viernes, abril 06, 2007

A ciegas, Claudio Magris

Trad. José Ángel González Sainz. Anagrama, Barcelona, 2007. 376 pp. 19,50€

Marta Sanuy

Salvatore Cipico, el protagonista de esta historia, habla, cuenta ininterrumpidamente. Con frecuencia su interlocutor es un psiquiatra, pero otras veces le habla a una grabadora o cuenta en un chat en Internet: la incontinencia verbal le permite traspasar los límites del tiempo y los de su individualidad, y nos cuenta en estas páginas, en presente y primera persona, una biografía que abarca dos siglos y alberga otras vidas y otras voces que confluyen en la suya.
Cipico es un militante comunista que lucho en la guerra civil española y más tarde fue prisionero en Dachau. En la posguerra se va con otros trescientos mil italianos a Yugoslavia, el país comunista más cercano, van entusiasmados con la posibilidad de contribuir a su construcción, pero terminan en el campo de trabajo de Goli Otok después de la ruptura de relaciones de Tito con Stalin.
El otro protagonista de esta novela es Jorgen Jorgensen, «el rey deportado», cuya voz Cipico asimila, «quizá por tratarse de un perdedor como él con quién se identifica». Jorgensen, personaje que realmente existió, después de atravesar todos los mares y fundar una ciudad en Tasmania, Howart Town, fue deportado a esta misma ciudad condenado a cumplir trabajos forzados. «Debió ser un marinero extraordinario, porque, cuando la nave inglesa que lo lleva, con los grilletes puestos, de Islandia a Londres, está por naufragar en una terrible tempestad, el capitán ingles lo libera, lo pone en el puente de mando y él salva el barco, llevándolo a puerto, donde nuevamente le ponen los grilletes y es llevado a prisión».
La minuciosidad de Magris logra que esta novela sea atravesada por muchas otras, el lector escucha también a Conrad, a Faulkner, a Melville, porque el autor conoce y sabe hacer suyas con maestría muchas lecturas, como nos demostró en El anillo de Clarisse, en El Danubio o en Microcosmos. Como él mismo dice, la voz de Cipico se convierte en una voz coral porque «cada uno de nosotros en los momentos más significativos de nuestra vida, siempre es un coro (...). Ciertamente si la experiencia que le cayo encima es demasiado pesada, lo tritura, lo hace delirar, como le sucede a mi protagonista».
Pero no todos sus protagonistas son humanos, se convierten también en personajes, en símbolos ricos, iluminadores de nuestro presente, el Vellocino de Oro o Jasón y Medea: «la historia de Jasón y Medea es la historia de ese combate, de este trágico nexo entre portar civilización y destruir civilización», dice Magris. También se convierten en esenciales para esta obra los mascarones de proa, la figura femenina que preside una novela que trata del mar, y que evoca a unas mujeres inalcanzables para los protagonistas, y por lo tanto siempre ausentes: «Figura femenina puesta en la proa como para ser la primera en recibir los golpes de las tempestades, expuesta en primera línea al choque de la historia».
Otra imagen potente, que se convierte en hilo conductor, es la que origina el titulo de esta obra y contiene su intención. Porque A ciegas explora, para poder entenderlas, historias en las que se hace el mal a ciegas, sin saber, sin querer. Y cuenta la ceguera del Teniente Nelson: en una batalla contra las tropas danesas estás se rindieron y sacaron la bandera blanca, pero Nelson continuó bombardeando durante dos horas porque no la vio. La ceguera de los Argonautas: van a visitar a los Dolinos con quienes comparten una tarde de fiesta, cuando se marchan una tempestad los hace retroceder y, desorientados, atacan a sus anfitriones creyéndoles enemigos, estos se defienden y, quienes esa tarde merendaban y reían juntos, ahora se asesinan. La ceguera de los comunistas y anarquistas españoles durante la Guerra Civil. Y claro, la ceguera la de sus dos protagonistas. Porque Magris «quería contar los valores humanos que se han realizado incluso bajo banderas y en nombre de ideas que rechazamos. Creo que es un libro en el que el desencanto refuerza la utopía, el sentido de la necesidad de cambiar el mundo».
A ciegas no es, por supuesto, un libro ligero, absténganse aquellos que se han acostumbrado a las novelas que se leen en media tarde, aquellos que buscan personajes con afecciones comunes y claras que se solucionan o se estropean en cien páginas, los que huyen aturdidos de la subordinación.
Se lo recomiendo, enérgicamente, a los que conviven durante meses con un libro y vuelven a él, más para perderse que para encontrarse, es un libro solo para quienes tienen la suficiente paciencia, o tiempo, para leer y releer, para pensar, para anotar, para los que creen, como Claudio Magris, «que en la literatura todo lo que es claro y confortante es falso». O bien «que la claridad no basta».

