viernes, marzo 16, 2007

El sentido de la vista, John Berger

Edición e introducción de Lloyd Spencer. Trad. Pilar Vázquez Álvarez. Alianza Forma, Madrid, 2006. 319 pp. 30 €

Marta Sanz

El sentido de la vista es una recopilación de ensayos breves que John Berger ha ido escribiendo para un público amplio a lo largo de más de tres décadas. Los temas y las maneras de abordarlos son diversos: las metodologías de aproximación a la materia artística; la mirada en general y la mirada particular sobre Hals, Rembrandt, Goya, Van Gogh o Cézanne; el dibujo y la fotografía; las maneras de comer de campesinos y burgueses; la masacre de Hiroshima, el concepto de terrorismo y del mal; la poesía de Mayakovsky... Pero, si los temas despiertan interés, lo más curioso son los modos de enfocar los asuntos, porque Berger escribe poemas, estampas, artículos con un registro académico, fragmentos de un relato, biografías, descripciones... y con todos ellos consigue exactamente lo que se empeña en subrayar a lo largo de las páginas de El sentido de la vista: rellenar el hueco de una ausencia. La escritura se convierte en un ejercicio casi siempre elegíaco y cargado de una nostalgia luctuosa (“Los ojos de Claude Monet” es uno de los ensayos más bellos de esta recopilación); en una necesidad urgente de apresar lo efímero de la experiencia que, no por ello, deja de entrañar momentos de lucidez positiva, de modo que incluso el mayor pesimismo es más constructivo que destructivo, así lo señala el propio Berger en “Leopardi”: «La realidad siempre está necesitada. Incluso de nosotros, por malditos y marginados que seamos. Por eso, lo que Leopardi llamaba Intensidad(...) forma parte del continuo acto de creación, de la producción interminable de significado frente a la “nulidad de las cosas”. Y por eso también el pesimismo de Leopardi se trasciende a sí mismo» (pág. 295).
El carácter misceláneo de El sentido de la vista vincula este fragmento de la obra bergeriana con los orígenes del ensayo como género literario —si alguien no ha disfrutado aún de la lectura de Feijoo, le sugiero que no se lo pierda...— y, a la vez, supone una experiencia en torno a los límites y transformaciones de los géneros, a las movedizas fronteras e interacciones que se producen entre los ámbitos de las bellas artes y la literatura. Los textos de Berger son cuadros, ensayos filosóficos, poemas y narraciones sobre colores, sinestesias, cruces de percepción y razón, fogonazos y gárrulas lápidas. Algunos ensayos —casi todos— son piezas maestras. En “Una noche en Estrasburgo” el autor reflexiona sobre la pasión, describiendo una escena desde la desnudez de la epidermis: el pensamiento se incrusta en un paisaje con figuras humanas y, a partir de esa intersección, el lector, que se siente también desnudo, retado, tan perdido como al tener que juzgar una situación cualquiera de la vida, saca sus propias conclusiones; se establece una doble corriente de empatía en la que hay algo intelectual que es vital y la corriente vital se hace pensamiento, como cuando se experimenta un hueco de desamparo en la boca del estómago y esa sensación remueve la inteligencia: lo físico y lo perceptivo, lo material, son el punto de partida de la abstracción, mientras que las ideas, a su vez, se somatizan. Las reflexiones de Berger, sobre todo en las partes iniciales del libro, son las de un viajero que se ensimisma con un ensimismamiento permeable al entorno, curioso, despierto. Otras veces, el autor se formula y nos formula preguntas que deberían ser contestadas, como en “En el Bósforo” (pág. 81): «¿Por qué describir los mosaicos de la Mezquita de Rustán Pasa —su intenso rojo, su intenso verde, perdidos en un azul aún más intenso— en una ciudad en la que acaba de imponerse la ley marcial?».
