viernes, octubre 06, 2006

Solo con invitación: Ángela Vallvey

Nacida en cautividad
IV Premio de Poesía Ateneo de Sevilla. Algaida, Sevilla, 2006. 105 pp. 12 €

Marta Sanz

Las casualidades a veces nos ayudan a leer los textos. Si hace poco, no hubiese conocido a una bióloga dedicada a la cartografía y, más concretamente, a la incertidumbre en las interpretaciones de los mapas, tal vez me hubiese costado un esfuerzo mayor arriesgar una lectura de Nacida en cautividad. También, en el mismo evento que a la bióloga-cartógrafa, conocí a una doctoranda en ciencias que estudiaba el estrés hídrico del alcornoque. Con mis dos nuevos conocimientos, aumenté mis perplejidades y volví a corroborar que las palabras significan cosas diferentes, según quién se apropie de ellas, y que las metáforas deambulan por los textos con sus huellas connotativas, que son como un mapa genético: las huellas a veces ayudan a la comprensión y, otras, la perturban. En este poemario se produce una curiosa mezcla de lo uno y de lo otro: se insinúa un proceso de conocimiento fuera de lo común, en el que, sin embargo, el lector reconoce sus propias iluminaciones fugitivas y, al mismo tiempo, cada imagen —las hay tan precisas como bellas— perturba, inquieta, siembra preguntas. En Nacida en cautividad, las alusiones científicas cobran sentido como reflejos de una visión movediza y paradójica de la realidad, frente a la que el lector no tiene la impresión de que le están estafando, encerrándole en un claustro de letras en el que lo que se dice ha de ser asumido, porque los códigos utilizados —los de la física, la astronomía, la hermenéutica, la mecánica cuántica...— no son accesibles y se usan como estrategias de alejamiento. Al contrario, casi se podría afirmar que Ángela Vallvey con su poesía divulga el tema científico y con el tema científico es capaz de articular metáforas que se aplican al intento de comprensión del deseo, del amor, de la muerte, del ansia de conocer y de conocerse que se encierra en el interior de cada ser humano. Quizás es que la autora ha tenido trato con muchas especialistas en el estrés hídrico del alcornoque o del almendro y ha sido capaz de interiorizar una forma de ver y de medir el mundo que, con sus mínimas inexactitudes, llena de filos los sentimientos, los pensamientos y las palabras que sirven para nombrarlos. Nacida en cautividad reflexiona, precisamente, sobre los límites, los condicionantes y las paradojas del conocimiento desde esa perspectiva del objeto y del sujeto que, a veces, se difumina: el experimento del gato de Schrödinger o el aserto de San Agustín («Si no lo crees, no lo comprenderás») colocan las ciencias exactas —la observación, la experimentación, la conclusión, los juicios sintéticos a priori— en un lugar que genera incertidumbre: un lugar que puede ser esperanzador, un alivio frente a la exactitud y a la imposibilidad de disentir, o al contrario, un espacio tenebroso, porque, en definitiva, nada puede saberse —¿ni sentirse?— con certeza. El poemario se compone de dos partes: en la primera, que da título al libro, el lector se enfrenta a una acepción, genéricamente marcada, del concepto de relatividad; relatividad de lo total y de lo parcial, de lo universal y lo doméstico, relatividad del amor y de la medida que cada ser humano toma para convertirse en agrimensor del mundo y darle un sentido a la existencia. María de Betania, una prostituta, la gata —que no el gato— de Schrödinger son voces-hembra de las que Vallvey se sirve tal vez para sugerir que la palabra de las mujeres acota mejor lo que aún no ha sido explicado, ya que es una palabra que hasta hace poco era silencio y quizás pueda verbalizar ese envés de las cosas que el discurso de los hombres ha escondido bajo la alfombra de los dignos saberes reglamentados. La poeta contextualiza cada voz (Francia, Lesbos, el siglo XIX, el arranque del siglo XXI) y esta necesidad de situar cada experiencia en su contexto vuelve a remite a la idea de relatividad y de la ucronía porque, al fin, en el relato de estas historias laten idénticas pulsiones: el deseo de sabiduría, de amor, la conciencia del abandono, la enfermedad, la vulnerabilidad frente a los horrores de la guerra, la venta, el amamantamiento de los hijos. Una constelación de miradas femeninas, superpuestas en el tiempo y en el espacio, que toman la palabra y que se relacionan con textos de la segunda parte del poemario como “La red del sistema”: tras la apariencia del caos, subyace un orden y, si hay sistema, hay una lógica y una unidad organizadora, que nos conduce a la pregunta sobre el origen, sobre el punto del que emana la lógica, sobre la medida del mundo: los versos se empapan de cierta meditación religiosa, que a veces calcifica en el eco del misticismo y que, más que con iconografías de altar o rastros bíblicos, tiene que ver con el sentido etimológico de ese “religare” que vincula al ser con la naturaleza; una naturaleza que, en este caso, es fundamentalmente estelar. En la segunda parte, se subraya ese lazo implícito entre religión y ciencia, ente espíritu y materia, entre emoción y carne, a través por ejemplo de la cita de Bergson con que se inicia: «El universo es una máquina de hacer dioses». Ángela Vallvey, con cada verso, desvela un afán de trascendencia que está cuajado de carnalidad, de labios que son «una madeja/ de venillas/ tronchadas de silencio». Al final, la “misión” de la vida es conocer o amar o, como se apunta en una cita de Stephen Crane, el hecho de existir no entraña ninguna obligación. De arriba abajo y de abajo arriba, del cielo al suelo («Yo dije: interroguemos/ al Sol/ por sus asuntos de brasero» comenta la gata de Schrödinger), de Kepler a la campesina que vive una guerra, toda especulación y cada palabra de este poesía son un intento de reconstrucción autobiográfica, de búsqueda del yo en el nosotros o en el todo. El poema final, “Cenit”, se abre con Demócrito y, entre sus imágenes, encontramos la de «construir un cielo»; otra vez, se conjugan lo mítico y lo material, el artefacto y la utopía. El cielo se desea, se describe y se nombra, se atisba con telescopios, pero esa actividad, ese cálculo, ese dibujo, no deja de provocar incertidumbre ni anula el misterio de las nebulosas o de los soles. Es más, suele incrementarlo.