jueves, abril 05, 2007

De profundis, José Cardoso Pires

Trad. Carlos Manzano. Libros del Asteroide, Barcelona, 2006. 96 pp. 11,95€

Guillermo Ruiz Villagordo

La primera vez que me topé con el nombre de Cardoso Pires fue en un artículo hermoso como pocos que António Lobo Antunes escribió a su muerte, titulado A José Cardoso Pires, al oído y recogido posteriormente en su Segundo libro de crónicas. Animo a todo el que me esté leyendo que vaya en su busca y deje cuenta aquí de si también logró ponerle al borde de las lágrimas. Este bello homenaje sirvió de acicate para aproximarme a un par de obras suyas que me sorprendieron por esa aguda mezcla de experimentación y cercanía propia de alguien afable a la par que curioso: El Delfín y, sobre todo, la novela corta Celeste y Làninha, en la que se aborda tangencialmente la guerra de Angola a través de una niña, Celeste, que es trasladada a un campo de refugiados de Lisboa con su inseparable muñeca negra, Làlinha. Y, tras un lapso de tiempo considerable desde aquellas lecturas, he aquí que Libros del Asteroide edita este librito.
Antes que nada advertir que el Lobo Antunes encargado del prólogo que promete la portada no es el inconmensurable António sino su hermano Joao, médico eminente de su país y últimamente escritor. Es evidente que su elección se debe, aparte de a la amistad personal, a su profesión, ya que De profundis es el testimonio de una enfermedad. No importa: su presentación rebosa cariño por su amigo y proporciona datos curiosos y anécdotas que forman un encantador cajón de sastre. Gran parte de éstos se refieren a la relación entre enfermedad y literatura, que, a poco que uno se percate, ha dado frutos muy interesantes, a veces geniales. Pensemos en el asmático Proust dejando la vida en cada página de su monumental En busca del tiempo perdido, en el sifilítico Nietzche iluminando para siempre el panorama filosófico moderno o en el tuberculoso Hans Castorp que Thomas Mann creó como reflejo de su mente hipocondríaca. Son pocos los casos, sin embargo, en que se da testimonio personal, y aún menos en los que se consigue insuflarle un espíritu artístico que suele perderse en beneficio de la narración pura y dura de unos síntomas. La excepción que representa este librito ya debería llamar la atención sobre él, pero lo que le da aún más relevancia es que la enfermedad de la que trata es una isquemia cerebral que le hizo perder la memoria y le dejó impedido para comunicarse. Obviamente superó tan tremendo trance, puesto que nos lo pudo contar.
Pero en realidad la clave del interés que pueda suscitar su experiencia estriba en que, al perder la memoria, perdió también toda conciencia de sí mismo. Lo explica mejor el mismo Cardoso Pires: «Sin memoria, se desvanece el presente, que simultáneamente es ya pasado muerto. Se pierde la vida anterior… y la interior, claro está, porque sin referencias del pasado, mueren los afectos y los lazos sentimentales, y la noción del tiempo, que relaciona las imágenes del pasado y que les da luz, y el tono que las data y las vuelve significativas: eso también». Por tanto, a través de su enfermedad experimenta aquello que muchos consideran el objetivo principal de la literatura: ser otro, ser «el otro». Ya que no tiene memoria, se ve a sí mismo como a un extraño, alguien cuyas acciones no le pertenecen y a quien no le hacen mella las del exterior. Lo que conseguirá con su restablecimiento será recuperar su propia identidad.
La brevedad del texto sólo permite reflejar instantes a modo de fogonazos de aquellos días, transfigurados con frecuencia mediante artificios literarios. De hecho no dedica más que una pequeña parte a los efectos de la enfermedad, que inteligentemente trata en forma de micro-ensayo. El resto trata de la actitud entregada de su mujer Edite, de los médicos y en general del ambiente hospitalario. Es de destacar el abundante espacio (en relación con la extensión total) que dedica a sus dos compañeros de habitación desde el momento que se recupera, unos Ramires y Martinho que con sus diálogos recreados no tienen nada que envidiar al mejor teatro del absurdo.
El aura poética que envuelve el texto lo hace volátil, poco concreto, lo que puede decepcionar a los que esperaban un documento con abundante documentación y ejemplificaciones exactas, pero qué duda cabe que el resultado es sugestivo y mueve a la reflexión sobre muchos aspectos vitales asentados demasiado plácidamente en nuestras conciencias.

