viernes, septiembre 08, 2006

Solo con invitación: José María Latorre

La noche de Cagliostro y otros relatos de terror
Valdemar, Madrid, 2006. 301 pp. 8 €

Hilario J. Rodríguez

La obra de José María Latorre evidencia un tipo de perfección que hoy en día ya sólo puede detectarse en la arquitectura y en la pintura figurativa. Sus virtudes son más obvias que las del arte abstracto, cuyos principios y reglas no son fáciles de desentrañar, con lo cual evaluarlo es cualquier cosa menos una tarea sencilla (¿cómo se sabe si es mejor un cuadro de Jackson Pollock que uno de Mark Rothko?, ¿cuáles son las reglas que hacen que una novela de Menchu Gutiérrez sea superior a una de Ray Loriga?). Aunque las historias propuestas por el escritor zaragozano no carecen de elementos especulativos, ante todo se imponen como modelos de construcción narrativa, en los que ciertas rimas y reiteraciones remiten no sólo a la música sino también a un tipo de poesía sin miedo a la sordidez (como la de Charles Baudelaire o el conde de Lautréamont). De algún modo, podría decirse que José María Latorre evidencia al mismo tiempo una extrema delicadeza compositiva y una absoluta desinhibición con respecto a los temas que aborda (sean la muerte, la decadencia, el sexo, el ocultismo, la violencia o la degradación moral), tratados siempre con una naturalidad similar a la que Balthus o Paula Rego utilizan en sus retratos de niñas de complicados temperamentos, cuyas posturas suelen ser bastante provocativas. Algo así obliga al lector a dejar la comodidad de lado, y abre las perspectivas de cada historia más allá de los márgenes en los que suele moverse la literatura comercial, demasiado preocupada por agradar como para arriesgarse a plantear retos que puedan confundir o incluso molestar, poner en duda nuestra atribulada identidad. Resulta un reto. Nos cuestiona. Hace una llamada de atención para evitar el conformismo que a medio plazo nos convierte en seres inseguros e intransigentes. En ese sentido, podría decirse que estamos ante una de esas voces que mantienen con vida una tradición cultural exhausta y, hasta cierto punto, demodé; y que en ella podemos seguir escuchando buena parte de las cosas que se han ido silenciando en Europa en los últimos años.
José María Latorre nació en 1945, en un momento clave para Occidente, que estaba a punto de cambiar de forma radical pero que todavía mantuvo sus antiguas constantes durante un tiempo. De algún modo, su carácter se forjó en la intersección entre dos visiones contrapuestas de la ficción, en las que el presente se debatía entre una necesaria mirada al pasado, para cimentar con él una base humanista en todas las sociedades, y un futuro lleno de incertidumbre, en el que casi nadie era capaz de encontrar signos de esperanza. Su obra se puede considerar una especie de bisagra, con puntos de contacto con la modernidad y el clasicismo. Eso explica su capacidad para moverse con semejante facilidad por el siglo XVIII, la época victoriana, el periodo de entreguerras o la actualidad. También nos aclara la falta de elementos regionalistas de sus relatos, que pueden suceder en cualquier lugar, en cualquier país… Su mapa personal carece de fronteras, en la medida en que tampoco existen líneas divisorias en los universos de escritores como Álvaro Cunqueiro, Jorge Luis Borges, Claudio Magris o W.G. Sebald. Además, su manera de entender la literatura es abierta, como lo era a principios del siglo XX, para que de ese modo en ella tengan cabida las restantes artes, estableciendo un diálogo entre sí y proporcionándose elementos unas a otras.