Ángela Vallvey: «Ninguna de las tribus poéticas de este país me ha querido como socia»

—¿Qué género te produce mayores satisfacciones?
—Todos los géneros me producen, en realidad, grandes "insatisfacciones". Es por eso por lo que sigo insistiendo en ellos una y otra vez, una y otra vez... No podría elegir uno sólo de la misma manera en que no podría preferir mis manos a mis pies, mis ojos a mi boca. De todos modos, los géneros literarios son únicamente el tono, la melodía es la "voz" poética (si es que existe cosa tan inefable y exquisita) y para el que la tenga, desde luego.

—¿Crees que existe conexión —temática, de tono...— entre tu poesía y tu novelística?
—Supongo que alguna debe haber. Mi esquizofrenia no puede ser tan perfecta para que esa conexión no exista. Sin embargo, creo que con la poesía puedo gozar de mi yo más contemplativo, de la mirada fascinada con que observo el mundo material; ahí está mi placer ante tanta belleza como nos rodea y que pocas veces apreciamos como merece. En ocasiones digo que no sé por qué echamos de menos el paraíso teniendo a nuestra disposición esta Tierra... Eso es lo que desearía que hubiese en mi poesía: el loco e ingenuo afán de atrapar tanta maravilla. La vida, el mundo que habitamos, el cielo que nos rodea, me parecen un milagro, un delicado prodigio digno de ser "cantado". En la narrativa, por el contrario, doy rienda suelta a mi yo "moralista", ése al que el mundo de lo humano no le gusta ni un pelo.

