Hilario J. Rodríguez«Si existiera algo parecido a un tesoro sagrado en el mundo del cine, para mí sería la obra de Yasujiro Ozu […] Con extremada economía de medios y reducidas a lo esencial, sus películas cuentan una y otra vez la misma y sencilla historia de las mismas personas en la misma ciudad, Tokio. Esta crónica, que abarca casi cuarenta años, describe la transformación de la vida en Japón. Las películas de Ozu tratan sobre el lento deterioro de la familia y de la identidad nacional, pero no lo hacen señalando con desagrado lo que es nuevo, occidental o americano, sino lamentando, con un sentido nada complaciente de la nostalgia, la pérdida que tiene lugar simultáneamente. A pesar de ser muy japonesas, son al mismo tiempo universales. En ellas he podido reconocer a todas las familias de todos los países del mundo, así como a mis padres, a mi hermano y a mí mismo. Para mí, nunca antes y nunca después ha estado el cine tan cerca de su esencia y de su objetivo: presentar una imagen útil, auténtica y válida del hombre, en la que no sólo se reconozca sino, ante todo, de la que pueda aprender.»
Reproduzco estas emocionantes palabras, con las que el cineasta alemán Wim Wenders introduce su película Tokio-Ga (Tokyo-Ga, 1986), porque sintetizan, en buena medida, las virtudes que yo he podido encontrar en las novelas, cuentos y ensayos de William Maxwell, y en particular en Vinieron como golondrinas. Bajo su aparente simplicidad, este último libro describe el papel de una madre como centro de cualquier familia y, además, explora las consecuencias que puede conllevar su desaparición en los hijos y en el marido. El antes y el después. La alegría y la pena. Y al final de un largo y oscuro pasillo, el sentimiento de orfandad que todos arrastramos durante el resto de nuestras vidas, a partir del momento en que se rompe definitivamente el cordón umbilical que nos unía a nuestras madres. Cuando ellas ya no están, dejan de percibirse los olores que hacen característicos los hogares y éstos comienzan a desintegrarse. A desaparecer. Uno asume entonces que ya nunca volverá a casa y que, si en adelante quiere encontrar su lugar en el mundo, tendrá que construirlo con sus propias manos. La niñez ha quedado atrás. Según Albert Cohen, «llorar a la madre muerta es llorar por la infancia perdida». Eso al menos es lo que hace él mismo en El libro de mi madre y lo que hace Soledad Puértolas en Con mi madre. Y quizás sea también lo que, en el fondo, hace James Ellroy en Mis rincones oscuros.
Los lazos que los hijos establecen con sus madres casi siempre suelen ser de carácter íntimo y misterioso. Para toda una vida. Nuestra última palabra en el lecho de muerte, cuando ya hemos llegado al final de nuestro camino, puede ser mamá. Todo esto, no obstante, resulta difícil explicar. A William Maxwell, la muerte de su madre a causa de la gripe española no sólo le dejó huérfano con apenas diez años sino que además le obligó a despedirse prematuramente de su hogar, porque su padre prefirió venderlo y trasladarse a otra ciudad. Años después, aquella experiencia se impuso como fuente de inspiración durante la escritura de Vinieron como golondrinas, en cuyas páginas él quiso evocar esos vacíos que, de un modo u otro, todos tenemos en el interior. Han sido muchos los novelistas estadounidenses que nos han contado la muerte de una madre, y es de agradecer que la mayoría lo hayan hecho sin caer en el sentimentalismo fácil, con contención y cuidado, como William Faulkner en Mientras agonizo: «Mi madre vivió hasta los setenta años y pico. Trabajaba todo el santo día, con lluvia o con sol; nunca estuvo enferma desde que le nació el último crío hasta que un día hizo que miraba a su alrededor y luego fue y cogió aquel camisón adornado con encaje que hacía cuarenta y cinco años que tenía y nunca había sacado del arca y se lo puso y se metió en la cama y se tapó con la ropa y cerró los ojos.