La noche de Cagliostro y otros relatos de terror puede entenderse como un conjunto de piezas musicales (sonatas, cuartetos, tríos, motetes) o como una sinfonía. Es a la vez una summa y una actualización de temas, una revisión y una reescritura. Sus páginas describen extrañas enfermedades, calles solitarias, habitaciones de hotel, viejos muebles, lienzos enigmáticos, fiestas infantiles, un siniestro fotomatón… Imágenes que no aspiran a probar nada por sí mismas, porque detrás de todas hay un código que las organiza y les da sentido, aunque a menudo éste se nos escape o prefiramos fingir que no nos incumbe. Provocan visiones que nos conducen a una parte de la realidad que mantenemos en los márgenes para evitar su fealdad, que desestabiliza nuestras inestables seguridades. A lo largo del libro, se atraviesan muchas ciudades italianas en las que los antiguos palacios renacentistas se confunden con restos del Imperio Romano, dando forma a un extraño paisaje en el que el presente resulta un anacronismo. La realidad entonces adquiere rasgos propios de la fantasía. Y los fantasmas incorpóreos (como los de los relatos “Silencio” o “El lecho vacío”) se confunden con amenazas más humanas (como las que aparecen en “Una historia paduana” o “Seguridad ciudadana”). Hay puertas que conectan los cuentos con antiguas novelas del autor. Se repiten escenarios, profesiones, miedos… Los personajes viajan en tren, se alojan en pensiones, observan desde una ventana… Las redes intertextuales se abren y se cierran. El protagonista de “Por amor a Antonella” no sólo protagoniza una historia de amor extemporánea, sino que también escribe el relato “Tren de cercanías”, que ya habíamos leído al comienzo del libro…
Las páginas de La noche de Cagliostro y otros relatos de terror nos sirven para reparar en los escenarios que algún día forjaron los mitos que hoy asociamos a las ruinas, a los vestigios del pasado, a las casas abandonadas. Se trata de mitos que tienen que ver con un tipo de literatura llena de efectos de sonido, ópticos, olfativos e incluso táctiles, no porque José María Latorre crea que el mundo en que vivimos es el mismo que escuchamos, vemos, olemos o tocamos, sino precisamente por todo lo contrario: porque intenta ir más allá de lo que podemos percibir con facilidad, para adentrarse en los vastos territorios de lo desconocido. Sus cuentos y novelas se mueven al mismo tiempo entre lo real y lo onírico, y tienen un poder de extrañamiento muy parecido a los mejores cuadros de Giorgio de Chirico o Paul Delvaux, a novelas sonámbulas como algunas de Leo Perutz o como Las ventanas cegadas, de Alexandre Bona. Y en un universo como el nuestro, en el que reinan las imágenes digitales y el ciberespacio (que producen la sensación de que tenemos acceso a todo), apenas quedan autores como José María Latorre, capaz de seguir guiándonos hacia esas lejanas regiones donde, si no vencemos nuestros miedos más íntimos, nuestra razón deja de ser operativa.

