viernes, enero 05, 2007

Leos, Peter H. Reynolds

Trad. Raquel Mancera. RBA Serres, Barcelona, 2006. 32 pp. 12 €

Villar Arellano

¿Quién no ha soñado alguna vez con tener ocho manos o un doble para poder afrontar sin dificultad las múltiples obligaciones del día a día? Esta fantasía constituye el tema principal de Leos, un sencillo cuento para niños con evidentes guiños al mundo adulto.
Leo siempre tenía muchas cosas que hacer. Trabajaba mucho pero, por más que redoblara sus esfuerzos, la lista de tareas parecía crecer más y más: Cambiar bombillas, arreglar la bici, ir de compras, ordenar el sótano, lavar los platos, sacar a pasear al perro... aquello era inabarcable, una asfixiante avalancha de obligaciones, imposible de afrontar en solitario.
Por eso, cuando por arte de magia apareció un nuevo Leo en la puerta de su casa, creyó que lo conseguiría. Pero lo que comenzó siendo una ayuda terminó por complicar las cosas: al recién llegado continuamente se le ocurrían nuevas cosas para hacer.... Hasta que llegó un nuevo Leo, y otro, y otro... ¡Hasta diez Leos terminaron trabajando sin parar, cada cual más ocupado!
Peter Reynolds, autor de otros títulos infantiles como El punto y Casi, afronta con humor y aparente ingenuidad un tema profundo y complejo que constituye un rasgo definitorio de nuestra cultura: la prisa, la obsesión por las obligaciones...
—¡No hay tiempo que perder, no hay tiempo para pararse! —exclama uno de los Leos, poniendo así en boca de un ser sin personalidad la frase clave que nos amarga la vida a todos. Por eso, una se siente tan identificada por Leo, el auténtico —éste sí, dotado de entidad personal— y lo aplaude como a un héroe cuando, harto y consumido por tanto esfuerzo, decide dejar plantados a sus clones e irse a echar una siesta.
Soñar no estaba en la lista, no era un trabajo, pero ese tiempo era sólo suyo y era lo que hacía a Leo singular. Y aquí está el principal acierto de este relato: su capacidad para expresar con tanta claridad la necesidad de parar, de relajarse y de perder el tiempo para volver a ser nosotros mismos. Los clones de Leo existen sólo en función de las tareas que realizan, son números que escriben a máquina, barren, llaman por teléfono... ven, en fin, pasar las agujas del reloj a golpe de agenda.
Todo es inútil, un engaño. La necesidad de multiplicarse, lejos de disminuir el trabajo, genera nuevas tareas, condenando a todos a una permanente insatisfacción. Los Leos intentan ser eficaces, ensayan formas de organizarse, se reparten y distribuyen la faena... y siguen creándose nuevas necesidades, en un continuo y creciente círculo vicioso.
Una vez más, el autor demuestra su habilidad para desenvolverse en el terreno psicológico: si la autoestima y la capacidad creativa fueron los temas centrales de sus anteriores libros, el perfeccionismo y la obsesión por el trabajo son los rasgos que aborda en este álbum. Juntos componen una especial trilogía en la que texto e ilustraciones, aparentemente ligeros y espontáneos, plantean una compleja reflexión, una invitación a reconciliarse consigo mismo y a darse una segunda oportunidad.
Estilísticamente, las ilustraciones de Reynolds se sitúan en el ámbito del humor gráfico. Su trazo, esquemático y ágil, esboza unas figuras que se desenvuelven en contextos abiertos, apenas definidos por la parodia de situaciones. El color se compone con manchas de acuarela que destacan sobre el fondo blanco sin grandes alardes cromáticos.
Peter H. Reynolds se aplica el cuento y, fiel a la máxima de “menos es más”, opta por la libertad y la soltura del trazo frente al perfeccionamiento estético, primando la función narrativa. En la puesta en página, alterna diferentes presentaciones: cuando el texto lo requiere, descompone la página en secuencias de imágenes o bien la inunda de movimiento desde una única escena.
Él sólo pretende contar algo y para ello utiliza el doble lenguaje que maneja con habilidad: un texto explícito y unos dibujos que, sencillamente, ilustran la imaginación del lector.
Un detalle curioso para terminar: el autor dedica a su hermano gemelo este libro de dobles... y singulares.
Páginas de aire fresco para leer a dos voces, para que los padres olviden por un rato sus obligaciones y compartan con sus hijos el placer de las pequeñas cosas.