—Ahora —dijo— todos tendréis que cuidar de papá lo mejor que podáis; estoy cansada».
Supongo que cada uno tiene historias así, o parecidas, en algún lugar de su corazón. William Maxwell al menos las tenía y las supo contar a lo largo de su carrera, siempre con un estilo seco y preciso, sin la densidad ni la musicalidad de William Faulkner pero al mismo tiempo con un alcance casi idéntico. Mientras describe, al inicio de Vinieron como golondrinas, las relaciones que existen entre Elizabeth Morison, su marido y sus dos hijos, notamos el enmarañado tejido emocional de El sonido y la furia, Luz de agosto o Intruso en el polvo. Vemos cómo el pequeño Bunny no concibe la vida sin su madre, a diferencia de su hermano Robert, que ya es lo bastante mayor como para empezar a fijarse en las chicas y para identificarse más con su padre, porque al fin y al cabo a ambos les gustaban las mismas cosas: «la ropa gastada, hablar de béisbol, ir de pesca, las pistolas, los coches, arreglar trastos». Bunny todavía es un ángel a ojos de su madre, el niño consentido, y Robert, por su parte, tiene edad suficiente para recibir las reprimendas de sus mayores, a pesar de la pierna que perdió en un accidente siendo más pequeño. Los dos muchachos viven en un apacible hogar del Medio Oeste, donde las horas pasan lentas, entre insignificantes acontecimientos. Sólo de noche, cuando el padre lee en voz alta el periódico, el mundo exterior deja oír su avance, como si se tratase de un tren. En la lejanía, se escucha el rumor de las amenazas: una epidemia de gripe española ha obligado a cerrar los colegios y las iglesias hasta nueva orden; se aconseja no reunirse con los amigos, evitar los viajes innecesarios. Pero el libro continúa sin prestar demasiada atención a cuanto sucede afuera, prefiere centrarse en los celos que siente Robert cada vez que el amor de los demás no se dirige hacia él, en las pequeñas torpezas de Bunny, en fragmentos del decorado que les rodea a ellos y a sus padres, en la profunda significación de ciertos objetos que observan todo en silencio menos cuando un pájaro de madera sale para marcar las horas en un viejo reloj de cuco… No se trata en ningún caso de sucesos muy trascendentes, al menos en apariencia. Son las típicas cosas que uno aseguraría que jamás podrían interesar a nadie más que a quienes participan en ellas, porque son de ámbito doméstico; sin embargo, son las cosas que de verdad nos unen, las cosas que unos y otros hemos experimentado, aunque lo hayamos hecho en épocas diferentes, en países distantes, en hogares apartados. El verdadero significado y la verdadera importancia de lo anterior únicamente se hacen patentes al acercársenos la muerte, que nos obliga a girarnos hacia atrás para comprobar si a nuestra espalda queda algo sólido. Tras la muerte de la madre, al padre de Bunny y Robert le impresiona entrar en la biblioteca de la casa y encontrarla igual que antes, ver que las alfombras y las cortinas siguen allí. Le han bastado unas cuantas semanas para envejecer años, podría comprobarlo él mismo en el espejo, donde su imagen es la de un hombre acabado. Hasta ese momento, el padre se había mantenido en un segundo plano, reducido a la condición de espectro que vaga por las páginas de un libro sin cobrar consistencia. En adelante, él será el auténtico protagonista. Justo cuando sus hijos tienen que enfrentarse a la incertidumbre de la madurez repentina, él recupera al niño que un día fue. Sus recuerdos de aquella época son escasos, «una morera y el olor de los arreos y la mancha marrón que le dejaban las nueces en las manos», y ni siquiera esas cosas cree que pueda compartirlas con sus hijos. Tanto él como ellos quedan en suspenso, aplastados por el dolor. Nosotros, los lectores, conocemos su pasado y lo único que les deseamos es que algún día conquisten un futuro.