José María Latorre: «Intento buscar la hermosura que convive con la sordidez»

—La noche de Cagliostro y otros relatos es una buena carta de presentación para quien todavía no conozca tu obra.
—Supongo que lo dices sobre todo por las variaciones temáticas. Es cierto, en este libro confluyen muchos de mis temas, y aunque todos los relatos que aparecen en él tienen en común el gusto por lo extraño, por lo insólito, por lo anómalo, cada uno posee una atmósfera diferente, si bien creo que cualquiera que conozca mi obra podrá identificarme sin dificultad. Aquí he pasado de la atmósfera sofocante del carnaval veneciano al mundo de los sueños, del amor prolongado más allá de las barreras del tiempo hasta la convivencia con fantasmas, pasando por monstruos humanos, fruto de la terrible sociedad en que vivimos. Me gusta que en un libro de relatos haya variedad temática.

—El carnaval, las máscaras, la decadencia, la muerte, escenarios italianos, fantasmas... No son los asuntos que marcan las modas, pero son muy literarios.
—Son temas y figuras recurrentes en toda mi obra, desde el carnaval de Osario hasta El año de la celebración de la carne, pasando por la Italia renacentista de Los jardines de Beatriz o por la Bolonia de una novela que aún no ha sido publicada, Fragmentos de eternidad. Cuando escribo, procuro no acordarme de que existen modas, e incluso me alejaría de ellas si me diera cuenta de que me estaba aproximando: procuro dar un cuerpo literario a lo que se agita dentro de mí en cada momento. La noche de Cagliostro y otros relatos de terror es un paseo por mi obra anterior desde una perspectiva más actual.

—Te gustan las atmósferas inquietantes.
—Ha sido así desde mi primer cuento y mi primera novela. Intento buscar la belleza oculta en las atmósferas sucias, la hermosura que convive con la sordidez. Es mi forma personal de expresar estados de angustia existencial, la cual pasa por todas las etapas de la vida. Además, creo firmemente que la novela o el cuento de ideas no tienen por qué estar enmarcados siempre, como por decreto, en la literatura realista. Los grandes autores han sabido verlo y entenderlo bien; lo que sucede es que en la actualidad los propios escritores parecen haber aceptado autolimitarse, autocensurarse, quizá por miedo al mercado editorial o por temor a la reacción de la crítica.

—Aunque en tus historias hay descripciones muy minuciosas, siempre aparecen elementos informes, extraños.
—Eso forma parte de mi gusto por crear escenarios irreales para insertarlos en eso que se ha dado en llamar realidad, y por mirar ésta de una forma diferente, más inquietante; turbadora y perturbadora. Cuando, por ejemplo, Dino Buzzati escribía sobre Milán en Un amor, la ciudad parecía otra muy distinta, impenetrable, casi fantasmagórica, sin dejar por ello de ser Milán. Esto aparece de forma bastante evidente en La noche de Cagliostro y otros relatos de terror.
—Tu visión de las cosas es bastante material. La muerte, por ejemplo, casi puede tocarse.
—Me interesa que la novela y el cuento sean un organismo completo, que lo físico se dé la mano con lo reflexivo. Una literatura con ideas y con una visión personal del mundo tiene que respirar, unir el pensamiento y la acción. No tengo una visión académica de la vida ni de la literatura. Detesto los discursos excluyentes, los caminos marcados (por otros) para los autores. La literatura es un arte, cosa que suele olvidarse, y un artista debe seguir su propio camino, a no ser que su objetivo sea convertirse en una figura mediática.

—Te gustan el pasado y las ruinas; a pesar de ello, tu obra ha tenido muy a menudo tintes proféticos.
—Trato de ver el pasado con una sensibilidad contemporánea para extraer lo que sigue latente de él, lo que ha marcado el presente. Fue el objetivo de, por ejemplo, Las trece campanadas, Sangre es el nombre del amor y Osario. Así, del mismo modo, procuro tener en cuenta el pasado y el presente en que vivimos para hacer una prospección de futuro con cuerpo literario. Un literato no debe limitarse a ser un cronista. Anticipé el tema de la violencia de los niños en School Bus y El año de la celebración de la carne, y en ésta última también las filmaciones de la intimidad como espectáculo. Y el estado de guerra permanente en Los jardines de Beatriz... Sí, creo que no debería decir esto pero es verdad que en mi obra tiene algo de visionaria.

—Cuentos, novelas (juveniles y adultas), guiones, ensayos... Literatura, cine, música, pintura, arquitectura... Pareces capaz de abordar todos los géneros y todas las disciplinas.
—Ojalá... Se necesitarían varias vidas para leer y saber todo lo que es preciso, para poder cultivar con cierta intensidad todo lo que a uno le gusta. Dentro de esos límites naturales forjados por la brevedad de la existencia, procuro, eso sí, ser lo más abierto posible. Pero lo que más me interesa, lo que más me gusta, lo que más me hace disfrutar es la literatura, escribir novelas y relatos. Y, por supuesto, leer: cada día leo más.

