemente malo, para llegar a concluir que «son del todo inhabitables» o que «sólo en un mundo caído en desgracia podrían existir semejantes tierras».
Después de tan “prometedor” inicio, el autor va desgranando su viaje y su lucha contra la climatología («desconocen el otoño y la primavera… en estas islas la lluvia no cae jamás: como calabazas sirias secándose al sol, se agrietan bajo un cielo tórrido»), las traicioneras corrientes marinas o las leyendas: «todos los oficiales de marina que han sido malvados, a su muerte, se transforman en tortugas».
Hay giros inesperados y “sabrosos” en la narración, como aquél, Cuadro Segundo, en el que desembocan unas sentidas y evocadoras palabras dedicadas a las tortugas, para luego acabar como acaban las muy desdichadas… La tortuga es el animal más abundante en las islas, tanto que hasta les dan nombre. Por cierto, las adjetivaciones de Melville dirigidas a la fauna local son igual de “halagüeñas”: «ni pez ni carne ni ave es el pingüino», a quien apostilla como «hijo torpe de la Naturaleza»; «pájaro penitente» (pelícano); «repulsivo» (albatros); «de mal agüero» (petrel).
Y es que, aplicando unas fórmulas deductivas muy suyas, este neoyorquino hace un repaso por los distintos viajeros que buscaron refugio en las aguas que bañan aquellas islas: navíos de guerra, balleneros, bucaneros. Una de esas fórmulas le hace elucubrar que el nacimiento de la condición de algunos filibusteros era debida a un malhadado sino, llegando a asegurar que entre ellos «había algunos espíritus de caballerosa y amigable conducta, algunos hombres portadores de una serenidad y una virtud genuinas». Imagino que sería porque saqueaban posesiones y barcos españoles…
Disculpando sus errores (al menos los no malintencionados), encontramos un diario de viajes ameno, que consigna la dura vida en tales latitudes y cita alguna de las inexorables leyes del mar: «¡Ay del que se extravía en Las Encantadas!... Cuando el hombre que falta continúa desaparecido, se clava una estaca en la playa con una carta de disculpa, un barril de galletas y otro de agua amarrados a ella; a continuación, el barco zarpa».
Debe resaltarse la cuidada y elegante edición del libro, y hay que valorar muy positivamente el trabajo que desde la isla de Tenerife está haciendo Artemisa Ediciones, en la labor por recuperar clásicos, contando en su envidiable catálogo con nombres como Cervantes, Poe, Quevedo, Verne, Conrad, Pardo Bazán, Kant, entre muchos otros. Ánimo y a seguir en esa línea.