—¿Qué hace falta para que decidas empezar un poema?
—No lo sé exactamente, sólo puedo decir que hay instantes en los que me quedo paralizada, con la mirada perdida, embobada por algo, en una especie de éxtasis ridículo que, sin embargo, me hace sentir extraordinariamente bien, que siento que me ennoblece. Entonces las palabras suenan como música en mi cabeza y, si hay suerte, se me ocurren un par de versos que, más tarde, puede que consiga redondear en un poema. Pero tiene que haber suerte, claro.

—Escribes poesía por... ¿necesidad? ¿de qué?
—La poesía es lo que me hace humana, solamente humana, pero también mucho más que humana. No necesitaría escribir poesía para sentirme poeta. Un poeta no tiene por qué escribir poesía necesariamente, tan sólo ha de saber apreciar la poesía que le rodea, verla brillar entre la mezquindad, la contaminación, la violencia, la basura, la estupidez. Hay mucha gente que es poeta y no lo sabe, que no escribe, ni siquiera lee, poesía, pero que a veces se queda perplejo en mitad de la calle, encandilado por la belleza de la luz, por la delicadeza del color del aire. Por supuesto, hay muchas clases de poesía "escrita", a mí me gustan casi todas. Pero mi favorita es, ya digo, la de la mirada.

—¿Te identificas con alguno de los grupúsculos en los que se parcela el mundillo de la poesía en España? ¿Y con el de la novela?
—Tengo muchos amigos novelistas, a todos ellos los quiero, los defiendo allá donde voy, y los admiro mucho. Pero no siento que pertenezca a ningún grupo porque hoy día no hay conciencia de "generación" o de tendencias en la narrativa española. Todos parecemos ir por libre. Y, en poesía, he repetido hasta la saciedad que ninguna de las tribus poéticas de este país me ha querido como "socia". Y eso que he estado abierta a todas las posibilidades. No ha podido ser. Lo más probable es que yo carezca de méritos. Hace años me sentía un bicho raro en ese sentido: mi nombre no aparecía en muchas importantes antologías (estoy en muy pocas), y casi nunca cuentan conmigo cuando se trata de actos relacionados con la poesía. Me mosqueaba bastante, la verdad, y con nadie en concreto, salvo conmigo misma. Poco a poco, aquella sensación de malestar desapareció por completo de mi cuerpo como un viejo resfriado: amo la poesía, leo poesía, gozo con ella, suspiro porque la poesía me ame a mí pero... francamente, todo lo demás me importa un bledo.

-Tu último poemario transmite una cierta tristeza en el lector. ¿Lo pensaste, al escribirlo? ¿Lo querías?
—Quizás lo escribí en una época de mi vida en la que la tristeza me parecía un sentimiento hermoso. Eso me salvó de la propia tristeza. Ahí estaba yo, sufriendo de melancolía al borde del agua como un antiguo poeta chino completamente borracho (y eso que yo no bebo). Tuve suerte de no caerme en el lago y chocar de cabeza contra el reflejo de la Luna...