jueves, septiembre 07, 2006

Encender la noche, Ray Bradbury

Ilustraciones de Noemí Villamuza. Trad. Esther Rubio. Kókinos, Madrid, 2006. 42 pp. 15 €

Villar Arellano

Ray Bradbury también fue niño y, como muchos pequeños, tenía miedo a la oscuridad. Después creció y descubrió que la noche es asombrosa y que está llena de vida. Lamentó todo lo que se había perdido en su particular mundo iluminado: todas las maravillas que habían estado esperándole allí mismo, a la distancia de un clic del interruptor. Bradbury envidiaba a los niños que, despreocupados, corrían felices en las noches de verano. Supongo que por eso cuando supo que iba a ser padre el famoso escritor quiso evitar a su hijo un miedo estéril y creó este cuento: una sana invitación a abrir la vida de par en par. Después de muchos años recluida, esta hermosa historia vuelve a nuestro idioma de la mano de Esther Rubio y de su exquisita editorial Kókinos, a través de un álbum ilustrado con ternura y gran expresividad por Noemí Villamuza. Esta artista, de impecable trayectoria dedicada al público infantil, tiene en el lápiz y en la creación de volúmenes redondeados sus principales señas de identidad. Con colores tenues, matizados por el juego de luces y sombras, compone un conjunto de escenas que recogen con fidelidad la esencia y el tono del relato de Bradbury. Entre los recursos utilizados, además de una especial destreza con el carbón, destaca el uso de sutiles elementos simbólicos, como el juego cromático que permite delimitar ambientes y sensaciones: amarillo sobre negro para el niño que se protege con la luz, verde sombreado para los niños felices que juegan en la oscuridad y violeta para el mundo de la noche, con su luz particular. No hay, pues, un gran despliegue de personajes, un potente colorido o unos sugerentes paisajes: sólo hay miradas que hablan de sentimientos, actitudes y gestos que acentúan las rutinas cotidianas y muchas, muchas sombras que guían con acierto la mirada y estimulan la imaginación del lector. Con tan austeros elementos Noemí Villamuza consigue dotar a sus ilustraciones de una singular calidez, un logradísimo clima de intimidad, especialmente adecuado para los grandes descubrimientos de la vida. Esta propuesta gráfica, sugerente y emotiva, no hace sino reforzar el valor de un magnífico texto, una historia poética y delicada que cumple con creces el propósito con que se escribió.

A partir de una presentación rotunda, que nos sitúa directamente frente al problema —«Había una vez un niño al que no le gustaba la noche»—, el autor presenta los sentimientos del protagonista sirviéndose de enumeraciones que marcan el ritmo del relato e intensifican el peso de las situaciones: «Él se quedaba arriba en su cuarto, con sus linternas y sus lámparas y sus farolas y sus velas y sus candelabros...» Como contrapunto, la descripción de los juegos de los demás niños es fugaz, una rápida impresión de lo que le está vedado. La aparición de Oscuridad marca una inflexión en el texto. Surgen los diálogos y, con ellos, el descubrimiento de una realidad inesperada: una vida más rica y compleja. No obstante, el mayor logro del relato está en la sencilla teoría elaborada, el argumento expuesto para reconciliarse con la oscuridad. Así, los miedos del protagonista —que pueden ser también los del lector— se resuelven con un ingenioso giro, una explicación que, pese a su chispa humorística, no suena a burla y resulta, por su aplastante lógica, convincente: los interruptores no apagan la luz, simplemente encienden la noche. No estamos acostumbrados a leer a Bradbury en este registro infantil y, sin embargo, este cuento recoge el germen de sus motivos habituales —la soledad, el miedo a lo desconocido, la nostalgia por la naturaleza...—, así como un tono lírico que caracterizará toda su obra. Ya la breve dedicatoria resulta elocuente y nos recuerda su fuerza para evocar fantasías: «a los portadores de luz». Un libro, pues, brillante en su conjunto, capaz de encender los sueños de los más pequeños, que nos muestra una nueva faceta de un escritor genial, siempre vigente.