miércoles, abril 11, 2007

La muerte de la esperanza, Eduardo de Guzmán

Ediciones Vosa, Madrid, 2006. 426 pp. 18€

Miguel Baquero

Vaya por delante, para no engañar a nadie, que lo que sigue no va a ser una crítica literaria al uso. No quiere serlo ni, seguramente, puede serlo: resultaría absurdo tratar sobre La muerte de la esperanza atendiendo a sus aspectos técnicos, compositivos, estéticos... hacer, en suma, sobre él un análisis crítico. Este libro, que acaba de publicar Ediciones Vosa, se escapa a cualquier consideración tranquila, a cualquier estudio reposado. Principalmente, porque Eduardo de Guzmán nunca quiso emplear estas páginas para realizar una propuesta artística, o un ejercicio retórico (todo ello muy lícito, desde luego), sino para dejar testimonio, lo más vivo posible, de una época, más en concreto de nueve días: los primeros y los últimos de nuestra Guerra Civil. Este afán por el testimonio no implica, como muchos creen (y es que el reporterismo en España tampoco pasa por sus momentos más lúcidos), manga ancha para escribir de manera deslavazada o utilizar expresiones ramplonas; antes bien el lenguaje a todo lo ancho del libro resulta hermoso, pero hermoso sobre todo porque es efectivo, porque no emplea palabra de más que relaje la tensión ni palabra de menos que nos deje con la situación a medio describir. Es periodismo en su máxima expresión, digno de estudio en cualquier facultad de Ciencias de la Información si el uso de este horrendo anglicismo no lo hubiera vuelto todo tan hortera y relamido. Periodismo de ley, nacido en el fragor de la calle, en la confusión del momento, en los instantes críticos en que una noticia puede decidir el sentido de una guerra y la suerte de miles de personas, entre ellas el propio periodista.
Antes de nada, conviene ofrecer una breve semblanza de quién fue Eduardo de Guzmán, nuestro John Reed, como se afirma en el prólogo. Nacido en Villada (Palencia), en 1908, fue redactor y director de algunos de los periódicos más significativos de la Segunda República, siempre dentro de la corriente anarquista libertaria. De esta época data uno de los trabajos que le daría mayor fama: la cobertura de los famosos sucesos de Casas Viejas, donde realizó un memorable reportaje, sólo comparable con el de otro joven periodista a la sazón: Ramón J. Sender. Durante nuestra contienda civil siguió ejerciendo con gran brillantez la labor periodística. El 1 de abril fue capturado, junto con los últimos elementos republicanos, en el puerto de Alicante, de donde pasó al famoso Campo de los Almendros que describiera Max Aub y de ahí al campo de concentración de Albatera. De estos primeros días de prisión y cautiverio, da Guzmán detalle en El Año de la Victoria (Premio Internacional de Prensa en 1975), publicado también por Ediciones Vosa.
Condenado a muerte en 1940, junto con otros autores de la época como Miguel Hernández, es finalmente indultado ya entrado los años cuarenta, pero se le prohibe ejercer la labor periodística. Empieza entonces la carrera de Guzmán como autor de novelas del Oeste, policiacas, de espías... novelas que se vendían a duro y que firmaba con los seudónimos, no exentos de gracia, de Edward Goodman o Eddie Thorny, entre otros. Entretanto se ganaba la vida y malgastaba su talento con estas novelas (pese a que muchas de ellas contaban, y cuentan todavía, con el aplauso de los amantes del género), Guzmán fue labrando, en el exilio interior, una obra periodística sobre la materia de sus recuerdos que sólo pudo ver la luz con el fin de la dictadura franquista.
A ella pertenece esta La muerte de la esperanza, que se inicía el viernes 17 de julio de 1936, con el confuso rumor de que una guarnición se ha sublevado en Marruecos, lo que lleva a Guzmán al Parlamento, entonces de vacaciones, a preguntar al ministro. Sigue la crónica, a ritmo trepidante, de cuatro días de confusión, de carreras, de disparos perdidos, de llamadas desesperadas, de grupos pidiendo armas, de muertes, de coches que pasan por la Puerta del Sol entre una masa aglomerada en busca de noticias. Un relato en primera línea, a tal extremo que Guzmán nos narra el asalto al madrileño Cuartel de la Montaña desde una barricada, mezclado con los combatientes y agazapado ante el silbido de las balas. Esta primera parte concluye el lunes 20 de julio, tras cerca de noventa horas de tensión creciente, sin apenas dormir, colgado del teléfono.
La segunda parte abarca desde el martes 28 de marzo al sábado 1 de abril de 1939 y en ella, con ser todas buenas, se concentran las mejores páginas de este libro, sobre todo en lo que se refiere a la salida desesperada de Guzmán de Madrid, mientras ya por la calle circulan algunos coches haciendo gala de la bandera bicolor. El relato de cómo el camión lleno de antifascistas cruza el puente de Ventas, plagado de "pacos" o francotiradores que quieren impedir la salida de los antifascistas de la capital, para ganar la carretera de Valencia e intentar alcanzar la salvación, es uno de los más fascinantes que se han escrito nunca sobre la Guerra Civil. Asimismo, el relato de la tensa espera en el puerto de Alicante de un barco que no acaba de llegar, espera en la que poco a poco van menudeando los ataques de locura y los suicidios, es otro de los capítulos necesarios de esta La muerte de la esperanza. De nuevo es obligado recordar aquí a Max Aub, de quien Guzmán no desmerece, ni mucho menos. Quizás todo lo contrario, pues mientras Aub vierte poesía, en la medida de lo posible, sobre aquella triste estampa de los derrotados, Guzmán no tiene empacho, pese a su afinidad política, es narrar las miserias, ruindades y cobardías que (quizás inevitablemente) se produjeron durante aquella huida a la desesperada.
Un magnífico libro, en suma, imprescindible para quien quiera saber la verdad de aquellos días de primera mano, sin mixtificaciones, tergiversaciones ni falsos heroísmos. Un manual de periodismo, en estos tiempos en que tanta falta hace la decencia para esta vieja y antaño brava profesión.

