Trad. Ramón Buenaventura. Seix Barral, Barcelona, 2006. 416 pp. 23,50 €
Juan Marqués
Los adictos españoles a la literatura de Philip Roth no tenemos razones muy poderosas para protestar por desabastecimiento o ayunos forzosos, ya que, cuando todavía duraba la feliz resaca de La conjura contra América, Mondadori publica Elegía, su última novela, sólo unos meses después de poner en castellano la hasta ahora inédita El pecho (y anuncian la inminente publicación de Déjalo correr). Mientras tanto, Seix Barral va muy en serio con la Biblioteca Philip Roth, donde se van rescatando sus obras en nuevas traducciones (de momento ha aparecido ya su celebrado libro de entrevistas o retratos de colegas —Primo Levi, Saul Bellow, Milan Kundera...—, Patrimonio, la trilogía Zuckerman encadenado y La contravida, y se anuncian muchos más títulos, algunos muy poco conocidos aquí) y Alfaguara lleva continuamente a las librerías reediciones de La mancha humana o Me casé con un comunista. Todo un banquete que parece indicar que los libros de Roth se leen —o, por lo menos, se compran— en España, lo cual significa que el panorama editorial y lector no es tan catastrófico y desolador como a veces tememos.
La contravida es una novela magistral que vuelve sobre los temas obsesivos de su autor (el sexo, la infidelidad, la enfermedad, la muerte; reflexiones sobre el judaísmo), y lo hace a través de un juego literario especialmente complejo. Roth, o, mejor, Zuckermann (ese alter ego al que dio a luz para poder escribir sobre las cosas que le importan y le implican con mucha más libertad y mucha más distancia irónica: “Sólo puedo exhibirme cuando llevo puesto un disfraz” —p. 355—) cuenta con unos pocos personajes a los que, a veces con crueldad, manipula para ver cómo reaccionan ante diferentes variantes o soluciones de una misma situación inicial. Así, en el primer capítulo, Henry, el hermano menor de Nathan Zuckermann, sufre un pequeño susto cardiaco que le hace perder la potencia sexual, situación contra la que se rebela (“Adaptarse significaba resignarse a ser así, y él se negaba a ser así, y aún lo desmoralizaba más someterse al eufemismo así” —p. 13—) sometiéndose a una absurda operación quirúrgica que le cuesta la vida. En el segundo (y tercer) capítulo Henry ha sobrevivido a esa intervención, pero la experiencia le hace replantearse su existencia, y escapa a un asentamiento ultraortodoxo de Israel a comenzar de nuevo, para desesperación de su esposa y de Nathan, que acude junto a él para hacerle entrar en razón (y esta visita, y la conversación que mantiene con el fanático Lippman suponen quizá el punto más alto de La contravida). En el cuarto es Nathan el que sufre de impotencia y muere al intentar solucionarla, por amor a una joven inglesa, Maria, que le ruega que no se arriesgue. En el quinto Nathan y Maria son dos felices recién casados que se instalan en Inglaterra, donde él empieza a temer que su condición de judío no va a pasar tan desapercibida como había creído y hubiera deseado... El asunto (y por “asunto” me refiero a las sutilezas metaliterarias, los cruces, la aparición y desaparición de personajes, sus continuas transformaciones, su ir y venir dentro y fuera del libro...) es mucho más complejo de lo que aquí se puede intentar explicar, pero funciona, fascina, y al final se revela perfectamente eficaz para lo que Roth se proponía, que es tratar una serie de preocupaciones (y, en esta novela muy especialmente, el tema judío) desde una enorme cantidad de puntos de vista, de visiones matizadas, de ejemplos y contraejemplos... Es fácil intuir que la opinión de Roth coincide completamente con la de Zuckermann, pero qué convincente es a la hora de dar no sólo voz, sino argumentos y razones (algunas conmovedoramente expuestas) a gentes que no pueden estar más lejos de ellos, desde lo más moderado hasta lo más extremista. Así, lo mejor de la novela está en las conversaciones o cartas que los personajes cruzan, debatiendo sobre Israel, sobre el Holocausto, sobre el antisemitismo..., en un verdadero alarde de inteligencia e imaginación por parte del escritor. Si, como se insinúa, alguno de esos personajes, con sus opiniones, son “reales”, eso no resta mérito a Roth, pues “La mayor parte de la gente (incluido el propio novelista, su familia, casi todas las personas que conoce) carece totalmente de originalidad, de modo que la tarea del escritor consiste en hacer que parezca otra cosa” (p. 204).