miércoles, septiembre 06, 2006

El atlas de las nubes, David Mitchell

Trad. de Víctor V. Úbeda. Tropismos, Salamanca, 564 pp. 21,50 €

Julián Díez

¿Necesita la literatura evolucionar para responder a los atractivos de la inconmensurable oferta audiovisual a disposición del consumidor de cultura? Tal vez no se trate de una exigencia para estar a la altura de los tiempos, cuando la literatura siempre ha sido capaz de lanzar su mensaje por encima del tumulto, incluso en épocas aún más oscuras para el intelecto que la nuestra. Quizá se trate, simplemente, de aprovechar logros ajenos para explorar nuevos territorios. Conducir con mayor audacia la imaginación, aprovechando fronteras abiertas por otros creadores.
El atlas de las nubes es una hermosa novela, osada y escrita con un exquisito buen gusto por David Mitchell, que ya había demostrado a los lectores españoles avisados ser un narrador de una pasta muy especial con Escritos fantasma. La clave de ambos libros es el uso de una técnica que va más allá del fix-up —es decir, de la acumulación de relatos vagamente relacionados para formar un libro—, y que alcanza aquí casi su perfección. La estructura del libro es memorable: se comienza con un relato en las islas del Pacífico en el siglo XIX; se pasa a las cartas que un joven músico dirige a su antiguo amante desde una finca belga en la que ayuda a un viejo compositor a escribir sus obras postreras; luego llegamos a un relato policiaco, en la California de los años setenta, con una dinámica periodista que busca desvelar los manejos de una empresa de energía nuclear; conoceremos más tarde a un editor que ha conseguido su gran éxito por casualidad pero que se ve internado en un asilo en la Inglaterra actual; llegaremos a un futuro distópico, donde el capitalismo utiliza a humanos criados en probeta para mantener la economía; y acabaremos el recorrido con una futura humanidad en declive, de nuevo en el Pacífico. Salvo este último, todos los demás quedarán interrumpidos por la mitad para dar paso al siguiente, mientras que la historia crepuscular será la primera en cerrarse para dar paso de nuevo a la distópica, luego a la contemporánea, etcétera, para terminar el libro con el cierre del relato original.
Aunque existen ocasionales ejemplos literarios de estos tipos de estructura —y me dicen amigos informados que Haruki Murakami, al que apenas he leído en alguna ocasión, utiliza con frecuencia técnicas similares—, creo evidente que Mitchell es sobre todo deudor de Quentin Tarantino o Alejandro Rodríguez Iñarritu por la cualidad mestiza de su forma de narrar. Sin embargo, las obras de estos directores, con ser originales, no tienen la ambición y el acabado de El atlas de las nubes. Aún más, lo interesante en la obra de Mitchell es que esta estructura con un punto circense está sobradamente justificada y se cierra con un brillante éxito, porque todas las historias están entrelazadas, lo que ocurre en cada una de ellas se demostrará —siquiera parcialmente— originado en la previa, y cada una mantiene pese a todo una personalidad propia intensa e interesante. Es como una gigantesca y hermosa plasmación de la teoría del efecto mariposa a través de los kilómetros y los siglos.
Lo que hace de El atlas de las nubes es que, además, Mitchell no sólo se plantea un reto deliberadamente complicado y lo resuelve, sino que en cada ocasión, utiliza herramientas completamente diferentes–narrador, nivel léxico, registro…— para resolver las historias, en una demostración de versatilidad sorprendente. En particular, como experto en literatura de ciencia ficción, me cautiva cómo Mitchell utiliza recursos de este género con una liberalidad que pocas veces pueden verse en él, y que muy raramente ha sido empleada tampoco fuera —como si la gran literatura se hubiera hasta la fecha negado a aprovechar la exploración del territorio del futuro realizada por un género ninguneado, pero rico en obras de valor—. Mitchell recoge esa tradición para hacer con ello otra cosa, algo nuevo, que como en el caso de las propias historias contenidas en El atlas de las nubes puede considerarse como bastante más que la suma de sus partes: una tentativa de evolución temática en la literatura que, como decía al comienzo, no es tanto una necesidad como una respuesta a los estímulos que ofrece el mundo real al arte de narrar.
Mención aparte merece la valentía y el buen juicio de la editorial Tropismos, de Salamanca, a la hora de ofrecer la obra de Mitchell. La traducción, compleja, es resuelta con buena nota —con algunas posibles estridencias en el capítulo central, El cruce de Sloosha y toda la vaina, en el que Mitchell parece inventar una evolución del lenguaje y hay ciertas elecciones de vocabulario arcaizante que chirrían— y el libro resulta, en suma, una de las joyas novelísticas que hay que conocer este año.