jueves, octubre 05, 2006

El padre de un asesino, Alfred Andersch

Trad. María Ángeles Grau. Belacqva, Barcelona, 2006. 120 pp. 15 €

Fernando García Calderón

¿Se puede criticar con justicia la novela de un autor que no te cae bien? Éste era el reto para un tipo que se jacta de que sólo rechaza los libros mal escritos. Vosotros, lectores, juzgaréis.
Mi ojeriza se fundamentaba en la lectura del texto que W.G. Sebald le dedicó al ínclito Alfred Andersch en Sobre la historia natural de la destrucción, donde lo pone de vuelta y media. Lo resumiré con una alusión religiosa. Se peca de pensamiento, palabra, obra y omisión. Pues bien, la II Guerra Mundial y sus secuelas se plagaron de pecadores múltiples, con la conciencia bajo llave. No hace falta acudir a la reciente confesión de Günter Grass para entender la magnitud del problema individual y colectivo.
En consecuencia, la biografía de Andersch se hallaría maquillada para la mejor farsa, la que permite prosperar en sociedad hasta ser eso que algunos llaman «un autor bendito», protegido por el poder y sus aledaños. De hecho, un simple vistazo a las referencias que de Andersch se recogen en Internet lo situaría al borde mismo de la beatitud. Hasta participó en la génesis del influyente, en tantos sentidos, Grupo 47. No gozó, sin embargo, de la unanimidad que hubiese deseado: el excelso crítico Reich-Ranicki, cuando todavía no había ascendido a los altares mediáticos, también lo breó.
Todo eso lo dejo a un lado para centrarme en lo que importa: una novela cortita del señor Alfred Andersch, concluida apenas un mes antes de su muerte, que alcanzó una repercusión notable en la Alemania de principios de los 80. Una novela que describe minuciosamente una hora de clase de griego en un día de mayo de 1928. Un escenario, inocuo en apariencia, que Andersch sitúa en el instituto Wittelsbach, regentado por el señor Himmler, padre del Himmler que todos tenemos en mente. ¿El porqué de su éxito? Iré de lo particular a lo general, exponiendo mis argumentos:
1) Porque es una obra escrita con destreza e intención, donde unos brochazos acerca de la estricta educación de la época, las difíciles relaciones del clasista director del centro con su vástago y la irrupción del nazismo permiten a los más fantasiosos pintar una parábola sobre lo que se nos avecinaba. Los intelectuales alemanes cayeron seducidos por un título tan hermoso como impreciso (El padre de un asesino) en un momento idóneo, tras un quinquenio marcado por las muertes de los “Baader-Meinhof” y las divisiones ideológicas. El propio Andersch apunta algunos colores para ese cuadro en el apéndice a la novela que incluye el libro.
2) Porque refleja con eficacia y rigor los sentimientos de muchos alumnos que aprendieron con el lema «La letra con sangre entra». Y no me refiero exclusivamente al castigo físico, sino, y de manera principal, a la punición que desemboca en el sentido de culpa. Son muchas las generaciones que la sufrieron. En Alemania y en toda Europa. Yo mismo, avanzado en la cuarentena (como una enfermedad de la que no me he repuesto), la padecí y, a ratos, la gocé.
3) Porque su escritura está medida con precisión de relojería helvética (en Suiza vivió Andersch desde 1958 y allí murió), ajustada a la historia que se pretende contar, generando las dosis apropiadas de intriga, incrementando paulatinamente la tensión hasta encontrar el único desenlace posible. No os dejéis engañar por algunos deslices de la traducción; la técnica y la forma están al servicio de un relato redondo, que copa nuestro magín de modo que la hora de clase transcurre en nuestro propio cuerpo, sometido a la disciplina de un incómodo pupitre. El pensamiento del alumno Franz Kien llega a fundirse con el del lector. No importa que se trate de una áspera lección de griego. Hay instantes en que uno se muerde las uñas, ansioso de que suene el timbre y concluya la clase, para de inmediato borrar esa idea porque, indefectiblemente, supondría la finalización de la historia.

Apostilla con red: Si con lo dicho no he logrado mostrar que el valor de la novela está por encima de las afinidades personales de este equilibrista aficionado, guardo un último as en la manga para hacerme perdonar la caída. Alfred Andersch cuenta en su haber con uno de los títulos más hermosos que recuerdo (hablo sólo del título; lo que va detrás no lo he leído, aunque Destino lo publicó en 1959): Zanzíbar o la última razón. No os lo creeréis, pero llevo un año con cuatro de esas cinco palabras en mi cabeza, dispuesto a plantarlas en la obra que estoy escribiendo, y en julio, informándome sobre este Andersch de mis desamores, descubrí que no eran mías. ¿Hay algo que odie más un autor?
Para amantes del dato que sepan alemán, la Freie Universität de Berlín proporciona diversos enlaces:

miércoles, octubre 04, 2006

Ciudadano romano, Antonio Portela

El Gaviero. Almería. 2006. 118 pp. 14 €

Guillermo Ruiz Villagordo

Cuando me llamaron para proponerme realizar una antología de la joven poesía andaluza, nada más colgar el teléfono ya era consciente de que dos nombres debían formar parte de ella (añado que también los seleccionaría para una supuesta antología nacional). Uno de ellos era Antonio Portela. La fuerza, el empuje del yo de su poemario ¿Estás seguro de que no nos siguen? me habían calado hondo, hasta el punto de poder recitar de memoria alguno de sus fragmentos. Pocas veces he encontrado tal autoafirmación y convencimiento en unos versos, menos aún con una sinceridad tan brutal como delicada.
Menciono esto en parte porque uno tiene su corazoncito e inexplicablemente este dato, su inclusión en esa antología, se ha obviado en su breve nota biobibliográfica (aún más inexplicablemente sólo ha sido convocado para otra más, Inéditos de Ignacio Elguero, y menos inexplicablemente —porque cincela con calma y lentitud su obra— sólo ha publicado el poemario ya mencionado y un par de plaquettes que no ofrecen material nuevo). Pero sobre todo para dar cuenta de que el pulso de la escritura poética de Portela me subyugó hasta el punto de hacerme fantasear con ser él, ya que a falta de estar metidos en su piel sólo nos permite a sus lectores atisbar cómo percibe y cómo medita, intuir los mecanismos básicos gracias a los que se mueve su inquieta conciencia.
El molde elegido para este su segundo libro (¿o fue éste el que eligió la forma en que presentarse?) es un diario, el de los meses que vivió becado en Roma. Sigue fiel, por tanto, a la composición de su particular autobiografía, pero este subgénero permite además que todo lo que el ciudadano Portela va narrando adquiera un aspecto más sólido, más real, ya que se va descubriendo, iluminando, progresivamente. Pero no nos engañemos: Portela es un poeta (él mismo declara que lo es, por encima de la noción de escritor, en estas páginas) y su particular éxtasis ante determinados monumentos o detalles minúsculos se expresa naturalmente con ese intuir más que saber, esa ingenuidad clarividente que conservan los elegidos. A ratos se asemeja al Juan Ramón que en Diario de un poeta recién casado recoge sus impresiones sobre Nueva York, pero lo atrayente es la combinación de esos momentos de plena prosa lírica con otros en los que retrata con notable terrenalidad y encanto a los diversos personajes secundarios que se cruzan por su camino, por no hablar del ir y venir del lenguaje más exquisito al más vulgar, marca de la casa. La impresión general es la de un libro de viajes en el que Portela hace de testigo parcial, en el sentido de que no busca lugares y situaciones concretas para analizar sino que más bien se las encuentra y las selecciona adaptándolas a su sensibilidad.
Por si no fuesen suficientes los vívidos frescos que nos presenta gracias a su innata capacidad de extraer imágenes evocadoras más allá de los límites físicos que nos proporcionaría mejor una simple (que no sencilla) fotografía, resulta que Portela posee un fino sentido para la ironía que es una de las mayores delicias de leerle, ya sea aplicado a la ciudad (como cuando al hablar del emplazamiento del Gianicolo hace decir a Garibaldi —o más bien a su estatua—: «Si he de morir en la batalla, quiero que sea frente al objetivo de las tiendas de recuerdos») o a diversos aspectos de su concepción artística (reconoce que «la mayoría de mis lecturas se han librado ya del copyright»). Hila muy fino Portela y obliga a sus lectores a seguir sus pasos.
Al llegar a la última página comprobamos cómo aquél que se proclamaba «griego en Roma» al comienzo de su aventura se convierte en «ciudadano romano» por derecho propio al volver a casa, eterna presencia de la ciudad de la que ya nos advirtió Cavafis. Está claro que el objetivo de su libro es, amén de dar bello testimonio de esa evolución personal y sus motivos, hacer que sus lectores aumenten el censo de esa capital del que fue el mayor Imperio al que poder cantar aún hoy.