jueves, enero 04, 2007

La primavera romana de la señora Stone, Tennessee Williams

Trad. Ana Becciu. Bruguera, Barcelona, 2006. 119 pp. 11,50 €

Pilar Adón

Volver a ponerse en las manos de Tennessee Williams, confiar de nuevo en sus admirables artimañas literarias que hunden en pozos de decadencia física y moral a sus personajes —tras esas horribles jornadas de desesperación y de terrores familiares tan suyas—, para después hacerles creer que tarde o temprano llegará un breve destello de luz que anunciará un nuevo día en el que, tal vez, no quede espacio para la contemplación en el espejo de un rostro caduco y anciano que una vez fue muy hermoso, significa para esta lectora —remedando unos inspiradores versos de Gamoneda— retroceder a sus legumbres y a las miradas en que es reconocida. Resulta difícil imaginar la historia del cine estadounidense sin el genio creador de Tennessee Williams (y quizá se deba a esa enorme popularidad cinematográfica el que los aspectos puramente literarios de su obra hayan quedado más desdibujados de lo que debieran). Resulta, por tanto, muy fácil comprender que, sin él, gran parte de nuestros iconos, gran parte de las imágenes que conservamos como paradigmas de la más cruda e insalvable soledad humana, no habrían existido. Nuestra manera de entender el comportamiento de los perdedores, de esos personajes que advierten, de repente, que en su interior algo se ha roto de forma irreparable y para siempre, no sería la misma si Tennessee Williams no hubiera modelado su propia realidad como lo hizo.
En La primavera romana de la señora Stone, Williams nos entrega la inmensa fragilidad de una mujer que ha conocido el éxito más glamouroso y más competitivo en los teatros de medio mundo, pero que ahora, viuda, rica y avejentada, se halla, muy sola, en una Roma primaveral que ni la conoce ni la respeta. La señora Stone ha elegido residir en “la ciudad eterna” para descubrir, precisamente allí, que si hay algo que no es eterno es la belleza física, ese efímero esplendor sobre el que ella cimentó toda su celebridad —y toda su superioridad— durante unos años de los que, en el momento en que empieza a sentirse tan vacía y tan derrotada, ni siquiera podría decir que fueran los mejores de su vida.
La desesperación, la incertidumbre, los interiores machacados de seres que han de sobrevivir a cualquier precio, son personajes reales en esta historia de traiciones y servidumbres. Personajes que se van presentando a lo largo de las poco más de cien páginas que condensan, de forma magistral y en medio de un ambiente que es mezcla de sueño y realidad debido al terrible estado de confusión en que se halla la señora Stone, la historia conjunta de unos individuos que deben sobreponerse a su propio declive. Los personajes de Tennessee Williams se la juegan para poder sentir que siguen vivos. Son conscientes de sus debilidades, de sus miserias más íntimas, y pelean como gatos para seguir subsistiendo. La señora Stone, en ese sentido, no es distinta: su reinado ha concluido, los ataques de pánico ante el abismo que, una y otra vez, se abre a sus pies son constantes, y empieza a resultar obvia su patética dependencia del bellísimo gigoló que se ha ido convirtiendo en su sombra. Pero la señora Stone sabe que, por encima de todo, ha de mantener su dignidad intacta. Y, aferrándose a ese empeño, pretenderá regular su conducta. Hasta que, incapaz de regular nada, se dejará arrastrar hacia una predecible autodestrucción que vendrá de la mano del caprichoso comportamiento de ese bello gigoló llamado Paolo.
Esos personajes abstractos a los que me refería (la ansiedad, el vértigo) resultan tan palpables como la propia señora Stone o como la magnífica condesa muerta de hambre —una virtuosa en el arte de elegir los escenarios más propicios para lograr la consumación de cualquier affaire sentimental— quien, para poder comer, trafica con los hermosos jóvenes romanos que se ofrecen a las damas estadounidenses simulando una sinceridad y un afecto en los que absolutamente nadie cree: ni los muchachos ni la anciana condesa ni las propias damas, a quienes les sobra un dinero que están dispuestas a entregar a cambio de volver a sentirse deseadas o, al menos, admiradas. Todos ellos se ven dominados por un fatalismo que les impedirá realizar cualquier movimiento espontáneo, porque todos ellos saben, desde el inicio de su periplo, que están condenados a participar en una carrera que les hace daño, que les humilla, pero que también les da la vida. De este modo, la señora Stone advertirá que, en el interior de ese extraño y putrefacto universo que en torno a ella se ha creado en Roma, todo lo que puede hacer ya es ir a la deriva. Sólo a la deriva.