martes, septiembre 05, 2006

Sueños de arena, Antonio Rojano

Premio Calderón de la Barca 2005. Centro de Documentación Teatral. Madrid, 2006. 96 pp. 6 €

Paul M. Viejo

Uno teme que si ella es capaz de levantar el polvo de un camino casi inexistente a través del desierto, si logra llegar a un pueblucho de mala muerte llamado Moriarty en mitad de Nuevo México justo cuando en ese pueblo las sirenas y las luces de la policía forman un nada agradable espectáculo de colores y sonido porque varios niños han desaparecido, si tiene la habilidad de colarse furtivamente en el motel más importante de la ciudad y el menos importante del planeta sin que el recepcionista se dé cuenta, y, además, consigue inmiscuirse en la conversación de una pareja, entonces, si logra todo eso, la amenaza es casi capaz de cualquier cosa, de hacer su aparición en cualquier parte.
La amenaza que cae sobre Vivien y William Dabble, protagonistas de la obra con la que Rojano ganó el último Premio Calderón de la Barca, es del tipo más habitual: una puerta se abre y en cualquier momento puede cerrarse, o entrar alguien. Y es que cuando ambos, los Dabble, después de haber dejado a un lado todos sus sueños («¿Pero qué vamos a conseguir? ¿Hay algo aún por conseguir?» p.36), se encuentran huyendo de todo y hacia todo («Según me han contado, llevan un par de viaje, más de mil millas sobre la espalda. (...) Realmente, debe estar muy cansada.», «Las voces no descansan nunca, Willie, ¿por qué debo hacerlo yo?» p.53) una nueva oportunidad les llega con un extraño, el señor Erie K., dispuesto a llevarles a Oklahoma a cambio de poco, muy poco («¿De qué hablas? ¡Erie me está ayudando! ¡Erie es un buen tipo!», «joder con las manos todos quieren ayudarte cariño para ti todos son buenos tipos con las manos» p.75) para que puedan olvidar todo, para empezar de cero, para comprar unos zapatos rojos.
Ha dispuesto Antonio Rojano (Córdoba, 1982) en esta obra un agitado combate entre sueños y dudas («toda la gente del desierto tiene malos sueños en los que la arena es su principal protagonista. Si viviera por aquí durante una temporada sería consciente de ello. Sueños durante el día y durante la noche, jodidos sueños que se desahacen entre los dedos, como si estuvieran hechos de hielo, ¡sueños de arena del desierto!»). Una deliciosa apuesta por el teatro de texto, que se nutre de la poesía y el cine, con una meditada propuesta para su montaje, y al tiempo una —como subtitula él mismo— tragedia de amenaza, en profundo homenaje a Harold Pinter y sus comedias de amenaza, como resuenan homenajes («No se oye nada, salvo ese zumbido. Es extraño» p.40) a Sheppard, Mamet, las road movies, Carver, recuperando un imaginario que todos hemos visitado ya, soñado, referencias realistas que son (como dice en nota inicial el dramaturgo) «una mera excusa para el desarrollo de la trama», una puerta abierta por donde se cuela alguien. Alguien peligroso.