martes, octubre 03, 2006

El teniente Gustl, Arthur Schnitzler

Acantilado. Barcelona, 2006. 60 pp. 7 €

Esther García Llovet

El teniente Gustl se publicó en el invierno de 1900 y bastó menos de un mes para que a su autor, Arthur Schnitzler, médico, judío, vienés, le retirasen su título de reservista en el ejército austriaco. La interpretación de los sueños, escrita por otro médico judío vienés se publicó el mismo año de 1900. Ambos libros acabarían ardiendo en las altas piras nacionalsocialistas del 33, junto con las obras de Roth y de Zweig y de tantos otros que pusieron fin a sus días en el exilio americano o europeo o en los campos de exterminio perdidos en el corazón del bosque de abetos.
Pero la amistad entre Freud y Schniztler, aunque no muy estrecha, se fraguó años antes, al calor algo pesado del Café Griesenteidl, donde servían Kapuziner y cruasanes a media tarde y a donde acudían a acompañarles en tertulia Hugo Hofmannsthal o Grillparzer, con quienes Schniztler fundaría el algún momento del final de siglo el movimiento “Joven Viena”. De la relación de Schnitzler con Freud se dice que el primero fue el alter ego literario del psicoanalista, el ejecutor amanuense de la fantasmagoría teórica de Freud, algo evidente en Relato Soñado (1925) o en El Regreso de Casanova (1900) o en La Ronda (1877), donde Schnitzler retrata una sociedad bastante más libertina de lo que el bruñido Biedermeier y la fragilidad del cristal Lobmeyr hacían pensar.
Así que ahí están fumando Sigmund y Arthur, tomando su café con nata en el Griesenteidl y viendo pasar al otro lado del ventanal a las modistillas y a las alegres familias y a militares de uniforme impecable como el del teniente Gustl, noche del 4 de julio, al salir del Staadtoper con paso veloz, veloz pero incierto. Al teniente Gustl no le gusta la ópera pero su amigo Kopetzky le ha regalado una entrada que él acepta porque sería una ofensa rechazarla y porque mañana se va a batir en duelo a las cuatro de la tarde y es bueno mantener la mente ocupada en cualquier otro asunto y la mente de Gustavo, Gustl, da para mucho. El teniente Gustl es una pieza de apenas setenta páginas escritas sin descanso, sin apenas pausas, en forma de un inagotable diálogo interno (Schnitzler fue de los primeros en escribir recurriendo al flujo de conciencia, de “libre asociación sin censura” que diría Freud, lo que genera un texto sorprendentemente fresco, moderno, desinhibido) acerca del honor y de su mácula; setenta páginas suficientes para rematar el hilarante retrato agónico de la última noche (seguro que no) del oficial. La ópera ha terminado y Gustl se dispone a salir cuando en un pequeño forcejeo frente al guardarropa siente que la mano del panadero Habetswallner se coloca sobre la empuñadura de su sable (¡que venga Freud y lo vea!) y Gustl queda tan atónito que no logra reaccionar. Sólo queda el suicidio para salvar su honra y a partir de ese momento Gustavo pasea su angustia y honor perdidos por las calles de Viena, de noche, a la luz de la noria del Prater (sí, la de Harry Lime), donde acaba quedándose dormido en un banco. Podemos ver su cara, ese tipo de cejas siempre alzadas del perplejo, del indiferente, del que no sabe muy bien: el rostro del emperador Francisco José, sometido a perpetuidad a los designios de su madre y de las mujeres. Cuando Gustl despierte recordará a las amantes de su vida, a Steffi (“…es tan hermosa cuando duerme, ¡como si no supiera contar hasta cinco!”), a Etelka, a la señora Mannheimer, a Adele, todas esas chicas y mujeres casadas que adivinamos del tipo anoréxico de Sissi paseando fusta en ristre por el Ringstrasse y a las que Gustl imagina asistiendo a su funeral (¿no es esa la fantasía de todo adolescente, imaginar su propio funeral?). Gustl seguirá adelante en su paseo fugópata. Buscará un café donde desayunar (antes de batirse en duelo, suicidarse y devolver cuatrocientos sesenta florines a Ballert necesita reponer fuerzas) y al final todo acaba de golpe y como empezó, un poco a modo de La Ronda, a modo de la noria del Prater, a modo de los últimos días de Schnitzler, en las misma ciudad que le vio nacer, en una villa de las afueras de Viena desde donde contempló el final de una época, de un imperio y de unas costumbres que fueron el bastidor y la trama de su literatura.
Arthur Schnitzler murió en 1931, muy poco antes del advenimiento del nazismo y muy poco después del suicidio de su hija, recién casada con un militar.
Dejó al teniente Gustavo caminando a ciegas por el empedrado desigual del Volksgarten.