En el bloque titulado “El abc del amor”, Berger articula sus ideas en torno al enamoramiento y las pone al servicio de un proyecto formativo: enseñarnos a mirar cuadros desde el amor. Desde esa perspectiva erótica, quizás La maja desnuda no es realmente una maja desnuda, sino una maja desvestida, y las obras pictóricas de Bonnard o de Modigliani no pueden ser analizadas más que a partir de la imbricación de la pasión, la fidelidad y las admiraciones con los rasgos definitorios de sus estilos. En “El momento del cubismo”, el lector revisa los conceptos de arte o inspiración y asume o cuestiona las metáforas que a Berger le sirven para comprender —para didactizar— parte de la historia del arte de Occidente: el espejo, como metáfora del Renacimiento; el escenario teatral como metáfora del Barroco; el testimonio personal a partir de Rousseau; el diagrama, en el cubismo...
John Berger, como un fotógrafo, congela con su escritura instantáneas efímeras de la existencia; sin embargo, hay cosas que no se pueden fotografiar y, entonces, va más allá y dibuja formas que activan la memoria, vivifican el pasado y lo hacen perdurar en el presente, porque el pasado es uno de los átomos que configuran el presente: el pasado es presente, está aquí. Berger juzga el arte y la vida desde el ejercicio del arte y de la vida. Y quizás estas razones son las que le llevan también a dibujar por escrito o con un carboncillo a mano alzada el retrato de sus muertos: el del filósofo marxista Ernst Fischer, el de su propio padre... «La gente suele hablar de la frescura de la visión, de la intensidad de ver algo por primera vez, pero la intensidad de ver algo por última vez es, creo yo, superior» (pág. 170) Dibujo escrito sobre un dibujo dibujado, superposiciones, palimpsestos, memoria y presente, acción y modos de ordenar los hechos, pensar para vivir y vivir para pensar, recrear, transformar, tratar en último término de aprehender la felicidad incluso desde las visiones más negras y la tristeza profunda de saber que «toda la riqueza es mal conseguida en un mundo de pobreza como el nuestro» (pág. 280). Vivir con los ojos estremecedoramente abiertos. Utilizar, hasta sus últimas consecuencias, el sentido de la vista.
Los ensayos de Berger nos ayudan a mirar, a pensar y a ver desde otro sitio, que no es el de las rutinas de la ideología mediática ni el de ese cliché de valores y creencias, cristalizados en hábitos, costumbres y opiniones comúnmente aceptadas, que el artista ha de cuestionar: en definitiva, estos ensayos sirven para articular la gasa interpuesta, el tejido de relaciones conceptuales, que transforma la confusión de los acontecimientos —históricos, sociales, culturales, políticos—, el devenir incesante de la experiencia y de la acción humanas, en ese entramado, pulido como un diamante por un punto de vista inevitablemente ideológico, que llamamos realidad.