miércoles, abril 04, 2007

La ciudad en invierno, Elvira Navarro

Caballo de Troya, Madrid, 2007. 106 pp. 11,90€

Marta Sanz

Paul Nizan en Aden Arabia escribe una de esas frases que los lectores atentos tardan en olvidar: «Yo tenía veinte años; no permitiré a nadie decir que es la edad más bella de la vida.» Clara, la protagonista de los cuatro fragmentos que componen este libro, ha cumplido quizás nueve, trece, dieciséis años... Sin embargo, en su recorrido vital no hay una evolución: sufrir no ayuda al crecimiento. La acción de sufrir no es como ese sueño del lactante que, por las noches, hace que a los niños se les alarguen los fémures dentro de sus cunitas. La vida de Clara está llena de puntas que se le van clavando en la piel a lo largo de los años, desde el principio. Puntas que no puede escamotear y que van debilitándola a medida que se va haciendo mayor. No es que la vida de Clara sea especialmente dura, no es que las condiciones socioconómicas de sus padres sean malas, no es que su hogar sea un hogar desestructurado; es que Clara tiene en su cerebro una especie de dispositivo para captar la tiniebla, el desamparo, la gelidez de las cosas. La hipersensibilidad de Clara hace del mundo un lugar inhabitable, como en las mejores muestras de la literatura de terror, pero sin caer jamás en el retruécano fantasmagórico. Todo lo que sucede aquí es posible. Lo posible duele, aunque a veces no queramos verlo. Por eso, en la contraportada de este libro, magnífico e hiriente, se dice que el dolor expresado a lo largo de sus páginas es «austero, laico, libre de aspavientos retóricos». Un dolor que llega al lector en forma de una prosa concreta y desnuda que da frío.
Sólo el primer fragmento de La ciudad en invierno merecería la publicación de esta joven autora nacida en Huelva en 1978. En “Expiación”, Clara se baña en la piscina con su burbuja de corcho adosada a la espalda y establece una lucha, acota los límites de su rencor, proyectado hacia la figura de su tía. Pero el rencor de Clara es un rencor orgánico. Clara sólo ve los filos cortantes de la realidad y esas visiones, posiblemente lúcidas, no la hacen mejor. Clara juega, desoye, es mala y hace sufrir a su tía. Mientras tanto ella sufre más que nadie. A Clara la regañan y ella promete algo que no se le puede prometer a nadie: querer sin ganas. En “Cabeza de huevo”, Clara exterioriza la violencia que su propio cuerpo adolescente le impone, una violencia interna que tiene que ver con la transformación, y que ella refleja contra la superficie de un espejo para ejercerla sobre alguien tal vez más débil. Es el único momento en el que Clara está acompañada: cuando la violencia es ejercida hacia fuera. La concisión pornográfica del relato espeluzna: sin paños de pureza ni velos. En La ciudad en invierno, Clara es la víctima de una violación y busca a su violador para formularle una pregunta; también es la víctima de un estigma y de un secreto, del amor de unos padres que ya no pueden protegerla de nada. En “Amor”, la pulsión erótica nace ya vieja y no puede salvar, ni siquiera emocionar, a alguien como Clara.
En La ciudad en invierno se reflexiona sobre el mal y sobre la maldad como respuesta a una percepción, como reflejo condicionado de una sensibilidad permeable a lo oscuro, a una realidad que desarma y frente a la que hay que articular una estrategia defensiva, casi animal, que, en el caso de Clara, es cada vez menos poderosa porque Clara es un animal, acosado por estímulos —internos y externos—, agredido por ellos, pero también es un animal razonador y, por tanto, susceptible de sentirse mal, entristecido, aislado. Clara se va debilitando a lo largo de los fragmentos de su existencia: primero es la distancia, después la acción, después cierta laxitud, por último, la negativa a la felicidad o al engaño. Victimas y victimarios, sus posiciones relativas —el psicópata como víctima, el débil como verdugo— se suceden a lo largo de La ciudad en invierno. Casi todos están dentro de Clara. Al lector le toca juzgar si está enferma o si es un monstruo o si no es nada más que una muchacha común. También le toca al lector decidir si, como se plantea en Elizabeth Costello (J.M. Coetzee, Random House Mondadori, 2005) hay realidades que no deberían mostrarse, porque sólo son obscenas y nada se aporta al género humano cuando se visibilizan. Quizás las niñas, las adolescentes, las mujeres como Clara no deberían salir a la luz. Deberían permanecer en el incógnito. Quizás deberíamos: las que tendemos a ver la llaga y lo sucio. De momento, ahí queda un libro que, en su despojamiento, pincha, y en su tristeza, perturba. Un libro valiente y sensible que trepana un túnel desde las cortezas, complacientes en su blandura, hacia los subterráneos. Creo que un libro es bueno cuando, al hablar de él, se nos olvida la literatura, sus resortes. Con este libro lo de menos es la literatura: en la ciudad de Clara siempre es invierno.