Es difícil determinar (y además no importa demasiado) hasta qué punto está Roth ficcionalizando “su” vida, traduciendo la “realidad” a un artefacto narrativo, pero esta novela quiere llegar bastante lejos en esa reflexión, que no es sólo literaria sino ética (y varios personajes se enfadan por ello con su creador, o con aquel que les ha incluido a ellos o a trasuntos suyos en novelas), y se hace preguntas como “¿Acaso no es cierto que, al contrario de lo que generalmente se cree, el aspecto más intrigante de la imaginación del escritor es la distancia que existe entre su vida y su obra?” (p. 274) o se ensayan declaraciones de principios como que “estoy totalmente a favor de la autenticidad, pero hay que reconocer que en modo alguno puede compararse con el talento que tenemos para fingir” (pp. 181-182).
La traducción de Ramón Buenaventura debe ser buena porque desde la primera página se saborea el estilo de Roth, aunque hay en esta versión algunas cosas que no me gustan: supongo que es aceptable, pero también innecesario, castellanizar términos como “baipás”, “grupi”, “sexi” o incluso “Torá”, y, aunque ni he consultado la versión original ni sé mucho inglés, estoy seguro de que “se sentía gilipollas total” no es la mejor forma de traducir lo que fuera que escribió Roth. Por otra parte, es definitivamente imperdonable la abundancia de anacolutos del tipo “Carol lo único que podía decirle era...” (p. 14), o “Ella lo que dice es que su deber...” (p. 106), o, todavía más chirriante, “Estos judíos lo único que necesitaban era el muro” (p. 118).
En cualquier caso, La contravida es un título muy digno de ser resaltado dentro de la magnífica y ya voluminosa obra de Philip Roth, quien es, en los dos sentidos, uno de los mejores narradores de nuestro mundo y de nuestro tiempo.
Juan MarquésLos adictos españoles a la literatura de Philip Roth no tenemos razones muy poderosas para protestar por desabastecimiento o ayunos forzosos, ya que, cuando todavía duraba la feliz resaca de La conjura contra América, Mondadori publica Elegía, su última novela, sólo unos meses después de poner en castellano la hasta ahora inédita El pecho (y anuncian la inminente publicación de Déjalo correr). Mientras tanto, Seix Barral va muy en serio con la Biblioteca Philip Roth, donde se van rescatando sus obras en nuevas traducciones (de momento ha aparecido ya su celebrado libro de entrevistas o retratos de colegas —Primo Levi, Saul Bellow, Milan Kundera...—, Patrimonio, la trilogía Zuckerman encadenado y La contravida, y se anuncian muchos más títulos, algunos muy poco conocidos aquí) y Alfaguara lleva continuamente a las librerías reediciones de La mancha humana o Me casé con un comunista. Todo un banquete que parece indicar que los libros de Roth se leen —o, por lo menos, se compran— en España, lo cual significa que el panorama editorial y lector no es tan catastrófico y desolador como a veces tememos.