jueves, marzo 15, 2007

Sesenta relatos, Dino Buzzatti

Trad. Mercedes Corral. Acantilado, Barcelona, 2006. 613 pp. 28 €

José Gutiérrez Román

«¿No será entonces una alegoría? ¿Un símbolo de la muerte, por decirlo de alguna manera? ¿O de un peligro que acecha? ¿O los años que pasan? [...] Os digo que no, que hablo en serio, que no hay dobles sentidos. [...] Se trata simplemente de una gota de agua que de noche sube por la escalera.», es lo que nos repite Buzzati (1906-1972) en uno de sus relatos más turbadores, “La gota”. Y, sin embargo, es imposible no intuir en muchos de sus cuentos el reflejo de temores inherentes a nuestra condición humana. Pareciera que, a través de sus espléndidos relatos, se hubiera propuesto mostrarnos cómo se proyectan nuestros miedos. Pero quizá haya mucho menos de lo que imaginamos, tal vez sea cierto lo que nos dice Buzzati y, tras esas inquietantes escenas, no haya ningún significado especial, lo cual resulta aún más sobrecogedor. ¿Y entonces, qué? Tal vez era esto lo que quería el escritor italiano, llevarnos a ese punto en el cual sus historias, como la de la obstinada gota, nos incomodan porque no acabamos de encontrarles un lugar en nuestra razón. Pero quién sabe lo que buscaba realmente Buzzati, si es que realmente tenía algún propósito concreto. Así pues, nos encontramos ante una de las virtudes de su literatura, y en particular de sus relatos: la ambigüedad.
Sirva esta introducción para ejemplificar lo que podría ser el motivo inicial de uno de sus cuentos: alguien que se obsesiona (porque en Buzzati casi todo es obsesión) con la obra de un escritor y sus posibles interpretaciones, lo cual acaba desembocando en una situación dramática o ridícula.
Somos muchos los que esperábamos desde hace años la publicación en España de más cuentos de Dino Buzzati. Hasta la fecha sólo contábamos con la acertada antología publicada por Alianza, Los siete mensajeros y otros relatos. En los últimos años, gracias sobre todo a la apuesta que la editorial Gadir ha hecho por la obra del escritor transalpino (El secreto del bosque viejo, La famosa invasión de Sicilia por los osos, Un amor), y al éxito obtenido, se ha recuperado su figura en nuestro país y, con ella, la edición de gran parte de sus obras, como esta cuidada edición de sus cuentos, brillantemente traducida por Mercedes Corral. Sesenta relatos reúne la producción de Buzzati en este género entre los años 1942 y 1958, que comprende tres de sus libros más importantes: Los siete mensajeros, Miedo en la Scala y El desplome de la Baliverna. Como suele ocurrir en estos conjuntos de relatos tan amplios, la temática, estilo y calidad son irregulares, pero esto también nos ayuda a conocer el recorrido exacto que efectuó la narrativa de este autor tan apreciado por Borges y Calvino.
Quienes se sientan fascinados por su famosa novela El desierto de los tártaros, se sentirán igualmente seducidos por muchos de estos relatos, en los que, a veces, también se aguarda a la espera de algo que no acaba de llegar, donde lo absurdo se deja ver en la maraña forjada por las actividades de los hombres y donde las instituciones generan situaciones kafkianas. Los relatos de Buzzati hablan del miedo al qué dirán o a que ocurra una desgracia, que acaba funcionando como una profecía autocumplida. Ese temor a lo desconocido, y que siempre permanece oculto tanto para el protagonista del relato como para el lector, queda plasmado a la perfección en “Algo había pasado”, donde un viajero, a medida que avanza su tren, empieza a notar expresiones de sobresalto en las personas que están fuera. Buzzati describe también la vergüenza y del sentimiento de culpa, el de un hombre que, accidentalmente, cree haber provocado el derrumbe de un edificio (“El derrumbe de la Baliverna”), o el de un pueblo gobernado por la mirada acusadora de un perro (“El perro que ha visto a Dios”). Otras veces es la fatalidad que se cierne sobre los protagonistas de manera aparentemente casual, como en el paciente que ingresa en el hospital de “Siete plantas”. Para contarnos todo esto Buzzati utiliza diversos estilos. A veces, a través de planteamientos fabulosos de corte clásico (viajeros que parten a tierras lejanas que nunca acaban de encontrar, soldados extenuados que regresan de la guerra escondiendo un misterio, o enigmáticas ciudades amuralladas en las que nadie ha entrado); en otras ocasiones se vale de situaciones surrealistas llenas de humor (un sacerdote entabla un debate sobre teología con un extraterrestre) o de cuentos que esconden pequeños ensayos, como “Una bola de papel”, en el que teoriza sucintamente sobre la poesía. Mención aparte merece “Invitaciones superfluas”, uno de los relatos más bellos que se haya escrito sobre el desencuentro amoroso, y que resulta insólito en la narrativa breve de Buzzati por su temática y por su forma.
Como decíamos al principio, es posible que al leer muchos de estos relatos surja la inevitable pregunta: ¿son alegóricos? Júzguelo el lector. Para Buzzati parece que se trataba sólo de una simple «gota de agua que de noche sube por la escalera. Tic, tic, misteriosamente, de peldaño en peldaño. Y que por eso —precisamente— tenemos miedo.»