martes, abril 03, 2007

La voz interior, Darío Jaramillo Agudelo

Pre-Textos, Valencia, 2006. 648 pp. 35 €

Juan Marqués

Al final del primer capítulo de La habitación cerrada, la novela con la que Paul Auster remató su magistral Trilogía de Nueva York, el protagonista, que se ha visto obligado a recoger las maletas que contienen la copiosa e inédita obra literaria de su desaparecido amigo Fanshawe (que, por cierto, vuelve a aparecer —¡y de qué modo!— en la reciente Viajes por el Scriptorium, ese fascinante —pero muy poco arriesgado— regalo que Auster se ha hecho a sí mismo y a sus lectores más fieles), cuenta que «bajé las dos maletas despacio por la escalera y salí a la calle. Juntas pesaban tanto como un hombre».
Tanto como un hombre. De una identificación parecida nace La voz interior, la última novela de Darío Jaramillo Agudelo, quien —según confiesa en la contraportada— ha invertido en ella ocho años de esa escritura continua y humilde que practica, y reseñarla en condiciones podría costar también mucho tiempo. No es fácil escribir sobre un libro que contiene en sí tantos libros, tantas reflexiones, tantas lecturas. Mucho más sencillo es leerlo, a pesar de su extensión, porque la prosa de Jaramillo, siendo tan rica, no busca la oscuridad ni las piruetas retóricas, sino la eficaz claridad de lo que se quiere decir y se dice.
La voz interior no sólo contiene muchos libros, sino que también presenta en buena medida la crítica literaria de todos ellos, o, al menos, su historia interna: su gestación, sus variantes, sus motivaciones. Para empezar, hay una “biografía” cuyo primer capítulo se titula, acertadamente, “Biografía de una biografía”, y en la que Bernabé, el narrador, va relatando tanto la vida de su amigo Sebastián Uribe Riley como el modo en que ha ido descubriendo o deduciendo los datos para reconstruirla. No sólo en ese primer capítulo hay “metabiografía”, sino que a lo largo de toda la primera parte de la novela el narrador reflexiona continuamente sobre su trabajo, sobre sus intenciones... Y también se habla y se fantasea sobre cada uno de los libros que escribió Sebastián (de los cuales sólo se publicó uno, de poemas), que se reproducen en la segunda parte. Para acabar de complicar el asunto, no pocos de esos libros y fragmentos literarios son obra de heterónimos de Uribe Riley, que forjó para cada uno de ellos una personalidad, unas circunstancias, una visión del mundo, un modo de escribir. Siendo todos Sebastián Uribe Riley (y, por tanto, siendo todos Darío Jaramillo Agudelo), sucede que Isaac Peña es, en mi opinión, mejor poeta que Uribe Riley, y Uribe Riley mejor aforista que Walter Steiggel, y todos los narradores, en general, mejores que los poetas y los aforistas, aunque estos últimos nos dan pistas sobre el espíritu de la multiplicada novela que leemos, y aunque puedan llegar a contradecirse, por proceder de distintos “yoes”: «No puedo escribir sino cuando tengo a quien escribirle. El único género literario es el epistolar» (p. 440), por ejemplo, o, en cuanto al título, «Escribo para encontrar las palabras que me dicta la voz interior, una voz que no tiene palabras» (p. 570).