lunes, septiembre 04, 2006

Un lugar llamado Nada, Amy Tan

Traducción de Claudia Conde. Planeta, Barcelona, 2006. 473 pp. 22,50 €

Leah Bonnín

Días antes del viaje que ha organizado, Bibi Chen es encontrada asesinada en la importante galería de arte y antigüedades chinas de la que es dueña. Los integrantes de la expedición asisten al entierro y, a pesar de que uno de ellos insinúa la posibilidad de cancelarlo, deciden continuar con el proyecto en homenaje a su organizadora, quien, en una especie de limbo budista, observará sus movimientos y narrará las peripecias por las que pasarán.
Una luchadora por los derechos de los birmanos y su amante, un famoso presentador de televisión, una hipocondríaca, una ecologista, una recién divorciada con su hija… hasta un total de doce personajes. Tras adelantar en cinco días la llegada a Myanmar, cuya frontera han atravesado en autobús después de salvar no pocos obstáculos administrativos, once de ellos —pues la estrella televisiva estará con resaca— serán conducidos, mediante un ardid, hasta un lugar donde vive una tribu cuyos miembros hace cien años están esperando el regreso del Reencarnado, el Hermano Menor Blanco, el Señor de los Nats, a quien creen descubrir en el joven Rupert. A partir de aquí, los malentendidos y situaciones extrañas se multiplican y llegan prácticamente al despropósito cuando empiezan a intervenir los medios de comunicación, sin que se sepa hasta el último momento si los once retenidos serán o no liberados.
Desde luego, no se trata de un libro de viajes convencional, a pesar de que hay homenajes a Kipling y Orwell, cronistas de la Birmania colonial. De Un lugar llamado nada no rezuma el interés romántico del viajero-escritor por lugares exóticos o la búsqueda de la aventura o la observación de un paisaje como forma de encontrarse consigo mismo. Tampoco es un diario de a bordo o un cuaderno de bitácora en el que se han registrado las incidencias de una ruta de navegación. Ni el resultado de un encuentro con el corazón de las tinieblas ni el hallazgo de un tesoro escondido. De hecho, tal y como “confiesa” en la nota para el lector —al menos en lo concerniente a Birmania—, la autora ni siquiera ha visto con sus propios ojos los lugares mencionados y se ha servido de vídeos documentales, conversaciones con expertos sobre el arte budista chino y libros especializados para crear la atmósfera en que se desarrollan las acciones.
Y entonces, ¿por qué incluir el libro de Amy Tan en el género de literatura de viaje?
Responder que la buena narrativa —y la de esta escritora norteamericana de origen asiático lo es— constituye de por sí un viaje es una banalidad. Y afirmar que Un lugar llamado nada vendría a ser la versión turística del género, además de faltar a la verdad, equivaldría a minimizar su valor literario. Porque el relato de la expedición ficticia en busca del arte budista desde la esquina suroccidental de China, en la provincia de Yunan, al pie del Himalaya, hasta Birmania es la excusa de la que se sirve Amy Tan para aproximarse a la psicología de los personajes —de clase media alta e interesados en la cultura y el arte asiáticos— y, por ende, de la Norteamérica contemporánea. Y si bien no se encuentra autenticidad, puesto que no se halla ese algo intrínseco a la literatura de viajes que es la experiencia vivida, la verosimilitud, salvo quizás, en las descripciones asépticas de las primeras páginas, impregna esta narración construida con sentido del humor e ironía y con un mirarse al ombligo compasivo pero no complaciente. En definitiva, una escritura inteligente y poderosa al encuentro de lectores que pretendan pasar un buen rato sin caer en argumentos tópicos o inseguras imitaciones de los clásicos. Un refresco reconfortante y original, hecho de la mezcla de aventura, intriga, imaginación, parapsicología y buen hacer literario.