miércoles, marzo 14, 2007

La defensa siciliana, Alejandro Luque

IV Premio Alfonso de Cossío de Relatos Cortos. Algaida, Sevilla, 2006. 205 pp. 14 €

Salvador Gutiérrez Solís

Músico, periodista, ensayista, poeta, narrador..., no cabe duda de que el gaditano Alejandro Luque, en sus treinta y pocos años, no ha perdido el tiempo. Y si tenemos en cuenta de que no se trata de ese tipo de autor multidisciplinar, tan abundante en nuestro tiempo —artistas gustan de llamarse, que es más renacentista, culto y elevado—, que lo roza todo, pero que no toca realmente nada, más certera es la apreciación: Alejandro ha empleado muy bien su tiempo, y todo lo que emprende no lo roza, se funde en un profundo abrazo. Su entrega más reciente, La defensa siciliana, es un espléndido libro de relatos, ocho en concreto, de manufactura certera, arquitectónicos en sus estructuras, sutiles en sus definiciones y vibrantes en cuanto a los personajes que se asoman y deambulan por ellos. A La defensa siciliana, empleando un símil futbolístico, no la entrenaría Capello, resultadista y rocoso. Esta defensa no es de patadón y catenaccio: miman al balón —y de paso al lector—. Es un libro certero en el sentido que cada uno de los ocho cuentos que componen La defensa siciliana son mundos concretos, historias con punto y final, universos absolutamente definibles, que se pueden entender y justificar en su unidad, sin dañar o lastimar la totalidad. Cada cuento funciona individualmente, y cumple con las siempre estrictas reglas del relato a rajatabla, y aunque pueden ser entendidos como piezas de un gran puzzle —todo el libro—, no pierden su identidad. Es decir, se podrían independizar del gran hogar familiar, sin que los padres desheredaran a sus hijos. La defensa siciliana es un libro arquitectónico ya que cuenta con un nexo común, o nexo superior, que articula y compartimenta todos los espacios. Normalmente, nos solemos encontrar con libros de relatos que no dejan de ser autoantologías del propio autor, ya que se emplean como un cajón desastre donde caben ese cuento que publiqué en un periódico, ese otro con el que gané un premio o aquel que se me quedó huérfano y abandonado en un archivo de word que raramente se extiende sobre la pantalla del ordenador. Esta ordenación arquitectónica la podemos encontrar desde la primera cita con la comienza el libro, del majestuoso jugador de ajedrez Raúl Capablanca, en donde reflexiona de los riesgos del juego, de la derrota y del comportamiento que ha de mantener el buen jugador.
Es La defensa siciliana un hábil catálogo de la sutileza, de la insinuación, de lo mucho que se dice tras una frase inconclusa, de los silencios que esconden gritos manifiestos. Personajes que van proyectando su pasado, y su presente, mediante ligeras pinceladas, hasta que el nítido retrato se representa sobre la historia. Alejandro Luque nos muestra un amplio catálogo de personajes, niños con especiales habilidades, amantes atrapados en un extraño juego de coincidencias e iniciales, mayores que se abrazan a sus recuerdos, escritores repudiados por el éxito, dotándolos todos de su propia personalidad, rebosantes de pasión y vida, pura vida. La defensa siciliana desprende el aroma de un atardecer junto al mar, la mirada sepia y melancólica de quien se asoma a su pasado, el murmullo de una barra de bar. Ocho historias elaboradas con esa artesanía que es tan difícil encontrar en estos tiempos de prisa y clonación.