Toda biografía es, al cabo, una novela de formación, y llama la atención que en ésta, ficticia, el interés aumenta mucho cuando se acaba la adolescencia (en principio, el periodo más apasionante, más intenso, más confuso...) y comienza una nueva etapa. La novela, en efecto, despega definitivamente cuando un confundido Uribe, que ha abandonado sus estudios («Es tal mi desprecio por la universidad, que ni siquiera estoy dispuesto a ser su enemigo» —p. 153—), viaja a Estados Unidos para pasar una etapa con su abuelo. Lo que iba a ser un verano de ocio y reflexión se prolonga durante años, marcando un antes y un después en la vida del personaje: una etapa que empieza muy bien, aprendiendo latín y cultura clásica, conversando con su perspicaz y sabio abuelo («Tu indolencia quiere decir que no eres competitivo y eso es una virtud moral», le dice en la página 174), viajando por Europa, enamorándose..., y que termina en tragedia (una tragedia explícitamente paralela a la que cerrará la vida de Riley y, por tanto, la biografía que escribe Bernabé). A estas alturas ningún lector podrá abandonar la lectura, que continúa con un largo y profundo descenso al infierno del que el protagonista sale para convertirse en un ser aún más solitario y silencioso, y dedicarse el resto de su breve vida a la escritura clandestina, a reflexiones y preocupaciones teológicas, y a la audición del omnipresente (y casi omnipotente) Bach.
Jaramillo se relame haciendo que sus personajes hablen de literatura, pero también de ciertas melodías, de ciertas pinturas, de ciertos sabores, de ciertas caricias... Hay que estar muy enamorado de la vida para escribir una novela como La voz interior, aunque en ese amor pueda haber una tenue tristeza o insatisfacción. Y hay, sobre todo, que tomarse tiempo. Esta novela habla muy mal de las prisas y del ruido del mundo, de la falta de tiempo, de la impaciencia... Jaramillo escribe con pasión pero sin plazos, por necesidad íntima pero sin urgencia, con vocación y sin vanidad. Seguramente no estaría de acuerdo con el primer aforismo citado arriba, y él es de esos pocos escritores que podrían responder con un rotundo “sí” ante la pregunta de si seguirían escribiendo si fuesen los últimos habitantes de este mundo.
Ahora mismo, mientras escribo las últimas palabras de esta reseña (o mientras tú, lector, las lees), él debe andar escribiendo o dándole vueltas a alguna idea, quizá a alguna palabra. Ni siquiera él podrá saber cuánto va a tardar en tener lista otra novela, u otro libro de poemas, pero cuando suceda es seguro que habrá merecido la pena la calma y la honradez literaria con la que meditó, con la que escribió, con la que corrigió..., y el silencio con el que supo hacer introspección y escuchar, allá dentro, su propia voz. O, tal vez, mejor, sus voces.