lunes, octubre 02, 2006

El desierto de hielo, Maite Carranza

Edebé, Barcelona, 2006. 340 pp. 18 €

Carmen Fernández Etreros

¿A qué joven de quince años no le gustaría poder volar, realizar conjuros, sanar y ver espíritus invisibles? Anaid la protagonista de la trilogía La Guerra de las brujas de Maite Carranza cuenta con todos estos poderes pero además quiere vivir como los jóvenes de su edad y poder ir a fiestas, encontrar su primer amor o charlar con sus amigas.
El desierto de hielo continúa con las aventuras de Anaid, una joven que vive con rebeldía su dualidad: como bruja Omar y como una adolescente. En esta ocasión su huída hacia su incierto destino la llevará a lugares tan remotos y fríos como Escandinavia, Groenlandia e Islandia y en este viaje conocerá, gracias a los relatos de su madre, sus orígenes, su pasado familiar, su pertenencia a un clan y su terrible leyenda negra.
Por un lado Anaid es una joven de quince años que lucha y sufre la mezcla de conflictos típicos de una chica de su edad: las tensiones y complicidades con su madre, Selene, una amistad extrema por Claudia, amiga y también bruja, los nervios de la primera fiesta y del primer amor. Por otro, Anaid es también la elegida de las brujas Omar, y Anaid tiene una misión mágica y peligrosa que cumplir para salvarlas. La autora nos presenta a una joven que, como cualquiera de su edad, descubre poco a poco el mundo de los adultos que la rodean y que se rebela contra aquello que no comprende. Pero al mismo tiempo Anaid, una joven que ha vivido retirada en un pueblo del Pirineo, se enfrenta a lo desconocido al saber que no es una chica normal sino una bruja, y que además es la elegida para acabar con los ancestrales enfrentamientos entre las brujas Odish y las Omar.
Maite Carranza nos presenta un universo propio de brujas divididas en dos clanes: las buenas Omar con poderes para sanar y controlar la naturaleza y las pérfidas y crueles Odish preocupadas por conseguir la eterna belleza y acumular poder y dinero. Profecías, leyendas y lugares secretos se mezclan en un relato sin precedentes en nuestra literatura fantástica.
La narrativa fantástica juvenil española, la tendencia líder, está de enhorabuena con la publicación de la trilogía mágica creada por Maite Carraza. La autora catalana logra sin duda, entre tan variada oferta, un relato de calidad. Con la primera parte de esta trilogía El clan de la loba ya ha cosechado un gran éxito. Además ha conseguido no sólo cautivar a los jóvenes lectores españoles sino a los de países tan dispares como Gran Bretaña, Holanda, Hungría, Italia, Corea y Suecia.
La esperada segunda parte de la trilogía La Guerra de las brujas es un libro si cabe más emocionante y dinámico. Entre sus aciertos se encuentran la vivacidad de los diálogos, la expresividad de los personajes, la descripción de los escenarios y el buen ritmo que imprime la autora desde la primera página de El desierto de hielo. La novela engancha sin duda a jóvenes y no tan jóvenes, que disfrutarán leyendo esta original aventura.