martes, marzo 13, 2007

Ojos de agua, Domingo Villar

Trad. del autor. Siruela, Madrid, 2006. 180 pp. 16,90 €

Julián Díez

De un tiempo a esta parte, el elemento costumbrista ha terminado por convertirse en el eje fundamental de buena parte de la novela policiaca. Este tipo de literatura ha estado de siempre ligada al entorno, sea en términos de denuncia o como parte de su intríngulis argumental. Pero esa tendencia, a mi juicio, se viene acentuando últimamente merced a la aparición de los que podríamos llamar “los detectives de representatividad regional”. El número uno es, a mi juicio, ese tremendo comisario Salvo Montalbano de Andrea Camilleri, mimetizado con el paisaje y el paisanaje siciliano. Pero también tenemos el detective sueco, el detective griego, la detective rusa...
Bebiendo de manera nada oculta de la fuente de Camilleri —al que incluso cita—, Domingo Villar nos presenta a un muy satifactorio detective gallego, Leo Caldas. Tranquilo, reflexivo, levemente amargado y, en resumen, muy gallego en sus comportamientos, Caldas aparece por primera vez en esta novela de lectura fluida y apacible. Desde esta presentación, Villar tiene el acierto de colocar a su lado un personaje que le sirva de contrapunto, el detective Rafael Estévez, de carácter pendenciero e impaciencia aragonesa, decididamente inadaptado —y, posiblemente, inadaptable— a los modos de hacer gallegos. Del contraste de ambos surgen algunos de los momentos más agradecidos de la novela. Caldas suma otras características adicionales de interés, como el hecho de que participe en un programa de radio con un envanecido presentador, que engrosa la sensación de que Villar tiene preparado un sólido escenario para la serie.
A cambio de este fluir costumbrista, la novela peca de lo mismo que algunas de las de Camilleri —algo que no le pasaba casi nunca al modelo que a su vez guiaba al italiano, Vázquez Montalbán—: una cierta endeblez en el aspecto puramente detectivesco del relato. La forma en que se resuelve el misterio puede ligarse de manera directa a una corazonada de Caldas, apoyada en la investigación sobre el uso de un producto de consumo bastante cotidiano como el formol, que se emplea como agente asesino. Dado que la lejía utilizada de la manera en que se hace en la novela produciría efectos similares, y que puede comprarse formol casi en cualquier droguería un poco grande, puede entenderse que la línea de investigación seguida al respecto con éxito por Caldas resulte un tanto inverosímil.
Salvo su resolución, el desarrollo caso en sí, por lo demás, resulta bastante interesante. Se sigue la muerte de un saxofonista, integrante de un grupo de jazz y profesor, en circunstancias francamente macabras. El caso llevará a los investigadores a los ambientes homosexuales de Vigo, descritos sin sensacionalismo, y nos permitirá conocer a algún secundario con potencial para posterior desarrollo. Libro en sí poco ambicioso, Ojos de agua (que hace referencia al color de los ojos de la víctima) está escrito con un estilo funcional pero solvente, se cierra con un sentimiento de satisfacción, y deja el decidido deseo de conocer posteriores aventuras de Caldas, para las cuales esperemos que Villar depure las debilidades de esta primera novela.