martes, abril 10, 2007

Una ventana al norte, Álvaro Pombo

Anagrama, Barcelona, 2006. 320 pp. 9 €

José Manuel de la Huerga

Pombo, en el epílogo de su novela, se califica como: «todo lo sofisticado que se quiera, pero en el fondo un simple Tusitala». De todos es conocido el título de contador de historias que los indígenas de los mares del Sur le otorgaron a Robert Louis Stevenson. El narrador es el encantador de serpientes, el capaz de poner unos cuantos personajes en pie, en un lugar, con una pasión que los mueva, o los paralice.
Bien. Pues la opción de un Pombo muy consciente es la de ser un Tusitala que da una vuelta de tuerca (o varias) a la manera de narrar. Esa es la clave de su riesgo contraído con el lector desde la primera línea de Una ventana al norte. No es sólo la narración al uso de un paisaje autobiográfico de la niñez —Santander, desde El Puntal hasta Cabo Mayor—, donde un personaje femenino, Isabel de la Hoz, trasunto de una prima del autor interesa como personaje anguloso, al margen de las convenciones de la clase acomodada, cruza el charco y termina enrolándose en las luchas de los cristeros mexicanos contra el gobierno de Calles. Y no es sólo la voz interior de esa heroína que nos ha llegado desde la novela sentimental y las grandes narraciones de los colosos rusos y franceses del XIX, aunque en un principio uno transite por lugares comunes de, por ejemplo, una Emma Bovary desencantada y peligrosamente propensa a la ensoñación.
Pombo da un paso. Espera a que el lector se confíe y se crea en un territorio conocido, y seguro, para empujarlo a sus arenas movedizas, donde el propio narrador también parece sucumbir, al menos dudar. Asistimos al nacimiento de un personaje femenino y cuantos a su alrededor se yerguen como necesarios coadyuvantes (su marido, Indalecio Cuevas, el empresario santanderino que ha emprendido negocios en México; Ubaldo Zamacois, el cura que viste de paisano para pasar desapercibido en esa guerra fratricida; Fabián Ponce, el morochito cristero, amante y padre de un hijo malogrado con la protagonista; y Lupe de la Pita, la amante oficial de Indalecio, y luego amiga de bandería de Isabel) para mostrarnos una narración abierta a cuanto sea necesario con un fin: desmontar la novela sentimental construyendo una novela sentimental. «Todos se habían confabulado dulcemente para que Isabel de la Hoz fuese una rica heredera, una chica de la buena sociedad santanderina, que se pondrá de largo a los dieciocho años y que se casará con un chico guapo, de buena posición, aproximadamente de su misma edad y de una familia conocida. Al llegar a la adolescencia, Isabel quiso no ser como su madre», deja anotado el narrador del relato en las primeras páginas como señal de advertencia de lo que se nos avecina.
Y lo interesante es que dentro de las estructuras del poder, de la burguesía hipócrita santanderina de principios del siglo XX, Isabel termina haciendo lo que le da la gana, es decir, casándose con un chico guapo, de buena posición económica, para vivir rica, desahogadamente... pero a bastantes miles de kilómetros de distancia y después de haber escenificado una escapada, ese plus de aventura que tanto necesitaba para vivir intensamente. Pero por supuesto su marido y ella se casan en ese ser no ser del amor, del porque toca, y tendrán sus amantes, todo muy civilizadamente dentro del matrimonio, y con un cura cobarde por el medio.
Los personajes son riquísimos por el extraordinario mundo interior, lleno de recovecos, contradicciones que el narrador nos muestra tomando partido, señalando, deteniéndose para que el lector también se detenga y tome partido, se sorprenda y termine juzgando. De ahí que el texto se caracterice por ser una novela digamos que “deconstruída”, donde los tópicos de clase, de historia, de país, aún aparentando cumplirse en cada momento, son hábilmente desmontados con un narrador analítico. Con el aporte de los documentos históricos que funcionan como telón de fondo de la trama apasionada y que en muchos momentos nos distancian acaso al uso de un Brecht teatral, se nos termina presentando un informe del personaje, rico, sorprendente siempre, hábil en el manejo de las escenas más convencionales para sacarle el brillo inesperado, el comentario sagaz. El narrador se inmiscuye en el texto, con la intención de tenernos siempre en jaque. Nada de lo que aparenta es.
Las inquietudes de Pombo al finalizar la experiencia de aunar narración pseudoautobiográfica, narración cargada de historia del principios del siglo XX (las guerras cristeras en el México de los felices años veinte) y narración de narrador, (de Tusitala) son las habituales de cualquier narrador. Nos confiesa un doble malestar en el epílogo: no hacer justicia al momento histórico y actuar torpemente al insertar la ficción en la realidad. Descanse Pombo de esta zozobra inherente a la condición de artista ciego y sordo. Los que estamos a este otro lado, el de los lectores, aplaudimos su vocación de narrador aventurero, nunca satisfecho. Sin duda sirve de estímulo en el patético panorama de la narrativa ramplona y de pensamiento único (fácil, de consumo) en las letras españolas.