La contravida es una novela magistral que vuelve sobre los temas obsesivos de su autor (el sexo, la infidelidad, la enfermedad, la muerte; reflexiones sobre el judaísmo), y lo hace a través de un juego literario especialmente complejo. Roth, o, mejor, Zuckermann (ese alter ego al que dio a luz para poder escribir sobre las cosas que le importan y le implican con mucha más libertad y mucha más distancia irónica: “Sólo puedo exhibirme cuando llevo puesto un disfraz” —p. 355—) cuenta con unos pocos personajes a los que, a veces con crueldad, manipula para ver cómo reaccionan ante diferentes variantes o soluciones de una misma situación inicial. Así, en el primer capítulo, Henry, el hermano menor de Nathan Zuckermann, sufre un pequeño susto cardiaco que le hace perder la potencia sexual, situación contra la que se rebela (“Adaptarse significaba resignarse a ser así, y él se negaba a ser así, y aún lo desmoralizaba más someterse al eufemismo así” —p. 13—) sometiéndose a una absurda operación quirúrgica que le cuesta la vida. En el segundo (y tercer) capítulo Henry ha sobrevivido a esa intervención, pero la experiencia le hace replantearse su existencia, y escapa a un asentamiento ultraortodoxo de Israel a comenzar de nuevo, para desesperación de su esposa y de Nathan, que acude junto a él para hacerle entrar en razón (y esta visita, y la conversación que mantiene con el fanático Lippman suponen quizá el punto más alto de La contravida). En el cuarto es Nathan el que sufre de impotencia y muere al intentar solucionarla, por amor a una joven inglesa, Maria, que le ruega que no se arriesgue. En el quinto Nathan y Maria son dos felices recién casados que se instalan en Inglaterra, donde él empieza a temer que su condición de judío no va a pasar tan desapercibida como había creído y hubiera deseado... El asunto (y por “asunto” me refiero a las sutilezas metaliterarias, los cruces, la aparición y desaparición de personajes, sus continuas transformaciones, su ir y venir dentro y fuera del libro...) es mucho más complejo de lo que aquí se puede intentar explicar, pero funciona, fascina, y al final se revela perfectamente eficaz para lo que Roth se proponía, que es tratar una serie de preocupaciones (y, en esta novela muy especialmente, el tema judío) desde una enorme cantidad de puntos de vista, de visiones matizadas, de ejemplos y contraejemplos... Es fácil intuir que la opinión de Roth coincide completamente con la de Zuckermann, pero qué convincente es a la hora de dar no sólo voz, sino argumentos y razones (algunas conmovedoramente expuestas) a gentes que no pueden estar más lejos de ellos, desde lo más moderado hasta lo más extremista. Así, lo mejor de la novela está en las conversaciones o cartas que los personajes cruzan, debatiendo sobre Israel, sobre el Holocausto, sobre el antisemitismo..., en un verdadero alarde de inteligencia e imaginación por parte del escritor. Si, como se insinúa, alguno de esos personajes, con sus opiniones, son “reales”, eso no resta mérito a Roth, pues “La mayor parte de la gente (incluido el propio novelista, su familia, casi todas las personas que conoce) carece totalmente de originalidad, de modo que la tarea del escritor consiste en hacer que parezca otra cosa” (p. 204).
Es difícil determinar (y además no importa demasiado) hasta qué punto está Roth ficcionalizando “su” vida, traduciendo la “realidad” a un artefacto narrativo, pero esta novela quiere llegar bastante lejos en esa reflexión, que no es sólo literaria sino ética (y varios personajes se enfadan por ello con su creador, o con aquel que les ha incluido a ellos o a trasuntos suyos en novelas), y se hace preguntas como “¿Acaso no es cierto que, al contrario de lo que generalmente se cree, el aspecto más intrigante de la imaginación del escritor es la distancia que existe entre su vida y su obra?” (p. 274) o se ensayan declaraciones de principios como que “estoy totalmente a favor de la autenticidad, pero hay que reconocer que en modo alguno puede compararse con el talento que tenemos para fingir” (pp. 181-182).
La traducción de Ramón Buenaventura debe ser buena porque desde la primera página se saborea el estilo de Roth, aunque hay en esta versión algunas cosas que no me gustan: supongo que es aceptable, pero también innecesario, castellanizar términos como “baipás”, “grupi”, “sexi” o incluso “Torá”, y, aunque ni he consultado la versión original ni sé mucho inglés, estoy seguro de que “se sentía gilipollas total” no es la mejor forma de traducir lo que fuera que escribió Roth. Por otra parte, es definitivamente imperdonable la abundancia de anacolutos del tipo “Carol lo único que podía decirle era...” (p. 14), o “Ella lo que dice es que su deber...” (p. 106), o, todavía más chirriante, “Estos judíos lo único que necesitaban era el muro” (p. 118).
En cualquier caso, La contravida es un título muy digno de ser resaltado dentro de la magnífica y ya voluminosa obra de Philip Roth, quien es, en los dos sentidos, uno de los mejores narradores de nuestro mundo y de nuestro tiempo.