lunes, marzo 12, 2007

El día que fue ayer, Julio Espinosa Guerra

Mago Editores, Santiago de Chile, 2006. 168 pp. 10 €

Miguel Baquero


Hace apenas unos meses, nuestros telediarios se abrían con la noticia de la muerte de Augusto Pinochet. Hace más de treinta años, nuestros padres se estremecían con la noticia del golpe de Estado en Chile, con las imágenes de la Casa de la Moneda humeante, con la fotografía de Salvador Allende, armado con una metralleta de mano y sin más protección que un pequeño casco, dispuesto a plantear la última batalla...
Julio Espinosa nació en Chile en 1974, apenas un año después del levantamiento militar. Autor de varios libros de poesía, El día que fue ayer es su primera novela y en ella nos habla sobre el golpe o, por mejor decir, sobre las secuelas del golpe, y no tanto sobre los miles de exiliados, torturados, represaliados que el sangriento cuartelazo produjo, como sobre la impresión que todo ello dejó, y todavía perdura, en los chilenos supervivientes. Aunque por las páginas de la novela desfilen personajes “vivos” cuyo latir sentimos y cuyas emociones nos son cálidas y cercanas, estos personajes, sin embargo, parecen ceder su protagonismo a los ausentes, a los desaparecidos, a los que cayeron en los primeros días del golpe o a los que fueron cayendo, en un vil goteo, en las semanas, meses, años siguientes. Esa presencia grave de los que faltan, de las víctimas, planea sobre toda la novela, por encima de los supervivientes, marcando su ritmo de vida, sus decisiones, su cordura...
En El día que fue ayer se nos dibuja un sentimiento tan viejo como el hombre pero, pese a todo, tan poco descrito, de tanta dificultad literaria, como es la vergüenza de sobrevivir, la culpa que inunda a quienes han logrado escapar de los acontecimientos mientras otros, siempre los mejores, han caído en la vorágine. Un sentimiento de casi imposible descripción pero que impregna toda la novela y condiciona a todos los personajes, como a la joven que, por miedo, colaboró a identificar elementos izquierdistas y que acaba, presa de los remordimientos, perdiendo la razón (convirtiéndose así, también ella, en una víctima más, en el desecho humano que envidiaba), o como el joven que, eludiendo por mera suerte la captura, logra llegar a un país extranjero del que, corroído por la infamia de haberse salvado, nunca retornará a Chile. Una culpa que, en diferentes grados, pero culpa al fin, parece salpicar a todos: a quienes mataron, por supuesto, pero también a quienes salvaron la vida. Sobre todos ellos, los ausentes, los desaparecidos, alzan sus voces desde el fondo del mar.
En este sentido, es importante volver sobre el dato de que Julio Espinosa nació en 1974, un año después del golpe, es decir, que pertenece a una generación “nueva”, en todos los sentidos, forma parte de esos chilenos que ahora surgen a la vida y se apropian de la voz, esos chilenos que empiezan a pisar las viejas calles de lo que fue Santiago ensangrentada. Y aunque, al amparo de esto, le hubiera sido muy fácil a Espinosa hacer una obra política, inflarse a clara de huevo y escribir luego una epopeya sobre los buenos y los malos que arrancara el aplauso fácil del público, tal como ocurre en nuestro país, Espinosa, sin embargo, busca hacer de su novela una obra honda, amplia, fundada en la nobleza y la humanidad que hubiera podido quedar entre las ruinas. En el día que fue ayer no se retorna al pasado en busca de piedras que arrojar en una lucha presuntamente eterna, no se cae en ningún momento en el revisionismo; antes bien, Espinosa nos habla sobre un sentimiento que une y que no entiende de partidos: el sentimiento de soledad que afecta a quienes quedan. Espinosa no busca reabrir juicios; nada más (nada menos) busca describirnos ese tiempo, ayer de su país, mañana de cualquier otro, en que sólo los muertos pueden llamarse inocentes.
En ningún momento, en fin, ha tratado Espinosa de enzarzarse en un juego estúpido sobre quién escupe más lejos, sino que ha tratado, como un día dijo Azaña, de verter sobre los campos «paz, piedad y perdón». Ojalá les vaya bonito, a Espinosa y a los jóvenes chilenos a quienes ha llegado el turno de enfrentarse a la historia; ojalá que en aquella nación de tan extraña geografía no ocurra como en esta vieja piel de toro, en que, pese a cuanto en su día pudiera parecer, finalmente nos resulta imposible librarnos de nuestro lastre y echar a andar hacia el futuro.