lunes, abril 02, 2007

El bachiller, Jules Vallès

Trad. Manuel Serrat Crespo. ACVF, Madrid, 2007. 350 pp. 18,20€

Miguel Baquero

Después de que hace unos meses saliera a las librerías, como presentación de la nueva editorial ACVF, la novela El niño, del francés Jules Vallés (1832-1885), echa a andar ahora El bachiller, la segunda parte de la llamada «trilogía de Jacques Vingtras». Se trata de una trilogía autobiográfica que hizo a su autor merecidamente famoso en su país natal, tanto por el retrato que hacía de tiempos cercanos (el Segundo Imperio francés hasta la insurrección de la Comuna) como por su altísima calidad literaria. Traducida a nuestro país en los años cincuenta, un poco a salto de mata y sin continuidad, la nueva editorial ACVF se ha trazado como objetivo publicar, por primera vez completa en español y en la misma editorial, la trilogía, y rescatar para el gran público a un autor de primera fila, de expresión fresca, de vivacidad en cada página, a un verdadero maestro de la narrativa.
En El bachiller asistimos a la llegada de Jacques Vingtras, con apenas veinte años, a París, una vez concluidos sus estudios, para labrarse un porvenir. En el aire flotan todavía los gritos de la reciente revolución de 1848 y Vingtras se siente llamado a ocupar la primera línea de las barricadas en una revolución que se anuncia inminente y para la que se preparan, él y otros jóvenes, en cafés, freidurías y tabernas. Inundados de fervor revolucionario, viven en plena bohemia, haciendo cuentas sobre cómo sobrevivir con el dinero que les mandan sus padres y lo poco que logran arrebañar aquí y allá con trabajos esporádicos. No les importa el frío, ni el hambre de vez en cuando, ni el andar descalzos y mal vestidos, ni el ser expulsados de la pensión por falta de pago. Su interior está henchido de fe en el futuro y en la nueva vida que sobrevendrá con el derrocamiento del tirano, Napoleón II.
En este primera parte de El bachiller, Vallés refleja el lado alegre de una bohemia alimentada por sueños, describe con una paleta llena de colores la juventud radiante, la camaradería alegre, el deseo impetuoso por entrar en la historia. Aunque con cierta nota de acidez, como cuando los obreros, a quienes los bohemios creen llamados a liberar de sus cadenas y a llevar a una escala superior, les miran con cierta nota de conmiseración y aun de desprecio, como a alocados calaveras que juegan a ser revolucionarios. Aquí y allá, Vallés deja caer finas perlas de humor, como cuando los fogosos muchachos deciden comenzar la insurrección el miércoles:
«—Ciudadanos, ¿os parece bien el miércoles?
—Sí, sí.
—Pues hasta el miércoles.»
Este humor, que va asomando aquí y allá para pintar, todavía con tonos amables, la bohemia parisina, adquiere mayor cuerpo y en ocasiones se desborda en la segunda parte, cuando, curiosamente, el tono de la novela cambia totalmente. Los ecos de la algarabía del miércoles, que ha acabado en una escaramuza con las fuerzas del orden bonapartistas, llegan a oídos de los padres de Vingtras, que le obligan a volver a Nantes y le amenazan con no dejarle volver a París ni ser revolucionario, al menos hasta que nos cumpla los veintiuno. Finalmente, antes del plazo, y gracias a una herencia, el joven bachiller Vingtras vuelve a París... y aquí comienza otra novela. La verdadera novela, podría decirse.
De la alegre bohemia de hace apenas unos meses, nada encuentra Vingtras. La policía de Napoleón II practica una dura política represiva. Sus antiguos compañeros de insurrección bastante tienen con no significarse mucho; las calles están silenciosas, en los bares se habla a susurros, los antiguos amigos de conspiración se han tornado huidizos. En medio de este panorama gris y triste, comienza lo que nunca hubiera sospechado Vingtras: la lucha real por la vida, la agonía diaria por comer, aunque solo sea un pedazo de pan, por dormir a cubierto, por remendar los zapatos. Pronto descubrirá que lo que antes eran elogios de sus profesores se vuelven ahora desprecios y burlas de las gentes que no entienden de griegos y latines y que solo ven en Vingtras a un holgazán que no sabe hacer nada útil. La bohemia muestra ahora su verdadera cara, lejos del romanticismo juvenil: es hambre, miseria, tristeza, frustración, esa negrura infinita que llevó a un genio como Gerard de Nerval a ahorcarse en un callejón oscuro. Y mientras la sordidez va tomando cuerpo y asfixiando a su protagonista, casi al mismo ritmo y como enrabietada reacción, el humor se va abriendo paso por la novela hasta que acaba por dominarlo todo, con capítulos verdaderamente memorables en que uno no puede por menos de reír a carcajadas mientras Vingtras se desespera por comer aunque solo sea un poco de pan con mermelada o se desloma por una simple pastilla de jabón. A mayor desesperación, mayor risotada; es la venganza última de un magnifico escritor como Vallés, su forma de dejar de manifiesto lo ridículo y, sobre todo, inútilmente triste que es eso mundo contra el que lucha.
Sin embargo, el humor no deja de ser una coraza, y al final la miseria acaba por introducirse dentro del corazón. El final de El bachiller es una auténtica explosión de rabia, de asco y de sed de justicia, en un final triste y emotivo como pocos, que logra estremecernos de verdad, sin recurso alguno a la sensiblería, y que prepara el camino para el tercer tomo de la trilogía, El insurrecto. En él asistiremos a los acontecimientos de la Comuna, a cómo las calles de París se llenan de barricadas y los jóvenes como Vingtras luchan no por un mundo mejor, ni más justo, ni por ningún otro lema altruista y agradable, sino sencillamente por reventar al Bonaparte, y acabar con la miseria, y hacer volar el mundo en mil pedazos, ¡y a tomar por culo todo!, nobilísimo sentimiento éste que, desde el comienzo de los tiempos, ha impulsado el progreso social.