lunes, abril 09, 2007

Por qué he matado a Pierre, Alfred / Olivier Ka

Guión: Olivier Ka. Lápices y tintas: Alfred. Color: Henri Meunier. Trad. Sergio España y Paco Rodríguez. Ponent Món, Rasquera (Tarragona), 2007. 112 pp. 20 €.

Ricardo Triviño

Por qué he matado a Pierre recuerda mucho a Blankets de Craig Thompson. Recuerda tanto por el dibujo y su entintado como por el tema común de la religión. Pero Craig Thompson no puede evitar ser un poeta de lo bello. Incluso en su Cuaderno de viaje sobre la preparación de su próxima obra Habibi, hablando de una descomposición intestinal resulta agradable.
Pero esta historia narrada por el pequeño Olivier, si bien empieza de manera amable presentando a través de su mirada infantil, aunque madura, la oposición existente entre la vida liberal de sus padres y la actitud conservadora y cristiana de sus abuelos, acaba por tornarse incómoda y asfixiante. Cada capítulo, encabezado por un inquietante “He matado a Pierre. Tengo X años”, aumenta la edad y el malestar del protagonista. “He matado a Pierre. Tengo 8/12/35 años”. Cada uno de ellos es un paso más hacia un pozo terrorífico al que el lector no puede resistirse.
La bondad de Blankets se transforma en la crueldad de Historia de una rata mala de Bryan Talbot. Lo que era una confrontación entre dos bloques de pensamiento externos se convierte en un problema personal, un dilema tan íntimo que acaba convirtiéndose en un secreto. Porque, aunque se han aprovechado del pequeño Olivier, él no sabe qué hacer, no sabe si hablar o no puesto que, al fin y al cabo, esa persona es su mejor amigo y no puede ser que quisiera hacerle nada malo. ¿Pero qué puede llegar a pensar un niño cuando abusan de él? Lo que pasa de refilón en la obra de Craig Thompson y que está simbolizado por una rata enorme en el excelente trabajo de Talbot, en manos de Olivier Ka y Alfred es una mixtura perfecta de ambos donde se alcanza la tensión del segundo a través del estilo del primero.
El dibujo emotivo y expresionista, entintado a pincel, consigue, en escenas como la del abuso del chico en mitad de la noche, efectos verdaderamente impactantes e inquietantes. Gracias también a un color creador de atmósferas y ajustado a cada situación, este cómic resulta ser una bellísima obra de arte que retrata a través de un diario sincero una situación que resulta siempre difícil de abordar y que algunos, desconocedores del medio, consideran un tema demasiado “profundo” o “importante” para que un tebeo pueda llegar a mostrarlo en su real plenitud.
Por qué he matado a Pierre posee inteligencia sobrada para relatar un problema individual desde los diferentes puntos de vista de la misma persona a lo largo de su vida. Así, los recuerdos cambian al volver a ser visitados, igual que las sensaciones que provocan. Una historia que impele a leerla de un tirón, sin poder despegarse de sus páginas, acongojado cada vez más por un espectro de terror que oscurece el pecho y el pensamiento. El relato de cómo la sombra del árbol del Paraíso puede llegar a ser, y es, tan alargada y tan negra como todas las demás.