miércoles, enero 03, 2007

Colapsos, Ángel Vallecillo

Difácil, Valladolid, 2005. 224 pp. 13 €

José Manuel de la Huerga

Ángel Vallecillo avisa en la primera página: “Voy a mataros a todos”. Advertencia sanitaria: leer estos relatos hilados entre sí tiene serios efectos secundarios: risa convulsa incontenible, vértigos, ansiedad, insomnio del retardo, histeria, pánico, sorpresa, alucinaciones, problemas de mala conciencia... Y al final, la muerte, o la desaparición. O la huida hacia el futuro. Que cada cual lo interprete como le apetezca. Cada relato, un efecto secundario, mínimo. Garantizado. He aquí el prospecto de uso para tiempos adversos. Pero a pesar de la advertencia, entramos a saco y caemos en su trampa, nos atrapa en su red de personajes que se mueven por el mundo (Nueva York, desierto de Nevada, una isla canaria, cárcel del pueblo en Roma, Tokio...) como el escenario salvaje del colapso económico mundial y la Gran Guerra posterior.
El tiempo es el actual, año 2004 y unos años antes y después. Los relatos están articulados en tres grupos y un epílogo: “Precolapso”, “Colapso” y “Poscolapso”. Algunos personajes no nos abandonan y como el micelio de los hongos aparecen, desaparecen y vuelven a aparecer, transformados o debidamente maquillados. Así las mujeres: la mujer de rojo, embarazada, Ali o Alicia o Alicia Brutti o la Señora Lanegan, protagonista de la película pornográfica que David Lynch rodará en el desierto de Nevada. Es la misma, insegura, enfermiza a ratos, terrible y justiciera con su madre en la cárcel romana del pueblo en “Ella”, calculadora como doble espía en “Fe y Obediencia”, curiosa y fresca en el primer relato de la serie, “Cuatro clases”.
Malcom La Sal pasa de pobre profesor de griego de instituto centroeuropeo a reventarle la banca a un casino americano y hacerse uno de los grandes poderosos del planeta en tiempos sin ley, escondido en un búnker, con la intuición esotérica de una cábala rara como trasfondo acuciante. El otro poderoso es Númuno, hijo de un humilde mecánico en los puertos de Nueva York que quiere un futuro para su hijo como salvador de la clase obrera del mundo. El chico aprovecha el dinero ahorrado por su padre durante toda una vida de sacrificio para estudiar y convertirse en un auténtico crack de las finanzas. Se volverá un líder populista que nos hará pasar un malísimo rato...
Es sorprendente la riqueza de estilos que nos presenta esta novela coral, desde lo paródico a lo confesional, pasando por la narración trepidante, los diálogos ácidos, magníficamente ajustados, y los textos aparentemente subliterarios (trascripciones de diálogos de mafiosos o de políticos americanos de altísimo nivel de confidencialidad, textos científicos, de enciclopedia cinematográfica, entrevista a la madre de la estrella del cine porno Ismael Thor, notas a pie de página, bibliografía, diarios personales...). Y este pastiche cuaja, y de qué manera. No hay una página que no esté cortada a cuchillo: la palabra precisa, qué gusto, y este es un agradecimiento personal en un tiempo donde se publica de todo, sin cribar. Esa es a mi juicio una de las claves de su calidad. En cualquiera de los registros que ataca con éxito Vallecillo no chirrían las palabras por disparatados que sean los hechos que se nos narran. Nos lo creemos todo. Cada personaje asume el decoro de su condición: la filosofía nietzschiana en el discurso de Númuno al pueblo enfervorizado alzado en armas, el placer de la reconciliación consigo mismo y con el otro de enfrente del lago entre Jeremías y Rom (este relato es una maravilla, se siente el frío en el lago cuando la protagonista patina y el que nos lo cuenta roza la felicidad auténtica de encontrarse en el mejor lugar en el planeta) o el diario de Ana Punk al que nos asomamos en apenas un par de páginas, convulsos, sorprendidos porque nos pillamos riéndonos ante verdaderas atrocidades violentas: a la chica le gusta que su padre la pegue. Uno termina saliendo del diario creyendo en el poder salvífico de los textos irreverentes.
Mientras leía por segunda vez el texto con lupa, buscando costuras o algún repliegue en la línea espacio-tiempo donde guarecerme, encontré a un escritor que sabe como pocos asimilar lo mejor de la literatura europea y americana del siglo XX. Quienes hayan disfrutado del más experimental y rompedor Italo Calvino no saldrán decepcionados de Colapsos. A la manera de Si una noche de invierno un viajero... leemos el comienzo de una buena decena de novelas. Se abren los textos como flores de diferentes aromas y carnalidades, algunas manifiestamente carnívoras, otras alucinantes como cajas vacías que guardan un secreto de luz y de calor. Si lo que nos atrae es quedarnos perplejos por un mundo futuro o paralelo al nuestro, sin límites en las normas sociales, donde ponemos en solfa el tiempo, el amor y la muerte, en fin, la construcción de una nueva civilización salvaje que nos inquieta hasta el insomnio, no podemos dejar pasar delante de nosotros a Colapsos. Ray Bradbury, el escritor de Crónicas marcianas, pensaría que acaso lo había escrito él en algún momento de ubicuidad, o algo por el estilo. Estoy seguro.
Las historias pueden parecernos lejanas en el tiempo y en el espacio, pero el lector detenido sabe de sobra que estos relatos funcionan como un espejo futuro que nos persigue y nos causa verdadera zozobra. Y lo mejor de todo es que cumple con el primer mandamiento de la literatura: no aburrir.
Reto a cualquier lector de cualquier gusto y exigencia literaria a coger el libro y leer sólo el primer relaro. Será imposible que lo abandone, querrá saber qué pasa con esa hermosa preñada de vestido rojo que en principio no sabe a qué atenerse cuando, en plena calle, se la propone filmar una película porno por diez o quince mil dólares y que pronto se subirá al coche de Adler y Sara, los del casting, que, por cierto, discuten qué tipo de personas son cada uno de ellos para el amor. Hay cuatro tipos. Y no cuento más...

martes, enero 02, 2007

El río del olvido, Julio Llamazares

Alfaguara, Madrid, 2006 (reedición). 226 pp. 17,50 €

Amadeo Cobas

En un encuentro literario que tuvo lugar hace unos años en Albarracín (Teruel), uno de esas citas que organiza el genio de Arteixo, Antón Castro, escuché una conferencia de Julio Llamazares. En dicha conferencia, se cuestionaba el escritor leonés si una obra literaria mostraba mayor universalidad debido a que su acción transcurriese en Madrid, París o Nueva York. Ponía un único ejemplo para demostrar que no: El Quijote.
Partiendo de esta premisa, y de ese gusto del autor por recuperar lugares recónditos, se inicia un viaje, atravesando allá donde “se mueren todos los pueblos de la montaña”, según dice un octogenario que le sale al paso. Si eso ocurría hace veinticinco años, cuando se forjó la primera redacción del libro, no queremos ni imaginar los pocos que allá quedarán ahora.
Entretenerse leyendo un libro de viajes es tan complicado como pasárselo bien cuando los amigos te invitan a su casa para ver las fotos o el vídeo de sus vacaciones. Es muy difícil interesar al viajero virtual, hay que ofrecerle una motivación extra para que no se aburra leyendo las descripciones, los pormenores de aquellos lugares en los que el escritor se ha deleitado con sus paseos. En esta obra es notable la recreación del recelo que provoca en las gentes que viven en la ribera de El río del olvido, la aparición de un desconocido. También deben destacarse los giros líricos utilizados por Llamazares para pormenorizar sus encuentros con la Naturaleza, esa forma pausada de narrar, cadenciosa, reparando en el detalle, remedando el ritmo suave con el que anda su camino.
Porque de todos es sabido que el complemento mejor en un viaje es el paisaje, rima rimando. Incluido el humano. Aquí hay un variopinto manojo de paisajes humanos que jalonan las distintas etapas: el abuelo que lleva una década leyendo el periódico del mismo día, el topo de la posguerra, el estudiante que da noticia de aquel vidente cuya profecía aún no se ha cumplido, y según la cual llegará un día en que los hombres volveremos a subirnos a los árboles, como cuando éramos chimpancés. Que aún no se ha cumplido lo dice él...
El río del olvido es un mar de recuerdos para el viajero, quien “reconoce cada curva y cada cuesta”, es el regreso a su niñez, a las vacaciones veraniegas, desde la distancia del tiempo, desde la misma distancia en que relata, en una tercera persona que en realidad es de primera mano. Es una gira gastronómica no muy lucida, a decir verdad, dado que el viajero la pretende, pero en demasiadas ocasiones no alcanza a comer más allá que embutidos y croquetas de ave. Pasa un hambre canina. Es, en definitiva, el anecdotario a seis días de ruta en soledad hasta el nacimiento del río Curueño.
Si la pretensión de todo libro de viajes consiste en incitar al lector, antes inclusive de dar cabo a la lectura, a remedar el viaje expuesto, esta particular travesía por la margen del Curueño es imitable, pero poniéndonos en la piel de alguien que, “como buen vagabundo, es solitario y errante, vegeta por el invierno por las ciudades para poder andar los caminos por el verano”.
Esto es, tocará dormir al raso o en un pajar. Y comer cuando se encuentre dónde. ¡Buen viaje!

lunes, enero 01, 2007

Feliz año 2007 en la otra vida...

(la de ficción, por supuesto)